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Amarna parte 1 - Monografía



 
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Egiptología. Historia Egipcia. Mundo Antiguo. Época amarniense. Egipto Medio. Dioses Egipcios. Amenofis IV. Akhenatón. Nefertiti. Amón. Faraones. Atón. Ra. Dinastía XVIII. Antiguas civilizaciones



INTRODUCCIÓN



Con este estudio pretendo acercar al lector a un tiempo oscuro, confuso y misterioso dentro del mundo egipcio. Es una época marcada y protagonizada por un personaje desconocido, del cual se han hecho miles de objeciones y conjeturas.
Si faraones como Ramses II, o Tutmosis III son fáciles de analizar por sus exitosas campañas militares, Amenofis IV o Akhenatón es el enigma del Imperio Nuevo, es la primera gran revolución religiosa, son los primeros conatos de monoteísmo en la Historia.
Unos le nombran inspirador de Moisés, otros le tachan de desequilibrado mental, de iluminado, de adelantado, todos los calificativos son aceptados. Lo cierto es que se conoce mucho menos de lo que se escribe.
Es todo un periodo, un modo de vida, un nuevo arte, una nueva época: la Amarniense.
Abandonada Tebas y el culto a Amón como dios principal, Akhenaton rinde homenaje a su verdadero padre: Atón.
Funda así TELL EL AMARNA O AKETATÓN.
Fue una construcción rápida, nacida con prisa, y finalmente abandonada y borrada para siempre de la memoria del Imperio. A partir de su caída, no será mencionada más, el nombre del faraón será borrado de los cartuchos reales, de los templos, de las estelas, olvidado, despreciado.
La dinastía XVIII acabará gobernada por la estirpe militar. Ay y Horemheb se encargarán de reestablecer el culto a Amón, de restituir a la bella Tebas, de utilizar un rey puente nacido de la propia familia amarniense: el célebre Tuthankamón quién sería protagonista indirecto del descubrimiento más importante de la arqueología, al llegar su tumba inviolada hasta nuestro tiempo.

Amarna que se extiende de 1350 a 1333 a.C, designa en la milenaria y rica historia egipcia tres elementos diferentes:

- A: un nuevo y revolucionario periodo religioso y por ende de gran trascendencia político-social en el Imperio Nuevo (dinastía XVIII)
- B: un periodo artístico, una nueva manera de vivir: la Época Amarniense
- C: un nuevo enclave urbano a orillas del Nilo: Tell el Amarna, construida para sustituir a la ciudad primigenia del desterrado dios Amón: Tebas.

En las siguientes páginas intentaré desbrozar basándome en estas tres premisas el conflictivo periodo amarniense, sin perder de vista la figura histórica  que dio a luz a la complicada época: Amenofis IV (Akhenatón)


Capítulo 1. Breve Historia del mundo egipcio:



La civilización del Egipto faraónico nació, floreció y murió en el curso de 3000 años.

manos de Octavio Augusto quien convertirá Egipto en Provincia Romana, pasando a ser el principal suministrador de trigo del incipiente Imperio en el año 30 a.C.

De estos treinta siglos destacan tres momentos culturalmente brillantes:

-Imperio Antiguo (2575-2134 a.C): es la época de la famosa IV dinastía que construirá las Pirámides de Gizeh.

-Imperio Medio (2040-1640 a.C): se caracteriza por ser un periodo de transición sin ninguna construcción destacable. Es el periodo de invasión de los hicsos.

-Imperio Nuevo (1550-1070 a.C)

- 1.1 El Imperio Nuevo:



Es esta última época la que analizaremos más detalladamente, ya que es el espacio temporal del periodo amarniense:

Podríamos definir el Imperio Nuevo, como la época de las grandes pretensiones militares, llegando a alcanzar Egipto un enorme prestigio internacional.

Los reinados del Imperio Nuevo, al igual que los dos anteriores, fueron divididos en dinastías por el sacerdote ptolemaico Manetón.

Son tres dinastías: XVIII (en la que está enmarcada la época amarniense); XIX (época esplendorosa ramésida); XX (inicio de decadencia del imperio a la muerte de Ramsés III)

- Dinastía XVIII:



La dinastía XVIII y el Imperio Nuevo, serán inaugurados por Ahmose con la expulsión de Egipto de los hicsos, pueblo asiático que llegó a dominar el norte del país, siendo sucedido por su hijo Amenofis I, el cual tuvo un corto reinado sin mucho que destacar.
Le sucede Tutmosis I, quién inicia una serie de exitosas campañas militares que llevan a Egipto a alcanzar la máxima extensión de su Imperio, llegando más allá de la 4ª catarata por el sur, y alcanzando el Éufrates hacia el norte.
Tutmosis II sustituye al guerrero faraón de forma efímera.
Será su muerte la que de paso a una lucha por el poder que ha trascendido las barreras del tiempo. Los protagonistas son los célebres Hatshepsut y Tutmosis III.
El sumo sacerdote Hapuseneb y el cortesano Senenmut apoyaron a la reina para que usurpase el poder al auténtico heredero Tutmosis III, quien era hijo de Tutmosis II y de una concubina.
Es este un momento de suma importancia, ya que por encima de la interesante lucha dinástica entre estos dos personajes, se detecta la gran influencia que el estamento sacerdotal de Amón tiene en la lucha política. Es un poder incipiente, que cada vez gana más fuerza. Es una mano en la sombra, que influirá en las acciones del faraón, es casi me atrevería a afirmar, un Golpe de Estado hecho por el clero tebano.
A la muerte de Hatshepsut, sube al poder Tutmosis III, quién inicia una serie de campañas militares, entre las que destaca la de Meggido, donde sometió a los sirios, adentrándose hasta el corazón mismo del poderoso reino de Mitanni. Es conocido en nuestros días por ello, como el Napoleón egipcio.
En el aspecto religioso, intentó contentar al clero de Amón ampliando sus dominios, pero a un mismo tiempo limitó su radio de acción nombrando sumos sacerdotes a gente de su círculo.
Luchó de forma obsesiva por borrar todo recuerdo de la reina, aunque sin éxito.
Tutmosis III fue sucedido por su hijo Amenofis II, quien continuó la activa labor militar de su belicoso padre.

A su muerte Tutmosis IV es investido como faraón, gobernando durante ocho años, destacando más en las relaciones diplomáticas que en las militares, o lo que es lo mismo, dedicándose más tiempo a la política interior que a la exterior.
Es esta una etapa de renacimiento de dominio del clero tebano. Los sacerdotes de Amón cada vez tienen más poder, pudiéndose afirmar según las pruebas, que controlaban ya un estado dentro del Estado:
Tenían el dominio de extensas fincas, eran dueños de numerosos siervos y esclavos, se ocupaban de la navegación, la manufactura, la explotación de minas, todo ello administrado y supervisado por una amplia burocracia.
Amón era ya el principal dios de Egipto.
Se empieza a detectar una lucha de poderes entre faraón y clero (Es este un marco que tendremos que tener muy en cuenta al valorar la época amarniense y a su protagonista Akhenatón)
El faraón intenta combatir esta fuerte presión del estamento sacerdotal tebano dando cada vez más importancia al clero de Heliópolis.
Tutmosis IV muere de forma inesperada, y es sucedido por Amenofis III (padre de Akhenatón) quién restablecerá a Amón y su sacerdocio como principal culto de Egipto.


- 1.2 Situación previa a la época amarniense:



El reinado de Amenofis III, se caracterizó por una ausencia casi total de conflictos externos.
Durante sus treinta y siete años de reinado, Tebas fue embellecida increíblemente, pasando de ser una ciudad de provincias, a un enorme complejo templario, rivalizando en gloria y prestigio con Menfis.
Su legado ha quedado inmortalizado en los mal llamados Colosos de Memnón y en las reformas de los templos de Luxor y Karnak.
Pero más allá de su labor constructora, nos interesa centrarnos en la situación político-religiosa que dejó a su muerte, ya que es este el caldo de cultivo que nos ayudará a comprender y analizar la labor de su sucesor, teniendo en cuenta que estamos ante el momento previo a la fase revolucionaria del Amarna.

-  Política exterior:



Amenofis III tiene a su mando un amplio imperio que se extiende desde las costas sirias hasta el Oronte, y desde Nubia hasta la 3ª catarata. Las buenas relaciones con Mitanni y Babilonia se mantienen.
No considera la violencia y la represión como un buen medio para mantener la paz en sus Estados. Ejerce un control ligero, dejando a los pueblos en libertad para practicar su religión y sus costumbres.
En este sentido es muy importante destacar la forma en que Amenofis III realiza su política exterior. Este estado de libertad religiosa trae implícito un verdadero intercambio de dioses, un encuentro respetuoso entre doctrinas, una convivencia teológica infrecuente en la historia, se puede decir que razas y creencias conviven sin enfrentarse.
Podríamos hablar por tanto de un Egipto cosmopolita, un clima del que bebió Amenofis IV y que pudo inspirarle para el nacimiento de la religión atoniana.
Es también un periodo de preocupación por el aumento de la potencia militar hitita, cuyo rey Subbiluliuma muestra un fuerte espíritu conquistador.
Los hititas invaden el país de Mitanni, fiel aliado de Egipto, como provocación de guerra, pero sorprendentemente Amenofis III, prefiere un acuerdo con Subbiluliuma, lo que hace que algunos de sus aliados le pierdan el respeto, pasándose a la protección del rey de Hatti.
Hay un cambio fundamental durante su reinado en la actitud hacia la guerra: El faraón ya no estará al frente de las tropas, sino que será un visir el encargado de dirigirlas. Se empiezan a atisbar muestras de decadencia en el extenso Imperio.

-  Política interior:



Dentro del país también se suceden los problemas.
Tebas es el gran centro espiritual y económico del país de las dos tierras, dejando muy atrás a las antiguas capitales: Menfis y Heliópolis.
Amón se ha convertido ya sin género de dudas en la deidad nacional. Su gran sacerdote dirige una casta sacerdotal fuertemente  jerarquizada en la que anida el deseo de poder.
Este clero dirigente posee bienes propios y riquezas considerables formadas por tierras, rebaños, materias primas, etcétera, etcétera, que son administrados por la anteriormente mencionada burocracia y por obreros y campesinos.
Las competencias de este clero sacerdotal ya no son solamente religiosas, sino que tienen una gran influencia política, como hemos analizado en el “Golpe de Estado” dado en el conflicto dinástico entre Hatshepsut y Tutmosis III.
Será esta la inestable situación que heredará Akhenatón, lo cual nos hace pensar que en su revolución pudo haber algo más que devoción religiosa.

Capítulo 2.Akhenatón. El gobierno del faraón hereje:



- 2.1 Coronación de Amenofis IV:



Representación de Akhenatón



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La figura de Akhenatón es fuente de conflictos entre los especialistas en la historia egipcia.
Es un personaje enigmático del que se han escrito ríos de tinta.
Generalmente es considerado como un hombre sumergido en una espiritualidad impropia de su época, lo que le incapacitó para resolver los complicados asuntos de tan poderoso estado.

Otras opiniones le definen como primer monoteísta de la historia, llegándose a afirmar que pudo inspirar a Moisés, que habría conocido la doctrina en el país del Nilo, llevando a los habiru al éxodo.
En otros casos simplemente se le define como un pésimo estadista, un personaje cuya ambición personal llevó al Imperio al desastre.
Las fechas para el reinado de Akhenatón, se extienden del 1350 hasta el 1333 a.C.
Su subida al trono despierta numerosas dudas, ya que no está nada claro si hubo periodo de corregencia entre su padre y él como era habitual en la época. Las pruebas son muy confusas.
Sabemos, eso sí, que Amenofis III murió en su trigesimoctavo año de reinado.
Las creencias político religiosas de Amenofis IV iban a cambiar el aspecto del mundo antiguo. Su devoción por la religión solar, aparece completamente desarrollada ya al principio de su reinado.
Cabe destacar un hecho ocurrido en los inicios de su mandato que parece oficializar el cambio. Este hecho es la celebración de la fiesta del Sed.

Esta especie de jubileo antiguo era celebrado oficialmente por los faraones transcurridos treinta años de reinado. Lo que se pretendía con esta fiesta ritual era la regeneración espiritual y física gracias a la energía transmitida por las divinidades.
Amenofis IV celebró su jubileo cuando sólo habían transcurrido cuatro años de su gobierno.
El estudio de los relieves ha revelado la existencia original en Karnak, de una serie de templos erigidos en el inicio de su reinado por el faraón y su esposa Nefertiti (cuya importancia en esta etapa merece un apartado individual en este capítulo) en honor de Atón. Eran construcciones a cielo abierto brillantes y ventiladas, en contraposición con los oscuros y apartados templos del culto a Amón.
No había en los templos de Atón una necesidad de imagen de culto puesto que el dios era visible constantemente durante las horas de luz solar.
Fue en uno de estos templos, donde el faraón celebró su solemne jubileo, bajo la simbólica protección de Atón, acompañado de la bella Nefertiti.

Algunas de las imágenes conservadas, nos muestran a la pareja real como representantes de las deidades Ra y Hathor.
La mayoría de especialistas coinciden en afirmar que fue éste el paso decisivo hacia la nueva fase religiosa. Sería este el momento público de ruptura con Amón y la ciudad de Tebas.
La adopción de esta nueva iconografía, vino seguida de una serie de cambios revolucionarios que trajeron consigo una transformación de la sociedad egipcia a todos los niveles. No solo cambió el culto religioso, cambió el lenguaje, la forma de vestir, y en general la forma de vivir.
En el sexto año de su reinado, el faraón cambia su nombre, pasando de Amenofis: el dios Amón está satisfecho a Akhenatón: aquel que es eficaz en nombre de Atón.
Estamos ante el inicio histórico de la “herejía de Akhenaton”.

- 2.2 ¿Nefertiti, reina faraón?



Famoso busto de Nefertiti, actualmente en el museo de Berlín
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Fue con gran probabilidad la reina madre Tiyi, la responsable de la elección de Nefertiti como esposa del faraón.
Según la ancestral tradición egipcia la esposa destinada a Amenofis IV, debería haber sido su hermana la princesa real Sat-Amón.
Tiyi, decidió por tanto que su hijo se casara con una mujer no perteneciente a la estirpe regia, pero, ¿De dónde salió esta bella reina?
Los orígenes de Nefertiti, son muy oscuros en la historiografía egipcia. Apenas sabemos nada de su aparición en escena.
La hipótesis más imperante en el actual momento, nos dice que habría sido hija de Ay, el hermano de la reina Tiyi, con lo cual si llevaría parte de sangre real en sus venas. Otras opiniones, basándose en la etimología de su nombre: “la bella ha venido”, y en la interpretación de un tratado diplomático de la época, nos hablan de una reina extranjera, que habría llegado a Egipto en tiempos de Amenofis III, como garante de pacto político con el rey de Mitanni, Dusratta, y cuyo auténtico nombre en origen habría sido Taduhepa.

A partir de aquí, los textos no vuelven a mencionarla, la princesa asiática desaparece de escena, lo que ha llevado a los egiptólogos a pensar, que habría cambiado su nombre, casándose con el hijo (Amenofis IV) en vez de con su padre.
Estos hechos enlazados con la vida religiosa de Nefertiti, de total apoyo a Atón, un dios considerado de origen asiático según estos mismos especialistas, daría una relativa credibilidad a esta teoría.
Si bien es cierto que no hay pruebas concluyentes en ninguno de los dos casos, si parece tener más aceptación la primera de las hipótesis. Además el origen asiático de Atón es muy improbable, ya que todos los indicios apuntan a pensar que es un dios primigenio de la cosmogonía egipcia.
Tenemos sin embargo muy bien documentada la intervención de Nefertiti en la vida pública egipcia, donde alcanzó límites inusuales, superando a su propia valedora Tiyi.
Nefertiti aparece representada en igualdad de condiciones que su esposo en la iconografía del periodo tanto en Amarna, como en Karnak.
Podemos decir sin miedo a caer en la exageración que Nefertiti alcanzó el mismo estatus que el faraón en la escala del poder real.
La reina, fue mucho más que una esposa y que una madre. Los estudios apuntan que fue, después de su marido, la principal responsable de la reforma religiosa amarniense.
En este sentido, junto a Hatshepsut y Tiyi, Nefertiti ha de ser incluida en el mismo grupo de reinas especiales que dejaron una profunda huella en su época.
Los artistas de Amarna reflejan perfectamente la felicidad de una pareja real, que vive  en comunión con su ideal sagrado.
En Karnak, se construye una avenida de esfinges que alterna la cara de Amenofis IV con la de Nefertiti, en los relieves amarnienses, se representa a la reina recibiendo directamente los rayos del sol, conduciendo un carro, manejando el cetro de poder, consagrando las ofrendas.
A la vista de todas estas pruebas, muchos egiptólogos, nos hablan de una Nefertiti que se comporta como un auténtico faraón, más cerca de Hatshepsut que de una reina tradicional egipcia.

Nefertiti ofrendadando a  Atón   


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Capítulo 3. Construcción y traslado a Amarna:



- 3.1 Emplazamiento y diferentes hipótesis de la creación del Amarna:



Es en el cuarto año de gobierno del futuro Akhenatón, cuando durante uno de sus viajes reales, se detiene en un lugar desértico del Egipto Medio, donde decide construir la nueva capital de su nuevo imperio ideológico: Amarna.
No parece que fuera una elección espontánea. El emplazamiento elegido para honrar a Atón estaba situado en la orilla occidental del Nilo, a unos 320 Km al sur de Menfis (capital administrativa del país) y a 400 Km al norte de Tebas (corazón religioso y económico desde el Imperio Medio). Este enclave supondrá un polo de equilibrio entre la capital sur, símbolo del Imperio Nuevo y la del norte, reserva espiritual de la esplendorosa época de las Pirámides.
Era una tierra virgen, en una zona sin habitantes, con una topografía idónea a sus ideas religiosas: sus escarpados acantilados permitirían renacer al sol cada mañana.
Además desde el punto de vista económico, estaba bien comunicada: era un cruce de caminos entre norte y sur del Imperio. Se situaba en una gran área del valle del Nilo que incluía extensos territorios de labranza en su sector oeste y territorios desérticos de forma plana en el sector este donde se construirían los edificios que formarían la ciudad.
Se han dado muchas hipótesis sobre los motivos que habrían llevado a Akhenatón a trasladarse a la nueva capital.
Casi todas ellas giran en torno al factor religioso como móvil de su construcción.
Sin embargo, para algunos especialistas en el tema, el estudio y desciframiento de las Estelas Fronterizas del Amarna, dejarían ver un fondo de justificación del faraón para el traslado.
Se ha detectado en esos textos una especie de desafío directo a la autoridad del rey dentro del Alto Egipto.
Sabemos por textos precedentes, que el faraón y el sacerdocio de Amón habían convivido en incómoda situación casi desde el inicio del Imperio Nuevo.
Contamos además con conspiraciones palaciegas y cortesanas bien documentadas, como nos lo muestra la muerte del posterior faraón Ramsés III, perteneciente a la XX Dinastía.
Cabría preguntarse por tanto: ¿Pudo haber sido una conspiración intramuros de palacio la causa para la decisión tomada por Akhenatón?. Es una hipótesis sin respuesta, una especulación tan válida e inválida como las otras.

Lo que sí parece una certeza en vista de los resultados posteriores es que para ese traslado, el faraón habría contado por un lado con la fuerte oposición del sacerdocio de Amón, y por otro con algún apoyo para llevar su incómoda idea a buen puerto.
Ese grupo de apoyo, bien pudo ser el ejército (con los dos factores en contra, no se entendería el éxito de la empresa), otro grupo de ayuda podría ser la nueva generación del séquito real. Para estos, el rey podría ser el ídolo del momento, ese hombre idealista nacido para cambiar las viejas estructuras.
Podríamos hablar ya entonces de una evidente fractura social.
Parece evidente que la elaboración del nuevo núcleo urbano, necesitó del gran esfuerzo económico de las arcas estatales.
Es fácil deducir por otros casos similares la suspensión de los trabajos de restauración en los edificios tebanos.
Escultores, pintores, grabadores, equipos de obreros especializados, se habrían volcado en la nueva construcción.
Esta inclinación económica, nos lleva a pensar en la creciente animadversión en el clero tebano.
Así, en el año 5 de su reinado, el faraón añade el epíteto “QUE VIVE DE MAAT” a su nombre. Los especialistas creen que el motivo de este añadido pudo ser para tranquilizar al pueblo y a la administración ante los desórdenes económicos y sociológicos producidos por la construcción.
Lo cierto es que la economía de Kemit (tierra negra; auténtico nombre en aquel momento del actual Egipto), no pasaba por su mejor momento.
La política de “regalos” de Amenofis III en Asia y las sustanciosas ofrendas que había realizado a Karnak, unidas a los primeros signos de agotamiento de las minas nubias habían debilitado las arcas estatales.

- 3.2 Construcción y fundación de una nueva capital: 



La construcción de la nueva ciudad se inició rápidamente. Era este un suceso totalmente nuevo para Egipto, era algo extraño para la época. Si se habían dado cambios de capitalidad, pero nunca antes se había construido una ciudad desde cero (curiosamente Ramsés II que intentaría borrar la memoria de Akhenatón haría algo parecido en el futuro con la creación de la ciudad de Pi-Ramsés, pero por razones geopolíticas y apoyándose en el clero de Amón)
La fuerza que desarrolló el trabajo es en gran parte anónima, aunque tenemos constancia de la participación de militares y de esclavos egipcios y extranjeros.
El sagrado Nilo dispensaba barro para los ladrillos y los numerosos acantilados y las canteras de la zona proporcionaban la piedra caliza.

Las fuentes hablan de gran rapidez en las obras. En sólo tres o cuatro años, el faraón pudo instalarse allí.
Los textos sitúan la fundación teológica de Amarna: el día decimotercero del cuarto mes del invierno del año 6 del reinado.
La inauguración de la ciudad debió ser entrañable. Las Estelas Fronterizas nos hablan de una celebración fastuosa.
Todos los grandes de palacio, de la corte, de su gobierno estaban allí presentes.
La duración del ritual pudo durar días, en los que el rey hace numerosos homenajes a Atón, ofreciéndole oficialmente su ciudad, elevándole a la misma categoría que tienen Ptah en Menfis o Amón en Tebas.
La velocidad en la construcción afectó a la calidad, ya que apenas se usó la piedra ni siquiera para los templos.
En su lugar, se usaron los ladrillos, sobre los que se hacían los magníficos grabados que embellecerían la nueva capital.
Los restos encontrados, permiten imaginar una ciudad magnífica, un oasis en el desierto, con regadíos artificiales inundando la capital de numerosos estanques y con amplias avenidas diseñadas ortogonalmente.
“Grande por su encanto, agradable a los ojos por su belleza”. En tales términos hablaba un ciudadano de Amarna, de la ciudad del dios Atón.
Sabemos con certeza que hacia el noveno año del reinado de Akhenatón, la nueva capital de Egipto, estaba ya construida en gran parte.
El rey había cumplido así con su padre celestial. El dios solar ya disponía de su propia casa.

Palacio Real
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- 3.3 Estructura urbanística de la ciudad:



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Desarrollo urbanístico de el Amarna:



El centro neurálgico de asentamiento era la Ciudad central (5)
allí estarían el Gran Templo, el PequeñoTemplo de Atón y los ajetreados barrios administrativos.

En el Barrio Norte (1), y Barrio Sur (6) se encontraban los núcleos residenciales, las necrópolis septentrional (3) y meridional(8), y el área de productividad agrícola (9)

El eje de la ciudad sería la llamada Vía Real (13), que iría de norte a sur.

Al oeste se situaba el sagrado Nilo (12)

Al este, en los escarpados acantilados, se construyeron las   tumbas de la familia real y de los nobles de Amarna (4)

La extensión de la ciudad, está indicada en las Estelas Fronterizas.
Alcanzaba una superficie de unos cien kilómetros cuadrados. De norte a sur tenía trece kilómetros de largo.
Los excavadores han detectado un barrio norte (1) y un barrio sur (6) cada uno con su suburbio.
Entre estos dos barrios se encontraba el centro de la ciudad (5), donde se erigieron el palacio y el templo principal.
Se estima que la población rozó los cuarenta mil habitantes. En palabras de Pendlebury “era la capital del mayor imperio del mundo”.

En sus calles se respiraba un ambiente cosmopolita: griegos, chipriotas, babilonios, judíos, había una auténtica convivencia étnica, unida a la propia población egipcia.
Era el centro neurálgico del imperio. Allí se tomaban todas las decisiones políticas del momento.
Era además una ciudad bien protegida militarmente.
El gran palacio del Amarna era según los datos un impresionante edificio, de casi trescientos metros de largo con una imponente fachada, cruzada por un puente, que llevaba a la casa de los reyes.
Tenía una cuidada decoración, rica en relieves de ofrendas a Atón, de columnas lotiformes, de pinturas murales en colores vivos; todo un homenaje al bello paisaje amarniense.
Los esplendorosos jardines lo rodeaban por completo.
Al norte de palacio, se encontraban los edificios administrativos, y sobre todo el gran templo de Atón.
Estaba rodeado de los distintos talleres necesitados para el culto, entre los que destacaban las panaderías.
En el barrio norte vivían comerciantes y pequeños funcionarios, siendo la zona más alegre de la capital, donde además estaba situado el palacio residencial real.
Se ha detectado allí la existencia de una especie de parque zoológico.
El barrio sur quedaba reservado para residencia de altos funcionarios, donde además trabajaban los escultores.
Allí se encontraba el templo de Maru-Atón (10) , configurado en torno a un paisaje teológico para alabar los favores del dios solar.
Estaban además en el sur los palacetes más destacados, los más bellos y refinados, rodeados por ricos jardines.
El pueblo de los trabajadores (7), formaba una especie de pueblo dentro de la ciudad. Eran un conjunto de callejuelas paralelas cortadas en ángulo recto.
Los estudios y excavaciones nos presentan una ciudad muy coherente, son un conjunto de pueblos que forman la capital. No hay zonas marginales, ricos y pobres vivían en ella mezclados.


Capítulo 4. Revolución Religiosa y Social:



- 4.1 Análisis teológico:



Los hechos históricos que han llegado a manos de los expertos nos han descubierto a un hombre que alteró el curso de la vida, costumbres y creencias de un pueblo fuertemente aferrado a sus antiguas tradiciones.
Este cambio tuvo su máxima expresión en el campo religioso, pasando del tradicional politeísmo histórico del milenario Imperio a un monoteísmo que chocaba de lleno con la poderosa clase sacerdotal e incluso con la gran parte de los ciudadanos de Egipto.
Esta revolución, en principio religiosa, tuvo su extensión en el ámbito militar.
Si bien es cierto que en líneas generales y en comparación con otros imperios de la época podemos tildar a Egipto de pueblo pacífico, no es menos cierto que estaba dotado de un altísimo orgullo patriótico, que se transformaba en violencia extrema cuando cualquier otro país pretendía reducir o cambiar sus fronteras territoriales. No en vano con este singular espíritu mitad pacífico, mitad belicoso, el milenario país de Kemit había pasado a tener el estatus de potencia dominadora del mundo que le rodeaba. Un dominio nada extraño si además tenemos en cuenta la diferencia cultural entre Egipto y sus países circundantes.
En este sentido la política inmovilista practicada por Akhenatón chocó frontalmente con el sentir general de su pueblo.
Esta política fue la causante de la pérdida de grandes territorios conquistados a sangre y sudor por los precedentes faraones del Imperio Nuevo en favor de sus ciudadanos.

Bien es cierto que el pueblo egipcio, dotado de unas raíces profundamente religiosas entendió relativamente bien el espíritu no beligerante de su rey. En otras palabras se puede afirmar que en otro pueblo sin un sustrato religioso tan arraigado en su génesis el faraón “hereje” hubiese tenido un reinado muy breve.
Pero vayamos por partes.
En el ámbito religioso es obligatorio aclarar que Atón no era un dios nuevo en el panteón egipcio, sino que existía desde el génesis teológico del país de las dos tierras. Su culto está perfectamente documentado doscientos años atrás bajo el mando de Thutmosis I.
Es más, a lo largo de toda la dinastía XVIII, se produjo una creciente preponderancia de los cultos dirigidos al sol, cuyas manifestaciones principales eran Ra, el halcón Horus y el dios Ra-Harajty, “Ra-Horus del Doble Horizonte”, hasta tal punto que el propio Amón, dios de la capital tebana, llegó a unirse al antiguo dios-Sol Ra de la ciudad de Heliópolis, formando por sincretismo la nueva entidad divina Amón-Ra.

Ante la evidencia de estos datos, debemos decir que lo que realmente hizo Akhenatón fue rescatar esta deidad desde el inicio de su reinado asociándolo gradualmente a su doctrina.
Con este motivo erigió en Karnak cuatro templos a la religión solar, en los que ya aparece el disco sagrado representado como el dios con el que el faraón se ha unido, siendo esta la primera promoción a Atón de la que tenemos constancia desde los inicios de su mandato.
Los antecedentes históricos hacen pensar que en principio en Egipto esto no debió suponer ningún cambio traumático, ya que era algo relativamente normal, si tenemos en cuenta que la religión egipcia nunca permaneció al margen de las distintas transformaciones que se habían producido en la ya larga trayectoria de su país.
La reforma religiosa de Akhenatón es de difícil análisis, aunque muchos expertos coinciden en afirmar que su idea principal era crear un culto más sencillo, con unos ropajes más fáciles de desnudar por su pueblo. Para ello eliminó los mitos y leyendas antiguos.
Sin embargo, parece que sus contemporáneos más que rechazar esa fe en un dios único, rechazaron que ese dios se fundiera en la figura de Akhenatón y por extensión en la de su esposa Nefertiti. Si al faraón le parecía impropio cualquier mito en su nueva doctrina, ¿por qué aceptaba convertirse él en la base angular de la nueva religión?, ¿no era ese el nacimiento de un nuevo mito?
Este cambio provocó un cisma religioso (con los motivos económicos consabidos como principal causa de encuentro) con el clero del ya desvirtuado Amón.

Cabe decir, que el faraón radicalizó su idea ante el rechazo tebano. La firmeza en su postura se transformó en la demolición de las imágenes de Amón, cuyo nombre fue borrado y cambiado por el de Atón.
Se cambia la forma de culto, pasándose del misterioso e “invisible” dios Amón que estaba oculto en su morada, al templo descubierto, donde Atón es un dios familiar, que se ve, que es tangible, que está al servicio práctico del pueblo.
Esto produjo un fuerte odio del clero tebano que es de suponer iniciara una auténtica “Guerra Fría” de la época.
“El rey lesionó forzosamente intereses individuales. Y si es cierto que prestó oído a malas palabras, lo hizo sin duda a conciencia, relegando a la sombra a dignatarios a los que juzgaba incapaces de cumplir sus funciones religiosas. “Así es como explica Christian Jacq ese fuerte desencuentro entre ambos bandos.
Lo que queda claro es que a partir de la fundación teológica de la nueva capital, el culto a Atón se convirtió en el más importante de Egipto, situándolo el rey por encima de todos los demás.
Es muy destacada la opinión del investigador Enel, para quién Akhenatón se equivocó al abrir las puertas del templo, al divulgar las enseñanzas secretas y proponer a todo el pueblo lo que solo debía ser conocido por algunos. En palabras suyas: “se comprenderá la ira que esta profanación tuvo que despertar entre los iniciados, que la consideraron como un sacrilegio, como una violación del sanctasanctórum de la enseñanza antigua.”
En contraposición tenemos la opinión de Schwaller de Lubicz quién no cree en el odio extremo del faraón hacia el clero tebano. Para él: “Akhenatón ejecutó el gesto necesario: borrar momentáneamente la expresión de los principios que debían dejar lugar a la función que él encarnaba, suprimir todo lo que concernía al culto representante de las funciones periclitadas.”

Lo que sí queda claro según el registro arqueológico es que el faraón, llevó a cabo estas prácticas en sitios estratégicos, sólo en algunos puntos neurálgicos.
Teniendo todas estas opiniones como hipótesis válidas, todas ellas con su parte de verdad, lo que es innegable es que en el Amarna existen numerosas huellas de un respeto hacia la religión ancestral.
Así está localizada una estela de un dignatario, en la que se ve aparecer el Atón, junto a Osiris-Sokaris y Jnum.
La duda sobre la persecución de imágenes antiguas por tanto persiste: ¿rito mágico-religioso, o destrucción fanática de poderosos símbolos susceptibles de rivalizar con el Dios único?.

- 4.2 Análisis político:



Para el análisis de la situación política del reinado de Akhenaton, contamos con un auténtico tesoro arqueológico de la época llamado: las Cartas de Amarna.
Este registro fue descubierto por casualidad por unos campesinos egipcios en 1887.
Gracias a estos textos, se han podido conocer las relaciones políticas entre Egipto y Oriente Próximo en ese tiempo.
Son unas 400 tablillas de arcilla grabadas en lengua acadia, que nos hablan de las relaciones diplomáticas desde el reinado de Amenofis III hasta el de Tutankamón.
En ese registro, hay textos tanto de reinos vasallos: Tiro, Sidón, Biblos, como de monarcas independientes de Estados que hablaban de igual a igual al faraón: Babilonia, Asiria, Mitanni, Hatti, Arzawa y Alashiya.
De su estudio se deduce que tras la muerte de Amenofis III, la equilibrada situación política que vivía Egipto con estas poderosas tierras gracias a la hábil política del faraón empieza a resquebrajarse.
Este declive, vendría como consecuencia del desinterés militar de Akhenatón, más centrado en su búsqueda espiritual y en las luchas internas con el clero de Amón.
En esta situación es fácil deducir que el polémico faraón tuviese a su potencia militar más centrada en el desorden interno que en el externo.
Esto explicaría las quejas recogidas en estas cartas por la negación de ayuda militar egipcia para con sus vasallos y aliados. En una de ellas Tushratta, rey de Mitanni, muestra a la reina Tiyi su disgusto por la falta de atención para con su reino por parte de Akhenatón.
Lo que es innegable, es que a la entronización del todavía por entonces Tutankatón, Egipto, atravesaba una grave crisis internacional.
Crisis que combatiría el futuro faraón Horemheb, el cual tuvo una destacada labor, ya que fue el constructor de la exitosa futura dinastía XIX, protagonizada por la línea ramésida, una estirpe militar que devolvió al Imperio a la gloria de los días en que Egipto dominaba el mundo afroasiático.





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