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Asturias Parte 3 - Monografía



 
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La UNE vivió el momento de máximo auge en 1944, y es entonces cuando tras la creación en mayo de al Agrupación de Guerrilleros Españoles, que a nivel nacional encuadraba a un gran número de militantes protagonistas en octubre del intento fallido de invadir España por el valle de Arán, y el previsible fianl de la Guerra Mundial, cuando los acontecimientos precipitaron la crisis de la UNE y de su política (57).

C. 4. C. OTROS GRUPOS DE LA OPOSICIÓN: LA CNT



C. 4. C. OTROS GRUPOS DE LA OPOSICION



En Asturias no actuaron de manera organizada otras fuerzas de la oposición, que sí desplegaron su militancia por otras zonas de la geografía nacional. Solamente la CNT ofreció resistencia al régimén dictatorial de forma organizada, sumándose de esta forma a los comunistas y a los socialistas.

El Movimiento Libertario en general, y la Confederación Nacional del Trbajo en particular tuvieron que enfrentarse, al igual que otras fuerzas de la oposición a la clandestinidad en dificilísimas condiciones, pues la represión se cebó en las organizaciones anarquistas, de forma más violenta aún, que en otras agrupaciones políticas.

La reorganización de los militantes anarquistas de la CNT comenzó en las prisiones, y fue al recobrar los presos la libertad cuando se inicia la lucha en la clandestinidad contra el régimen franquista. El primer Comité Regional de la CNT en Asturias, León y Palencia se formó en 1942. La Regional intentó mantener la estructura orgánica tradicional apoyada en la existencia de federaciones locales con militantes en los distintos centros de trabajo, que eran los encargados de recaudar fondos destinados principalmente a prestar ayudas y a establecer contactos con compañeros existentes en otras localidades (58).

La Regional Asturiana, rechazó toda colaboración con los incipientes sindicales verticales, y su decidida tendencia antifranquista llevó a los anarquistas asturianos a participar activamente en la lucha guerrillera, aunque no llegaron a crear organizaciones específicas. Su presencia en la ANFD fue decisiva tanto a nivel nacional como regional, y las relaciones de cooperación que mantuvieron con los socialistas fueron siempre muy provechosas para ambos, y trascendentales en las luchas contra las patrullas gubernamentales (59).

Mientras en el exterior la confrontación ideológica excindía al Movimiento Libertario en dos tendencias irreconciliables, que debatían al colaborar o no con otras fuerzas de la oposición; en el interior la CNT, mayoriatriamente colaboracionsta, afrontaba la represión franquista. En ocyubre de 1945, la policía desarticuló el Comité Nacional de la CNT, y en noviembre caían la mayoría de los hombres que componían el Comité Regional de Asturias. Nuevas redadas en años posteriores, consiguieron desarticular por dos veces el Comité Regional y las federaciones locales de Gijón y de Avilés, el resultado fue la condena en las cárceles nacionales de más de cien militantes anarquistas asturianos (60). A partir de entonces la organización confederal quedó reducida a la actividad de militantes, que en los intervalos excarcelarios trataban de reconstruir una y otra vez la organización regional.


C. 4. LAS FUERZAS OPOSITORAS EN LA DÉCADA DE LOS 50



Los años iniciales de la década de los 50 fueron claves en la evolución del régimen franquista y de la oposición, que vió como las tácticas desarrolladas hasta entonces no tenían sentido en la nueva coyuntura política nacional e internacional.

Sin embargo, no todos los grupos de la oposición reaccionaron reorientando su política para adaptarla a la nueva situación. La mayoría de sus dirigentes al encontrarse en el exilio desconocían los cambios que estaban ocurriendo en el interior del territorio español, y fue el Partido Comunista, la organización que mejor supo comprender que la caída del franquismo despues de 1951, unicamente se podría producir relanzando las luchas de las masas en el interior para reclutar una nueva vanguardia obrera.


LAS ORGANIZACIONES SOCIALISTAS



El fracaso de la política prietista para la solución del problema español provocó la dimisión de Prieto y el desánimo de los socialistas tanto en el exilio, como en el interior.

Ante este panorama desalentados que predominaba entre la colonia de exiliados socialistas, las organizaciones del interior, diragidas por veteranos de la guerra recelosos de las nuevas generaciones, adoptaron una postura de retraimiento, sin desplegar una excesiva actividad.

En Asturias la situación general no difería demasiado de la del resto de España. La actitud de recogimiento, que se acentuó con la partida de los guerrilleros en 1948, dejó en una dificil situación a la organización, no sólo por el exilio de la Comisión Ejecutiva, sino también por la violenta represión subsiguiente.

El Congreso Nacional de la Federación Nacional celebrado en 1954, al que asistieron representantes de Asturias, León y Palencia, refleja en sus actos una concepción del sindicalismo basada en el principio de que lo importante es la calidad, y no el número; igualmente se recomienda la prudencia, la reserva y la seguridad a sus militantes (61).

La estrategia sindical mantenida durante el franquismo, que aconsejaba a sus militantes la abstención en las elecciones de los sindicatos verticales, respondía plenamente a la subordinación de la acción sindical a la actividad política antifranquista. Era esto una muestra de la tradicional postura de UGT de defender un sindicalismo democrático como única alternativa válida para luchar por los intereses de los trabajadores.

Mientras la CSA recomendaba ajustarse a la estrategia diseñada por la dirección de la UGT, los socialistas asturianos del interior coincidían totalmente con las directrices trazadas por las ejecutivas en el exilio. Este absentismo tenía su origen en la postura adoptada por los hombres del PSOE- UGT, tanto del interior como del exilio, y en la que nunca se consideró positiva la infiltracion en el Sindicato Vertical como medio para su ulterior desparición. Para ellos la única táctica valida era la destrucción desde afuera (62).

Esta disposición de la UGT, invariable durante el franquismo, contrastó con la adoptada por el PCE a través de las CCOO, y contribuyó a incrementar el recelo y la falta de colaboración entre las dos organizaciones históricas.

Un cambio importante en la estrategia del PSOE, en España, y en particular, en Asturias, tuvo lugar a partir de 1958, con la aparición de una nueva generación de socialistas, que por entonces tomaron el relevo de los viejos militantes en la dirección interior. Estos jóvenes que no habían vivido la guerra, entraron en la actividad política y sindical en un momento en que la resurrección del movimiento obrero (huelgas de 1956,57 y 58) exigía abandonar el recogimeinto tradicional y comprometerse de manera mas activa con la realidad del momento (63).

El comportamiento del nuevo Comité Provincial no acató de forma tan implícita las consignas emanads del exterior, y aunque sus componentes se sentían legitimamente representados por la dirección de Toulouse y acataban las resoluciones de sus congresos, actuaron con una amplia autonomía política y organizativa, que les permitió extender considerablemente la organización. Eran jóvenes que representaban una nueva generación de socialistas, y que creían que la caída del franquismo sólo se podía producir desde dentro, y que ello exigía romper con la política de precauciónen que hasta entonces se habían movido las organizaciones socialistas, ampliando sus actividades y participando en la agitación social creciente.

- LA OPOSICIÓN COMUNISTA



El año 1948, que había señalado para el PCE el comienzo del abandono de la lucha armada, supuso la puesta en práctica de una nueva estrategia orientada hacia la captación de las masas, utilizando en la medidia de lo posible, los cauces legales y la búsqueda de la unidad de la acción desde la base.

En Asturias, el desarrollo de este nuevo método organizativo y táctico resultó muy lento, debido a la pervivencia de la guerrilla hasta fechas muy tardías, lo que determinó el mentenimiento de una intensa represión en el marco de un continuado “estado de excepción”.
En noviembre de 1954, el PCE elaboró los presupuestos teóricos que le llevaron a propugnar la necesidad de crear un “frente nacional antifranquista”, que proponía la reconciliación nacional entre todos aquellos sectores perjudicados por la política del régimen (64).

En el campo sindical, la nueva política se centraba en intentar la alianza entre los obreros, sin tener en cuenta su ideología, de cara a planterar en un primer momento reivindicaciones elementales. Para los comunistas, y a diferencia del PSOE- UGT, ese movimiento de base era preciso para canalizar todas las fuerzas, a través de todos los cauces legales existentes, que en ese momento se reduccían a los Sindicatos Verticales (65).

El éxito de las luchas sociales de los años 1956,57 y 58, y la difícil situación económica que estaba atravesando todo el país, y en concreto el sector minero de la región, habida cuenta de que la autarquía estaba dando ya sus últimos coletazos, hicieron creer al Comité Comunista en la posibilidad de acelerar la caída del régimen impulsando movilizaciones de carácter unitario.

TEMA TRES. MOVIMIENTO ASTURIANO DE 1962



A. ANTECEDENTES Y CAUSAS



las duras condiciones en que se desarrolló la vida del proletariado asturiano durante los primeros años de la dictadura, dificultaron estraordinariamente la articulación de un movimiento obrero capaz de inquietar seriamente al sistema.

Esta situación fue el producto de una serie de factores entre los cuales es necesario destacar la combinación de la violencia represiva con una legislación laboral y política capaz de frenar cualquier asomo de reconstrucción de organizaciones obreras.

Influyó además la sustitución del proletariado clásico, que habia alcanzado a lo largo de la historia un sentimiento de clase muy elevado, por un amplio incremento de las plantillas formadas por inmigrantes y con escaso conocimiento y capacidad para las reivindicaciones.

Por otra parte, es necesario destacar la debilidad de las organizaciones obreras empeñadas en prolongar, hasta bien avanzados los años 50, una estratégia basada en las acciones armadas.

A. 1 RESISTENCIA INDIVIDUAL Y CONFLICTO ESPONTANEO



El denominador común de los grupos sociales que se aglutinaron en el llamado Movimiento Nacional no era otro que reforzar el sistema económico, amenazado desde la proclamación de la República, eliminando las luchas de clases y suprimiendo la “huelga”, que es su expresión más representativa en el marco laboral. (1)
El régimen franquista se apresuró a recoger en el Fuero del Trabajo, en la Declaración XI, que no quedaría impune ninguna perturbaación de la producción. A la vez, se recogía en la Ley Especial de Represión de la Masonería y el Comunismo, del 1 de marzo de 1940, y la Ley de Seguridad del Estado, del 29 de marzo del 41, que cualquier pena sería justificada si con ello se castiga y penaliza a los promotores de actos huelguísticos.

En este marco jurídico cabe destacar las connotaciones características que supone para la minería unas penas más extremas, habida la cuenta de que dicho sector estaba militarizado.

Al comienzo de los años 40 se recuerda a los mineros asturianos en un bando emitido por José Enrique Ramírez, Coronel Jefe de Orden Público en Asturias, que en la zona aún permanecia declarado el Estado de guerra, que todos los obreros de las minas estaban militarizados y por tanto sujetos al Código de la Justicia Militar, que ningún minero podia abandonar su puesto de trabajo sin orden expresa o sin permiso, y que cualquiera de estas faltas se castigaría con todo rigor, a la vez que señalaba la posibilidad de realizar sugerencias y peticiones siempre que estas se tramitaran ateniendose a las normas regulares.

Ante esta situación los trabajadores abandonaron las estratégias de protesta ya institucionalizadas durante la República y se remontaron a las formas de protesta más tribales utilizadas en el sector minero desde sus orígenes. Gran parte de ellos aducían deficiencias técnicas para justificar el absentismo laboral o abandonaban la faena antes de que la jornada hubiera finalizado. Estas acciones no se habrían calificado de conflictivas de no haberse producido en un marco laboral que tipificaba como deserción el abandono individual del trabajo y como sedición el colectivo. Así pues, durante la primera década del franquismo, las carencias de bienes de equipo y repuestos y las restricciones de energía eléctrica, dieron oportunidad a la proliferación de desobediencias laborales pretextando las irregularidades de funcionamiento.

Pero este tipo de conflictos se producían individualmente, y aunque el hecho trascendiera y propiciara la solidaridad de los compañeros, el volumen de la influencia era muy pequeño y fácilmente reprimible.

Con todo, adquirieron mayor dimensión aquellos conflictos que respondian a tradiciones profundamente enraizadas en la cultura minera, como el impulso de abandonar el trabajo cada vez que un obrero encontraba la muerte en el ejercicio de su función. Estas tragedias suscitaban una solidaridad tan intensa que podian paralizar toda una cuenca minera.

Existía otro factor determinante que facilitó la aparición del calificativo “político- dentro del panorama minero asturiano, se trataba de la evolución económica y social experimentada en el sector y que motivó la transformación de las reivindicaciones obreras. En una coyuntura propicia, a las necesidades primarias exigidas, se sumaron otra serie de solicitudes más elevadas. José María Maravall señala que “el progreso material y social, eleva las expectativas de la gente y es causa de conflictos. Así los mineros han luchado en este periodo, por liberarse de la alienación de todo tipo de represión”.

Es por eso que las huelgas mineras de esta época pueden ser calificadas como políticas si se entiende el haber pretendido liberarse como clase y grupo social, de la represión y alienación en que se han visto sumidos a lo largo de la historia. Por lo que, consiguientemente, atentaron contra las estructuras políticas, sociales y empresariales de forma abierta o encubierta, causantes de su discriminatoria situación.

En este periodo comienza a resurgir la figura del “lider minero- persona integrada en el ambiente del sector y conocedor y poseedor de todos los recursos laborales y sociales, que le permitian utilizar una fuerza de arrastre capaz de movilizar los comportamientos sociales de las grandes multitudes de obreros, debido a la característica solidaridad del gremio. Este lider era ante todo un “minero- y como tal pensaba, actuaba y luchaba.

Pero el intento de desprestigiar las huelgas mineras no se hizo esperar. Estas masivas manifestaciones de protesta pronto irían perdiendo seriedad e importancia ante la opinión pública, puesto que ante el rechazo promovido por las autoridades se sumaba el elevado número de huelgas, facilitando con ello la acusación “de poca seriedad”.

Para entender esta gran proliferación de conflictos es necesario explicar que el clima en la región hullera era muy tenso, y facilitaba el incremento de peticiones y reivindicaciones, a la vez que abría el camino para una nueva forma de protesta ante un régimen cuya debilidad represiva se iba haciendo más presente con el paso del tiempo.

Las huelgas mineras de la época, poseían una trascendencia y repercusión muy seria, puesto que reflejaba tensiones muy comprometidas que abarcaban diferentes parámetros personales. Muchas de ellas suponían una verdadera opción fundamental en sus participantes, al verse comprometida su vida tanto familiar, como social, sobre todo teniendo en cuenta las represalias de las que habían venido siendo objeto historicamente y las penalidades y penurias que en numerosas ocasiones habían debido afrontar.


B. DESARROLLO DEL CONFLICTO MINERO



B. 1 LAS HUELGAS EN LA DECADA DE LOS 50



El desarrollo y extensión de las huelgas de 1957 y 1958, al margen de la represión subsiguiente (detenciones, palizas, despidos) se destacan por el hecho de que fueron verdaderas movilizaciones de masas y tuvieron características sindicales ya modernas.

La reactivación de la inquietud laboral inició en la cuenca gijonesa un largo ciclo conflictivo que hundía sus raíces en el cambio que se estaba produciendo en el mercado de carbón como consecuencia de la competencia de los combustibles líquidos.

Ante el desmoronamiento de las defensas autárquicas, la patronal minera inició un proceso de reconversión en el sector, que incidia negativamente en las rentas de los trabajadores.

La primera réplica a los planes patronales se manifestó en enero de 1957 en La Camocha, al reducirse totalmente el rendimiento de los trabajadores durante varios dias en demanda de una mayor retribución de los destajos. A esta reivindicación se sumaba además el malestar general de los mineos por el incumplimiento de la legislación laboral y por la ineficacia de la representación sindical.

Paralelamente, en la cuenca del Nalón, algunos delegados sindicales venían transmitiendo, acompañados en ocasiones por comisiones de minerso, la inquietud laboral que suscitaba la desaparición de numerosas primas, restricción que se veía compensada por los incrementos salariales recogidos en la reglamentación que empezó a regir el 1 de noviembre de 1956. Este descontento se desbordó al reducir la patronal el número de “guajes- (ayudantes de picadores), que motivaron reducciones de la producción en toda la cuenca.

Esta insatisfacción determinó que a partir del nueve de marzo de 1957, un grupo cada vez mayor de los picadores del Pozo María Luisa completaran la jornada sin haber extraido ni una sola pieza de carbón, resultando inútil la actitud contestataria de la patronal que advirtió que los salarios se abonarian en conformidad con el rendimiento, y posteriormente fue igual el fracaso de las autoridades sindicalistas para paliar este conflicto entre los picadores del sector.

Tras el frecaso de los intermediarios, dos secciones de la Guardia Civil se emplazaron en las inmediaciones del pozo con la intención de forzar la reanudación de los trabajos, solución que siguió fracasando puesto que a pesar de que los mineros siguieron bajando al interior ninguno de ellos hizo caso de las herramientas de trabajo, aprovechando además la circunstancia para encerrarse en el pozo, decidiéndose a abandonarlo unicamente en el momento en que la patronal se avino a aumentar la retribución sin ejercer ningún tipo de represalias.

Cuando el dia 25 se comunicó la resolución de los contratos laborales, se anunció la militarización del pozo y se realizaron varias detenciones, los mineros volvieron a encerrarse el día 26 al finalizar la jornada, siendo secundados inmediatamente por el resto de los trabajadores de la cuenca del Nalón.

Mientras duró el encierro, las inmediaciones y las localidades adyacentes fueron escenario de frecuentes choques violentos, ya que la fuerza pública pretendía disolver cualquier concentración de personas. Grupos de mujeres e hijos de los mineros, se congregaron en tal número que pudieron interrumpir durante varias horas el tráfico, sembrando un clima de inquietud y de tensión en la región que ya no solo afectaba al sector hullero. Las manifestaciones y protestas se sucedieron, de forma intermitente, hasta el día 26, fecha en que los trabajadores encerrados abandonaron el interior del pozo.

El día 1 de abril se reanudaron los trabajos sin haber obtenido los mineros ninguna compensación; con todo, se empezaron a superar los temores que habían alejado a la minería asturiana de la creciente corriente de contestación laboral que venía emergiendo en diferentes focos del país desde el comienzo de la década. Este resurgimiento de “clase- quedó patente en la mayor participación obrera en las elecciones sindicales de 1957, y que permitió que por primera vez, algunos enlaces sindicales se hicieran eco del rechazo laboral y de la tensión en el sector.

Así, al comenzar 1958, en aquellas instalaciones hulleras donde mayor referndo habian obtenido las candidaturas alternativas, los trabajadores del interior empezaron a abandonar sus faenas una vez cumplida la séptima hora de jornada. Tras persistir diez días en la misma actitus, las empresas afectadas resolvieron reducir la jornada al tiempo exigido, por primera vez se obtenía una reclamación.

Con este precedente los minerso pierden el temor a las represalias y comienzan una nueva huelga como respuesta al despido de ocho trabajadores del pozo María Luisa. (21) Esta se puede catalogar como una huelga de solidaridad, pero en último término también tuvo origen en reivindicaciones de carácter económico, ya que los ocho picadores habían iniciado un descenso del rendimiento como respuesta por la rebaja salarial. La paralización afectó a cerca de 20. 000 trabajadores que por primera vez protagonizaban, de consenso una huelga, conocedores de que esto implicaba un acto ilegal de resistencia laboral.

Ante este desafio se clausuran las explotaciones mineras afectadas, y se declara la zona estado de excepción, suspendiendo durante cuatro meses los artículos 14, 15 y 18 del Fuero de los Españoles, que garantizaban la libertad para fijar la residencia, la inviolabilidad del domicilio y la obligación de entregar al presunto delincuente a la autoridad judicial antes de cumplir 72 horas de su detención. Esta declaración vino acompañada de una intensa actividad policial, reforzada con dotaciones de la Guardia Civil y de la Policia Armada, que se saldó con la detención de cerca de 300 huelguistas.

Aunque la situación laboral se fue normalizando paulatinamente tras la publicación de una nota por el Gobierno Civil en la que se ordenaba la apertura de las instalaciones, las medidas represivas no cesaron. Muchos desterrados, confinados a regiones empobrecidas donde se les negaba la posibilidad de trabajar, fueron subsistiendo gracias a la aportación familiar y a la solidaridad de las organizaciones clandestinas.

Las secuelas de este conflicto contribuyeron en gran medida a alimentar el descontento laboral que se potenciará en la siguiente década. La aparición de comisiones de solidaridad, que recogían aportaciones de los mineros con destino a los represaliados, impidieron que se normalizasen las relaciones laborales.

Las huelgas de 1957 y 1958 en Asturias tienen una extraordinaria importancia en el marco general de la evolución histórica del franquismo, fueron el mejor reflejo del síntoma de agotamiento del modelo de régimen autárquico y precipitaron la toma de decisiones que condujeron a un cambio radical en la política económica franquista, cuyo ejemplo más sobresaliente es el Plan de Estabilización de 1959.

Tras estos sucesos fue preciso alterar la reglamentación de las relaciones laborales, reguladas hasta entonces por la Ley de Reglamentaciones de Trabajo de 1942, sustituida por la Ley de Convenios Colectivos del 24 de abril de 1958 “elemento fundamental de aceleración de la lucha de clases y de que los trabajadores se tengan que plantear el organizarse para poder negociar esos convenios- según señala Nicolás Sartorius.

A nivel regional las huelgas de esta década demostraban la crisis del sector hullero, consecuencia de las primeras medidas liberalizadoras del mercado, de efectos catastróficos para unas empresas privadas que habían sobrevivido gracias a una extremada legislación proteccionista.

Significaron también el despertar de una oposición que en los años anteriores había permanecido sumergida en un profundo letargo. Y fueron, por tanto, el detonante para el comienzo de una etapa caracterizada por trascendentales transformaciones económicas, sociales y culturales que entrarán en profunda contradicción con el estancamiento político de un sistema, que estaba empezando a desmoronarse pero aún no lo sabía.

B. 2 HUELGA MINERA DE 1962 EN ASTURIAS



La vieja industria minera, descapitalizada, con una mecanización deficiente y una productividad escasamente competitiva, se tambaleaba sobre sus obsoletas instalaciones al conectar España con un comercio económico internacional altamente tecnificado, y que además había experimentado en los últimos años un importantísimo cambio tras la aparición en el mercado de los hidrocarburos.

La demolición de las barreras autárquicas, que coincidió con los rigores de la estabilización, repercutió negativamente en la disminución de la producción, la reducción de las plantillas el cierre de pequeñas explotaciones, y la desaparición de aquellos estímulos salariales que habian caracterizado al sector hullero durante las dos últimas décadas. Estas medidas que vinieron acompañadas de la eliminación de horas extraordinarias, la intensificación de la disciplina laboral y el encarecimiento de los artículos de primera necesidad, permitieron un proceso empresarial de reconversión que aspiraba a una mayor productividad y una reducción de costes.

El proceso de reestructuración se acometió sin la participación de unos trabajadores que empezaban a optar por la emigración al darse cuenta, sobretodo las plantillas más jóvenes, de la catastrófica situación en la que se encontraba el sector, confirmada en parte por la difícil recolocación de aquellos trabajadores aquejados de enfermedades laborales que cada día, más constantemente, se veían afectados por los despidos anticipados.

La crisis del sector, la falta de comunicación en el marco sindical, el rechazo obrero a unos planes laborales promocionados por la patronal y de los que ellos quedaban marginados, y la contencióm salarial de la política estabilizadora, además de la tensión creada por las huelgas de 1957 y 1958, predecían un decorado extremadamente conflictivo para la década de los sesenta,

La polarización de los protagonistas del conflicto, animada por unas organizaciones clandestinas que iban superando la implantación capilar de la anterior década, se manifestó en unas huelgas donde se instrumentalizaba la contención salarial y la depreciación de los destajos, los accidentes mortales, las deficiencias técnicas e incluso las detenciones efectuadas por las fuerzas gubernamentales.

Durante los últimos meses de 1961 y primeros de 1962, se afirmó la recuperación económica, lo que permitió la imposición de unas condiciones propicias para el extenso movimiento huelguístico que se produciría durante el último año.

Las primeras tensiones se iniciaron en 1961, ante la resistencia de patronos y sindicatos a tramitar los convenios colectivos de trabajo.

El 7 de abril, el despido arbitrario de 7 picadores en la mina Nicolasa, de la Fábrica de Mieres, es la chispa que iniciará la huelga en demanda de una serie de mejoras económicas y laborales. 28

En el origen del conflicto se destacaban la dureza con que habían actuado gobierno y patronal en la huelga de 1958; las reivindicaciones ahogadas entonces por la fuerza volvían a resurgir agravadas por la aplicación del plan de estabilización. Por otra parte los obreros mostraban un total desacuerdo con el convenio colectivo, firmado en Madrid, y para el que nadie había pedido su opinión a los mineros. Así mismo se impuso la implantación al arbitrio de las empresas y sin control sindical de los nuevos métodos de racionalización del trabajo, de este modo la Fábrica de Mieres, se decantó por la utilización del sistema Bedaux, que lesionaba los intereses de los picadores y que fue la chispa que desencadenó el conflicto. 29

En el transcurso de una semana toda la cuenca del Caudal estaba en huelga. El lunes 16 se extendía a otras localidades colindantes como Turón y poco más tarde a la cuenca del Nalón, con lo que el paro concretado en reivindicaciones salariales y la firma de un nuevo convenio colectivo en el que estuviese presente la representación de unos obreros de base, alcanzaba a gran parte de los mineros asturianos.

La patronal, acostumbrada a la sumisión minera de los años precedentes se niega a la negociación. Por otra parte, para la organización sindical acatadora del régimen, los paros laborales se trataban de un conflicto político, cuyo origen se debía a turbios manejos extraños a los intereses de los trabajadores. “Era pues un problema de orden público cuya resolución correspondía a las fuerzas gubernamentales y no a una organización sindical que se desentendía del asunto”. 30

Como en las huelgas de la década anterior, vuelven a surgir entre los mineros comisiones representartivas elegidas en asambleas o designadas directa y unánimemente por todos los trabajadores, lo que favorece el impulso de reivindicaciones comunes y aseguran un clima de confianza absoluto. En un principio ests comisiones actúan en labores de coordinación, extensión de la solidaridad y posteriormente facilitan la creación de una comisión amplia: el 24 de abril se celebra en Mieres una reunión de los representantes de todos los pozos en para con el fín de forzar una entrevista con la autoridad gubernativa, para buscar una salida al conflicto. Las autoridades rechazan la negociación y optan por endurecer su postura, esperando que el hambre o la represión solucionen el conflicto.

En la última semana del mes de abril y en los primeros días de mayo se reprodujo el conflicto, en formas de pares parciales y trabajo lento en las principales factorías asturianas, prolongándose a las cuencas carboníferas de otras provincias, y con intensidad decreciente, a las principales concentraciones industriales del país.

Esta huelga se inició al margen de las organizaciones clandestinas, pero cristalizó programáticamente y se extendió por la intervención organizada de socialistas, comunistas y católicos vinculados a grupos de apostolado obrero.

En el conflicto desempeñaron un papel decisivo las mujeres de los trabajadores más comprometidos con el mantenimiento de la huelga, mediante manifestaciones que organizaron en las inmediaciones de los clausurados economatos mineros. Estas concentraciones solían terminar con intervenciones de las fuerzas de orden público.

El conflicto también generó una amplia sensibilización a escala internacional en torno a la huelga, que contribuyó en gran medida al afianzamiento de la acción minera canalizando aportaciones económicas para las organizaciones clandestinas.

Importantísimo fue el rearme moral que proporcionó el apoyo que recibieron los trabajadores de la mayoría de los pequeños comerciantes de las cuencas mineras, ya que accedieron a suministrar alimentos a crédito. Por primera vez se establecían de forma efectiva canales de comunicación con un grupo social que había mantenido no pocas diferencias con los trabajadores del carbón en décadas precedentes. Sin embargo la relación iniciada en 1962 facilitará durante el último tramo de la dictadura franquista la cristalización en las cuencas mineras de numerosas asociaciones culturales y vecinales. Parecidos efectos surtieron los repartos que efectuaron en tre los trabajadores más necesitados aquellos mineros que disponían de más reservas por contar con una pequeña explotación agopecuaria.

Por su parte, el comportamiento de una patronal minera que durante dos décadas había manejado a la población laboral sin ningún tipo de cortapisas contribuyó desisivamente tanto a la declaracion del conflicto cuanto a la duración, intensidad y violencia del mismo. Además de cerrar los economatos reabiertos más tarde por orden expresa del Gobernador Civil, clausurar los alojamientos y retener el vale de carbón, acordaron el cierre de las insalaciones y promovieron ante la Delegación de Trabajo la resolución de los contratos laborales.

Por otra parte esta patronal encontraba respaldo en unos poderes públicos que al intervenir expeditivamente nada más declararse el conflicto enriquecían con connotaciones políticas las motivaciones originales. “Ante esta situación y nada más iniciada la huelga fue declarado el estado de escepción en Asturia, Guipúzcoa y Vizcaya para facilitar la intervención de las fuerzas de orden público. 36

La solidaridad entre los mineros contribuyó a que el principal afectado fuese una Organización Sindical que durante las primeras semanas había volcado toda su capacidad de maniobra en la rápida extinción de la huelga. Ante su incapacidad para erradicar los paros en las minas y tras numerosas ofertas desatendidas por parte de los mineros fue necesaria “la presencia del ministro y delegado nacional de sindicatos José Solís Ruíz, que el día 15 de mayo se trasladó a Asturias para intentar pactar con los sublevados; en la negociación la representación obrera condicionó el final de la huelga a la publicación en el Boletín Oficial de los nuevos precios y condiciones de venta de hullas, y a la nulación de las represalias empresariales y gobernativas. El día 24 de mayo apareció en el Boletín el decreto solicitado y, en días sucesivos, la liberación de los detenidos corrió pareja a la incorporación de los trabajadores a sus tareas”. 37

B. 2. B. AGOSTO DE 1962.



Aunque a partir de junio las minas volvieron a abrir sus puertas aparentando absoluta normalidad, los recientes recuerdos del conflicto mantuvieron deterioradas las relaciones laborales.

Esta crispación tuvo oportunidad de manifestarse con toda intensidad cuando la patronal minera, adjuntándose al Decreto del 22 de mayo, incluyó a los empleados deoficinas en el reparto de la prima salarial que se ofrecía como compensación por tonelada de mineral arrancada durante la huelga.

Esta determinación fue rechazada unánimemente por los mineros, no tanto por la reducción económica que suponía, como por el comportamiento durante el conflicto de unos empleados que no sólo se prestaron a acudir diariamente a sus puestos de trabajo, sino que incitaron a los trabajadores a imitar su actitud. Aunque los mineros se vieron obligados a aceptar la repartición de una prima que consideraban indivisible, los ánimos estaban crispados. 38

1. SALARIOS Y ECONOMÍA PERSONAL MINERA



Los motivos salariales han sido los más importantes y los que mayor incidencia y repercusiones han tenido no sólo en las frecuencias de las huelgas mineras, sino también en su intensidad, duración y radicalización de comportamientos.

Con el propósito de simplificar consideramos como motivos salariales todos aquellos aspectos utilizados por las patronales para incentivar la producción como las primas, los incentivos, los destajos,.

Esta causa fundamental está enraizada en los intereses de la minería por una serie de circunstancias históricas, laborales y empresariales. Los mineros asturianos a lo largo de su historia, han debido luchar siempre por la consecución de sus mejoras económicas y sociales. Esta experiencia ha creado en el sector un espíritu y estilo sindicalista y reivindicativo característico a la propia minería.

El interes y mótivo económico de los mineros era debido a la lucha de los obreros por alcanzar un status laboral más elevado, englobando no sólo aspectos internos, sino también externos.

La importancia y relevancia que estos problemas tenían, se debía en gran medida a las políticas utilizadas por las empresas, que sobre todo en los años anteriores a las huelgas de los años 50 y 60, habían pretendido resolver todos los problemas sociales mediante los incentivos salariales, a pesar de que eso no facilitase la resolución ni hiciese disminuir la tensión.

Este interes salarialk también estaba favorecido por el peculiar sistema económico utilizado en el mundo hullero, puesto que desde principios de siglo se venían implantando y utilizando sistemas de primas y destajos, llegando a convertirse en fuentes de numeroisos problemas laborales con repercusiones conflictivas.


2. ACCIDENTES MORTALES



Otro de los motivos principales que ha dado lugar a numerosos comportamientos conflictivos han sido las muertes en las minas.

La muerte laboral es un precio que los mineros deben pagar por su trabajo, y estos accidentes han ido estigmatizando y dejando una huella que no se borra con el tiempo, ni tampoco con el dinero.

La muerte profesional adquiere un sentido distinto entre estos trabajadores, y es por eso por lo que los sepelios de los mineros muertos en el ejercicio de su labor trae consigo una manifestación silenciosa de todos los trabajadores del sector, y no sólo de sus compañeros de pozo.

Estos accidentes mortales han dado lugar a numerosos comportamientos seudoconflictivos, a numerosos paros solidarios por accidentes, que sólo podrían llamarse “conflictos legales- o de reglamentación, ya que la legislación no reguló de forma oficial estos paros hasta el año 1971, sin embargo, si hablamos sociológicamente no existía una relación conflictiva entre las partes, sino que más bien podría catalogarse como olvidos del reglamentarismo, aunque es cierto que estos olvidos eran voluntarios, ya que estaban impuestos por una obligación y exigencia moral,y por unos preceptos mineros transmitidos por la costumbre y la tradición (59).

Estos paros, en muchas ocasiones, se conviertieron en verdaderos manifiestos de protesta debido a las secuelas y repercusiones a que dieron lugar, adquiriendo de esta forma las muertes mineras, un sentido de rebeldía y protesta violenta.

3. PROBLEMAS LABORALES



Estos paros suelen ser el motivo fundamental de las huelgas en todo tipo de empresas, sin embargo en la minería estos problemas adquirieron un sentido más profundo, al estar enraizados con unos sentimientos y cargas afectivas peculiares.

Las enfermedades profesionales inherentes a todo tipo de problemas laborales, otorgaban a estos una trascendencia e importancia mucho mayores.

El convencimiento de la corta viad laboral y la falta de otras perspectivas profesionales elevaban a una relevancia especial el problema de las enfermedades causadas por esta actividad y a todos aquellos problemas, que se relacionaban de alguna manera con los mismos como la seguridad.

Los riesgos de accidentes, derrumbamientos, caídas, atropellos, heridas, explosiones,. son también inherentes al trabajo bajo la superficie, el laboreo minero y por este motivo tenderá a generar una serie de conflictos internos y externos entre los que lo comparten.

A pesar de los avances en materia de seguridad laboral, el panorama seguía siendo desolador. Muchas veces eso se traslucía en una serie de comportamientos individuales como las largas bajas por enfermedad, la abundante rotación externa, o los actos de automutilaciones.

Esta frustración era una fuente permanente y psicológica de revueltas, tanto a nivel individual como social, que marcaría muy profundamente el clima conflictivo de los años 60.


4. MOTIVACIONES SOLIDARIOS



Si la solidaridad es el exponente máximo de la conciencia de clase, será por lo mismo un elemento inseparable de las huelgas mineras.

Este motivo ha sido un parámetro constante en la historia conflictiva hullera, y ha adquirido ante la opinión pública una importancia y relevancia especial.

Cuando moría un minero, los compañeros entendían que uno de ellos había muerto, y cuando existían problemas que afectaban a un sector hullero, personalizaban el problema en ellos mismos, puesto que de alguna manera, directa o indirectamente les afectaría ya fuese a corto o largo plazo. En este sentido la huelga no podría ser considerada estrictamente solidaria, sino que en gran medida era motivada por problemas propios (61).

Lo que bien es cierto, ya sea debido al alto grado de compañerismo o a la intrínseca relación que une a todos los mineros, estos se solidarizaban más y casi siempre con su propio sector. También todos ellos tenían muy en cuenta si aquellos problemas afectaban a mineros que en anteriores ocasiones no se habían solidarizado con otros compañeros, por lo que de manera pactada, por algo semejante a la tradición, entre los propios trabajadores se excluían determinadas acciones que eran comprensibles por todos los implicados.

Las huelgas solidarias son también importantes respecto a la intensidad y extensión que habían adquirido en ciertos momentos. Estos tipos de paros se caracterizaban por no utilizar ninguna estrategia determinada, simplemente paraban porque debían parar, pero sin considerar hasta cuando. Estos motivos habían venido siempre motivados por condicionamientos o situaciones que les servían de estímulo.

Durante los conflictos de 1962 las estrategias habían venido siempre siendo más pensadas, tal vez porque todos ellos temían una represión que dejara aislados sectores o pozos determinados, por eso la planificación del desarrollo fue una característica que diferenció estas proptestas de manifestaciones anteriores contrarias al régimen (62).

Pero lo cierto es que un paro minero, aunque el estímulo venga determinado por alguna de las causas enumeradas o por otros conflictos menos mayoritarios, la motivación manifiesta puede encubrir y ocultar otra serie de causas, que luego y a la larga serán los verdaderos motivos del conflicto.

En las huelgas de 1962, y también en las realizadas en los años precedentes los motivos que iniciaron las revueltas variaron a lo largo del transcurso del conflicto, siendo otras reivindicaciones las que radicalizaron los comportamientos y la duración y extensión de los mismos.

E. CONSECUENCIAS



Las huelgas de la primavera y el verano de 1962 no fueron unicamente de orden represivo, a partir de entonces, nada vuelve a ser igual para el régimen ni para la oposición: al primero aunque la euforia económica de los años 60 le proporcionara un respiro, politicamente hablando se situó a partir de entonces a la defensiva (en 1962 creó el TOP, Tribunal de Orden Público). Para la oposición estas huelgas fueron el comienzo del incremento de su actividad, de la revisión de estrategias para adaptarse a las nuevas circunstancias, en el caso de las organizaciones políticas y sindicales clásicas; y de la aparición de nuevos grupos - algunos de ellos de carácter violento, ETA, creada en mayo de 1962- que proliferarán sobre todo a partir del mayo francés de 1968, constituyendo la denominada “nueva izquierda”(63).

Todas estas circunstancias se asientan sobre la base de una sociedad efervescente, sometida a grandes transformaciones, que aumenta el grado de conflictividad al superar ésta los ámbitos tradicionales (minería, industria, Universidad) y extenderse a otros, que como los del sector servicos, habían permanecidos pasivos hasta entonces.





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