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Danzantes del Anáhuac parte 2 - Monografía



 
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Deidades creadoras del  universo



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Si bien tuvimos un acercamiento a un grupo de concheros, nuestra investigación se enfoca al estudio de los danzantes mexica - aztecas, y mexica-chichimecas. Su vestimenta consiste en un taparrabos de piel o manta, vistosos penachos ornamentados con plumas de pavorreal, águila, faisán, quetzal; atecocolis (cascabeles) sujetos a los tobillos, pectoral o pechera de pieles y motivos prehispánicos. La música se interpreta con el sonido del caracol y  sonajas que se tocan al ritmo del huehuetl. El huehuetl es el instrumento principal que da ritmo a sus danzas, este  es un tambor elaborado con madera de ahuehuete y piel.

Pese a la gran similitud que existe actualmente entre la danza mexica-chichimeca y la mexica-azteca, algunos danzantes las diferencian por la vestimenta o por el ritmo de cada una. En la primera se usan pieles y taparrabos, y sus pasos son más rápidos, aunque dichas diferencias no son tan estrictas en la práctica.

En general, para unos y otros la estructura de la danza es la siguiente:

Antes de dar inicio se coloca una ofrenda al centro, ésta contiene por lo general flores, agua, sahumerio y frutas que son repartidas al final del rito. En la ofrenda y en la estructura de la danza nunca deben faltar los cuatro elementos representados por el huehuetl (tierra), el caracol (viento), sahumerio (fuego)  y el agua (que se bebe después de la danza). Especialmente el fuego y el viento se utilizan según el principio de la energía dual; el fuego es un elemento masculino y por tanto, es conveniente que lo porte una mujer.   El caracol es un elemento femenino y debe ser utilizado por un hombre.

La figura y el orden de los elementos de la ofrenda no tienen una posición casual. Representa al cosmos en la tierra; así el sahumerio, justo al centro, simboliza al sol y al fuego.

La danza inicia con tres toques de caracol ejecutados generalmente por un hombre -aunque esta restricción tiene cada vez menos fuerza-, que se acompañan con el balanceo del sahumerio prendido -portado por una mujer-. Con el sahumerio se purifican todos los elementos que forman parte de la danza: instrumentos, ofrenda, danzantes. Realizado esto y con los danzantes en posición se invoca a los cuatro rumbos, al cielo y a la tierra con su respectiva deidad, y se les dedica la danza, la ofrenda y el sonido del caracol. En general son seis las danzas obligatorias, pero este número puede variar dependiendo de la duración y del tipo de celebración.  Las danzas pueden representar a fenómenos o elementos naturales a deidades y/o animales. Pero estos  elementos pueden estar integrados en una sola;  por ejemplo la danza de Ehecatl, divinidad que a su vez representa a un elemento natural: el viento; la danza del colibrí que representa a su vez a una deidad: Quetzalcoatl. Cada danza se compone de pequeños fragmentos en los que se ejecuta un paso inicial, un paso base llamado “planta”, un paso que cambia varias veces conocido como “flor”, y un paso final, que es similar al primero que se ejecutó.

Antes de iniciar y terminar cada danza se realiza un mismo paso que consiste en marcar con los pies una cruz: la cruz de los cuatro rumbos, de los cuatro elementos, diferente de la cruz católica a la que hacen referencia los concheros. La danza, recrea, a su vez, el mito de la creación, es decir el tiempo circular.

Al final de las danzas se agradece a cada rumbo por haber hecho posible el rito, el grupo se concentra alrededor de la ofrenda, se  hincan e inician los cantos. Cualquiera de los integrantes puede elegir el canto que desea dedicar. Estos cantos hacen alusión al universo y a los elementos que lo integran. Después de los cantos, el jefe del grupo dice: “por eso, a través de las generaciones decimos, cuatro veces, mexica tiahui, mexica tiahui, mexica tiahui, mexica tiahui”, que significa “adelante mexica”.

En la última etapa de la danza cada integrante expresa su impresión del rito recién celebrado;  pueden también dar gracias al resto del grupo, y al público,  por haber compartido ese momento con ellos. Al inicio y al final de cada intervención se evoca personalmente y después en coro a “Ometeotl”.

Para quienes la ejercitan, la danza es un acto ritual que incorpora al sacrificio como parte de su sentido más profundo. Para los danzantes, los movimientos que se generan en cada celebración se corresponden con cuatro diferentes niveles de conciencia. El primer nivel es el Mitotilztli o gozo, fiesta y alegría humanas; en éste la danza se manifiesta como una relación humana, en la cual a través del movimiento del cuerpo se logra la interrelación entre los hombres. Los danzantes son el centro y el motivo principal de la danza. El segundo nivel es el Macehualiztli. En éste el danzante pasa del gozo al autosacrificio por medio de la abstinencia, a fin de lograr desprenderse de todo lo externo. Aquí, la fiesta será reemplazada por un ofrecimiento consciente del danzante a través del sudor, el cansancio y hasta el sangrado de los pies. El tercer nivel es el de la Chitontequiza, acto de girar y “desprender al cosmos” a través del movimiento de la danza. Por medio de estos movimientos cósmicos el danzante intenta integrarse a las fuerzas de la naturaleza y el cosmos. El cuerpo en movimiento, pasará a formar parte de un todo armonioso.  En el cuarto nivel llamado Teochitotenquiza, el danzante aspira a convertirse en un vínculo entre la energía creadora y la humanidad toda. Este cuarto nivel es la expresión más elaborada de lo que un danzante puede lograr con su dedicación, esmero, disciplina y autosacrificio.

En la danza mexica-azteca las funciones o cargos de los danzantes son llamadas “palabras”, estas otorgan responsabilidades y llevan implícita una jerarquía que se reconoce al interior del grupo aunque ello no represente un rol estricto y permanente (a diferencia de lo que sucede con los grupos concheros).  Tres integrantes representan a “las palabras”, y son elegidos por el jefe del grupo.  La primera palabra le corresponde a quien “abre los rumbos” y pide permiso; la segunda palabra al quien le ayuda a éste o, incluso, a quien lo llega a suplir en caso necesario. Al encargado de la tercera palabra le corresponde regir las danzas. En ocasiones, un representante de la cuarta y última palabra se encarga de la distribución de los danzantes a fin de mantener una formación circular.

Esta organización espacial tiene como objeto la fluidez y concentración de energía,  esto permite entrar en  equilibrio.  En su discurso, y en su práctica ritual,  se manifiestan los símbolos de dualidad: lo femenino y lo masculino, el día y la noche, la vida y la muerte. La integración de estos elementos simbólicos se encuentra en el “Ometeotl” quien representa a  los “dadores de vida” y a la energía dual. Ometeotl es padre y madre a la vez y a través de él se explica el mito de la creación. En la danza, se supone, los opuestos entran en equilibrio, como sucede con Ometeotl, gracias a la propia organización del espacio danzante.

En la filosofía mexica, este mito aparece representando por dos señores (o dos dioses), Ometecutli (dos señor) y Omecíhuatl (dos señora), que tuvieron cuatro hijos a los cuales se les asignó un rumbo (tezcatlipocas) para crear el universo:

Tezcatlipoca significa “espejo humante” y representa las habilidades mentales de los sujetos. Tezcatlipoca negro, conocido simplemente como Tezcatlipoca, representa el rumbo norte, le corresponde el elemento tierra y en su rumbo se encuentra el Miktlampa, la región de los muertos. A Tezcatlipoca rojo le corresponde el oeste, el elemento aire, es el rumbo de Ziwatlampa, es el Xipe Totec. Tezcatlipoca azul, conocido como Huitzilopochtli, corresponde al rumbo sur, la tierra del fuego, la región del Wiztlampa. Tezcatlipoca blanco, conocido como Quetzalcóatl, la serpiente de agua, viene del rumbo del este, de la región de Tlahuiztlampa.

Son cuatro rumbos, cuatro fronteras del universo donde suceden todos los hechos humanos, cuatro elementos y cuatro eras cosmogónicas que se repiten de manera cíclica en la historia, y que aparecen en el calendario azteca y maya.  En la danza, el saludo a las cuatro direcciones equivale al saludo a la creación, a su recuerdo y recreación.  Mircea Eliade recupera una narración de  las tribus algonkinas y siux sobre el ritual que reproduce la creación del universo.  Éste se lleva a cabo en la cabaña sagrada.  En ambos casos, se mantiene una estructura ritual muy semejante; la necesidad ontológica por “instalarse en un territorio” para fundar el mundo y una idea particular de ese mundo que es representación del cosmos.

Veamos ahora algunas de las principales características de los cuatro grupos analizados.

-    Grupo de danzantes de Tlalpan



Los danzantes de Tlalpan se reconocen como integrantes de la categoría de danzantes mexica-aztecas. La asociación fue creada el 4 de septiembre de 1999.  Actualmente se reúnen los sábados en la explanada delegacional a partir de las 19:00 horas.  Xolotl Martínez, Cuauhtli y Marlene  fueron sus fundadores. La trayectoria de Xolotl es anterior a la creación del grupo de Tlalpan; participó como jefe del grupo que desde hace diez años danza  en el centro de Coyoacán.  Después, por iniciativa propia, conformó el grupo “Cuailama” que desde hace 5 años, se reúne en el centro de Xochimilco. Su trayectoria aún continúa: en febrero de este año creó un nuevo grupo para danzar en la Ciudad Universitaria, frente a la Biblioteca Central.

Xólotl, fundador de los grupos de Xochimilco, Coyoacán y Tlalpan, es danzante desde niño, pero abandonó su práctica por mucho tiempo para dedicarse a las artes marciales, aunque regresó a la danza mexica que para él es “arte, disciplina, meditación y ritual”.  Lo anterior porque la danza como disciplina, dice, “enseña obediencia, deber, principios de la mexicanidad como respeto a la naturaleza, y a vincularnos con lo que vemos y con lo que no vemos también”.

Xólotl marca una clara separación entre la danza religiosa conchera y la mexica. “Yo respeto mucho a los concheros pero yo nunca podría hacer lo que ellos están haciendo (…) ya no tenemos que hacerle el juego a la iglesia. La iglesia ya tiene su parte (…) Entonces, nosotros hacemos la danza guerrera, azteca-chichimeca, definitivamente nos vamos a las raíces, con la parte más ortodoxa, con los conocimientos ancestrales. Con todo respeto y conciliación pero cada quien ya tiene delineado su trabajo”

Este personaje, cuyo discurso sobre la danza y la mexicanidad es amplio y bien elaborado, se  presenta como el líder del grupo de Tlalpan. Sin embargo, a decir de otros dos líderes, Marlene y Cuautli, el grupo se ha independizado de Xolotl.

El grupo de Tlalpan, sin nombre aún, está conformado por 25 miembros aproximadamente, con una presencia equilibrada de hombres y mujeres.  Las edades de sus integrantes oscilan entre los 15 y los 40 años, aunque en su mayoría son jóvenes de 25 a 35 años.  Hay estudiantes, amas de casa, obreros, religiosas y empleados de oficio, tales como albañiles, pintores de brocha gorda y comerciantes.

Este colectivo está conformado, a su vez, por subgrupos: una familia de concheros, un grupo de religiosas vecinas del mismo centro delegacional, y un grupo de jóvenes que se reúnen en otros círculos. Entre todos los miembros hay un acuerdo tácito de revalorar la cultura prehispánica, ya no cristianizarla sino vivirla como es actualmente. ¿Y cómo es en un contexto urbano?  Mucho más diversa, no es pura sino mestiza de raza y de religión.

Los danzantes de Tlalpan pertenecen a distintos grupos sociales y cumplen con diversos roles a la vez.  Así, podemos tener un sujeto danzante que pertenece a una familia, desempeña un  trabajo, tiene un circulo de amigos, practica alguna religión y a su vez, tiene intereses particulares independientes de la danza.  Gilberto Giménez plantea que a mayor amplitud de los círculos sociales, hay un reforzamiento de la identidad personal.  El individuo asume un rol, se incorpora al colectivo e interioriza los elementos simbólicos de éste, su inclusión no es forzozamente homogénea ni estricta.

Como mencionamos anteriormente gran parte de la riqueza en el estudio de los danzantes, radica en la  diversidad de sujetos que participan en la danza.  En un mismo círculo hay una gran variedad de personas, todas reunidas en un grupo heterogéneo que se unifica en un acto ritual para crear algo en conjunto, oración en movimiento dirán las religiosas. Como Amparo,  religiosa salvadoreña de origen campesino de  34 años de edad, quien proviene de una familia con “mucha tradicón”. En 1992 trabajó en una comunidad indígena totonaca, en Veracruz, y eso la hizo tomar conciencia “del ser indígena que lleva en la sangre”. “Allí empecé a vibrar otra vez con lo mio”.  Esto la condujo, años más tarde, a la danza mexica, en la que se inició hace un año, ante una invitación abierta que el grupo hizo.

Para ella la danza es “oración en movimiento”, y Dios y Ometeotl son lo mismo, sólo cambian de nombre. Donde nos reunimos allí está El, dice refiriendose a Dios. A ella danzar la hace sentirse “con una paz muy fuerte, una paz interior, una armonía que no me deja estar pasiva, sino que me invita a ponerme en dinamismo”.  Su familia, sin embargo,  no sabe que ella es danzante porque “en su cabeza no cabe cómo una monja puede andar en esos rollos”.

El de Tlalpan es un calpulli incluyente, ya que permite la participación de personas con diferente percepción acerca de la danza, no importando su sexo, edad, religión, ideología, o situación económica. Pero además, se invita al público a participar en el rito sin ningún requisito previo o condición posterior.

Todos sus miembros comparten el interés por la danza y por el rescate de las prácticas prehispánicas, independientemente de que su incorporación varíe de acuerdo a las expectativas  personales - que van desde la búsqueda de espacios alternativos de expresión con fines espirituales o de esparcimiento hasta terapéuticos o  de socialización - los individuos logran conformar una identidad colectiva que le otorga  sentido al rito de la danza. En general, observamos que mientras algunos privilegian la recuperación de la tradición, para otros la danza es, sobre todo, un acontecimiento místico, pero todos coinciden en la recuperación de la tradición náhual.

Dentro de las actividades alternativas que realizan como grupo, además de la danza, están las excursiones a centros rituales, temazcales, asistencia a eventos de otros círculos de danzantes por festividades patronales así como celebraciones que coinciden con el calendario azteca, tales como los equinoccios, día de muertos, etc.  Estas actividades cohesionan a sus integrantes a partir de experiencias compartidas; se genera entonces la necesidad  de saberse reconocido, de tener un lugar y ser aceptado más allá del ritual colectivo de la danza.  La dimensión subjetiva y temporal de la identidad permite que éste sea un proceso que nunca está acabado. El círculo de la danza es un espacio en continuo movimiento. Este espacio en movimiento esta íntimamente relacionado con el tiempo- ritmo  interior -de cada sujeto- y exterior -de la danza misma-. El tiempo tampoco es fijo, avanza en distintos ritmos, que no necesariamente se miden con el de un reloj.

Esta forma de pertenencia es dinámica y no está sujeta a un solo espacio.  Muchos de los danzantes de Tlalpan se reúnen a continuar la danza en otros lugares y con gente  de otros grupos aunque parece haber finalmente, una adjudicación a un grupo particular.

No hay requisitos particulares para ingresar al colectivo, en la  mayoría de los casos el interés surge por la curiosidad o por invitación de otros miembros ya integrados.  Pese a que la mayoría de los integrantes no tiene un antecedente familiar que los motivara, ellos coinciden en la idea de difundir la danza entre sus descendientes y entre aquellos que se encuentren dentro de su círculo social.

“…mi hermana fue la primera en entrar a la danza, ella entró porque los vio  (a los danzantes del grupo de Tlalpan) y le llamaron mucho la atención… ella fue la que me invitó y desde la primera vez que dancé me gusto tanto que me integré y ahora es una parte importante de mi vida…”

“… mi interés por la danza fue desde que era niño, el sonido del huehuetl me hacia sentir algo en el pecho, como un hueco… yo veía a los danzantes del Zócalo y luego ya más grande entre al grupo de Xochimilco porque vivo cerca de allí…”

“Una amiga de la escuela me invitó a Coyoacán y allí fue donde empecé. No fue nada más como ejercicio, sino también como un desahogo.”

“…yo vengo de una familia con mucha tradición… en 1992 trabaje en una comunidad indígena totonaca en Veracruz y en una mixteca en Oaxaca, esta experiencia me hizo tomar conciencia de mi ser indígena que además llevo en la sangre, allí empece a vibrar otra vez con lo mío, me sentí identificada con la comunidad y fue este mismo antecedente el que me llevó a la danza.”

“Tengo toda la vida de ser danzante, mis abuelos eran danzantes…”

En las celebraciones de Tlalpan se representan los cuatro puntos cardinales, las cuatro eras de la creación, los cuatro numerales del calendario y los cuatro elementos vitales que mantienen el equilibrio entre el hombre y el cosmos: tierra, aire, fuego y agua.

Estas danzas se realizan al atardecer, para acompañar al sol durante su tránsito hacia la noche y de allí hasta su renacimiento al amanecer. Algunos de ellos danzan descalzos, mientras otros lo hacen con sandalias de cuero trenzado y suela delgada. Interpretan la música con teponaztles y el huéhuetl.

Los danzantes de Tlalpan realizan su ceremonia en círculos concéntricos alrededor del huehuetl y del altar. En el centro está ubicado el capitán o dirigente del Calpulli, en el primer círculos los integrantes más antiguos del grupo. En un círculo posterior se ubican los principiantes o las personas que quieran incorporarse en ese momento.

Al entrar, cada danzante es purificado por el humo del copal que emana del sahumerio; esta acción es ejecutada por una mujer, quien purifica con movimientos circulares en forma de cruz: izquierda-derecha / arriba-abajo.  Los movimientos hacia la izquierda simbolizan la energía, hacia la derecha la fuerza, hacia arriba la vida y hacia abajo la muerte.

Enseguida se pide permiso a cada punto cardinal, a los cuatro vientos, para iniciar la ceremonia, levantando la mano izquierda hacia el lugar indicado, haciendo círculos en forma de cruz con el sahumerio y tocando el caracol para purificar el lugar en el que se va a danzar.

El dirigente del calpulli es el que ofrece la primera danza, éste puede elegir la danza que quiera. Por lo general, éstas se inician por el lado izquierdo y cada una dura aproximadamente quince minutos.  Al terminar cada representación el líder invita a otro integrante a que dirija y ofrezca la siguiente danza y así sucesivamente.

Sus movimientos corporales son ágiles, algunos son volados o cruzados, con saltos y giros. Para ellos, cada paso tiene una significación: cuando hacen giros o vueltas completas representan al aire; cuando se avanza como aplanando el piso se representa la tierra; cuando realizan un paso zigzagueante simbolizan al agua; cuando ejecutan un brinco en el mismo sitio o cuando realizan saludos representan al fuego.

Para terminar se hace el ritual de agradecimiento a los cuatro vientos, repitiendo el ritual del permiso y agregando una reverencia. En este momento cualquier miembro del grupo puede hacer una oración, compartir un poema o cantar una canción en náhuatl.

Finalmente los danzantes agradecen el apoyo de los acompañantes, comparten el agua que fue purificada en el altar, semillas de amaranto y fruta y reiteran la invitación para la siguiente reunión.

-    Grupo de Concheros de La Conchita



Este grupo de concheros se reunía originalmente en el Centro delegacional de Coyoacán, pero fue desalojado por las autoridades y ahora realiza sus ensayos en la Casa de la cultura Jesús Reyes Heroles y sus presentaciones rituales en la plaza de la Conchita, en la misma demarcación política.

La composición social de este grupo es claramente pluriclasista: en él participan estudiantes, profesionistas, empleados y obreros.

Los de La Conchita, se consideran herederos culturales de los antepasados prehispánicos, en especial de los guerreros aztecas que lucharon contra los españoles durante la guerra de conquista. Sin embargo no tienen empacho en asumir y aceptar la conquista española y en venerar a las imágenes católicas. Este hecho marca una diferencia fundamental con otros grupos danzantes: asumen abiertamente el sincretismo cultural y la cruz, la Virgen y los santos patrones son, para ellos, símbolos fundamentales de su identidad. Los concheros, dice el capitán de la congregación de La Conchita, nos asumimos como peregrinos y como rezanderos.

Entre los grupos de concheros son marcados los linajes, en ellos existen varios niveles de integración que implican una progresión incluyente, de naturaleza militar. Las jerarquías se adquieren, casi siempre, en forma hereditaria. Algunos concheros famosos, ya fallecidos, son invocados incluso en las canciones que acompañan sus  danzas.  Así los de La Conchita le cantan al “alma de Rodríguez sabe Dios en donde andarás, todos rogamos por él, su alma en descanso estará”.  O bien: “Vamos  todos los concheros, vamos todos en unión al frente Felipe Hernández y su gran corporación”.

El danzante conchero retoma y hace suyos elementos católicos y los incorpora a las prácticas tradicionales prehispánicas. Su ideología está basada en un sincretismo cultural y religioso que se manifiesta mediante un ritual en el que se canta y se danza. El conchero representa la conquista consumada, considerada por el danzante no como una derrota sino como un triunfo de la cultura mexicana que pervive bajo otros símbolos a los que se les da el carácter religioso enseñado por los antepasados. Los objetivos principales de su ritual son el homenaje a Dios, la ofrenda y la penitencia, “El danzante conchero danza para Dios”

A diferencia de los danzantes mexicas, quienes acompañan sus danzas con instrumentos musicales prehispánicos, los concheros entonan canciones que denotan, claramente, su doble pertenencia: a la mexicanidad y a la catolicidad.  Así, entonan: “Cuando nuestra América fue conquistada de todos los habitantes ninguno dijo nada. Esto sucedió en la gran Tenochtitlán”.  O bien cantan: “Cuando el rey Cuauhtémoc habló con gran decoro y aunque le quemaron los pies no soltó el tesoro, cuando los españoles en su gran delirio engañaron al indio con vidrio”.  Pero también cantan: “Ya se anuncia la salida del estado de Michoacán a ver la gloriosa imagen a la feria de San Juan”.  O bien: “Santo Cristo milagroso, padre de mi corazón, alza tu bendita mano y échanos tu bendición”.

La identificación de cada grupo o “mesa” de concheros, se establece mediante el porte de un estandarte en el cual se indica la fecha y lugar de conformación del grupo, así como su nombre y la imagen del santo que identifica a su congregación.  Su organización es jerárquica, sus cargos son hereditarios y se clasifican en grados militares: capitán de conquista, Sargento, Alférez, Malinche, Soldados, principiantes o novicios. Es importante mencionar que como Capitán General reconocen a Hernán Cortés.

El capitán es el encargado de la tradición conchera, es decir, debe ser un gran experto y conocedor de los rituales dancísticos, los mitos y de la oratoria. Es el líder indiscutible del grupo y resalta incluso más que los capitanes de la danza azteca. En la congregación de La Conchita el capitán es el llamado “Jefe Sonora”, un hombre maduro, al que respetan y obedecen todos los integrantes del grupo.

Después del capitán se encuentra el sargento, quien se encarga de vigilar el orden en el grupo y generalmente dirige la danza. En el caso de nuestro grupo,  el sargento era el encargado de dirigir la danza, mientras el capitán se dedicaba a cantar, tocar la guitarra de concha de armadillo, e iniciar cada fragmento de entrada, señalando con los pies la cruz sobre el piso, y utilizando, cada vez, el grito de los concheros: “El es Dios”.

La Malinche,  una mujer encargada de proteger el fuego y el sahumerio,  es la que saluda a los puntos cardinales, el alférez porta el estandarte, el “caracolero” toca el caracol, los soldados sólo danzan y, en la parte exterior del círculo de la danza, los novicios aprender sus primeros movimientos dancísticos.

Para ser parte de un grupo como éste hay que pasar por una ceremonia de iniciación, que consiste en un juramento frente a las imágenes católicas y ante los demás  concheros, como símbolo de su compromiso con lo sagrado.

Cuando se trata de celebrar a un santo patrón, generalmente el ritual inicia con una ceremonia, de ahí se dirigen a la iglesia con paso de marcha. Al llegar a la iglesia se entona el canto de permiso, frente a la imagen católica festejada, y después se traza con el pie una cruz en el piso, en la que se invoca a los cuatro puntos cardinales, para dar inicio, propiamente, a la danza.  Al finalizar se canta la despedida,  el ritual de agradecimiento y la retirada frente a la imagen; viene después la comida colectiva y el agradecimiento a cada uno de los grupos de anfitriones y del capitán hacia cada uno de sus soldados.

El origen de la Danza Conchera, transmitido a través de la tradición oral, se sitúa en la Batalla del Cerro de Sangremal en Querétaro, el 25 de julio de 1531. Ellos asumen que fue en ese momento en el que, después de una batalla sangrienta entre cristianos y chichimecas -en la cual triunfaron los cristianos-, vino la conciliación. La cruz de Quetzalcóatl, la de los cuatro vientos (Ollin), se fundió con la cruz católica del Apóstol Santiago, dando como resultado la Cruz de Sangremal, ésta simboliza también la sangre derramada por los combatientes.  Este acontecimiento se encuentra además presente entre sus cantos: “Santísima cruz del cerro de Sangremal, donde corrió la sangre en medio del encinal…”

Sus alabanzas están dirigidas a imágenes cristianas, cada una ubicada en un rumbo y zona específica:



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Las festividades principales en cada uno de estos lugares corresponden a una fecha específica y  la asistencia a ellos es considerada como una obligación; sin embargo, todo el año se celebran diversas fiestas a las cuales los grupos pueden ser invitados y su asistencia es voluntaria. Estas invitaciones fortalecen el contacto, las relaciones y el reconocimiento entre los diversos grupos.

Entre las características de la tradición conchera, se encuentra el uso de instrumentos, como la guitarra de concha de Armadillo, llamada mecahuéhuetl, esta es una modificación del laúd, que es un clarín de mano que tiene como cuerpo la concha del armadillo; las sonajas, los atecocolis o huesos de fraile y el caracol. Cada uno de los elementos que conforman su atuendo forma parte del ritual, cada uno tiene su significado y su importancia, como ejemplo de esto, citamos la estrofa de la siguiente alabanza: “las conchas de armadillos, todas en reunión fueron de conquista, de la santa religión”

La vestimenta de los hombres consta de un faldón, un pectoral y una tilma o capa, las cuales son adornadas con motivos prehispánicos, lentejuelas y con plumas pequeñas que delinean los bordes; las mujeres portan un vestido recto abierto a los lados; actualmente usan telas sintéticas con el objeto de simular la brillantez de las piedras preciosas. Esta indumentaria se complementa con rodilleras y brazaletes.

Usan también un penacho adornado con plumas de avestruz o pavorreal, la importancia de portar este adorno no se reduce a simple ornamento, sino que tiene también significados especiales tanto de reconocimiento, como de conexión espiritual, es una parte más de sus simbolismos: “las plumas son las antenas de comunicación con el dador de vida… las plumas que porta el danzante se ganan con la danza”    En el caso del grupo de La Conchita, sin embargo, el día de la fiesta de su patrona, la virgen de la Concepción, los danzantes vistieron ropa negra y un paliacate sujetando su cabello.

A diferencia de las danzas mexicaneras, los movimientos de los concheros son lentos, pausados y cadenciosos. Su danza se compone de tres partes: “el permiso” o “saludo a los cuatro vientos” al iniciarse la danza; el desarrollo de los pasos característicos y un “acelerado” en la parte final. Los cambios coreográficos y musicales son indicados por el guía de la danza al grito de ” ¡Él es Dios¡”.

-    Grupo Ollin Mazahtl  del Zócalo (frente a la Catedral Metropolitana)



Este grupo,  con poco más de 18 años de formación, está conformado por aproximadamente 20 personas, todas adultas, con diversas ocupaciones.
El nombre  del grupo Ollin Mazahtl  significa  Venados en movimiento, y se autodefinen como guerreros de la tradición azteca-chichimeca.    Sus integrantes,   en su mayoría profesionistas, son en mayor medida hombres y la edad de sus miembros va de los  20 a los 60 años.  Realizan sus presentaciones los fines de semana desde las 12.00 a.m. hasta las 19 horas.

En este grupo aparece, de manera muy clara, un líder llamado Iztakuahtli o Aguila Blanca, quien funge como el portavoz del colectivo.  De hecho, después de cada danza, esta persona reúne a los espectadores y les dirige un discurso con tintes didácticos acerca de la necesidad de recuperar el pasado azteca y en contra de lo que él juzga como los principales signos de decadencia de nuestro presente: la música rock, el brake dance, la enseñanza del inglés en las escuelas, el consumo de drogas y alcohol,  y, en general, todos los productos   culturales y de consumo de la modernidad.  Se trata de un verdadero “intelectual” de la danza mexicanera, que maneja con fluidez un elaborado discurso sobre “la otra historia”, la de nuestro verdadero origen y ser, y lo mismo narra cómo era la vida cotidiana de los aztecas, antes de la “invasión”, que habla sobre los elementos presentes en el calendario azteca, o bien sobre el significado de cada uno de los pasos del ritual danzante.

Así, el primer domingo de diciembre del año 2000, Iztacuauhtli se dirigió al público con el siguiente mensaje:

“Cuando vengas a este mal llamado Zócalo en lugar de escuchar estupideces, mejor acércate a este grupo de “Concheros”.  Estos grupos de concheros como se les llama hoy, son universidades al aire libre que te dicen ven. Las escuelas en cualquier nivel escolar se nos niega nuestra identidad como mexicanos.  Hoy nos dicen ingles obligatorio, ¿por qué no Náhuatl?  La potencia de un país es su cultura. La potencia de una cultura como número uno es su Lengua, su idioma propio, porque del idioma propio viene la educación de los niños, y de la educación del niño viene la formación del ser humano según de su nacionalidad”

Es él, quien se encarga de repartir propaganda sobre sus escuelas de cultura náhual, a las que el público puede asistir para aprender  danza, lengua, historia, filosofía, medicina, etc.  Lo mismo sucede con la venta de panfletos en los que se tratan asuntos alusivos a la cultura que reivindica. Es importante señalar que este líder se negó a concedernos una entrevista. Sólo accedió a impartirnos una conferencia, en el salón de clases, una vez que accedimos a pagar por ella la cantidad de doscientos cincuenta pesos. Lo anterior, nos dijo, porque había sido víctima de varios investigadores y productores visuales que se habían enriquecido a costa de su grupo.

Los “venados en movimiento”, de manera paralela a la danza, realizan actividades mercantiles tales como la venta de artesanías realizadas por ellos mismo.

Para los integrantes del Ollin Mazahtl el uso de plumas en su copalli (comúnmente conocido como penacho)   es muy importante, en parte porque “sirve para atraer gente” que así puede enterarse de su mensaje. Pero también porque, para ellos,  las plumas funcionan como antenas receptoras de energía, y   eso les permite una mejor conexión con el cosmos. Los instrumentos utilizados para la danza son el huehuetl, el tlapanhehuelt, el tlalpizali, la tlalyayazca y el caracol. Estos instrumentos están destinados solamente a los guerreros, mientras que las muejeres son las portadoras del fuego, el popochcometl o sahumerio.

Para este grupo, la nacionalidad debe reconstruirse en función del pasado preshipánico, pero no de cualquier etnia sino, justamente, de la que habitaba en el valle del Anáhuac.  El rechazo a la cultura nacional  corre paralelo con el rechazo a la cultura occidental en general.

Así Iztakuauhtli, dirigiéndose a los niños que presenciaban una presentación pública dice:

“… la cosa que está ahí -señala la bandera nacional- no es tu bandera como mexicano. Niños esta no es su bandera, esto es una bandera falsa, como falsa es tu lengua que hablas hoy y tu religión, y tu himno nacional que cantas…. ¿Algún maestro les había dicho esto? No, nunca lo hará ¿por qué? Porque está comprobado que la Iglesia, el Gobierno y la Secretaría de Educación Pública es uña y dedo que te “apachurran”.

Este grupo se ufana de narrar la historia de los vencidos y no la de los vencedores y de pertenecer a la tradición azteca-chichimeca.

“Mira, en la danza azteca hay dos tipos de movimientos diferentes. Hay una danza tradicional-conchera que le bailan a los templos, a las iglesias y le rinden culto a las imágenes y;  hay un tipo de danza azteca-chichimeca, que es la que realizamos nosotros, que de cierta manera es más cultural que lo que son ellos.  Ellos utilizan mandolinas, su atuendo es diferente, es de manta, nosotros utilizamos atuendos de pieles, utilizamos más plumas porque para nosotros es una presentación ante la gente. El objetivo principal de la danza es dar a conocer la raíz histórica que se tiene, entonces es un gran conflicto que hay entre los dos tipos de danzas diferentes. A ellos no les interesa o solo a algunos conocer un poco más sobre la historia, porque ellos según lo traen de tradición oral, nosotros no, la mayoría de nosotros aprendimos de una familia muy diferente a la que traen ellos, de una manera más independiente. Entonces, los dos tipos de danzas son las mismas, pero llevan un carácter digamos político diferente”

De hecho, estos danzantes marcan una clara diferencia con respecto a los concheros a quienes acusan de agregar a su danza elementos de la cultura católica implantada durante la invasión, así como de instrumentos musicales ajenos a la cultura náhual, como la mandolina que luego se convertiría en la pequeña guitarra de concha de armadillo utilizada hoy por los concheros.

Para ellos, recuperar la armonía con la naturaleza como lo hacían sus ancestros, es continuar con una tradición y con el rescate de su cultura. Por ello,  se resisten a incorporar elementos de la modernidad,  como lo sería el excesivo consumo de alimentos chatarra, que difiere de lo que ellos consideran como el mantener una armonía con la naturaleza ,  argumentando que, no sólo repercute en la salud del individuo sino que constituye una forma diferente de relación con la naturaleza y el resto de su comunidad, puesto que ello no permite pensar y actuar por un bienestar colectivo. El día que el ochenta y cinco por ciento de la población practique la danza, dice Iztakuauhtli, “automáticamente estaremos combatiendo el alcoholismo y la drogadicción, porque la danza nos purifica, la danza nos limpia”

“Una de las máximas de la sociedad mexica: solo entre todos podremos saberlo todo y es entre todos como podremos lograrlo todo. Cuando ese espíritu de comunidad se ha alcanzado desaparece automáticamente la envidia, el rencor, y cualquier otro sentimiento negativo, lo cual se traduce en buena salud y alegría de vivir”





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