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Danzantes del Anáhuac parte 1 - Monografía



 
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Antropología mexicana. Danzas. Ritos. Diversidad cultural



III. INTRODUCCION



En el presente texto se aborda el proceso de conformación de la identidad en cuatro grupos de danzantes de la ciudad de México.  Este trabajo es  fruto de la investigación colectiva que desarrollamos en los Talleres de Investigación Sociológica con énfasis en la cultura,  entre 1999 y el año 2001, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

La investigación  se originó en la inquietud de los participantes de los Talleres por realizar un estudio sociológico que nos permitiese recorrer el camino de la investigación social, desde el planteamiento de un problema hasta la presentación de los resultados.

Durante los talleres I y II abordamos la temática teórica de la cultura, la subjetividad, las identidades sociales y todos aquellos fenómenos que forman parte de la dimensión simbólica de la sociedad.  Solo entonces, estuvimos listos para iniciar nuestro propio camino en la indagación empírica de un fenómeno particular caracterizado por su gran contenido simbólico: la creciente presencia de   grupos de danzantes mexicaneros en la ciudad de México.  Elegimos como tema de investigación colectiva el de la conformación de la identidad danzante en cuatro grupos de la ciudad, y a ella nos dedicamos durante los dos últimos semestres correspondientes a los talleres  III y IV.

Constatamos que a lo largo y ancho del país, las danzas con influencia prehispánica han sobrevivido a las dinámicas avasallantes de la modernidad. Practicamente no hay pueblo o comunidad, ni tampoco barrio o ciudad del país en la cual las danzas no estén presentes en las festividades religiosas y en algunas otras fechas con significación histórica local.  En la ciudad de México las danzas se repiten, cada año, en  cientos de fiestas en barrios, colonias y pueblos que celebran a sus santos patronos.

Pero no sólo las festividades religiosas o cívicas son ocasión de las manifestaciones rituales de los danzantes. También en plazas públicas, en días de la semana previamente establecidos, grupos de danzantes llevan a cabo sus ceremonias frente a un nutrido público conformado por turistas y por habitantes de la ciudad que asisten a presenciar los ritos dancísticos, o bien que se detienen unos momentos para admirarlos.
Se trata de grupos que se autodefinen como concheros, como danzantes o como mexicaneros. Algunos de estos grupos forman parte de organizaciones más amplias en las que se comparte una cosmovisión  que incluye el aprendizaje y uso de la lengua náhuatl y una relación especial con el cosmos, con la naturaleza, con el pasado indígena azteca, etc.  En este sentido, pueden ser concebidos como grupos cuya identidad se forja tanto en la reivindicación de una cierta etnicidad, como en la resistencia ritual.

Consideramos importante analizar el fenómeno de los danzantes, más allá de lo que  representan,  a primera vista, como  simple espectáculo. Por ello, hicimos un esfuerzo por mostrar que detrás de la práctica de la danza, existe un universo simbólico que articula y da forma a la identidad danzante tanto en el plano individual como en el colectivo.

Algunas preguntas iniciales de la investigación fueron  las siguientes:



-    ¿Quiénes son los integrantes de dichos grupos? ¿Cómo, para qué, y para quienes danzan? ¿cuáles son los significados de su danza? ¿cuáles los de su arreglo, su vestimenta y otros elementos utilizados en la danza? ¿cómo se conforman y cómo se organizan los grupos de danzantes? ¿cómo se ingresa a un grupo y cómo se reparten los cargos en la organización jerárquica?
-    ¿qué significa para ellos ser parte de un grupo o de una red de grupos? ¿cómo se relacionan con el mundo externo al grupo? ¿qué discursos enarbolan frente a la cultura occidental y frente a sus visiones de la ciencia, el arte, la religión, etc.? ¿cómo se integran al discurso de la mexicaneidad?  ¿qué papel cumple en éste la lengua nahuatl? ¿cómo se relaciona el discurso de la mexicaneidad con el discurso oficial sobre la nacionalidad mexicana? ¿cómo se definen a sí mismos los “mexicaneros” en relación con la nación? ¿quién es el “otro” al que se opone la cultura de la mexicanidad?
-    ¿cómo se relacionan con el espacio urbano? ¿cómo contribuyen a la fisonomía particular de dicho espacio? ¿cómo construyen la relación entre el espacio íntimo-personal de la danza, el del grupo y el del territorio en el que danzan? ¿cómo ponen en relación el tiempo mítico con su propio tiempo de vida? ¿cómo con el propio ritmo de la danza?

Así, el objetivo principal de la investigación fue el  de conocer las maneras mediante las cuales los danzantes y los concheros de la ciudad de México construyen una identidad colectiva fundada en la recuperación y actualización de algunos elementos de culturas prehispánicas, en particular en la danza.

La  identidad concebida como proceso de construcción colectiva antes que como atributo o esencia, fue el eje articulador de nuestra investigación.  Pero la indagación acerca de cómo se construye la identidad no podía ser formulada como una pregunta directa. Fue necesario, por tanto, elaborar un esquema de análisis que nos permitiera reconstruir las prácticas y los discursos mediante los cuales los danzantes construyen su identidad  hacia adentro del grupo y como forma de diferenciarse de los otros danzantes y del mundo occidental en general.

Fueron aproximadamente cinco meses de trabajo de campo, divididos en dos etapas. La primera,  exploratoria,  nos permitió darnos cuenta de la amplitud y heterogeneidad del mundo danzante. La segunda, propiamente de investigación de campo, fue de trabajo etnográfico que incluyó la observación participante, la realización de entrevistas a profundidad y, en general, el trabajo de acopio de información para nuestro análisis.  En esta última etapa nos dividimos en cuatro equipos, cada uno de los cuales trabajó con un grupo danzante en particular.

Estos grupos, a quienes agradecemos su buena disposición para permitirnos entrar en su mundo, son los siguientes:

- Grupo Azteca del Centro de Tlalpan
- Grupo de Concheros de La Conchita
- Grupo Ollin Mazahtl del Zocalo
- Grupo Movimiento de Cuauhtémoc del Zocalo

Debemos señalar que, debido a la amplitud y complejidad del tema y dados los límites de tiempo a los que estuvimos sometidos, algunos aspectos fueron tratados de forma insuficiente,.

Sin embargo, esta investigación nos permitió estudiar un fenómeno casi olvidado por la sociología y aún por la antropología,  y tener una primera experiencia de investigación de campo, propia del trabajo sociológico. Logramos conjuntar  teoría y práctica y aprendimos a construir y reconstruir nuestro objeto de estudio a lo largo de la investigación.

Además, trabajar el tema de manera colectiva y horizontal, logró que adquiriéramos e intercambiáramos conocimientos, al interior del grupo de investigación, y nos  permitió enriquecernos con la experiencia de la profesora e investigadores  que nos brindaron su orientación y asesoría.  A María Ana Portal, profesora-investigadora de la UAM-Iztapalapa y a Daniel Hernández Rosete profesor de esta facultad les agradecemos  la valiosa asesoría que nos brindaron.

I.    IDENTIDAD, RITO Y DANZA: UN ESQUEMA DE ANÁLISIS PARA ABORDAR A LOS DANZANTES CITADINOS.



Como se señaló antes, para abordar  la conformación de la identidad danzante, en cuatro grupos de la ciudad de México, elaboramos un esquema de análisis para reconstruir los procesos mediante los cuales los miembros de un colectivo construyen los elementos discursivos y las prácticas rituales que les permiten identificarse como parte de un grupo, o de una red de grupos y, al mismo tiempo, mostrar sus particularidades frente a todo aquello que se considera se considera como exterior al colectivo.

Elegimos cuatro grandes dimensiones de análisis: el tiempo, el espacio, el rito y la danza y, de manera, central la propia  noción de identidad.  Para cada una de estas dimensiones distinguimos niveles de análisis, variables e indicadores, tal y como se muestra en el siguiente cuadro, que se convirtió en nuestra mejor guía de trabajo de campo, tanto para la observación del rito dancístico como para la realización de entrevistas  a integrantes de cada grupo.

Esquema de análisis: Los danzantes de la ciudad de México



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La identidad es un concepto teórico que permite organizar, explicar y comprender el sentido de la acción de los sujetos, así como formas de relación y comunicación específicas que dan origen a la cosmovisión que comparte un grupo.

La cosmovisión es una forma de representar el mundo, de vivir y de ser. En su dimensión intersubjetiva, está constituida por elementos culturales y puntos de partida comunes. Muestra la relación del hombre con su medio y con la sociedad; la mirada del yo y lo otro y la relación establecida culturalmente entre sujeto - objeto. Los elementos a partir de los cuales podemos mirar estas representaciones se ponen de manifiesto a través de diversos símbolos visibles en la danza; en ella, los danzantes representan y expresan su capacidad de nombrar y dar significado al mundo: construyen sentido.

Podemos afirmar, desde los primeros acercamientos, que al hablar de los danzantes nos referimos a una asociación heterogénea de personas - diferenciadas social y culturalmente - que se reúne temporalmente en un espacio particular para compartir como grupo el momento de la danza. La danza se vive como parte de una cultura, de una tradición que hay que rescatar:  la prehispánica.

Esta cultura se identifica con tradiciones, creencias, rituales y producciones culturales, en general, que conducen hacia la asunción de un estilo de vida caracterizado por la intención de lograr, en el México de hoy, una historia vital semejante a la que atribuyen a la civilización azteca.  Por ello, muchos danzantes, en su vida cotidiana,  recurren a la medicina  “natural”, al baño de temazcal, al aprendizaje de la filosofía y la historia náhual, a la organización en calpullis y a todas aquéllas formas de vida que, desde su perspectiva, muestran la superioridad de la cultura de sus antepasados.

La danza se verifica en un espacio público, sus ejecutantes han socializado el rito y, en cierta forma, se comportan de un mismo modo;  pero también es un espacio íntimo que afecta su identidad personal. A través de una experiencia grupal, a pesar de la gran heterogeneidad de los integrantes del grupo, se recrea un rito común y una historia compartida por todos. Podría decirse que se conforma una identidad colectiva representada en el momento de la danza e interiorizada,  por cada uno, en su propia vida cotidiana.

Lo que a nosotros nos interesa es apreciar cómo se constituye la identidad del ser danzante a partir de las interrelaciones espacio - temporales, mediante formas particulares de ver el mundo; desde la selección del espacio, hasta el reconocimiento de un discurso común y una cosmovisión en la que el pasado -la vuelta al origen- y el futuro -el proyecto de refundación- se interrelacionan de manera peculiar.

En un mundo caracterizado por la complejidad cultural, la enorme oferta de sentidos, la fragmentación de los referentes simbólicos, y la “pluralización de los mundos vitales”,  nos preguntamos si es posible decir que, actualmente, estas danzas son un recurso de creación o recreación de grupos sociales que logran refuncionalizar la tradición prehispánica en un contexto urbano y cosmopolita caracterizado por el anonimato y por una enorme heterogeneidad.  Pensamos que la respuesta es afirmativa. Los danzantes ponen al día, de manera compleja y no pocas veces contradictoria, ese mundo que consideran, si bien perdido, reactualizable para el México de hoy.  El fenómeno se enmarca, sin duda, en lo que otros autores han denominado como “posmodernidad religiosa”, que “se realiza mediante una suerte de desplazamientos que van de la institucionalización de lo religioso hacia la subjetivación de la experiencia religosa”.  Este proceso, de “relocalización” de lo religioso dice Renée de la Torre, “vacía los dogmas universales y los recipientes de la fe y los dirige hacia los nuevos sincretismos de las creencias “.

El rito de la danza no es solamente un fenómeno sujeto a un espacio y un tiempo histórico, sino que en sí mismo crea e imagina tiempos y espacios simbólicos. Espacio social donde se concreta el tiempo como temporalidad particular que contribuye a cierta construcción cultural: la de la identidad danzante. La visión del espacio como “tiempo comprimido”, esto es como tiempo memorizado acerca de los lugares y espacios experimentados, permite ubicarlo como el “material fundamental de la expresion social”.  De allí que, como dice Harvey, “cada proyecto de transformación de la sociedad debe rasgar la compleja red de las concepciones espaciales y temporales y de sus prácticas”

Para los fines de nuestra investigación, por espacio entendemos aquel territorio que contiene la historia, los ritos, los mitos y, en síntesis, las huellas del pasado compartido y de las costumbres de un grupo particular. Encierra, por tanto, un carácter simbólico que permite a sus ocupantes afirmarse dentro de él constituyendo vínculos que conforman la identidad en todos los niveles posibles. La percepción social del espacio está, necesariamente, ligada a la cultura.  Cada sociedad ocupa y ordena el espacio de una manera particular: lo habita y torna comunicable.

El espacio como “red de vínculos de significación que se establece al interior de los grupos, con las personas y las cosas”,  comprende las relaciones proxémicas (de persona a persona) y cósicas (de personas con objetos)   siempre situadas dentro del ámbito de la significación cultural de un grupo”.

El espacio sagrado aparece como recurso ontológico (del ser) frente a la nada, frente al caos, a lo que no es propio.  “No puede hacer uno suyo un territorio si no lo crea de nuevo, es decir, si no le consagra.”  Por ello, apropiarse de un espacio requiere resignificarlo.

El espacio urbano, como espacio público se vive, se usa y se construye en términos materiales y, sobre todo, simbólicos. La ciudad, como espacio multicultural, incluye lugares públicos en los que subsisten diversas manifestaciones culturales que invocan el pasado mexicano. Las danzas de los mexicaneros son expresiones de un pasado que se vive y recrea en el presente.

El tiempo, por su parte, debe ser entendido como el continuum de la significación de las relaciones sociales, con una duración, un ritmo y una frecuencia particulares.  “Las realidades sociales, las formas de organización social que hoy podemos distinguir en el mundo pueden ser reconocidas en su especificidad histórica precisamente, por las maneras en las que se elabora la relación entre los modos del tiempo”

El tiempo se vive como pasado histórico y como referente mítico.  El tiempo mítico, el que se recrea en la danza, es un pasado hecho presente.  Pero no un pasado cualquiera, es una vuelta al origen, es un tiempo circular, reversible y recuperable.  En el mito y la historia se mezcla lo tradicional y lo moderno, construcciones humanas con objetivos distintos sobre el pasado que se expresa en su contenido y narración.

El tiempo mítico, sagrado, cósmico, establece una fuerte relación entre el pasado sagrado (tiempo) y la recreación de lo divino en la realidad (cosmos), “… el tiempo surge con la primera aparición de una nueva categoría de existentes.  He aquí porqué el mito desempeña un papel tan considerable: es el mito lo que revela cómo ha llegado a la existencia una realidad”.  El mito es el relato de cómo se creó el cosmos, el origen del mito implica el origen del tiempo.  El mito de la vuelta al origen, como todo mito, constituye el horizonte básico de inteligibilidad del mundo danzante. Mito, dice Raimon Panikkkar, “es aquello en lo que crees sin creer que crees en ello”.   Por ello cuando es creído y vivido desde dentro no requiere ser examinado profundamente.

El cambio cíclico del tiempo no solo marca intervalos de principio - fin - principio; es la anulación del pasado profano de cada individuo que forma parte de una comunidad religiosa.  No es solo su purificación (cristiana), es la reactualización de la fiesta y el ritual.  El mito como origen del tiempo, es el origen del cosmos, de los dioses y de la historia del hombre. Los danzantes reactualizan los acontecimientos míticos.  Al abrir el espacio profano a los dioses o elementos de la naturaleza, se regresa a la creación.

La identidad, vista como proceso, es siempre histórica.  A medida que se transforman las condiciones históricas, el grupo modifica sus propias formas de organización social; los limites del grupo, las reglas de interacción y las marcas de identificación, pueden transformarse en ese tipo de “conciencia social” que es la identidad.  Con ésta, los sujetos interpretan el pasado, se explican el presente y se proyectan hacia el futuro como un ser distintivo que los diferencia de los otros, y les permite la reproducción o modificación de sus condiciones de existencia materiales y simbólicas, de acuerdo con sus intereses y sus posibilidades históricas.

La identidad  es, también,  producto de procesos ideológicos de la realidad social, que buscan organizar en un universo coherente (a través de un conjunto de representaciones culturales, normas, valores, creencias y signos) el conjunto de relaciones reales o imaginarias que los hombres han establecen entre sí y con el mundo material,  necesarias para la producción y reproducción social.

De esta manera, si se considera que las identidades son producto de procesos ideológicos con los que los hombres buscan organizar en un universo simbólico coherente el conjunto de sus relaciones sociales, sería posible, en el campo genérico de la identidad, identificar diferentes tipos o niveles de identidad en los que participan los sujetos sociales, dependiendo de los límites entre el adentro y el afuera y, en consecuencia, de los intereses o intenciones con que han sido establecidos esos límites.  Para el caso que nos ocupa, podemos distinguir por lo menos dos niveles de identidad de los que los danzantes participan. El primero es el del propio rito que incluye la asistencia a los ensayos y las presentaciones públicas y en la cual cada danzante sólo es tal por el lugar que ocupa en el espacio y tiempo de la danza. El segundo es el de la elección del estilo de vida que, se presume, debe corresponderse con  los valores y creencias compartidos por los danzantes.

La identidad tiene, en primer lugar, una “dimensión locativa” en el sentido en que a través de ella el individuo se sitúa dentro del campo (simbólico) o, en sentido más amplio define el campo donde situarse. Es decir, el individuo asume un sistema de relevancia y define la situación en que se encuentra.  En segundo lugar tiene una “dimensión selectiva” en el sentido en que el individuo, “una vez que haya definido sus propios límites y asumido un sistema de relevancia, esta en condiciones de ordenar sus preferencias y de optar por algunas alternativas descartando o difiriendo de otras”. Por último, la identidad tiene una “dimensión integrativa ” en el sentido en que a través de ella el individuo dispone de un marco interpretativo que le permite entrelazar las experiencias pasadas, presentes y futuras en la unidad de una biografía.

La identidad puede ser vista, también, a partir de las dos dimensiones que la afectan directamente: tiempo y espacio. Estas se revelan en formas especificas, pero son sus papeles cambiantes de predominio los que crean nuevas tensiones y conducen a un reajuste de las maneras en las cuales los grupos deciden quien pertenece a un conjunto con características comunes y quien no.  Ambas dimensiones se encuentran siempre presentes. Sin embargo, el predominio de una u otra afecta drásticamente las formas en que los grupos humanos, e incluso los individuos, pueden ser identificados.

Maria Ana Portal y Carlos Aguado entienden por identificación “la acción de dos procesos inseparables: por un lado, el proceso por el cual un grupo o una persona se reconoce como idéntico… a otro.  Este movimiento de significación va de adentro hacia fuera.  Por otro lado, se da un proceso por el cual otro u otros identifican a un grupo o sujeto, confiriéndole determinada cualidad”. Las identificaciones sociales, dicen,  “se construyen a partir de la manera particular en que cada grupo social logra espaciar y definir el ritmo de sus prácticas colectivas, significándolas y recreándolas.”

Con respecto al rito de la danza, es posible decir que éste es, probablemente,  la más antigua manifestación artística, y su importancia ritual y cultural es preponderante en toda comunidad. Es uno de los lenguajes no verbales que expresa sentimientos, símbolos y lenguaje mediante el movimiento corporal, la música, la coreografía y la indumentaria y armas que la adornan.  Así, la danza satisface desde sus comienzos una necesidad individual y social.  Tiene una íntima relación con el culto, como uno de sus más importantes medios de expresión.  La danza, como rito,  pone de manifiesto los valores del grupo siendo para sus integrantes el vehículo para llegar a la comunicación directa con los dioses.

La danza mexica es, sobre todo, una danza ritual.  El ritual expresa la condición humana de lo sagrado y lo profano.  Lo sagrado visto como lo ajeno, lo otro, pero también como el objetivo que se desea alcanzar.  Tanto lo sagrado como lo profano son dos formas de estar en el mundo, de vivir y representar la realidad.  El lugar que ocupan los sujetos en cualquiera de estas dos formas, depende la sociedad y la cultura en la que se desenvuelve.  Ningún individuo queda fuera de alguno de éstas dos posiciones que dependen de la experiencia cotidiana y de la historia de la cultura.

II.    LOS DANZANTES DEL ANAHUAC: ANALISIS DE ALGUNOS GRUPOS DE LA CIUDAD DE MEXICO



2.1.    EL MUNDO DANZANTE: LA UNIDAD EN LA DIVERSIDAD.



La danza Mexica/Azteca-Chichimeca o Mexicanera se considera como una de las danzas de conquista pues representa la resistencia cultural y la apropiación de nuevos elementos dados por la fusión de dos culturas. La llamada mexicanidad  pretende rescatar las culturas prehispánicas y toma fuerza en los años sesenta aproximadamente. La mexicanidad enarbola un discurso que busca explicar no sólo la condición actual de las culturas indígenas, sino también intepretar la simbología indígena frente al discurso científico. En este sentido, ella también se asume como la portadora de la verdadera interpretación del legado indígena.

A pesar de que los grupos danzantes han proliferado y se han multiplicado en nuestro país en los últimos años, han sido poco estudiados. Si bien es cierto que las danzas de conquista y las festividades religiosas dedicadas a los santos patrones de pueblos y barrios han sido objeto de estudio de muchos antropólogos, los danzantes mexicaneros han sido dejados de lado.  Al parecer, sólo Lina Odena Güemes se acercó al tema en un trabajo titulado “Los restauradores de la mexicanidad”, en el que muestra la génesis del movimiento y, en especial, del Movimiento Confederado Restaurador de la Cultura del Anáhuac. En dicho trabajo, la autora muestra los orígenes mestizos de dichos movimientos y la alta dosis de racismo que   ha caracterizado a algunos de ellos.

Más allá de algunas diferencias evidentes entre los grupos de danzantes, todos invocan un pasado común y se sienten herederos de una de “las civilizaciones más antiguas y hermosas que hallan existido en cualquier momento sobre el planeta”

El discurso de la mexicanidad apela a una identidad no sólo con respecto a los danzantes, sino que propone a la población mexicana, en general, asumirse como parte de una historia común hegemonizada por la cultura náhual,  como una cosmovisión y una forma de organización social que debe revalorarse.  Así, el movimiento chicano mexicano-mexica hace un llamado a todos los habitantes del Aztlán y del Anáhuac, incluso a los descendientes de europeos, para que “aprendan nuestra historia e identidad mexica, pero desde nuestro punto de vista indígena”
Pero hay quienes excluyen de su misión a quienes no desciendan de las razas originarias. El movimiento llamado Fuerza Nacionalista Azteca, en una carta abierta, dirigida a todos los mexicanos para “emprender una cruzada nacional de emergencia contra el hambre, la carestía y el desempleo”, señala que ha llegado el momento de pasar de la resistencia a la reconstrucción, “dando cumplimiento al mandato de Cuauhtémoc para levantar nuestro querido Anáhuac y retomar el camino de la Mexicayotl, de nuestra mexicanidad.”  Para lograrlo, dicen, se debe acabar con la “ideología del mestizaje”, ya que los mexicanos legítimos son “producto de la evolución genética natural (…) con un rostro y un corazón propios que hoy se levanta de la destrucción, la dispersión y la confusión”

Alejados de las demandas indígenas que de manera tan visible han enarbolado varias organizaciones en nuestro país, en especial a partir de la presencia del EZLN como un actor político de primera importancia, los movimientos de la mexicanidad, en general, centran su discurso en la vuelta al origen, al mundo armónico, justo y  bello que les fue arrebatado hace más de 500 años.  Así, el movimiento Fuerza Nacionalista Azteca señala: “Hoy, cuando en la política se habla de transición democrática, de reforma del Estado y de refundar la nación; nosotros preferimos hablar de Restauración y Reconstrucción del Anáhuac porque se trata de retomar y continuar el Gran Proyecto de la Confederación de Anáhuac, destruida por los invasores a partir del 13 de agosto de 1521, donde se construía una sociedad igualitaria, asentada sobre kalpullis (sic) autosuficientes confederados, con una auténtica autonomía e intercambio justo, de respeto a las tradiciones, costumbres y formas de gobierno”

Algunos elementos que parecen ser consustanciales a la mexicanidad son: una actitud frente al mundo respetuosa de la naturaleza y un reconocimiento de la lengua náhuatl como la portadora del saber. La reconciliación con el pasado prehispánico pretende rescatar ese conocimiento en función de una sociedad que parece desintegrarse, en la cual los valores de cohesión se han perdido y han dado paso a la violencia, la drogadicción y demás problemas sociales. Por otro lado, dicen buscar esa armonía que existía en el pasado entre el hombre y la naturaleza, de la que cada vez se aleja más el hombre moderno. Para los líderes de los grupos danzantes de la mexicanidad la sociedad  azteca era una forma de organización social perfecta. Las mujeres mexicas, señala Iztakuauhtli, líder del grupo Ollin Mazatl del Zócalo, mantenían una esbelta figura gracias al consumo de aguas de manantial, las casas brillaban como espejos de plata de tan limpias que estaban, los hombres y mujeres lograron ser jóvenes siempre y, por ello, danzaban hasta los 90 años de edad.  A decir de este líder “los psicólogos recomiendan actualmente que para eliminar la depresión la gente estrene ropa, cambie de aspecto y salga a divertirse. Esto lo sabían los mexicas y lo practicaban constantemente para mantenerse jóvenes y ágiles.”

La situación lamentable del México actual es fruto, para ellos, de la invasión europea, mal llamada conquista. Los españoles, dicen, eran “salvajes asesinos y seres humanos inmorales (que) quemaron nuestras bibliotecas, esclavizaron a nuestra gente, robaron nuestra riqueza y (…) nos dejaron como el pueblo culturalmente castrado que hasta hoy seguimos siendo”

Los danzantes mexicaneros no son, como podría parecer en un primer momento, un grupo desordenado que se forma en el momento en el que algunos llegan a danzar. Existen centros organizados con un nombre que los caracteriza. Dicho nombre siempre es náhuatl y denomina a círculos de danza donde hay ensayos y ceremonias. Se organizan, además, en subdivisiones territoriales y se conforman en grupos que se asumen como familias que pertenecen a cierto calpulli.

Actualmente se conocen tres modalidades de las danzas mexicaneras: la azteca-chichimeca -que parece ser la más antigua-,  la danza azteca-mexica y la conchera.  Encontramos una clara diferencia entre la conchera y las otras dos pues ésta representa la incorporación de elementos cristianos en una estructura ritual prehispánica que rompe en muchas cosas con la danza azteca, en la que nosotros nos enfocamos.

Ya decíamos que la danza mexica se caracteriza por la reivindicación de la cultura prehispánica bajo el discurso de pureza o retorno al origen. Esta danza se recrea a partir del mito de creación náhual, el cual reconoce a cuatro deidades, creadoras del universo, que en la mitología náhual, están representadas por un color, un rumbo y un elemento.





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