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Especie humana parte 2 - Monografía



 
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SEGUNDA PARTE: La vida en la Edad del Hielo



Capítulo 4. El bosque animado (pp. 111-131)



Somos una especie capaz de habitar en los más variados climas y paisajes de los cinco continentes. Sin embargo, el grupo zoológico al que pertenecemos, el de los monos o primates, ha evolucionado en unos ambientes muy concretos y no ha contado nunca con especies cosmopolitas. Han vivido durante más de 65 millones de años en el bosque, al que estamos ligados por nuestra historia. Nunca han existido primates adaptados a medios completamente sin árboles. Unos pocos primates (los gelradas) viven en las verdes praderas de los altiplanos etíopes.
Pero el continente europeo es rico en bosques, y sin embargo no vemos en él más primates que nosotros, aunque los hubo en el pasado, cuando el clima era más cálido y la vegetación también era otra cosa. Sólo ha soportado con nosotros los rigores del Cuaternario europeo el macaco de Berbería o mona de Gibraltar, extinguido en Europa, salvo la población gibraltareña introducida por el hombre.

Europa no es un continente favorable para los primates, excepto en el caso de nuestra especie, para la que todos los continentes lo son. El origen de los homínidos, nuestro grupo de primates, está en África y nuestra llegada a Europa es relativamente reciente. Los paisajes de nuestra infancia evolutiva son los bosques lluviosos del África tropical, y nos hicimos hombres (humanos) en medios más abiertos, bosques aclarados y sabanas con matorrales y árboles dispersos. Cuando los humanos llegaron a Europa se tuvieron que adaptar a los ecosistemas locales, muy diferentes de la ancestral patria africana. Además, en Europa se han venido alternando desde que el hombre vive en ella ciclos de clima templado como el actual con largos periodos de frío intensísimo que cambiaban drásticamente la vida animal y vegetal.
La práctica totalidad de la superficie de la Península Ibérica es potencialmente forestal. Las agresiones al bosque que producen las actividades ganaderas y agrícolas comenzaron en el Neolítico y no se han detenido hasta entonces. Los hombres cazaban y recolectaban productos vegetales, y formaban pequeños grupos dispersos; eran tiempos en los que reinaba una armonía en la naturaleza que se ha perdido para siempre.

Únicamente en las altas cumbres de las montañas hace tanto frío durante una gran parte del año que los árboles no pueden vivir sobre un suelo generalmente helado. Se desarrolla entonces una vegetación de matorrales rastreros, céspedes alpinos y praderas encharcadas en el verano que recuerda vagamente a las tundras árticas, el bosque se detiene cuando la temperatura media del mes más cálido no sobrepasa los 10 0C. El límite superior en altura del bosque se sitúa generalmente sobre los dos mil trescientos metros en el Pirineo, hacia los mil setecientos metros en la Cordillera Cantábrica, y entorno a los dos mil metros en las cordilleras Béticas y sistemas Ibérico y Central.
Por otra parte, hay regiones de nuestra Península donde la lluvia es tan escasa que apenas crecen los árboles (Alicante, Murcia y Almería). Lo que determina la ausencia de árboles no es el calor, sino la falta de agua. También son muy áridas algunas comarcas centrales de la depresión del Ebro, con el añadido desfavorable de un clima más continental.
La vegetación se reparte entre dos grandes regiones florísticas: a) la región Eurosiberiana (franja vascocantábrica, Galicia, norte de Portugal y Pirineos; y b) la región mediterránea (el resto). En la primera predominan los bosques de árboles de hojas planas de una gran variedad de especies (frondosas caducifolias, las hayas, robles, abedules, avellanos, etcétera) pierden las hojas en el otoño, y aprovechan al máximo el verano. En las montañas del Pirineo por encima del piso de las frondosas se encuentran grandes bosques de coníferas, con pinos albares y negros.

En la banda vascocantábrica y en Galicia no hay pinos naturales, salvo unos pocos bosques reductos del pino albar en León y Palencia.
En la Iberia mediterránea los bosques son menos diversos en especies arbóreas, pero forman espesuras impenetrables, con un sotobosque de arbustos y matas mucho más denso y variado que el de los sombríos bosques caducifolios. Los árboles predominantes, la encina y el alcornoque, tienen hojas planas y pequeñas, esclerosadas, y con gruesas cutículas en las que se hunden los pequeños estomas. Estas son adaptaciones para evitar la pérdida de agua en el largo período de sequía veraniega. La encina y el alcornoque son árboles siempre verdes (frondosas perennifolias) y pueden mantener su actividad casi todo el tiempo, excepto cuando hace mucho frío.
En condiciones especialmente difíciles, donde los suelos son arenosos y sueltos, o aflora la roca desnuda, o las tierras son más resecas, o en aquellas en las que el clima es más continental y contrastado, en todas estas situaciones desfavorables los encinares se ven sustituidos por las coníferas del tipo de los pinos, enebros y sabinas. En este apartado merecen una mención el pino de Alepo o pino carrasco, y el pino piñonero, muy resistentes al calor y a la sequía y poco exigentes en cuanto a la calidad del suelo.
Esta división de la vegetación ibérica en dos grandes regiones, una seca y otra húmeda, no es en realidad tan drástica. En la costa cantábrica se pueden ver encinares, tanto en enclaves más secos como en la proximidad del mar. Por otro lado, también se encuentran bosques caducifolios en la región mediterránea en lugares donde hay suficiente humedad todo el año. También hay coníferas que viven en las dos Españas.

Tal vez sería más realista dividir la vegetación ibérica en una zona de influencia atlántica, otra mediterránea y amplias regiones interiores de características intermedias, subatlánticas o submediterráneas. Si la de Península Ibérica fuera una llanura continua, la vegetación sería más uniforme, y el tránsito entre las tierras secas y las húmedas más gradual. España es el país con una mayor biodiversidad de la Unión Europea. Esta diversidad ecológica hizo que en el Cuaternario ibérico con frecuencia los cazadores prehistóricos pudieran encontrar una pequeña porción de territorio, animales propios de los roquedos y de las cumbres montañosas, junto con habitantes de bosques y de prados, y consumidores de los grandes herbazales. Por otro lado, la misma variedad de hábitats en poco espacio que caracteriza a la naturaleza ibérica hace que resulte imposible al investigador asignar una asociación de fósiles de un yacimiento a un único medio, porque a menudo los herbívoros proceden de diversas comunidades y han sido acumulados juntos por los depredadores o por el hombre. En Altamira, por ejemplo, se encuentran fósiles de corzo, cérvido típicamente forestal, junto con restos de reno, un cérvido que no nos imaginamos vagando por la tundra o en los límites de la taiga.
Dado que los tipos de sueldos no se han modificado sustancialmente en el último millón de años, los cambios en la vegetación que han afectado a nuestro territorio se deben exclusivamente a las variaciones en el clima (y desde hace tan sólo unos pocos miles de años al factor humano).

El clima del planeta era más cálido en el Mioceno (hace entre 25 y 5 millones de años) y en el Plioceno (hace entre 5 y 1,7 millones), que en el Cuaternario (los últimos 1,7 millones de años). También la humedad era mayor antes del Cuaternario y, como puede imaginarse, la vegetación de la Península era diferente de la actual. Era más “tropical”, y sí, en ella vivían monos de varios tipos.
En el Mioceno y Plioceno ibérico también existían grandes bosques con muchas especies que hoy en día no tienen equivalentes en la región. Sin embargo, todavía pueden encontrarse en algunas zonas de las islas Canarias respetadas por el hombre unas formaciones vegetales que recuerdan a algunas de las selvas peninsulares anteriores a las glaciaciones llamadas laurisilvas o bosques de niebla, árboles de hojas siempre verdes como las del laurel. Necesitan una temperatura templada todo el año y una humedad constante en el ambiente producida por las lluvias y las nieblas, condiciones que no se dan en las actuales circunstancias climáticas de la península. Sin embargo, aunque sin llegar a formar selvas, todavía crece el laurel en lugares especialmente favorables de la Península. También el madroño ibérico procede de las laurisilvas terciarias, y como laurel tiene un pariente próximo en Canarias. En nuestras montañas pliocenas crecían las grandes sequoias, que sólo podemos hoy ver en Europa plantadas en jardines.

En el máximo glaciar de hace 21.000-17.000 años, el clima debió de ser muy rudo en toda Europa. El nivel del mar descendió hasta unos 120 metros respecto del nivel actual. Sobre Escandinavia se formó un casquete glaciar que alcanzó los 3 kilómetros de espesor, y sobre Gran Bretaña e Irlanda se desarrolló otro casquete de entre 1,5 y 2 kilómetros de grosor. Los icebergs llegaron hasta Lisboa. En la Península ibérica la temperatura media anual era unos 10-12ºC más fría que la actual. Es como si la Península Ibérica se moviera 2.000 kilómetros hacia el norte o se levantara más de un kilómetro y medio sobre el nivel del mar.

De todos modos, hay que advertir que el clima no está controlado sólo por factores tan elementales como la latitud, la altitud y la continentalidad. La razón del mucho más benigno clima de la Europa atlántica respecto de la fachada atlántica norteamericana no es otra que la Corriente del Golfo, que trae hasta nuestras costas agua caliente por medio de su prolongación la Corriente del Atlántico Norte, mientras que las costas norteamericanas están bañadas por aguas frías de la Corriente del Labrador, procedentes del Polo Norte.
En la Península ibérica parece que por encima de los 700 m de altitud la temperatura media anual no subiría de los 30 centígrados en la época del máximo glaciar. El impacto de las glaciaciones en cifras orientativas sería: en los Montes de León y en los Picos de Europa la nieve se acumularía en grandes cantidades de forma persistente por encima de los 1.500 m Una cota mínima parecida estaría en la sierra de la Estrella, e iría ascendiendo hacia el este, situándose sobre los 1.800 m en la Sierra de Gredos, y un poco por debajo de la cota 2.000 en la Sierra de Guadarrama. En Sierra Nevada las nieves persistentes se situarían sobre los 2.400 m, y en los Pirineos aproximadamente a partir de los 1.500 m en su sector occidental y de los 2.100 m en el oriental.

En algunos lugares de las altas montañas, especialmente en las cubiertas y en los círculos o anfiteatros naturales, la nieve depositada se acumula y se convierte en hielo.
Durante el período de máximo frío de la última glaciación incluso se llegó a formar un pequeño escudo de hielo, lo que se denomina un glaciar de meseta o escandinavo, en los Montes de León. También en el macizo de los Ancares se desarrolló un pequeño glaciar de meseta.

¿Cuántas veces se formaron glaciares en la Península Ibérica a lo largo del Cuaternario?



Parece seguro que no ocurrió en todas las glaciaciones que se sucedieron en el hemisferio norte.
Javier de Pedrada y otros geomorfólogos que han estudiado los glaciares del Sistema Central sólo aprecian dos pulsaciones importantes. En la primera los glaciares alcanzaron su máxima extensión, mientras que en la segunda etapa se estabilizan a una mayor altitud. Todo hace pensar a estos autores que el primero de estos momentos corresponde al punto álgido de la última glaciación, cuando ya no existían los neandertales, y el segundo al final del Pleistoceno. En consecuencia, es posible que los neandertales y sus antepasados nunca conocieron los glaciares en la península, salvo en los Pirineos: no hacía tanto frío como el que luego tuvieron que soportar los hombres de Cro-Magnon.
A lo largo del Cuaternario, cada vez que una glaciación se enseñoreaba de Europa, el paisaje cambiaba drásticamente. Los grandes mantos de hielo ocupaban una parte considerable de las tierras del norte. El descenso del nivel marino producido por la acumulación de agua en forma del hielo hacía que se viera llegar hasta lo que es hoy Irlanda e Inglaterra cruzando a pie el Canal de la Mancha, en una ancha banda que se extendía ampliamente al sur del frente de los hielos, se daban unas condiciones climáticas que se llaman periglaciares (el suelo estaba permanentemente helado hasta muchos metros de profundidad).
En este sustrato helado no pueden hundir sus raíces los árboles, y el paisaje es una funda cubierta de musgos, líquenes y hierbas. En el verano se produce el deshielo de la capa más superficial del suelo (3-6 metros de profundidad). Dando lugar a grandes encharcamientos y zonas pantanosas. A pie de los grandes macizos montañosos, cubiertos de nieves perpetuas en las glaciaciones, la vegetación sería similar a la de los medios periglaciares.

Al sur de las tundras una parte del continente estaría cubierta por inmensos bosques de coníferas del tipo de las taigas, los bosques boreales. Pero también en extensas áreas alejadas de las costas y por tanto de la acción moderada del mar, un clima muy continental determinaría un paisaje de estepas desprovistas de árboles y con poca protección vegetal del suelo, donde el viento transportaba ingentes masas de polvo desde los depósitos glaciares, que luego abandonaba formando las profundas acumulaciones de limos llamadas loess, que hoy soportan fértiles cultivos de cereales.
Finalmente, en la parte meridional del continente, en algunos enclaves de clima más suave y mayor humedad, se perpetuarían los bosques caducifolios de robles, hayas y demás, y en las costas más cálidas del Mediterráneo los encinares.
Todas estas alternancias tuvieron su repercusión en la Península Ibérica, aunque dada su latitud las glaciaciones produjeron un impacto menor que en las tierras del Gran Norte. En el momento álgido de frío de hace 21.000-17.000 años, la Cordillera Cantábrica y los Montes de León serían unos territorios inhóspitos hasta una cota muy baja, netamente inferior al los 1000 m.
Hay amplias regiones interiores de España que sin ser elevadas cumbres están situadas a gran altura, más de 700 m, como las altiplanicies castellana-manchega, alcarreña e ibérica, y Sierra Morena. En estas tierras se desarrollarían estepas frías, con árboles dispersos como los citados en párrafos anteriores. Los bosques de coníferas serían más cerrados y extensos en las tierras bajas del interior de la Península. El resultado final es que Iberia, se convirtió en un bosque.

Capítulo 5. ¡vienen los renos! (pp. 133-161)



En 1901, Otto Herz, zoólogo y sus subordinados D. P. Sewastianoff y D. P. Pfizenmayer, científicos de la Academia Imperial de Ciencias de San Petersburgo tienen como objetivo rescatar y trasladar hasta S. Petersburgo el cuerpo de un mamut congelado hallado más arriba del circulo polar ártico. Una vez encontrado el mamut, O. Herz decide trocearlo, cargarlo en diez trineos y apresurarse por llegar a S. Petersburgo durante el invierno, antes de que la carga se descongele. Fue particularmente penoso cruzar, en pleno mes de diciembre, los montes de Verjoiansk, cubiertos de nieve y a  -40ºC y -50ºC, a pie y ayudando a los escuálidos renos que tiraban de los trineos. En Irkutsk la preciosa carga es instalada en vagones de tren hacia el destino final.

¿Cómo se formó un fósil tan especial? Los mamuts se conservan enterrados en el helado suelo de las tundras hasta que la erosión de un río o una obra humana hace que asomen. De este modo nos han llegado los huesos de los mamuts y en muchos casos también restos más o menos completos de su piel, pelos, carne y hasta vísceras que permiten saber incluso lo que habían comido poco antes de morir. El primero de los cuerpos de mamuts congelados se encontró en 1799 en la Península de Bikovsky. Otro hallazgo muy famoso es el de la cría de mamut encontrada completa en 1977 en el valle de Kirgilyaj. El principal alimento del animal, que murió a los seis u ocho meses de edad, sería la leche materna, pero el desgaste de sus muelas nos indica que ya pastaba. Su estómago vacío y la falta de grasa corporal hace pensar que en sus últimos días pasó mucha hambre, y que tal vez falleció de inanición.
Los mamuts (de la especie Mamutus prirnigenius) que conocieron en Iberia nuestros antepasados los hombres de Cro-Magnon no eran tan altos como los elefantes africanos actuales, pero aun así eran imponentes y compactos paquidermos, con grandes y curvadas defensas que se enrollaban en espiral. Su cabeza era un tanto apepinada, y el punto más alto de su torso estaba en la gibosa cruz, descendiendo rápidamente hacia los cuartos traseros. Naturalmente sus orejas eran pequeñas, en comparación con otros proboscídeos se entiende, porque unas grandes orejas dan mucho frío cerca del Polo. Tenían además mucho pelo para protegerse del frío. Los ejemplares congelados tienen el color del pelo castaño o amarillento. Sin embargo, se sabe que el pigmento negro del pelo se oxida y se vuelve rojizo con el tiempo, por lo que es mejor imaginarse a los mamuts de luto riguroso. Tenían largos pelos y una borra fina, y debajo de la piel una gruesa capa aislante de varios centímetros de grasa.

En los períodos glaciares el nivel del mar bajaba mucho y sus orillas se alejaban de las antiguas líneas de costa porque las plataformas continentales quedaban en seco. Este es también el caso del estrecho de Bering, sobre el que se podía caminar (85 kilómetros). Fue precisamente por aquí por donde entraron en América los bisontes, y más recientemente los primeros seres humanos, hace unos 13.000 años. Como los bisontes, los humanos procedían de Asia, y la aprueba está en que los indios americanos del norte y del sur, los amerindios, están emparentados con las poblaciones mongoloides del Extremo Oriente, como chinos, coreanos, japoneses y vietnamitas. En el Holoceno, el nivel del mar volvió a subir y las poblaciones eurasiáticas y americanas de bisontes se separaron para siempre y empezaron a hacerse diferentes (como también sucedió con los humanos). También los leones y los mamuts lanudos pasaron por América por la misma ruta del puente de Bering, y los leones llegaron a extenderse hasta el Perú, aunque luego se extinguieran en todo el continente.

El mamut lanudo es el representante más típico del clima frío. Cuando terminó la última glaciación, los mamuts desaparecieron con ella. Otro gran mamífero igualmente cubierto del pelo, el rinoceronte lanudo, también se extinguió cuando se fundieron los hielos pleistocenos. Otros testigos de la época glaciar han hallado refugio hasta nuestros días en las tierras del Gran Norte: se trata del reno y del buey almizclero. El primero se encuentra hoy en Eurasia, Groenlandia y Norteamérica, el segundo sólo en Groenlandia y Norteamérica. También el zorro ártico que se vuelve completamente blanco en invierno, es un elemento ártico superviviente, que a veces se asocia en los yacimientos a las anteriores especies de herbívoros. Es de suponer que tampoco los mamuts y los rinocerontes lanudos pasaran el invierno en la helada tundra, y se desplazarían hacia tierras más favorables, para volver en el verano a los húmedos pastizales del norte o de las montañas.
A decir verdad, El mamut, el reno, el buey almizclero y el rinoceronte lanudo formaban tanto parte de las tundras como de las estepas, hasta el punto de que algunos autores se refieren a este conjunto especies como las “faunas de tundra-estepa de mamut”. Una especie de las estepas frías que también se extendió por Europa en el Pleistoceno es el antílope saiga. Este es un caprino, y no un verdadero antílope, que forma enormes rebaños y realiza grandes migraciones estacionales. Tiene una corta trompa que le sirve para filtrar el polvo de la estepa y un extraño aspecto. Estuvo a punto de desaparecer completamente en 1930, cuando la población se redujo a unos pocos centenares de ejemplares.

La Península Ibérica era entonces, como ahora, casi una isla, y a su alrededor el mar no se heló nunca, aunque se alejara un poco de la costa actual. Como, a pesar de ello, la superficie de la Península no se amplió apenas, la continentalidad no se acusó mucho más que en las tierras del interior. Pero además, y sobre todo, por encontrarse la Península más al sur el clima no llegó a ser tan ferozmente frío y seco como en Centroeuropa, Países Bajos y norte de Francia.
Además de los fósiles tenemos otra forma de conocer a los animales que convivieron con nuestros antepasados. Se trata de las representaciones de animales pintados o grabados en las paredes rocosas (arte parietal o rupestre) o sobre placas de piedra y en soportes orgánicos de un hueso, marfil y asta (arte transportable, llamado mobiliar o mueble), que nos permiten contemplar al mítico mamut, al poderoso rinoceronte, al temible león, y al gigantesco oso de las cavernas a través de la mirada del hombre histórico.
España y Francia tienen el privilegio de ser los países de Europa en los que se encuentran la mayoría de las manifestaciones del arte rupestre paleolítico; las muestras se concentran sobre todo en las cuevas de la cornisa cantábrica, pero cada vez se van encontrando más en cuevas del resto del territorio peninsular. En cambio, el arte mueble tuvo una difusión geográfica mucho mayor, que abarca toda Europa y hasta Siberia.

Entre los animales abundantemente representados en el arte paleolítico español, rupestre y mueble, se encuentran los ciervos, los caballos, los bisontes, las cabras y los uros (toros salvajes). Otros animales más raros, como el reno, el rebeco, el jabalí, el mamut, el rinoceronte lanudo y los carnívoros. Los renos llegaban hasta las altas tierras del interior peninsular. El rinoceronte lanudo está poco representado en el bestiario paleolítico español, aunque se reconoce una figura en la cueva de Los Casares, en Guadalajara, otra en una pared al aire libre del conjunto de Siega Verde, y una tercera ha sido identificada en una plaqueta grabada procedente de la cueva de Las Caldas (Asturias).
Se sabe por los fósiles, que los mamuts lanudos recorrieron gran parte de la Península, llegando por el oeste hasta Galicia y Portugal y por el sur hasta la turbera de Padúl, situada en las proximidades de Granada, a mil metros de altitud.
En la Península ibérica, cuando los restos aparecen en contextos arqueológicos, la presencia del mamut, del rinoceronte lanudo y ésta del antílope saiga se detecta sólo en niveles del Paleolítico Superior y correspondientes a los humanos modernos. Sin embargo, se identifican fósiles de reno en niveles con ocupaciones de neandertales. Obermaier identifica cuatro restos de reno en un nivel de la cueva del Castillo que parece de la penúltima glaciación.

En el registro fósil cantábrico se han identificado algunos restos del espectacular cérvido Megaloceros giganteus tanto en niveles con ocupaciones de neandertales como de cromañones. El megaceroloceros destacaba por su gran tamaño y por la enorme envergadura de sus astas palmeadas, casi de 4 metros a veces, que llegaban a pesar 45 Kg. Con una cabeza tan adornada no es fácil que los grandes machos pudieran internarse en los bosques sin engancharse en las ramas de los árboles, y es razonable pensar que vivieran en medios más abiertos, y probablemente en ambientes frescos. Esta especie se extinguió a finales del Pleistoceno.
A parte de los herbívoros que hemos mencionado, en la última glaciación habría también corzos, así como un équido extinguido de menores dimensiones que el caballo, más o menos de la talla de un asno.
Algunos de los carnívoros de la última de glaciación nos resultan familiares, como el gato montés, el lince, el zorro común y el lobo. Aún presentes en yacimientos musterienses y anteriores, los cuones parecen haberse vuelto muy raros en la Península, o incluso haberse extinguido, antes del final del Pleistoceno. Los cuones viven hoy sólo en Asia.

Hay varias pruebas de la presencia en la Península durante la última glaciación del glotón, el más grande de los mustélidos (la familia de las martas, garduñas, comadrejas, armiños, visones, tejones y nutrias). Vive en la actualidad en el Gran Norte.
La cueva de los Casares es un buen ejemplo de la vida en las alturas del interior de la meseta durante el Pleistoceno Superior. En el yacimiento hay ocupaciones neandertales con una fauna variada que refleja un clima no muy frío y un ambiente de media montaña. Después, los neandertales desaparecieron y al cabo de quince mil años o más, llegaron los hombres de Cro-Magnon que graban y pintan en las paredes de la cueva algunos de los animales que viven fuera: caballos, uros, ciervos, cabras, un rinoceronte lanudo, el posible mamut, el posible glotón y un gran félido. Hay además una serie de figuras antropomorfas, representaciones bastante distorsionadas de formas humanas.
Tanto los hombres de Neandertal como los de Cro-Magnon, vivían y competían con los leopardos y leones. En las regiones más frías, los leones llegaron a alcanzar grandes tamaños. Hay un oso que se merece el adjetivo de cavernario (”oso de las cavernas”), se trataba de unos animales que llegaron alcanzar tamaños gigantescos, por encima de los de los osos pardos actuantes. El peso promedio de los osos de las cavernas machos estaría cerca de los 450 Kg y el de las hembras sería menor, pero en todo caso excedería de los 300 Kg. La altura no seria excesivamente elevada (hasta la cruz unos 120 cm), porque lo que caracterizaba a estos plantígrados desaparecidos, era su enorme corpulencia. Hibernaban en las cuevas, como los actuales, y los cadáveres de los animales que morían durante la hibernación se han acumulado en muchas cavidades subterráneas formando grandes acumulaciones, con centenares y a veces millares de esqueletos. No eran grandes cazadores. Sus enormes muelas servían más para masticar frutos que para cortar la carne. Era una especie casi exclusivamente europea, y vivía tanto en los bosques templados como en las estepas frías. En cambio no parece haber sido un animal del mundo mediterráneo. Al lado de los osos de las cavernas y sus antepasados se encuentran en el Cuaternario europeo los osos pardos, aunque sus fósiles son más raros. Se distinguen bien de los osos de las cavernas porque en estos últimos los miembros anteriores eran bastante más largos que los posteriores.
Por último, en más de una ocasión los neandertales y los cromañones se disputarían las carroñas con las temibles hienas manchadas, que, como los humanos, también pueden ser poderosas cazadoras en grupo, y que además en la última glaciación llegaron a alcanzar grandes tamaños. Las hienas rayadas eran menos peligrosas, aunque no por eso dejaban de ser eficaces carroñeras. Parecen haber sido menos frecuentes en la Península que las hienas manchadas.

¿Cuáles eran los herbívoros y los carnívoros del tiempo de los primeros pobladores de Europa y del tiempo de los antepasados de los neandertales?.



La Sierra de Atapuerca, tiene un techo plano con una altura máxima de 1.082 m sobre el nivel del mar. Se encuentra en la esquina nororiental de la gran cuenca del Duero, a pocos kilómetros de la Sierra de la Demanda, que es parte del Sistema Ibérico. Precisamente se localiza en uno de los portillos que dan acceso al anterior de Castilla: El corredor de La Bureba; las otras dos entradas están en el ángulo sudeste, en tierras de Soria, y en el suroeste, en las de Ciudad Rodrigo, donde el Duero se abre camino hacia el mar internándose en Portugal por la comarca fronteriza de Los Arribes. Un poco más allá de la Sierra de Atapuerca, pasando por el puerto de la Pedraja (1.130 m), se encuentra la cuenca del Ebro. El camino de Santiago sigue esta vía natural de comunicación entre las dos cuencas, lo que habla bien a las claras de la estratégica situación geográfica de la Sierra de Atapuerca; probablemente está relacionada con la continuidad e intensidad de la presencia humana en estos parajes castellanos.
Los tres yacimientos en los que se han trabajado más hasta la fecha, se nombran como Gran Dolina, Galería y Sima de los Huesos, y están muy cerca unos de otros, sobre todo los dos primeros entre sí. Hay en ellos fósiles desde cerca de un millón de años hasta más o menos un cuarto de millón de años. Sabemos que hay fósiles más antiguos y más modernos en otras cuevas de la Sierra de Atapuerca que se están prospectando en la actualidad, y de las que se espera mucho (la Sima del Elefante tiene los niveles más antiguos, y las del Mirador y Cueva Mayor en su portal de entrada, los niveles más modernos). El tesoro paleontológico y arqueológico de la Sierra, lejos de agotarse, se amplia día a día.

Para dividir en dos grandes periodos el registro fósil de los yacimientos, recurriremos a una rata de agua. Hace poco más de medio millón de años, se extingue una rata de agua denominada Mimomys savini y es sustituida por una especie (Arvicola cantianus) ya muy próxima a las ratas de agua actuales. Todos los fósiles que aparecieron junto con la especie Mimomys savini son por lo tanto anteriores al medio millón de años. En la Gran Dolina se encuentra el Mimomys savini en los niveles que van desde el tercero a la parte inferior del octavo, unos ocho metros y medio de espesor de sedimento que abarcan un lapso temporal que va desde hace casi un millón de años hasta hace algo más de medio millón de años (los niveles inferiores al 3 no tienen fósiles). Conviene aclarar que en la Gran Dolina los niveles se enumeran de abajo arriba.
La fauna de grandes mamíferos que habitaba en esta época antigua la Sierra de Atapuerca era muy variada y, comparada con la actual, espectacular a nuestros ojos. Había herbívoros, grandes rinocerontes de dos cuernos, jabalís, caballos, ciervos, gamos y probablemente corzos. También había megaceros primitivos. De estos niveles inferiores de la Gran Dolina procede un magnífico cráneo de bisonte. En el nivel 7 aparecieron las patas traseras de un buey almizclero. También había hipopótamos, que han vivido en la Península Ibérica hasta la llegada del frío de la última glaciación, y los castores no han abandonado nunca el continente europeo, aunque se extinguieron en la Península.

Además del castor, entre los roedores recuperados en los niveles más antiguos de la Gran Dolina hay otras dos especies de gran tamaño: el puerco espín. Las especies actuales más próximas son todas de clima cálido y viven en África y Asia; una de ellas se encuentra en los Balcanes, Sicilia y parte de Italia (posiblemente introducida por el hombre en la antigüedad). Ha sido una especie frecuente en el Pleistoceno europeo, sobre todo en lugares y momentos cálidos. El tercer gran roedor de Atapuerca es la marmota, que hoy en día vive en los Alpes y en los montes Tatra.
El depredador máximo era un gran félido de dientes de sable, el Homotherium latidens. Este gran gato tenía un tamaño comparable al del león y unos enormes caminos superiores, curvados y con los dos bordes finamente aserrados. Aunque desaparecieron en Europa hace medio millón de años, sus primos de la especie Homotherium serum sobrevivieron en América hasta el final de la Edad del Hielo.
Otro gran félido de la época más antigua de la Sierra de Atapuerca era el jaguar europeo, que se extinguió hace unos cuatrocientos mil años. Su talla era superior a la de un leopardo. Un félido aún más pequeño cuyos restos también se encuentran en los niveles inferiores de la Gran Dolina es el lince. Parece pues que había felinos de todas las tallas en los ecosistemas de la Sierra de Atapuerca (probablemente tampoco faltaban los gatos monteses). El homoterio representaba la más grande de todas. Los leones debieron aparecer en Europa por primera vez hace unos seiscientos mil años, y poco después desaparecieron los homoterios del continente, con los que probablemente compitieron los leones por el puesto de depredador máximo de los ecosistemas.

Entre los cánidos, se han encontrado restos de dos especies: el Vulpes praeglaciaris, un antepasado del zorro ártico, y el Canis mosbachensis, un lobo de pequeño tamaño. Este cánido se hizo grande, convirtiéndose en la especie actual de lobo, hará unos 400.000 años.
Los niveles inferiores de la Gran Dolina han proporcionado los restos más antiguos de Europa de hiena manchada, un poderoso competidor de los humanos. Falta del registro fósil de Atapuerca la hiena Pachycrocuta brevirostris, la más grande de todas las que han existido. Esta ausencia es interesante porque la especie se ha encontrado en otros yacimientos contemporáneos del resto de Europa. En la Península aparece en yacimientos más antiguos que la Gran Dolina (Murcia, Granada, Gerona, Madrid). Se han encontrado también en estos niveles bajos de la Gran Dolina numerosos restos de oso, pertenecientes a una especie antigua, que puede representar una forma primitiva del oso pardo, o tal vez del oso de las cavernas.

Tenemos también muchos fósiles animales de una época posterior en los yacimientos de la Galería, Sima de los Huesos y parte alta de la Gran Dolina. Estos depósitos van desde hace poco menos de medio millón de años hasta hace un cuarto de millón de años. Entre los herbívoros sigue habiendo caballos, gamos, ciervos, megaceros, bisontes y rinocerontes. Por la escasez de material hay problemas para asignar los fósiles de bisontes a una especie determinada.
Había rinocerontes de la especie Stephanorinus hemitoechus y se le encuentra en Europa durante mucho tiempo junto con una especie de rinoceronte de menor tamaño, el rinoceronte de Merk, con una altura de hasta 2,5 metros. Podían coexistir porque estaban adaptados a explotar diferentes recursos, y ocupaba cada uno un nicho ecológico distinto.
Entre los roedores de gran tamaño, se siguen encontrando en la segunda época de Atapuerca marmotas y puerco espines (aunque de otra especie). La asociación de carnívoros de la Sima de los Huesos incluye numerosas especies. La mejor representada es un antepasado del oso de las cavernas, llamado científicamente Ursus deningeri. Hay también lobos y zorros, linces de la línea evolutiva del lince ibérico y gatos monteses, también leones y un enigmático resto de felino, que por su tamaño podría corresponder a un leopardo o a un jaguar europeo. Los mustélidos están representados en este yacimiento por dos especies: una grande del tipo marta o garduña, y otra pequeña, como la comadreja o el armiño. Se han encontrado además restos de cuón y tejón.
Sorprende la ausencia de hienas en la Sima de los Huesos, quizás los humanos compitieran con ellas y las ahuyentaron de la Sierra de Atapuerca. Sin embargo las hienas son abundantes en la Península Ibérica en épocas posteriores a las de los yacimientos mencionados de Atapuerca.

En los yacimientos de Atapuerca sólo se han recuperado hasta la fecha dos restos, no clasificables de elefante. En las épocas glaciares el elefante de defensas rectas desaparece de Europa, al menos de las regiones más frías, y es sustituido por el mamut (Mammuthus trogontherii), el mamut de estepa, antepasado del mamut lanudo.
Tanto los robles y los quejigos, como las encinas y los alcornoques, pertenecen al género Quercus: en los dos primeros se marchitan las hojas y los otros dos árboles están siempre verdes. En el registro polínico de la Sierra de Atapuerca se han encontrado pólenes de ambos grupos y de otras especies que nos cuentan que los bosques no eran, en general, diferentes de los que hoy pueden encontrarse allí mismo o en la vecina Sierra de la Demanda. Algunas veces aparecen pólenes de especies que indican condiciones más mediterráneas que las actuales, como el algarrobo, el almez, el acebuche (olivo silvestre), el labiérnago y el lentisco. Otras veces dominaban el paisaje especies frías de pinos con cupresáceas, la familia de los enebros y de las sabinas.

Capítulo 6. La gran extinción (pp. 163-199)



Cuando se habla de la economía de los hombres prehistóricos, se dice de ellos que eran cazadores y recolectores, es decir, que vivían de la busca.
Europa bullía en el Pleistoceno de vida animal, presas potenciales para cualquier depredador. Otra cuestión diferente es la de si estaban al alcance de los cazadores humanos. Puede que más que parecerse a los leones, se comportan como hienas.
Otro dilema no menos importante es la disyuntiva hombre-cazador / mujer-recolectora. La visión tradicional de que la caza ha sido la fuente principal de alimento humano durante la prehistoria, asigna un papel protagonista al sexo llamado “fuerte”, que desde luego lo ha sido siempre en cuanto a capacidad física, pero no necesariamente en lo referente a su aportación de calorías al grupo.
Este cambio completo de perspectiva no sólo obliga a dirigir nuestra mirada hacia nosotros mismos: si ha sido la mujer el sexo fuerte en cuanto a la obtención de comida, tal vez la selección natural haya producido en ella alguna característica especial, exclusiva del sexo femenino de nuestra especie y que no se encuentra en las hembras de otros primates. Se cree haberlo encontrado en la menopausia (no se representa en las hembras de las otras especies).
En realidad, la duración total de la vida fértil no es muy diferente entre las chimpancés, las gorilas y las mujeres pasado su plenitud (menos de treinta años de promedio); lo que sucede más bien es que en las mujeres existe un largo periodo de existencia posreproductiva que falta en las hembras de los demás primates. Es la llamada “hipótesis de la abuela”. Desde el punto de vista de la perpetuación de los genes sería más ventajoso para una hembra que ya ha tratar de asegurar su descendencia a través de sus nietos (que llevan la cuarta parte de su sangre) que tener hijos propios.

Esta conducta de las hembras que comparten el alimento primero con sus hijos y más tarde con los de sus hijas es exclusiva de los humanos, las abuelas sólo ayudarían, según la “hipótesis de la abuela”, a los hijos de sus hijas, y no a los los de sus hijos.
¿Realmente la ayuda que prestan las abuelas es tan importante para la supervivencia de los vástagos de sus hijas? ; ¿Por qué no se comportan igual las abuelas en las demás especies de primates, como por ejemplo en los chimpancés? La ayuda de las abuelas podría ser vital durante el destete. La colaboración de la abuela en esos delicados momentos permitiría incrementar las posibilidades de supervivencia de los niños reciente destetados, e incluso adelantar el momento del destete, y por lo tanto a acortar el intervalo entre nacimientos: aumentar el número final de descendientes, en suma.

¿Cómo surgió la menopausia en la evolución humana?



Si existían genes que limitaban a menos de 30 años el periodo de fertilidad en el antepasado común de chimpancés y homínidos para que existiera la menopausia en las mujeres actuales la evolución sólo tuvo que dar un paso: aumentar la longevidad.
Los comentarios que suscitó la “hipótesis de la abuela” fueron variados. En primer lugar, la duración de la vida está tan directamente relacionada con la del período de desarrollo que se hace difícil admitir que la longevidad haya aumentado para que exista la menopausia; parece más lógico pensar que vivimos más años que los chimpancés por la misma razón que nos lleva más tiempo llegar a ser adultos (y algo parece tener que ver nuestro gran cerebro con ello).
Habría además que ver si al desaparecer en las mujeres maduras la esperanza de tener más hijos no se reduce también drásticamente la de los hombres maduros. Dicho en otros términos, en sociedades de cazadores / recolectores que estudian los antropólogos, ¿con qué frecuencia tiene un hombre viejo hijos con una mujer joven? ¿Es posible que, en general, los varones también dejen de procrear al llegar su pareja a la edad de la menopausia?. Sin embargo, en el caso de los abuelos no puede pensarse en que echen una mano a sus hijas, en exclusiva, en el mantenimiento de los nietos. Los padres y abuelos no alimentan a su familia, sino a su grupo.

Por otro lado, la “hipótesis de la abuela” sólo puede funcionar si las hijas se quedan al lado de sus madres cuando se hacen adultas, y no emigran. La mayoría de los pueblos con economía de cazadores / recolectores que se han conocido son patrilocales, es decir, son los hijos los permanecen en el grupo natal y las hijas las que lo dejan.
Parece, después de tanta especulación, que nos vamos a quedar sin saber por qué razón existe la menopausia. La explicación que proporciona la “hipótesis de la abuela” tiene demasiados puntos débiles.
Los seres humanos con una economía de cazadores y recolectores son muy adaptables, y lo que hay que preguntarse es cuándo empezó esa flexibilidad ecológica. El autor piensa que hace 2 millones de años, y que eso fue lo que hizo posible que el hombre saliera de África. Lo que habrá que tratar de averiguar, en consecuencia, es qué modelo de economía cabe atribuir a los fundadores prehistóricos de la Península, y qué papel jugarían en él los dos sexos.

El oso pardo en cierto modo ocupa en la actualidad un nicho ecológico similar al que podemos atribuir a los hombres prehistóricos, o sea, basado en la caza, el aprovechamiento de carroñas y la recolección. Como los osos actuales de la Península habitan hoy en la España eurosiberiana, el modelo a explicar sólo es válido para este ambiente.
Cuando el oso abandona su morada invernal, en abril, está hambriento porque ha consumido sus reservas de grasa. Si tiene crías, tiene que amamantarlas. Hay poco alimento en el campo en esa época y los osos tienen que moverse mucho para conseguir algo que llevarse a la boca. En los hayedos se nutre de hojas de lúzula y hayucos, y en los robledales de bellotas. Cuando se funden las nieves aprovechan los cadáveres recién descongelados de los animales muertos durante el invierno.
Desde finales de mayo y hasta julio destripa los pastizales para buscar los tubérculos de conopodio. Busca órganos de almacenamiento subterráneo de otras muchas plantas. Como en la primavera, sigue aprovechando yemas, brotes, y las puntas tiernas de las hierbas. Si puede, cazará algún herbívoro, silvestre o doméstico.

Sigue sin haber mucho alimento vegetal para los osos hasta agosto, cuando empiezan a madurar numerosos frutos carnosos.
En otoño, el oso tiene que acumular suficientes reservas de energía en forma de grasa para pasar parte del invierno aletargado. Los frutos secos, por su riqueza en aceites y almidón, son una parte muy importante de la alimentación otoñal. Los osos se retiran a hibernar en diciembre y enero.
Aparte buscan afanosamente la miel de avisperos y colmenas, vuelven piedras para consumir hormigas y sus puestas, y comen larvas de insectos de la madera. Cuando están hambrientos pueden descortezar los árboles para consumir el líber. Aprovechan las numerosas setas que salen en gran parte del ciclo anual, y saben localizar con su fino olfato las trufas.
No hay casi nada que recolectar hasta finales del verano y que la estación fuerte es el otoño (sólo cuatro o cinco meses del año).
La situación no es muy diferente en los bosques mediterráneos. En la mitad sur de la Península hay algunos árboles que amplían la lista de las plantas que producen frutos aprovechables para el hombre, como el pino piñonero y el almez, pero a cambio se hacen raras o faltan otras plantas como el grosellero, el cerezo, el endrino, el manzano, el serbal, el arándano, el avellano, etcétera.
Si ésta es la situación real de escasez de recursos vegetales durante gran parte del año en una época interglaciar como la actual, cómo sería de dificultosa la recolección durante las crudas glaciaciones. El último, fue especialmente rudo. Pese a que los yacimientos están situados a menos de 400 metros sobre el nivel del mar, no hay pólenes de árboles. El paisaje era muy abierto. Habría algunos bosquetes en lugares especialmente protegidos y próximos al mar.

Hay método no destructivo que ha sido aplicado a la extensa muestra de la Sima de los Huesos: el análisis de las microestrías producidas en el esmalte de los dientes por el alimento. Compara estos pequeños arañazos en los dientes fósiles con los que presentan los dientes de poblaciones modernas. La conclusión es que los humanos de la Sima de los Huesos consumían alimentos vegetales muy abrasivos (alto contenido en sílice o que se mezcle tierra con la comida). Los dientes de la Sima de los Huesos se desgastaban a uno ritmo muy rápido, y comer carne no produce mucho desgaste dental.
El estudio no nos cuenta de qué clase de alimentos se trata.

De las fuentes clásicas cabe razonablemente deducir que las bellotas pueden alimentar a un número amplio de personas durante la época de fructificación de los árboles que las producen, es decir en la otoñada, cuando se encuentran en profusión; a lo que puede añadirse que si los hombres prehistóricos sabían secarlas, machacarlas, hacer tortas y almacenarlas (algo que no parece muy difícil pero que tampoco tenemos pruebas de que se hiciera), entonces este recurso podría ayudarles a sobrevivir una parte aún más extensa del año. En todo caso, ni siquiera con éste y otros productos vegetales puede el hombre sostenerse en unos ecosistemas de carácter marcadamente estacional como son los de Europa y gran parte de Asia; ni en un período cálido como el presente, ni mucho menos durante las glaciaciones. La carne y grasas de los animales han tenido que ser un recurso imprescindible para la supervivencia humana en nuestras latitudes y más al norte.
Por este motivo, parece conveniente fijarse en otros animales más carnívoros que los osos para establecer comparaciones con los humanos. Por ejemplo los lobos. Ocupan los mismos ecosistemas que los osos ibéricos.

Queda por mencionar un tipo de alimentación basada en productos animales que, en cierto sentido, puede considerarse más recolección que caza: El marisqueo y la pesca en los ríos y estuarios o en la zona de los mares. Muchas plantas se utilizan (furtivamente) para envenenar los ríos y matar peces; es posible que el hombre prehistórico las conociera y usara, y también que arponeara peces o los cogiera con las manos, pero la pesca no parece cobrar importancia económica hasta el Paleolítico Superior. Casi al término del Paleolítico Superior, en el Magdaleniense final, los hombres prehistóricos fabricaban unos refinados y bellos arpones seguramente para la pesca.
Las conchas de los moluscos marinos no empiezan a estar presentes con alguna abundancia en los yacimientos hasta el Paleolítico Superior, aunque no debe perderse de vista nunca que la línea de costa estaba entonces muy alejada de la actual, y que la subida del nivel del mar en el Holoceno seguramente sumergió la mayor parte de los yacimientos costeros.
El nicho ecológico de cazador es muy diferente del de carroñero, y aunque todos los carnívoros participan un poco de los dos oficios, vale la pena tratar de averiguar si los europeos prehistóricos pertenecían al clan del león o al de la hiena. Los fósiles de los herbívoros se encuentran muchas veces en cuevas como las de Atapuerca pero, puesto que estos animales no pastan en el interior de las cavidades, está claro que sus cadáveres fueron transportados hasta allí. Los responsables del acarreo pueden ser los carnívoros o el hombre, y es preciso intentar distinguir entre estas dos posibilidades.

Si sólo han intervenido los humanos, los huesos de los herbívoros mostrarán exclusivamente marcas de carnicería. Los carnívoros, en cambio, dejan en los huesos las huellas de sus dientes. También la manera en que los humanos rompen la caña de los huesos largos para extraer el tuétano es muy característica y diferente de cómo los carnívoros atacan los huesos, por ejemplo mordiendo los extremos superiores del húmero y del fémur (las articulaciones con el omóplato y la cadera, respectivamente). Para complicar las cosas, las hienas también buscan el tuétano de los huesos y también los parten por la caña, creando así muchos problemas de interpretación. Todavía hace falta averiguar si la pieza fue cazada u obtenida como carroña. Podemos para ello fijamos en el tipo de huesos presentes en el yacimiento. Si está el animal completo, eso quiere decir que los humanos se han apoderado de todo el cuerpo. Cuando faltan los huesos de la parte que contienen la mayor parte de la carne, hay que sospechar que los humanos se han tenido que conformar con los restos.
También se analizan otros datos, como por ejemplo la edad de los animales. Si abundan los ejemplares muy jóvenes cabe pensar que la cueva ha sido ocupada por los humanos en primavera / verano, la cueva es siempre el refugio al que los humanos llevaron su alimento para consumirlo más a su gusto. En consecuencia, es mejor que nos desplacemos al campo abierto para buscar el escenario donde se realizó la cacería.

El yacimiento de Boxgrove situado a doce kilómetros de la costa sur de Inglaterra era hace medio millón de años una albufera frecuentada por animales y humanos. Se trata de un yacimiento al aire libre que reúne condiciones excepcionalmente favorables para el estudio de las actividades humanas en la prehistoria ya que, a causa de la tranquilidad de las aguas someras, los objetos (fósiles y utensilios) se han conservado casi en su posición original, tal y como fueron abandonados.
Los humanos tallaron en este lugar sus instrumentos y descuartizaron y consumieron grandes herbívoros. No se sabe con seguridad si los humanos cazaron esos animales o si lo hicieron otros depredadores. Roberts está convencido de que fueron los cazadores humanos, actuando de forma cooperativa, los responsables de las muertes de la mayoría de los herbívoros. Una tercera posibilidad es que al menos algunos animales se murieran solos, sin ser abatidos por nadie.
En la mayor parte de los casos los humanos accedieron a la carne de los cadáveres antes de que lo hicieran los carnívoros, ya que las marcas de los dientes de éstos se superponen a las trazas de descarnamiento realizadas por los humanos con los bifaces, trazas que serían por lo tanto anteriores.

La conclusión de Hervé Monchot es que los humanos eran cazadores y no carroñeros: se basa en que el hombre parece haber sido el único cazador que prefiere concentrar sus esfuerzos en los adultos jóvenes antes que en los individuos inmaduros y en los seniles, que son en cambio las presas más habituales de los lobos, félidos y hienas.
Hasta la fecha, Thieme ha encontrado en Schöningen cuatro lanzas bien conservadas. Una mide 1,82 m, la otra 2,25 m y una tercera 2,30m. estas lanzas están hechas con troncos de árboles jóvenes (no con ramas) de la picea (se parece al abeto). En las piceas de Schöningen los anillos de crecimiento están muy próximos, indicando bajos ritmos de crecimiento y un clima frío. El análisis de los granos de polen fósil sugiere un paisaje de prados, pinos, piceas y abedules.
Thieme cree que fueron diseñadas para ser lanzadas, o sea, que eran más jabalinas que picas. Pesarían poco más de dos kilos, probablemente no demasiado para el fuerte brazo de los europeos de la época.

En el yacimiento de Schöningen abundan los restos de caballo, que muestran también marcas de despiece y de descamación.
En cuanto a la mayor de todas las cazas posibles sobre la superficie del planeta (la caza del elefante) se han encontrado numerosos restos de elefantes fósiles asociados a bifaces y otros instrumentos de piedra, en el valle del río Ambrona o Mansegal. Muchos investigadores han creído que fueron cazados por los seres humanos, algo después de la época de las lanzas de Schöningen. Otros científicos piensan que los yacimientos han sido mal interpretados y que nunca tuvieron lugar las escenas de caza del elefante tantas veces reproducidas.
Entre los restos de animales de estos yacimientos son mayoritarios el caballo y el elefante de defensas rectas. Otro elemento del ecosistema, más raro en los yacimientos, era el rinoceronte de estepa. Además había ciervos, gamos y uros; en cambio, son rarísimos los carnívoros. Aunque la vegetación de la zona ha sido descrita como de tipo alpino, los elefantes de defensas rectas y los rinocerontes de estepa son incompatibles con los grandes fríos, por lo que el clima de la época no sería mucho peor que el actual. Además, se ha señalado la presencia del macaco, un primate mediterráneo que no resiste el frío intenso.
El paisaje que se divisa impresiona por su sobriedad. Ahora está desprovisto de árboles por todas partes (aunque por la obra del hombre, que no del clima) y no es difícil imaginar, en las onduladas lomas que la vista abarca desde el yacimiento, las manadas de elefantes y ungulados pastando en verdes praderas.

Entonces, como ahora, eran muy abundantes en la zona los encharcamientos y lagunas, y de ahí que se haya pensado que los humanos asustarían a los elefantes para llevarlos hasta las tierras inundadas, donde quedarían atrapados en el barro y serían fáciles presas.
Sin embargo, hay otra forma diametralmente opuesta del interpretar estas mismas evidencias. Un importante investigador, Klein, opina que el perfil de las edades de muerte de los elefantes parece corresponderse más bien a una mortalidad natural a lo largo del tiempo que de una cacería indiscriminada.
Binford, ve más relación de los instrumentos de piedra con los caballos, ciervos y uros que con los elefantes. Estos nuevos estudios arrojan graves dudas sobre la teoría de las grandes matanzas de elefantes en el valle del Mansegal. Quizás los humanos se limitaron a aprovechar, de forma muy marginal, esporádica y no planificada, algunos cadáveres de elefantes muertos por causas naturales; en lugar de orgullosos cazadores de elefantes serían simplemente hambrientos oportunistas. La polémica no puede darse ni mucho menos por zanjada.
Hay un yacimiento, aproximadamente de la misma época, donde las cosas están más claras. Es el yacimiento de Aridos, cerca de Madrid. Se han encontrado restos de dos elefantes separados por 200 metros de distancia. Uno es una hembra joven y otro un macho viejo. Los huesos no muestran marcas de dientes de carnívoros. No existen pruebas de que los animales fueron cazados por los humanos, pero sí de que éstos tuvieron un acceso primero y exclusivo a la carne de los elefantes.

Se tallaron allí mismo los utensilios necesarios para descuartizar a los elefantes. Se ha reconstruido la secuencia completa de lo que pasó en Aridos desde que los humanos llegaron hasta los elefantes hasta que se fueron.
En este caso los dos elefantes representan dos momentos aislados del tiempo geológico.
La que parece hoy por hoy la hipótesis más aceptada es que no tuvieron lugar en Torralba y Ambrona grandes matanzas de elefantes por parte de los humanos del Pleistoceno Medio ibérico (que serían los antepasados de los neandertales), y que éstos se limitaban a aprovechar, ocasionalmente, los cadáveres de los animales muertos por causas naturales.

Si la caza de los grandes paquidermos es peligrosa, la de los grandes carnívoros no le va a la zaga. Hace unos doscientos mil años se depositaron en la orilla de un río cerca de los casos de parálisis y no muy lejos de la Cotte de Saint-Brelade un gran número de huesos de herbívoros y lo sorprendente es que también se encontraron los fósiles de varios osos pardos y de las cavernas (al menos diez en un solo nivel, el II base), que habían sido despellejados, desarticulados y descarnados, y los huesos fracturados para extraer el tuétano (aprovechados íntegramente). Auguste cree que los osos fueron cazados por aquellos antepasados de los neandertales y no obtenidos como carroña, ya que la mayor parte de los individuos son adultos jóvenes y no crías o viejos, que son las edades de muerte “natural”.
La adquisición de carne se pudo haber producido por la caza, el carroñeo o, naturalmente, por una combinación de ambas estrategias.
No cabe la menor duda de que la enorme fortaleza física de los humanos del Pleistoceno Medio europeo está relacionada con la necesidad de dar muerte a sus presas a corta distancia. Es decir, que es una adaptación para la caza.

En el Pleistoceno Medio las jabalinas podían terminar en un extremo aguzado, pero es posible que también, a veces, llevarán una punta de piedra. Es casi seguro que los neandertales utilizaban con el mismo fin unas puntas de piedra muy características que se han encontrado en los yacimientos musterienses. En el Auriñaciense aparecen por primera vez largas puntas de hueso y asta, llamadas azagayas, que irían al extremo de un astil de madera, pero la fuerza para lanzar el proyectil la seguiría poniendo el brazo desnudo.
El propulsor es esencial, una corta barra que termina en un gancho o muesca donde se apoya la base del venablo, mientras que el otro extremo del propulsor es sujetado por la mano. Su efecto consiste en prolongar la longitud y potencia del brazo.
La época de la invención de la flecha no está tan clara, pero algunas de las puntas solutrenses parecen estar diseñadas para formar parte de una gran flecha. La flecha más antigua conocida tiene unos once mil años. Estas revolucionarias formas de matar a distancia cambiaron sin ninguna duda el equilibrio entre el hombre y sus presas. Muchos autores creen que la ruptura de este equilibrio, producida por la tecnología, acabó en la extinción de numerosas especies de mamíferos: por primera vez el ser humano estaría generando un impacto ecológico de gran escala, que no sería por lo tanto un pecado moderno y exclusivo de las sociedades industriales.
Los mamuts lanudos son quizás los animales más emblemáticos de la Edad del Hielo, el Pleistoceno. Cuando éste terminó y dio comienzo el Holoceno, los mamuts lanudos se desvanecieron para siempre junto con los megaceros, los rinocerontes lanudos y los osos de las cavernas. Especies de herbívoros que habían pastado juntas en Europa occidental, como el reno, el buey almizclero y el antílope saiga, se retiraron en direcciones distintas: el reno y el buey almizclero siguieron el retroceso de las tundras hacia el norte, el antílope saiga era el de las estepas hacia el este.

Si esto ocurriera en Eurasia, en las Américas la catástrofe fue mucho mayor, afectando a un gran número de especies de grandes mamíferos.
El descubrimiento de que habían existido grandes animales en el pasado, como el megaterio, llevó a Cuvier a formular su teoría catastrofista, según la cual se habrían producido en la historia de la Tierra una serie de catástrofes que dieron lugar a extinciones en masa. A continuación, un nuevo acto creador de Dios daría lugar a otra generación de seres vivientes.
Esta teoría fue sustituida más tarde por la teoría evolucionista de Darwin y Wallace, que es la única que se acepta en la actualidad. No deja de ser curioso que el propio Darwin se interesara también por los grandes megaterios extinguidos, y en una carta escrita en 1832 desde el Río de la Plata, mientras daba la vuelta al mundo en el bergantín Beagle, se refería a los restos fósiles que él mismo había encontrado y también al ejemplar de Madrid.

Las extinciones al final de la Edad del Hielo que se registran en Eurasia y América pueden achacarse al cambio climático, pero hay autores que las atribuyen a la propagación de nuestra especie hasta todos los rincones del planeta, provocando a su paso a una gigantesca ola de destrucción que aún no se ha detenido. Antes de ese momento no hay constancia de que el ser humano fuera el causante de la desaparición de ninguna especie animal o vegetal. Hay que empezar esta discusión recordando que las primeras especies que acusaron el impacto tremendo de nuestra expansión fueron las otras humanidades (en Homo erectus y los neandertales) que habitaban el Viejo Mundo, y que resultaron también extinguidas algunos miles de años antes del final del Pleistoceno.

Lo que es seguro es que ninguna de las especies extinguidas en el Nuevo Mundo había visto antes un ser humano en el continente (es posible que en ocasiones los humanos alteren el equilibrio ecológico exterminando algunos elementos de los ecosistemas, las presas más fáciles, y provocando una serie de extinciones en cadena, que terminaron por afectar a los últimos eslabones, los grandes depredadores).
Las más antiguas evidencias de la presencia humana en América son arqueológicas. La edad máxima de estas ocupaciones ronda los 11.500, la fecha que tradicionalmente se supone que correspondería al momento en el que llegaron los humanos, en plena glaciación. Sin embargo, recientemente se han dado a conocer evidencias de presencia humana en Monte Verde (Chile), que se datan en un milenio más.
La verdad es que no se sabe muy bien cómo se extendieron los humanos por las Américas ya que, aunque parte de Alaska estaba libre de un casquete glacial, el paso estaba cortado por dos grandes escudos de hielo. En todo caso, sortearon el obstáculo, y en un santiamén llegaron hasta el estrecho de Magallanes, quizás extinguiendo muchas especies a su paso.

Pero volvamos al caso de la especie que mejor representa la Edad del Hielo: el mamut lanudo. Su desaparición se databa hace 12.000 años en Europa, 11.000 años en Norteamérica y 10.000 años en el norte de la región central de Siberia, aparentemente su último refugio siguiendo el retroceso de los hielos. Estas fechas eran perfectamente compatibles con la hipótesis de la caza humana como causa directa de la desaparición de los mamuts. Pero en 1993, tres científicos rusos publicaron algo sorprendente: en la isla de Wrangel, en pleno Océano Atlántico y a 200 kilómetros de la costa nordeste de Siberia se habían datado fósiles de mamuts lanudos entre 7.000 y 4.000 años de antigüedad. Es decir, que para cuando se extinguieron los últimos mamuts lanudos los egipcios ya habían construido las grandes pirámides. Otra peculiaridad de los mamuts lanudos de la isla de Wrangel es que se hicieron como mínimo un 30% más pequeños que sus antepasados que colonizaron la isla desde el continente.
Los citados autores rusos son partidarios de la teoría de que la gran extinción de los mamuts a finales del Pleistoceno se debió a que el cambio climático afectó a las plantas de las que se alimentaban en su ecosistema de estepa / tundra, y sostienen que la supervivencia de los mamuts en la isla de Wrangel se debió a que en este lugar se conservó por más tiempo el hábitat al que estaban adaptados.





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