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Cultura huachaca Parte 1 - Monografía



 
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Tradiciones y costumbres. Dioses. Medios de comunicación. Televisión. Impacto en la sociedad. Supresión (razones). Información subliminal. Economía. Programación. Pérdida de hábitos lectores



Capítulo I:



La dinámica cultural al llegar la televisión



EI televisor ha engendrado en Latinoamérica una nueva manera colectiva de ser: la cultura huachaca.

Es la creatura bastarda -huacha- de la electrónica y de la urbe, que se abre paso entre la racionalidad occidental y la tradición popular. Al comienzo parecía ser apenas un aire algo ramplón, un cierto gusto por la superficialidad brillosa y una tendencia pintoresca a durar en forma irracional. Pero pronto levanta sus propios dioses y adquiere su propio espacio en la sociedad hasta implantar una verdadera cultura.

Para apreciar las consecuencias de dicho fenómeno debe tenerse presente que cultura vendría a ser todo lo aprendido por medio de la comunicación. Es el conjunto de comportamientos socialmente adquiridos. Por lo tanto, incluye el lenguaje, las costumbres, las normas morales, la ciencia, el arte, la religión y las instituciones sociales como la familia, el mercado y la organización política.

O sea, cultura es toda acción que va más allá instinto. Comer, por ejemplo, en sí mismo no es un hecho cultural, porque responde al instinto de alimentarse, pero la manera de hacerlo si lo es, porque los utensilios, recetas y modales empleados para tal propósito corresponden a comportamientos socialmente adquiridos. Un ser humano criado sin comunicación alguna con sus semejantes, como los niños-lobos perdidos en los bosques, carece enteramente de cultura. Sólo lo mueve el instinto y al darle una gallina, reaccionará como cualquier vertebrado carnívoro en estado salvaje. Le clavará sus dientes caninos en el cogote y le chupará la sangre tibia, como lo hace el lobo. Si queda con hambre, arrancará a dentelladas la pechuga del ave, sin desplumaría ni cocerla.

Ante una mujer arremeterá para saciar su impulso sexual sin poesía ni proposición matrimonial, porque el galanteo y las instituciones, como el noviazgo y la familia, que regulan la convivencia humana, son elementos culturales aprendidos en la comunicación con otros “homo sapiens”.

La cazuela de ave, entonces, es una obra de nuestra cultura, porque implica un rico aprendizaje de técnicas de cocción, de recetas para combinar la papa y el cilantro, de empleo de determinados cubiertos, y de modales para sentarse a una mesa e ingeriría. Lo mismo el matrimonio, tanto el ceremonial para celebrarlo como las normas para regularlo, depende de la cultura que se tenga.

Al ser la cultura base espiritual de la conducta humana, lo que está en juego no es sólo la manera de cocinar una gallina o de redactar un contrato matrimonial; está en juego la manera de organizarla vida. La capacidad de conocernos a nosotros mismos, de entender la realidad, de adaptarse a un medio ambiente, de superar la adversidad, depende del esquema mental con que funcionemos. Y ése proviene directamente de lo aprendido, tanto en la educación formal como en otros medios de comunicación social.


En palabras del sociólogo Sorokin:



“Ningún grupo puede sobrevivir si dispone sólo de conjuntos de ideas ilógicas, inconsistentes o falaces. Si, por ejemplo, tal grupo le atribuye a la vaca las características del león y trata de lechar al león y de matar la vaca, si trata de comer lo incomible, si carece de nociones adecuadas para medir el tiempo y el espacio, si sus normas de conducta son contradictorias, si sus creencias mágicas y religiosas son falsas y equívocas, tal grupo no durará mucho.”

Dos culturas en pugna



Ahora bien, la actual contusión mental en Latinoamérica se origina en una identidad desarticulada proveniente de dos culturas de base que llevan demasiado tiempo una contra otra, la occidental y la popular.

Por encima tenemos la cultura del conquistador. Es la civilización de la racionalidad técnica y monetaria iniciada por la burguesía europea a partir del siglo X, cuando en los “burgos” libres de a potestad feudal se consolida una clase social que no es nobleza ni campesinado. Valiéndose de su superioridad técnica, ciencia, profesiones, artes desplaza el linaje como fuente de ascenso social y asignándole primacía a dinero- banca, capital, industria se impone sobre los privilegios hereditarios. Rescata la idea del individuo como ser libre y, en consecuencia, dotado de derechos universales por el solo hecho de existir. Plantea, entonces, como idea central el ascenso del hombre a la luz del conocimiento.

El propio Carlos V, de Francia, apoyado por la burguesía que ya estaba hastiada de esa nobleza de caballeros armados e improductivos dedicados a costosos juegos de guerra, hacia el año 1368 organiza una biblioteca nacional en el palacio de El Louvre, hace traducir a Aristóteles y funda un sistema gratuito de educación pública.

Cuando un señor feudal de armadura y coraza critica tales iniciativas, ei Rey Carlos responde una frase que sigue resonando como principio orientador de occidente: “Sólo prosperará este país en la medida en que se respete el conocimiento”.

Pero en Latinoamérica tal civilización penetra no tanto por virtud de ideales humanistas superiores como por obra de técnicas militares superiores con las cuales los españoles efectúan la conquista. Establecido el dominio sobre casi todo el continente, menos la Araucanía, comienza un arduo proceso civilizador para implantar los demás valores e instituciones inherentes a dicha racionalidad, como el cristianismo, la palabra escrita, la motivación profana del trabajo (en las culturas andinas se trabaja más por espíritu comunitario de contenido religioso que por incentivos monetarios), la hacienda, la producción industrial, el liberalismo, la universidad, la ciencia moderna, el consumo suntuario, la economía social de mercado y, en fin, todo eso llamado Civilización Occidental.

Pero, como se ha señalado en nuestro estudio sobre el comportamiento económico, en Norteamérica se asienta mejor la racionalidad occidental, porque los peregrinos ingleses encuentran un territorio casi enteramente deshabitado donde proseguir la evolución ideológica sin las taras del viejo continente ni los condicionantes de una cultura autóctona a la cual adaptarse No se ven obligados a cristianizar a nadie Las escasas tribus que les salen al paso no constituyen sistemas culturales significativos y los colonos anglosajones se limitan a exterminarlas o ahuyentarías hacia el oeste.

En cambio, al sur del Río Grande de México la situación es distinta, porque el conquistador europeo penetra territorios densamente poblados donde hay mucho indio salvaje, pero donde también se encuentran culturas evolucionadas como Ia Azteca y la Maya. Al llegar los hermanos Pizarro al Perú, por ejemplo, se calcula que el Imperio encabezado por el inca Atahualpa comprendía unos 12 millones de almas.

Más aún, durante la Colonia y la República, la tasa de crecimiento demográfico de la población indígena del continente es superior a la de origen europeo.

Por eso la penetración de la cultura occidental en latinoamérica no ocurre en un vacío cultural. No es cuestión de educar a seres con la mente en blanco como los niños, sino que de imponer una racionalidad aristotélica sobre otra desarrollada aquí durante siglos y que tiene su propia lógica para organizarla vida.

Occidente se enfrenta aquí a culturas que medidas con la vara europea carecen de elementos importantes como la escritura, la rueda o sistemas filosóficos racionales. Sin embargo, no se trata de pueblos primitivos, ya que son culturas de profundo sentido religioso, de idiomas complejos, de gran sentido estético, de avanzada organización social, de gran nivel técnico en ingeniería hidráulica y construcción civil, y de acabado conocimiento experimental en medicina y astronomía

Según Arnold Toynbee, de los veintiún grupos históricos que han creado sistemas socio- culturales o civilizaciones de primer orden uno es occidental y cuatro corresponden a Latinoamérica antes de la llegada de Colón (la Andina, la Mexicana o Azteca, la de Yucatán y la Maya).

Fácil es entonces comprender que aquí se encontraran mentalidades firmemente enraizadas nada de interesadas en dejarse llevar por la manera de ser de los recién llegados ni de someterse a sus instituciones.

Por eso el proceso civilizador, lelos dé ser una persuasión convincente, al comienzo adquiere una ferocidad bestia!, siendo frecuente para los reacios a recibir los dones del espíritu ofrecidos por Occidente terminar sentados en picanas, quemados por la Santa Inquisición de Lima, o bien simplemente destripados a sablazos. Hernán de Santillán, un consejero del Gobernador García Hurtado de Mendoza, luego de volver en 1560 a España, presentó un informe al Consejo de Indias de Sevilla donde describe así la llegada de los primeros occidentales al valle central chileno: “Mataban, mutilaban y echaban los perros a los indios, les cortaban los pies, manos, narices y tetas, robaban sus tierras, violaban sus mujeres e hijas, los encadenaban y utilizaban como bestias de carga, quemaban sus casas y asentamientos y destruían sus sembrados”.

Pero aun donde se establece un dominio formal, se produce entre las dos culturas una singular relación en nada comparable al colonialismo europeo en Africa y Asia, porque el español viene a quedarse. Al avecindarse en una realidad tan. sobrecogedora se empapa en ella y desarrolla instituciones, como la hacienda, que si bien se copia de Castilla, guarda poca relación con la posterior evolución europea hacia una clase media agrícola.

Tanto es así, que epopeyas como la conquista del Perú, los viajes de Orellana a través del Amazonas o la misma expedición de Pedro de Valdivia a Chile se gestan aquí y las realizan con su propio empuje estos primeros latinoamericanos de tomo y lomo. Sólo para fines de ratificación legal piden permiso a Sevilla, cuando lo piden (por algo Hernán Cortés quema sus naves).

El elemento de origen occidental domina la situación y la población indígena acata sus edictos llegando a adoptar símbolos de modernidad como los jeans y la Pepsi. Pero a través de los siglos demuestra una capacidad asombrosa de aparentar modernidad y a la vez mantener los esquemas mentales y ritos autóctonos que le dan identidad.

Las fuerzas culturales hasta mediados del siglo XX


Lo anterior contigura tres características esenciales de la cultura en los países latinoamericanos.

En primer lugar destaca la presencia de la cultura occidental. Cuando nos Visita un profesor de la Universidad de Heidelberg llega en Lufthansa a aeropuertos supermodernos, lo reciben colegas sin plumas ni flechas que andan vestidos como cualquier ciudadano alemán, ve autos Mercedes Benz por la calle, escucha Beethoven por la radio, admira rascacielos tan límpidos como los de Frankfurt, asiste a reuniones que ¡Oh! sorpresa se inician a la hora señalada, encuentra un buen nivel de investigación en la universidad y hasta se entera de avances originales hechos aquí que pronto serán dados a conocer en algún “journal” científico norteamericano. Se siente, pues, en medio de la racionalidad técnica occidental.

Lo mismo el representante de la Deutsche Grammophon Gesselschaft que se desplaza en breve visita a nivel de gerencias. Volverá convencido de haber tratado con empresarios animados por el mismo sentido de responsabilidad y ética de trabajo del norte de Europa.

Pero es presencia de una cultura, no existencia. Para entender cómo pueden las apariencias llegar a engañar tanto, es necesario recordar la forma en que hacía el año 1500 el sistema Colonial español, junto con haberse adaptado bastante a la realidad latinoamericana, había levantado un muro de edictos imperiales y controles burocráticos que aislaban del devenir. En lo social había quedado afuera nada menos que la Revolución Francesa, en lo económico, la revolución industrial. Pero la Colonia había afiatado una aristocracia tradicional de hacendados sumamente conservadores perfectamente dispuestos a perpetuar sus estáticos esquemas, sin innovación alguna.

De no mediar la invasión francesa a España y el consecuente derrocamiento del “bienamado” Fernando VII, la incipiente burguesía liberal de profesionales y empresarios un tanto más cultos, no habría tenido oportunidad de impulsar la modernización a que aspiraba, empezando por su independencia política.

Las burguesías ilustradas que logran controlar el caudillismo militar dejado por la guerra de la Independencia de inmediato empiezan a edificar el estado nacional -la República señorial- imponiendo la versión más moderna de la cultura occidental. En Europa el rol preponderante asignado al conocimiento estaba dando resultados espectaculares y viene todo ese optimismo científico típico del siglo pasado. El inseguro velero se cambia por el barco ¿vapor, el coche a caballos por el ferrocarril, el tallercito artesanal por la fábrica y el reino por la república.

El origen sobrenatural del hombre se sustituye por la teoría de la evolución, el sentido espiritual de la vida por el materialismo dialécticó o liberal y la revelación como fuente de autoridad que legitima la monarquía por la idea del ciudadano libre que origina la república.

La fe irrestricta en la educación, como factor central del progreso y en el Estado como instrumento civilizador, llega a engendrar un nuevo despotismo ilustrado para impulsar esta alta cultura que avanza triunfal hacia la luz. Se promueve la ciencia y el arte trayendo a sabios y pintores, se acogen a inmigrantes europeos, se becan a jóvenes talentosos para que estudien en Londres y Berlín, se crean universidades nacionales, se construyen escuelas y bibliotecas, se levantan escuelas de oficios técnicos y museos de bellas artes, se modernizan los ejércitos y armadas para hacerlos eficientes institutos técnicos, se edifican grandes teatros municipales para las artes de la representación, se fomenta la literatura, se discuten abiertamente los asuntos públicos, se organiza la prensa libre y en general se practica el respeto a la inteligencia.

Es la universidad para y por la inteligencia, la educación pública gratuita y la democracia parlamentaría organizada en torno a los preceptos del barón de Montesquieu sobre los tres poderes del Estado.

Se trata, pues, del tardío arribo del espíritu liberal que desde el siglo décimo venía emergiendo en Europa. Al asumir la burguesía ilustrada el control del proceso político emprende una campaña civilizadora para recuperar en la base el tiempo perdido. Sus armas para atacar la ignorancia fueron la palabra impresa (libros, prensa independiente) y la educación pública (escuelas, liceos, universidades).

Sin embargo, quizás por falta de perspectiva histórica o porque intuyeron que el campo y la hacienda ya estaban perdidos, esta campaña se concentra en la capital. Así como la hacienda fue el terreno propio del barroco español, la capital pasa a ser el territorio propio de la República señorial. Las instituciones claves de la campaña civilizadora se agrupan en un perímetro específico, cual fuertes temiendo un ataque bárbaro de la selva. Juntitos están el Ministerio de Educación Pública, el Parlamento, la Universidad, la Biblioteca Nacional, el Teatro Municipal, el Museo de Bellas Artes, la Catedral, las librerías, la prensa independiente y los Tribunales de Justicia.

Desde el centro este enclave civilizador irradia (O pretende irradiar) alta cultura hacia el país interior Es una tuerza centrífuga que salpica racionalidad técnica hacia afuera y que con el tiempo se convierte en una fuerza centrípeta tirando hacía adentro.

La segunda característica de nuestro entorno cultural es la porfiada sobrevivencia de una cultura popular firmemente arraigada en el campo y pueblos chicos del interior. Por siglos se ha ido transmitiendo de machi en machi, de toqui en toqui y de madre a hijo. Sólo últimamente, al parecer la radio, contó con un medio masivo de comunicación social.

A pesar de la tenaz campaña civilizadora de la elite ilustrada, sobrevive con gran vitalidad. Más de veinte millones de latinoamericanos hablan idiomas autóctonos, otros tantos no leen ni escriben yen vastas regiones permanecen intactas formas indígenas de vida. Oculta en ritos formalmente católicos subsiste la magia nativa de la religiosidad popular, fenómeno fácil de apreciar en festividades como la Tirana en el desierto de Atacama, donde los bailarines danzando frenéticos al ritmo dei tambor y los promesantes arrastrándose por la tierra hasta rasmillarse enteros, en nada parecen tener noticias del canto gregoriano o del sacramento de la confesión.

Más aún, durante las últimas décadas hasta en los antros de modernidad como Caracas y Sao Paulo afloran con mayor ímpetu expresiones de cultura popular cultos religiosos y ritmos musicales que se apartan radicalmente de la racionalidad occidental (la macumba va por dentro, Herr Professor).

Como a menudo conceptos emanados de realidades sociales occidentales se emplean para estudiarla nuestra, con el consecuente descalabro, es necesario aclarar que la noción de cultura popular no equivale a la de países europeos. En las distintas regiones de Europa y Norteamérica se da una cierta cultura popular de tipó “folk”, con sus musiquitas y trajecitos típicos, pero sin alcanzar a constituir un sistema cultural aparte. Allá la cultura popular es un mero folklore, o sea una variación estilística dentro del mismo marco societal. No implica esquemas mentales contrapuestos al resto de la sociedad.

Aquí, en cambio, la cultura popular viene de otras civilizaciones y es el alma de otras razas Tiene sus propios marcos de referencias, sus propios Adanes y sus propios pecados origina les, diferentes de ¡os occidentales y aun cuando haya estado desintegrándose, hasta el día de hoy constituye sistemas culturales evolucionados cuya sabiduría recién se empieza a apreciar.

Las investigaciones de los antropólogos, especialmente a partir de los trabajos de Levi Strauss, revelan cuán elaborados son los esquemas filosóficos de algunas tribus consideradas primitivas.

En algunos casos, como los indios Bororo, del Paraná ojos Watunna del Orinoco, su “primitivismo” es una relación armónica con la naturaleza y un profundo sentido espiritual de la vida que los aleja de la marcha galopante de Occidente hacia el materialismo maquinista.

Sin embargo, a las elites ilustradas de Latinoamérica no les interesa la idiosincrasia originaria. A lo sumo han considerado la cultura autóctona como un simple folklore, a menudo empleando filtros para mostrar únicamente su aspecto turístico. EI ballet mexicano se “sanitiza” para presentarlo en el Teatro Municipal y la urna zapoteca se exhibe en el museo nacional con lo cual tanto la danza como la escultura originaria quedan reducidas a la calidad de curiosidades arqueológicas, desprovistas de vida y sin referencia a la actualidad.

Por su parte el intelectual medio -de novelista a economista- ha tendido a pensar la realidad latinoamericana en términos europeos y hasta nuestra historia se presenta como animada a racionalidad occidental. En la mayoría de las representaciones simbólicas de la realidad se advierte esta tendencia a exaltar el carácter occidental de la sociedad. Por ejemplo, la característica de una serial de televisión -”La Madrastra”- es precisamente el rascacielos más moderno de Santiago y toda su ambientación, con actrices rubias y de ojos azules, presenta una imagen europeizante de la realidad. Lo mismo los avisos comerciales y la arquitectura: son cuidadosas fabricaciones tendentes a mostrar una imagen “moderna”.

Se ha creado un espejo cultural para reflejarnos distintos de como somos. Al vernos tan limpiamente estirados, nos sentimos halagados, pero nos distanciamos de nuestra realidad al punto de dejar de entenderla. Latinoamérica ha llegado a ser una realidad que no se entiende así misma. Y sólo llegará a comprenderse la dinámica sociológica y política de los países latinoamericanos cuando se conozca bien su base cultural. (Más adelante se vuelve sobre esto al analizar las posibilidades que esta peculiar configuración cultural ofrece al creador intelectual siempre y cuando la entienda.)

El tercer componente esencial de la cultura en Latinoamérica es el proceso de transculturación por el cual las dos tuerzas culturales en pugna van de mata gana contaminándose una de otra.

Es un flujo en dos sentidos, siendo lo más visible el salpique de ítems occidentales sobre la idiosincrasia nativa. Del conquistador se aprende desde montar a caballo hasta atender a Herr Profesor. La campaña civilizadora logra establecer una cierta modernidad, sobre todo en la capital.

Pero también está el flujo contrario El sociólogo Hernán Godoy en su acabado estudio de la cultura chilena observa que en cuanto llegaron los españoles empezaron ellos a aprender usos indígenas como ciertas técnicas de regadío, aparte de la consabida incorporación al repertorio europeo de la papa, el café, el maíz, el tomate, el tabaco y la sífilis y demás productos (O vicios) de origen americano. Hoy hasta en los más elevados círculos de la modernidad vemos algunos elementos de origen indígena, como la ruana de las azafatas de Avianca que bien puede andar a esas alturas sólo para fines turísticos. Más hondo y mimetizado bajo pautas occidentales de consumo hay esquemas mentales que la costra “civilizada” del continente ha ido asimilando de la base autóctona.

El patrón desde guagua ha ido aprendiendo del inquilino, primero a través de la ‘mama” del campo que lo cría aún en la ciudad, infundiéndole su fatalismo y esperanza en el golpe de suerte. Más tardé por otros mecanismos de socialización van asentando en la propia el te ciertas categorías mentales de origen indígena. Por ejemplo esa lentitud de los empresarios, que tanto exaspera a los norteamericanos, emana de un ritmo cultural autóctono en el cual “mañana” no se traduce por “tomorrow”, sino que por “eventualmente” o por “la próxima semana quizás”.

El rol emancipado de la mujer en la sociedad latinoamericana no proviene tanto de los movimientos liberacionistas europeos como de su papel en las culturas andinas donde es guerrera, labradora, empresaria o cualquier cosa menos objeto decorativo. Y la evolución política, que por más de un siglo siguió un curso paralelo al de Francia, calcando los mismos partidos radicales y frentes populares, en la última década parece haberse alelado de toda referencia con Europa occidental.

Esta es, pues, la dinámica cultural hasta mediados del presente siglo: un proceso civilizador que ya integrando el pueblo a la cultura occidental por medio de la educación pública y cuyo medio de comunicación de masas es el libro; una cultura popular que se trasmite en forma oral y que al aparecer la radio cuenta con un medio masivo de comunicación social; y por último la transculturación o mestizaje cultural que va mezclando algunos elementos occidentales con otros populares.

En la correlación de fuerzas culturales actuando sobre el escenario continental la campaña civilizadora va dominando la situación. Paulatinamente, y a pesar de algunas corrientes en otro sentido, se va imponiendo la racionalidad occidental.

Pero entonces llegó la televisión.


Capítulo II:



El impacto mental de la imagen en pantalla



Es habitual considerar la televisión como otro medio de comunicación social, algo así como un feliz combinado de radio con cine servido en casa. Pero lo que llega en un determinado momento de nuestra evolución cultural es más que un medio para comunicar imágenes de la sociedad: es una tecnología que impone su propio carácter a la sociedad.

Esto puede parecer extraño a quien siga creyendo que la técnica está al servicio del hombre. Según tan cándida creencia, el bien o el mal provocado por un invento no yace en el invento mismo, sino en la forma de emplearlo. (O sea, la energía atómica no sería ni buena ni mala, porque todo depende de si los buenos la utilizan para curar el cáncer o de si los malos la usan para destruir la humanidad.)

Si bien al comienzo varias investigaciones no demuestran que moldee la mente, pronto los publicistas descubren su capacidad para inducir hábitos de consumo y los políticos captan su poder para catequizar.

Investigaciones más recientes sugieren que a largo plazo “cultiva” en el niño reacciones violentas, actitudes políticas y estructuras mentales que afloran de adulto.

Mander, un ejecutivo norteamericano de televisión, llega a plantear que debe eliminarse de plano porque sus males son inherentes a su tecnología.

En realidad es típico querer ciertos inventos sin sus consecuencias lógicas. Queremos automóviles, pero no gases de escape; industria, pero no masificación; caminos, pero no accidentes camineros; obras públicas, pero no impuestos y Estado regulador, pero no burocracia.

Lo mismo con la publicidad.

“Si uno acepta la existencia de publicidad, uno acepta un sistema destinado a persuadir y a dominar mentes.., Uno también acepta que el sistema será utilizado por el tipo de persona que desea influenciar gente y que sabe hacerlo. Nadie que no desea dominar a otros emplearía publicidad, o tendría éxito en ella. Por lo tanto la naturaleza básica de la publicidad y de todas fas tecnologías creadas para servirla serán consistentes con ese objetivo, estimularán tal comportamiento en sociedad y tenderán a dirigir la evolución social en esa dirección”.


Razones para suprimirla



Los cuatro argumentos de Mander para eliminar la televisión siguen el mismo raciocinio de considerar inherente al medio las fuerzas que lo animan.

El primero es ecológico y no se refiere a la televisión misma, salvo en fa medida en que forma parte de un sistema de vida moderno. Sostiene que el ambiente artificial de la vida moderna (edificios, ciudades, especialidades) ha llegado a convenirse en una barrera oculta entre los seres humanos y los procesos naturales.

En ese medio ambiente estrecho un instrumento y como la televisión puede parecer potencialmente interesante, sano y valioso, pero al mismo tiempo acelera el proceso de confinamiento. El conocimiento queda supeditado a la recopilación y diseminación tecnológica. Lo que celebramos como la expansión del conocimiento humano es en realidad su confinamiento en un singular módulo cerebral, mientras que otras experiencias humanas y el conocimiento perssonal que va con ellas, comienzan a atrofiarse”.

Por ejemplo, el “aura” de un bosque de araucarias, el silencio espectral bajo el mar, o la reverencia que inspira la cordillera cuando sé está dentro de ella, todo eso constituyen experiencias imposibles de comunicar por televisión. Sin embargo, se puede llevar una cámara al bosque, bajo el agua o a la cumbre. Lo que se logra, entonces, es confinar esa vivencia creando una sensación equívoca de haberla vivido. Lo mismo con ciertas emociones como la ira o la soledad; la vida urbana va limitando el contado con la naturaleza y con experiencias naturales. En alguna forma la televisión se convierte en ventana al mundo perdido, pero al serlo, es también un filtro que sólo deja pasar una imagen de él, no su vivencia completa.

El segundo argumento es político. Afirma que la televisión deja la mente expuesta a la intervención autocrática. Inevitablemente, entonces, llega a ser un instrumento de “colonización psíquica y dominación humana por una cierta mentalidad y estilo de vida que sólo sirve a una forma de organización política.

Lo anterior también podría decirse de “la” prensa o “la” radio si fueran únicas; Pero en la medida en que un medio deja de ser singular para ofrecer variedad de puntos de vista, pierde su poder manipulador omnívoro. Así como lo que contiene la expansión de un país es otro país lo que contiene el poder totalitario de un canal es otro distinto.

EI tercer argumento, en cambio, es particularmente inquietante. Se refiere a la reacción neurofisiológica a la señal televisiva. Su radiación puede causar diversas enfermedades, pero la principal es que la televisión provoca un efecto hipnótico- adictivo que inhibe el pensamiento consciente y atrofia la imaginación creativa. Sobre esto volveremos.

El cuarto argumento se refiere a las limitaciones tecnológicas para mejorar la programación. Aunque el medio impone ciertos requisitos de limitado ángulo visual, velocidad y énfasis en primeros planos, es difícil aceptar que eso, por sí solo no tenga remedio y obligatoriamente deba dar una visión fragmentaria y vulgarizada de a realidad.

El Proceso fisiológico de la Señal.



Lo que no tiene arreglo es el efecto fisiológico de la televisión, porque eso es inherente a su tecnología.

Como se sabe, la pantalla consta de trescientos mil puntos fosforescentes distribuidos en 525 líneas horizontales.

Estos pequeños puntos parecen estar siempre encendidos, pero no lo están. Se prenden y apagan a razón de 30 veces por segundo, frecuencia imposible de percibir al ojo humano porque sólo capta 10 titilaciones por segundo. Una luz, por ejemplo, que se prende y apaga nueve veces por segundo, se ve titilar, pero aun secuencial superior a 10 por segundo, ya se ve continuamente encendida.

En cuatro millones de años sobre la tierra, el hombre jamás encontró algún fenómeno natural que requiriera una mayor velocidad de percepción, porque únicamente la electrónica ha sido capaz de crear vibraciones de tal rapidez. Ahora bien, el diferencial entre la velocidad de percepción humana (10 por segundo) y las posibilidades de la electrónica (30 por segundo en el caso de la TV) ha sido explotada para intercalar mensajes que, sin ser percibidos conscientemente, pasan al cerebro. En los cines, por ejemplo, se inserta en medio de la película una orden de consumir tal bebida que permanece tan corto tiempo en pantalla que nadie alcanza a darse cuenta de su aparición, pero en el entreacto el público se abalanza a consumirla.

También se ha empleado en películas de terror, intercalando imágenes de Satanás, para aumentar el miedo. Años atrás hubo gran revuelo en torno a esta práctica llamada propaganda subliminal a raíz de las revelaciones de Vance Packard, y se eliminó del cine.

Sin embargo, en cierto modo la TV es enteramente subliminal porque si bien no se intercalan órdenes ocultas, la mecánica electrónica de la imagen en pantalla se basa en la posibilidad de penetrar la mente por conductos distintos de la visión consciente. Es así como la imagen se define por el color que va tomando los puntos al prenderse, fenómeno tan rápido que crea la sensación de movimiento fluido.

Al prenderse unos puntos y apagarse otros, la totalidad de la imagen no está ahí. Eso que creemos ver, es un agregado parcial de puntos que se completa en la mente con los que encienden a continuación, al instante siguiente.

Para verificar lo anterior, basta sacar una foto a la velocidad de 1/100 segundo por ejemplo; aparece sólo un fragmento de la imagen porque el barrido no alcanza a completarse en ese lapso.

O sea, en ningún momento está ante nuestros ojos la totalidad de la imagen, como puede estarla en una fotografía, o en la pantalla de un cine, donde se proyecta cada cuadro completo.

¿Cómo lavemos entonces?



No lavemos, la soñamos



La imagen que atrofia la imaginación



La imagen del televisor es una fabricación electrónica producida al interior del cerebro. En lugar de vería con los ojos, resulta de una estimulación tecnológica. Ante los puntos fosforescentes de la pantalla se desencadena un proceso de integrarlos, untar los segmentos de imágenes que van llegando uno tras otro y componer un cuadro. Entonces, la imagen televisiva cobra existencia únicamente cuando ya ha pasado de la retina y se encuentra al interior de la cabeza.

Por lo tanto, no vemos la imagen con la vista, sino que la componemos con los mismos mecanismos cerebrales de los sueños, que tampoco los vemos con los ojos.

Esto implica varias posibilidades.

Primero, en este proceso queda en desuso el mecanismo cerebral de construir su propia imagen (imaginar), que se utiliza en la lectura, por ejemplo, donde un código inmóvil en forma de letras debe ser decodificado al ritmo del lector para convertirlo en sensaciones e imágenes que él mismo fabrica en su mente.

La palabra “casa” por ejemplo, en nada se asemeja a una, pero al ver esos signos creamos una en la mente. Pero en televisión nos entregan una imagen de casa sin necesidad de ejercitar la facultad mental de crearla. La pantalla entrega una casa ya imaginada, con lo cual deja de ejercitarse la facultad de crear su imagen. Mucho tiempo en esta situación de que otros imaginen por uno significa atrofiar el proceso mental que impulsa al hombre a ir más allá de donde está: la imaginación.

Gracias a la imaginación hay un logos orientador, una idea del mundo mejor de como es, una meta hacia donde elevarla condición humana. Sin dicha facultad el hombre queda como el caballo, en un eterno presente, quizás con memoria, pero sin anticipar ni prever (Pre- ver, derivado de la imaginación es, precisamente, verlas cosas antes de que ocurran. Es la cristalización de la idea que antecede a la creación cultural, es esa capacidad de oír en la mente una melodía antes de escribirla, o bien es la entelequia, ese movedor inmóvil que según Aristóteles dirige el crecimiento).

Más aún, la lectura, -el proceso de imaginar a partir de cierto código impreso- se efectúa al ritmo de la comprensión individual. Se avanza, se detiene o vuelve atrás en busca de nuevos significados. Se lee entre líneas y se va más allá del propio escritor, o sea se tiene ante los ojos una mera pauta para ir descubriendo, todo lo cual ejercita la imaginación.

La televisión, en cambio, entrega imágenes a su propio ritmo. Se está ante un proceso repetitivo de integrar puntos luminosos y componer con ellos imágenes. Al rato es fácil percibir el “efecto túnel” por el cual la vista se fija, el pensamiento lógico se apaga y la realidad exterior, sobre todo el sentido del tiempo, se desvanece. La conversación decae y se entra aun sopor parecido al de la hipnosis.

El segundo efecto mental de la tecnología deriva del hecho aparentemente intrascendente de permanecer mucho rato con la vista fija. Mover los ojos activa el estado de alerta, es lo que hacemos ante una señal de peligro, mirar para todos lados. Con eso el organismo se prepara para actuar; procesando toda la información disponible. Igual, al leer vamos recorriendo líneas que dirigen el pensamiento lógico lineal propio de la alta cultura. En cambio al detener la vista en un punto se entra en ese trance típico de quien se quedó mirando lejos, trance que sólo se interrumpe con un movimiento de ojos.

Ahora bien, ante la pantalla la vista permanece fija, con lo cual se desactiva el estado de alerta y se entra en una especie de sonambulismo. Este fenómeno ha sido ratificado por mediciones de la actividad eléctrica cerebral y por experimentos donde ponen niños a ver cine, a leer, a escuchar música ya mirar tele. Tocan una alarma de incendio y los últimos en reaccionar son siempre los que están frente al televisor.

Un informe de un equipo de investigadores



encabezados por los sicólogos Merrelyn y Fred Emery, del Centro de Educación Continua de la Universidad Nacional de Australia, en Canberra, concluye que “mirarla está al nivel consciente del sonambulismo”.

“La fijación continua es una especie de trance, no es atención, sino distracción -una forma de soñar despierto o de evadirse”.

“La naturaleza del proceso desarrollado en el lóbulo izquierdo y particularmente en el área treinta y nueve (el área integrativa) es lo distintivo de la vida humana, comparada con la de otros mamíferos. Es el centro de la lógica, de la comunicación, de la memoria y de la integración de componentes sensoriales, la base de los propósitos conscientes dei hombre…”

Según el informe Emery la evidencia empírica muestra que los seres humanos se habitúan al estímulo luminoso repetitivo. Si se habitúa, el cerebro decide que nada interesante ocurre y deja de procesar la información que entra. El área integrativa izquierda queda en una especie de punto muerto, incomunicado del resto, mientras el área derecha que elabora los procesos subjetivos -sueños, fantasías, reacciones instintivas y sensaciones inconscientes- continúa recibiendo imágenes de la pantalla, pero sin los filtros conscientes que las integran racionalmente.

La TV pasa al inconsciente sin un procesamiento lógico, lo que explicaría por qué los niños tienen dificultad en recordar lo que acaban de ver. Gran parte de lo “aprendido” frente a la pantalla pasó al interior sin haber sido digerido por la razón ni estar disponible para ser utilizado, fenómeno que se acentúa por el carácter emotivo de la programación.

Su efecto embotador ha sido comparado al de una droga. Para muchos es un barbitúrico para blanquear la mente, olvidar los problemas y evadirse de las tensiones. Si observamos las caras de la gente mirando televisión, apreciamos al rato una expresión perdida en la distancia y que no varía con las alternativas del programa. Si en pantalla aman, matan o empatan, muchos siguen inalterables, absortos. Más aún, cuando concluye el programa muchos siguen igual y demoran en reaccionar. Mientras en el cine la gente serie por sí sola en las secuencias cómicas, en televisión es necesario insertarle risas grabadas, “reír al televidente”, para que tenga la sensación de haber reído.

Todo esto indica que no es una tecnología neutra. Mientras la lectura por sí sola -independiente de los contenidos- tiende a despertar, la televisión por sí sola tiende a adormecer.

A la generación que desarrolló sus facultades mentales antes de la televisión, es posible que esto no les afecte mayormente pero hay indicios de efectos bastante profundos en quienes empiezan a estructurar su mente a la luz de la pantalla.

Igualmente es posible que su efecto sea menor en loa países del norte, donde funciona mañana y tarde la educación pública asimilando la atención preferencial de los niños y donde, además, se practica el hábito de la lectura. Una educación formal enriquecedora ha de aminorar los efectos mentales de esta tecnología primero por el simple expediente de que se le destine menos tiempo y luego debido a los elementos de comprensión de que dispone el niño para formar su criterio.

Pero en Latinoamérica, en lugar de ofrecer una programación que aminore estos efectos nocivos de su tecnología, se le somete a imperativos económicos que fomentan las conductas Irracionales.

Capítulo III:



Los imperativos económicos



Aparte de los condicionantes tecnológicos de la televisión, para entender la peculiar cultura que engendra, es necesario apreciar las tuerzas económicas que en la actualidad determinan sus contenidos. Y lo primero para eso es aclarar las tres falacias prevalecientes al respecto.

Falacia primera: La televisión es un media. barato. La prueba está en que por un diario me cobran 15 pesos, por ver una película, cien, y por un libro, trescientos; en cambio por ver tele, nada. Esto es muy lógico porque no requiere imprentas, papel, tintas, celuloide, tipógrafos, camiones de reparto, suplementeros ni librerías.

Falacia segunda: Uno paga por la televisión sólo el aparato receptor y un leve gasto de electricidad.

Falacia tercera: Los canales de televisión, su personal y sus programas lo pagan los avisadores, las universidades o el Fisco. Uno como simple ciudadano nada paga de eso. Por lo tanto a uno lo sumo le corresponde un derecho a veto negativo, vale decir, apagar el televisor si se siente defraudado por la programación. “A caballo regalado no se te miran los dientes”.

Ahora bien, si comparamos los costos de impresión gráfica con los de transmisión televisiva, observamos que cualquier institución y persona de ingresos medios tiene a su alcance mandar a imprimir un libro, un folleto o un volante. En cambio muy pocos tienen posibilidades de valerse de la televisión para comunicar porque apenas 30 minutos pueden costarle a un auspiciador entre 10 y 15 mil dólares en un horario plausible. Eso equivale al valor de imprimir una edición de 5.000 ejemplares de un libro de 200 páginas, y en papel plausible.

Esto ocurre porque la televisión, si bien no requiere imprentas ni suplementeros, requiere toda la parafernalia del séptimo arte adores, cámaras de alta tecnología, focos especiales, unidades de edición, equipos de sonidos, técnicas altamente especializadas, estudios de filmación, etc.

La única excepción a lo anterior son las transmisiones en directo de eventos deportivos, paradas militares o actos solemnes, donde la actuación y escenografía es dada por el suceso. Ahí es cuestión de llevar las cámaras y trasmitir sin necesidad de grabar en el film ni de editar. (Sin embargo, esto no siempre es tan barato porque generalmente el derecho a televisar eventos deportivos también debe pagarse y muy caro.)

El grueso de la programación son “producciones” donde es necesario fabricar desde el libreto hasta la escenografía. Aunque hay ciertas diferencias técnicas que veremos más adelante, desde el punto de vista económico la producción para televisión es similar a la del cine, pudiendo ir desde la cebollenta telenovela con un par de actores siempre en el mismo escenario y que puede costar unos dos mil dólares el capitulo, hasta la “superponducción” con legiones romanas a caballo, batallas navales y estrellas, que pueden superar con creces el millón la hora.


¿Cómo, entonces, se explica que no cobren por ver tele?



Muy simple: No ha habido manera de hacerlo directamente a quien la ve. Por lo tanto se la cobran por vía indirecta a la comunidad entera.

(”No ha habido” porque el sistema de televisión por cable, en rápido desarrllo en USA, ahora se financia pagando a final de mes por las películas vistas, algo así como la cuenta de teléfono según las llamadas. En Inglaterra, también hay un eficaz sistema de cobrar a cada propietario de televisor, un impuesto anual a favor de la BBC, con lo cual dicha corporación de televisión queda liberada de presiones comerciales.)

El negocio del cine se basa en una limitación técnica frente a la televisión: para ver una película es necesario concurrir a una sala especial. Ahí hace la suya el productor y el empresario de salas.

Por este motivo la televisión primero recurre al expediente de considerarse servicio de utilidad pública digno de ser financiado con presupuesto universitario y fondos estatales. Pero al seguir aumentando sus costos y cobertura, se descubre la fórmula mágica de intercalar avisos publicitarios y cobrar por ello.

Si los diarios lo hacen, ¿por qué no iba a hacerlo la televisión?

En este caso las analogías tienen un limite. A primera vista es la misma mecánica, pero al hacer la distinción de lo propio de cada medio se capta el diferente significado dé la misma fórmula aplicada a diferentes técnicas de difusión. En un caso el aviso va claramente diferenciado -en diagramación y redacción- del contenido editorial; el lector puede leer una crónica entera sin interrupciones, y los avisos se le presentan como una sugerencia lateral, pero no se le impone dentro y encima de la lectura.

En la prensa escrita, a tal extremo está diferenciado el aviso comercial del contenido editorial que no se tolera a un periodista intercalar propaganda en un artículo ni endosar tal o cual lavadora en una crónica. Sin embargo, se ha hecho habitual que animadores de televisión o hagan dentro de sus programas. Es como si los columnistas destinasen parrafadas a la Crema Nivea. Ciertamente aumentarían las ventas de Nivea y los ingresos de los columnistas, pero..

En la televisión, en cambio, el chicle “Dos en Uno” aparece de golpe en la secuencia de una obra Más aún, esto ocurre cuando la mente -debido al efecto cuasi hipnótico de la imagen en pequeños puntos fosforescentes- está abierta a estimulación no consciente. Para seguir uno la comedia o drama, debe interiorizar el mensaje publicitario completo, que no se presenta como sugerencia lateral, sino que como violenta irrupción adentro y encima del contenido, ocupando plenamente el área visual, al punto de que es imposible continuar sin ingerirlo.

“El mínimo de respeto para el televidente exige no interrumpir el hilo del desarrollo de un acontecimiento. Para evitar esta situación, en algunos países se han establecido momentos definidos del día en que se transmiten avisos; como por ejemplo, 5 minutos comenzando a las horas en punto. De esta manera, cada persona sabe cuando viene la propaganda y si tiene interés, la ve”.

El resultado de este cautiverio es una fuerte penetración del aviso comercial de televisión en las pautas de conducta. Su enorme potencial de manipular el comportamiento lo ha hecho un eficaz medio de promover ventas.

La meta del programa es el comercial que lo interrumpe

Para apreciar las consecuencias de este sistema de financiamiento, conviene detenerse en su lógica. Es la siguiente: el cañal transmite programas gente se siente atraída por dichos programas y los mira al mirarlos, el canal controla una audiencia cautiva el canal vende la posibilidad de irrumpir ante esa audiencia empresas compran dicha posibilidad para sus propios intereses establecen “contactos” con la audiencia diseñados especialmente para inducirla a consumir determinado producto el costo de dicho “contacto” se carga al precio del producto la audiencia reacciona ante el estímulo consumiendo el producto anunciado pero en cantidades tales que las utilidades de la empresa superan la inversión en publicidad por su parte el canal recibe dinero necesario para transmitir programas etc.

Por lo tanto la programación es sólo la carnada para atraer el anzuelo del aviso comercial.

Así ha llegado a estructurarse un mecanismo circular que gira en torno aun eje crítico: la “sintonía” o magnitud de esa audiencia ante la pantalla.

Es crucial porque determina la suma que puede cobrársele al avisador; a mayor sintonía, mayor ingreso para el canal. Las variaciones de tarifas según horario y programa son, en consecuencia, función de la sintonía.

En Latinoamérica la televisión se encuentra arrinconada entre gobiernos que la emplean para hacerse propaganda y empresas que la emplean para promover sus productos. En esa coyuntura queda poco espacio para finalidades civilizadas, y en lugar de “servir para comunicar e integrar al país…, afirmar valores nacionales, culturales y morales” como dice, por ejemplo, la ley chilena de televisión, se convierte en brazo propagandístico del poder político y en garra publicitaria del poder económico.

Por ahora no corresponde describir los métodos, a veces muy sutiles, de los regímenes militares para adecuar la televisión a sus intereses, pero la instauración del “autofinanciamiento” es la manera de supeditar este instrumento cultural a los intereses de las grandes empresas.

En tales circunstancias, los canales deben primero circunscribirse al marco del show evasivo, donde no hay más problemas que los bipersonales típicos de las canciones de amor ni más interpretación de la realidad que la ideología oficial. Simultáneamente se ven obligados a maximizar sus ventas buscando la mayor sintonía (enfoque populachero) al menor costo (serial norteamericana de deshecho).

Es así como en Chile, por ejemplo, el año 79 los canales vendieron avisos por valor de US$68.400.000,00 y el año 80,la venta de publicidad, alcanzó a US$ 127.400.000,00. O sea, los chilenos anualmente pagamos a la televisión el equivalente a una siderúrgica como Huachipato, a unas mil escuelas instaladas o a diez mil viviendas medianas. Es lo suficiente para tener televisión digna de la inteligencia, sin embargo, por ese precio recibimos la mediocridad programada.





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