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Arqueología Parte 2 - Monografía



 
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5. Deir el Medina. Localización, planta e historia. Denominaciones del lugar en época faraónica.



Encajonada entre los contrafuertes de la colina tebana y la de Gurnet Murai, a 20 o 30 minutos a pie del Valle de los Reyes, se encuentra el poblado y la necrópolis de los trabajadores- especialistas de las tumbas reales tebanas durante el Reino Nuevo: Deir el- Medina. Esta fue la única ciudad de artesanos que se habitó durante un período de 450 años de forma más o menos continuada, desde comienzos de la dinastía XVIII a finales de la XX.

La ciudad fue denominada en la antigüedad Pa Demi, que significa simplemente “el poblado”. Actualmente recibe el nombre árabe de Deir el Medina, en relación al “Convento de la Ciudad”, monasterio copto emplazado en el yacimiento que desapareció en 1940. Este convento no era más que un edificio faraónico reedificado en época Ptolemaica que dio abrigo a los monjes coptos durante los siglos V y VI d.C. y localizado en un lugar próximo a la aldea.

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La fundación de Deir el- Medina se remonta a tiempos de Thutmes I, aunque algunos autores piensan que pudo ser su predecesor, Amenhotep I, el primer rey que agrupó a los artesanos.

Los primeros habitantes, de condición modesta, se asentaron en el poblado empujados por las perspectivas que les ofrecía el trabajo de preparación de las tumbas reales, arrastrando consigo sus creencias locales y agrupándose jerárquicamente.

El poblado tiene forma irregular y una extensión aproximada de 7.500 m2 (en época de mayor expansión). Estaba rodeado por una muralla que tenía al menos dos puertas: una (la más antigua) abierta al Norte y la otra al Oeste, antes de que se produjera la ampliación llevada a cabo por Horemheb. Se ha especulado respecto a la existencia, de otra puerta situada al Sur, en el eje de la calle principal, sin embargo es difícil averiguar la veracidad de esta suposición a causa de las restauraciones modernas.

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A la entrada, junto a la puerta Norte, se encontró un edificio alargado, de tres habitaciones, sujeto con cuatro pilares que se interpretó como un puesto de policía que servía para garantizar la seguridad del poblado y de sus habitantes.

La muralla protectora que circunvalaba la aldea medía casi 132 metros y tenía 6 o 7 metros de alto por más de un metro de grosor. En un primer momento fue construida en ladrillo pero en tiempos de Horemheb, se optó por la piedra. Las casas estaban adosadas directamente a la muralla.

El poblado estaba dividido por una calle principal, que discurría de Norte a Sur, y dos perpendiculares más pequeñas. La primera era la que separaba el poblado en dos: “la derecha y la izquierda”. Esto tenía que ver con las funciones que desempeñaban los habitantes. La parte oriental era la más grande, tenía 48 casas frente a las 26 del lado occidental. Además alojaba un número relativo de viviendas mayores ocupadas posiblemente por personajes directivos, aunque en Deir el Medina no se aprecian grandes diferencias en la disposición de las casas de unos y otros.

La población de la ciudad era muy variable dependiendo del reinado de cada faraón y de las necesidades de mano de obra por lo que en determinados momentos llegó a alcanzar una extensión considerable para un poblado de este tipo. Así la villa fue ampliándose progresivamente durante el Reino Nuevo hasta finales del reinado de Ramsés XI, detectándose un empobrecimiento progresivo no sólo de la ciudad sino también de la calidad de las tumbas reales tebanas, próximas al poblado, a causa del declive experimentado en Egipto en este momento.

Cuando Deir el- Medina comienza a ocuparse, la urbe se compone de una zona rectangular al noroeste (la más antigua) y una zona trapezoidal que va extendiéndose al Sur siguiendo el camino del Uadi. El núcleo principal pudo tener unas 20 casas, ampliándose posteriormente hacia el Norte y el Oeste. Las casas originales de adobe estaban orientadas E- O y carecían de cimientos, mientras que las siguientes (con Horemheb) se construyeron con basamentos en piedra, formando muros que terminaban en filas de ladrillo de adobe.

Durante los reinados de Hatshepsut a Amenhotep III se ha calculado que el poblado debió de tener unas 40 a 60 viviendas ampliándose a 53 con Horemheb y a 68 bajo Sethy I en un terreno que entonces medía 48 X 130 metros. Esto demuestra que la importancia de esta agrupación humana era cada vez mayor.

Bajo Thutmes III hubo que reforzar y ampliar la muralla al Norte, al Oeste y al Sur. El crecimiento de la población trajo en consecuencia que tuvieran que ser construidas otras viviendas para artesanos fuera de la villa y que se hiciera necesaria la instalación de puntos de recogida de agua en todo el valle, pozos que más tarde fueron acrecentados por Amenhotep III.

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Podemos destacar dos grandes épocas en relación a Deir el- Medina, significativas por las transformaciones supusieron:

Época Amariense: Parece que durante el mandato de Ajenatón y con el traslado de la corte a Amarna, la villa sufrió un semi- abandono y que parte del núcleo original fue destruido por un fuego. Tras la muerte de Ajenatón la ciudad volvió a habitarse produciéndose el retorno progresivo de sus moradores y obligando al rey Tut- anj- amon a hacer una pequeña ampliación hacia el Oeste.

Posteriormente Horemheb, en el año VII de su reinado, procede a la reorganización de la ciudad y comienza la ampliación más significativa. Ésta se extiende ahora hacia el S.O, sobre el muro de Thutmes III, debiendo construirse una nueva muralla. Horemheb, no sólo amplía el poblado, sino que también restaura las casas antiguas y crea la llamada “Institución y Equipo de la Tumba” ya que la complicación de los enterramientos reales en estos momentos y su compleja decoración, requiere un número más elevado de especialistas estables. A mayor población surgen nuevas necesidades y el cementerio de la ciudad también ha de organizarse para dar acogida a los nuevos moradores, transformándose las pequeñas tumbas individuales en bóvedas familiares.

Época Rameside: Seti I y su hijo Ramsés II son otros de los grandes monarcas que amplían la ciudad ya que las necesidades constructivas aumentan, floreciendo de forma espectacular. Tras Ramsés II ningún otro faraón hará obras importantes en la villa, es más, bajo su reinado se detecta su máxima expansión. Este rey añade casas fuera del recinto amurallado, obteniendo un poblado con unas 70 viviendas en el interior y 50 en el exterior, lo que supone una población aproximada de unos 400 habitantes por término medio, durante el período ramésida. Las viviendas ubicadas extramuros eran más modestas, por lo que parece que fueron ocupadas por personajes de más baja alcurnia que servían a los habitantes de la aldea.

A partir de este momento, la decadencia comienza hasta despoblarse completamente y de forma súbita a principios de la Dinastía XXI, según se desprende del gran número de objetos de uso común abandonados precipitadamente y hallados in situ. Posiblemente este abandono estuviera condicionado por la aparición de bandas de libios armados que amenazaban la integridad de sus moradores, los cuales posiblemente habrían optado por trasladarse a lugares más seguros, es decir, al abrigo de algunos Templos Funerarios que les ofrecieran su protección.

Las casas se encontraban alineadas con la entrada situada hacia la calle. Tenían una altura aproximada de 3 a 7 metros y una profundidad que variaba de los 10 a los 24,5 metros. Prácticamente todas tenían la misma disposición y el mismo tamaño excepto aquellas que habitaban personajes de escala social superior. Todas eran rectangulares, quizá con más de un piso y habitaciones situadas unas detrás de las otras. Tenían entre 40 y 120 m2 repartidos en cinco o seis espacios mucho más estrechos que anchos. Estas estancias se dividían en dos principales y tres o cuatro secundarias que variaban en tamaño según las condiciones de construcción de la vivienda y del espacio de que dispusieran.

La fachada estaba pintada en blanco, daba a la vía principal y en ella se encontraba el acceso a la vivienda. La primera estancia, de unos 8 a 24 m2, estaba pintada de blanco y dominada por un altar construido en ladrillo, al que se accedía por tres escalones. Aquí se colocaba una figura divina relacionada con la fertilidad y se quemaban granos de incienso en su honor. La habitación también estaba decorada y sobre sus muros se situaban algunas estelas pintadas, mesas de ofrendas y bustos para el culto a los ancestros.

Tras la primera dependencia, llegamos a otra aún mayor, la más grande de la casa: la sala principal. Estaba construida en un plano más elevado, es decir, al nivel de la calle y contaba con una o dos columnas de madera sobre basas de piedra que sujetaban el techo. En ellas estaba inscrito el nombre del personaje que la habitó. En uno de los lados, había un banco de piedra o de adobe. En esta sala podían estar representados Amenhotep I y Ahmose Nefertari, patronos del poblado. En el suelo se habían practicado una serie de agujeros que servían para sujetar los recipientes cerámicos y, sólo en las casas situadas al N- O también existía el acceso a una bodega donde podían guardarse los tesoros de la familia. El resto de las habitaciones (una o dos), si las había, eran de 3 a 6 m2 y servían como zonas de almacenaje o de dormitorio.

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La cocina se improvisaba en la calle o se instalaba al fondo de la casa, a cielo abierto, dependiendo del espacio que se dispusieran. Contaba con un almacén subterráneo para guardar el grano recibido como salario y un horno de pan.

En la casa existía una escalera por la que se accedía a la terraza. Esta escalera podía situarse indistintamente en la primera, segunda o tercera habitación.

Las puertas que separaban las habitaciones eran de color rojo, azul o amarillas (como las columnas y las ventanas) y en los dinteles y jambas de la puerta se inscribían con pintura roja, los textos que indicaban quienes eran los ocupantes de la casa. Las jambas y los dinteles podían ser de madera, de piedra o combinando ambos materiales.

El Templo de Horemheb: Horemheb construyó en el lugar que más tarde sería el Templo Ptolemaico de Hathor, un edificio religioso en ladrillo crudo. Después, entre los años V y IX de Ramsés II, el rey levantó un templo encomendado a Hathor, en piedra en su mayor parte, aunque también tenía elementos en ladrillo crudo, decorado y pintado, que a su vez había sido construido sobre una capilla de cofradía anterior, de la dinastía XVIII, y concretamente del reinado de Thutmes III. Finalmente se erigió el templo de Hathor y Maat levantado por orden de Ptolomeo IV Filopator.

Este templo está bien conservado. Tiene aún el muro de cerramiento en adobe, (Temenos) que delimitaba el espacio sagrado. Está formado por una entrada, un véstibulo, un pronaos, y tres capillas al fondo. En el pronaos está ubicada la escalera que sube a la terraza. Conserva la policromía original y los relieves están trabajados en el más puro estilo ptolemaico, es decir, pechos generosos, ombligos marcados y cuerpos ligeramente barrigudos.

El santuario fue utilizado en Época Copta (finales del siglo V d.C o comienzos del VI d.C) como monasterio, dedicado a Isidoro el Mártir y ocupado hasta el siglo VIII o IX d.C., momento en el que el lugar se abandonó.

La Necrópolis: Los artesanos de Deir el- Medina construyeron sus tumbas en las proximidades de la aldea. En ellas se aprecia la calidad, refinamiento y la riqueza creciente de estos hombres a lo largo del Reino Nuevo. Todavía hoy podemos observar muros pintados con vivos colores. Su trazado siguió un planteamiento concreto: el eje se alineó lo más próximo al templo funerario del rey a quien el difunto hubiera servido, en un acto de piedad y como instrumento de protección eficaz.

Las primeras tumbas excavadas en la necrópolis del poblado fueron pozos sin decoración, que evolucionaron hacia una tumba cada vez más compleja. Son de modestas dimensiones y de tipo semi- rupestre, policromadas con colores muy brillantes y con motivos muy bellos, siempre que el difunto tuviera medios para permitírselo.

El cementerio de Deir el Medina posee más de 450 tumbas sin decoración y 53 decoradas de las dinastías XIX y XX, situadas al Oeste de la aldea sobre la ladera de la montaña libia, donde se emplaza el cementerio principal. En él también se hallan un número importante de sepulturas de la dinastía XVIII, la mayor parte sin decorar, entremezcladas con los enterramientos de época ramésida. Muchas de estas tumbas fueron profanadas ya en la antigüedad con motivo, seguramente, de la gran superpoblación que habitó la zona.

Al Este de la ciudad, sobre la ladera de Gurnet Murai, en la parte más baja de la necrópolis y muy próxima al poblado, se encontró otro cementerio datado en la primera mitad del Reino Nuevo. Las tumbas más antiguas están excavadas directamente en la roca. En su interior encontramos una única inhumación. Los sepulcros son bastante humildes y los pozos más pobres corresponden siempre a la sepultura de fetos, enterrados de forma muy rudimentaria. Básicamente estamos hablando de tumbas de solo 2 ó 3 metros con una simple Cámara del Sarcófago. Ninguno de ellos contiene amuletos o joyería, tan solo uno o dos pequeños vasos con comida para el Más Allá.

Los primeros enterramientos son mucho más modestos y se aprecia la tendencia de los artesanos a enterrarse cada vez con un ajuar más completo. Para dejar patente su escala social, los obreros reflejaron sus ocupaciones en las tumbas con toda clase de detalle.

Arquitectura de las tumbas: Las sepulturas de este yacimiento tienen una superestructura en forma de capilla denominada “Tipo Nubio”, que podía ser de dos formas: construida o rupestre. En ambos casos estaban culminadas por una estructura piramidal hueca, coronada por una pieza monolítica (piramidion) de calcárea blanca. Este piramidion suele tener unos 50 cm., de alto y estaba ornamentado con motivos relacionados con el renacimiento del sol y la resurrección. Un poco más abajo, sobre la entrada, se colocaba un nicho que contenía una estela inscrita con un himno solar.

La entrada a la capilla estaba formada por un pequeño pílono que daba acceso a un patio. En él estaría el pozo vertical de unos 5 o 6 metros. Todo el recinto estaba rodeado por un muro (temenos).

Una capilla estaba formada por un breve pasillo con una entrada rectangular, una antecámara, un pasillo final y el Naos, que era la zona más sagrada. En toda la estructura se situaban estelas y mesas de ofrendas para el culto póstumo del difunto. Al fondo estaba la estatua del Ka del fallecido, aquella que debía de recibir las ofrendas de alimentos y bebidas necesarias para su sustento tras la muerte y una estela adosada directamente a la montaña, que simbolizaba la puerta de entrada al reino de Osiris.

Decoración de las tumbas: Solía estar decorada con hermosos relieves policromos, techo de ladrillo en forma de bóveda y cerrada por una puerta de madera. Es en esta dependencia se alojaban los restos mortales del difunto.

Observando las pinturas podemos ver claramente la evolución que sufre la decoración en las tumbas de Deir el- Medina; las primeras muestran los trazos de una escuela que todavía se halla en sus comienzos, que experimenta y avanza.

Los primeros sepulcros de Deir el Medina recogen en sus muros escenas de vida cotidiana y aquellas relacionadas con la ocupación del difunto, sobre todo en los de la dinastía XVIII. En ellos pueden admirarse las actividades que se desarrollaban sobre el Valle del Nilo.

Las tumbas del período ramésida guardan tratados puramente religiosos y reproducen pasajes del Libro de los Muertos o del Libro de las Puertas, separados por registros e inscritos en caracteres jeroglíficos.

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En Deir el- Medina encontramos tanto a los dioses del panteón, como escenas de los funerales, los ritos funerarios, pasajes relativos al viaje sagrado a la ciudad de Abidos o capítulos relacionados con los festivales de dioses adorados localmente en la ciudad. También es frecuente la presencia de Amenhotep I y Ahmose Nefetari, patronos de la ciudad.

El periodo que se manifiesta como más próspero en la villa es durante el fin de la dinastía XVIII a comienzos de la XX y se hace sentir en la calidad y riqueza de las pinturas murales de las tumbas. A partir de Ramsés III la decoración experimenta una gran decadencia y los sepulcros raramente se decoran, a excepción de algunos privilegiados.

La decoración está dispuesta sobre una capa de estuco, limo y paja y cubierta por pintura sobre la cual se realizaban los dibujos. Aunque lo ideal era que tanto las tumbas como las capillas se ornamentaran y policromaran, en la práctica se han encontrado más capillas ramésidas policromas que criptas, quizá por la dificultad y costo de los materiales.

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Ajuar: La cantidad de enseres en el interior de la tumba dependía de las posibilidades económicas del fallecido. Todo equipamiento fúnebre debía tener ciertos objetos básicos e imprescindibles: los Vasos Canopos y un conjunto de Ushebtis o respondedores, encargados de trabajar por el fallecido en los campos del Más Allá.

El ajuar también varió a lo largo de la historia y al final de la dinastía XX encontramos un mayor número de objetos. Precisamente en este momento es relativamente común encontrar un sarcófago más, una máscara funeraria, un cartonaje, que cubría la cara, y algo de joyería modesta.
A finales de la dinastía XX se observa en la necrópolis un empobrecimiento en la construcción. Las tumbas se hacen mucho más pequeñas y se reutiliza un número elevado de enterramientos anteriores.

Últimos días del poblado y la necrópolis: A partir del Tercer Período Intermedio la necrópolis de Deir el Medina se reutilizó sin ningún escrúpulo como lugar de sepultura de gente muy pobre que, al no poder permitirse una tumba propia, reutilizaba las del Reino Nuevo.

Así, del período romano, solamente se han encontrado en la ciudad algunos vestigios en el basamento de una de las casas. El último en construir en la zona, fue el famosísimo Julio Cesar que erigió un Iseum, monumento que marca la muerte del yacimiento. Sólo los coptos lo emplearon después como lugar de culto o de almacenaje, modificando sus estructuras para adecuarlas a las necesidades del momento, eliminando pistas valiosísimas que nos hubieran aportado una gran información de los hombres y mujeres que residieron el valle durante 450 años.

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Bibliografía:



- Historia del Antiguo Egipto. Grimal, Nicolás. Ed: Akal, 1996
- El Antiguo Egipto. Los grandes descubrimientos. Reeves, Nicholas. Ed: Crítica, 2001
- www.egipto.com
- www.artehistoria.com

6. Naturaleza de los documentos hallados en el archivo de Tell el Amarna.



El- Amarna (también llamado Tell El- Amarna), la antigua Ajet- Atón (”El Horizonte del Disco Solar”), fue la efímera capital de Egipto, la residencia real durante la mayor parte del reinado de Aj- en- Atón (Akhenaton) y el centro de la nueva religión estatal introducida en aquella época. Es una de las poquísimas ciudades egipcias que ha sido posible excavar en una amplia extensión. Su trazado y arquitectura se conocen perfectamente bien porque el sitio fue abandonado unos quince años después de su fundación con lo cual la ciudad se libró de la destrucción que comporta la habitación continuada.

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En 1987 se realizó un descubrimiento que aportó a Amarna una fama universal. Ya que según la tradición una campesina, rebuscando entre montones de escombro para encontrar sebakh, abono de nitrato, describió un depósito de cerca de 300 tablillas de arcilla escritas con signos cuneiformes en lo que ahora conocemos como “La Casa de Correspondencia del Faraón”. A pesar de las ventajas mágicas que se abren sobre el mundo del siglo XVI a.C., las Cartas de Amarna sólo muestran pequeños fragmentos de escenas históricas, además queda la sospecha de que las piezas más importantes han desaparecido.

Las Cartas de Amarna consisten en cerca de 350 tablillas de arcilla cocidas al sol, escritas con signos cuneiformes en un lenguaje que es en su mayor parte acadio o babilonio, la diplomática lingua franca del momento, que utilizan los grandes reyes y príncipes de Asia occidental. La mayoría de estos documentos son despachos enviados por los príncipes locales o gobernadores a la corte egipcia; pero hay también una o dos copias de cartas que le faraón enviaba a sus iguales.
La traducción de estas cartas ha planteado algunas dificultades ya que los escribas que las redactaron utilizaron un lenguaje que no era el propio, sino derivado de una primitiva forma de antiguo babilonio, modificado con innovaciones cananeas en su vocabulario, morfología y gramática y fosilizado por enseñanzas no reconocidas de una siguiente generación de jerga diplomática, ininteligible excepto para sus adeptos.

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Las dificultades de interpretación son tan grandes como lo problemas de traducción. En primer lugar, las tablillas han sobrevivido en una lamentable situación, sus márgenes en particular se han desmoronado y se han llevado con ellos muchas de las anotaciones que contenían los nombres de quienes las habían enviado y de los que las recibían.

Además los escribas cuneiformes no fechaban sus documentos, probablemente porque le sistema de calendario no existía; puede ser que en época de en la que la ciudad fue abandonada un número de ellas llevara fechas escritas en hierático por los métodos egipcios de las acotaciones en los márgenes, incluso algunas de ellas llevan caracteres de cuándo y dónde fueron recibidas, pero en condiciones tan fragmentarias que solo una se puede leer con seguridad (Kn.n.23).

Un tercer obstáculo supone el hecho de que sólo lo reyes de Mitanni, Babilonia y Asiria nombran al faraón con el que mantienen correspondencia empleando su nombre. Por su parte el rey de Alasiya dirige sus cartas a “el rey de Egipto” sin especificar a que faraón escribía. Excepto en dos ejemplos, los vasallos dirigían su correspondencia a “el rey de Egipto”, o por alguna de estas circunlocuciones como “Mi Dios”, “El Sol”, “Mi Padre”, “El Gran Rey”, “Mi Señor” y otros. Igualmente, en pocas copias que existen de despachos enviados por el faraón a sus vasallos, el que envía se refiere a sí mismo con el título de “El Rey” y no por el nombre.

Muchos investigadores argumentan que hay demasiadas pocas cartas en depósito, si se tiene en cuenta que los documentos pertenecen a unos diecisiete años del reinado de Akhenaton, así como probablemente a tres años del reinado de Tutankhamon y, además, incluye un número de fechados en el reinado de Amenofis III y recogidos para Akhenaton son el propósito de dar referencia. Por lo que estableciendo un mínimo de unos treinta años para la totalidad de la correspondencia, un total de 340 despachos es un número asombrosamente bajo.

A pesar de lo incompleto de este “dossier”, los investigadores no han cejado en intentar clasificar estas cartas en algún tipo de orden. El trabajo pionero fue hecho por e noruego Knudtzon y sus sucesores, durante los años 1907 al 1914, agrupándolas de acuerdo con su lugar de origen de norte a sur, intentando un orden cronológico dentro de cada grupo.

En años recientes se han realizado valiosos intentos por investigadores americanos y europeos, teniendo en cuenta los avances en la traducción de los documentos y considerando referencias internas que podrían ayudar a agrupar las cartas de cada uno de los remitentes en secuencias cronológicas y relacionar unos grupos con otros. Aunque aun permanece bajo la sombra de la duda, a falta de evidencias más seguras, si los archivos de Amarna podrán ser organizados en alguna clase de orden cronológico o si un estudio de los cartas de de os príncipes vasallos podrán dar resultados sólidos.

Todos los investigadores que han examinado el problema de la correspondencia de Amarna han aceptado sin cuestionarse que es un archivo efectivamente egipcio utilizado como una útil herramienta por el faraón y sus colaboradores, y el hecho de que estos documentos se hubieran abandonado tras haber sido utilizados da una idea del pánico y precipitación con que Akhenaton fue abandonada.

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Otros investigadores arguyen que lo que fue abandonado fue una colección de cartas no fechadas pertenecientes a reinados previos y sin ninguna utilidad para Tutankhamon, quien, cuando se marchó de Amarna, llevó con él la correspondencia. La existencia de una o dos cartas posiblemente fechadas en su reinado se atribuye un olvido.

Aunque probablemente, en el momento, en que los despachos cuneiformes fueran leídos y glosados por los mensajeros apropiados, serían traducidos para cualquier referente posterior y guardados en la casa de correspondencia del faraón. Era la traducción de los documentos egipcios la que era de una forma más conveniente y más transportables que las tablillas cuneiformes. Es seguro que las copias de correspondencia extranjera serían realzadas en rollos de papiro y cuidadosamente fechadas de acuerdo a los métodos de los escribas egipcios.

Son los documentos de esta clase los que serían consultados por los consejeros del rey, y cuando debían contestar a alguna se hacía mucho después de recibida. El proceso de traducción de las palabras del rey al acadio sería dejado a los funcionarios expertos en cuneiforme de la casa de correspondencia del faraón que procedían a escribir las cartas tan pronto como fueran traducidas.

Cuando la corte se marchó de Amarna se presentó una oportunidad única para deshacerse de estos restos, abandonándolas, para lo cual se hizo una apertura debajo de la oficina de documentos en la que estaban guardados. Las tablillas aquí depositadas responderían a la correspondencia recibida durante el periodo de ocupación de la ciudad, desde alrededor del año 6 de Akhenaton hasta poco después del año primero de Tutankhamon (doce años).

Lo que representan las tablillas cuneiformes es un sistema de comunicación que los egipcios dieron aceptar con resignación ya que por tradición era usado por los príncipes asiáticos, evidenciado por el hecho de que ni un simple trozo de tablilla cuneiforme ha sobrevivido dirigida a un comisionado egipcio.

Las cartas de miembros de la realeza extranjera, procedentes de Kadashman- Enlil I y Burnaburiash II de Babilonia, Ashuruballit I de Asiria, Tushratta de Mitanni; Tharkundaradu de Aszawa en el oeste de Asia Menor y Pupililiumas de Hatti, nos aportan un valiosa información ya que ningún gran soberano de Próximo Oriente deja de estar representado en este “dossier”, un hecho que apoya la creencia de que las cartas reales forman parte de un ejemplo estadístico, además de dirigirse al faraón nombrándolo, lo que nos a permitido reflejar que diez de estas cartas fueron recibidas por Amenofis III, un número igual por Akhenaton, una fue enviada a Tutankhamon y otra a la reina Tiya.

La totalidad del archivo de Amarna representa poco más de una década de la historia de las relaciones de Egipto con los países extranjeros desde los últimos años del reinado de Amenofis III hasta los primeros años del reinado de Tutankhamon.

Podemos observar aquí la selección de una de estas cartas en viadas por el rey de ¿Chipre? a Akhenaton:

“Cuando mi hermano, Nimmureya (Nebmaatra [es decir, Amenhotep III]), marchó a su destino, se me informó de ello. Cuando escuché lo que se me contaba, se prohibió cocinar nada en las cazuelas. Aquel día lloré y me quedé sentado. Aquel día no tomé ni comida ni agua. Me lamenté, diciendo: Muera yo también, o que mueran diez mil en mi país, y también en el de mi hermano, pero que mi hermano, a quien amo y me ama, siga vivo mientras existan el cielo y la tierra. Pero cuando me dijeron que Napjureya (Neferjeperura [es decir, Amenhotep IV/Ajenatón]), el hijo mayor de Nimmureya y Tiy, su principal esposa, está ejerciendo la realeza en su lugar, entonces hablé de esta manera: Nimmureya, mi hermano, no esta muerto. Napjureya, su hijo mayor, ejerce ahora la realeza en su lugar. Nada en absoluto va a cambiar de cómo era antes” Tushratta, rey de Mitanni.

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BIBLIOGRAFÍA:



- CYRIL ALDRED., Akhenaton.,Madrid, 1989.
- www.egiptomania.com
- www.institutuestudiosantiguas.com

7. Localiza en el tiempo y en el espacio la ciudad de Assur.



Assur es el nombre de la primera capital de Asiria, cuyas ruinas se hallan en las cercanías del actual enclave de Qalat Shergat, situado a unos 110 kilómetros al sur de Mosul (Irak).

Sus restos fueron excavados entre 1903 y 1914 por la misión alemana dirigida por el arquitecto y arqueólogo W. Andrae, quien pudo constatar la antigüedad del lugar así como sus distintas etapas urbanas. Diferentes excavaciones, más o menos esporádicas entre los años 1970 y 1980 llevadas a cabo por el Departamento de Antigüedades iraquí, han ido delimitando y descubriendo muchos de los restos de tal ciudad, que dominaba una llanura circundante, regada por el río Tigris - que le servía de vía de comunicación- y uno de sus canales.

El nombre de Assur (en acadio al Ashshur) le proviene del dios tutelar de la ciudad que daría también nombre al propio Imperio (Imperio asirio). Levantada en un pequeño promontorio existente en la confluencia del río Tigris y de un canal, adoptó por ello una planimetría triangular, que muy pronto se protegió con una línea de murallas simples en los sectores del río y del canal y por dobles murallas en el lado que quedaba libre.

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Los restos más antiguos (Templo arcaico de Enlil) datan de la mitad del tercer milenio a.C. y testimonian la presencia de gentes sumerias. Más tarde, al nomadear por aquella zona los semitas, una rama de los mismos, la de los asirios, con reyes que todavía “vivían en tiendas”, al decir de las propias fuentes asirias, dejaron aquel género de vida para asentarse definitivamente en tal paraje, de óptima posición geográfica. Al rey Kikkia se le atribuye la construcción de las primeras murallas hacia el 2300 a.C., pero fue con el rey Ilu- shuma (1915- 1890 a.C.) y sobre todo con Erishum I (1890- 1851 a.C.) y con Shamshi- Adad I (1813- 1781 a.C.) con quienes Assur alcanzó rango de gran capital, que mantuvo hasta aproximadamente el final del siglo XI a.C., momento en que la capital imperial se trasladó a Nínive.

Assur, que conoció obras de restauración llevadas a cabo por Sargón II (722- 705 a.C.) y por su hijo Senaquerib (704- 681 a.C.), acabó, sin embargo, siendo destruida por los medos en el año 612 a.C. al mismo tiempo que Nínive. En época parta (siglo II a.C.) aún revivió con el nombre de Libanae, pero desapareció durante la dominación romana (saqueo en el 116 por parte de Trajano).

Restos arqueológicos de interés.



En la actualidad quedan relativamente pocos elementos de interés, dado el tipo de material constructivo que se empleó en la creación de Assur (básicamente el adobe y el ladrillo). Gracias a las excavaciones, a la topografía del lugar y a los estudios efectuados deben reseñarse como elementos notables, en primer lugar, las tres puertas (Puerta Oriental, Puerta Assur, Puerta Shakalu), abiertas en la muralla simple que daba al canal, así como las dobles murallas que se abrían hacia la llanura (con las Puertas Gurgurri, Illat y Tisari) y que se protegieron con un foso de agua de casi 20 metros de anchura, que hace de la ciudad una verdadera isla o ciudad interior (libbi ali). Por debajo de ella, y también protegido con muralla y foso, estaba el muelle fluvial, en donde funcionaba el karum, verdadero centro neurálgico del comercio asirio.

En segundo lugar, el llamado “Palacio Viejo”, compleja construcción de planta ligeramente trapezoidal (110,50 por 112 por 98,30 por 98,10 metros), muy restaurada y alterada con el paso de los tiempos, que llegó a disponer de diez patios a cuyo alrededor se distribuían 162 estancias y cuyo subsuelo acabó siendo convertido en necrópolis real. Menor interés presentan el “Palacio Nuevo” - del que tan sólo ha llegado su extraordinaria terraza de adobes- , situado en el extremo nordeste de la ciudad y erigido por el rey Tukulti- Ninurta I (1244- 1207 a.C.); y el “Palacio del Príncipe real”, ubicado en el sector opuesto, a orillas del Tigris y en la actualidad hundido en sus aguas en buena parte.

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Más importantes que estas construcciones fueron las de tipo religioso (los documentos asirios hablan de la existencia de 39 templos en la ciudad de Assur), entre las cuales se puede citar el Templo de Assur (60 por 110 metros) - primeramente dedicado a Enlil y luego al dios imperial en época de Tukulti- Ninurta I- , levantado en el vértice de la misma confluencia del río Tigris y el canal, en el que destacaba su magnífica ziqqurratu con una planta de 60 por 60 metros. Un propíleo precedía al patio central, desde donde se llegaba a la antecella y a la cella. El templo dominaba una irregular plaza rodeada por una muralla, doble en el sector este y triple en el oeste.

Lo mismo cabe decir del Templo de Ishtar- Assur- itu, muy modificado durante toda la historia arquitectónica de la ciudad, con torres a los lados de su entrada y con dos cellae, una dedicada a la diosa Din- itu y otra a la Ishtar de Assur; del Templo doble, dedicado a los dioses Anu y Adad, con dos ziqqurratu de tan sólo 26 metros de lado, levantado en época de Assur- resha- ishi I (1132- 1115 a.C.); y del también Templo doble dedicado a los dioses Sin y Shamash (dios luna y el dios sol, respectivamente), levantado durante el reinado de Assur- nirari I (1548- 1522 a.C.) y alterado arquitectónicamente muchas veces. Este templo presentaba importantes novedades estructurales al proyectarse de acuerdo con una simetría absoluta en torno a un eje ideal y que se convertiría, según han apuntado algunos especialistas, en el prototipo de los templos asirios posteriores, sobre todo los del primer milenio precristiano.

Fuera de los muros de la ciudad, a unos 300 metros de distancia, en el sector noroeste, se ubicó la bit akitu del dios Assur, santuario porticado en el cual se celebraban las fiestas del Año Nuevo, de origen sumerio, pero centradas en Assur en torno a su dios políado. Fue construido por orden del gran rey Senaquerib, imitando en todos los aspectos el ritual de Babilonia.

W. Andrae también excavó la zona urbana no monumental, y reconoció los tipos de casas nobles - usualmente de dos pisos- y también las populares. Pudo con ello perfilar el urbanismo de las distintas fases históricas de la ciudad, muy complejo pues sus calles tenían un recorrido sinuoso y estrecho. Tales viviendas tenían como característica común un patio central rodeado en todos sus lados por diferentes estancias. Entre las construcciones que pertenecieron a personas particulares, aparecieron algunas de notabilísimo interés, entre ellas, la llamada “Casa roja de Assur” y la “Gran Casa”, formada ésta por una treintena de salas ordenadas en torno a diferentes patios.

Las excavaciones han puesto al descubierto en Assur más de 1.100 tumbas de variada tipología, que abarcan desde la época de Akkad hasta la época de los partos. Las mismas, por lo general de muy reducidas dimensiones (1,50 por 1 metro), estaban situadas en los subsuelos de las viviendas, de acuerdo con la costumbre oriental, y se accedía a ellas a través de una rampa de escaleras.

Mención especial merece un hipogeo, construido en parte con ladrillo, situado no lejos del Templo de Ishtar y que sirvió como tumba a dos sacerdotisas. En el mismo apareció un rico ajuar funerario (22 vasos de alabastro, cerámicas, marfiles, joyas y un sello de lapislázuli).

Además de numerosos objetos de la vida cotidiana, que hablan de un artesanado muy especializado, en la zona sur de la ciudad, se hallaron dos series de estelas, muy altas (casi de 5 metros) y sin decoración, pero con indicación onomástica. Pertenecieron a personajes de la realeza y a importantes funcionarios. La estela más antigua porta el nombre del rey Adad- nirari I y la más reciente el de Assur- Nasirpal II. El no haberse encontrado las mismas en un contexto funerario y el no consignar nombres de dioses han hecho de tales estelas un unicum.

Bibliografía.



ANDRAE, W., Das Wiederenstandene Assur. Berlín, 1938.
FRANKFORT, H., Arte y arquitectura del Oriente Antiguo. Madrid, 1982.
LARA PEINADO, F., El Arte de Mesopotamia. Madrid, 1989.
PARROT, A., Assur. Madrid, 1961.
SCHMÖKEL, H., Ur, Assur y Babilonia. Barcelona, l965.

Para las imágenes se han utilizado las siguientes páginas Web:



- www.dearqueología.com
- http://assur.de

8. Comenta la iconografía mural del Palacio de Mari.



- Actual estado del Mural del Palacio de Mari



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La composición más completa de la iconografía mural del Palacio de Mari se ha denominado “Investidura de Zimrilim”. Apareció en el patio dominado 106 del palacio. El cuadro central presenta dos registros superpuestos.

En el de Arriba la diosa Ishtar, vestida de falda larga y abierta, sobre túnica corta, entrega al príncipe la vara y el aro, símbolos del poder y la justicia. La diosa tiene puesto el pie derecho sobre un león yacente, su atributo; de cada uno de sus hombros sobresale un haz de armas; una maza entre dos hachas; su mano izquierda lleva una cimitarra. Lo mismo ella que las deidades del séquito se cubren con tiaras de cuernos. Estos aparecen vistos de perfil, y no de frente como en todas las representaciones más antiguas. Zimrilim se toca de un alto sombrero abombado, de reborde ancho y un faldellín y una toga ribeteada de caireles.

Una cinta larga le cae por la espalda, desde la nuca a la pantorrilla. Con la mano izquierda recoge los símbolos que Ishtar le ofrece mientras levanta la mano derecha en gesto de salutación. En el registro inferior dos diosas de la fecundidad acuática, con sus vestidos de ondas, sostienen aríbalos de los que brotan plantas y manantiales poblados de peces.

- Reconstrucción del fresco del Palacio de Mari.



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Fuera del marco del cuadro central, dos diosas, de vestidos de volantes, lo miran a distancia con los brazos levantados en actitud de adoración. Entre ellas y el cuadro se alzan, a cada lado, una esbelta palmera (por la que dos hombrecillos trepan y cogen dátiles) y un árbol fantástico, de hojas en abanico. Junto al tronco de éste se superponen en sendos renglones una esfinge con tocado de plumas, un grifo con coleta blanca en la cabeza, y un zebú sobre una montaña. Entre las copas de los árboles vuela un gran pájaro azul, un “cazador de África”, según Parrot.

Es evidente que todos estos elementos, vueltos de cara al cuadro central, completan el simbolismo de éste como las alas de un tríptico. Moortgat sugiere que los animales fantásticos representan al mundo infraterreno; los árboles y hombres, la tierra; el pájaro, los aires. Tal vez sea cierto. Igualmente lo es la fuerza de ilustración de esos árboles que en las viejas mitologías orientales se llaman Árbol de la Vida y Árbol de la Ciencia, uno de ellos aquí guardado por esfinges. Esto, según Parrot, refleja una clara ilustración del fondo mesopotámico en los primeros capítulos del Génesis.

La iconografía de este mural está llena de innovaciones temáticas del origen sirio occidental: la Ishtar guerrera, con el pie sobre el león; la postura de todos los dioses, de pie, y no sentados como en el arte neosumerio; la esfinge y el grifo de la mitología del levante Asiático; las hojas y las flores en abanico, del sello egipcio; el marco exterior del mural, cubierto de espirales enlazadas, tan del gusto de los cretenses. En todo ello se adivina la presencia de artistas sirios que Zimrilim tendría ocasión de conocer en Alepo durante su exilio y que han dejado algunos vestigios de su labor en el palacio de Alalakh.

Hay que destacar como fundamental el modo de representar las tiaras con los cuernos vistos de perfil. Es una novedad que la escultura presenta en la Estela de Hammurabi y un importante paso para la visión en perspectiva.

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- Fragmento de una pintura mural del Palacio de Mari, alto 80cn Louvre.



El mismo patio 106 ha dado dos bellos fragmentos de una ceremonia religiosa en la que unos toros van conducidos al sacrificio con los ornamentos propios de tal solemnidad (las puntas de los cuernos forradas de oro y las frentes cubiertas de lúnulas). Los hombres llevan casquetes abombados en la cabeza, medallones al cuello y togas con pasamanos de caireles. Al frente del cortejo camina con aire marcial un personaje de tamaño doble que sus seguidores; por desgracia, le faltan los hombros, la cabeza y los pies.

Su indumentaria se parece mucho a la del Zimrilim de la “Investidura”, salvo en un pormenor: el cinturón triple con dije terminal en forma de loto. Por otra parte, esas pinturas están asentadas en yeso, no en la mano de barro sobre la que descansan la “Investidura” y las de la Sala de Audiencias. Además, el pintor no sigue en los cuernos de los toros la misma regla de perspectiva que en las tiaras de la “Investidura”. Este hecho ha dado lugar a una polémica entorno a si el mural pertenecía a otra época. Parrot no lo ha estimado así, pero Moortgat se inclina por una fecha algo anterior.

En la Sala de Audiencias, nº 132, las composiciones murales se superponen en cinco frisos, dos de ellos principales y tres menores y secundarios, éstos con portadores de ofrendas y escenas de guerra a las que pertenecería un guerrero con turbante y barbuquejo. Las escenas de los frisos principales son dos. Arriba una ofrenda a Ishtar, realizada por una diosa de rango inferior, en presencia de otros dioses y hombres. Abajo el sacrifico a un dios coronado por la media luna. El sacrificante es un rey que ha depositado sobre el ara una lamparilla con fuego y ahora hace una libación sobre el ara y dos vasos de pie alto. Siguen una diosa mediadora y un hombre con una maza y una redoma. Detrás de el hay un vaso manante y luego una divinidad nocturna que extiende los brazos bajo la bóveda celeste tachonada de estrellas. Su postura recuerda un poco a la de las diosas aladas de pies de pájaro, como su cabeza se parece a la de los dioses de cuatro caras.

Entra en lo posible que estas pinturas sean más antiguas que las ya examinadas, pero los argumentos esgrimidos por Moortgat para hacerlas remontar a época neosumeria, como coetáneas del las estelas de Judea y de Urnammu carecen de base convincente. El vaso con el que el rey rocía el altar y los vasos situados delante, tienen, en efecto, la misma forma que el de Judea, pero también que el del monarca de una estela en donde éste comparece ante un dios como Hammurabi ante Asmas, estela que poco anterior será a la del emperador babilónico. La pintura encaja perfectamente en la época de Isin- Larsa.

La paleta de estos muralistas revela un enriquecimiento en la “Investidura de Zimrilim” con respecto a las demás. A los cuatro colores de éstos - blanco, amarillo, ocre y negro en matices de pardo a rojizo- añade aquella el azul y el verde.


- Bibliografía:



- BANCO FREIJEIRO, A. Arte antiguo del Asia Anterior. Sevilla, 1972.


- Páginas Web:



- http://www.cnice.mecd.es
- www.imageandart.com

Autor:

Javier





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