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Apología de Sócrates Pensamiento platónico - Monografía



 
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Filosofía griega. Pensamiento platónico. Defensa postulados socráticos



Resumen Argumental



Atenienses, más que un bello discurso, una gran retórica, de mí sólo oiréis la verdad, así que atended a mis palabras y actos y no a la pobreza de mi exposición   no les seguiré el juego compitiendo con frases redondeadas, ni con bellos discursos escrupulosamente estructurados como es propio de los de su calaña […] porque estoy tan seguro de la verdad de lo que digo, que tengo bastante con decir lo justa, dígalo como lo diga  Mis acusadores han dado una extraña mentira, os recomiendan de poneros en guardia con el poder de mi elocuencia, de mi arte de hablar, pero les voy a contradecir con la realidad de mi defensa a no ser que entiendan por elocuencia decir la verdad. Entonces, si soy orador, pero al modo de ellos. Vais a oír la verdad, no bellas ni adornadas, ni premeditadas frases hechas, que no serían adecuadas para mi edad, ni a mi experiencia, todo y que sea la primera vez que acontezca ante este jurado. El deber del juez consiste en atender a la rectitud de las palabras del acusado, y éste, en este caso yo, debo decir la verdad.
Yo pretendo distinguir entre las dos acusaciones, la vieja y la legal. Los viejos acusadores, Anitos y los suyos, han creado una imagen falsa en vuestras mentes, consistente en un Sócrates que es un sabio físico ocupado de las cosas celestes y subterráneas y un Sócrates sofista que transforma en fuerte el argumento más débil.
Ante esta vieja acusación tengo más problemas a la hora de defenderme que ante la legal, pues puedo afirmar que los viejos acusadores, más temidos que los actuales, hacen creer a los oyentes que yo puedo ser un impío que no creo en los dioses, la duración de su acusación a lo largo de los tiempos hace que aquellos que eran niños y jóvenes cuando lo escucharon, hoy permanecen aquí. Pero esta acusación debe ser la primera que debo defenderme todo y que es difícil pero
yo debo obedecer la ley y hacer mi defensa

Si Sócrates hace lo que aquellos que le juzgan, los sofistas, hacen, grandes discursos redondeados con bellas palabras está poniéndose donde ellos quieren, haciendo aquello que ellos hacen, comportándose como ellos. Estos para poder así convencer a los jueces no utilizan la verdad o las palabras sino discursos falsos pero embellecidos, Sócrates tiene tal convencimiento en su verdad que no piensa darles el gusto de verle hacer aquello que ellos hacen, lo justo es lo que hará que se confirme que él tiene la razón, sin importar las maneras o los discursos. Sócrates cree en su palabra y su verdad para hacerles ver que tiene razón, no cree en la forma de decirlo. La verdad debe sostenerse por si misma sin ayuda de formas o enunciados, aquello que es verdadero no necesita de otras cosas.

Lo mío es obedecer a la ley y abogar por la causa. Reformulo la vieja acusación para llegar a entender las razones que hacen que yo esté aquí, ese Sócrates del cual se acusa y que es presentado en la comedia de Aristófanes. En primer caso de temas físicos no entiendo, simplemente son ajenos a mí y atestiguo que nadie oyó jamas oírme conversar sobre ellos y continuando con mi supuesto “sofismo” me deben perdonar porque no enseño ni cobro por ello. Otros recorren jóvenes y van por las ciudades dan lecciones a jóvenes recibiendo amistad y retribución salarial de estos de profesión honorable, destaco a Gorgias o Pródicos, pero yo estoy lejos de poseer esa capacidad.
Y os preguntaréis estas tergiversaciones de este Sócrates sabio, ¿de dónde han nacido? Escuchad primero la razón de la sabiduría que me asignáis, de ser sabio lo soy en sabiduría humana, no de esa otra sobrehumana, o difícil de calificar, de Gorgías y compañía ya que poseo al dios délfico de testigo.  Conocéis sin duda a Querofonte, amigo mío desde la juventud, compañero de mucho de los presentes, hombre democrático […] le preguntó al oráculo si había en el mundo alguien más sabio que yo y la pitonisa respondió que no había otro superior
Me propuse investigar el enigma del dios, ya que no soy sabio ni poco ni mucho.
Cuando fui conocedor de esta opinión del oráculo sobre mí empecé a reflexionar: ¿Qué quiere decir realmente dios? ¿Qué significa este enigma? Porque yo sé muy bien que sabio no lo soy, ¿a qué viene, pues, el proclamar que lo soy? Y que él no miente, no sólo es cierto, sino que incluso las leyes del cielo se lo permitirían

Sócrates sabe que la ley está totalmente en desacuerdo con su causa, que a partir de aquello que es su causa va a recibir por parte de la ley un castigo. Él sabe que al aceptar la ley, una ley individual para cada individuo, significa que al romperla debes pagar por ello, una ley claramente vinculante. Sócrates asume que su causa acabará de manera trágica (con su muerte) pero al haber aceptado a su polis, también tiene el derecho de aceptar las leyes que la rigen.

En Delfos, ciudad de la antigua Grecia se encontraba el famoso oráculo de Delfos, en honor al dios Apolo. En él se formulaba un consejo o profecía expresada por un oficiante, el cual efectuaba la consulta, estos eran tanto ciudadanos particulares como oficiales públicos. Los sacerdotes délficos desarrollaron un complicado ritual en el que la sacerdotisa principal llamada Pitia daba unas señales que eran interpretadas por los sacerdotes,  estas manifestaciones eran consideradas las palabras de Apolo y el oráculo. Según la literatura griega el oráculo nunca se equivocaba, de forma que las personas al saber su destino, porque en el fondo lo que el oráculo hacia era dar el destino de las personas, intentaban cambiarlo, intentaban demostrar que el oráculo se equivocaba ya que al saber su destino perdían su vida. Sócrates como un hombre más pretende vivir con dignidad, demostrar que su destino no es ese.
Visité en primer lugar a un político pero aunque parecía sabio no lo era, yo se lo intenté demostrar pero se enojó de forma que llegué a la conclusión que éramos ignorantes, pero con mi ventaja; yo reconozco que lo soy. Después de entrevistar a varios políticos advertí que aunque lo parecían eran los menos sabios.
Después entrevisté a poetas, a los que a partir de sus poemas les pregunté el significado, estos eran mejores críticos que los autores de los poemas pero que no componía en virtud del saber, sino por ciertas dotes naturales y por inspiración divina, creían ser sabios a parte de en la poesía en otras cuestiones. Los artesanos a diferencia de los anteriores sabían cosas que yo desconocía pero eran engreídos y creían ser muy sabios en otras, tal como los poetas, lo que me llevó a pensar que mi estado era mejor que el suyo, sin su sabiduría pero sin su ignorancia.
Las consecuencias de mi investigación dieron frutos en enemistades, prejuicios y fama de sabio aunque el único sabio de verdad es el dios del oráculo  entre vosotros es el más sabio, ¡oh hombres!, aquél que como Sócrates a caído en la cuenta de que en verdad su sabiduría no es nada. Investigo, en el sentido del dios, si alguno de los ciudadanos o forasteros es sabio. A causa de esta tarea no he tenido tiempo de realizar otra de interés par la ciudad; me encuentro en una gran pobreza olvidado de familia y trabajo.
Indirectamente muchos jóvenes, hijos de ricos, me acompañan, se divierten con mi examen y me imitan llegando a límites de que los examinados por ellos se irritan con ellos y conmigo, de ahí la fama de que corrompo a los jóvenes.

Sócrates es el único ignorante de su sabiduría es Sócrates, de forma que es el único sabio, el no se da cuenta que esto lo sabe el oráculo, el dios que mediante el oráculo ha dicho al mundo que es el más listo y sabio, Sócrates no ve que su sabiduría no radica en saber hacer cosas o conocer historias o estudios sino en saber que la sabiduría no está en él, pero la sabiduría que los hombres consideramos, aquella sabiduría hipócrita de creerse conocedor de cosas pero en verdad no tener ni idea de ellas. De esta manera el se extraña que aquel oráculo que habla a los hombres le considere sabio, Sócrates se extraña ya que sabe que el dios no miente y éste no permitiría mentir al oráculo.

Como el punto afirma, Sócrates es ignorante de su sabiduría por el simple hecho que es el único que sabe que no tiene ningún conocimiento. Los hombres tenemos cierta tendencia a creernos sabios porque tenemos unos conocimientos en unos campos y creemos tenerlos en todos, aquel que sabe que no es sabio, que su mente no abarca todos y cada unos de los conocimientos es el sabio. Él es consciente de su ignorancia mientras que los demás creen saberlo todo aunque en el fondo es al revés, la ignorancia de tu sabiduría te lleva a ser realmente sabio, en cambio el creer conocerlo todo a lo único que conduce es la ignorancia, al no conocimiento de las cosas.

Los difamadores me achacan lo que achacan a todos los filósofos- no pueden decir la verdad de lo que hago, pues quedarían en evidencia- de forma que utilizan los puntos de mi acusación, estos difamadores susceptibles, y numerosos son la razón de mi actual acusación legal.
Meleto representa a los poetas, Anito a los artesanos y  políticos y Licón a los oradores, difícilmente podré arrancar de vosotros una mala fama tan lentamente elaborada. Éstos, que capitaneados por Meleto, presentan una acusación legal en la alegan que delinco corrompiendo a los jóvenes y no creyendo en los dioses en los que la ciudad cree sino en otras divinidades nuevas.
Para negar todo esto pido entablar un diálogo con Meleto. Sócrates le induce a decir que todos los demás atenienses - sólo las leyes, sino todos, jueces, auditorio, consejeros y asambleístas -, hacen mejores a los jóvenes y que si sólo Sócrates los corrompe, esto va en contra toda analogía (por ejemplo; solo un cuidador de caballos los mejora).
Esto prueba, Meleto, que jamás te has interesado por los jóvenes; no te has preocupado por aquello que ahora te lleva a acusarme, entonces por lo hablado, yo no corrompo a los jóvenes, o no voluntariamente como pretendes acusarme ya que si lo hiciera tal como dice mi corrupción redundaría en su propio daño y si lo hago involuntariamente debe ser corregido en privado y no procesado.
A propósito sobre la segunda acusación y la tercera debo refutar que estas se contradicen.
Sócrates fuerza a Meleto a reconocer que Sócrates es un ateo perfecto y no acepta la existencia de ningún dios; esta acusación sería apropiada a Anaxágoras, que enseñaba que el sol y la luna son piedras. Sócrates hace ver que introducir nuevos dioses es una contradicción. Meleto no es digno de crédito; se contradice en la acusación. Nadie cree en cosas propias de las divinidades sin creer en las divinidades, y los que creen en divinidades, creen en dioses.
Sócrates ha concluido su defensa contra al acusación legal presentada. El resto del tiempo concedido para la defensa lo dedica a justificar su nodo de vida y a hacer ver a los atenienses  que es beneficioso para la ciudad, y digno de ser seguido por los hombres. El peligro de condenase enraiza n en Meleto ni Anito, sino en la calumnia y envidia de muchas, causa de la condena de otros hombres buenos.
Justifico mi modo de vida que me ha llevado ala condena y al riesgo de morir pero por encima de todo riesgo de vivir y morir, está el obrar rectamente. Te equivocas completamente, amigo mío, si crees que un hombre con un mínimo de valentía debe antes estar preocupado por esos posibles riesgos de muerte antes que por la honradez de sus acciones, preocupándose sólo por si es fruto de un hombre justo o injusto   así como los héroes de Troya actuaron.
Yo a lo largo de mi vida he permanecido fiel a mi puesto, a aquellos que me enviasteis (Potidea, Anfípolis, Delión) y en el enviado por el dios ya que siguiendo al dios, vivo filosofando, examinándome a mí mismo y a los demás, sin abandonar mi puesto por temor a la muerte.
En efecto el temor a la muerte no es otra cosa que creerse sabio sin serlo; presumir saber algo que se desconoce. Pues nadie conoce qué sea la muerte, ni si en definitiva se trata del mayor de los bienes que pueden acaecer un humano
Quizá en esto me diferencio de otros hombres, en que sabiendo suficientemente las cosas del Hades(dios temible de la mitología griega), reconozco no saberlo y nunca temeré ni evitaré lo que no sé si es incluso un bien. Sé que es malo y vergonzoso cometer una injusticia y desobedecer al que es mejor, dios u hombre.
Este saber me lleva a no dudar de mi misión, si se me dejaran en libertad con la condición de no filosofar y de exhortaros, podría aceptarlo.
En cambio no dejaré de filosofar y de exhortaros para que encaminéis vuestra vida no a la riqueza, la fama y los honores, sino a la inteligencia, la verdad y el mejor bien del alma. Exhortaré a cualquier ciudadano o forastero a examinar su vida y adquirir la virtud.
Mi tarea es el mayor bien que el dios os ha enviado a la ciudad. Sacad provecho de i exhortación y pensad que si me condenáis a muerte no me dañareis a mí sino a vosotros porque mayor que le mal que me causáis a mí, es intentar condenar a muerte a un hombre injustamente, siendo yo el hombre adecuado, aquél que el dios ha colocado al servicio de la ciudad. No trato de hacer defensa en mi favor, sino en el vuestro, no sea que al condenarme cometáis un error respecto a la dádiva del dios para vosotros, el dios me ha colocado en la ciudad como un tábano que aguijonea a un caballo, grande y noble pero lento.

Un hombre debe hacer aquello que él mismo cree que es honrado, sin importarle si va a morir o no por hacerlo.  Si éste es valiente y cree hacer las cosas de forma honrada, a esta persona aquello que le ocurra no le debe robar el sueño, tanto si es la muerte como si es cualquier castigo, la honradez y las acciones justas no deben provocar el miedo de la persona, aunque al hacerlas reciba un castigo, que sería sin injustificado. Lo único que le debe preocupar es, si estas acciones son  propias de un hombre justo o injusto, si aquello que hace estuviese dentro de un marco de buena persona o en cambio en el de una mala, porque en este último caso si que merecería un castigo y toda la honradez y valentía no le servirían.

La muerte es algo que ni para los griegos de la época ni siquiera para los actuales hombres, con unos conocimientos más amplios, es totalmente fuera de nuestro alcance. Aquel que cree conocer el significado de muerte, saber lo que es, es aquél que más la teme porque no la conoce. La ignorancia de las cosas es lo que nos lleva a temerlas a tenerles un odio, aquellos que no conocen la muerte la temen pero en el fondo no sabemos si la muerte es lo mejor que nos puede pasar, si es un paraíso y después de toda una vida nos dan el mayor de nuestros regalos.  Como desconocemos la muerte no podemos temerla o saber si es un gran regalo.

Así, creo que he sido colocado sobres esta ciudad por orden del dios para teneros alerta y corregiros, sin dejar de encorajinar a nadie deambulando todo el día por calles y plazas
Esta tarea que realizo desde hace años me ha llevado a descuidar mis asuntos propios y bienes familiares, ocupándome de vuestras cosas, como un padre o hermano mayor. Y esto sin provecho personal y sin cobrar salario  alguno. Mi pobreza es testigo de lo que digo. Y a la vez  hay en mí algo divino y demoniaco, es una voz disuasiva, que se opone a que yo ejerza la política, creo que acertadamente, pues si me hubiera dedicado al a política ya habría muerto y no os habría sido útil. La intransigencia de la ciudad hace necesario que el que se dedique a luchar por la justicia, lo haga privada y no públicamente.
Sócrates recuerda dos actuaciones públicas de su vida en las que defendió la ley y la justicia sin temor a la muerte o a la cárcel: El juicio de los Arginusas y la detención de León de Salamina.
La muerte no me importa lo más mínimo, mientras que intentar no cometer acciones injustas para mí es lo más importante
Yo no he sido maestro de nadie, aunque algunos jóvenes me acompañan, porque les resulta intrigante ver como interrogo a los que presumen de sabios pero los que de hecho no lo son  . Para ellos es agradable observar el trabajo que me ha encomendado el dios y si así corrompo a lo s jóvenes, ellos o sus familiares pudiesen ahora ser testigos, contra mí.

El apodo asignado a Sócrates como el tábano se recalca en la manera de incordiar de él pero en verdad lo que debe hacer es despertarnos, hacernos ver que nos equivocamos, que no lo sabemos todo y que ni siquiera lo hacemos todo bien. Sócrates argumenta en su defensa que él nos ayuda y matarle significaría que aparecería otro hombre para enseñarnos nuestros fallos y darnos ánimos a la hora de actuar en la vida. Él debe ir por todos lo lados a decirnos que esta equivocación de nuestras vidas se basa en no pensar en nuestra alma, en la verdad y no en el dinero y todas aquellas cosas que nos ciegan de una vida digna. Dios le ha enviado a la ciudad a realizar el encargo de enseñar a los hombre a vivir la vida con la dignidad propia de la verdad, honradez.

Para un hombre justo, el dolor o la muerte no es nada si lo comparamos con cometer una injusticia, una injusticia que significa romper con todos tus ideales, romper contigo mismo, con aquello por lo que luchas y crees. Una acción injusta es un crimen, un crimen nada comparable a tu propia muerte, el dolor sentido en tu muerte no se podría medir con el que sentirías al     romper con aquello en lo que crees. Los ideales, aquello de lo cual nos regimos, conllevan una posibilidad de romperlos y cometer de esta manera un suicidio tuyo, de tu persona y de aquellos que confían en ti.
Romper con lo que crees es el mayor de la humillaciones que el hombre justo puede sufrir.

Pero ocurre todo lo contrario, están dispuesto ayudarme, incluso los no corrompidos, aquellos parientes mayores que ni siquiera tienen una razón para ayudarme, tan solo la recta y justa que les dice que Meleto miente y yo digo la verdad.
Sócrates no renuncia a su estilo de defensa basado en la razón y la persuasión ante lo justo. Renuncia a lo habitual en los juicios, la actitud suplicante o emotiva.
A pesar de ser un hombre, como los demás, y tener parientes, mujer e hijos, renuncios a que ellos intervengan en el juicio, no por arrogancia sino por considerarlo de una persona de mi edad, mi renombre y mi ciudad. No quiero que me ocurra lo que a otros que pierden el valor ante la muerte; un hecho vergonzoso, para la ciudad. Estos, vistos por extranjeros, son como mujeres. Nunca debéis caer en este ridículo, atenienses.
Renuncio también a suplicar a los jueces y salir absuelto por la súplica. Lo justo, en mi caso es informaros y persuadiros. Lo propio del juez es juzgar conforme a las leyes, por ello no puedo realizar actos que no sean buenos, justos, ni piadosos. Si se realizaran actos impíos, os estaría enseñando a creer que no hay dioses, y al intentar defenderme, me estaría acusando de que n creo en los dioses, dando razón ala acusación de impiedad de Meleto.
La primera votación a condenado a Sócrates por una diferencia de    votos y Meleto ha propuesto la pena de muerte. Como era habitual en los juicios, el acusado hace ahora su contrapropuesta.
He abandonado las cosas de las que la mayoría se preocupan: los negocios, la hacienda familiar, los mandos militares…  por considerar que mi utilidad par ala ciudad consistía en exhortar a los ciudadanos a ser los mejor posible y a pensar en el bien de la ciudad. Aun benefactor así de la ciudad, pobre y que necesita tener ocio para exhortaros, le corresponde en justicia ser mantenido en el Prítaneo. Estoy persuadido de que hago el bien, por eso pido un bien para mí. Quizá es difícil convencer de ello, porque el sistema judicial ateniense que permite decidir de un asunto tan grave, la muerte de un hombre, en un solo día no me concede suficiente tiempo para mi defensa, en tan poco tiempo, es difícil liberarse de las viejas calumnias. La prisión, o la multa que podáis imponerme será inalcanzable para mí porque yo no puedo pagarlo y el destierro no puedo aceptarlo.

Aquellos que eran entrevistados por Sócrates (recordamos que Sócrates buscaba alguien más sabio que él) todo y decir que lo conocían todo, eran claramente desmontados por él, mostrándoles que no eran nada sabios. Sócrates se extraña que las personas digan que son sabias pero que luego a la hora de decirte algo o de hacerles preguntas, aún y crean saber sobre su tema o especialidad y sobre todas las cosas, no sepan nada. Presumen, creen saberlo todo pero es fácilmente, que una persona que es ignorante en su sabiduría, se de cuenta de que no saben nada, porque aquel que sabe que él no puede saber lo todo le extraña que la gente lo sepa todo.
Si digo que obedecer al dios, creeréis si hablo prontamente; si digo que una vida sin examen no tiene objeto vivirla, tampoco me creeréis, este es la verdad pero no es fácil convenceros.
Mis amigos me piden que proponga treinta minas y que ellos saldrán fiadores, así que propongo esa cantidad.
La nueva votación ha condenado a muerte a Sócrates. Ochenta jueces han cambiado de opinión y han dado su voto adverso a Sócrates.
Este juicio os traerá la fama de ser culpables de un crimen: haber matado a un sabio; un hecho innecesario, pues mi edad es avanzada y la suerte hubiera llegado pronto de forma natural. No me han faltado las palabras para defenderme, pero sí la osadía y la desvergüenza para deciros lo que os hubiera gustado oír. Nunca he querido hacer nada innoble; ni me arrepiente de mi defensa, prefiero morir, habiéndome defendido de ese modo a vivir, habiéndolo hecho de otro. Yo he sido condenado a muerte po vosotros y éstos por la verdad han sido condenados culpables de perversidad e injusticia. Yo me atengo ami estimación, quizá era necesario que esto fuera así. Matando a gente no vais a impedir que os reproche, que no vivís rectamente. Lo más honrado no es reprimir a los demás, sino prepararse para ser lo mejor posible.
El espíritu divino en mí, mi conciencia, no me ha impulsado actuar de otra manera en el juicio porque la muerte aunque os parezca un mal, quizá no lo sea. Porque hay alternativas a la muerte ya que la muerte es la nada una total ausencia de sensación  o quizás es una migración pero si es una ganancia maravillosa una totalidad de tiempo y si fuera un entretenimiento estupendo, si fuera a encontrarme con los verdaderos jueces, seres extraordinarios con los que pudiera dialogar entonces moriría millones de veces porque tendría la total felicidad.
Debéis, estar llenos de esperanza respecto a la muerte tened en el ánimo esta sola verdad: no existe mal alguna para el hombre bueno; ni vivo, ni muerto; los dioses no se desentienden de sus dificultades. Lo que me ha sucedido es lo mejor para mí; morir y librarme de trabajos. Por eso no me irrito con los que me han condenado.  Cuando mis hijos leguen a ser mayores, atenienses, castigadles, como yo os he incordiado durante toda mi vida, si os parece que se preocupan más de buscar riquezas o negocios antes que de la virtud

La misión de Sócrates es hacerles ver a los hombres que no es el dinero o la política lo que importa en la vida, sino tener una vida honrada y justa. Pide aquellos que les ha enseñado que lo que importa en la vida es la virtud, que si sus hijos se parecen a ellos, que lo único que les importa es el dinero les castigo. Cabe resaltar que tal como le castigan a él por decir como vivir justamente, el les pide que castiguen a sus hijos si hacen como ellos, castigado pide a castigadores que castiguen por aquello que ellos hacen. Esta contradicción nos dice que Sócrates considera que cabe la posibilidad de que sus hijos sigan el camino de sus ejecutores pero cree que estos mismos han aprendido como vivir y serán capaces de  castigar a sus hijos.
Y no tengo nada más que decir. Ya es la hora de partir. Yo a morir vosotros a vivir. Entre vosotros y yo, ¿quién va a hacer mejor negocio?

Sócrates sabe desde el principio de su apología su final, la muerte, sabe que su viaje acaba allí, todo lo que tenía que decir, que no era más que la verdad, ya lo ha dicho, haciendo que aquellos que le culpaban se den cuenta de que tenía razón, Sócrates no cae en la trampa de ser como ellos, de seguirles la corriente y lo ha dicho con justicia y honradez. Él morirá y los otros vivirán y se pregunta como punto y final quién es el ganador, si él por morir con la verdad por delante y habiendo hecho lo que tenía que hacer, es decir lo justo como buen hombre justo o ellos que encima de darse cuenta que la verdad estaba en Sócrates y no en sus acusadores, saben que perder a este hombre significará equivocarse. En esta última pregunta se ve lo que Sócrates lleva todo el rato diciendo, que su perdida, su muerte no será una perdida para él sino para aquellos que le culpan y que no saben que él lo que hacía era mostrarles como han de vivir dignamente.

Autor:

Liliana Bara





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