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Especie humana parte 3 - Monografía



 
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TERCERA PARTE. LOS CONTADORES DE HISTORIAS



Capítulo 7. Un regalo envenenado (pp. 203-228)



Hasta llegar a la población de la Sima de los Huesos la evolución había ido produciendo un aumento espectacular en el tamaño del cerebro. Como resultado se produjo un considerable avance en las capacidades mentales superiores y una expansión de la consciencia. Cada vez un mayor número de los actos estaban presididos por esa facultad. La consciencia no se limitaba al presente, sino que se extendía al futuro, a lo por venir. Se anticipaban así los acontecimientos del mundo natural y se preveían las conductas de los otros humanos.
Entonces se le produjo un descubrimiento sensacional. Los homínidos comprendieron que ellos, todos ellos, estaban destinados a morir (si los demás mueren inevitablemente, y yo no soy distinto de los demás, yo también moriré algún día). Es necesario para ello distinguir entre yo y los demás, y no sabemos cuándo se alcanzó el conocimiento de la inevitabilidad de la muerte, pero sin duda ya estaba presente hace 300.000 años en la mente de los pobladores de la Sierra de Atapuerca. Pero el mismo plus de inteligencia que nos llevó al conocimiento de la muerte, también nos permitió comprender, igualmente por vez primera, que estamos vivos.

La edad promedio de muerte era muy inferior a la actual en España pero no todo el mundo se moría antes de los treinta años. Los hombres y mujeres de Altamira eran tan viejos (biológicamente) a los treinta años como cualquiera de nosotros a esa edad.
Examinando los pueblos modernos con una economía de cazadores y recolectores, surge un problema: las personas no saben su edad, ni siquiera de una manera aproximada. La razón es que conocer la edad de un adulto no es importante, importan las etapas de la vida: niño, adolescente, adulto, y los parentescos: madre, padre, hijo, hermano, etcétera, pero no la edad cronológica exacta. Lo único que puede hacerse para conocerla es tratar de ordenar a los miembros de un grupo por edades. Una vez ordenados cronológicamente, es necesario determinar las edades exactas de por lo menos algunos individuos, para a partir de ellas estimar las edades de los que están entre medias de esos sujetos cuya edad se conoce.

Los Hazda forman un pueblo de cazadores y recolectores actuales que comparten una lengua común y viven en un territorio de unos 2.500 Km2 junto al lago Eyasi, en el norte de Tanzania. Son de los poquísimos pueblos con economía no productiva (no tienen ganado ni cultivan la tierra). Otro pueblo africano de economía similar ha sido, hasta hace poco, el de los Dobe !Kung en el norte del desierto del Kalahari. En América del Sur, en Paraguay, vive un pueblo, los Ache, que ha abandonado su vida de cazadores y recolectores en fecha muy reciente. Otros pueblos (Yanomano) del sur de Venezuela y norte de Brasil, aunque no son estrictamente cazadores / recolectores porque cultivan pequeñas parcelas de la selva en la que viven aportan luz sobre la demografía de poblaciones actuales que no tienen acceso a la medicina moderna.
Gracias a los datos recogidos por los investigadores se pueden establecer las pirámides demográficas de estos pueblos. En la base están los niños, en los pisos superiores, que corresponden a los sucesivos intervalos de edad, cada vez hay menos individuos, porque la gente se va muriendo.

En la pirámide demográfica de los Hazda, el piso más ancho es el inferior (un 15% del total). Los individuos de menos de veinte años suponen casi el 50% del total, los de menos de cuarenta años aproximadamente el 75% de los miembros de la población, y los de menos de sesenta años el 90%. Hay muchos niños y adolescentes, pero así y todo no faltan los adultos ni los ancianos. La vida no es tan espantosamente dura en estos modernos cazadores y recolectores como podría pensarse.
Una cosa diferente es la esperanza de vida en el nacimiento, que representa la edad promedio de muerte para el conjunto de la población.
La edad promedio de muerte entre adultos parece haber permanecido en Europa bastante constante en torno a los 50-55 años hasta hace prácticamente nada. Entre los Ache del Paraguay una mujer que haya sobrevivido hasta los 20 años puede esperar en promedio vivir hasta los 60 años, y un hombre hasta los 54 años, En realidad todos los parámetros demográficos han cambiado poco desde el Neolítico hasta mediados del siglo pasado, cuando el mundo occidental empieza la llamada revolución demográfica, que elevó enormemente la esperanza de vida en el nacimiento.

El estudio de la paleodemografía de otras especies humanas, como los neandertales, es desde siempre uno de los grandes retos de la paleoantropología. Se dan dos grandes problemas. Uno de ellos es que no se dispone de los restos fosilizados de una única población, sino de los escasos huesos de muchos individuos que pertenecieron a muchas poblaciones que vivieron en diferentes épocas y regiones. Podemos juntar todos esos individuos e intentar hacer una única muestra, que quizás represente en cierta medida la mortalidad promedio de los neandertales. El otro gran problema es el diagnóstico de la edad de muerte de los fósiles.
La dispersión de los fósiles en el tiempo y el espacio simplemente no se puede resolver en un momento. El segundo problema tiene dos soluciones, ninguna de ellas completamente satisfactoria: una consiste en mejorar nuestras técnicas de diagnóstico de edad de muerte en los esqueletos; la otra es agrupar los fósiles en unas pocas grandes categorías de edades: en vez de intentar averiguar el año en que murió un individuo, tenemos a veces que conformamos con acertar la década, o un intervalo aún más amplio de edad. En los individuos de nuestra especie que no han completado el desarrollo, la edad de muerte se puede estimar con bastante exactitud.
Cuando el sujeto es adulto, por defunción ya no quedan dientes por salir y los huesos no siguen creciendo, con lo que tenemos que recurrir a otros métodos de diagnóstico de edad de muerte. Los métodos más utilizados se basan en ciertas modificaciones que tienen lugar en la cadera y que afectan a las superficies de articulación de los dos huesos coxales con el sacro y los que tienen lugar en las sínfisis púbicas de los coxales.

Otro método que se suele aplicar, cuando no hay más remedio, es el desgaste de las coronas de los dientes (más avanzado en los viejos que en los adultos jóvenes). Puesto que el desgaste dental depende de la dieta, y está en función de que contenga un mayor o menor número de partículas abrasivas, el método se calibra para cada población en concreto.
La aplicación de criterios de diagnóstico de edad de muerte a especies fósiles diferentes de la nuestra implica necesariamente la asunción de que los patrones y ritmos de desarrollo y envejecimiento fueron los mismos que entre nosotros. En el caso de los neandertales, la mayor parte de los investigadores opinan que así era.
Etik Trinkaus, el mayor especialista actual en neandertales agrupó los individuos en seis grandes categorías: 1) neonatos: individuos de menos de un año; 2) niños: 1 año cumplido y menos de 5 años de edad; 3) “juveniles”: de 5 años a menos de 10 años; 4) “adolescentes”: cumplidos los 10 años pero no los 20 años; 5) adultos: al menos 20 años pero todavía no 40 años; 6) “adultos viejos”: a partir de los 40 años.

En la muestra combinada de los neandertales los neonatos eran muy escasos, los niños pequeños están muy frecuentemente infrarepresentados en las necrópolis de todas las épocas. En parte se debe a que sus huesos son más frágiles y delicados, y se conservan peor; en parte a que en muchas culturas los niños muy pequeños no eran considerados “personas” y se enterraban en lugares diferentes de los mayores.
La mortalidad anterior a los 5 años representaría entre los neandertales un 40% del total. La mortalidad decaía luego entre los “juveniles” y “adolescentes”, para volver a subir en los adultos.
Sin embargo, en las tabulaciones de los neandertales aparece un fenómeno sorprendente: hay muchos menos “adultos viejos” (mayores de 40 años) de lo que sería esperable. Sólo un 20% de los adultos morirían después de los 40 años. Calculando una mortalidad infantil (en niños de menos de 5 años) entre el 35% y el 45%, resulta que los neandertales que morirían de los 40 años en adelante representarían tan sólo una cifra del orden del 6% del total de la población. Esta anomalía requiere algún tipo de explicación si aceptamos que la longevidad potencial de los neandertales era similar a la de nuestra especie.
Una posible solución es aceptar los datos y suponer que la duración de la existencia era considerablemente menor en los neandertales que en los humanos modernos. La vida de los neandertales estaría sometida a tales riesgos que poca gente pasaría de los 40 años. Habría que imaginar a la población en una situación de estrés demográfico imposible de superar en cuanto se presentara la primera circunstancia desfavorable (un período de crisis ecológica).
Con tal mortalidad y tan baja esperanza de vida en el nacimiento haría falta una gran fertilidad para que las poblaciones neandertales fueran demográficamente viables. Pero si la mortalidad de los neandertales era muy superior a la de grupos modernos como los Ache, la fertilidad tendría que ser aún más grande.

Para aumentar su fertilidad podrían las mujeres neandertales tener un periodo reproductor muy amplio porque empezara a una edad muy temprana. Sin embargo, el adelanto en la primera concepción y el primer parto habría tenido que ser tremendo con respecto a nuestra especie para que compensara la enorme mortalidad observada.
Entre los cazadores y recolectores, en los que la actividad es muy intensa, y por lo tanto grande el gasto de calorías, y la alimentación tiene un límite, el comienzo de la vida fértil es en general posterior al de las poblaciones de vida occidental. En las muchachas Ache la edad más frecuente para la menarquia son los trece años, mientras que entre las !Kung, que están claramente peor alimentadas, la primera regla se produce típicamente a los 17 años. En cambio, entre las chicas blancas bien alimentadas de los Estados Unidos el modelo establece que la primera regla se tiene que producir alrededor de los 12 años y el primer parto a los 16 años. En todo caso, ni siquiera adoptando esa edad tan temprana para el primer parto salen las cuentas con los neandertales.
Por otra parte, dado que los neandertales eran de desarrollo lento, como nosotros, la muerte temprana de los padres dejaría varios huérfanos todavía muy necesitados de cuidados. No, decididamente los neandertales viejos que faltan tienen que haberse metido en alguna parte.

Otra posibilidad es que los criterios para el cálculo de la edad de muerte estén sistemáticamente equivocados en el caso de los viejos, atribuyéndoles una edad menor que la verdadera. Por lo que estaríamos contabilizando como adultos jóvenes algunos individuos que habrían rebasado ya los 40 años. Trinkaus avanza una tercera explicación: la mayor parte de los fósiles neandertales de la muestra se han encontrado en cuevas. Si imaginamos que las cuevas eran un lugar de residencia habitual de los neandertales, su “casa”, deberíamos hallar en ellas los viejos que faltan en las estadísticas paleodemográficas. Sin embargo, la enorme cantidad de tiempo transcurrido durante la formación de los yacimientos hace de éstos verdaderos palimpsestos, es decir, documentos en los que su superponen muchos episodios de ocupación de la cueva que podrían haber sido de poca duración cada uno (minutos, horas, unos pocos días, un par de semanas tal vez), y que quizás estuvieron separados por largos períodos de tiempo: años, décadas, siglos o milenios.
La “casa” de los neandertales estaba al aire libre, y las cuevas sólo representaban en esta época un elemento más del paisaje. Sus especiales características geológicas hacen, sin embargo, que haya sido en las cuevas donde se formaron los principales yacimientos de fósiles neandertales. Es muy probable, por el contrario, que las poblaciones neandertales fueran muy móviles; en ese caso, la probabilidad de que se produjera la muerte de un anciano seria mucho mayor durante uno de sus desplazamientos.
Hay muchos ejemplos de neandertales que muestran enfermedades o traumatismos sufridos en el curso de sus azarosas vidas (enfermedades degenerativas de las articulaciones, fracturas de numerosos huesos…). El hecho de que sobrevivieran a todos esos padecimientos indica que recibieron cuidados por parte del grupo.

Se encontraron muchas semejanzas en la distribución por el cuerpo de las lesiones padecidas por los neandertales y por los profesionales del rodeo.
Sin embargo, y pese al gran número de lesiones padecidas por los neandertales en el curso de sus arriesgadas vidas, ninguno de los individuos de los que tenernos fósiles había perdido por completo la movilidad de sus piernas. Todos podían desplazarse aunque no fueran ya capaces de cazar.
La Sima de los Huesos es una maravillosa excepción a la norma de que haya pocos individuos representados en cada uno de los yacimientos de los neandertales y de sus antepasados. Lleva ya proporcionados más de dos mil fósiles humanos. Se encuentran en ellos restos de todas las partes del esqueleto. La razón es que en la cueva burgalesa se acumularon cuerpos, y sus esqueletos completos todavía se encuentran allí, en un estado de conservación sorprendentemente bueno a pesar de los años transcurridos (unos trescientos mil).
Como los cadáveres se acumularon unos sobre otros, se han ido encontrando en estos sondeos huesos de diferentes individuos, y no esqueletos enteros. Por el momento el modo más seguro de identificación de los individuos amontonados en la Sima de los Huesos es a través de las dentaduras, porque es más fácil asociar dientes para formar dentaduras que relacionar huesos para componer esqueletos.
Hasta la fecha se han identificado 32 individuos (o mejor, 32 dentaduras, alguna de ellas bastante incompletas todavía). Es probable que el verdadero número de individuos excavados sea superior. Los dientes nos permiten además conocer la edad de muerte de sus antiguos propietarios, con mucha exactitud en el caso de aquellos que aún no habían completado su desarrollo.
Del estudio de los individuos de la Sima de los Huesos representados por las dentaduras, resulta que había pocos “adultos viejos”: tan sólo tres individuos pasarían de los treinta años.

La evidencia púbica apunta a que la longevidad potencial de esta población era similar a la nuestra, y que la escasez de “viejos” de más de treinta años debe explicarse por otras causas, tal vez por las mismas que se han sugerido para los neandertales. Cuando se produjera el fallecimiento de algún miembro del grupo en una de las cuevas de la Sierra de Atapuerca o en sus cercanías, los humanos los llevarían hasta ese rincón oculto que era la Sima para depositarlos. Esta sería una tradición que un grupo humano mantendría quizás durante varias generaciones hasta que finalmente se perdió la costumbre o tal vez desapareció el grupo que la practicaba.
Sin embargo, existe la posibilidad, muy sugestiva, de que todos los humanos acumulados en la Sima de los Huesos hubieran muerto a la vez, o en un periodo muy breve de tiempo. Todos los fósiles humanos se encuentran en la misma capa de sedimento.
La estructura de edades de la Sima de los Huesos sugiere una causa catastrófica que acabó en poco tiempo con muchos miembros de un grupo. En la muestra predominan, precisamente, los miembros más activos, más móviles, más fuertes de la población: Los adolescentes mayores y los adultos jóvenes. ¿Qué pasó pues en la Sima de los Huesos? ¿Cuál fue la naturaleza de la catástrofe?
Una posibilidad es la de una epidemia. Sin embargo, siempre se ha considerado poco probable la existencia de grandes epidemias en la prehistoria, debido a la escasez de población humana.

Una banda de treinta personas se movía por un territorio de 100 kilómetros cuadrados. Por lo tanto podríamos aproximar la población que ocupaba la Península Ibérica en la prehistoria entre ciento ochenta mil y dieciocho mil seres humanos.
Si la población humana era tan escasa en el Pleistoceno cabe preguntarse cómo pudieron morir al menos 32 individuos juntos. Teniendo en cuenta que algunos miembros del grupo tuvieron que sobrevivir para acumular los cadáveres de los muertos en la Sima, y dado que faltan los niños y los viejos, ¿No tendría que ser la comunidad demasiado grande si aceptáramos la hipótesis de la catástrofe?
Jean-Pierre Bocquet-Appel ha analizado el tamaño de los grupos humanos en la prehistoria desde un curioso punto de vista. El sexo de una persona es una variable de las que en estadística se denomina binominales. Ha llegado a la conclusión de que a largo plazo las pequeñas poblaciones no podrían sobrevivir sin intercambiar varones o mujeres con otras poblaciones para equilibrar las proporciones entre sexos. Si los grupos que tuvieran veinte individuos entre 15 y 40 años (más o menos dos personas de sexo mayoritario tendrían que abandonar el grupo y otras tantas de sexo contrario vendrían de fuera). De este modo, los grupos estarían relacionados entre sí por la práctica de la exogamia, y formarían parte de unidades mucho más amplias desde el punto de vista de la reproducción.
Según Jean-Pierre Bocquet-Appel existía una dilatadísima red de grupos de pequeñas dimensiones que estaban interconectados entre sí genética y culturalmente a largas distancias; a veces tenderían a reunirse en unidades mayores, y en otras ocasiones se dispersarían en pequeños “campamentos”.

Otra forma de calcular el tamaño de los grupos humanos es la que proporciona Robin Dunbar con sus estudios en entre el tamaño del neocórtex y el del grupo social. A nuestro tamaño de neocórtex le corresponde un grupo de unas 150 personas. Vistas así las cosas, los 32 individuos de la Sima de los Huesos no son tantos como para invalidar la hipótesis de la catástrofe: todos ellos podrían pertenecer al mismo “clan” o a un par de ellos.
Una enfermedad contagiosa que afectara a uno o varios de estos pequeños grupos sí es concebible. A pesar de ello, la composición por edades de los 32 cadáveres de la Sima de los Huesos obliga a desechar esta hipótesis de inmediato. En general, en las enfermedades epidémicas siempre mueren más los niños que los adolescentes y los adultos jóvenes, mientras que son estas últimas edades las que predominan en el caso de la Sima.
La catástrofe según el autor y Bocquet-Appel es de otro género: una crisis ecológica. Las poblaciones animales son muy sensibles a estas oscilaciones ambientales, y sus tamaños se reducen en las épocas de penuria para multiplicarse en las de abundancia. Cuando la crisis es muy severa todo muere en la región afectada, también los humanos; la economía no productiva está a merced de las disponibilidades del medio, y se tiene que adaptar a lo que haya.

Pero los grupos humanos no esperan pasivamente a que la crisis pase. Se mueven buscando áreas más favorables. En el camino se van quedando los miembros más débiles y menos móviles. Se produce así una selección por edades. Los grupos humanos se pusieron en marcha buscando tierras más favorables. Por sus especiales características ecológicas y geográficas, la Sierra de Atapuerca era uno de estos refugios. Algunos individuos, los más fuertes, consiguieron llegar hasta su montaña refugio después de dejar a muchos de sus compañeros por el camino. Una vez en la Sierra continúo por un tiempo la escasez y la mortandad, o simplemente muchos individuos llegaron tan débiles hasta ella que no resistieron por más tiempo. Los afortunados supervivientes buscaron un lugar recóndito donde acumular los cadáveres de sus compañeros, para ponerlos a salvo de los carroñeros. La cueva era grande, pero nunca había sido ocupada por los humanos aunque los osos la utilizaban año tras año para hibernar. En un rincón de la cueva, no lejos de la entrada, había un misterioso pozo de catorce metros de profundidad, cuyo final no se alcanzaba a ver desde la boca. Allí dejaron caer los cuerpos de sus deudos, en lo que constituye la primera evidencia de una práctica funeraria. Pasó la crisis y las poblaciones animales y humanas se recuperaron. Todo continuó como había sido siempre en las tierras interiores de la Península. Pero en una sima de una cueva burgalesa quedaron los cadáveres de al menos 32 seres humanos de hace trescientos mil años.


Capítulo 8. Los hijos del fuego (pp. 229-263)



Está claro que los mamíferos tienen pautas de conducta programadas genéticamente y deben obedecerlas sin posibilidad alguna de alterarlas. Cuando se presenta el estímulo inevitablemente se desencadena la respuesta. Los animales tienen conocimiento innato (aunque, por supuesto, inconsciente).
Como los humanos somos primates, y por lo tanto animales esencialmente visuales, es más fácil encontrar ejemplos de estímulos desencadenadores en la esfera óptica, pero también existen para los otros sentidos. En muchos animales, como es sabido, los estímulos olfativos son muy importantes.
Claro que la conducta de los animales no sólo responde a la herencia genética recibida, sino que los animales también acumulan información, aprenden, a lo largo de su existencia, sobre todo los que tienen un sistema nervioso central más desarrollado: los mamíferos.
Pero hay algo más. Tanto el conocimiento innato como el reflejo condicionado convierten a los animales en meros autómatas, que reaccionan frente a un estímulo que se les presenta en su medio. Se suele decir que el hombre es el único animal que mata por placer, mientras que hasta los más feroces carnívoros sólo lo hacen para alimentarse y, por lo tanto, son más respetuosos con la vida. En realidad esto no es literalmente cierto. Los carnívoros también cazan aunque no tengan hambre.
Parece, a partir de estas simples observaciones, que el comportamiento de los animales no sólo es atractivo frente a estímulos externos, sino que también responde a mecanismos internos (impulsiones o impulsos). Así el comportamiento animal no siempre es reflejo, también puede ser espontáneo. Estas impulsiones de origen interno producen en los animales estados fisiológicos que podríamos denominar “estados de ánimo”.

S. Toulmin distingue entre sensibilidad, atención y articulación, y cada uno de estos estados puede ser consciente o inconsciente.
Es difícil admitir que los animales, e incluso los humanos cuando son niños muy pequeños (antes de empezar a hablar), vayan más allá de la sensibilidad consiente, o, como mucho, de la atención inconsciente.
Los chimpancés presentan signos de estar muy cerca de haber alcanzado un asomo, muy limitado eso sí, de consciencia de sí mismos, posiblemente el mismo que tenía el antepasado común entre ellos y nosotros, hace cinco o, como mucho, seis millones de años.
Hay quien piensa que la consciencia de uno mismo, podría haber evolucionado como un mecanismo de mucha utilidad en el terreno de la conducta social, ya que para imaginar lo que va a hacer otro, y prepararse para ello, lo mejor es ponerse en su lugar.
Descartes hizo de este conocimiento, el de la existencia de la propia mente, la base de su filosofía (”pienso, luego existo”), y a partir de ella es posible deducir otras verdades: según Descartes, y por este orden, Dios y el mundo. Pero hay, decía, dos clases de mundos, uno externo y otro interno. El mundo interno es el pensamiento o consciencia. Para Descartes, el cuerpo humano es una máquina animada en la que se instala el alma inmortal. Descartes no creía que los animales tuvieran alma.
A través del dualismo alma / cuerpo llegaba a una interpretación de la consciencia que es en esencia la del homúnculo, el hombrecillo pensante que asiste a una especie de representación teatral en el interior del cráneo. No hay, sin embargo, un “animalúnculo” dentro de los animales. Los animales carecerían, en consecuencia, tanto de autoconsciencia, de consciencia perspectiva, serian puramente máquinas biológicas.

No obstante, todos o la mayoría de los primates llamados “superiores” que tienen un cerebro más parecido al nuestro, podrían tener al menos consciencia visual.
No hay forma alguna directa de saber lo que sienten por dentro los animales, o siquiera si sienten algo. En la concepción maquinista de Descartes, la respuesta es negativa, pero creo que podemos encontrar una respuesta afirmativa en la lógica de la evolución, ya que parece más adaptativo sentir el dolor que no sentirlo. El dolor es una experiencia subjetiva intensa que nos obliga a concentrarnos en algo, que es lo más urgente, y dejar de lado todo lo demás.
Otro problema aún más esquivo es, el de cuál es la vivencia del dolor entre los mamíferos, es decir, si además de sensibilidad tienen sentimientos duraderos de angustia, miedo, frustración, depresión. Los mamíferos, sobre todo los primates, muestran claramente expresiones que en nosotros traducen esos sentimientos.
Para Descartes las ideas las produce el alma, mientras que según Platón sólo las recuerda. El resultado, tanto desde la perspectiva de uno como desde la del otro, es que, al pensar, la mente (el alma) maneja ideas, que recuerda o que produce, pero que en todo caso expresa por medio de palabras cuando quiere dirigirse a otra mente. El lenguaje sólo es el instrumento que hace posible que las ideas viajen de una mente a otra: es su vehículo.

Hay una forma radicalmente distinta de afrontar la dualidad mente / cuerpo, que tiene su raíz en el filósofo vienés L. Wittgestein (1889-1951). Consiste, simplemente, en negar la existencia de la mente individual, considerarla un mito innecesario, resultado de dosificar lo que no es sino un concepto. Puesto que actuamos conscientemente, habríamos cometido el error de creer que existe desde el nacimiento una entidad real, que sería la fuente de ese comportamiento, a la que llamamos consciencia.
Pero, si no existe la mente ¿Quién o qué cosa realiza las operaciones mentales?. La respuesta es que nadie, o mejor dicho, en cierto modo todos los miembros de una comunidad. La mente, según este planteamiento, no es una entidad privada, propia de la intimidad de cada individuo, sino algo compartido socialmente.
Somos los adultos quienes inculcamos la mente en los niños pequeños y la hacernos crecer, la construimos en definitiva. En pocas palabras, enseñarnos a los niños a ser humanos. Aunque las crías de los mamíferos, sobre todo las de los que son sociales, aprenden de sus mayores por observación y por imitación, y porque además son corregidas cuando su comportamiento es incorrecto, la verdad es que no hay nada parecido entre los animales a los métodos de enseñanza que ponernos en práctica los humanos con nuestros niños. El conocimiento humano, en definitiva, se adquiere por interacción social: sólo es innata la capacidad de adquirirlo.
En pocas palabras, una cosa se ha entendido bien, y el significado de algo se ha recibido correctamente, si la sociedad lo ratifica.
A este modo pensar, en la tradición del pensamiento de Wittgenstein, se apuntan William Nobley Iain Davidson en sus investigaciones sobre origen del lenguaje y de la mente en la evolución humana. Para ellos, puesto que no hay mente o consciencia sin lenguaje, es necesario creer que ambas cosas surgieron a la vez, en un momento que hacen coincidir con el de la aparición de nuestra especie. Todos los demás homínidos, incluidos los neandertales y nuestros antepasados premodernos, no tendrían consciencia. Por el contrario, desde la perspectiva clásica de la mente, cabe la duda de si sería posible la existencia de la consciencia a través de que apareciera el lenguaje en la evolución humana (sería una consciencia no verbal o “muda”). Puesto que consciencia y lenguaje son cosas diferentes y hasta cierto punto independientes.

Los animales domésticos pueden llegar, con entrenamiento, a reaccionar de una manera constante y predecible en la presencia de signos producidos por los humanos, como el perro de Paulov, pero eso no quiere decir que los entiendan. De hecho les da lo mismo que sean iconos, indicios o símbolos. Simplemente han establecido, a través de la experiencia y del conocimiento (positivo o negativo) una asociación. Aunque un perro se sienta cuando se lo manda su dueño, es absurdo creer que comprende el lenguaje humano. Lo que es seguro, en todo caso, es que los animales no se comunican por símbolos. Ni siquiera son capaces de entender el significado de los índices más sencillos, menos aún de que emplearlos en la comunicación interindividual.
Falta todavía proponer un modelo para explicar cómo aparecieron en la evolución estas des cosas: la consciencia y el lenguaje. ¿Cómo nos hemos convertido en unas criaturas tan radicalmente distintas de todas las demás?
Darwin y Wallace, los dos codescubridores de la teoría de la evolución por medio de la selección natural, discrepaban radicalmente en ese punto. Para Darwin, la evolución de la mente humana no difería sustancialmente de la evolución del cuerpo. Era por lo tanto, un proceso lento y continuo, un avance a base de pequeños pasos y mucho tiempo por delante para recorrer el largo camino evolutivo que separa al mundo del hombre.

Wallace, en cambio, simplemente no podía admitir que las facultades intelectuales y morales del hombre, tan elevadas, fueran un producto de la evolución gradual, y que nos hubiéramos ido haciendo seres humanos poco a poco: él veía un único gran salto cualitativo, que no se podía explicar por una lenta acumulación de múltiples pequeños cambios. Pensaba en una causa sobrenatural.
Tattersall, importante paleoantropólogo cree que tanto Darwin como Wallace tenían su parte de razón. Un reajuste nunca antes experimentado de los elementos del sistema puede dar lugar a una propiedad absolutamente revolucionaria y radicalmente distinta del mismo: una propiedad emergente. Es ciencia y no magia, pero se parece mucho a un milagro.
Tradicionalmente, toda característica a la que se le puede asignar una función se denomina adaptación. En ocasiones, se ha podido demostrar que una característica que estaba relacionada con una determinada función cuando apareció, pasó a desempeñar otra función diferente en el curso de la evolución de un punto determinado: entonces se habla de preadaptación.
Hoy en día se distingue entre aptación, cualquier característica ligada a una función, adaptación, que pasa a referirse sólo a aquella característica que no ha cambiado de función desde su origen, y exaptación, la que si lo hizo. Según Tattersall, nuestro gran cerebro y nuestro aparato fonador capaz de emitir un lenguaje articulado, son exaptaciones. Surgieron en contextos diferentes de los actuales, que son respectivamente, la cognición y el lenguaje. Una vez adquiridos, siguieron sin producir ni lo uno ni lo otro hasta que nuevas conexiones nerviosas los relacionaron.
Además de la teoría clásica que concibe la mente como una entidad independiente del cuerpo y propiedad particular de cada individuo desde el nacimiento, y de la teoría opuesta que niega la existencia de la mente individual en beneficio de la colectiva, hay una tercera posibilidad, la de las inteligencias múltiples. El modelo evolutivo de Mithen tiene varias etapas. En la primera fase (australopitecos) habría una inteligencia general (se encargaría de resolver los problemas normales), y además una inteligencia social, y en tercer lugar un módulo de ciencias naturales, especializado en la relación del individuo con su medio ecológico. La consciencia de uno mismo se habría desarrollado, en el seno de la inteligencia social.
En una etapa posterior con la aparición del género Homo, habría surgido una inteligencia orientada a la tecnología. Los harían sin darse cuenta.

Al mismo tiempo se produciría el primer rudimento de lenguaje. Posteriores humanos (neandertales y nuestros antepasados premodernos) habrían desarrollado mucho todas estas inteligencias, pero serían independientes entre sí; por otro lado, el lenguaje sólo transmitía información social.
Finalmente, con la aparición de nuestra especie, se rompieron los muros que mantenían las diferentes inteligencias independientes entre sí, y la consciencia y el lenguaje alcanzarían a todos los ámbitos.
El autor ve tres problemas a la teoría de Mithen. Se hace difícil admitir que se puede llegar a una gran destreza técnica, o a un gran conocimiento ecológico, de un modo automático e inconsciente.
En segundo lugar, un lenguaje restringido a las relaciones sociales es algo casi imposible de aceptar, porque la esencia misma del lenguaje es la comunicación por medio de símbolos.
Era necesario que los homínidos que “descubrieron” el lenguaje supieran leer en la mente de los demás y, por supuesto, que fueran conscientes de sí mismos.
Por último el proceso de humanización podría haber sido gradual y no necesariamente brusco y coincidente con la aparición de nuestra especie.

A la hora de comparar la mente de la especie neandertal y la de nuestra especie, la evolución humana puede dividirse en dos grandes etapas. La primera es una historia compartida y va desde el primer homínido hasta el mismo día en que Europa empezó a ser habitada por los humanos. Al principio, las poblaciones europeas no diferían de las africanas y de las del Asia más cercana, mientras que en el Extremo Oriente vivía una especie humana distinta, el Homo erectus. Sin embargo, el prolongado aislamiento hizo que se fueran diferenciando las poblaciones europeas. Algún tiempo después (hace cien mil años), ya existían en Europa los neandertales como tales, y en África habitaban unos antepasados nuestros algo arcaicos, pero claramente modernos.
En la expansión del cerebro, podemos señalar dos momentos de aceleración. Uno corresponde al tiempo de los primeros humanos (Homo habilis y sobre todo Homo ergaster), en África. El segundo se produce independientemente en Europa y en África. Las capacidades mentales que compartimos con los neandertales tienen que ser, o bien herencia común de ese remoto antepasado compartido, o bien evolución independiente y paralela.

Pero además del volumen total del cerebro, hay que considerar las proporciones entre sus partes constituyentes. El cerebro de cada uno de nosotros no es como el de un chimpancé a una escala mayor.
Un rasgo interesante de nuestro cerebro es su asimetría (no se encuentra en los demás primates, tampoco en los animales hay una preferencia tan acusada en el uso de una mano).
Se ha observado la existencia de asimetrías cerebrales del mismo tipo que en los diestros modernos en los cráneos fósiles de la Sima de los Huesos y se ha encontrado que aquellos humanos usaban preferentemente la mano derecha. Otro investigador (Kay) ha observado que el diámetro de los canales hipoglosos era en los neandertales tan grande como nosotros, siempre en relación con las dimensiones de la cavidad oral. Podría querer decir que los nervios hipoglosos eran gruesos y contenían muchas fibras nerviosas, para así hacer posible la producción de una gama muy amplia y matizada de sonidos.
En su origen, la fonación se produce en las cuerdas vocales. La diferencia con los demás animales está más arriba, en las vías aéreas (por encima de la laringe).

La cavidad oral está separada de la cavidad nasal por el paladar. Que termina en la úvula o campanilla. Sólo los mamíferos tienen esta separación entre las cavidades oral y nasal.
Por detrás de la cavidad nasal y de la cavidad oral, en el espacio que va desde el final del paladar hasta la columna vertebral, está la faringe, que se continúa por debajo, verticalmente, hasta la laringe y el esófago (la primera está por delante del segundo).
Los humanos adultos disponemos de un largo tubo vertical, la faringe, en el que, cuando no estamos tragando, se puede modificar el sonido que las cuerdas vocales producen, como si se tratara de un instrumento musical de viento. Así se produce la enorme variedad de sonidos que caracteriza al lenguaje articulado de los humanos. Para ello se utilizan la lengua y los labios. Mientras que en los demás mamíferos la lengua es fina y está toda contenida en la boca, en nuestra especie es muy gruesa y también forma parte la pared anterior de la faringe.
Es posible, aunque nada fácil, reconstruir las vías aéreas supralaríngeas en los fósiles. Los australopitecos y los parántropos tenían un segmento horizontal largo y uno vertical corto, de ahí deducimos que no hablaban.
En el origen de los humanos modernos se produjo un acortamiento del segmento horizontal de las vías aéreas supralaríngeas. Se redujo el aparato masticador, y en consecuencia se hizo más pequeño el paladar, que además se aproximó a la columna vertebral. Los dos tramos del tracto bucal, el horizontal y el vertical, tienen longitudes similares en nuestra especie.
La reducción del aparato masticador se produjo también en cierta medida en los neandertales, pero aún así el final del paladar estaba considerablemente más alejado de la columna vertebral que en los hombres de Cro-Magnon. Los neandertales producirían sonidos muy variados, pero no exactamente como los nuestros.

Por medio de un ordenador, Philip Lieberman “hizo hablar” a un lactante humano, a un adulto humano, y a un neandertal. Los sonidos en los dos primeros casos se correspondían con los reales, lo que anima a tomarse en serio el resultado al que se llegó con el neandertal. Podía producir una amplísima gama de sonidos, pero fallaba en la producción de tres vocales: i, u y a, y dos consonantes k y g.
Hay que añadir que si el paladar estaba más adelantado en los neandertales, el sonido seria bastante más nasalizado que en nuestro caso.
Queda ahora la posibilidad de encontrar restos de consciencia de los humanos fósiles. El comportamiento no fosiliza como tal, pero a veces sí lo hacen sus consecuencias (los instrumentos que fabricaron). También son los humanos las únicas criaturas que lloran a sus muertos y tratan con respeto sus cuerpos sin vida.
Todas estas actividades pueden darse sin lenguaje, y también aprenderse sin él (por imitación), pero revelan un alto grado de consciencia.
En los yacimientos prehistóricos se encuentran con frecuencia cenizas, que sin duda indican combustión de la madera. En niveles de más de un millón de años de antigüedad de la cueva de Swartkrans hay cenizas que se han interpretado como resultado de la actuación humana (posiblemente Homo ergaster). El fuego puede haberse producido en el exterior y de forma natural (en los ecosistemas de los países secos, los incendios espontáneos no son algo extraordinario). La simple presencia de carbón en un yacimiento no es una prueba definitiva de que los humanos de la época dominaban la tecnología del fuego.
Quienes lo utilizaban de forma sistemática y planificada, se diga lo que se diga, eran los neandertales. Es inevitable atribuir un cierto papel al fuego en la formación de la mente humana.

En Paleontología hay una disciplina, la Paleoicnología, cuyo objeto de estudio son todas las evidencias de actividad de organismos del pasado. En la arqueología prehistórica lo que más abunda son las piedras talladas.
Las primeras industrias, las olduvayenses, no parecen representar la búsqueda de una morfología determinada, sino tan sólo de una funcionalidad (cortar, machacar…). Pero con la aparición de los bifaces asistimos a lo que a muchos se nos antoja una búsqueda deliberada, planificada y consciente de una forma.
El más misterioso de los comportamientos fósiles es la práctica del enterramiento. Se han encontrado esqueletos enterrados de neandertales (siempre en cuevas), y de humanos modernos (en cuevas y al aire libre). Antes de los neandertales y de los humanos modernos sólo hay un caso que nos haga pensar seriamente en una práctica funeraria (las Sima de los Huesos) pero no consiste en el enterramiento de cadáveres sino en la acumulación de cadáveres en un lugar especial.
Para hacer a los neandertales menos parecidos a nosotros, se ha pretendido también restarle valor simbólico a sus enterramientos alegando que no responden a sentimientos religiosos, sino a sentimientos de piedad y afecto por los difuntos. Nada podría hacerlos más humanos a los ojos del autor que verlos llorando en sus “funerales laicos”.
Falta por definir lo que se entiende por ritual, pero cualquier objeto que se entierra junto con el muerto podría interpretarse como manifestación de una creencia en otra vida. A veces se han considerado ofrendas el cráneo y las astas de ciervo que aparecieron junto a un niño de la cueva de Qafzeh, o la mandíbula de un jabalí que estaba entre las manos de un esqueleto adulto del abrigo de Skhul. También se han catalogado como ofrendas las cuernas de cabra montés que rodeaban al niño neandertal de Teshik Tash (Uzbekistán), los huesos de oso dispuestos ordenadamente en una fosa cubierta por una gran losa junto al esqueleto de Régourdou, la piedra tallada que yacía sobre el corazón del niño de Dederiyeh. En todos los casos, sin embargo, se pueden buscar explicaciones alternativas.

Capítulo 9. Y el mundo se hizo transparente (pp. 265-289)



Millones de años después de que los primeros homínidos alcanzaran el dominio del arte de leer la mente de sus congéneres, los humanos aprendieron a leer también la mente de la naturaleza, que se volvió transparente a sus ojos.
Y el hombre aprendió a contarlas y transmitirlas, junto al fuego, de una generación a otra, y a reproducirlas en las paredes de las cuevas, o en las rocas al aire libre, y para transportarlas consigo en pequeñas placas y en estatuas hechas de piedra, o con trozos del cuerpo de los animales. De este modo el paisaje se llenó de símbolos y, por vez primera, el hombre dejaba su impronta sobre la naturaleza. La vida y la muerte tenían ahora un sentido.

Los neandertales no eran mentalmente como nuestros niños de dos años y medio. En realidad, su desarrollo era fisiológicamente muy parecido al nuestro. Para empezar nacían en un estado de madurez similar al de un niño moderno, y desde luego mucho más retrasado que el de los chimpancés. A los dos años y medio habían recorrido esencialmente el mismo camino para llegar a ser adultos que nosotros a la misma edad. Y después seguían creciendo, y continuaban aprendiendo de sus mayores, exactamente igual que nuestros niños. Sus actos estaban llenos de consciencia, de propósito, cuando tallaban la piedra, encendían el fuego y enterraban a sus muertos.
Los neandertales eran una especie contemporánea a la nuestra hasta que desaparecieron hace menos de treinta mil años.
Es difícil saber a partir del registro paleontológico y el arqueológico qué homínidos fósiles tenían lenguaje, porque la única prueba verdaderamente directa de su capacidad para comunicarse por medio de símbolos sería uno de estos símbolos fosilizados.
Noble y Davidson encuentran la prueba más antigua de lenguaje en el poblamiento de Australia, que exigió sin duda una larga travesía marítima. Construir balsas o barcos implica tener un objetivo y compartirlo con otros.

Cualquier forma de planificación económica a muy largo plazo también implica lenguaje.
Está, finalmente, el caso de los enterramientos, un comportamiento simbólico y ritual donde los haya.
Quizás el primer lugar donde neandertales y humanos modernos se vieron las caras fue en Israel. La edad de estos esqueletos (los más antiguos de la historia) se sitúa alrededor de los cien mil años, y su anatomía no deja lugar a dudas, ya que indica una constitución moderna, aunque con unos toques arcaicos. Podemos llamarlos protocromañones.
Sin embargo, se han descubierto restos de neandertales en las cuevas de Amud y de Kebara, ambas también en Israel, con una edad en torno a los sesenta mil años. No se han hallado, hasta la fecha, humanos de tipo moderno de esa misma época en la región, lo que hace pensar que, en la expansión que llevó a los neandertales desde Europa hasta Asia Central y Oriente Próximo, los protocromañones fueron sustituidos en Israel. O tal vez ya se habían ido. En todo caso, los neandertales, a lo largo de toda su área de distribución, así como los protocromañones de Israel, empleaban el mismo tipo de talla, el Musteriense, lo que indica que había entre ellos al menos “relaciones culturales”. Compartían el uso del fuego y la práctica del enterramiento.
En Europa hace 32.000 años, la práctica totalidad del continente está ocupada por humanos modernos, confeccionan un utillaje nuevo y muy variado.

Hay en ese mismo tiempo expresiones simbólicas espectaculares, el llamado arte paleolítico, como los frisos de pinturas de la cueva Chauvet, las estatuillas de animales de marfil, y la quizás más sorprendente de todas, precisamente por su simbolismo, la de un ser mitad humano mitad león tallada en marfil en Hohlestein Stadel (Alemania).
Hace 32.0000 años, los neandertales habían perdido mucho terreno. Los últimos neandertales bien datados son los de la Península Ibérica, que parecen ocupar todavía la totalidad de la misma excepto su franja norte. Este límite geográfico entre cromañones y neandertales es la llamada frontera del Ebro, y a grandes rasgos coincide con la que en su momento vimos que separaba dos grandes regiones biogeográficas: la verde Iberia eurosiberiana y la más parda Iberia Mediterránea Los cromañones pertenecían a los ecosistemas del norte.
Llegaron a Europa hace cuarenta mil años o más, pero se adaptaron bien al frío. Los neandertales ibéricos, mientras tanto, continúan ligados al bosque perenne de la encina y del alcornoque. Este equilibrio finalizará cuando la ola de frío que se extiende como un viento helado por toda Europa llegue hasta los últimos confines de Iberia y destruya el mundo de los últimos neandertales ibéricos.
Hay una enorme paradoja que entender, la de que los neandertales, unos humanos evolucionados en un continente alejado del Ecuador y adaptados al frío, fueran sustituidos por unos humanos recién llegados de África.

Desde el punto de vista de la Historia los neandertales fueron sustituidos por los humanos modernos. Tal vez hubo casos de mestizaje, pero no se dieron en una cantidad suficiente como para que sus genes hayan llegado hasta nosotros.
Al sur del Ebro no hay yacimientos con niveles auriñacienses de más de treinta mil años y además presentan características evolucionadas respecto del primer Auriñaciense que se encuentra en Europa. Por el contrario, se conoce ya un puñado de yacimientos musterienses en torno a esa fecha. Es importante añadir que varios de los yacimientos españoles han sido además asignados, por el contenido en polen o por la geología, al comienzo de la última gran pulsación fría, confirmando que los últimos neandertales ibéricos se extinguieron cuando el deterioro climático alcanzó al litoral mediterráneo y atlántico.
Si los auriñacienses no hacen acto de presencia en la Iberia mediterránea hasta hace treinta mil años o más, parece que ya están bien asentados en la franja cantábrica y en Cataluña diez mil años antes de esa fecha. Todo parece indicar que la colonización de Europa por los hombres de Cro-Magnon fue muy rápida, en torno a unos cuarenta mil años, pero que no acabó inmediatamente con los neandertales.
En Francia hay una serie de yacimientos en los que se ha encontrado una variante del Paleolítico Superior que lleva el nombre de Chatelperroniense en los que se han podido recuperar restos humanos asociados a esta variante (de tipo totalmente “clásico”, es decir, sin ningún rasgo moderno o intermedio). Además, hay asociados a los útiles chatelperronienses, dientes y huesos perforados o con surcos, es decir, preparados para ser colgados, y cuentas y anillos de marfil, junto con fósiles marinos que también se utilizaron para el adorno personal:los neandertales de la Cueva del Reno llevaban collares.

En tres yacimientos se ha creído ver que el nivel chatelperroniense estaba intercalando entre un nivel auriñaciense, en posición inferior, y otro nivel auriñaciense superior, como si después de llegar por primera vez los cromañones, éstos hubieran sido sustituidos durante un tiempo por los neandertales, para finalmente volver los cromañones y quedarse para siempre en la región. Sin embargo, estas tres presuntas interestratificaciones del Chatelperroniense entre niveles auriñacienses han sido puestas en duda con argumentos dignos de ser tenidos en cuenta. Como una última posibilidad a considerar, cromañones y neandertales podrían haber evolucionado técnicamente de forma paralela o influyéndose mutuamente.
Haría falta pues encontrar fuera de Europa conjuntos más antiguos del Paleolítico Superior para que quedase demostrado que fueron importados por los hombres de Cro-Magnon. El mejor sitio para mirar es África pero todavía hay poca información sobre este continente. No obstante, se han apuntado ya algunos indicios que no son aún definitivos.
Puestos a dudar, podríamos también hacerlo de que los autores de la primera industria auriñaciense del norte de España fueran los cromañones. Bernáldez de Quirós y Victoria Cabrera no ven ninguna diferencia entre la economía, o sea, el modo de vida, de los ocupantes musterienses de la cueva (los neandertales), y el de los ocupantes de los niveles auriñacienses inmediatamente superiores. También aprecian mucha continuidad en el utillaje lítico.

En realidad no tenemos aún buenos restos humanos de esa primera época auriñaciense para despejar totalmente la incógnita. Los más antiguos restos humanos auriñacienses están en la República Checa y son humanos modernos; su edad está probablemente en torno a los treinta y dos mil años (todavía quedaban neandertales al sur del Ebro, y quizás también en otros puntos del Mediterráneo europeo). Los propios fósiles de Cro-Magnon podrían ser contemporáneos de los de la República Checa o tal vez algo posteriores.
La llegada a Europa de los cromañones, y su larga coexistencia de al menos diez mil años con los neandertales se produjo al final de un interestadial, en una fase relativamente más cálida y húmeda entre las dos pulsaciones o estadios más fríos y secos de la última glaciación.
Los humanos modernos fueron desde el principio los autores de la industria auriñaciense. Los neandertales de ciertas áreas habrían aprendido de los cromañones, y reproducían a su manera las mismas técnicas de talla de la piedra, el uso de materiales de origen animal, y el gusto por el adorno personal. Otros neandertales, al sur del Ebro, permanecerían sin cambios en su cultura hasta el final de su existencia que coincidió con un recrudecimiento glaciar y el gran cambio ecológico que trajo consigo.
Junto con los soportes habituales para las representaciones llamadas artísticas, los hombres de Cro-Magnon utilizaban otro soporte muy especial: su propio cuerpo. Sin duda se pintarían, aunque esta evidencia no ha perdurado, como es lógico. Hay enterramientos en los que parece haberse espolvoreado abundantemente el ocre rojo (color de la sangre). Serviría también para cuidar el cuero y las pieles con lo que no está del todo claro si se pintaban el vestido o el cuerpo. Seguro que los neandertales también usarían el ocre rojo en sus enterramientos o para pintarse en vida.

Lo que sin duda es característico y nuevo de los cromañones es la abundante presencia de objetos de adorno personal, que pendían del cuello, cinturones, brazaletes y pulseras y se cosían a las pieles del vestido o al gorro. Estos objetos decorativos son muy diversos y no siempre es fácil establecer una separación nítida con las piezas del llamado arte mueble, que también se transportaban a veces colgando.
Las gentes del periodo magdaleniense decoraban también profusamente los objetos utilitarios. Es seguro que los propulsores y los “bastones de mando” más ornamentales fueron sobre todo, objetos de prestigio, con significado simbólico para todo el grupo o tal vez propiedad exclusiva de algunos individuos de elevada posición social.
Muchas veces lo son objetos de adorno eran restos animales, como caninos de zorro o de ciervo, incisivos de bovino o de cérvido, o conchas de moluscos.
La función de los elementos de adorno no era, sólo, la puramente estética, o decorativa, sino que transmitían una información muy importante, por vía visual, sobre sus portadores. La identidad social, la condición y la posición jerárquica dentro del grupo se hacen patentes y obvias por medio de claves simbólicas visuales, o sea, por la apariencia.
El aspecto personal, la imagen, cumple la función de aumentar hasta el infinito el tamaño de nuestros grupos sociales, que pasan a incluir a personas que no los conocemos personalmente, pero que reconocemos a partir de la forma de arreglarse. El individuo transfiere su identidad a los objetos de adorno, que a su vez son incorporados (integrados en nuestro cuerpo), al mismo tiempo que la expresión corporal se potencia a través de ellos.
Pero la clave simbólica sólo puede ser descifrada por los miembros de la propia sociedad, porque se trata, como ocurre con las palabras, de signos arbitrarios, acuerdos tácitos compartidos por la comunidad. El brezo rojo y el brezo blanco, podrían corresponder a clanes diferentes.

Lo propio de nuestra especie no sólo es la explosión de símbolos de todos los tipos imaginables, que literalmente nos rodean por completo, sino también su función socializante e integradora. En los casos en los que la selección natural trabaja al nivel de individuos, éstos compiten entre sí en función de sus características individuales. Los afortunados viven y se reproducen más, transmitiendo esas características a sus descendientes. Como la evolución humana es una historia de competencia y selección entre grupos, se perpetúa el grupo más eficaz; es el grupo, y no el individuo, lo que cuenta al final. Todo lo que de solitario tenían los cromañones con los miembros de su propio grupo, lo tenían de despiadado con los demás.
Los neandertales no usaron apenas los ornamentos personales. Los que vivían al sur del Ebro, por ejemplo, jamás los incorporaron.
Pueden deducirse dos consecuencias diametralmente opuestas. Una es la que los neandertales no eran capaces de captar el simbolismo que se ocultaba detrás de los objetos de adorno, por la sencilla razón de que se trataba de una forma de lenguaje visual, y ellos no tenían capacidad de lenguaje, ni de tipo oral ni de tipo visual. Su cerebro se había desarrollado mucho para favorecer la inteligencia “natural”. Copiaron los adornos de los cromañones, pero sin entenderlos. La opción contraria es la de que los neandertales sí tenían capacidades plenamente modernas para el lenguaje y el uso de objetos de tipo simbólico, pero no llegaron a desarrollarlas tanto como nosotros porque se extinguieron antes.

Los neandertales tenían capacidad técnica para fabricar útiles de piedra y hueso al modo de los cromañones, y la prueba es que no lo hicieron. También cree el autor que poseían lenguaje y tenían rituales funerarios. Eran humanos en el sentido de la mente. La condición humana no surgió de la nada, sino que fue posible porque se habían dado muchos pasos antes en la misma dirección. Sin embargo, los neandertales no desarrollaron nuestra especialización extrema en la producción y manejo de símbolos, no alcanzaron nuestra desbordante creatividad, jamás su fantasía voló tan lejos. Eran más realistas, si se quiere, lo que no los hace inferiores.
Una gran duda que preocupaba a los partidarios de que la condición propiamente humana es la de por qué los humanos modernos tardaron tanto tiempo en salir de África y eliminar a las demás formas humanas. Más aún, después de asomarse por Palestina hace cien mil años, ¿Cómo es que volvieron sobre sus pasos y dejaron el Oriente Medio libre a los neandertales? Una respuesta es que aún que anatómicamente los protocromañones eran modernos, todavía les quedaban unas conexiones por establecer entre algunos circuitos de neuronas, antes de convenirse en cromañones.

La respuesta del autor a la pregunta de por qué no eliminaron a los neandertales en un santiamén es que éstos también eran humanos inteligentes. Y es que nuestra hipertrofia en el manejo de símbolos y en el lenguaje articulado es útil para contar historias, pero no necesariamente tenía que otorgarnos una ventaja decisiva sobre otros humanos, los neandertales, que eran muy fuertes y estaban mejor adaptados a los medios y climas europeos.
Es posible que la ventaja definitiva se la concedieran a nuestros antepasados tan sólo dos factores. Primero: inventaron una nueva forma de fabricar utensilios (el Auriñaciense) y la desarrollaron. Su entrada en Europa se produce ya con esa nueva tecnología, que les dio una cierta superioridad de la que antes carecían.
El segundo factor fue paradójicamente el clima. Los cromañones no estaban mejor adaptados biológicamente al frío, sino todo lo contrario, pero sus sistemas de símbolos les permitieron pegarse como una piel al terreno y formar alianzas entre grupos separados por grandes distancias. Lo que les unía entre sí, con sus antepasados y con la naturaleza, eran sus viejos mitos, que no son otra cosa que colecciones de historias.

Los primeros seres humanos que osaron adentrarse en la Gran Llanura Oriental fueron los neandertales, y lo hicieron hace más o menos ciento veinte mil años, en el periodo interglaciar que precedió a la última glaciación: no cabe duda que eran capaces de adaptarse a situaciones muy extremas, y es difícil negarles aptitudes extraordinarias para la organización y la planificación.
Sin embargo se vieron obligados a retirarse al borde sur de la planicie esteuropea cuando llegó la última glaciación. Quienes sí que ganaron entonces la Gran Llanura Oriental fueron los cromañones, que llegaron hace entre treinta y cinco mil y cuarenta mil años hasta Kostenki (a 50º N). La razón de que triunfaran en donde los neandertales no pudieron hacerlo, a causa del frío, radica, en parte, en su superior tecnología. Mejoraron las prestaciones de las pieles con las que se abrigaban.
Y más tarde, cuando el último y feroz máximo glacial se acercaba, aprendieron a fabricar cabañas revestidas de pieles, a mantener hogares siempre encendidos, a utilizar los propios huesos de los mamuts para calentarse.
Mucho tuvieron sin duda que influir en la supervivencia humana en la Gran Llanura Oriental otros objetos no menos importantes, aunque de apariencia humilde: Los adornos personales.
El Homo sapiens, una vez desembarazado de las otras especies, creció y se multiplicó con la aparición de nuevas generaciones de tecnologías cada vez más eficaces, y más mortíferas también.
Como resultado final de nuestra historia evolutiva conviven en cada uno de nosotros dos identidades, la individual y la colectiva.

Epílogo: El hombre domesticado (pp. 29 1-298)



En el principio, hace entre 5 y 6 millones de años, era nuestro antepasado común con los chimpancés un habitante del bosque lluvioso africano. Estaba al borde de la consciencia. Después aparecieron los homínidos y los antepasados de los chimpancés en regiones diferentes del África tropical.
Los homínidos se adaptaron a medios progresivamente más secos, los antepasados de los chimpancés siguieron unidos a la selva húmeda. Algunos homínidos de hace más de 4 millones de años ya eran bípedos, pero su vida todavía estaba muy ligada al bosque. Su alimento era casi completamente vegetal.
Hace dos millones y medio de años, el Homo habilis (con un cerebro mayor) golpeaba una piedra contra otra para producir un filo para cortar la carne: se produjo un cambio importante en la dieta.
Al poco tiempo apareció un homínido nuevo, el Homo ergaster. Su cerebro era mucho mayor que el de cualquier chimpancé y su crecimiento más lento. Fabricaban instrumentos estandarizados y se comunicaban por medio de símbolos. Tenían por lo tanto una forma elemental de lenguaje y un largo periodo de aprendizaje.

Empezaban a crear a su alrededor un medio social y cultural que les daba una cada vez mayor independencia frente al medio físico, y así sus poblaciones aumentaron. Gracias a eso pudieron extenderse por Eurasia hace más de un millón y medio de años.
Llegaron a poblar casi toda Asia y Europa, alcanzando las frías tierras de Alemania e Inglaterra hace medio millón de años. Otros llegaron mucho antes hasta la Península ibérica, en el Extremo Occidente, y en el Extremo Oriente, a China y Java (Homo erectus).
En Europa los humanos evolucionaron en condiciones de aislamiento para producir una especie autóctona: los neandertales. Seguían conservando una gran fortaleza física y estaban bien adaptados fisiológicamente al clima europeo. Tenían un gran cerebro (para comunicarse entre sí, manejar el fuego y fabricar utensilios elaborados).
Mientras los neandertales evolucionaban en Europa, nosotros lo hacíamos en África, pero todavía hace trescientos mil años. No llevaban mucho tiempo evolucionando por separado. Sin embargo, en ese momento se reprodujo la segunda gran expansión cerebral, y como tuvo lugar por separado en Europa y en África, los resultados fueron diferentes.
Los frutos: uno es nuestro fabuloso lenguaje articulado. Los neandertales simplemente llegaron más lejos que sus antepasados de la Sima de los Huesos en sus mismas capacidades cognitivas y de comunicación, ya de por sí muy avanzadas, pero no desarrollaron, como sí hicimos nosotros, un sistema revolucionario de transmitir la información.
Es tan grande nuestra capacidad análisis, es decir, de descomposición de la realidad en partes cada vez más pequeñas, que finalmente cometeremos fallos estrepitosos de interpretación pese a nuestras portentosas facultades cognitivas, equivocaciones en las que ningún otro animal incurriría.

La curiosa forma de percibir erróneamente como humanos a los seres, animados o inanimados, que no lo son, junto con la capacidad de contar historias en las que esos seres aparecen, es lo que hizo animarse a la naturaleza. La gran ventaja que se derivó de este peculiar defecto es que ayudó al hombre a entender los fenómenos naturales.
Al mismo tiempo que aparecía esta maravillosa facultad, ocurría otro cambio muy notable, aunque a primera vista no relacionado: La gracilización del esqueleto. Las caderas se hicieron más estrechas, lo que ahorraba energía en cada paso. Los neandertales y los humanos modernos eran diferentes en su tipo físico, pero también en su cráneo y capacidad para articular sonidos.
Los primeros humanos modernos estaban rodeados en África de poblaciones tan robustas como los neandertales, pero tomaron otro rumbo evolutivo, otra manera diferente de solucionar los mismos problemas ecológicos: un cerebro especializado en manejar símbolos, una cara más corta, quizás un riesgo mayor de atragantarse, pero a cambio una máquina increíble para comunicarse, y un cuerpo menos capaz de grandes esfuerzos explosivos pero más eficaz en términos de gasto energético a largo plazo, en grandes desplazamientos (estas transformaciones se produjeron hace unos 200.000-150.000 años) afectaron sólo una pequeña parte de la población africana. Esa pequeña población africana  pudo no obstante tener diez mil o quince mil miembros, que después de todo era equivalente a la población de la época de la Península Ibérica.
Aparentemente, desde el tiempo de las losetas del Parpalló hasta el de las escenas de caza del Arte Levantino nada ha cambiado en el estilo de vida humana, pese a los muchos milenios transcurridos. Sin embargo, todo hace pensar que el Arte Levantino fue realizado por grupos de cazadores y recolectores que ya habían entrado en contacto con sociedades de economía productiva. Tal vez incluso los autores fueran estas primeras gentes neolíticas, que llegaron hará unos siete mil años. En todo caso, corresponde al momento en el que tiene lugar en este rincón levantino el final de un mundo y la llegada de otro muy distinto: el nuestro, el del hombre domesticado. Con el cambio de economía se produjo también un cambio de mentalidad: los dioses de los cazadores no eran los mismos que los dioses de los agricultores y los ganaderos.
Nunca entenderemos el significado de las pinturas rupestres, sencillamente porque a nosotros no nos dicen nada, ya no nos hablan. Y ocurrió algo aún más terrible: también la naturaleza dejó de hablarnos a nosotros, los hombres.

Autor:

Amd_





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