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Historia del libro y la escritura parte 2 - Monografía



 
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ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE LA IMPRENTA



El nacimiento de la impresión exigió técnicamente tres elementos básicos: para poder imprimir un texto se necesitaba obligatoriamente el papel, porque por su bajo costo y su carácter liso era el que más se prestaba para tales fines. El papel llegó al continente europeo en el siglo XII, a través de los árabes, como artículo de importación, convirtiéndose en el producto más importante para la imprenta. La segunda “condición” eran las tintas y colorantes. Y el último elemento era cualquier superficie que contuviera la imagen que se quisiera imprimir, en principio se utilizó la madera y la piedra como superficie.

Dos mil años antes de Cristo, China, la tierra de Mao Tse-Tung y Confucio, poseía estos tres elementos indispensables para el manejo de la imprenta. En esa nación se utilizaron pilares de mármol, sobre los que esculpieron textos en honor de Buda, precursor y fundador de la religión budista.
En el siglo XI, en plena era cristiana, el alquimista chino Bi Sheng usó por primera vez tipos móviles y cubos de madera en cuyos extremos habían sido talladas las letras con un pegamento que le permitía retirar las primeras y luego volver a utilizarlas. Pero el gran número de signos que componen el alfabeto chino impidió  la divulgación y desarrollo del invento de Sheng.

Aún hoy la autoría de la imprenta es discutida por algunos. Los holandeses tributan ese honor a Lauren Janszoom Coster e instalaron una inscripción en una casa de Haarlem en la que aseguraban que allí fue inventada la imprenta hacia 1440. Pero no hay pruebas contundentes  sobre ello. Es posible que Coster imprimiera con tipos móviles antes que Gutenberg , pero éste hizo posible el uso generalizado del invento al desarrollar el método de fundición de los tipos. Otro artesano, Johann Fust se atribuyó, él mismo, el invento. Algunos historiadores sostienen que el orfebre Prokop Valdfoghel ya usó tipos móviles en 1444 y algunos italianos adjudicaron el invento al impresor milanés Pamfilo Castaldi.
Hoy la investigación sostiene que el inventor fue Gutenberg. ¿En qué consistió su hallazgo? Lo que descubrió no fue el arte de imprimir sin más, actividad que ya se había desarrollado muchísimo tiempo atrás. Se tiene noticia de que en el siglo I los chinos imprimían dibujos en telas y de que en el siglo siguiente lograron imprimir textos con bloques de madera tallada. Lo que el alemán consiguió fue un sistema para componer rápidamente el texto a imprimir, que además podía ser utilizado reiteradamente para multiplicar las copias.

El secreto de la innovación artesana de Gutenberg estaba en una pieza que se conoció como tipo móvil y que fue la base del arte de imprimir hasta la invención de nuevos sistemas, ya en el siglo XX. El tipo era un bloque que en una de sus caras llevaba en relieve el dibujo de una letra o de un signo ortográfico. Juntando distintos tipos y sujetándolos fuertemente para que no bailaran, se podía componer líneas de texto y páginas enteras, estampadas por las dos caras. Una vez concluida la impresión, los tipos podían ser usados más veces en nuevas composiciones. Ello fue posible gracias a otra innovación de Gutenberg: fabricar los tipos metálicos con plomo, bismuto y antimonio, aleación que era a la vez maleable para grabar las letras y los signos, y dura para resistir constantes presiones.

La prensa para elaborar su trabajo la tenía Gutenberg al alcance de la mano. Recurrió a la prensa de vino, el aparato que exprimía la uva para su fabricación. Con algunos retoques, el artesano utilizó el torno y la plancha presionadora para conseguir que la forma con los tipos ajustados, previamente entintada con un rodillo, entrara en contacto con el papel y éste quedara adecuadamente impresionado. A partir de ahí, sólo había que entintar, presionar y colocar cuidadosamente el papel para obtener repetidas copias exactamente iguales. Una vez obtenidas las reproducciones deseadas, sólo había que deshacer la forma para utilizar de nuevo los tipos en otras composiciones y volver a repetir el proceso.
¿Sabía Gutenberg que este procedimiento basado en los tipos móviles había sido ya experimentado en otro tiempo y en otra cultura? Es una pregunta de imposible respuesta, pero es lógico pensar que desconociera que en el siglo XI y en China un alquimista llamado Bi Sheng imprimió con tipos móviles. Si este primer experimento hubiera sido de dominio común, lo más probable es que la imprenta de tipos móviles se hubiera adelantado unos siglos. En todo caso, la idea de Bi Sheng no tenía futuro pues los miles de signos del alfabeto chino la hacían impracticable. El alquimista oriental se quedó en un simple precursor  para la Historia, inhabilitado por dificultades insuperables. En el siglo XIV también los coreanos inventaron tipos móviles pero tuvieron problemas parecidos. Hubo que esperar hasta mediados del XV para que un alfabeto de poco más de 20 letras permitiera poner en práctica el revolucionario plan.

En 1450 realiza las primeras impresiones comerciales que van a permitir fechar en este año la invención de la imprenta. No ha quedado rastro de esos impresos pioneros, pero poco después Gutenberg construirá lo que será la magna obra  de su ingenio como impresor y que le hará pasar a la posterioridad: la Biblia, que empieza a imprimir en 1453 y que termina tres años después.
La Biblia de Gutenberg es una obra de arte, no sólo por relación a las limitadas capacidades de su prensa de tornillo y a la trabajosa grabación de los tipos y composición de las páginas sino, aisladamente considerada, porque es un prodigio de composición y de gusto. Consta de más de 1200 páginas impresas en letra gótica, a dos columnas por página, de 42 líneas cada columna. Por este detalle se conoce también el libro como la Biblia de 42 líneas y asimismo como Biblia de Mazarino, por haber sido encontrado el primer ejemplar en la biblioteca de tal cardenal francés. Pero es la Biblia de Gutenberg, su nombre más preciso y más justo.

Es un libro que se encuentra entre la vieja y la futura técnica de imprimir. El artesano de Maguncia empleó en él su invención pero siguió apoyándose en el arte de los iluminadores y decoradores de libros. Imprimió el texto, dejando hueco para la letra capitular -la inicial de cada párrafo- y las orlas de la página, que luego los dibujantes introdujeron en vivos colores. El resultado es un libro insólito y hermoso, del que Gutenberg imprimió no más de 300 ejemplares, que seguramente salieron a un alto precio. De esa tirada se conservan 46 ejemplares, dos de ellos en España -en la biblioteca pública de Burgos y en la biblioteca de la Universidad de Sevilla-. En ninguno figura la firma del impresor, ni una referencia, como se ha dicho. Fue el gran e inexplicable error de Gutenberg, que sus continuadores no repitieron.
Así, la impresión de Gutenberg, más flexible, produjo trabajos de más calidad y permitió imprimir ambos lados de cada hoja. El siglo XVI trajo consigo adelantos mecánicos que regularon la presión de la platina, la nueva modalidad evitó las manchas de tintas que aparecían en los impresos.
Como toda generación que nace y se fortalece, todo invento presentado al público sufre transformaciones que en muchos casos traen como consecuencia su perfeccionamiento. Gran Bretaña construyó la prensa de metal en la misma época que apareció en Francia dos métodos recientes de impresión, como la estereotipia que multiplicó la velocidad de la edición.

Pero el establecimiento de un taller requería una fuerte inversión financiera para el alquiler o compra de los locales, la adquisición del papel, el equipamiento de prensas, tipos y otros enseres, así como para el pago de los jornales. Muchos no encontraron los recursos precisos con facilidad y se vieron obligados a llevar una vida nómada con sus bártulos, parándose en las ciudades donde encontraban trabajo temporal, generalmente al servicio el obispo.

Por otra parte, un taller precisaba personas con diferentes actividades. En primer lugar el intagliator o grabador de punzones y fundidor de las matrices, que podía ser el jefe del taller; después el corrector de pruebas, que a veces se encontraba fuera del taller, como encuadernador. Eran esenciales los maquinistas (torculadores) y los cajistas (compositores), encargados, respectivamente, de la impresión y de la composición de los textos, y el responsable de la fabricación de la tinta.
Los profesionales llegaron a la propiedad de los talleres cuando consiguieron dinero para establecerse. Hubo casos de adquisición de un negocio en marcha y hubo otros en los que la propiedad se alcanzó por casamiento con la hija o la viuda del fundador. Los impresores procedían, en general, de personas relacionadas con el libro.

DE LOS INCUNABLES AL SIGLO XVIII



El libro es, quizá, el primer objeto fabricado en serie, iniciándose con él la industrialización de la cultura. El procedimiento de ejecución introdujo diferencias en la designación de las dos formas de libro que convivieron hasta mediados del siglo XVI. Desde la aparición del libro impreso, en los catálogos de bibliotecas y en bibliografías se distinguen los libros de mano de los libros de molde, pero se buscó una denominación propia: incunable.
El incunable, como manuscrito medieval, adopta la forma de códice o cuaderno. El soporte preferido para las tiradas es el papel, aunque se imprimían algunos ejemplares en pergamino o en vitela destinados a mecenas de la edición. La utilización del papel de trapo o de tinta se traduce en la normalización del formato, relacionado con las veces que se ha plegado la hoja salida del molde para dar un determinado tamaño al libro (folio, cuarto y octavo).

La impresión se hacía por ambas caras de la hoja, perfección que los libros xilográficos no habían podido lograr. La disposición del texto no responde a normas fijas: lo mismo se imprime a dos columnas que a línea tirada. En obras publicadas con comentario, la impresión del texto original ocupa el centro de la página (a dos columnas) y el comentario se imprime en torno con tipografía más pequeña. Así se hacía también en los libros manuscritos.
Los tipos empleados en la composición del texto se funden para reproducir en molde los distintos alfabetos de las escrituras de la época, trabajando en colaboración calígrafos y tipógrafos. La tipografía inicial de la imprenta es la minúscula gótica con todas sus variantes. Desde Italia se difunde por toda Europa la tipografía romana o redonda, adopción de la escritura humanística para la impresión de las obras de los clásicos latinos y para textos literarios en latín o en lenguas vernáculas hay que añadir las tipografías griega y hebrea, creadas también en talleres italianos.
La ornamentación de los protoincunables no es impresa. En las primeras impresiones cualquier elemento ornamental corresponde a los ilustradores y miniaturistas formados en los scriptoria monásticos, que añaden a los textos impresos originales iniciales y ricas orlas por encargo de sus propietarios. Metidos ya en la década de los 70, los impresores empiezan a ornamentar los textos con iniciales grabadas que no se imprimen a la vez que el texto, sino que se estampan después en los espacios que habían sido dejados vacíos para este fin. A medida que el arte tipográfico se fue perfeccionando y aumentaban las tiradas de las obras, empezaron a grabarse las iniciales en boj, descartando a los crisógrafos. Sólo quedaban los iluminadores, que completaban algunos ejemplares con orlas y miniaturas, y aun después éstos fueron eliminados poco a poco.

La ilustración impresa hace su aparición en 1461 en el taller de Pfister en Bamberg. Cuando el libro incunable se ilustra con grabados se hace con intención pedagógica en obras de carácter popular por influencia de los libros tabelarios. La técnica empleada es la xilografía, aunque en Italia hay ejemplos de ilustraciones en metal. Así como la tipografía se difunde desde Alemania, la ilustración impresa sale de Alemania y las planchas de madera para la ilustración se adquieren en tiendas alemanas de material tipográfico.
En España, mientras que la ilustración está subordinada a la escuela alemana, la ornamentación se caracteriza por una mayor originalidad, con raíces en corrientes artísticas orientales; el primer libro impreso español ilustrado fue Fasciculus Temporum de Rolewink (1480). Gran parte de ejemplares de obras impresas con grabados en el siglo XV fueron coloreados a mano.
Como los manuscritos, los incunables carecen de portada en el concepto actual del término. La portada con los datos necesarios para la atribución tipográfica del impreso es un invento que separa al libro antiguo del moderno. Los datos necesarios para la identificación de la obra hay que buscarlos dentro del libro.

El título y el autor constan insertos en el principio del texto, formando parte de la dedicatoria. Los datos de identificación tipográfica se consignan en el colofón, elemento del que carecen muchas ediciones incunables. Complementa el colofón la marca o escudo del impresor, grabado alegórico o emblemático equivalente a su enseña comercial.
En los más antiguos impresos el texto comienza en la segunda hoja, con un carácter protector de la primera, en blanco; otras veces se deja en blanco el resto de la primera hoja y se imprime en el verso. Con el tiempo se siente la necesidad de mostrar desde fuera el contenido del libro en una portada elemental en la que se imprime el título, en ocasiones incluido en un grabado alegórico o alusivo al texto que llena la primera página.
En los protoincunables las hojas carecían de elementos indicativos del orden que había de darse al texto en la encuadernación. Sólo unos signos a mano servían para evitar errores en la ordenación de los pliegos, signos que  quedaban ocultos al coser las hojas. Después de 1470 se introduce la foliación impresa y las signaturas tipográficas colocadas en sitio visible: la foliación en la parte superior del recto de cada hoja y las signaturas en el ángulo inferior externo del recto de las hojas de la primera mitad de cada cuaderno. Para foliación se prefiere la numeración romana.
El libro impreso, que en el momento de su aparición está inserto entre dos etapas cruciales de la Historia, la Edad Media que termina y el Renacimiento, recoge de una y de otra las manifestaciones del pensamiento preferidas por las figuras sociales que a cada una de ellas representa: el monacato y al clero culto, y al hombre de letras.

La producción incunable en latín sobrepasa en gran proporción a los textos en otras lenguas, las obras escritas en latín ocupan el primer lugar de las obras de contenido teológico. La obra más publicada es la Biblia; también se publicaron libros destinados al fomento de la devoción personal y luego los textos humanísticos.
Durante la Baja Edad Media una serie de hechos condujeron a una gran actividad escrituaria y a una demanda de libros en aumento: el establecimiento de las órdenes mendicantes, dedicadas al trabajo intelectual; el gran desarrollo de la enseñanza y la manera de impartirla, que exigía la toma de apuntes y un número de libros superior a los que venían utilizándose en Europa; el crecimiento de la actividad comercial y contable y el de la documentación administrativa, debido a que las autoridades tenían que difundir sus decisiones y a que el desarrollo del derecho obligaba a más pruebas documentales en los actos jurídicos.

Todas estas demandas se traslucieron en un cambio del tipo de letra y en la aparición de un material escritorio nuevo, el papel. Se llama gótica la escritura utilizada en toda Europa durante los tres últimos siglos medievales (XIII, XIV y XV). También se le ha llamado angular por su trazado y escolástica por coincidir con la corriente filosófica de este nombre; ésta no era más que una evolución de la carolina. Ahora se produce un sacrificio de la individualidad de cada letra por la armonía del conjunto.
Nace un nuevo concepto de libro, pues ya no es sólo un depósito de la inmutable sabiduría antigua, sino además, un instrumento para conocer las nuevas ideas. Por ello se prefieren libros baratos donde adquirir conocimientos, surgiendo consecuentemente nuevos grupos sociales interesados por la lectura.

SITUACIÓN EN EUROPA



En Alemania tras Gutenberg otros notables impresores fueron: J. Mentelin de Sélestas que redujo el número de las páginas para abaratar los precios y editó en alemán para alcanzar a capas más amplias de la población. Rusch es otro de los impresores incunables, llegando a imprimir unas seiscientas obras y fue el introductor de los tipos romanos en Alemania. El primer impresor que publicó libros ilustrados fue Albrecht Pfister en Bamberg. Uno de los editores más famosos del mundo incunable fue J. Amerbach.
A Leipzig, que sería durante años capital del libro alemán, tardó en llegar la imprenta, ya en la década de los ochenta, y su producción de incunables no fue de consideración por la postración económica de la ciudad azotada por la peste. Su primer taller, y quizá el primero en abrirse, fue el de Konrad Kachelofen, que publicó más de cien ediciones, principalmente de libros de pequeño formato, y varias ediciones tipográficas del popular libro xilográfico Ars moriendi.

Italia tuvo la producción de mayor volumen y la de más amplia extensión geográfica, pues nada menos que 70 ciudades contaron con talleres. Destacó en la presentación material del libro, al que aportaron belleza y novedad en tipos, gracia en las ilustraciones y un contenido, aparte del religioso, de carácter literario con la publicación de obras de los autores de la Antigüedad clásica y de los modernos italianos. La imprenta además de facilitar el acceso a la gran memoria escrita, fue poco  a poco convirtiéndose en un importante medio de difusión de las nuevas ideas.
Fue grande la actividad impresora en Roma, donde eran numerosos los documentos que había que reproducir para la Curia; también la producción de libros a la que contribuyeron cerca de 40 talleres diferentes. Sin embargo, el crecimiento fue limitado, pues si los impresores de la ciudad recibieron el patronato del Pontífice y de los príncipes de la Iglesia, su clientela, al no contar la ciudad con buenas organizaciones mercantiles que distribuyeran los libros por el ancho mundo, se tuvo que limitar a la jerarquía religiosa y secular romanas y a los peregrinos y visitantes de la urbe.
La ciudad donde la imprenta alcanzó el máximo desarrollo fue en Venecia, había en ella 150 talleres, propiedad de impresores de diferentes nacionalidades, principalmente alemanes e italianos, y su producción de incunables abundante. A sus impresores se debe la difusión de las literaturas clásicas e italiana, así como el espíritu renacentista. Sus libros eran de estudio, a dos columnas, en caracteres góticos, con textos muy compactos para reducir los costes.

En las dos últimas décadas  de la centuria creció enormemente el número de talleres de italianos, uno de los más prolíficos fue el de Boneto Locatello que realizó más de 140 ediciones.
Es necesario hablar de la actividad impresora y editora de Aldo Manucio que se divide entre dos siglos, quedando una parte de su obra fuera de la época incunable como consecuencia de la arbitraria asignación a la imprenta incunable exclusivamente de las obras publicadas en el siglo XV. Aldo fue editor educador, es decir, la del editor que se embarca en la aventura del libro para facilitar el acceso a la cultura, en este caso, fundamentalmente a los autores clásicos, más por motivos intelectuales que económicos. En él se produce la conjunción entre el impresor y el humanista. Escogió Venecia para establecerse como impresor, quizá por el desarrollo que en ella había alcanzado la imprenta y porque allí había muchos buenos técnicos y buenas bibliotecas.

La primera ciudad francesa que dispuso de taller e imprenta fue París por iniciativa de la famosa universidad de la Sorbona(1470). El retraso se explica por la resistencia que al nuevo invento oponían los miles de personas  que vivían de la producción de manuscritos, entre los ilustradores, copistas, libreros, que formaban el poderosos gremio de St. Jean Evangéliste.
En Inglaterra la imprenta fue introducida por W. Caxton en Westminster. Aquí la imprenta se desarrolló más tarde y con más lentitud que en los otros países europeos occidentales. Al iniciarse el siglo XVI sólo había cinco talleres y como no podían atender a la demanda en gran parte eran importados de Francia, Bélgica, Suiza e Italia.
En los países orientales de Europa aparecieron a finales el siglo XV, al igual que en Suecia y Dinamarca.
Dentro de los Países Bajos ocupaba un lugar destacado por su población, activa vida comercial, potencia económica y desarrollo de la imprenta la ciudad de Amberes, en la que estaban establecidas 66 imprentas, la mitad de las del país, con una producción anual de 2000 obras. Es en esta ciudad donde se va establecer Plantino durante la segunda mitad del siglo XVI, donde empezó como encuadernador hasta que pudo establecer su propio taller en 1555, llegando a conseguir la protección de Felipe II. Concibió la idea de editar una Biblia políglota que mostrara la capacidad de su empresa y mejorara la edición de Alcalá de Henares. La edición iniciada en 1568 se acabó en 1572, haciéndose 1200 ejemplares. La Biblia Regia la concibió Plantino como una nueva edición actualizada de la Complutense y terminó superándola por la inclusión del texto siríaco, por la ampliación del Targum, pero de manera especial por el cuidado con que fueron revisados los textos de la Complutense que se utilizaron como básicos, por las nuevas traducciones y por la serie de variantes y complementos filológicos que se sumaron.
Felipe II en 1570 hizo a Plantino prototipógrafo del rey o encargado de los negocios de la impresión en los Países Bajos, con poder para dar certificados de aptitud profesional a los tipógrafos.


SITUACIÓN EN ESPAÑA



La producción incunable en España no fue muy copiosa; predominó las ediciones de obras en lenguas vulgares. La originalidad de la imprenta incunable española reside en la atención que prestaron los impresores a la producción de carácter nacional.
La mayoría de los libros utilizados en España durante el siglo XVI fueron libros importados preferentemente de Italia, Francia y Alemania.
Las imprentas españolas eran pequeñas, las más importantes como las de los Cromberger en Sevilla o los Junta y los Cánova en Salamanca, tenían cuatro prensas, pero falta el gran centro tipográfico y editorial con proyección internacional. Se limitaban a imprimir libros que no iban a ser importados.
La historia del libro español pone de manifiesto que el siglo XVI fue desigual. En las primeras décadas existe una continuidad con el siglo XV: Rosenbach en Cataluña, Jofre en Valencia, Jorge Coci en Zaragoza, Arnao Guillén de Brocar.
Tras la aparición de la Biblia Políglota Complutense (1514-1520), viene la época de mayor grandiosidad en que muchas de las portadas se inspiran en la arquitectura renacentista española con decoración fantástica de grutescos, medallones y escudos. La pragmática de 1558 determina y establece la configuración material del libro y a medida que avanza el siglo, poco a poco, comienza a decaer su esplendor, decadencia tal vez acentuada por los controles burocráticos e inquisitoriales.

La imprenta española no podía competir con el precio relativamente bajo de los libros. La fecha de la crisis puede establecerse en la década de los 80. En los últimos 20 años del siglo aumenta considerablemente el número de pliegos sueltos y publicaciones menores ya que su impresión era poco costosa y lo más rentable porque se vendían inmediatamente.
En el siglo XVII la imprenta es el medio de difusión casi exclusivo de la creación intelectual. El impresor juega un papel fundamental en la “fabricación” del libro y está presente en su historia. Las imprentas eran modestas oficinas con pequeño número de prensas y de obreros que no podían competir con las grandes empresas del exterior. La producción era de carácter  predominantemente nacional o local, con preferencia por las obras escritas en lenguas vernáculas. Los impresores podían ser también editores de las obras que imprimían y en ocasiones se encargaban al mismo tiempo de la distribución y venta al por menor de sus producciones. Instituciones universitarias y eclesiásticas y organismos de la administración central y local también participaban en la producción de libros a nivel de editores. Dos famosos impresores madrileños de esta época son Luis Sánchez y Juan de la Cuesta, mientras otros pusieron su buen oficio al servicio de empresas colectivas de edición: la Imprenta Real, la Imprenta del Reino y la Gaceta.
En el comienzo del siglo XVIII prosiguió la decadencia del arte tipográfico que había caracterizado la centuria anterior. Un primer intento de poner remedio a este estado  fue el propósito de solucionar la vieja cuestión de los libros de rezo, que desde tiempos de Felipe II venían imprimiéndose en Amberes, cuando en 1717 Felipe V mandó que se estableciera en España una imprenta de libros sagrados que aventajasen a la de Amberes para que  los beneficios de la impresión quedaran en España y no salieran al extranjero tantos caudales. Pero la idea se paralizó por la oposición de los jerónimos de El Escorial, que no se resignaban a perder los beneficios económicos que les proporcionaban la cesión que les hizo Felipe II del privilegio de imprimir estos libros.

Volvió Felipe V a resucitar la cuestión unos años más tarde, en 1730, y como consecuencia de las consultas celebradas entre los monjes por un lado y los representantes del estado eclesiástico, que eran los consumidores, por el otro, el rey ordenó al año siguiente que los libros se imprimieran en España con la mayor brevedad, aunque los deseos reales no se pudieron cumplir.
Carlos III, gran protector de la imprenta, dictó  la primera de una serie de medidas a favor de los profesionales del libro. En 1762 abolió la tasa o precio obligatorio a que debían venderse los libros, alegando que la libertad de todo comercio es la madre de la abundancia y que no era justo que, no estando sometidos a tasa los libros extranjeros, la sufrieran los españoles, aunque la tasa continuaba para los de uso indispensable destinados a la instrucción y educación del pueblo.

En 1763 se ordenaba que no se concediera a nadie privilegio exclusivo para imprimir libros, sino al autor, y que las comunidades seculares o regulares, las llamadas manos muertas, no podían continuar con los que tuvieran ni conseguir ninguno en el futuro. También se suprimían el empleo de corrector general de imprentas y los salarios señalados a los censores de libros porque resultaban gravosos a autores y mercaderes de libros. Finalmente se ordenaba que dejaran de incluirse en los libros las aprobaciones o censuras.
La decidida protección a los profesionales del libro se inicia en 1763 con la concesión de toda una serie de privilegios personales y con la prohibición de la importación de libros encuadernados y dándoles todo tipo de facilidades para la importación de pieles y otras materias primas.
En 1762 aparece la Real Compañía de Impresores y Libreros del Reino con el objetivo principal de concluir un acuerdo con la comunidad de El Escorial para hacerse cargo de la impresión de los libros de rezo en España. Por el convenio de 1764, aprobado por el propio monarca, los monjes se comprometían a adquirir los libros de la Compañía, la cual, por su parte, se obligaba a pasar los pliegos antes de su impresión al Comisario General de la Cruzada para su aprobación, corriendo por su cuenta abonar la remuneración debida a los correctores, emplear papel, tinta y letras de primera calidad y fabricados en España, y encargar la apertura de láminas a abridores españoles. En 1787 obtuvieron la autorización real para montar un taller propio en el que podían imprimir.

En unos pocos años la fabricación de letras había experimentado una enorme transformación y el país se había librado de la servidumbre de la importación, única forma de suministro hasta la segunda mitad del siglo XVIII.
Los principales impresores de esta época son: Joaquín Ibarra que en 1753 abrió un taller propio donde imprimió sus tres primeros libros. Más tarde se trasladó a un local más grande donde va a realizar el resto de su labor de impresión. Introdujo modificaciones ortográficas, algunas poco acertadas, como la división de los diptongos, y otras que han prevalecido, como la supresión de la s en forma de f, y la sustitución de la v vocal por la u, o el no partir al final de línea las palabras bisílabas. Era exigente con el acabado de la impresión, empezando por la arquitectura tipográfica, utilización de los tipos y cuerpos adecuados, mancha de la impresión dentro de la página y establecimiento de medidas normalizadas para la longitud de las líneas, empleando como unidad la m del tipo parangona. Para evitar las huellas de la impresión, volvía a pasar los pliegos impresos por el tórculo y daba al papel una especie de satinado, así como la nitidez de la tinta, consecuencia del cuidado puesto en el ajuste y funcionamiento de las prensas. Sus obras más conocidas son: la edición bilingüe de La Conjuración de Catilina y La Guerra de Jugurta o la edición del Quijote de 1780.
El segundo gran impresor y primer editor español del siglo fue Antonio Sancha, también accionista de la Real Compañía de Impresores y Libreros del Reino. Hizo gran fortuna con el negocio de la librería, importando libros extranjeros y exportando los españoles a América. Destaca por la calidad de sus ediciones, hechas en buen papel de hilo, muy grato a la vista y al tacto, impresas con nitidez, tanto el texto como los grabados que las embellecen, y presentadas en grata arquitectura tipográfica. A pesar de la generosidad de los márgenes gustaba hacer algunos ejemplares más en gran papel. Pero su fama se debe a su labor educativa a través de sus ediciones: Parnaso español. Colección de poesías escogidas de los más célebres poetas castellanos, impreso por Ibarra en 1768. Junto a las antologías hay que colocar las colecciones de clásicos españoles y las siete crónicas de reyes y sucesos de Castilla.
Otros notables impresores fueron Benito Monfort, Antonio Martín , Francisco Manuel de Mena, Benito Cano, Antonio Pérez de Soto o José y Tomás Orga.
El libro español sufrió a lo largo del siglo XIX una gran transformación paralele a los cambios sociales, como sucedió  en el resto de Europa, y fue dejando de ser instrumento al servicio de las clases superiores para buscar la satisfacción de las necesidades de sectores más amplios e incluso de personas humildes, con escasos recursos económicos y pobre formación intelectual.

La demanda de lectura creció continuamente a lo largo de la centuria por la progresiva urbanización, por el aumento de la riqueza y por el desarrollo de la enseñanza, principalmente la primaria.
El libro español incorporó las grandes novedades traídas por el industrialismo y la mecanización que, al abaratar los costes, facilitaron su adquisición a grupos sociales más amplios.
Se cambiaron sucesivamente las viejas prensas de madera por prensas de hierro, máquinas de imprimir planas y rotativas, que hicieron pasar las tiradas de menos de un millar de pliegos al día a más de un millar a la hora e incluso a varias decenas de millar.
Se establecieron fábricas de papel continuo, la primera en Burgos en 1841, que, utilizando como materia prima pasta de madera en vez de trapos, producían ciertamente un papel de peor calidad que el verjurado, pero mucho más barato.
Se generalizó la estereotipia especialmente en publicaciones periódicas y se desarrolló mucho la ilustración gracias a nuevos medios como la litografía.
Sin embargo, la producción de libros españoles en este siglo fue muy baja debido a que la industria era muy modesta, con escaso capital en comparación con la de países como Francia, Inglaterra o Alemania.

Durante las primeras décadas el libro siguió manteniendo la presentación dieciochesca y utilizó tamaños muy pequeños, de 14 ó 15 centímetros. Se utilizaron tintas y papeles de diversos colores, se mezclaron en portadas y cabeceras tipos de letras de distintos estilos, se emplearon en la portada alineaciones curvas y se recurrió con generosidad a la ilustración.
No se trataba sólo de embellecer el libro, sino de aclarar e intensificar el sentido del mensaje, pues estaba al servicio del texto y era un complemento del mismo. Fueron frecuentes los grabados de pequeño tamaño, que se intercalaban en el texto junto a las frases que ilustraban.
Hay portadas prolijas en las que el título y el autor aparecen como en carteles populares, en un telón, y hay inicios de capítulos en los que la ilustración tiene forma de orla incompleta, quedando el texto en un pequeño rectángulo en la parte superior o inferior derecha de la página. A veces la portada o el frontis pueden tener forma ovalada, en vez de rectangular.
En este siglo es rara la figura del editor puro, lo normal es que además sea librero o impresor, uno de los primeros editores fue Mariano Cabrerizo.

LA CENSURA



En la Edad Media, naturalmente, habían sido condenados algunos libros por sus ideas heterodoxas, pues no faltaron personas cuyas ideas fueron consideradas heréticas. Otro era el caso con la imprenta y con el activo comercio que inmediatamente se organizó a base del libro, ahora éste iba a ser instrumento para cambios religiosos y políticos. Cuando lo advirtieron las autoridades religiosas y políticas, procuraron encauzarlo en provecho propio mediante la censura y el reforzamiento de la personalidad del autor, no tanto para reconocer sus méritos intelectuales o literarios como para identificar al responsable de las posible ideas disolventes.

En España los Reyes Católicos declararon exento de impuestos el comercio del libro en una pragmática de 1480 dada en Toledo en la que no ponían ningún tipo de trabas a la importación de libros y favorecían el establecimiento de imprentas. Pero en la Pragmática dada en Toledo el 8 de julio de 1502, establece la censura estatal previa al ordenar que no se pueda publicar ningún libro sin la licencia del Consejo Real. En 1554 se procede a una centralización de la censura en manos de la autoridad civil. Al comienzo de cada libro se ordenaba poner la licencia, la tasa, el privilegio, el nombre del autor y del impresor y lugar donde se imprimió.

La censura inquisitorial fue una censura a posteriori puesto que se realizaba cuando el impreso ya había sido autorizado con la licencia del Consejo Real. Pero la trayectoria de un libro podía ser interrumpida en cualquier momento, durante su impresión, circulación y venta.
Al comienzo del siglo XVI, dos hechos determinan la organización de la actividad censoria en su lucha contra las obras sospechosas: la extraordinaria importancia de la imprenta para la difusión de las ideas y el desarrollo de la Reforma protestante. Para hacer frente a la proliferación de obras heterodoxas, sobre todo a partir de 1520, nacieron los Índices de libros prohibidos. Las prohibiciones afectan principalmente a las traducciones de la Biblia en lengua vulgar, libros hebraicos, arábigos y de nigromancia, aquellos libros en que no consta el autor o pie de imprenta escritos después del año 1525 y los libros hechos, anotados o traducidos por autores herejes.
Hay que distinguir entre índices prohibitorios y expurgatorios. Los prohibitorios prohíben un autor o una obra en su totalidad. Los libros prohibidos en su totalidad eran quemados públicamente. En el expurgatorio se señalan los párrafos que deben ser tachados o modificados, es decir, se salva al libro una vez expurgado.

La pragmática de 1558 influye en la configuración externa o material del libro: el texto de la obra y colofón se imprime en primer lugar debidamente foliado o paginado y con las signaturas tipográficas que comienzan asimismo su serie alfabética con el primer cuadernillo del texto.
En 1610 Felipe III dicta una pragmática en virtud de la cual los naturales de Castilla no podían imprimir sus obras fuera de estos reinos sin una licencia especial. También se publica en 1612 un mandato dirigido a los importadores de libros imponiéndoles la presentación a los comisarios del Santo Oficio de una “lista jurada” anual con el nombre de todas las obras importadas del extranjero.
Las medidas de vigilancia influyeron en la configuración interior del libro, puesto que fue obligatorio consignar el nombre del autor, el del impresor, el del lugar de la impresión y la fecha, lo que terminó considerándose pie de imprenta, cuya importancia no disminuyó al desaparecer la censura en el siglo XIX hasta el punto de que sigue considerándose ilegal cualquier impreso que no lo lleve.
Estos datos y algunos más figuraban en la portada, que se concebía con frecuencia como una composición resuelta por medio de un grabado, al principio de madera, después de metal, en el que se incluían, bien en el centro, bien al pie, las leyendas. En ocasiones la ilustración tenía menos importancia y se reducía a un escudo o viñeta. La portada se suele completar con la indicación de “con privilegio” y con la mención de la persona a la que se dedica la obra, precedida de la expresión “dirigida a”.

La aparición de la portada no hizo desaparecer el milenario colofón, que aún en nuestros días es corriente en obras de bibliófilos. En él se suele concretar más la fecha, con la indicación del día y el mes, y algunas consideraciones sobre la impresión en general o sobre la obra en cuestión.
A veces la fecha del colofón es distinta de la que figura en la portada, la explicación es que primero se imprime el texto, iniciado con la página 1 cuando se generalizó la paginación. Una vez terminado se enviaban los pliegos al Consejo para la preceptiva comprobación y para que tasaran el precio de cada pliego. Sólo cuando eran devueltos al impresor con la autorización definitiva se imprimían las páginas preliminares.
Eran de impresión obligatoria, ya fuera de la portada, los siguientes documentos: privilegio, tasa, fe de erratas, aprobación y licencia, a las que se añadían las aprobaciones y licencias de las autoridades eclesiásticas para los autores que estaban sometidos a ellas.

La Licencia era la autorización exigida por la legislación para poder publicar una obra, en cada reino peninsular, aunque ésta no protegía los derechos del autor y la obra podía ser publicada por cualquier impresor. Para evitarlo se procuraba la obtención de un Privilegio que era un derecho de exclusiva concedido en nombre del rey para que nadie más pudiera publicar la obra durante un determinado número de años (en un principio seis años prorrogables hasta diez y veinte, y sino entraba a formar parte del dominio público), válido para un determinado territorio.

La Fe de erratas se exigía para evitar el fraude que se podía ocultar en una deliberada alteración del texto y que podía hacerse pasar por erratas.
La Tasa era la consecuencia lógica e la concesión de la exclusiva para evitar abusos por parte del beneficiario, pero que podía enriquecer o empobrecer al editor según se fijara alta o baja. En general tendieron a la baja y empobrecieron la producción y comercio del libro español.
La dedicatoria es uno de los primeros elementos complementarios que aparecen en los libros impresos y en ella el autor, en forma epistolar, explicaba a la persona a la que iba dirigida las razones que le impulsaron a escribir la obra, al tiempo que justificaba algunas de sus características. Después estas explicaciones pasaron al prólogo y la dedicatoria se centró en la alabanza de las virtudes y méritos del destinatario, así como en los de sus antepasados.

SIGLOS XIX Y XX



Durante el siglo XIX el libro dejó de ser un instrumento al servicio de una minoría culta y poderosa, y aspiró a alcanzar a sectores cada vez más amplios de la sociedad, lo que obligó a un continuado abaratamiento del precio. Este abaratamiento se pudo conseguir con el aumento de las tiradas y con la mejora del rendimiento de la producción gracias al empleo de nuevos procedimientos técnicos.
Hasta ahora se había seguido usando el papel verjurado, fabricado hoja a hoja a mano, y la lenta prensa de madera accionada a brazo por un obrero mientras otro entintaba a mano con unas bolas de cuero la plancha con el texto. Continuó haciéndose también a mano la composición tipográfica, que era preciso deshacer al terminar la impresión para distribuir las letras en los cajetines de las cajas y poderlas usar en la composición de nuevas páginas.
Pero se van a producir cambios en el papel: se fabrica una hoja continua por medio de máquinas y la utilización mayoritaria de pasta de madera como materia prima en vez de trapos. La máquina para la fabricación de papel, inventada por N. L. Robert, producía unos 1000 K. Diarios en una tira continua de papel que quedaba enrollada formando una bobina de la salían, tras los oportunos cortes, las hojas con el tamaño deseado. Las primeras máquinas de papel se construyeron y empezaron a producir en Inglaterra, gracias a los hermanos Fourdrinier.
F. G. Séller fue el primero en producir papel a partir de pasta de madera, obtenida mediante la trituración y posterior tratamiento con cloro y bisulfitos para conseguir una celulosa pura.
Mientras Stanhope construyó una prensa en la que rama que contenía la forma tipográfica y el cuadro que descendía a través del husillo para la impresión eran de hierro y de la misma extensión superficial, lo que proporcionó mayor velocidad al proceso y permitió imprimir de una vez la totalidad de la composición, pues anteriormente, por ser el cuadro menor que la rama, sólo se imprimía media forma de cada golpe.
F. Koenig construyó una máquina totalmente automática, movida por vapor, que sólo precisaba dos hombres, uno para introducir la hoja en blanco y otro para retirar la impresa. Primero recibía la tinta de un rodillo entintado automáticamente, y luego imprimía el papel sujeto con unas pinzas a un segundo rodillo. Su producción llegaba a 800 ejemplares a la hora. En 1812 Koenig se volvió a Alemania y en un monasterio abandonado, cerca de Wuerzburg, estableció una fábrica de máquinas de imprimir que pronto se hizo famosa en toda Europa.

La estereotipia hizo posible las grandes tiradas de los periódicos, pues simultáneamente varias máquinas podían estar imprimiendo el mismo texto, pero también se usó generosamente en la impresión de libros cuyas nuevas ediciones eran previsibles. En España este procedimiento lo emplearon Rivadeneyra en la Biblioteca de Autores Españoles y don Juan Valera.
Durante la primera mitad del siglo XIX la fiebre del maquinismo alcanzó a la fundición de tipos y a la composición. La máquina de componer que permitiera una composición más rápida que la manual era una exigencia cada vez más apremiante; con este fin surge la linotipia que consistía en un almacén de matrices de latón que contenía letras, números y signos auxiliares, en el que se guardaban las matrices en sus respectivos canales; en un crisol con plomo fundido y en un teclado que mandaba las matrices a un receptáculo. Cuando éstas habían formado una línea justificada con sus blancos separadores de las palabras, una palanca la acercaba al crisol, de donde salía un chorro de plomo, que inmediatamente se solidificaba y dejaba formada la línea con los caracteres en relieve.

La monotipia consta de dos partes independientes, el teclado y la fundidora y tiene la ventaja sobre la linotipia de que, al fundir las letras sueltas en vez de agruparlas en líneas, hace la labor de corrección más sencilla, pues no es preciso rehacer la línea entera.
Uno de los procedimientos de atracción a la lectura de libros durante este siglo es la presentación de los libros de forma más grata mediante la división del texto de las páginas en dos columnas semejantes a las de los periódicos, cuya escasa anchura facilitaba la lectura. Otro fue la intercalación de numerosas ilustraciones, también como en las publicaciones periódicas, que podían llenar una página con una finalidad ambiental, especialmente en la portada o en el frontis, pero que normalmente se intercalaban en el texto, precisamente al lado de las palabras en las que se describía la escena, para, al tiempo que se evitaba el terror del lector poco habituado a las páginas exclusivamente de texto, ayudar a la compresión y facilitar el recuerdo.
Gracias precisamente a las ilustraciones alcanzaron los libros infantiles, la gran creación del siglo XIX para los cuales se utilizó  el color. Esta gran demanda de ilustraciones produjo cambios en la confección de los grabados; por ello va a resurgir el grabado de madera, también surge el grabado en acero, la litografía o grabado en piedra.

Otro gran descubrimiento del siglo XIX, que facilitó la ilustración de periódicos y libros, fue el fotograbado, procedimiento que se deriva de la fotografía y que permite la reproducción de dibujos, textos, estampas y fotografías en una plancha metálica, generalmente de cinc, pero también de otro metal, por la acción química de la luz actuando sobre una preparación superpuesta. Para la reproducción de textos o dibujos se utiliza el llamado grabado de línea; para las fotografías, el directo o autotipia.
En cuanto a la encuadernación los editores presentaban los libros en rústica o, cuando éstos podían dar una cierta categoría social y servir para mostrar la cultura o el simple amor a la lectura de la burguesía, los encuadernaba sencillamente en tela, es decir, recubriendo la tapa de cartón con una tela, de forma que pudieran adornar las estanterías de las pequeñas bibliotecas o colecciones familiares. Cuando iban destinados a los niños, se encuadernaban en cartoné generalmente impreso con ilustraciones en color. En este caso el lomo podía ser reforzado con tela.
La encuadernación masiva se la denomina industrial, en serie o editorial, mientras que la encuadernación hecha a mano o artesanal se denomina de biblioteca y su fin es prolongar la conservación de los libros y mostrar una cierta uniformidad y belleza exterior conseguida a través de los elementos elegidos por el propietario. Las encuadernaciones más artísticas y lujosas se las denomina de amateur.

Con el Romanticismo se reconoció el principio de que la encuadernación debe estar en consonancia con el texto y se habló de encuadernaciones emblemáticas. Hay también un tipo de encuadernación artística de carácter retrospectivo, utilizado para obras antiguas, en el que se imita el estilo imperante en el tiempo en que apareció la obra, aunque naturalmente visto a través de una sensibilidad moderna.
Grandes encuadernadores españoles del siglo XIX fueron Pedro Doménech y Miguel Ginesta.
En esta época fue destacando la figura del editor sobre la del impresor y la del librero. El impresor se dedicó a trabajos de encargo y el librero fue perdiendo interés por las arriesgadas empresas editoriales y se limitaba a distribuir las obras dejadas en depósito por el autor editor. Éste tuvo que recurrir a carteles, a anuncios y gacetillas en la prensa, a la publicación de catálogos, al envío de viajantes por las provincias interiores, a la designación de librerías sucursales o representantes y finalmente al servicio de depósito.

Una nueva forma de comercialización surgió en Francia en las primeras décadas, las entregas o folletín, que algunos editores se decidieron a publicarlas en forma de libro, dando lugar a las entregas, cuyo contenido era igual al de un libro, pero cuya comercialización era la de la prensa: aparición periódica, venta mediante suscripción y bajo coste de cada entrega. Generalmente estaban impresas a dos columnas y llevaban ilustraciones, naturalmente baratas y elementales, pues en general se encargaban a artistas de poca categoría y pretendía se más funcionales ue artísticas.
El interés del nuevo público por la información reciente dio lugar al desarrollo de la prensa, que a lo largo de la centuria le fue ganado lectores al libro hasta ocupar un primer puesto en la circulación de la información impresa; el país pionero fue Gran Bretaña con su periódico The Times. En los años treinta se produjo un gran cambio en la orientación de la prensa gracias al periódico francés La Presse, a mitad de precio, pensando que el poco coste atraería a más compradores y que tras la tirada mayor acudirían más anunciantes. En Inglaterra la prensa barata se demoró hasta la década de los cincuenta, cuando se suprimieron los impuestos sobre el papel y los anuncios, con el Daily Telegraph.

Durante el siglo XX puede advertirse en la producción el progresivo desplazamiento de la mecánica por la electrónica y la sustitución de la tipografía tradicional por nuevos procedimientos de impresión, como el heliograbado, el huecograbado y el offset, derivado éste de la litografía y cuyo uso en la impresión de libros se ha generalizado en la segunda mitad de la centuria por la velocidad de las máquinas, por la posibilidad de hacer rápidamente reediciones y por la facilidad para reproducir fotografías y colores.
También ha terminado siendo desplazada, a finales de la centuria, la composición mecánica del texto, que fue una de las últimas conquistas del siglo XIX con la invención de la linotipia y de la monotipia, por la fotocomposición o composición en frío, nombre que le viene por la no utilización del metal fundido, y que es la apropiada para la impresión offset.

IMPRESIÓN OFFSET.


Esta disciplina corresponde a las artes gráficas y consiste en un sistema de maquinas rotativas para imprimir en litografía. Existen dos tipos: la maquina sencilla, para una sola tinta, y la doble que por medio de planchas metálicas estampa dos colores en una sola evolución con notable rapidez. Comenzó su fabricación en Londres hacia mil novecientos nueve, se extendió prontamente por Inglaterra y América del Norte, también por Europa, fabricándose en Francia y Alemania desde poco antes de la guerra mundial. Su invento es hijo de la observación casual de un operario. Sustituye las maquinas litográficas rápidas para la estampación a base de zinc o de aluminio, con la ventaja de poder prescindirse de la calidad del papel, sea fino, áspero o de una cartulina gofrada. Por delicados que sean, los rasgos del dibujo o los tonos del original la impresión queda siempre de un aspecto mate, no toma el brillo de las tintas grasas usadas en tipo litografía. Es susceptible de producir cromos desde cuatro hasta doce o más colores, imprimiendo dos tintas por tirada. El primer tipo fabricado de estas máquinas estampaba en planchas de setenta y cuatro por ciento diez y de ochenta y cuatro por ciento trece cm. , dos colores a la vez, y con la velocidad de mil cien que puede elevarse a mil seiscientos ejemplares por hora, siendo la fuerza necesaria para ponerla en marcha de cinco a seis caballos.

Las variantes que permite la offset son estas: la impresión de una sola tinta en una cara del papel se efectúa por medio de una plancha con imagen positiva, para estampar dos tintas a la vez se aplican dos planchas positivas a la maquina, para imprimir el pliego por ambas caras (impresión y retiración al mismo tiempo), también dos planchas, una positiva y otra negativa. Todo lo cual puede obtenerse con facilidad, no siendo necesario mucho arreglo de maquina ni gran perdida de tiempo. La impresión no se efectúa directamente desde la plancha al papel, sino por medio de un cilindro de caucho, sobre la cual automáticamente se transporta la imagen por negativo, debidamente entintada, que enseguida se recalca en la superficie el pliego, con la natural rotación de la maquina. Debido a la elasticidad del caucho, la presión del cilindro salva las asperezas o irregularidades del papel, estampándose con gran delicadeza aunque la superficie sea fuertemente graneada. Cuando se imprime en dos colores da el pliego dos vueltas sobre el tambor impresor, de modo que se pone en contacto con los dos paños de goma que han tomado tinta de cada una de las respectivas planchas. En cambio, cuando se efectúa la impresión y retiración a la vez, el paño de goma del cilindro impresor en su primera vuelta se pone en contacto con uno de los dos paños del cilindro transportador del cual recibe la copia, y en su segunda vuelta toma el pliego, el que, al ponerse en contacto con el segundo paño del tambor transportador y recibir de éste la presión de frente, queda estampado también al dorso.

Para imprimir una sola tinta y una cara del pliego en las máquinas dobles, se retira un paño caucho transportador y se impone una plancha solamente. El consumo de tinta es mínimo, efectuándose la distribución en forma piramidal entre varios rodillos o cilindros, todos ellos de gran diámetro.  La plancha matriz que transporta la imagen al cilindro de caucho se impresiona fotográficamente por medio de un cliché reticulado, pero antes será sensibilizada la lámina de aluminio con cola esmalte, sin que sea necesario que el punteado cubra toda la superficie de la imagen. Casos hay en que se prescinde de la retícula, impresionando una plancha de aluminio graneada con un cliché ordinario, sin que deba invertirse la imagen, ya que al pasar de la plancha al cilindro de caucho se efectúa la inversión y queda estampada sobre el pliego en su sentido natural.
El transporte litográfico usual se acomoda también a la máquina OFFSET, pero en todos los casos debe ser vigoroso. La resistencia del transporte sobre el aluminio es notable, aunque no constante es su duración, pero puede alcanzar mas allá de diez mil ejemplares. El resultado técnico, nítido y suave, le comunica algún parecido a la estampación de la talla dulce, pero no su vigor, cuando se imprimen cuatro tintas o más, la reproducción toma caracteres de acuarela, separándose algo del vulgar aspecto mecánico de los modernos sistemas de reproducciones mas en uso.

En Austria se aplico la impresión OFFSET para estampar los billetes del banco, y el Instituto Geográfico Militar de la misma capital emplea igual sistema en la impresión de mapas iluminados. Las más importantes revistas americanas usan tal procedimiento también en la reproducción de originales  pintados a pastel y al agua. En España como en Francia se efectúan trabajos artísticos con la OFFSET, ante la expectativa de mayores resultados.
La linotipia fue sustituida paulatinamente en la segunda mitad de la centuria por la fotocomponedora, máquina que consta de un teclado como el de la máquina de escribir, de un ordenador electrónico y de una unidad fotográfica. El teclado graba un disco con los diferentes caracteres, que, al ser iluminados por un haz de luz, pasan la imagen a una película sensible. Incluso hay fotocomponedoras sin matrices y las formas de los signos están almacenadas en la memoria del ordenador. Una unidad visual permite ver en una pequeña pantalla lo que está escribiendo el mecanógrafo.
El ordenador retiene en la memoria la totalidad del texto, corrige o llama la atención sobre las posibles erratas, divide correctamente las palabras finales de las líneas cuando es necesario y las justifica, es decir, da a todas la longitud programada, así como la misma altura a las páginas. La conservación del texto compuesto resulta así más cómoda que con cualquier tipo de planchas grabadas. Además, no es rígida y puede actualizarse rápidamente en el formato de la página que se desee, lo que facilita que la misma composición pueda emplearse en reediciones de distintos tamaños.
También aparece ahora el telefacsímil, utilizado en la prensa, que permite enviar, a través del hilo telefónico, las páginas completas de un periódico y hacer la impresión simultánea en ciudades distintas con los consiguientes ahorros en los gastos de distribución y ganancias de tiempo en la presentación de las noticias.

Todos estos adelantos reúnen tres ventajas sobre la tradicional información impresa en papel: costes en descenso, capacidad de almacenamiento en ascenso y rapidez en la localización y transferencia. Estas técnicas se centran, a su vez, en tres elementos, que suelen aparecer combinados: un ordenador con un terminal de entrada de datos y una memoria para guardarlos ordenadamente; un terminal de salida o visualizador, que puede estar en el propio ordenador y tener ocasionalmente una máquina impresora, o una pantalla de televisión; y una línea transmisora entre ambos, que puede ser el teléfono, un cable especial, ondas magnéticas o satélites.
También surgen nuevas modalidades de producción y venta del libro: se trata del libro de bolsillo, del club del librero y de la venta por correo. A ellas hay que añadir dos viejas formas, las suscripciones y las entregas, que cambian su nombre por venta a plazos y fascículos, respectivamente, y han adquirido características propias adaptadas a las nuevas condiciones sociales.

Pero el libro de bolsillo no es un fenómeno nuevo, ya anteriormente Aldo Manucio fue el primero en lanzar una colección de libros manejables que podían leerse durante los viajes o paseos. Durante nuestra guerra apareció en Argentina la Colección Austral, sucesora de la Universal, cuyo nacimiento pudo estar influido por la colección Penguin Books, lanzada por el inglés Allen Lane en 1935 para ofrecer libros baratos, a seis peniques, en ediciones correctas y en rústica (paper back). Lane es considerado generalmente como el creador del libro de bolsillo o pocket book, nombre dado a este tipo de libros unos años más tarde en Estados Unidos, donde tuvieron rápido desarrollo  causa de la guerra mundial, durante la cual se hicieron para los soldados muchas ediciones qu debían ser baratas y de pequeño tamaño. Después de la guerra el éxito fue en aumento y aparecieron colecciones de libros de bolsillo por todo el mundo.

Las editoriales de libros de bolsillo prefieren seleccionar entre los éxitos editoriales, los best sellers, los libros más vendidos, y pagar una cantidad alzada al editor por los derechos temporales de edición. Otras suelen tener una colección donde van incluyendo sus grandes éxitos para evitarse las reediciones.

Autor:

Isobel





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