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Bioética y sexualidad parte 4 - Monografía



 
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CONCLUSIONES



¿Qué es la Bioética?
¿Por qué estudiar Bioética?



La primera vez que me senté a estudiar el tema de la Bioética, me costó trabajo aprender lo que era la Bioética, cuál su naturaleza, objetivos, filosofía y métodos, fui sorprendido por la nueva manera de ver la vida y el acontecer humano, amén de contemplar la práctica médica y la relación humana desde otras perspectivas francamente inquietantes y que invitan a la reflexión. De repente veo a la medicina haciéndose cada día más materialista en lugar de ser llamado humano, como negocio más que como arte-ciencia que engrandezca al ser humano, con practicantes que han olvidado escuchar a sus semejantes, a otro ser humano viendo solo a un usuario o cliente.

Al concluir el Siglo XX e iniciar el XXI es fácil notar que se ha perdido el faro del respeto a la vida y a las condiciones en que viven los seres humanos. Por lo tanto, la deshumanización de la ciencia y de la Medicina constituye un gran riesgo para la vida futura. Los avances científicos y tecnológicos actuales y los que tendremos a corto plazo, en general, han sido benéficos para la humanidad, o para gran parte de ella, pero desafortunadamente se ha descuidado la integridad de los recursos naturales e inclusive se considera al individuo humano como medio y no como fin de toda acción científica. Por eso la Bioética sostiene que todo lo que la investigación científica y técnica logre debe estar encaminado a servir y si no resultan de utilidad para la vida y benéficos a la humanidad, serán frívolos y sin importancia.

Bien, habiéndome extendido más de lo deseado, en las siguientes líneas trataré de resumir las dos preguntas con que inicio estas conclusiones.

Los valores esenciales de la vida humana se ven trastocados por los avances científicos y tecnológicos en el campo de la medicina. Las circunstancias en las que se da la vida y la muerte han cambiado ampliamente. Así, la Bioética ofrece las herramientas conceptuales desde las perspectivas etico-filosófica y jurídica para reflexionar, analizar y orientar la toma de decisiones que plantea actualmente no solo la práctica médica, sino la vida misma.

Estamos seguros que la medicina y la ciencia en general viven una esplendorosa etapa, aún con los muchos enigmas no descifrados aún. Los portentos de la tecnología permiten atisbar en los misterios de la Vida al estudiar el genoma humano, la ingeniería genética, el trasplante de órganos, la milagrosa recuperación de los enfermos psiquiátricos con la terapia farmacológica, la microcirugía, el internet, la videocámara, la videocasetera, la computadora personal y de manera relevante la creación de elementos preventivos que impiden la morbi-mortalidad que fustigó a la humanidad hasta hace unas décadas. Son muchos los avances que se dan todos los días para impedir el dolor, el daño a la salud y la muerte.

Ahora bien, no se trata de complicar nuevos procedimientos técnicos o la incorporación de conocimientos y habilidades; se desea alcanzar en lo posible la verdad que resulta de la atención médica, hacerla -del dominio del paciente de acuerdo con la concepción que este tenga y conseguir la coincidencia de que ambas partes desean lo mismo, el bien. Sin embargo, las complicaciones son grandes cuando el paciente tiene familiares que intervienen con interés y aportan comentarios en una prolífica diversidad; así también por parte del médico, cuando las opiniones son de varios especialistas y también de la enfermera, el psicólogo o la trabajadora social. Todos participan, todos opinan (en un alarde democrático), pero en el mejor de los casos lo hacen como buen samaritano, es aquí donde la Bioética ofrece una manera más humana de participación.
A continuación ofrezco una breve reseña histórica de lo que ha ocurrido en el campo de la ética, preceptos legales y Bioética.

En Egipto, 5000 Antes de Cristo ya la práctica médica establecía procedimientos que a manera de protocolo expresaban pautas de tratamiento, para asistir a un enfermo o no asistirlo. Había varios, como los había para aplicarse aunque el paciente muriera, es decir, importaba el señalamiento del acto médico aprobado como moralmente bueno y la atención de proporcionar apoyo y ayuda al paciente buscando su bien, a pesar de que muriera. El antiguo Egipto tuvo a In-Ho-Tep, como el primer individuo que adapta el patrón de médico como tal. Él era un gran sacerdote, que por su ejercicio de la medicina fue deificado. Emitió los preceptos fundamentales como: Prepararse, Especializarse, Decir la verdad, Identificar la enfermedad a curar (diagnóstico) y, si la puede curar o no (pronóstico). De estos preceptos nace el -primer concepto ético de la medicina: “El deber saber para poder profesar”.

Por otro lado, tanto Árabes como Judíos destacan en el ejercicio de la medicina; en los árabes, en la -cultura Mesopotámica sobresale Hammurabi con el primer texto escrito claramente con preceptos éticos y en los Judíos, la figura del sacerdote médico que reunía en esa dualidad el concepto de la enfermedad con un sentido religioso y para librarse de ella ya que significaba la comisión de un pecado. En ambas culturas se sancionaba y prohibía el aborto, sobre todo si era provocado. La medicina científica trae nuevas aportaciones, principalmente éticas, sobresale Hipócrates, quien señalaba que el médico era antes que nada humano y servidor de la naturaleza, entregado al arte de curar y no una deidad. (Duro golpe al ego de muchos médicos). En esto último, tuvieron que pasar muchos años para que hoy se llegue a la dismitificación de la figura del médico considerada intocable con un componente mágico o de presencia religiosa. En estos días, la figura del médico se vuelve más de carne y hueso, simplemente humana; la -dualidad de ser mitad hombre y mitad deidad se acaba. Por una parte por los ataques creados por la rivalidad con elementos del propio equipo de la salud, por otra parte por la industria de las demandas legales que magnifican los errores del médico. Llega a su fin el ver al médico como intermediario de los terrestres con Dios, como el oráculo del cielo, dominador de la vida o de la muerte. La bioética contribuye a ello, aceptando la autonomía del paciente, el consentimiento informado, la libertad de conciencia y en suma el reconocimiento a los derechos humanos. Pero, esta no será oportunidad para degradar la figura del médico, de esta convulsa transformación saldrá renovado.

Si la salud es invaluable y la vida no tiene precio, la Bioética acentúa el valor de la presencia del médico en el escenario del proceso salud-enfermedad precisamente acrecentando su dignidad con el simple reconocimiento a los derechos humanos de sus pacientes y aquellos que esperan la oportunidad para degradar al médico verán en el un gran cambio, una transformación luminosa, no una caída, sino una identificación con su ubicación humana, pleno de virtudes como lo plasmo Hipócrates en su famoso decálogo y como lo concebía Esculapio, padre de la medicina científica y Galeno impulsor de la Salud Pública en la Roma Imperial.

La influencia del cristianismo en la Medicina fue importante, desde San Lucas el apóstol de la medicina, que se muestra como el médico del dolor de su paciente, cuanto se ha dejado comprar como un servicio o un artículo más de la espiral del consumismo. También es de interés llegar a través de la Bioética a reconocer el cómo rescatar el tesoro axiológico de la practica médica a pesar de la crisis de valores de la humanidad contemporánea y de que hace 80 años se cancelan los cursos de ética médica en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México y por ende en las escuelas de Medicina que se desprendieron de ella.

También en el proselitismo de la fe cristiana se construyeron una gran cantidad de hospitales, clínicas y dispensarios, particularmente en México, dando lugar a la atención médica por la beneficencia que marca toda una época en los servicios de salud, desde el primer nosocomio de Latinoamérica, el Hospital de Jesús.

En la Edad Media, reconocida por su limitación a la ciencia y las artes, la medicina tiene algunos progresos. Llega a España con los Arabes, Avicena, quien escribió un canon con cien tratados de medicina conteniendo normas y principios éticos.

Actualmente, la bioética nos ayuda a reconocer que a pesar del deslumbramiento por el desarrollo de la tecnología y de extraordinarios procedimientos preventivos que controlan los azotes históricos de la humanidad, hay oscurantismo en el retorno a una practica medica alejada de los valores del hombre, de su dignidad y consideración.

Con el renacimiento se difunden valiosos documentos al aparecer la imprenta. Pero hasta el siglo XIX se regresa a la corriente hipocrática. El Real Colegio de Londres elaboró el primer Código de la Etica Médica, con características penales. En 1850 se imprime el Código de la Sociedad Médica Británica, en 1857 la Asociación Médica Norteamericana elabora un código basado en el respeto a la dignidad del hombre.

En el siglo XX la segunda guerra mundial realiza actividades con grandes grupos humanos; se forma La Liga de las Naciones, origen de la O N U, se emiten las famosas declaraciones de Ginebra, Viena, Helsinki, Tokio y otras no menos importantes que favorecen la protección del hombre y el medio ambiente. Sobresale en especial el rubro respecto a prácticas de investigación, se establece la necesidad del consentimiento informado para la investigación biomédica en humanos y además para toda acción del medico con su paciente.

Por escribir de Bioética, estoy obligado a hacer alguna aclaración en cuanto a la paternidad del término Bioética, y digo del concepto Bioética solamente, pues la Bioética como ciencia, pertenece al hombre, a la humanidad entera.

Resulta que la palabra Bioética es acuñada primeramente por Van Rensselaer Potter, de la Universidad de Wisconsin, Madison, en la obra Bioethics: Bridge to the future, publicada en enero de 1971. Pero seis meses mas tarde, el primero de junio del mismo año, Andre Hellegers introduce el mismo término, de nuevo con carácter inédito, al fundar el Joseph and Rose Kennedy Institute for the study of Human Reproduction and Bioethics.
Estos datos no serian relevantes si la significación atribuida por ambos fuera idéntica. Mas parece que no es el caso. Potter le da un sentido marcadamente ecológico, como designación de una “ciencia de la sobrevivencia”, Hellegers se restringía a una ética de las ciencias de la vida, particularmente consideradas al nivel humano.

Potter define a la Bioética como la parte de la Biología que se ocupa de emplear de manera correcta los recursos de las ciencias biológicas para obtener una mejor calidad de vida.

SEXUALIDAD



Biotecnología de la procreación y de la clonación



Los medios de comunicación masiva han repetido en este último tiempo, y hasta el cansancio, los logros obtenidos en el campo de la Genética. Para la mass media la posibilidad, primero, de procrear artificialmente un ser humano y luego de clonar un mamífero superior, han sugerido la deificación del científico. Sin embargo, la sensatez en el análisis de estos hechos ha llevado a prestigiosos intelectuales interesados en el tema a publicar sus reflexiones al respecto. Algunos de ellos se encuentran hoy aquí presentes y sus trabajos nos han posibilitado el profundizar en este difícil, inestable y sorprendente campo de la ciencia.

La procreación artificial abre las puertas a la Ingeniería Genética a través de la posibilidad de manipular el embrión in toto o a su patrimonio cromosómico. Es decir, adentrarnos en la intimidad del ser.
Podríamos decir que en este último medio siglo, han ocurrido dos hechos científico-tecnológicos que han conmovido al mundo, a tal punto que nos han llevado a re-pensar en el qué somos y hacia dónde vamos. Me refiero, cronológicamente, a la fisión del átomo y a la clonación.

Es a la tecnología y a las consecuencias que se siguen de su aplicación, a lo que el hombre debe prestar una mayor y especialísima atención.
Nuestra época se encuentra surcada por profundas contradicciones cuyo punto de partida resulta de la confrontación entre el progreso científico y técnico y el hecho moral.
Como dice H. Jonas, “el principal desafío ético de nuestro tiempo lo constituye la convergencia de dos factores: la degradación metafísica del hombre como producto de la ciencia moderna y el enorme crecimiento de su poder gracias a la tecnología moderna. El saber técnico sobre la vida humana no sólo ha tomado ventaja sobre la sapiencia y ha rehusado ser guiado por ella, sino que pretende reemplazar totalmente todo residuo del sentido del misterio, sometiendo el momento decisivo y delicado del vivir, en un hecho de tipo técnico (…) La biotecnología aplicada al hombre es quizás el punto extremo que puede alcanzar la globalización de la ciencia moderna. La misma puede caracterizarse como ‘reduccionista’ en el sentido preciso de tender a reducir los niveles más altos y menos cercanos de la realidad, como aquellos psicológicos y espirituales, a los niveles más bajos y completamente controlables. El proyecto científico y tecnológico integral toma por objeto siempre a su mismo autor en un intento prometeico que se resume en la idea fuerza de la manipulación del ser humano.”

Una revisión de los alcances de la inteligencia humana, próximos a finalizar este siglo XX, marcan el intento de integrar este progreso científico con la reflexión filosófico-antropológica.
“En efecto, la pregunta, ‘qué es el hombre?’, suscitada por la Iglesia a la luz del Hijo de Dios encarnado, que ‘revela plenamente el hombre al propio hombre’, puede sostener la reflexión sobre el ser. El dato que el hombre se encuentre existiendo en el mundo, engendrado como un nuevo individuo por un acto de procreación biológica, pero, más aún, el hecho de que existe como un ser espiritual, constituye un enigma que no se puede explicar, completamente, ni por la casualidad (tanto es así que el hombre es capaz de considerar y reconocer el mundo), ni como resultado de una necesidad. De ahí que, cuando el hombre reflexiona sobre sí mismo y sobre su misterio, puede entender, por una parte, que no es un producto ciego del azar y, por otra, que su puesto podía haber sido ocupado por ‘otros’ y no se sabe por qué le ha tocado precisamente a él. De este modo se encuentra siempre ante una pregunta llena de estupor (staunen).”

Las grandes metas conseguidas en las ciencias positivas constituyen en sí mismas medios para favorecer y facilitar la vida. Si la razón se ofusca y su obcecación confunde lo que son medios, en fines, las ciencias de la vida se convierten automáticamente en ciencias de la muerte, porque se revelan contra su propio autor: se revelan contra el hombre.

Como corolario de lo dicho deseo enfatizar que el gran reto, el desafío de las ciencias en los umbrales del año 2.000, está en que el hombre vuelva a sus raíces, en que se redescubra. En que el único ser racional, capaz de preguntarse quién soy, de dónde vengo, a dónde voy,…dé con la simple respuesta válida. El hombre no es únicamente fruto de leyes biológicas, sino de la voluntad creadora de Dios. El hombre ha sido creado por Dios, a su imagen y semejanza, con la misión de darle gloria.

Para tomar real dimensión de estos acontecimientos científicos en el campo de la Ingeniería Genética, creemos necesario recordar brevemente los tipos de reproducción existentes en la naturaleza.

Existen en el mundo vivo dos procedimientos de reproducción presentes tanto en el Reino Vegetal como en el Animal, con características específicas bien diferenciadas: el asexual y el sexual.

La reproducción asexual parte de un sólo individuo, del cual se desprende una porción que se transforma en un nuevo ser semejante a su progenitor.

La reproducción sexual, en cambio, se basa en la producción de dos células especializadas, llamadas gametos, procedentes de dos progenitores sexualmente distintos, pero de la misma especie.

Las células reproductoras o gametos son producidas, tanto en animales como en vegetales, en unos órganos sexuales que en los animales se llaman gónadas. Existen por tanto, gónadas masculinas -testículos- y gónadas femeninas u ovarios; suponiendo la posesión de unas u otras el carácter sexual primario que diferencia a los individuos de una misma especie.

La fecundación es el proceso biológico en el cual se unen dos gametos de sexo diferente, pero de una misma especie, para dar lugar a una única célula llamada célula huevo o cigoto.

En la reproducción sexual humana, desde el comienzo de la historia de la humanidad, dos gametos diferentes se unen para dar lugar al cigoto. Sin embargo, en la Naturaleza se presentan determinados casos en que una sola célula sexual por sí misma es capaz de generar un nuevo individuo. Es un caso especial de generación sexual en la que hay producción de gametos, pero no fecundación. En las especies animales en que se da este fenómeno llamado partenogénesis, un óvulo virgen, sin colaboración alguna del espermatozoide, da lugar a todo el proceso embrionario hasta culminar con un nuevo ser semejante a su único progenitor. En unos casos, estos óvulos son diploides, por no haberse realizado previamente la meiosis, y se desarrollan en un individuo también diploide; en otros, los óvulos sin fecundar son haploides, y el producto de su desarrollo es un animal haploide.

Es suficientemente conocido que no existe naturalmente en los mamíferos y por ende en el hombre, pero los experimentos de clonación marcan el camino de acceso a ella.

La producción experimental de embriones de seres superiores partenogenéticos se obtiene por actuación singular del óvulo, con ayuda de agentes físicos y químicos. Los ovocitos secundarios pueden duplicarse a diploides con compuestos como la citocalasina, y entonces son homocigóticos; también es factible fusionar dos ovocitos haploides para dar el diploide, con lo que se accedería a formar heterocigóticos. Si el núcleo procede de una célula somática de macho o de hembra se alcanzan embriones partenogenéticos de las clases androgenéticos y ginogenéticos, respectivamente.

Entre los inconvenientes básicos destacan los conectados con la disminución del pool genético, con sus inevitables uniformidad y empobrecimiento por pérdida de variedad de la especie. Los abusos en este terreno tienden a ser desmesurados, más aún si se llegan a romper las barreras entre la especie humana y la animal. Es recomendable a todas luces la prevención. El ir de menos a más es una cuestión de tiempo.
Desde el punto de vista moral, la objeción contra la obtención de seres humanos por clonación y partenogénesis son de una fuerza tal que, hasta para los más tolerantes, este intervencionismo genético es injustificable.

Desde el ordenamiento por Watson y Crick en 1953, del DNA, hasta la fecha, los avances en el campo de la Ingeniería Genética han sido grandes aunque no todo lo espectaculares que se pensaba que pudieran ser, ésto, hasta la clonación de Dolly, es decir, de un mamífero superior, y hace pocos meses atrás de Polly - previa translocación a su DNA de genes humanos.

Cuando Pincus y colaboradores comenzaron a llevar adelante sus experiencias con píldoras anticonceptivas, se inicia una nueva era de sexo sin concepción. Ahora nos enfrentamos, gracias a la procreación artificial -FIV-, a una concepción sin sexo, y a través de la clonación estaríamos incursionando en una reproducción no sólo asexual sino que también agámica.

En rigor de justicia, si el adentrarnos en el tema de la clonación es hacer referencia a un tipo especial de reproducción en los reinos vegetal y animal excluyendo hasta ahora al hombre, pocas consideraciones éticas caben hacer. Pero algunas conforman un peso mayor al imaginado, como aquellas vinculadas con la necesidad de mantener un razonable equilibrio en nuestro ecosistema.

Quisiera mencionar algunas de las causales que la mass media nos sugiere cuando les y nos preguntamos el porqué de la clonación en humanos. En un interesante trabajo que sobre clonación publicara en Medicina y Etica del pasado año Marta T. Michele y colaboradores, encontramos una serie ordenada de razones esgrimidas habitualmente, con el fin de justificar esta técnica:

1. el deseo de continuidad, perpetuación de la excelencia u otros similares, violando el principio de identidad del ser humano;
2. la clonación como fuente de órganos y tejidos de recambio;
3. como apoyo a las técnicas de reproducción asistida;
4. como facilitadora del diagnóstico genético, como lo sugirieran en 1993 Hall y Stillman en el Georgetown Washington Medical Center;
5. y como inspiradora de ciencia ficción.

Decíamos días atrás en la Academia Pontificia para la Vida, que muy distinta es la responsabilidad que asume el científico ante este nuevo “hacer” de la vida humana naciente. La manipulación del ovocito fecundado es contraria a la dignidad humana, como lo son la selección, el congelamiento y la fabricación de embriones a partir de gametas humanas.

Aquí aportamos una nueva circunstancia que también vulnera la dignidad de la persona humana. Decía R. Colombo en una conferencia que diera en la Pontificia Universidad Católica Argentina, el pasado año: “Ya desde algunos años se practica sobre los embriones humanos obtenidos in vitro, en previsión de una transferencia a las vías genitales femeninas, una forma de selección en la esperanza de transferir sólo aquellos que tengan una mayor probabilidad de supervivencia, de implante y de desarrollo intrauterino. Selección practicada las más de las veces a través de criterios morfológicos o metabólicos. A estos últimos se ha agregado recientemente un ‘criterio genético (cariotípico y/o genotípico)’, disponible por la aplicación de las poderosas técnicas de la genética molecular: se trata de la llamada ‘diagnosis preimplante’.

He aquí por lo tanto, en manos de los embriólogos clínicos y de los médicos de la reproducción, una nueva y eficiente posibilidad de hacer nacer ‘individuos humanos cuidadosamente seleccionados’, eliminando con ‘precisión’ aquellos ‘defectuosos’ (eugenesia negativa) y favoreciendo el desarrollo de aquellos con características genéticas favorables y deseables (eugenesia positiva). Esto debería llevar, según los difusores de esta línea de conducta, a una extensión de las intervenciones de procreación asistida, mucho más allá de los casos de esterilidad de la pareja para los cuales habían sido inicialmente concebidos.”

Los científicos deberían recordar que las investigaciones podrán llevarse adelante teniendo en cuenta que los protocolos de las mismas estén naturalmente destinados a mejorar el bien común de la humanidad pasada, presente y futura; y se llevarán a cabo respetando las exigencias morales que hacen a las mismas.

Ya S.S. Pío XII, en un discurso dirigido al I Congreso Internacional de Histopatología del Sistema Nervioso, el 13 de septiembre de 1952, decía: “Sin duda, antes de autorizar en moral el empleo de nuevos métodos no puede exigirse que se excluya todo peligro, todo riesgo. Esto sobrepasa las posibilidades humanas, paralizaría toda investigación seria y repercutiría frecuentemente en detrimento del enfermo. La apreciación del peligro debe dejarse en estos casos al juicio del médico experimentado y competente. (…) Se objetará tal vez que las ideas desarrolladas aquí constituyen un obstáculo grave a la investigación y al trabajo científico. Sin embargo, los límites que hemos trazado no son, en definitiva, un obstáculo al progreso. En el campo de la medicina no ocurre de modo distinto que en los otros dominios de la investigación, de las tentativas y de las actividades humanas: las grandes exigencias morales obligan a la marea impetuosa del pensamiento y del querer humanos a deslizarse, como el agua de las montañas, por un lecho determinado; la contienen para acrecentar su eficacia y su utilidad; le sirven de dique para que no desborde y no cause estragos, que no podrían jamás ser recompensados por el bien aparente que persiguen.”

El tema de la clonación se actualiza en razón de los trabajos últimos que en el Roslin Institute de Edinburgo llevara adelante el Dr. I. Wilmut y su equipo sobre clonación en ovejas, publicado en la revista Nature.

Para quien está alejado de este sofisticado campo de investigación científica, llama poderosamente la atención el grado de desarrollo que muestra la manipulación no sólo a nivel embrional, sino también biomolecular. La posibilidad de modificar una microultraestructura representada por el núcleo de una célula nos hace pensar que el campo de desarrollo tecnológico, a la par que amplísimo, resulta impredecible.

El “material” con el cual se ha trabajado en el experimento llevado a cabo por Wilmut y su equipo pasó por varios estadios; es importante prestar atención a lo largo de su desarrollo a la manera en que se cosifica la vida, en este caso, la de un mamífero superior:

1°. Se extrajeron células de la mama de una oveja de cepa Finn Dorset y se las depositaron en un cultivo con baja concentración de nutrientes. De este modo, sometidas a privación, las células detienen el proceso de división y estimulan sus genes activos.
2°. Mientras , se extrae un huevo no fertilizado de una oveja de cepa inglesa de cara negra. Se succiona su núcleo (con su DNA), dejando una célula huevo vacía que contiene toda la maquinaria necesaria para producir un embrión.
3°. Se colocan ambas células una junto a la otra, y un impulso eléctrico provoca su fusión, como sucede con dos burbujas de jabón. Un segundo impulso imita el estallido de energía que se da en una fertilización natural, dando el salto a la división celular.
4°. Alrededor del sexto día, se implanta el embrión resultante en el útero de la otra oveja de cara negra.
5°. Luego del período de gestación , la oveja de cara negra da a luz a una oveja bebé de cepa Finn Dorset, que es genéticamente idéntica a su donante originaria.

Trasladar esta experimentación en animales al campo de la experimentación en el hombre, nos llama a reflexionar sobre la persona humana: ¿cuándo ha comenzado a ser?
Si lo humano tiene como componente esencial su corporeidad, entonces comienza a “ser” cuando ha iniciado el desarrollo de su propio cuerpo. Ahora bien, ¿cuándo ha comenzado el desarrollo de su propio cuerpo? Resulta indiscutible en la actualidad que el cuerpo se inicia en el momento de la fusión de los gametos, uno del padre y otro de la madre, dando como resultado un nuevo ser, es decir un hijo. Reiterando lo dicho, la vida comienza en el momento de la concepción; es decir, en el momento en que el espermatozoide penetra el óvulo, produciendo una nueva unidad como lo es el huevo fecundado llamado cigoto.

Creemos que el problema pasa por saber “si esa realidad humana en el sentido explicado es digna de un absoluto respeto e inviolabilidad desde el primer momento de su existencia” y a través de una unión normal entre un hombre y una mujer (E. López Azpitarte).

Los últimos acontecimientos en el ámbito de la experimentación en el hombre nos llaman a la reflexión: Hoy, clonamos la oveja… , mañana el pastor?.¿Es posible fotocopiar el alma?

La pregunta sobre la posibilidad de clonar humanos, nos pone una vez más frente a la difícil realidad de su contingencia.

El mito de la inmortalidad acompaña al hombre desde antiguo en su deseo de convertirse en Dios. La idea de poder reproducirse de modo idéntico para seguir viviendo después de la muerte por medio de su propio clon se hace posible, y suscita más pánico que esperanza. El mito se transforma en terror cuando de repente parece realizable, reeditando un nuevo Gilgamesh.

Todo el mundo se da cuenta de que , sin la muerte, la vida perdería todo sentido y se hundiría en un insoportable aburrimiento. ¿Qué sería ese otro yo que reproduciría mi imagen y silueta , pero que habría perdido la memoria, la experiencia y todo lo que constituye la conciencia? Otro yo que no sería yo. Indudablemente, se puede clonar un patrimonio genético, pero no una conciencia.

Para nosotros, el hombre es un ser único e irrepetible y al manipularlo no sólo se lo vulnera no respetando su dignidad sino que también se lo cosifica. La idea de la clonación es contraria a su naturaleza singular, es incompatible con la misma idea de persona que integra cuerpo y espíritu.

La ilicitud del clonaje humano es obvia. Lesiona, además de los principios éticos, el derecho de toda persona humana a que su propia identidad genética no haya sido elegida por nadie, sean cuales fueren los motivo de esa elección.

La Iglesia ha emitido una declaración acerca de la clonación, a través de la Pontificia Academia para la Vida; declaración que no cabe duda, marca un camino y fija las pautas desde el punto de vista moral sobre este tema.

Su texto no es muy extenso y se encuentra ordenado así: a) notas históricas; b) el hecho biológico; c) problemas éticos relacionados con la clonación humana; y d) ante los derechos del hombre y la libertad de investigación.

Consideramos oportuno destacar, por su relevancia, una observación que se hace en la mencionada declaración: “En el proceso de clonación se pervierten las relaciones fundamentales de la persona humana: la filiación, la consanguinidad, el parentesco y la paternidad o la maternidad. Una mujer puede ser hermana gemela de su madre, carecer de padre biológico y ser hija de su abuelo. Ya con la FIVET se produjo una confusión en el parentesco, pero con la clonación se llega a la ruptura total de estos vínculos”.
Y continúa la declaración de la Academia para la Vida, diciendo: ” Es preciso subrayar, una vez más, la diferencia que existe entre la concepción de la vida como don de amor y la visión del ser humano considerado como producto industrial.

Frenar el proyecto de la clonación humana es un compromiso moral que debe traducirse también en términos culturales, sociales y legislativos. En efecto, el progreso de la investigación científica es muy diferente de la aparición del despotismo cientificista, que hoy parece ocupar el lugar de las antiguas ideologías. En un régimen democrático y pluralista, la primera garantía con respecto a la libertad de cada uno se realiza en el respeto incondicional de la dignidad del hombre, en todas las fases de su vida y más allá de las dotes intelectuales o físicas de las que goza o de las que está privado. En la clonación humana no se da la condición que es necesaria para una verdadera convivencia: tratar al hombre siempre y en todos los casos como fin y como valor, y nunca como medio o simple objeto.”

Ciencia y técnica médica, especialmente en el progreso actual, estando ordenadas al hombre que es el artífice, o se alimentan en los valores de fondo y se ponen a su servicio o, de lo contrario se colocan contra el hombre. En efecto, sería contradictorio e incluso ilusorio reivindicar la neutralidad moral de la investigación científica y de sus aplicaciones. La medicina tiene como justificación el servicio a la vida, servicio este que no se limita a la corporeidad sino que se consolida y fundamenta cuando se contempla la dignidad de la persona humana en su conjunto.

Tanto la biotecnología de la reproducción como la de la clonación, deben converger hacia una medicina humanizada, hoy lamentablemente olvidada.
¿Cuál será entonces la máxima que nos guíe en el ejercicio de la misma?
No olvidemos que, más allá de los códigos de deontología, de las declaraciones de los organismos internacionales, y de las legislaciones existentes en los distintos países, “el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado (cf. Rom. 2, 14-16)”.

Decía S.S. Juan Pablo II en su discurso a la UNESCO el 2 de junio de 1980: “Los hombres de ciencia ayudarán realmente a la humanidad sólo si conservan el sentido de la trascendencia del hombre sobre el mundo y de Dios sobre el hombre”.

Al finalizar esta exposición, y como conclusión de la misma, hacemos nuestros los conceptos que virtiera la Profssa. Di Pietro en un trabajo titulado “¿De la clonación del animal a la clonación del hombre?”. En el mismo se destaca la preocupación de que el “pionero” experimento de clonación realizado por Wilmut pudiera repetirse sobre el hombre, ya que no existen aparentemente razones técnicas que impidieran su realización, aún cuando el mismo conlleva una serie de interrogantes vinculados con los valores éticos, como: su fin, su repercusión a nivel de nuestro ecosistema y los posibles daños que, directa o indirectamente, pudieran ocasionar al hombre. De esta manera se arroja una inquietante pregunta sobre el sentido y los límites de la investigación biomédica y sobre aquello que se ha definido -con justa razón- como el “delirio de omnipotencia” de tantos científicos.
Ya Esquilo expresaba dramáticamente medio milenio antes de la aparición de Cristo que “Cuando los dioses quieren destruir al hombre, primero lo vuelven loco”.

Matrimonio, Maternidad y SIDA



Introducción



Hace unos años se creía que la amenaza del SIDA afectaría solamente a los así llamados “grupos de riesgo”. Hoy día sabemos que ya no es así. Desgraciadamente, el fenómeno de esta “pandemia” se ha ido difundiendo rápidamente también entre personas ajenas a esos grupos. Además de las infecciones causadas por transfusiones o accidentes varios, se conocen ya muchos casos de trasmisión del HIV en la las relaciones matrimoniales y en la generación de los hijos.

Este hecho plantea múltiples problemas de orden humano, social y ético. Entre ellos están los que se refieren a la prevención del contagio de HIV dentro de la dinámica matrimonial y de la responsabilidad en la transmisión de la vida con el riesgo de transmitir también el virus.

Ante problemas tan agudos, se van presentando posturas a veces extremas, a veces demasiado simplificadoras y hasta engañosas. Es extrema la propuesta presentada por varios grupos en Estados Unidos de imponer a todas las parejas que piensan en el matrimonio el test de la sierpositividad; algunos piden incluso que en caso de resultado positivo en uno de los miembros de la pareja, el matrimonio sea prohibido o sea prohibida al menos la procreación. Es indebidamente simplificadora y hasta engañosa la tendencia a reducir todo el problema al uso del preservativo. Las personas, ya numerosas, que han quedado infectadas por culpa de esa “falsa seguridad” son un testimonio viviente (más aún, si existiera el vocablo, “muriente”) de esa realidad.

Conviene por tanto afrontar el tema con serenidad y con seriedad; sin extremismos y sin simplificaciones dañinas.

El fenómeno SIDA en el matrimonio y ante la maternidad



El fenómeno del SIDA se presenta como un problema poliédrico: descubrimos que no se reduce a los aspectos médicos, epidemiológicos, sanitarios, biológicos, etc. relacionados con el virus responsable de la enfermedad. Han sido también objeto de estudio otros elementos que entran en juego ante esta enfermedad, y que constituyen, en su conjunto, una fenomenología con características muy singulares.

Contrariamente a otras enfermedades o epidemias, el SIDA se ve acompañado de una serie de elementos psicológicos, sociológicos, culturales, éticos y hasta religiosos, que hacen de ella un caso del todo nuevo y singular. Aunque ha sido llamado “la peste del 2000″, parece más pertinente su comparación, no con la peste, sino con la lepra. La primera atacaba a todos indistintamente; la segunda afectaba solamente a quien, de algún modo, se exponía al contagio; ello mismo provocaba reacciones de repulsa y de segregación social en relación con los infectados. Algo parecido está sucediendo con el SIDA.

Sólo que aquí se añaden otros elementos propios. Se trata de una enfermedad que puede ser transmitida por contacto sexual, y más específicamente, a causa de comportamientos calificados normalmente como “irregulares” o “inmorales” (relaciones homosexuales, promiscuidad sexual, relaciones extramaritales, etc.). Este aspecto de la epidemia ha provocado, por una parte, una masiva y a veces morbosa atención al problema por parte de algunos medios de comunicación social, siempre atentos a lo que pueda “hacer noticia” (por más que se diga que nuestra cultura es una cultura “adulta y liberada” en relación con el sexo, los comunicadores y publicistas saben muy bien que el sexo, sobre todo cuando se aúna a lo “prohibido” o a-normal, sigue siendo siempre noticia fácil y llamativa; y lo saben explotar eficazmente; a veces obsesivamente). Por otra parte, ese aspecto ha llevado a ver frecuentemente al enfermo de SIDA como culpable de su propia situación y, según su comportamiento posterior, de contagiar a otros. Algunos han visto en el SIDA y en las necesarias medidas de prevención contra el virus, una amenaza a ciertas conquistas ideológicas que se creían intangibles: se ha reaccionado por ello con “virulencia” contra todo lo que pueda llevar a poner en tela de juicio las libertades comportamentales conquistadas en la así llamada “revolución sexual”.

Todo esto complica las cosas. Y complica también la vida matrimonial, cuando el SIDA se asoma con su silueta mortal y acusadora, en su intimidad. Una vida que debe ser realización y expresión de amor, en la que el lenguaje de la sexualidad explicita todo su significado de ternura, donación y apertura a la vida. La infección de HIV en uno de los esposos lo convierte en una amenaza para el otro; la expresión del amor a través del gesto de la sexualidad se transforma en una especie de atentado contra la vida; la maravilla de la maternidad comporta un riesgo serio de traer a este mundo a un ser condenado a muerte prematura.

La dinámica propia y natural de la vida matrimonial se ve necesariamente alterada, y en modo profundo, por la realidad del SIDA. Hay que tenerlo en cuenta al reflexionar sobre el modo en que convendría actuar en esa situación.

En el fondo, siempre que alguna circunstancia altera la dinámica de convivencia establecida entre personas, nos vemos obligados o a romper esa relación, o a “reinventarla” y reconstruirla teniendo en cuenta esa novedad y salvando lo más esencial e importante de la relación. Es dañino tratar de ignorar la nueva circunstancia; y es igualmente dañino buscar una solución parcial y superficial que en realidad destruya el núcleo más esencial y auténtico de la relación. Conviene, pues, buscar un comportamiento que logre salvar lo esencial de esa relación, los valores que más cuentan en ella; cuando logramos actuar así, podemos incluso reconstruir la relación a un nivel más profundo y genuino, y hasta más profundamente satisfactorio que el anterior a la aparición de esa circunstancia intrusa.

Por ello habrá que colocar la problemática específica que nos ocupa en el marco global del significado, la “naturaleza”, la dinámica propia y los valores específicos de esas realidades que llamamos matrimonio y maternidad.

Amor, responsabilidad y renuncia



El matrimonio no es una “S.L.”, una mera convivencia entre personas que tienen un interés o propósito común. La familia formada por el matrimonio no puede ser reducida a la definición dada por un organismo gubernamental de un país del norte de Europa: “un conjunto de personas que condividen la misma nevera”. El matrimonio es una asociación fundada en el amor.
Pero, Qué es amar? Amar es mucho más que querer. Quien ama a alguien no quiere, no desea simplemente algo del otro (sus ojos o sus piernas, su temperamento o su cuenta corriente). Quien ama quiere al otro en su integridad, tal cual es. Y no lo quiere como objeto de posesión; lo que quiere es la unión con él. El amor es, pues, unión, más aún, comunión. Y la comunión se realiza solamente a través de la donación. Entramos en comunión cuando yo me doy a ti, cuando me digo y te digo: ya no me pertenezco, vivo para ti, por eso vivo contigo. El amor es por tanto don de sí, y aceptación del otro como don.

Ahora bien, la donación que verdaderamente expresa el amor, es siempre una donación responsable. Quien ama, desea sincera y realmente el verdadero bien del otro. Cuando le dona algo, o le hace el don estable de sí mismo, no busca exclusivamente, ni primeramente, la expresión de sus propios sentimientos, sino el bien del otro.

Pero la responsabilidad de quien ama tiene como objeto también el propio bien. Primero, porque el amor verdadero, de comunión en la donación, no lleva a la pérdida de la propia identidad y de la responsabilidad que cada uno tiene de proteger el propio bien integral. El amor no es la fusión de dos personas en la pérdida de la individualidad de cada uno. Sólo quien se posee en su propia individualidad es capaz de darse al otro. Y en segundo lugar porque quien ama se ve a sí mismo como un bien para el otro; un bien que ha de cuidar en su integridad, precisamente para poderlo donar íntegro al ser amado.

Por todo esto, quien ama, si comprendiera que el don que desea ofrecer es o puede ser un mal para el otro o para sí mismo, sabe renunciar a ese deseo. Y es que el amor, finalmente, implica también la categoría de la renuncia . Una categoría inscrita en la realidad misma de la comunión y del don. Vivir en comunión a través de la donación de sí, es renunciar a algo de sí mismo para salir al encuentro del otro. El dinamismo del amor y de sus expresiones implica muchas veces el dinamismo de la renuncia a los propios deseos, gustos e intereses; y puede incluso implicar la renuncia a satisfacer los deseos del otro, cuando se comprende que no están de acuerdo con su verdadero e íntegro bien. Lo saben los padres que tienen que negarse a veces la satisfacción de dar algo a su hijo cuando están convencidos de que lo que pide no le conviene.

La sexualidad, expresión del amor



La realidad del SIDA afecta a toda la vida matrimonial, pero incide de modo especialmente directo y fuerte en esfera de la sexualidad y de sus expresiones dentro del matrimonio.. La relación sexual entre dos personas que se han dado mutuamente en toda la integridad de sus personas, es una expresión privilegiada del amor.

Por ello mismo, la vivencia de la sexualidad participa de las características del amor mismo, que acabamos de anotar. Para comprenderlo bien tenemos que recordar que no se trata solamente de impulsos, pasiones, sentimientos y sentidos. Sabemos que la sexualidad, en cuanto expresión de la corporeidad de la persona, es expresión de toda la persona. Es un lenguaje que significa y realiza la unión. No la mera unión de los cuerpos: la unión de las personas, que llamamos comunión. En la relación conyugal se plasma de modo singularmente intenso y significativo el dinamismo del don. En realidad, en ella sólo es posible recibir donándose; y sólo se puede uno donar recibiendo. La lógica del don llega a su culmen cuando la mutua donación de los esposos se traduce en la donación más radical que podemos hacer a un ser humano: el don de su misma existencia. Es el don de la vida ofrecido cuando, como decía un autor, dos se hacen uno solo para llegar a ser tres.

Por ello mismo, la vivencia de la sexualidad que es expresión auténtica del amor, en cuanto don, es también responsable en sentido pleno: busca sinceramente el verdadero bien del otro y está atenta también al propio bien integral; y no olvida tampoco la responsabilidad en relación con el nuevo ser humano que puede nacer de ese encuentro.

La relación sexual no es un mero movimiento físico o sentimental. Es un acto humano pleno, realizado con consciencia y libertad; entra por tanto en el ámbito de la responsabilidad. Soy responsable del acto y de las consecuencias que preveo en su realización.

Finalmente, también la sexualidad, como palabra del don responsable de sí mismo, lleva en sus entrañas la realidad de la renuncia. También ahí darse significa frecuentemente renunciar a algo de sí mismo. A veces hay que renunciar a los propios deseos para respetar al otro en su situación; a veces hay que renunciar en la propia situación para dar salir al encuentro del deseo del otro. A veces hay que renunciar juntos para evitar las previstas consecuencias negativas de la relación. también ahí, la renuncia que es consecuencia del amor lleva a la maduración del amor y a una más profunda realización de la misma de la sexualidad en cuanto dimensión de toda la persona, aún cuando se deba prescindir de su expresión conyugal.

La vida matrimonial ante el SIDA



Creo que estas reflexiones pueden ayudarnos a enfocar mejor el problema del comportamiento de los esposos en el caso de que uno de los dos sea seropositivo. Como decía al inicio, no debemos prescindir, al tratarlo, de la naturaleza, el significado y el dinamismo de la vida matrimonial y de la realidad de la maternidad.

Frecuentemente se quiere reducir el problema a invitar al uso correcto y constante del profiláctico. Por ello conviene analizar brevemente su grado de eficacia real y su incidencia en la vivencia de la sexualidad por parte de la pareja.

Eficacia real del profiláctico:



En los años sesenta, cuando apareció la píldora anticonceptiva, se realizó una campaña mundial de propaganda, para informar al público sobre la escasísima eficacia del preservativo como anticonceptivo. De hecho, sabemos por innumerables estudios que su índice de fracaso como barrera contra el embarazo, se sitúa entre el 9% y el 14%; o, según otros, entre el 9,8 y el 18,5 de acuerdo con el “índice de Pearl”. Una eficacia bajísima, que lo colocaba entre los medios que quienes fomentaban la anticoncepción solían desaconsejar tajantemente, si había razones serias para evitar un embarazo.
De pronto, al aparecer el SIDA con su terrible silueta de muerte, el preservativo se ha convertido en auténtico campeón, “altamente eficaz”, como dicen algunos reportes, frecuentemente sin especificar más datos.

Sin embargo, estudios recientes han vuelto a recordar la cruda realidad de su escasa eficacia en relación con la defensa contra el virus HIV. Se ha puesto de relieve, por ejemplo, los posibles errores en su uso, muy frecuentes entre personas todavía no “entrenadas”, como los adolescentes, además de la existencia de productos defectuosos o estropeados a causa de la temperatura, la exposición a los rayos del sol, el roce, o el uso de lubrificantes compuestos de aceite. Pero más preocupante todavía es la constatación de que el material del que están frabricados, el látex, no es del todo impermeable al virusN_5_.

Hay que tener en cuenta que el virus HIV es de un tamaño increíblemente pequeño: 0,1 micrón; es decir treinta veces más pequeño de la cabeza del espermatozoide (3 micrón). Varios análisis en laboratorio han mostrado que los test de impermeabilidad de los profilácticos, aún en los países en que se aplican con más rigor, no detectan perforaciones inferiores a 10 micrón. Introduciendo microesferas fluorescentes de polisterino del diámetro del HIV en preservativos ya aprobados como seguros, se ha visto que hay una pérdida de líquido entre 0,4 y 1,6 nanolitros que no había sido detectada con la prueba clásica del agua. Es decir que en un coito que durase unos 2 minutos, con una pérdida de 1 nanolitro al segundo podrían atravesar el profiláctico unas 12.000 unidades de virus (cuando bastaría 1 para poder infectar al partner).

Y no se trata de defectos o deterioros circunstanciales; se trata más bien de la misma configuración estructural de la goma de látex, formada a partir de la conjunción de minúsculas partículas (de 0,1 a 5 micrón). Esa unión de las pequeñas bolitas deja rugosidades y minúsculos canales. Lo reconoce claramente C. M. Roland, del “Naval Research Laboratory”, de Washington: “…visto al microscopio electrónico se descubren canales de un diámetro medio de unos 5 micrón, que atraviesan la pared de lado a lado. Esto significa una conexión directa entre el interior y el exterior del preservativo a través de un conducto 50 veces más grande que el virus (del HIV)”. Hay quien piensa que esta y otras clarísimas declaraciones realizadas por los mismos investigadores y productores de profilácticos, que han pasado casi de incógnita, se deben a la necesidad de protegerse contra posibles denuncias a causa de contagios sucedidos por culpa de la ineficacia de los profilácticos.

Por otro lado, se ha comenzado a realizar estudios estadísticos sobre el índice real de contagios entre parejas estables en los que uno de los miembros es seropositivo. Se han hecho de muy diversas formas y con diversas metodologías. Los más interesantes son los que analizan los índices de contagio comparando los matrimonios que han vivido en abstinencia sexual, los que han tenido relaciones sin protección, y los que los han tenido utilizando siempre el profiláctico. Entre las parejas que se han abstenido no ha habido ningún caso de contagio. Entre las que tienen relaciones no protegidas el índice de contagio es altísimo: 86%. Entre las que ha usado habitualmente el profiláctico el contagio se da en un índice muy parecido al ya conocido de embarazos con ese método anticonceptivo; hay estadísticas que presentan incluso un índice de contagio del 22%.

Estos datos asépticos nos deben hacer reflexionar, a la luz de lo que recordábamos antes sobre el sentido y el dinamismo del amor matrimonial. Para entender mejor de qué estamos hablando, tenemos que recordar que se trata de la posibilidad de contagiar al otro o contagiarse de una enfermedad que es hoy día altísimamente mortal; y de una muerte atroz. Cuando uno maneja un aparato eléctrico, si es de 12 volt. puede permitirse el lujo de manipularlo sin cuidado; si funciona a 220 volt. ya se hará más precavido; si se trata de alta tensión, de peligro de muerte, se abstiene totalmente de tocarlo cuando está encendido (a propósito: he visto muchas cabinas con este letrero: “atención: alta tensión, peligro de muerte”; nunca he visto una cabina en la que esté escrito: “si se acerca a tocar, sea responsable, use guantes”).
La conclusión, después de lo visto sobre el matrimonio y la maternidad, me parece más que obvia: el amor que es comunión, don de sí, don responsable de sí, pide evitar un comportamiento sexual que puede provocar la muerte de la persona amada o de sí mismo. Me parece por tanto totalmente inmoral pretender tener relaciones sexuales sin ninguna protección; pero me parece igualmente inmoral el uso de un instrumento que comporta un riesgo de muerte de un 20, o 15 o incluso 5 %.

Se suele anotar a este respecto que mientras se ve inmoral pedir al cónyuge la relación sexual cuando se es seropositivo, podría entenderse y aceptarse en cambio el acto del cónyuge que accede a la petición del seropositivo. Esto podría ser entendido como un acto sublime de amor, de sacrificio de sí mismo, que entraría en la categoría de esos actos que llamamos heroísmo por amor. Se puede entender esto si recordamos que la salud y la vida, que son bienes fundamentales de la persona, no son el bien supremo de la misma; y que ésta puede realizarse a sí misma, de modo extraordinario y sublime, en el don sacrificial de sí mismo (algo parecido al martirio por amor a otro o a un Ideal trascendente). Se suele hacer ver que podría darse una situación en la que se el esposo sano entendiera que la relación sexual es muy importante para el otro; que negarse podría ser visto por él como un rechazo humillante, etc.

Sin negar todo esto, considero que, si el amor matrimonial es de verdad lo que hemos recordado antes, el esposo sano debería tratar de hacer ver al otro que el amor es siempre don responsable; que no le rechaza a él, sino al virus que puede acabar con su vida, de la cual ambos son responsables. Más tajante debería ser esta postura si hubiera unos hijos a los que al menos uno de los dos deberían poder atender en su crecimiento y educación.

Igualmente, hay que recordar lo dicho a propósito de la renuncia en el amor, y concretamente en la vivencia de la sexualidad. La renuncia que implica la abstinencia sexual sería en este caso verdadera exigencia y expresión del amor. La renuncia vivida por amor hace crecer al individuo y a la pareja; y establece una relación que se sitúa en el nivel de lo que es más esencial del amor: purifica el don de sí mismo, en el respeto responsable de sí y del otro.

Todo esto habría que aplicarlo igualmente a la maternidad. Se habla hoy de “paternidad responsable”. Es una exigencia de esa responsabilidad evitar el riesgo muy alto de traer a este mundo una creatura infectada de esa enfermedad mortal.

Sentido anticonceptivo:



Aparte el riesgo de infección, el uso del profiláctico introduce en la vida matrimonial una distorsión del sentido mismo de la expresión sexual. Decía al inicio que cuando se introduce alguna circunstancia especial en la vida matrimonial, la pareja deberá reinventar su relación teniendo en cuenta la novedad introducida por aquélla. Y decía que en esa reconstrucción deberá tratar sobre todo de salvar lo esencial de la relación, aunque quizás tenga que renunciar a alguno de sus elementos, incluso importantes.

Si una pareja ha recurrido antes a la anticoncepción, difícilmente comprenderá ahora que se trata de una práctica que distorsiona la relación sexual como expresión de amor. Si en cambio ha sido ya antes consciente de esa realidad, debería evitar ahora introducir una práctica ya antes rechazada. De lo contrario, la presencia del virus HIV, además de atentar contra su integridad física provocará también el enrarecimiento psicológico y moral de su mutua relación de amor.

No es el caso de volver a considerar las razones que hacen ver en la anticoncepción una práctica contraria al sentido humano profundo de la donación sexual. Baste recordar aquí que la sexualidad humana no se reduce a una función biológica, como en los animales, sino que tiene un profundo significado antropológico, que resuena hondamente en cada individuo y en la pareja que se expresa mutuamente su propia ternura e intimidad.

La donación sexual viene a ser una expresión del lenguaje del cuerpo. Como todo lenguaje, esa expresión vehicula de modo objetivo la palabra de un don a la vez unitivo y procreativo. Dos esposos que se aman saben expresarse su amor de mil diversas maneras: un beso, una carta, un ramo de flores, una sonrisa, un silencio… Entre las muchas formas de decirse te quiero hay una del todo especial, la donación sexual, que lleva en su misma entraña, en su misma estructura y dinamismo, el sentido de la apertura procreadora hacia una nueva vida. Ese gesto está orientado por sí mismo, tanto en el ser humano como entre los animales, a la función procreadora. Entre los animales se da sólo como función; en el hombre conlleva también una significación. Los esposos saben que no todos sus actos sexuales realizarán la función procreadora; pero cuando buscan unirse eliminando voluntariamente esa función, distorsionan la realidad de su significación, corrompiendo con ello la verdad de esa expresión de amor, de gesto especial de unión que es una unión procreativa.

Algunos autores afirman que el uso del profiláctico como protección contra el HIV no puede ser considerado como práctica anticonceptiva. La finalidad de ese uso, dicen, no es la anticoncepción sino evitar el contagio; el efecto anticonceptivo es solamente un efecto secundario que sería aceptable teniendo en cuenta el clásico principio del doble efecto. Así se expresa por ejemplo S. Leone. Anoto solamente, a este propósito, que la aplicación del principio de doble efecto supone que la voluntad quiera obtener solamente el efecto bueno y que el negativo esté inevitablemente asociado, como el mismo Leone recuerda. Ahora bien, en el caso que nos ocupa, el efecto negativo (anticoncepción), no está inevitablemente asociado al efecto bueno (evitar el contagio), dado que hay otro modo de alcanzarlo, es decir la abstinencia (en el sentido de renuncia por amor que he presentado antes). Cuando el sujeto quiere realizar un acto que tiene un efecto considerado negativo en vista de un fin bueno, sabiendo que hay otro modo de alcanzar el mismo fin sin provocar el efecto negativo, significa que éste es aceptado por la voluntad del sujeto.

Conclusión



Según algunos, las conclusiones éticas que acabo de recordar son exageradas, demasiado radicales e impracticables. No me parece, sin embargo, que quien entienda y trate de vivir el verdadero amor matrimonial, no pueda entender y tratar de vivir sus más profundas exigencias; quien ama de veras, sabe respetar a la persona amada, se siente responsable de su vida y de su salud, y es capaz de hacer cualquier sacrificio por ella. Quien ama de veras, rechaza todo lo que pueda desfigurar el sentido genuino de su amor y de la expresión de ese amor a través del gesto sexual. No faltan parejas que logran vivir así su amor mutuo, en la abstinencia parcial o total, a causa de una enfermedad, de una necesidad imperiosa, como puede ser la de evitar el contagio de SIDA a la persona amada; y en esa renuncia, que es consecuencia y expresión del amor, encuentran la dicha que da el amor.

Aspectos éticos de la prevención del SIDA mediante preservativo



Desde el descubrimiento del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, SIDA (AIDS, en el acrónimo inglés) y su relación con el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (HIV), se han propuestos programas de prevención por parte de organismos nacionales e internacionales.

Un factor común en muchos de esos programas es promover el uso del preservativo en las relaciones sexuales para prevenir el contagio por HIV, que se transmite preferentemente por inoculación en sangre (instrumentos o sustancias infectadas por el virus) o por contagio por contacto sexual. De hecho, el SIDA se incluye entre las enfermedades de transmisión sexual (ETS). Analizaremos la eficacia del preservativo como profiláctico para, a la vista de los resultados, abordar los aspectos éticos de las campañas de prevención basadas principalmente en su uso como medio de evitar el creciente aumento de casos de esta enfermedad.

1. Eficacia del preservativo



No es fácil evaluar la eficacia preventiva del preservativo en la transmisión del HIV; son útiles, sin embargo, los conocimientos disponibles sobre su eficacia en otras circunstancias en las que se ha utilizado ampliamente, que aportan datos de valor para nuestro propósito. Estas situaciones son dos: evitar embarazos no deseados y la profilaxis de otras ETS.

a) Eficacia del preservativo como método anticonceptivo



El preservativo tiene un elevado número de fallos en la prevención de embarazos no deseados: si medimos el índice de fallos por el número de embarazos en parejas que lo utilizan durante un año, encontramos, según distintos estudios, fallos en un 3,6% [1], del 3% al 28% [2], el 14% [3], entre el 10% y el 15% [4]. Incluso se aprecian variaciones por edades: en menores de 25 años se llega al 17,9%, pero en mayores de esa edad desciende al 6,1% [5].

El índice medio de fallos del preservativo usado con finalidad anticonceptiva se mueve en torno al 10%. Para prevenir embarazos en adolescentes, el preservativo se muestra poco satisfactorio: en Inglaterra y Gales se registraron 85.000 embarazos de adolescentes en 1978. Tras 10 años de intensas campañas promoviendo el uso de anticonceptivos y preservativos, en 1988 se contabilizaron 100.000 embarazos de adolescentes; 15.000 más que al inicio de las campañas [6].

El preservativo, indudablemente, reduce la posibilidad de embarazo en cada contacto sexual, pero, si por presentarlo bajo la forma de “sexo seguro”, se incrementan los contactos sexuales, el número de embarazos, se aumenta cuantitativamente.

b) El preservativo en la prevención de ETS



El preservativo falla como método para evitar la transmisión de ETS distintas al SIDA ha sido estudiado ampliamente. Un informe de la OMS (Organización Mundial de la Salud) [7] revela que los usuarios del preservativo tienen dos tercios de posibilidades, respecto a quienes no lo utilizan, de evitar la transmisión de gonorrea, tricomoniasis, o infecciones por clamidias. Es decir, el preservativo proporciona una protección del 66%.

2. El preservativo como preventivo de la infección por HIV



Los datos indirectos citados nos acercan a la eficacia del preservativo en la prevención de la transmisión del SIDA, pero disponemos también de estudios específicos. Weller publicó en 1993, un estudio basado en los datos recogidos en la literatura científica hasta junio de 1990 sobre la eficacia del preservativo como profiláctico de la transmisión del SIDA por contacto heterosexual [8]. La conclusión de este trabajo es que el uso del preservativo reduce el riesgo de contagio del HIV en un 69%; es decir, el riesgo de contagio en relaciones heterosexuales preservadas sería del 31%. Estos datos concuerdan con los expresados en el citado informe de la OMS [7], que observa un riesgo relativo de contagio del HIV para los usuarios del preservativo del 0,4; es decir, en torno al 40%. El índice de prevención se sitúa, según estos trabajos, entre el 60% y el 70%.

Se han realizado estudios directos en parejas discordantes: aquellas en las que uno de sus miembros es portador del virus del SIDA y el otro no. Uno de ellos encuentra un 1,5% de personas/año contagiadas usando habitualmente el preservativos [9]. Fischl y col. [10] hicieron un seguimiento durante dos años de 10 parejas discordantes que utilizaban sistemáticamente el preservativo: se infectó un miembro sano (10%). Un estudio realizado por Laurian y col. [11] revisó 14 parejas discordantes, en las que el varón era hemofílico HIV positivo y usaban siempre preservativo. Aunque inicialmente no se halló evidencia de contagio en ningún miembro sano, el mismo grupo científico, con técnicas más sensibles, encontró, revisando 11 de aquellas parejas, que 3 mujeres se habían contagiado, es decir, prácticamente el 28% [12]. Estos estudios son menos fiables al trabajar con un número reducido de casos; de ahí que los porcentajes resulten tan dispares.

También se ha estudiado sobre el paso del HIV a través de los poros del látex [13],[14] y se ha comprobado paso de partículas de poliestireno de 110 nm de tamaño a través del látex en 29 de 89 preservativos, es decir, en el 33% [15]. Otra fuente de información procede de los métodos de control de calidad que realizan diversas instituciones sanitarias en USA: el estudio de 38.000 preservativos de 165 lotes diferentes puso de manifiesto escapes superiores a los permitidos en el país, que oscilaban, según los lotes, entre el 12% y 21% [16].

Estos trabajos, en su conjunto, indican que los preservativos de látex pueden reducir, pero no eliminar, el riesgo de transmisión del virus del SIDA.

3. Aspectos éticos de la promoción del preservativo como profiláctico del SIDA



A la vista de los datos, resulta claro que el preservativo preserva, pero no es seguro. El preservativo no ofrece el llamado “sexo seguro” ni como anticonceptivo ni para prevenir ETS; tampoco para evitar el contagio del SIDA. Disminuye la posibilidad de contagio, pero el índice de “fallos” se sitúa, como media entre el 15% y el 30%. Es decir, el nivel de protección que ofrece está entre en 70% y 85%.

El SIDA aún es una enfermedad incurable de pronóstico fatal, aunque la calidad de vida y la supervivencia han mejorado de la mano de las terapias combinadas. Nos planteamos si es éticamente aceptable una campaña preventiva que presente el preservativo como el método de elección para evitar el contagio por HIV.

A la vista de estos datos, no puede ofrecerse el preservativo como “la solución al problema” de la transmisión del SIDA por contacto sexual. Hay una falsificación de la evidencia científica, que nunca ha identificado “preservativo” con “sexo seguro”. Por eso, “el mejor consejo para evitar la transmisión del SIDA es abstenerse de las relaciones sexuales, y para aquellos con riesgo de infectarse, seguir una relación monógama con una pareja sana” [17], ya que “el uso del condón en las relaciones sexuales reduce pero no elimina totalmente el riesgo de transmisión del SIDA” [18].

Por todo esto, entendemos que no es éticamente admisible una campaña de prevención del SIDA basada sobre todo en la promoción del preservativo. Aquí podríamos hacer una comparación que parece clara: en toda Europa y gran parte del continente Americano, la publicidad de tabaco está restringida y es obligatorio indicar que “perjudica seriamente a la salud”. La indicación aparece obligatoriamente en todos los anuncios y en todas las cajetillas. En algunos países, como EEUU, incluso, la advertencia resulta mucho más severa, pues taxativamente se afirma que fumar “produce cáncer”. No se entiende por qué las autoridades sanitarias no avisan con la misma contundencia que el preservativo tiene un alto índice de fallos en la prevención de una enfermedad mortal. Tampoco se alcanza a comprender por qué no se inserta en los envases de preservativos una leyenda similar a: “el uso del preservativo disminuye pero no elimina el riesgo de contraer o contagiar el SIDA”. Eso mismo debería decirse claramente en todas las campañas de prevención.

Cabría también analizar la ética de los comportamientos respecto al SIDA por parte de los enfermos o de los que, sin padecer la enfermedad, son VIH positivos y, en consecuencia, portadores y potenciales transmisores del virus, pero ese sería objeto de otro trabajo.





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