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Cultura huachaca Parte 2 - Monografía



 
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Encima, la sintonía es tal en la medida en que se refleja en los instrumentos para medirla, vale decir, en las encuestas de sintonía realizadas a pedido de los canales. O sea no es un valor absoluto, fácilmente verificable como puede ser la velocidad de un auto. En lo que marca el velocímetro y punto. Si por alguna razón la encuesta no detecta sintonía para algún programa, se estima que no la tiene, aun cuando “a ojo” (vecinos, amigos, o propio interés) se percibe alto impacto. Si el velocímetro no marca, el auto está quieto, aun cuando lo veamos avanzar.

Esto perjudica principalmente a los programas culturales porque la metodología de dichas encuestas está sesgada en favor de los programas populacheros. No hay motivo para cuestionar su integridad (que las cifras sean efectivamente lo manifestado a encuestadores.) Pero se trata, en primer lugar, de encuestas hechas durante el día, con lo cual se favorecen programas diurnos por ser más fácil recordar lo que se está viendo en el momento.

Segundo. ¿Quién está en casa durante el día? Principalmente señoras, empleadas y niños. Por lo tanto las encuestas a hogares tienden a recoger sus preferencias en desmedro de quienes andan afuera, ocupados trabajando.

Además, la encuesta tiende a tener mayor receptividad en los estratos bajos. En las poblaciones la gente se siente halagada al verse consultada y por lo general se esmera en llenar las entrevistas. Pero a medida que vamos subiendo por la escala de nivel educacional el ambiente se va haciendo más pesado hasta llegar al barrio alto con sus departamentos con puertas encadenadas y sus chalets con reja, donde en el mejor de los casos, contesta la empleada. El recurso de dejar una papeleta para ser Ilenada tampoco da una idea confiable de la sintonía en los estratos de mayor nivel educacional, porque ello permite saber algo de quienes responden formularios, pero nada dice de quienes están demasiado ocupados para llenarlos.

En síntesis, las personas más integradas a la alta cultura, son las menos propensas a ser entrevistadas en estas encuestas. Debido a la metodología utilizada, tienden a recogerla opinión de quienes, precisamente, conforman la sintonía de programas de bajo nivel.

Se trata entonces, de un medio de comunicación extremadamente caro y concentrado, pero financiado con un sistema sumamente difuso. Lo difuso se refiere a la ausencia de relación directa entre el cliente y el productor, como la existente en literatura, donde las preferencias del lector determinan la suerte del escritor o en cine, donde el éxito de una película depende de su aceptación en el pueblo. (A falta de otro sistema más seguro de selección, la votación popular de preferencia culturales sigue siendo en general la mejor, para apreciarlo basta recordar el éxito de los autores clásicos y de películas como “La Flauta Mágica” de Bergman, sobre la ópera cumbre de Mozart.)

Como la codiciada “torta” publicitaria proviene de recargos a bienes de consumo, en definitiva la paga cada miembro de la comunidad nacional. Pero éste no tiene cómo hacer valer directamente su preferencia. Carece de mecanismos para hacer sentir en forma decisiva su opinión ante el canal, del mismo modo que la puede hacer sentir ante casi todo lo demás, des de libros a calcetines.

Si algo le gusta, “vota” por eso comprándolo (o pagando entrada para verlo). Al hacerlo, puede condenar a su autor al fracaso. Sin embargo, esta regulación esencial del mundo libre no la ejerce con la programación de televisión. Su opinión negativa no interesa, y si alguien sistemáticamente se da el trabajo de recogerla, puede ser olímpicamente sobrepasada por los canales. Por ejemplo, la encuesta mensual de sintonía realizada por la Escuela de Administración de la Universidad Católica revela que el porcentaje de informantes que consideró que los avisos comerciales eran “demasiados en general” fluctúa entre 65.2% en febrero a 100% en abril.

Asimismo las sugerencias se concentran, para cada uno de los canales, en mayor número de programas “culturales y educacionales”. Refiriéndose a Canal 7, en mayo del 78, por ejemplo, el 46.3% sugirió más de estos programas. Le siguen las sugerencias de más programas musicales que alcanzan a 17.1%.

¿Y…?



La misma encuesta que usan los canales para medir sintonía de sus programas y negociar con los publicistas, no se emplea para adecuar la programación ala demanda de la ciudadanía.

Esto ocurre porque el cliente de la televisión no es el público, sino que la agencia de publicidad. Aunque esos millones de dólares para la televisión vengan del público, su control está en manos de los publicistas. Consecuentemente, mientras perdure tal sistema, ellos gravitarán en forma decisiva sobre la televisión. A pesar de las estructuras formales, de la ley y de las buenas intenciones, el mecanismo ideado para financiarla le entrega necesariamente el poder a quien la paga, vale decir, el publicista. Por lo tanto estará siempre presionando -y con el sartén por el mango- para adoptar la programación a sus intereses. Por este camino llegamos a que cuando se da una obra de magnífico nivel cultural, como “Yo, Claudio”, hecha por la BBC, su presentación sea una verdadera tanda comercial interrumpida con trozos de la obra. Cada diez minutos reventaba la publicidad, sin consideración alguna a las palabras de Calígula, a las intrigas de Mesalina, o al buen gusto.

Por eso en torno a la sintonía queda una duda de fondo. ¿Cuando la gente mira un programa banal es porque lo considera bueno o es porque se conforma con lo que hay?

Quizás el hecho de que tantos al volver agotados de su trabajo prendan el televisor sea más de un indicador de las esperanzas cifradas en este invento que uno de satisfacción con los programas ofrecidos.


Capítulo IV:



Los condicionantes de la programación



Tanto la tecnología de la televisión como los imperativos económicos de su funcionamiento encajonan su programación en determinados Iímites. No todo es posible en televisión, o mejor dicho, sólo resulta un tipo muy específico de programa. Estos condicionantes son:


1. Tendencia oligárquica.



Los programas lo hacen casi exclusivamente gente de televisión, lo que equivale a que sólo el personal de las imprentas escribiera libros. Hay una tendencia del medio a cerrarse sobre sí mismo en pequeños grupos que se felicitan y defienden entre ellos para mantenerse ahí. Y así como el nivel académico de las universidades necesariamente decae si las cátedras no se asignan por concursos abiertos, para seleccionar animadores, programas y directores debieran existir concursos abiertos para dar cabida al mejor. Como se sabe, el compadrazgo, la amistocracia y el acomodo fomentan la mediocridad.

2. Tendencia consumista.



Los contenidos de la televisión tienden a exaltar las actitudes y formas de vida propias de la sociedad de consumo, en primer lugar debido al menor precio de los programas extranjeros “envasados” y segundo debido a la necesidad de adaptarse ala ideología del consumo. Si la programación, por ejemplo estuviera solamente destinada alfabetizar o a exaltar la espiritualidad, el medio tendría el escaso interés publicitario del pupitre o del pálpito ¿Qué sentido tendría un comercial de whisky seguido de un programa sobre los estragos del alcoholismo? ¿Podría un programa sobre el cáncer a los pulmones provocado por el tabaco ser auspiciado por Viceroy?

Por eso, a medida que los valores sociales difundidos por la programación coinciden con los de mensajes publicitarios, su efecto manipulador aumenta. Avisos y programas tienden, consecuentemente, a aunarse en una misma filosofía de vida. Los imperativos económicos presionan hacia una programación extranjerizante, tanto en sus formas lingüísticas como en su contenido ideológico. Para que los símbolos claves ofertados por la publicidad pasen a desempeñar roles centrales en la existencia, se comienza a distorsionar la noción de familia, de valores existenciales y de identidad nacional.

En los programas no pueden, por ejemplo, aparecer referencias negativas al trago o al cigarrillo, de modo que todo sea coherente con la rubia espléndida que se da vuelta en la playa para preguntarnos, ¿Tú también fumas Viceroy? En lugar de valorar cosas simples como el mote con huesillos o la yerba mate, el medio debe crear un ambiente donde el amor es jabón Le Sancy y lo máximo es un Renault Fuego.

3. Tendencia a la violencia.



En televisión debe haber constante movimiento y debido a una connotación diferente que adquiere el tiempo (30 segundos pueden parecer una hora, y una hora parece una eternidad) la velocidad de movimiento es muy alta. Lo inmóvil -la blanca montaña, el perfumado bosque o el increíble cuadro- sencillamente no resulta y de algún modo para televisarlo debe imprimírsele movimiento.

Por eso tiende a dejarse de lado todo aquello que no represente acción como puede ser el raciocinio, la meditación o el amor, y tiende a incorporarse todo aquello que representa acción como el deporte, el crimen y el sexo. Esta tendencia lleva a la máxima forma de acción que es la violencia, ingrediente capital tanto de los dibujos animados como de las seriales.


4. Tendencia a la fragmentación.



Los encuadres amplios, posibles en el cine, pierden definición en televisión El ángulo visual del hombre, de 180 grados, le permite tomarse una idea global de la realidad frente suyo. También la continuidad del cine le permite seguir el desarrollo dramático de una situación aun ritmo afín con el de su mente.

En televisión, en cambio, el ángulo visual es muy estrecho, ocupando sólo una porción del campo focal. Como la imagen, al tratar de abarcar un panorama amplio, pierde definición (se “empasta”) debe recurrirse a encuadres reducidos tales como primeros planos de caras, manos o detalles y siempre contra fondos simples. Es un mundo de primeros planos sin relieve.

Por este motivo incluso un escenario debe ser mostrado con dos o tres cámaras que lo toman de distintos ángulos y se supone que la sumatoria da la noción de conjunto.

Las imágenes fragmentadas, cortadas por las consabidas interrupciones comerciales son un sesgo contra la profundización analítica de un programa, comparable a la limitación de los periódicos respecto al largo de sus artículos. Ciertos temas, a determinado nivel sencillamente no caben en artículos y deben quedar fuera. Pero en el medio escrito hay libros, mientras que en televisión no hay su equivalente más extenso y profundo. Así la mente se fragmenta en gran cantidad de elementos desconectados que buscan una integración, dejando esa sensación de vacío en la vida moderna.


5. Tendencia a la superficialidad.



La presión de la sintonía obliga a orientarse hacia la masa en su punto más fácil de equilibrio: lo liviano. Todo lo que implique algún esfuerzo de la inteligencia tiende a descartarse por ser elitista. Sobre esto volveremos porque es crucial para entender la cultura huachaca.

6. Tendencia a constituirse en realidad.



Hasta aquí nos hemos referido a la televisión como un medio de comunicación, llegando a compararla con otros. Ahora bien, un medio -sea de comunicación o de transporte- traslada algo sin alterar su naturaleza. La imprenta, entonces, comunica vivencias literarias que van más allá de los signos o del papel empleado y la radio transmite sinfonías sin que los aparatos transmisores o receptores alteren mayormente la obra comunicada. Salvo escasos intentos de hacer arte con tipografía y música con compositores electrónicos, no se pretende que dichos medios, por novedosos que sean, constituyan realidades en sí mismos.

Sin embargo, en el caso de la televisión, estamos ante un fenómeno diferente. Si sopesamos lo recién señalado sobre la mecánica mental de su tecnología se aprecia que esa representación electrónica de la realidad tiende a constituirse en la realidad propiamente tal, quizás de mayor impacto persuasivo que las percepciones directas de nuestros sentidos.

La primera vez que observamos este fenómeno fue durante Semana Santa en Sevilla. Por una estrecha talle avanza la Cofradía de los Gitanos, sus miembros encapuchados van cubiertos con el vistoso hábito morado. Unos cuarenta “costaleros” cargan el “paso”, una especie de altar con estatuas de la Virgen y de Cristo en tamaño natural. Al fondo de la calle hay un camión estorbando el paso.

Se produce tal apretazón que es necesario refugiarse en el zaguán de una casa y ahí, entre los visillos, se alcanza a divisar a una dama de negro en el salón. Está mirando tele y en la pantalla aparece nada menos que la Cofradía de los Gitanos, la misma que en esos instantes desfila frente a su casa. El camión que estorbaba el paso a media cuadra era el de la TVE.

¿Por qué esa dama de negro en Sevilla, en lugar de asomarse por el balcón para ver la procesión, prefiere verla en televisión?

Descartada la flojera como motivo de su actuar (tiene la procesión tan a mano como el televisor) queda una causa más profunda, observable también en teleadictos criollos: es más convincente la representación de la realidad en pantalla, que la percepción directa de esa realidad.

La procesión se ve más “clarita” en la tele que desfilando de verdad, la telenovela parece más real que el drama vívido en nuestra familia y conocemos mejor la cara del animador que la propia.

Actores, animadores y entrevistados de la televisión suelen quedar “ensillados” por la imagen que proyectan en pantalla. Si alguien actúa de bobo en un teatro, en cuanto se baja del escenario sus amigos olvidan el papel que representaba y vuelven a apreciarlo como es en su trato directo. Pero si dicho actor actúa de bobo en la televisión, será tal la penetración mental de la imagen en pantalla que tenderán a verlo como bobo para siempre. Nissim Sharim, por ejemplo, un actor que ha representado magistralmente los más variados papeles, ha quedado marcado por su actuación en un comercial del Banco de Santiago y según comenta, aun cuando está actuando en teatro tiende a ser visto como el protagonista del “cómprate un auto Perico”.

Del mismo modo un objeto que aparece atractivo en televisión, lo consideramos atractivo aun cuando nuestra idea anterior de él, derivada de cómo lo percibimos directamente, nos hubiera indicado que no era de nuestro gusto. Por ejemplo, si probamos un determinado brebaje negro, seguramente lo encontramos malo, o por lo menos inferior a una limonada natural. Pero si nos muestran jóvenes alegres deleitándose con la Coca- Cola y volvemos a probar el mentado brebaje, lo encontramos rico.

En otras palabras, los sentidos humanos están reaccionando mejor a la información procesada electrónicamente que a la recibida directamente de la fuente.

Las consecuencias de esto son aún insondables. Basta considerar que durante miles de años, la especie humana ha sido condicionada a considerar la percepción visual de un hecho como la prueba definitiva de su existencia. Podrá haber olor a león y podrán escucharse rugidos, pero sólo nos convencemos de su presencia en la pieza al verlo.

Pero en televisión vemos cosas que no están ahí, que nunca estuvieron ahí, que no son verdaderas y que son procesadas a gusto por otros. Ante nuestros ojos aparecen hechos de lugares remotos y tiempos distantes. EI ritmo natural de un evento se interrumpe, abrevia o acelera hasta que aparezcan como reales hechos que jamás ocurrieron. Pero estamos tan acostumbrados al “ver para creer” que esa percepción ocular termina siendo el parámetro de la realidad, sobre todo a niveles bajos de conciencia.

“Ahora con los medios electrónicos nuestros sentidos han sido alelados otro paso de su fuente. Pueden alterar y de hecho alteran las imágenes que podemos ver. Las enmarcan, desprenden de su contexto, editan, recrean e interrumpen con otras imágenes. Llegan de una variedad de lugares del mundo donde no estamos y fueron filmados cuando no estábamos presentes. Más aún, muchas imágenes son completamente ilusorias. Lo que estamos viendo no ocurrió jamás. O sea ocurrieron, pero sólo la actuación ocurrió, el hecho no”.

Por eso cuando pasan teleseries como “El Dr. Marcus Welby”, que es una representación novelada de la vida de un médico, llegan (en USA) 15.000 cartas, en su mayoría consultando asuntos médicos personales. La gente ve a ese -actor como un médico de verdad tal como el niño considera a Ultramán como héroe verdadero -por algo lo está viendo y desde el momento en que ve sus proezas será porque las habrá efectivamente realizado.

Lo mismo con las telenovelas, esas representaciones dramáticas son vistas en un estado de pasividad mental y de cercanía al protagonista en que jamás se han presenciado acontecimientos similares. Se llega a creer, entonces, que esa es la vida. Por eso las representaciones dramáticas pasan a ser la idea que se tiene de las relaciones entre seres ya menudo constituyen las pautas de conducta a seguir.

Se torna difusa la distinción entre lo real y lo ficticio. Tampoco se distingue entre el medio y el contenido. Los sentidos se han alejado de su fuente, pero debido a la penetración sicológica de la imagen visual, el mensaje en pantalla comienza a absorberse como realidad. Un medio para comunicar cultura comienza, entonces, a convenirse en una cultura. En lugar de ser la televisión el reflejo de la sociedad, será la sociedad el reflejo de la televisión.

Capítulo V:



El contexto social donde se origina lo huachaca



La migración del campo a la ciudad



Al llegar esta maravilla electrónica, ¡unto a la dinámica cultural esbozada en el Capítulo está en curso la dinámica sociológica de la urbanización.

En realidad la emigración masiva ala ciudad empieza mucho antes con Ia insensata desarticulación de la vida rural, en particular del pueblo chico que se le deja morir sin dotarlo de servicios mínimos como agua potable, escuela buena y policlínica. En lugar de ser fuente de trabajó y célula viviente de la nación, es la desidia pudriéndose al sol.

Quizás porque lo más visible de París sea París y no la comunidad local en la cual se sustenta Francia, la elite ilustrada concentra su acción civilizadora en la ciudad. Se copian las brillantes instituciones que afloran en la gran ciudad europea, pero sin calcar la evolución de país interior sobre la cual se basan. Se emprende la industrialización antes de desarrollar lo esencial que es la agricultura y se construyen costosas universidades antes de alcanzar a tener una educación escolar funcionando adecuadamente en cada aldea, como en Europa. Se omite así el tedioso trabajo de crear las bases económicas y sociales del desarrollo.

De este modo el principal resultado del proceso civilizador no es tanto la educación del pueblo al cual supuestamente va dirigido, sino la propagación de la clase media culta encargada de llevarla a cabo. La mayor parte de la creación intelectual latinoamericana del presente siglo proviene, precisamente, de esta clase media vinculada al sistema educacional.

Debido a la función decisiva de la palabra escrita en la cultura occidental, podemos considerar el hábito de lectura como un indicador del nivel de integración a dicha cultura. Una reciente investigación al respecto indica, justamente, que leen libros sólo los profesores secundarios, los estudiantes universitarios y los profesionales, siendo casi nula la capacidad de la educación escolar de formar tal hábito.

O sea, el sistema educacional sólo logra educar a los educadores.

Entretanto el país interior -el campo especialmente- interesa a la elite ilustrada sólo en cuanto fuente de dinero y de servidumbre. La hacienda no irradia valores occidentales ni prácticas democráticas. Se le arrebatan a las comunidades locales sus mejores tierras ya bajo precio se lo extraen sus más dulces frutas. Los productos urbanos como arados y abogados suben incesantemente de precios en relación al trigo y la inversión pública se concentra en la capital, creando ahí una atrayente fanfarria de luces.

Es tan aplastante la explotación que hace la urbe del campo que la vida rural empieza a perecer asfixiada ya sus sobrevivientes sólo les queda rendirse ante el poderío de la metrópoli. Primero es la aristocracia terrateniente que se va a vivir a la ciudad, luego sus hijos se dedican a cuestiones urbanas como La banca o la diplomacia y más tarde los de abajo también se van.

Diariamente miles de personas abandonan su imposible condición de castigo en el campo para emigrar a la ciudad. (A Lima solamente llegan 200 personas diarias a instalarse para siempre). Este proceso galopante de urbanización implica que miles y miles van arrancando sus raíces culturales de donde las tenían asentadas por siglos

Por eso la emigración rural-urbana es una emigración de una cultura a otra. Y dicho trasplante se efectúa sin los mecanismos de socialización que faciliten una integración armónica. En Australia por ejemplo, a los inmigrantes españoles o centros europeos que llegan, a pesar de pertenecer a la misma cultura occidental de Australia, los someten a un elaborado proceso de adaptación, debiendo el adulto asistir a cursos de inglés hechos con el método situacional que, en el fondo, es un método de incorporar a alguien a la mentalidad australiana. El niño, por su parte, en cuanto llega empieza a asistir a escuelas públicas de alto nivel y al poco tiempo es probable que ni siquiera hable el idioma de su casa tan fuerte es la educación que recibe. (Es lo mismo con el famoso crisol o “melting pot” de culturas que es Estados Unidos: en el “public school” funden todo, desde prejuicios raciales hasta taras ancestrales.)

La insuficiencia de la campaña civilzadora



Acá, en cambio, tratándose del salto desde una cultura a otra no existen mecanismos adecuados para amortiguar la caída. La campaña civilizadora, ante la avalancha provocada tanto por la emigración como por el explosivo crecimiento demográfico, no es capaz de dar suficiente educación a la base social. Los muy bien intencionados programas educacionales se van diluyendo en una realidad abrumadora a medida que se alejan de los escritorios de sus redactores. Al llegar a la población marginal los elevados principios pedagógicos son apenas un galponcito de tablas sobre el tierral, donde una heroica maestra espanta las moscas mientras trata que los sesenta niños hambreados de su curso aprendan algún día a escribir ma- má.

“…la prevalencia de la desnutrición de grados II y III en muestras de menores des años en el decenio 1965-75 ha tenido un aumento importante, tanto en las tasas que suben de 24.9% a 32.9%, como en el número total de desnutridos estimados, que suben de 668.000 en 1965 a 1.114.000 en 1975; vale decir, un aumento de 66.8% con 446.000 niños desnutridos más que atender”

Por lo tanto en América Latina la desnutrición por sí sola, debido a su efecto en eI aprendizaje y a sus consecuencias en el posterior cuociente de inteligencia, inhibe la racionalidad. A lo anterior súmese un sistema educacional incapaz de asimilar debidamente a las cantidades cada vez mayores de niños en demanda de aprender. Por cada cien niños en edad escolar, hay sólo uno en la educación superior o universitaria.

Suponiendo, con bastante generosidad, que el puro hecho de llegar a la educación universitaria signifique acceder a un nivel educacional digno de la cultura occidental, tendríamos que los socializados en dicha cultura representa aproximadamente el 1% de la población, situación que debido a las tasas de crecimiento demográfico no estaría variando para mejor.

El reducido número de personas educadas a un nivel dé la alta cultura, junto a lo señalado respecto al hábito de leer libros, da una idea de cuán delgada es la capa de barniz civilizado.

Habiendo sido la elevación cultural el tema central de debate nacional durante el período de la república, llegando un profesor que planteaba que “gobernar es educar” a ser Presidente, otros temas empiezan a desplazar esa concepción del arte de gobernar. Que el desarrollo económico, la justicia social o la seguridad nacional, como si pudiera haber crecimiento tecnológico- industrial, sentido de justicia y orden estable en una sociedad de ignorantes.

EI estrato de mayores medios económicos se salva de la gradual decadencia de la educación pública colocando a sus hijos en colegios particulares, pero la mayoría queda sometida a escuelas públicas de bajísimo nivel que constituyen para el niño experiencias repetitivas muy poco estimulantes o a liceos que se van empobreciendo junto con un inexorable aumento de la matrícula hasta llegar a la doble jornada que en realidad es una media educación porque reduce a la mitad la formación del niño.

El proceso civilizador queda, entonces, sin suficiente energía para asimilar a los nuevos contingentes arribados a la ciudad en cantidades cada vez mayores. Deja a vastos sectores de la población urbana a medio camino, desarraigada de su cultura originaria y sin integrar adecuadamente a la alta cultura.


Del siútico al huachaca



En un comienzo esto no es muy notorio, porque el adulto emigrado a la capital, como Jesús Sánchez en Ciudad de México, llega con su estructura mental establecida. Él básicamente un campesino que en lugar de trabajar en la hacienda, lo hace en un restorán. Del mismo modo los araucanos venidos a Santiago con vestimentas típicas se reunían los domingos bajo las araucarias del parque Quinta Normal, como si fuera un domingo cualquiera en Carahue.

En esa etapa, el único personaje que tipifica la situación intermedia entre tos dos niveles socioculturales es el siútico. Es quien estando a medio camino en su ascenso social, como Martín Rivas en la obra de Blest Gana, asimila algunos manerismos superficiales del grupo al cual desea acceder, creyendo con eso ser aceptado.

El siútico dio sus primeros pasos a pie pelado sobre el piso de tierra de la choza, está a medio camino en su evolución cultural y comienza a pisar alfombra. Pero carece de la educación necesaria para entender algunas diferencias, quiere ser igual al gerente, y en lugar de estudiar Ingeniería le copia la corbata de seda italiana, aunque luciendo una demasiado chillona; mientras, ella quiere ser igual a la señora distinguida, y en lugar de cultivarse, usa taco alto y se pinta las uñas hasta para ir a la playa.

No encuentra un marco de referencia que lo ubique en su condición intermedia ni es auténtico en su medianía El aristócrata se aterra a su pasado -a veces imaginario- de grandeza familiar; en cambio, el siútico, como viene del tierral, no quiere nada con el pasado. El aristócrata, de tanto admirar su glorioso pasado, olvida su oscuro futuro; mientras el siútico, de tanto mirar hacia dónde va, olvida de adonde viene.

El siútico, entonces, no tiene historia. Está en plena transición entre dos niveles culturales y es tal su ansiedad por llegar a la otra ribera, que se tira al no antes de aprender a nadar. Su motivación -superarse- es loable lo patético es el medio empleado para conseguir tal fin, porque en definitiva se queda en el chapoteo superficial. Es un intento errado, pero igual es un intento de ser más.

La televisión, en cambio, crea una situación nueva: reafirma al que no es ni lo uno ni lo otro, y lo reafirma en lo que es. Aparece en un momento de la evolución social en que una gran masa de población urbana se encuentra a media agua, sin ser entéramente populares como sus padres ni suficientemente occidentales como los de arriba.

Ellos configuran la demanda social donde se instala la televisión: son millones, buscan la modernidad son un mercado manipulable para productos de consumo, necesitan algo fácil, no tienen el sentido crítico del hombre verdaderamente culto y se conforman con poco.

Tampoco quieren los. La actitud del recién arribado a la ciudad es la del arribista: conquistar sin combatir, llegar a ser sin tomar conciencia. En su afán de integrarse a la modernidad, anhela acceder al consumo y al éxito, pero sin entrar en conflictos.

Usar el sistema sí, juzgarlo no y oponérsele, menos.

En el subconsciente aún le pena el sometimiento ancestral al patrón en la hacienda. El concepto del ciudadano libre y soberano en el cual se basa la república, no ha sido una- realidad tangible en el campo. El campesino -en cuanto peón, inquilino, minifundista o simple Juan sin tierras- estuvo por muchas generaciones enmarcado en esa peculiar institución de dominación que es la hacienda. Ahí el patrón, más que jefe de una faena comercial, es una especie de Dios- padre por encima de la ley civil, señor absoluto de la comarca y amo de su gente. Las pautas de interacción socia en que se desenvuelve el campesino en Latinoamérica se asemejan más a las del vasallo en el feudo medieval que a las del ciudadano en la república moderna. De la revolución francesa de 1789 no se supo mucho en el campo, y como el proceso civilizador se concentra en la capital, al interior de Latinoamérica hasta el día de hoy poco se ha aprendido de libertad; igualdad y fraternidad.

Sometido a la voluntad del patrón, sin mecanismos democráticos para resolver gradualmente las tensiones, el campesino ha debido optar entre la sumisión completa o la sublevación total. Por algo las revoluciones en este continente son fenómenos eminentemente rurales, como lo demuestra la iniciada por Emiliano Zapata el año 1910 en el estado de Morelios de México, y que más tarde se extiende por todo el país; la “violencia” de Colombia, que a partir del asesinato de Eliecer Gaitán en 1948 se expande por las serranías hasta causar la muerte de 260.000 personas y la huida de más de un millón de refugiados; la encabezada por Fidel Castro en la Sierra Maestra contra la dictadura de Fulgencio Batista, y las más recientes en Nicaragua contra Anastasio Somoza y en El Salvador, que también se libra en remotas zonas rurales.

En todos estos casos la revolución es expresión de la cultura popular; es sólo al final, cuando ya cuenta con el país subterráneo de pueblos chicos y de regiones apanadas, que un buen día amanece la capital en poder de los sediciosos. Esta constante de los movimientos revolucionarios de Latinoamérica no seda tanto en Argentina y Chile, donde la reivindicación popular últimamente la canalizan los sindicatos industriales y mineros, ni es característica de otras partes del mundo. La Revolución Francesa, por ejemplo, desde la toma de La Bastílla en adelante, ocurre en pleno París; en ja actualidad en Irlanda del Norte es esencialmente una guerrilla urbana centrada en Belfast, y la revolución del pueblo iraní para deshacerse del Sha e instaurar una república islámica estalla en las ciudades de Qum y Teherán.

Las causas de esta explosividad latente del campesinado deben buscarse en su nivel infrahumano de vida, pero aquí lo importante de considerar es que escapa del campo para salir del opresivo abandono y encontrar una disyuntiva mejor. Se va ala ciudad a ser persona.

Ahí el asunto no era tan fácil como parecía. Debe iniciar una compleja metamorfosis cultural, que puede tardar varias generaciones. Está en terreno ajeno, debe adaptarse a mentalidades distintas, todo funciona de otra manera, su marco cultural originario resulta irrelevante (¿De qué le sirve saber herrar?), le cuesta reconocer las señales de la vida urbana, y se siente inseguro. No sabe quién es ni dónde está.

Para esa enorme masa de arribados amontonándose a diario en la ciudad, la televisión es la levadura que los hace subir. Les otorga identidad en su medianía. En vez de acomplejarlos con una alta cultura a la cual no tienen acceso en vez de educación, de conciertos o de ciencias, les presenta el mundo a su nivel. Fabrica con ellos y para ellos una realidad simbólica de comportamientos sociales que no son populares ni occidentales y que denominamos cultura huachaca.

Capitulo VI:



Los siete componentes de la cultura huachaca



Habiendo visto la dinámica cultural y el contexto social donde aparece la televisión -situaciones ambas radicalmente distintas a las de la sociedad en que se inventó- y teniendo presentes sus condicionantes tecnológicos y económicos, se entiende por que en países latinoamericanos fomenta una nueva cultura que empieza a imponerse como manera distintiva de ser.

Señalábamos que hasta la llegada de la televisión existían aquí básicamente dos culturas, además de un proceso de transculturación por el cual una se iba contaminando de otra. En sociedades plenamente occidentales no se puede establecer tal paralelismo, debido, como se dilo, a que las culturas populares de allá son meras variaciones folklóricas dentro del mismo marco societal. Por eso el sociólogo norteamericano Hans Gans, en su estudio de la cultura popular de los Estados Unidos, llega a la conclusión de que la enorme producción comercial de películas triviales, de “best sellers” superficiales y de televisión alienante no afecta ala cultura seria.

Por supuesto, allá la educación pública desde tan alto nivel académico, la universidad funciona con tradiciones tan sólidas y hay tal respeto por el conocimiento, que la fabricación comercial de basura intelectual no amenaza ala alta cultura.

Pero, distinta es la función de esa industria cinematográfica en otras sociedades. Allá la producción de estrellas del espectáculo, la promoción de películas triviales y la fabricación de “best-sellers” puede no afectar mayormente la alta cultura. Quizás allá, junto con desarrollar esa industria, crearon el antídoto para controlar su efecto. Sin embargo, en otros países ejerce una penetración cultural, de tal magnitud, que bien puede ser responsable de haber inspirado esta nueva cultura.

Ahora bien, siendo la cultura huachaca un fenómeno nuevo que está emergiendo día a día, nos cuesta captar su “ethos” o carácter distintivo en un solo rasgo. Por eso enumeramos las características que hemos observado, sin estar seguros de cuál constituya la clave para definirla ni de saber con certeza si dicha clave se encuentra, siquiera, entre los factores hasta ahora detectados. Quizás el tiempo lo dirá.

1. No es occidental ni popular. Aunque sea comenzando por lo que no es, se trata de formas de comportamiento y de esquemas mentales aprendidos por medio de la comunicación social, pero que no corresponden a los derivados de la alta cultura ni alas originados en la cultura popular.

Mencionamos el proceso de transculturación, pero estamos ante una situación en la cual la suma de las partes no es igual al total. De la alta cultura toma elementos como la tecnología y de la cultura popular, ocasionalmente la melodía, pero es más que un sincretismo o fusión entre dos sistemas culturales operando en una misma sociedad.

Es un conjunto de representaciones simbólicas de la realidad, de valores sociales, de normas morales y de mentalidades que definen una personalidad modal propia.

Señalábamos esto en primer lugar, porque es su característica de mayor repercusión sociológica. La alta cultura apunta, en su desarrollo lógico, a ser igual a Francia, a Suiza o a Italia, con todo lo bueno y malo que ello pueda representar. Lo esencial del proceso civilizador es instaurar en este continente, tal como se hizo al norte del Río Grande, la racionalidad técnica de la burguesía europea. Aun siendo varios los inconvenientes de tal proyecto, la cultura occidental falta de alternativas mejores consistente y sus consecuencias lógicas las podemos apreciar en el alto nivel material y mental de Europa.

Por su parte, la cultura popular también es consistente. Es el resultado de siglos de adaptación del hombre americano a su medio y tiene su propia profundidad espiritual y creatividad estética. Sin embargo, llevada a su consecuencia lógica, implicaría desterrar desde el caballo hasta el automóvil para. volver a organizar el Imperio Incásico y tocar la trutruca en vez del piano. Así todo, aun cuando muchos elementos de las culturas autóctonas no sean relevantes en la actualidad, se trata de esquemas mentales capaces de dar, en determinado nivel de existencia, sentido a la vida.

En cambio, la cultura huachaca, por los motivos enunciados a continuación, tiene tajes contradicciones que carece de la consistencia necesaria para darle sentido a ja vida u organizar la nación. Su incoherencia lleva al aniquilamiento de la sociedad. En los términos ya citados de Sorokin, lleva a querer lechar al león y matar a la vaca, con las predecibles consecuencias de semejante confusión.

2. Inmoviliza donde se está. Si bien Yahvé al entregarle a Moisés los diez mandamientos se presentó diciendo “yo soy el que soy”, tal definición de sí mismo sirve únicamente a Dios, porque El no necesita -ni puede- ser más de lo que es.

El hombre, en cambio, es una creatura por hacer. Su naturaleza es ir evolucionando hacia etapas superiores. Por eso el hombre se humaniza a medida que es más de lo que es. Desde el pigmeo en la selva que lanza un dardo con cerbatana hasta el pianista que toca el concierto Emperador, de Beethoven, hay una misma compulsión por superarse. El pigmeo desea extender su poder más allá del alcance de su mano y el pianista quiere sonar mejor que el canturreo bajo la ducha.

Si leemos un libro, asistimos a una obra de Esquilo o presenciamos un ballet, es por encontrar pensamientos, emociones dramáticas o formas de expresión corporal superiores a las que podemos discurrir espontáneamente por nuestra cuenta.

El deleite experimentado al presenciar una obra del pensamiento -sea un cuadro hermoso o un avión nuevo- no está en lo simpático o familiar que nos resulte, sino en contemplar como la inteligencia va llevando la realidad a niveles superiores. Es el deleite de sentir fe en el hombre.

Es así porque el “ethos” de la cultura occidental es el ascenso del hombre. Es una cultura entera orientada hacia tener más, sentir más y ser más. Tanto la superación espiritual como la innovación técnica son manifestaciones de una misma compulsión por elevar el límite de lo humano.

Zeus -la divinidad suprema de los griegos- adquiere contextura humana para pasearse por el Olimpo con un águila en una mano y un trueno en la otra. Pablo de Tarso propone como rumbo de la vida llegar “a constituir ese Hombre Perfecto, en la fuerza del tiempo, que se realiza en la plenitud de Cristo” (Etesos 4:12, 13) y Teilhard de Chardin observa que la evolución, -a pesar de sus vueltas y ocasionales involuciones hacia atrás-, tiene un sentido orientador: la creciente “cerebrización” por la cual el organismo más complejo del universo (el cerebro humano consta de 14 mil millones de células interconectadas) avanza hacia la etapa del pensamiento reflexivo -”la conciencia de la conciencia”.

Dicha etapa es el punto culminante de la evolución, el “punto omega”, donde se concentraría la más infinita complejidad, la Unidad Suprema en la cual el hombre llega a ser Dios.

O sea, desde los más remotos mitos de la Grecia clásica, hace unos 2.600 años, hasta la mas reciente filosofía, en la cultura occidental subyace la noción de la elevación del hombre.

De ahí que la campaña civilizadora antes mencionada haya sido una política tenaz de movilizar a la masa ignorante hacia un nivel cultural superior. El propósito de la educación no es infundir determinados conocimientos ni hacer acatar tal orden, sino que es desarrollar la facultad mental de aprender. Si se enseña una fórmula, no es por la fórmula misma, que la ciencia pronto ha de reemplazar por otra mejor, es para ejercitar la capacidad de integrar nuevos conocimientos. El sentido de la educación en Occidente es, entonces, preparar a la persona para que su vida sea un continuo esfuerzo de superación.

(Bajo tierra yacen ruinas de muchas culturas cuyos sistemas educativos socializaron al niño en lo establecido, sin crear futuras generaciones capaces de innovar.)

La televisión, por las razones expuestas en capítulos anteriores, rápidamente se convierte en el principal mecanismo de educación pública. Transforma cada casa en sala de clases, y debido a la penetración neurofisiológica de su imagen, ese “profesor” sube la mesa es un convincente modelo de comportamiento, más influyente que el profesor de carne y hueso y que el propio padre.

“A la edad de 4 años, los niños ven un promedio de 2.5 a 4 horas diarias de TV. Esta gran cantidad de tiempo sólo lo disminuye en la adolescencia para aumentar de nuevo en ja edad adulta. Ver TV es la actividad más importante de la gente joven. Al terminar su enseñanza, el niño habrá invertido un promedio de 15.000 horas viendo TV, lo que sobrepasa al tiempo dedicado a asistir a la escuela, que es de 10.800 horas”.

Sin embargo, este poderoso instrumento educador distorsiona drásticamente el sentido occidental de la educación, porque en lugar de buscar la superación, busca la medianía.

Hasta la más modesta maestra de escuela rural se agota por dar lo mejor de sí a sus alumnos, pero la televisión se esmera por dar lo menos de sí a los suyos. Es un medio que bajo sus actuales condiciones trata deliberadamente de mantenerse a un nivel cultural chato.

¿Cómo ocultar la indignación cuando uno ha visto en Nilahue, Caleta Cocholgue o Puerto Aisén esfuerzos conmovedores por civilizar?



Ha visto al profesor normalista de la escuelíita de Riberas del Ñuble juntar vestidos usados y guitarras trizadas para organizar un coro que eleva en cien voces la cristalina tonada. Ha visto a Gloria Inostroza de Celis, profesora del Liceo A-28, de Temuco, orgaizar una revista literaria -”Pewán”- donde escriben sus versos Patricia Chávez, del 4.º J; Mauricio Huircán, del 1.ºJ, y Fresia Vargas, del 2.º E. Ha visto incluso a la profesora de Castellano Teresa Lizardí, como parte de un programa de educación extraescolar, organizar un taller literario con los reos de la cárcel de Iquique.

Eso es hacer Patria: levantar al pueblo.

Todo para que venga la televisión con sus exuberantes recursos, con suficiente dinero para mandar a su personal por todo el mundo y con demás plata para comprar todo ya todos. Entonces métale rock, métale Koyak, métale comerciales de Tampax, métale chabacanería.

La sociedad entera es un proceso educador y dentro de ella hay instituciones en nada enaltecedoras, como es el caso de los prostíbulos y de las fiestocas. Pero cualquier sociedad sana mantiene tales instituciones limitadas a un perímetro reducido del espacio (barrio) y del tiempo (sábado), sin dejar que la ciudad entera se convierta en un comercio de personas vendidas para ser fornicadas física o mentalmente ni que todas las horas del día sean para farándulas sin sentido.

Con la televisión, por primera vez una institución de alto poder educador se hace presente en todo el espacio de la “civitas” al interior mismo de cada hogar, y de mañana a noche durante la semana entera a lo largo del año completo. También por primera vez en la historia, en Latinoamérica se hace algo que ni en la cuna del liberalismo -lnglaterra- se piensa. Una institución educadora de primera importancia sede a la merced del mejor postor y se le permite ocupar el tiempo especialmente el de los niños en distracciones carentes de intención elevadora.

Como es fuerte, dinámica y convincente, reafirma al hombre inseguro de la ciudad presentándole un mundo donde todas sus inquietudes están atendidas. Crea un espacio cultural donde su soledad se satisface con la seudo intimidad establecida con las celebridades de la pantalla. Su pobreza material se satisface con los festines de consumo, donde él, simbólicamente por intermedio de los premios, gana refrigeradores, jugueras y autos Subarú. (Es él, porque los concursantes los ganan por adivinar leseras a su nivel y no por desplegar destrezas o conocimientos superiores.) Su ansia de ascenso social se sacia con ciertos símbolos de modernidad como la Pepsi-Cola o los Jeans Lee. Su deseo de romance, en la teleserie. Su sadismo, en la violencia de la serie policial. Y su inseguridad estructural se compensa sobradamente en la marcha triunfal de lo trivial ante sus ojos, marcha que -lejos de ser verdadero movimiento- es inmovilidad donde está: mirando tele, comadre.

3. Es fácil. El tercer rasgo que proponemos para definir la cultura huachaca tal vez sea apenas un corolario del anterior.

Las “Refutaciones Sofistas” de Aristóteles serán razonamientos dialécticos muy lógicos, pero nada de fáciles; los Evangelios de Cristo serán en lenguaje muy directo, pero no plantean un camino fácil; las catedrales góticas serán hermosas, pero no son fáciles de edificar ni de apreciar; y tampoco es fácil El Quijote, la física cuántica ni Neruda.

No.

La cultura occidental ha llegado a su nivel porque ha buscado la excelencia, aun a costa de lo simple. En su línea de ascenso, el hombre ha ido continuamente superando lo asequible, sobrepasando lo obvio y escalando lo imposible. Ha sido poco benigna con la ignorancia, tolerándole un mínimo espacio cultural en la prensa folletinesca y en la juerga del arrabal, pero imponiendo en definitiva la inteligencia.

De los miles de millones de hombres que han habitado esta tierra, la historia registra sólo unos 180.000 nombres. De éstos, muchos son creaturas eminéntemente destructivas, como Atila, Nerón o Jack el Destripador, siendo muy inferior al número de seres creativos, como Cristóbal Colón, Luis Pasteur o Fyodor Dostoiewski. Sin embargo, siendo tan tenue la creación ante la fuerza de la destrucción, Occidente ha sabido respetarla. Ha respetado a quienes evitaron la tentación de caer en lo evidente y fueron más allá, sin buscar ja popularidad ni la aceptación en el mercado. En términos hoy de moda, la civilización occidental ha sido durante siglos ineficiente en la asignación de recursos, porque ha financiado obras de bajísimo consumo y de menor sintonía.

(¿Puede haber habido algo más ineficiente que construir enormes y bellísimas catedrales como la de Toledo o Reims, que en definitiva las emplean a media capacidad un diez por ciento de católicos observantes, en circunstancias que bien podían rezar en sus casas, porque Dios está en todas partes?)

La televisión, en cambio, busca primero lo simple, aun a costa de la excelencia. Al estar a merced de la sintonía, tiende al mínimo común denominador, y por tratarse de un medio nuevo cuyas características resultan desconocidas, la inteligencia civilizadora le tolera mucho -demasiado quizá-, dejándole ampliar a un límite jamás antes visto el espacio cultural de la ignorancia.

La cultura huachaca se caracteriza, entonces, por exaltar lo fácil. Continuamente celebra (no sólo en televisión) lo fácil que fue ganar la Lotería. Si fue al puro lote, dejando a la guagua llenar la cartilla, tanto mejor. Si se ganó un auto con puro adivinar cuál de las cajitas contenía la llave, ¡fenomenal! Si la animadora que brilla en las tardes llegó ahí sin saber multplicar ni dividir, ¡fantástico!, y si el dueño de un espacio lo adquirió a empujones, haciendo alarde de no haber jamás pasado por la educación superior, ¡chorísimo!

Por eso es huachaca viajar a Toledo, España, con un extenso séquito y entrevistar largamente a un burrero que vende souvenirs en su burrito. Explicar la casa del principal pintor del arte hispánico -el Greco- o bien adentrarse por la nave central de una de las obras culminantes del período alto de la arquitectura gótica -la catedral-, sería entrar en cuestiones difíciles. Mejor irse por lo trivial y dejar la joya de Castilla a la altura del burrero.

Lo mismo en Roma. Lo que representa el Vaticano para el catolicismo, o el Foro Romano para el mundo latino, la Basílica de San Pedro, en fin, tanta cuestión complicada, ¿no? Mejor conversemos con este pintoresco soldado de la Guardia Suiza, aquí en la plaza. Se ve tan lindo en cámara con ese uniforme. Cuéntenos, ¿de qué tela es su uniforme?


Toledo trivial y Roma fácil.



La cultura huachaca propone como modelo de vida un mundo donde todo se logra sin esfuerzo, basta una aspirina para sentirse bien, una Coca- Cola para ser siempre joven y una tarjeta Visa para adquirir cuanto podamos necesitar. Cualquiera gana, todos lucen apuestos y bien trajeados, las seriales terminan siempre bien, los cantantes sonríen y todo en general fluye en forma expedita y simpática. Nada de ética de trabajo, de sudor nuestro de cada día, ni de constancia. Sí la gente linda y la espontaneidad lograda tras tanto ensayar, porque lo paradojal es que el ambiente de la pantalla ni siquiera refleja la realidad del tedioso trabajo en un estudio de grabación. (Es mucho trabajo producir el no trabajo.)

Pero hacia la cámara ha de proyectarse esa imagen espumante, donde todo es exquisito.

Tan flagrante contradicción con la realidad de la vida suele reventar en la propia televisión, en programas donde el público hace gracias, como “¿Cuánto vale el show?” El día de la grabación acuden literalmente miles para ser seleccionados, pero la mayoría no tiene la menor idea de cantar. Creen que basta con pararse frente a la cármara -como lo han visto hacer-y la canción saldrá sola, afinada y con el acompañamiento orquestal perfecto. En la etapa de producción, la gran masa de éstos es eliminada y se dejan sólo algunos para efectos de contraste. Esos pocos incautos que llegan a la cámara para hacer el ridículo o para ser sacados por un par de payasos, como en “El Festival de la Una”, permiten apreciar la inconsistencia de lo fácil, aun en el medio que lo predica.

El filósofo Ortega y Gasset, en un párrafo de singular arrogancia, adivina mucho antes de haberse inventado la televisión, el tipo humano que fomentaría.

“Y es indudable que la división más radical que cabe hacer en la humanidad es ésta en dos clases de creaturas: los que se exigen mucho y acumulan sobre sí dificultades y deberes, y los que no se exigen nada especial, sino que para ellos vivir es ser cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismos, boyas a la deriva.”

La duda es acaso siguen tan a la deriva, porque la televisión los anda en su condición. Eleva lo fácil al rango de mérito y degrada lo culto a la categoría de trivial.

4. Es emocional. La cuarta pata del huachaca es la emotividad. A la razón opone la emoción.

Mientras lo propiamente civilizado es analizar un hecho -ojalá valiéndose de una lógica aristotélica-, lo huachaca es exaltar su emotividad.

Ante un naufragio de un pesquero en San Vicente, por ejemplo, el periodismo objetivo investiga qué ocurrió realmente, dónde, cuándo y por qué. Razones para haber zarpado justo antes del temporal, confiabilidad de las predicciones meteorológicas, ¿se les avisó a los patrones de pesca la proximidad de una tormenta?, ¿cómo pudo la red atascar la hélice?, motivos por los cuales no acudieron de la base naval cercana a rescatarlos, en fin, es todo un cuadro lógico que se investiga para presentarlos elementos de juicio que permitan un conocimiento racional del su ceso.

Sin embargo, la cámara, tras un muy simplista esbozo de lo ocurrido, enfoca la viuda llorando, sigue con el único sobreviviente en el hospital y remata con el cortejo fúnebre hacia el cementerio de los náufragos.

Muy emotivo, pero el periodismo huachaca poco aporta a la cabal comprensión de lo ocurrido. Sin saber qué pasa, es difícil superar o prevenir calamidades.

(A la semana siguiente vemos a mentado sobreviviente relatar en pantalla esa dramática noche cuando se perdieron sus compañeros. Recibe televisores y tocacintas en premio, con lo cual supuestamente se compensa la tragedia. Al mes visitamos el puerto de San Vicente y todo sigue igual que antes, a la espera del próximo temporal que sorprenda sin previo aviso a otro pesquero artesanal en alta mar.)

En la alta cultura, la reacción emotiva provocada por una persona no es decisiva. Si Johannes Brahms era antipático al extremo de decirle públicamente a Bruckner “boa pegajosa”, o Albert Einstein era amable al punto de pasarse tardes enteras haciéndoles tareas a los niños del barrio, resulta meramente anecdótico. En nada afecta a trascendencia del concierto Nº1 para piano ni la validez de la teoría de la relatividad.

Por su parte, el sentimiento que proyecta una persona en televisión es la variable definitoria. Si una comentarista de espectáculos hace buenas críticas, pero es “pesada” en cámara, la echan de un canal y tiene buen cuidado de ser “simpática” en el otro A la inversa, si un animador es “amoroso”, pero intelectualmente es un primate incapaz de hilvanar dos frases seguidas o de mantener una conversación con el artista que presenta, entonces un libretista especial le pasará tarjetitas con preguntas o por medio cartones situados tras la cámara, le” soplará” algo para decir. (Ahora salieron minúsculos receptores, que se esconden tras la oreja. Así al actor de telenovelas venezolanas, por ejemplo le van transmitiendo frase por frase lo que debe decir.)

Esto porque la televisión invierte el orden clásico de las prioridades y sitúa el sentimiento antes del pensamiento. A nivel huachaca, lo meramente anecdótico es la capacidad intelectual y lo sustantivo es la comunicación emocional. Se trata de convertir al mundo en espectáculo, de vivir una realidad espectacular diríamos. Y para ello es necesario hacer reír o llorar, no hacer pensar o razonar Ni el pensamiento ni el razonamiento son espectaculares en el sentido requerido por el show.

Entonces es un dato secundario que Hernaldo, ganador en el Festival de la Canción de Viña del Mar, sea licenciado en Derecho y que además siga un postgrado en una universidad de España, o que Antonio Vodanovic sea ingeniero comercial. En ese ambiente que alguien sea culto, que una figura sepa cabalmente leer y escribir es un rasgo pintoresco sin mayor importancia, porque lo que ahí cuenta es la capacidad de comunicar emoción, el “ángel” como le llaman.

Por lo tanto, los descubrimientos del científicos que entrevistan son el pretexto o “enganche” para invitarlo al programa. Como veremos en el capítulo sobre la alta cultura en la tele, lo que cuenta es su encanto personal (o ausencia de), razón por la cual la entrevista, tras una sucinta presentación de los descubrimientos hechos por el personaje, se centra en la persona. ¿Juega tenis? ¿Veranee en la playa?

El rasgo huachaca de hacer primar la emoción sobre la razón se manifiesta también en los mensajes que se están comunicando a la sociedad. La propaganda, ese intento sistemático de orientar el comportamiento hacia la adopción de credos o el consumo de productos, ha ido adquiriendo contenidos cada vez más emotivos. El debate público en muchos países se ha convertido más en confrontación de campañas sensibleras que en foro de discusiones racionales. Para sustentar una doctrina se recurre al corazón; para desacreditar otra, al miedo; para vender un yogur, al snobismo (la voz del comercial de Dannon tiene hasta un estudiado acento inglés); para un champú, al impulso erótico de ja rucia bajo la ducha; para un perfume, a la promesa de romance; para un Fiat, al anhelo de status social, y para promocionar un chocolate se recurre a la ternura que supuestamente causa en quien lo recibe de regalo.

Ha desaparecido casi completamente la publicidad objetiva que intenta persuadir por medio del razonamiento, explicando las características verdaderas de lo ofrecido. Basta seguir una “tanda” de comerciales en televisión, en radio o en revistas para apreciar cuán poco informan del producto mismo, a lo sumo nos enteramos de su nombre y apariencia externa, pero ni siquiera de su peso o precio.

Hoy día el principal argumento destinado a las masas es el antes empleado para adiestrar caballos: la reiteración. Afalta de razonamientos lógicos, se repite el mensaje hasta lograr el comportamiento planeado. Se obtiene así un efecto rentable a corto plazo, pero al tratar al hombre cuan bestia desprovista de sabiduría racional, a la largase degrada la condición humana. La televisión acorta la distancia entre el producto y el consumidor. Ayudada por el efecto mental de su tecnología, y reafirmada en su programación, tiende a desactivar el estado de alerta propio del discernimiento racional. Se trata de apagar los mecanismos lógicos de pensamiento, que de por sino son muy fuertes debido al bajo nivel educacional para que no haya deducción ni inducción de premisas y nada se lleve a su consecuencia lógica. O sea, se trata de eliminar las bases de la actitud crítica. Para ello crea un ambiente íntimo, donde todo es personal y emotivo, sin que medien fuerzas sociales, intereses económicos o causas generales.





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