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Cultura huachaca Parte 3 - Monografía



 
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Quizás el mayor éxito de la publicidad Comercial sea la Coca- Cola, el líquido que diariamente millones de fieles en 135 países llevan a sus labios, superando con creces los que comulgan. Lo notable de este producto es la distancia que hay entre su realidad objetiva y su simbolismo emotivo.

Indagaciones sobre su composición química nos indican que en términos de su realidad objetiva se trata más o menos de lo siguiente: agua estéril tratada químicamente de acuerdo a procesos estandarizados para todos los países donde se fabrica, a eso se le agrega gas carbónico comprimido y se revuelve con un compuesto soluble denominado 7X, que viene en tambores sellados desde Atlanta, USA. El resultado final contiene ácido fosfórico, glucosa, colorante caramelo, glicerina, cafeína, esencias y residuos de coca.

Indudablemente que si se publicitara su realidad objetiva, sentiríamos cierta distancia con el mentado brebaje. Su éxito reside precisamente en transformar ese líquido en un mero símbolo y siendo sus funciones objetivas perfectamente sustituibles por el agua, la gente paga anualmente unos 420 millones de dólares por beberlo. (Lo necesario para construir unas 40 mil viviendas medianas.) Para llegar a tener tanta fe en sus virtudes como para ingerirlo y encima pagar por hacerlo, es necesario integrarlo al marco de referencia. Se deja de lado su realidad objetiva y se le presenta reiteradamente como el alma de bailoteos y reuniones familiares. Penetra así nuestra intimidad síquica antes de deslizarse por nuestra intimidad intestinal.

Lo mismo el científico de la entrevista. En una era sin líderes, el animador es la autoridad. Es el experto en intimidad, el que sabe trivializar al científico y reducir la distancia que éste tenga con el ignorante frente a la pantalla, hasta dejarlos a ambos a un mismo nivel.

Y ese mismo nivel es la emotividad, lo fácil. Por eso no es de extrañar que en un programa de entrevistas veamos a un novelista de renombre, a un general de ejército ya un diplomático de carrera, todos juntos hablando de su calvicie. Ahí la manera de reducirlos aun mismo nivel de fácil emotividad es la pelada.

La entrevista como género surgen la época moderna como un anhelo de la sociedad de masas, de trivializar al eximio. Es un intento de traspasar el muro de autoridad levantado por los logros de alguien y es “buena entrevista” en la medida en qué representa al grande como un ser común y corriente, hablando de su pelada. (Si Newton viviera, seguramente trataría de explicar su teorema binomial o su ley de gravitación universal, pero la entrevista al más importante científico de todos los tiempos buscaría por el lado emotivo. Dime, Isaac, la, la, ¿la manzana esa, te cayó en la pelada?)

Sin embargo, la televisión es fría. Exalta la emotividad, pero es una tecnología electrónica explotada comercialmente en la cual todo está calculado, la emoción también. ¿Y adónde lleva la emoción fría? A lo morboso.

La razón fría da lugar a una lógica implacable, quizás cruel; en cambio, la emoción fría desata otra forma de crueldad, acaso peor, que es el sadismo, esa curiosidad morbosa -casí el goce- ante el sufrimiento ajeno. En la cultura huachaca cobran importancia cardinal la viuda abrazada al ataúd, el niño deforme y el cuerpo aplastado por la locomotora. Ya no es sólo por informar, así como la pornografía no es sólo por realzar la belleza femenina. Lo truculento se emplea para venderle emoción al hombre gris, ese ser condenado por el progreso a pulular en la ciudad de cemento, desvinculado de la naturaleza y sin otra manera de sentir.

5. Es fragmentaria. Entender toma tiempo. Pero vemos propagarse a cada célula de la sociedad fragmentos cada vez más breves de comunicación social.

Los ítems de comunicación fabricados a nivel huachaca -canciones, números del “show”, avisos comerciales, crónicas y noticiarios- han aumentado significativamente en cantidad e intensidad, llegando a constituir un asedio constante.

Mientras en el campo la naturaleza habla al compás cansino de las estaciones, dando tiempo para madurar y germinar, el sistema en la ciudad acosa al hombre gris con una infinidad de mensajes atomizados. Al despertar en la mañana y prender la radio lo asaltan pedazos sueltos de información sobre bombardeos en Palestina y cogoteos en la ciudad, los que son interrumpidos por jingles histéricos sobre jabón Lux y Tejídos Tricot.

En el paradero encontrará afiches de leché Soprole y vino San Pedro. En el bus, cigarrillos Kent y zapatos Bata. Al mirar por la ventana, “Vamos bien, mañana mejor” y “Sony Cantolla’t. En la estación del metro, “Provida” y “Santa María”. Adentro del carro, “Usted no estaría leyendo esto si tuviera La Segunda en sus manos” y “¿Hasta cuándo va a pagar arriendo?” El diario que lee es un surtido de información desparramada sobre el papel y sus compañeros de oficina también aportan una buena dosis de partículas anecdóticas.

Su trabajo rara vez requiere más de once minutos seguidos de concentración, ya que la mayoría de las labores de oficina e industria son sumatorias de pequeñas operaciones como redactar una carta, atender un cliente, contestar el teléfono o mover una perilla. Los cientos de personas que divisa en el día -desde la lola sexy contoneándose por el pasillo hasta el viejo borracho tirado en la vereda-, cada uno irradia su mantra.

En la tarde, la televisión también a pedacitos. Los programas, de por sí breves y compuestos de secuencias, sin mucho hilo conductor, son a su vez cortados por comerciales en que meten hasta cinco tomas distintas en 20 segundos, siendo frecuente que cada enfoque de un comercial dure apenas cuatro segundos.

Y como si esto fuera poco, la misma canción se acorta al aparecer esta nueva modalidad de comprimir una selección de melodías en el espacio reservado antes a una pura canción. Son sólo algunos fraseos del tema central, seguidos de otro tema central. Así escuchamos La Cumparsita-Guantanamera-EI cóndor pasa-La Bamba, todo pegado en el tiempo antes destinado sólo a La Cumparsita.

O, lo que es peor, escuchamos entres minutos 22 segundos un pegamento de la sintonía Linz, de Mozart, con la Quinta de Beethoven y la Primera de Brahms, tres obras maestras de tal extensión Y contenido que se programan de a una como “plato tuerte” de conciertos sinfónicos.

Son miles de estimulaciones aguijoneando la mente sin cesar, verdaderas órdenes muchas, sumamente contradictorias algunas e imposibles de reflexionar todas. No se de la tiempo al pensamiento.

¿Qué laya de hombre querrán formar así? ¿Ciudadanos libres que piensen o citadinos obedientes que consumen?


El matemático y filósofo Bertrand Russell escribió:



“La verdadera cultura consiste en ser ciudadano del universo, no sólo de uno o dos fragmentos arbitrarios del espacio- tiempo; ayuda al hombre a entender la sociedad humana como un todo, a apreciar sabiamente las finalidades que deben perseguir las comunidades ya ver el presente en relación al pasado y al futuro.”

Sin embargo, llegamos al hombre desconcentrado, que no es igual al distraído, porque este último está abstraído en otra cosa. El desconcentrado es incapaz de enfocar su atención mucho rato en un mismo asunto, síntoma inequívoco de estrechez mental.

Esa distorsión del tiempo, ya señalada como uno de los imperativos de la tecnología televisiva, obliga a recortar artificialmente el mensaje, con lo cual todo va quedando desprovisto de su ciclo natural de preludio y desarrollo. No hay mucho tiempo de apreciar la secuencia causa- efecto ni de percibir la evolución que van teniendo las cosas. ¿Cómo podemos entender un árbol sin verlo crecer? ¿Cuántos años tarda conocer a alguien? ¿Puede el hombre llegar a grande antes de ser pequeño?

La madre naturaleza nos enseña que lo único seguro es el cambió. El océano está siempre moviéndose, del tronco podrido brota el roble joven y el correr del sol hace cada día levemente diferente al anterior. Eso demora apreciarlo, así como demora darse cuenta que en una sociedad humana pasa lo mismo, porque el tiempo es uno para todo lo viviente.

Sin entender el tiempo, no entendemos la vida.

Pero la aceleración no deja tiempo para entender las cosas, hasta convertir la mente en un mosaico de fragmentos estáticos. De tanto andar apurado por la superficie, sin detenerse a calar en profundidad, se dejan de percibir los matices. Y es peligroso no discernir las señales sutiles, porque la naturaleza advierte en voz bala -con la calma anuncia el temporal-. Ver todo en blanco y negro, en buenos y malos, es otra manera de no entender nada.

De ahí que el estudio sistemático de una sola disciplina, aun siendo muy especializada, abra más la mente que los chapurreos en varias. Nuestra experiencia al hacer clases de sociología en la Escuela de Ingeniería, o sea a alumnos supuestamente “cuadrados”, indica que tienen mayor capacidad de captar las sutilezas de las ciencias humanas que aquellos de carreras más afines, pero que se estudian superficialmente. Por lo demás, esto no es ninguna novedad; porque, como se sabe, quien mucho abarca, poco aprieta.

Por eso, mientras más breves sean los ítems comunicados, menor su penetración. Para lograr profundidad, la alta cultura organiza la dimensión tiempo de manera de dar espacio a mensajes largos, como tos tratados científicos, las enciclopedias, Hamlet, las cantatas de Bach o las novelas. Pero la cultura huachaca reduce el tratado científico a artículo periodístico, la enciclopedia a fascículo, la tragedia clásica a “sketch” cómico, la cantata a cantito y la novela a folletín de suplemento.

Mientras menor sea el calibre de una munición, menor es su alcance; razón por la cual la escopeta cubre mucho sin llegar lejos y la fragmentación crea una cultura de escopetazos, sin piezas de artillería.

6. Es metalizada. Quizás no sea ésta la primera cultura en la historia universal creada con fines de lucro. Peros hubo otras orientadas por similar propósito, perecieron sin siquiera dejar su nombre de recuerdo, porque hasta los ávidos fenicios supieron distinguir entre lo material y lo espiritual e hicieron arte por amor al arte.

Ciertamente la creación cultural requiere dinero, porque de aire no se vive. Virgilio, por ejemplo, pudo destinar cuatro años a escribir la Eneida, porque Mecenas lo mantuvo, y Mozart pudo componer el Réquiem, porque el conde von Walsegg se lo pagó muy bien. Pero la motivación primordial para crear y financiar dichas obras no fue ganar plata, el millonario Mecenas tenía en Roma mejores negocios que editar poesías y Mozart compuso muchas de sus obras importantes, como la sinfonía Júpiter, sin que nadie hubiera ofrecido comprárselas. Antes de enfermarse fatalmente, había contado de un Réquiem que tenía en mente y el encargo del conde fue apenas el acicate -no la inspiración- para ponerse a escribirlo. Para el genio, entonces, el dinero es sólo el medio y no la finalidad.

No estamos impugnando el afán de lucro en sí mismo, el problema es ubicarlo donde moralmente corresponde, porque siendo fundamental para orientar la actividad económica, es decisivo para envilecer la creación espiritual.

Las principales religiones, teorías científicas y sistemas filosóficos han sido creados por individuos geniales (O sobrenaturales como Cristo) que no buscaron la aceptación del mercado. Al contrario, guiados por su intuición establecieron verdades que sus contemporáneos no quisieron ver ya veces rechazaron violentamente, como que a Sócrates lo envenenan con cicuta, a Cristo lo crucifican, a Colón lo traen encadenado de América, a Galileo lo pasan por la Inquisición y a Solzhenitsyn lo fletan al exilio, para mencionar algunos.

De haberse guiado estos creadores del espíritu por los mismos principios con que las fábricas de ropa determinan cuántas camisetas producir, aún no sabríamos que el mundo es redondo y da vueltas.

A la inversa, si en las fábricas se lo pasaran cultivando el espíritu, no habría con qué comer.

Por eso, decadencia es confundir lo propio de un ámbito con lo específico de otro, como ocurriera con los Papas Juan XXII y Clemente Vl, cuyo afán de tener medios económicos para una finalidad espiritual los lleva a confundir fines con medios hasta ponerle precio al perdón de los pecados. Así recaudan miles de florines de oro para su fastuosa corte de prelados venales en Avignon, “La Babilonia de Occidente”, como la llama Petrarca, pero así también sientan las bases del peor cisma de la Iglesia y de la posterior Reforma Protestante.

En circunstancias que tras muchos tropiezos como el recién mencionado, Occidente ha aprendido la importancia de organizar la formación del espíritu (religión, familia, educación o arte) sobre otras bases que la producción material, vemos ahora propagarse por Latinoamérica una cultura que organiza la creación con los mismos principios habitualmente destinados al mercado libre de camisetas.

Va el programa que más venda, cualquiera sea su calidad o contenido. Se le intercalan la mayor cantidad posible de avisos comerciales y se produce sólo lo que el mercado de la sintonía demanda.

Para apreciar el alcance de esta innovación imaginemos cualquier otra institución de educación pública, la universidad por ejemplo, funcionando bajo los mismos imperativos de la televisión. Como el tedioso trabajo degenerar nuevo conocimiento no tiene mucha sintonía, se descartaría en primer lugar y de una plumada toda la ¡investigación científica. ¿Para qué hacer ciencia si casi nadie la mira y a “Chicles Dos en Uno” sociedad anónima no le interesa auspiciaría?

Como una universidad sin investigación científica es una mera escuela profesional, ya la tenemos reducida a algo incapaz de haber desempeñado su rol en la alta cultura. Tampoco impartiría una buena formación, porque, como se sabe, profesor que no investiga se queda atrás.

Pero veamos en qué se conviene esta escuela llamada universidad. Bellas promotoras recorren los “flippers” y discotheques vendiendo carreras a los jóvenes. Como hay una fiera competencia entre las distintas universidades por captar el mayor porcentaje del mercado potencia de alumnos ricos, se ofrecen carreras cada vez más fáciles donde las notas se rifan (y las promotoras también). Otro incentivo podría ser la eventual rentabilidad de la carrera ofrecida, como ésta es función de la demanda económica y no de la necesidad social, esto último se descarta como criterio orientador de la educación superior -as únicas necesidades que cuentan son las que se traducen en términos de demanda económica.

Se ofrecen nada más que las carreras (programas) de alta sintonía que alguna empresa comercial se interesa auspiciar, porque a través de ella puede vender su producto. La administración superior estaría empeñada en abaratar los costos de producción, para lo cual se importarían del extranjero cursos avanzados, los que serían doblados al castellano en Puerto Rico (¡hola, cariño!).

Se contratarían algunos profesores de continuidad para amenizar las pasadas de los videos. Estos catedráticos serían del circo, actores, en fin no importa que sean ignorantes mientras sepan contar chistes y divertir a la audiencia. Si no se les ocurren ideas, tanto mejor, porque hay menos lío y en todo caso un libretista les puede ir pasando tarjetitas con lo que deben decir. En lugar de ayudantes tendrían esculturales modelos en bikini para acercarles las probetas, dándole así el necesario “swing” al espectáculo. Para recaudar fondos, esta universidad vendería la posibilidad de pasar comerciales durante las clases, por lo cual las disertaciones se interrumpen para dejarle la palabra a Ultra Barba de Schick, la mejor afeitada.

La universidad también vendería, y a otra tarifa, la posibilidad de que el propio profesor mencione en sus palabras el Banco de Santiago, que ha tenido la gentileza de auspiciar esta clase. Nada de críticas, porque estamos aquí para pasar un buen ratos juntos (y ganar plata) en compañía de su universidad nacional con sus estaciones: repetidoras… pero de ninguna manera se trata de buscar la verdad. ¡Ah!, y para ingresar a esta experiencia formativa tan enaltecedora es el mismo requisito para ingresar al mundo fantástico de Suzuki Fronte: pagar tanto. Total, la cultura también podía ser mercancía, ¿no?

7. Es evasiva. Lo decisivo para el desenvolvimiento de cualquier ser viviente es la capacidad de resolver el conflicto. Hasta una brizna de pasto tiene conflictos individuales con las briznas vecinas, y colectivos con el fuego Como quede después de un incendio, por ejemplo, dependerá de su grado de preparación (humedad) individual y colectiva. Por muy verde que haya estado, le irá mal con las llamas si todo entorno suyo estaba seco. Los seres más evolucionados tienen la posibilidad de arrancar del conflicto y el avestruz acostumbra a esconder la cabeza, con lo cual la pobrecita deja el trasero expuesto.

A medida que vamos subiendo en la escala de la evolución, encontramos mayor cantidad de conflictos y mayor capacidad de resolverlos, siendo éste el signo distintivo del desarrollo de una sociedad humana.

En la alta cultura no se evade el conflicto. Al contrario, gran parte de la creación artística son representaciones simbólicas de tensiones humanas y de formas de resolverlas, aveces dramáticas como en Hamlet o cómicas como en el Burgués gentilhombre de Moliére.

Sin embargo, la cultura huachaca, por la peculiar actitud de su clientela y por los rasgos recién descritos, tiende a evadir el conflicto. Por un lado, la televisión presenta la sociedad como cargada de una agresividad mucho mayor que la real. Balaceras, explosiones y crímenes se suceden a un ritmo veloz, creando la sensación de estar rodeado de violencia.

Y por otro lado, cada cual está en una intimidad deliciosa donde todo es grato. O sea, cada televidente es una isla en un mar revuelto, y en esa isla no hay conflicto alguno. Está todo resuelto, es allá el problema.

El resultado no es la solución del conflicto síquico o social en que cada cual se encuentra, sino que es la pérdida de la capacidad racional para resolverlo. Al no haber representaciones simbólicas de situaciones conflictivas, no hay aprendizajes en formas racionales o pacificas de resolverlas, quedando entonces la sociedad expuesta a reacciones basadas en la más intensa emotividad social: el fanatismoCapítulo VII:


El Dios Huachaca



La religión es a una cultura lo que los cimientos a un edificio. El conjunto de creencias y prácticas institucionalizadas en torno a lo sobrenatural -el sentido de la vida y de la muerte- es el fundamento ético sobre el cual se van construyendo los demás comportamientos humanos. Estos, desde la manera de cocinar la mentada gallina hasta la de hacer negocios, llegan a constituir una cultura distintiva cuando tienen su propio cimiento religioso. Sin tal principio organizador puede haber estilos y corrientes, como el renacimiento o el positivismo, pero que no cambian definitivamente el “ethos” de una sociedad. Lo que en ese caso nos parece ser un edificio, al carecer de cimientos es un mero tinglado.

Pero lo que en un momento nos parece ser un mero tinglado, al descubrir que tiene cimientos nos deja perplejos, porque estamos ante un edificio.

En los primeros merodeos alrededor de este fenómeno, específicamente en un trabajo sobre los cambios estructurales en la mentalidad chilena publicado tres años atrás hablamos de una “onda”.

No es una clase social determinada como los industriales por ejemplo, ni es una moda específica como fue la minifalda. La onda es más bien una mentalidad, una manera de pensar (O de no hacerlo) en que se internalizan los valores sociales y hábitos de consumo propios de la “American Way of [ife”.

Es el alma de la sociedad de consumo.
Estar en onda es estar a tono con lo importado, lo joven y lo fácil.
Es considerar la vida burbujeante como el Sprite.
Es creer que la dicha es un Toyota y la felicidad, un Mercedes Benz.
Es ser bonito y cuidar la línea.
Es trotar con los niños -la familia está muy en onda-, todos con buzos iguales y zapatillas ‘’Adidas”.
Es jugar tenis en el club y paletas en la playa.
Es ofrecer no un mero whisky, sino decir:
“¿Quires un Black Label o un Chivas?”
Es usar relojes electrónicos con numeritos que se prenden al apretar un botón.
Es hablar en dólares, pensar en dólares, soñar en dólares.
Es pasear en moto (también está muy en onda quedar hecho un desparramo de sesos sobre el pavimento).
Es tocar CD en lugar de cassettes.
Es llamarle pub aun bar y boutique a una tienda.
Es hablar por celular.
Es adorar lo importado sobre todas las cosas.
Es sentirse importado.
Es comprar, comprar y comprar.
Es teñirse el pelo rubio.
Es poner posters en la pieza.
Es creerse libre.
Es vivir el mundo de fantasía de Bilz y Pap.
Nadie la controla ni dirige y sin embargo cunde. Apoyaba por la propaganda comercial, va manipulando anhelos y moldeando gustos hasta inculcarnos un nuevo estilo de vida.
Nos lleva a preferir el acrílico a la piedra y el plástico a la madera.
Así, la fisonomía de la ciudad va cambiando a medida que entra en onda.
Nos lleva también a identificarnos con los jóvenes millonarios y rubias espléndidas de los anuncios de Coca- Cola o Martini, de manera que al comprar esos brebajes creamos que en realidad estamos adquiriendo el swing de su publicidad.
Nos lleva a estimar que consumir es existir. Consumo, luego existo, diría el Descartes de la onda.
Si fuera una religión, el Hipermercado Carrefour sería su Catedral y la Avenida Providencia su tierra Santa.

Este espíritu que se va apoderando del alma chilena valora algunas cosas y desprecia otras. Entre lo actualmente fuera de onda figuran los pobres, tocar piano, criar gallinas, pensar en los demás, el Mes de María, las cosas simples, fracasar, los viejos y ser original.

Pero hasta ahí no más llegamos. Dicho trabajo prosigue con una descripción fenomenológica de otros procesos observados, sin ahondar en ese “espíritu” apenas mencionado. Fue el profesor Pedro Morandé, al volver al Instituto luego de estudiar sociología religiosa en la Universidad de Erlangen, quien nos hizo ver que tras esas intuiciones anecdóticas podía haber un basamento más profundo, ya que el mercado, afirma, es la secularización de transacciones originalmente hechas al interior del templo.

Efectivamente, las primeras monedas acuñadas a finales del siglo VII a. C. en Asia Menor son pedazos de una aleación de oro y plata en los cuajes estampaban figuras de animales. La función original de este invento parece haber sido servir de elemento para intercambiar animales que se llevaban a sacrificar al templo por otros bienes llevados con similar propósito, o sea, servir para cambiar, como quien dijera, carne por harina y sandalias por corderos.

El sacrificio es en aras de la recompensa. En el caso del primer sacrificio -el de tipo religioso-, la recompensa sólo podía venir de la única fuente concebible en la mente primitiva: los dioses. Ellos controlan todo por intermedio de una clase sacerdotal que los representa en la Tierra. (El Sumo Sacerdote en la antigüedad a menudo era el Rey.) Para obtener la recompensa o gracia fijada por los dioses es necesario destruir el producto (consumirlo) al interior del templo bajo control sacerdotal

Como la única recompensa imaginable es espiritual -el amor de la querida, la eterna juventud o la jefatura tribal- o bien está completamente fuera del alcance de la clase sacerdotal -lluvias, germinaciones o pariciones de las bestia-, las únicas recompensas ofrecidas son igualmente de índole espiritual o bien de carácter sobrenatural, lo que es una invención a menudo exitosa, debido ata ingenuidad de las gentes.

En una primera etapa, entonces, las recompensas ofrecidas por el sacrificio en el templo son solamente favores de los espíritus. Pero a medida que se acrecientan las apetencias del templo, los sacerdotes van subiéndoles el valor asignado a los productos deseados. Como no hay límite a la credulidad (es sólo cuestión de renovar las ofertas), se entra en la segunda etapa de asignarles valor simbólico a ciertos objetos. Un talismán ya no es un hueso labrado, es la llave del éxito que bien merece ser recibida a cambio del cordero. Un fetiche saltón ya no es un montoncito de lana, es el poder de alejar el mal. Un aceite con extracto de hierbas ya no es un bálsamo aromático, es la poción del amor.

Una tercera etapa se inicia al sentar el tremendo precedente de ofrecerle al pastor por su cordero un par de sandalias que trae el talabartero al sacrificio. Al estímulo espiritual se le agrega el incentivo material, de la recompensa divina se va a la utilidad práctica. Es el inicio, aún incipiente, de la racionalidad técnica.

Pero siempre es la deidad, por medio de la clase sacerdotal, lo que le asigna el valor a las cosas. o dicho de otro modo, el valor de las cosas en última instancia está en el fondo referido a creencias religiosas.

Como al cabo de un tiempo el pastor ya tiene sandalias, perdió la fe en el talismán y en realidad aspira a un cuchillo que le mostraron, no piensa en acercar su rebaño al templo. En el momento de llevarlo podía no haber bienes -aparte de recompensas espintuales- que le interesaran. Entonces surge la idea de darle, antes que se vuelva al cerro con sus apetecidos corderos lechones, un comprobante por cada uno que entregue. Así puede dejar cuantos quiera, sin necesidad de esperar que llegue el beduino que sacrifica cuchillos y quiere un asado. Así también empieza a entonarse el negocio.

Para que dicho comprobante cumpliese su función había de ser indeformable, transportable, guardable e irreproducible por alguien ajeno a la clase sacerdotal que controla el templo. No podía ser una promesa verbal porque comida hecha y amistad deshecha dicen, ni un frasco de agua bendita porque cuesta distinguirla del agua no bendita, ni una torta porque se echa a perder, ni un hueso porque hay tantos, ni una columna del altar porque ¿cómo se a lleva? Lo único que reúne simultáneamente todas las cualidades requeridas para tal función es un pedazo de metal escaso labrado con el sello de la autoridad que responde (o promete responder) por su valor.

Así podía más tarde adquirir su cuchillo, un talismán de mayor cilindrada o untar varias para cambiarlas por una doncella. La imaginación humana crea entonces avidez de acumulación muy por encima de las necesidades objetivas de subsistencia.

A poco andar es tal la fluidez de comercio permitida por la moneda que el templo llega a ser el centro de transacciones. Pero a medida que la tradición judeo- cristiana, empieza a hacer una distinción entre la racionalidad de las transacciones materiales y la racionalidad del logos sobrenatural, los mercaderes van siendo expulsados del templo.

Se llega, entonces, a realizar transacciones comerciales en forma independiente de contenidos religiosos. En el “New York Stock Exchange” de Wall Street, por ejemplo, cada mañana le ponen precio al mundo sin persignarse siquiera. En lo que antes hacía el templo y ahora efectúa el mercado, las cosas valen los que pagan por ellas y punto. Es la ley profana de la oferta y la demanda, sin mas.


¿Será así?



Cuando se transan acciones de las grandes corporaciones o se elige un tractor, quizás. En ese tipo de decisión parecen primar tos criterios de racionalidad técnica. Pero ¿es lo mismo cuando compramos una Coca- Cola, o sea cuando hacemos un sacrificio para obtener la recompensa de alegría ofrecida por su publicidad?, ¿y cuando una mujer sacrifica un perfume que los dioses le presentan como talismán de amor? Si el mundo es redondo y da vueltas ¿después de la razón no vendrá nuevamente la emoción? ¿No dicen que empezó la era de Acuario?

¿Ha nacido el Dios Huachaca?



En realidad expulsaron a los mercaderes del templo, pero se instalaron muy cerca en la plaza del frente. Por eso al mirar desde esta perspectiva el fenómeno se aprecia como la televisión comienza a cimentar una religiosidad huachaca. Lo hace desde dos lados: los programas propiamente religiosos convertidos en negocio y los aparentemente comerciales convertidos en mensajes religiosos.

La religión negocio



Luego de haber explotado las posibilidades del impulso erótico, del anhelo de status y demás variables sicológicas de fácil uso comercial, se descubrió en California una veta espiritual no explotada por la televisión. La soledad del hombre moderno, el stress de la ciudad, la devoción a Dios, la angustia existencial estaban a la espera de algún ocurrente empresario para sacarles partido.

Minuciosos estudios de mercado hechos por empresas productoras de programas indicaron que la relación económica costo- beneficio podía ser tan favorable en una campaña publicitaria para promover un dentífrico como para promover a Dios, En un caso se promete higiene bucal y en otro paz espiritual. Pero en ambos brilla el metal como motivación.

Era cuestión de reunir el capital necesario para producir programas adecuados (libretistas, camarógrafos, estudios, actores, etc.), para pagarle a estaciones de televisión por transmitir estos programas, y para costear la organización de recolección de dinero.

Lo esencial, sí, para que la inversión fuera rentable, era crear un espectáculo que provocara un estado de ánimo proclive a las donaciones. Y para esto nada mejor que aprovechar la tradición de destinar un día a la semana al recogimiento espiritual (o lo que queda de dicha tradición) y de avalar el programa con continuas referencias a ‘la palabra” y al Señor. Con tamaño aval no había dónde perder.

Así apareció un tipo de programa especialmente destinado para el sábado y el domingo por la mañana que, valiéndose de un mensaje espirituoso y de vagas referencias a la Biblia (son vagas para lograr la mayor cobertura de credos), sustituye el servicio religioso propiamente tal.

Con ello también se recreó el “espectáculo” religioso porque un elemento central de las prácticas institucionalizadas que constituyen una religión es la noción de espectáculo ritual como es el caso de la ceremonia del sacrificio (misa), de la procesión o de la liturgia donde están especificados los elementos de representación simbólica de la adoración.

Pero en esta recreación adaptan el servicio religioso los requerimientos propios de la televisión, vale decir le infunden ese peculiar ritmo de acción y lo sitúan en estudios especialmente diseñados. Por televisión, entonces, estos programas pasan a ser mucho más sobrecogedores que una misa en el propio Vaticanos se quiere. Esto, por la sencilla razón de que la Basílica de San Pedro será muy imponente pero no está concebida para ser imponente en la pantalla chica. En cambio esos vitrales simulados del estudio y ese haz, de luz tras la cabeza de “su pastor de la televisión” crean el devastador efecto de la aureola sobre un santo.

Pero mientras el comercial del dentífrico motiva a comprarlo en el supermercado, ¿cómo convertir en plata el impacto espiritual logrado por estos programas? Y aquí entra la estructura de apoyo.

Se crean estas empresas conocidas en los Estados Unidos como “TV-religions”, algunas de las cuales están en serios problemas por evasión de impuestos, que valiéndose de las técnicas dé promoción publicitaria, “fabrican” a determinados predicadores con sus “clubes”, “fraternidades” o “familias”. La idea del club apunta a trabajar la soledad del hombre moderno ofreciéndole pertenecer a algo. Luego vienen las tretas para convertir en dinero efectivo el impulso religioso obtenido por el predicador.

Así, por ejemplo, en el caso de Rex Humbard, entre lindas canciones, prédicas livianas y escenografía imponente hay mucho testimonio de lo fantástico que es “su pastor de la televisión”, como se refiere él a sí mismo. Viejos, jóvenes, enfermos de cáncer y llorones de todas partes atestiguan emocionados cómo él les dio luz (Nada dicen de cuánto pagan a cada actor por representar papeles en estos programas).

El, por su parte, nos habla de cuánto nos ama y cuánto nos quiere Maude Aimée, su esposa. Y junto a un coro supuestamente integrado por su familia, se da la primera estocada. Entre palabras muy intensas sobre nuestra salvación, a medida que la cámara se va acercando a un dramático “close up” (”cámara 2, entra suave sobre Rex” debe ser el comando del director del programa) y en el instante en que se insinúa la anca aureole sobre su cabeza, entonces nos pide con voz acongojada que le escribamos.

Nos enviará gratuitamente su libro para curar la depresión, la soledad, la falta de te y la pobreza.

Emocionados le escribimos, pero lo que recibimos en un sobre impreso con una máquina “addressograph” de esas empleadas por las revistas y bancos para ponerle automáticamente la dirección a los sobres, es un panfleto, una tarjeta de pascua “Yours in Christ, Rex Humbard Famiy” y una carta de dos carillas asegurando que está orando por mí (!) esta Navidad y que de acuerdo al Evangelio ya la voluntad de Dios bien podría mandarle plata. El sablazo ahora se argumenta asegurando que “Dios nos dio su mejor regalo cuando nos dio a Jesús”, razón por la cual debemos darle a él -Rex Humbar- “una ofrenda especial para mantener nuestro programa en el aire”.

Por si esto parece algo etéreo y previendo la eventualidad de atraer a algún pez de gorda herencia, nos habla también de la construcción de “La Catedral del mañana”.. (La construcción de edificios, como lo demostrara la Teletón, parece ser un buen incentivo para obtener el metal por televisión.)

Se incluye también una boleta de depósitos del Banco del Estado con el número de su cuenta impreso.

No es de extrañar, entonces, que Rex Humbard haya llegado a ser millonario.

Así del cristianismo, cimiento ético de la cultura occidental, se hace una religión huachaca.

La adoración al producto



Si consideramos la programación como un todo continuo, incluyendo los avisos comerciales, es una representación de la vida, en particular del templo. Al tomar en serio sus mensajes vemos -especialmente los publicitarios- que no apelan a la racionalidad técnica, sino que a etapas anteriores de incentivación.

Un producto anunciado, señalamos, no se plantea como algo racionalmente conveniente de adquirir y ni siquiera se explican sus propiedades físico objetivas. Se le reviste de propiedades emotivas que en el fondo son de contenido espiritual. Veíamos que uno de los rasgos distintivos de la religiosidad es atribuirle a determinados objetos un valor simbólico que sobrepasa con creces su realidad objetiva. Una medalla en sí misma es un trozo de metal labrado, pero al cual se le pueden atribuir poderes muy superiores a las propiedades tísicas del metal que la compone. Una vaca, igualmente, siendo un determinado rumiante para producir carne, puede llegar a ser considerada sagrada en la India.

Ya la publicidad impresa tiende a atribuirle al objeto anunciado poderes muy superiores a los que realmente tiene. El perfume se presenta como la poción mágica que ha de atraer a los varones y el automóvil, como el talismán que ha de atraer a las damas. Pero en el aviso impreso estamos ante una imagen inmóvil, por lo demás está diagramado y ubicado en forma que sea fácil distinguirlo del contenido editorial. Es una imaginería, sí, pero presentada en forma tangencial. Igualmente el aviso de radio puede ser una experiencia auditiva, pero que no es plenamente envolvente, por lo tanto las afirmaciones hechas ahí las tomamos como simples cogniciones “de oídas”.

En cambio, en televisión vemos una imagen en movimiento, dotada de vida, y que -supuestamente- es una filmación de la realidad. Está ocurriendo ante nuestros ojos con todos los elementos propios de la percepción visual y auditiva, pero con la ventaja -para el avisador- de sorprendernos en ese peculiar trance cuasi hipnótico.

Por eso el proceso de distorsionar la realidad con fines comerciales tiene un efecto muy distinto en papel que en televisión. Por las razones vistas, adquiere en este medio el significado de constituir para muchos la realidad.

La publicidad en televisión manipula la realidad, de modo de asignarle recompensas espirituales al objeto que ha de ser consumido. Al observar los comerciales se aprecia que el Milo, por ejemplo, ya no es un chocolate soluble con tanto calcio y tanto fósforo: es el brebaje “que te hace campeón”, y prueba de ello es el niñito ganando competencias atléticas luego de ingerir un vaso. Los zapatos Bata no sólo sorn calzado; proveen amistad y éxito en el colegio. Los chocolates Anton Berg no interesan por su gusto: son la clave del romance. Los tampones Tampax traen libertad. Sprite es el elixir de la eterna luventud y Cinzano, el del status social. Para la virilidad están los cigarrillos Marlboro; para una buena comunicación entre padres e hijos, los Marshmellows Cadbury; para pertenecer a una gran familia, la gran familia Provida, “que avanza unida”, y para evitar la desgracia de la muerte, los seguros del Consorcio Nacional.

En este proceso de atribuirle poderes sobrenaturales al objeto promocionado, se ha llegado a constituir un verdadero catecismo de consumo, donde está previsto cómo ha de actuarse ante cada situación de la vida. La madre no ha de darnos su pecho para alimentarnos al nacer, porque éste -como falsamente lo insinúan los comerciales de leche artificial- podría ser nocivo. Nada dicen que un destacado especialista en salud pública, el Dr. Derrick Jelliter, hace diez años ya estableció una correlación entre el uso de leche artificial y la desnutrición infantil precoz. Tampoco mencionan que por este motivo el año 1977 se organizó un boicot mundial contra la firma suiza Nestlé, que se trata de un negocio mundial de dos mil millones de dólares anuales, ni que la Organización Mundial de la Salud acordó restringir la promoción de sustitutos de la leche materna.

De ahí en adelante la ingenuidad del niño, la inseguridad del adolescente, el olor de las axilas, el terror a la obesidad, la emanación de la menstruación, el afán de romance, el impulso erótico, el sentido de familia, el temor a la muerte, en fin, todas las situaciones existenciales son orientadas en dirección algún producto. (Una etapa de mayor abstracción es orientar la existencia hacia la adoración del dinero en sí mismo, como se observa en Norteamérica, donde a la cifra por sí sola se le atribuyen cualidades redentoras).

Para aumentar la recaudación de sacrificios, la nueva clase sacerdotal aumenta las retribuciones espirituales del producto. “Preparad los caminos del Señor, aplanad los senderos” dice la Biblia. Por cierto, aplanad los senderos para el automóvil, porque el Renault ya no es un mero vehículo motorizado, es “una nueva manera de vivir que nos llega del cielo”. Se nos ofrece, igual que el Evangelio, como la gloria misma y la salvación del alma. “¿Qué puedo hacer por tí -¡Señor -respondió él-, que yo pueda ver! Jesús le dijo: -Ahora mira; la fe te ha salvado. Y al instante él recobró la vista, y él lo siguió glorificando a Dios” (Lucas 18, 41-43).

Se ha llegado así a establecer una verdadera idolatría al producto. Si estudiamos, por ejemplo, el comercial de “Sprite Light”, observarnos que es presentado como objeto de adoración. El comercial empieza con una botella del mentado refresco emergiendo majestuosa del hielo hasta elevarse, por medio de su milagroso poder de levitación (no vemos a nadie empujándola). Recuerda al dios Thulu de tovecraft, el espíritu de la eternidad atrapado bajo el mar que resucita con fuerza cósmica abriéndose paso entre los témpanos cuando sus adoradores lo llaman. Pero en tovecraft, Thulu es un espíritu maligno, es el mal dormido en el fondo del planeta mientras el hombre ingenuamente hace su obra en la superficie.

El “Sprite Light”, en cambio, es un espíritu benigno, porque en cuanto se contempla su milagrosa levitación ocurren escenas de amor, de alegría juvenil y de belleza plástica, en las cuales todo el que ingiere el dichoso brebaje irradia instantáneamente felicidad. Concluye el aviso con una especie de acto ritual de adoración al refresco, donde levantan brazos para comulgar ante el redentor, que en este culto es una botella de “Sprite Light”.

“Venid a mi los sedientos, que yo os refrescaré”, dijo el Mesías.

Eso en cuanto a los avisos comerciales propiamente tales.

Pero también apreciamos cómo en la programación cunde la idolatría al producto, esta vez por obra de los propios animadores.

En pleno programa, como parte integral de éste, lanzan reverentes loas los dioses Sony y National Panasonic. “¡Santo! ¡Santo! es el producto que auspicia nuestro programa”, es el mensaje.

Así tenemos que figuras de ascendiente modal, los profesores de la cátedra nacional terminan haciendo reverencias al producto.

Estas figuras de los medios de comunicación representan para la base social modelos de comportamiento. Son el ideal propuesto por los medios de difusión, tanto así que sus actitudes y consejos son ampliamente imitados. (Las ventas de JVC aumentaron espectacularmente luego del testimonial de un conocido animador.)

Al doblegarse estas personalidades “ideales” a los imperativos comerciales están señalando que por encima de toda consideración de dignidad personal, de independencia, de ética profesional o de buen gusto está el producto. Debemos agachar contritos la cabeza tanto ante el dios Sony como ante la hostia consagrada.

La secuencia dramática de estos programas a menudo tiene como punto culminante ganar productos. El concursante en diferentes pruebas obtiene como retribución lo que se presenta con fanfarria y aplausos como el mayor don celestial: un auto.

Por eso, el término “idolatría” se emplea aquí en su sentido literal y no como una mera metáfora ilustrativa. Desde la perspectiva cristiana, idolatría es adorar algo como si fuera Dios. Según el teólogo Paul Tillich, es “la elevación de una inquietud preliminar al nivel de finalidad”.

Se distingue en primer lugar, la idolatría explícita, cuando se adora un astro, un rey, una estatua o un animal. Vendría a ser el caso de la adoración del pueblo de Israel al becerro de oro mientras acampaba al pie del monte Sinaí, a la espera de los Mandamientos de Yahvé, el primero de los cuales -como se sabe- prohibe precisamente adorar algo aparte de Dios.

Pero además, la moral cristiana condena una forma más sutil de idolatría: cuando alguien, sin caer en la idolatría explícita, le atribuye a algo virtudes emanadas de Dios. O sea, considera idolatría darle a un objeto el carácter de fuente final de bienestar interior. Por lo tanto, al presentar un objeto como en sí mismo dotado de dones espirituales, o sea, como capaz de desencadenar amor, paz existencial o belleza, sin referir esos dones al Creador, se está presentando ese objeto como ídolo.

De igual modo, es idolatría venerar un objeto más allá de sus propiedades objetivas, es decir, mirar un auto como más que un artefacto mecánico de transporte, asignándole propiedades de movilizador social, de integrador familiar o de logro vital.

“El agua que os daré será una fuente de vida eterna” (Juan 4: 14). Y con el objeto de fomentar el consumo de agua embotellada, la publicitan como dotada de similares cualidades redentoras. Un refresco embotellado es “la alegría de vivir”.

Mientras Cristo le enseña a sus apóstoles “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mateo 5: 13), la Coca- Cola, con mejor asesoría de marketing, se presenta a su grey nada menos que como “la chispa de la vida”.

Los dioses de la religión del consumo están aún desperdigados en un olimpo confuso. Hay tantos dioses como productos anunciados, todos compitiendo por ofrecer la salvación. Sigue habiendo lógica racional, amor humano y otras instancias resistiendo la avalancha de emotividad bruta. Pero pronto todos estos dioses menores quedarán unidos bajo el monoteísmo supremo. La bestia enunciada en el Apocalipsis ¿será el Dios Huachaca?


Capítulo VIII:



La irrupción de lo huachaca en el país interior



La televisión es tan para la ciudad como el pavimento para el auto. La urbe es su causa y su cause, es en su ambiente artificial donde mejor corre y es en su vida acelerada donde mayor sentido adquiere.

En Latinoamérica, veíamos, se desarrolla al son del proceso de urbanización. Tanto debido a la inmigración rural- urbana como al mismo crecimiento demográfico de la población ya radicada, entra en escena una vasta masa de bajo nivel educacional y de altas expectativas.

La campaña civilizadora iniciada por los padres de la Patria ya no es capaz de expandir el sistema educacional a la velocidad requerida para asimilar plenamente esa masa a la racionalidad occidental. Entonces, señalábamos, este invento viene a reafirmar en su medianía al extraviado entre dos culturas. En lugar de acrecentarle su conciencia original de transición, lo inmoviliza donde está, creando esta peculiar cultura de las características descritas.

Pero esto ocurre fundamentalmente en la ciudad latinoamericana, en especial en la capital de cada estado- nación. ¿Y qué pasa entretanto en el país interior?

Desde la inauguración de la escuela pública que no ocurría algo de tal trascendencia allá en la comunidad local. la campaña civilizadora se había hecho presente -donde alcanzó a hacerse presente- con la escuela. la educación tue el instrumento para implantar la cultura occidental. Se inculcó, aun con la ley, el hábito de mandar los niños a la escuela y con tal ahínco que la frase “estudiar es progresar” pasó a ser un dicho popular. La suerte de esos niños en la vida fue en gran medida el resultado de lo aprendido -y de lo no aprendido- en la escuela.

Muchos partieron, otros quedaron y alguien volvió.

Volvió con un Sony 12″ bajo el brazo.

Medios para comunicar cultura habían Ilegado antes a Petorca. La palabra impresa se hizo presente décadas atrás en la forma de diarios populares que trae el bus, de revistas usadas que venden los comerciantes ambulantes y de algunos ejemplares del Nuevo Testamento obsequiados a los campesinos durante las misiones.

Libros, pocos. El lugar más cercano para comprar uno, nos dicen, es La Ligua, un próspero pueblo a la entrada del valle, a unos 48 kilómetros. Allá preguntando siempre por libros llegamos a una tienda múltiple donde hay desde baldes hasta revistas pornográficas. ¿Libros? Hay de Caja Mayor, de cheques, y de nueve columnas; son los de contabilidad exigidos por Impuestos Internos.

También llegaban los diarios de La Ligua. Eran tres, con los muy significativos nombres de “La Libertad”, “la Opinión” y “La Razón”. Pero los dos primeros ya no circulan y “La Razón” aparece únicamente los jueves.

A la escuela mandan textos, uno al año para cada niño inscrito. A veces son todos del mismo nivel -Lectura para 3º Básico-, porque los funcionarios olvidan que habiendo 120 alumnos en una misma escuela, los hay de distintas edades y cursos. Más fácil uniformar el paquete. Los niños, por su parte, sólo los pueden utilizaren la sala de clase, porque, como cuenta un profesor, a menudo en sus casas los padres los usan para atizar el fuego, y silos dejan afuera, se los comen los chivos. A la escuela han lleegado, además, libros como “EI Mío Cid” y “Desolación”, de Gabriela Mistral, pero como son bienes fiscales inventariables, se guardan con llave en un armario. Así no hay problema al rendir cuentas.

Por cierto había llegado asimismo la radio transistor y vemos una colgando del cacho de un buey enyugado que va arando un potrero en el bajo, otra en el báculo de un comunero pastoreando sus cabras hacia la cordillera y otra en una cueva de las altas serranías, donde viven tres viejos pirquineros que florean una “minita” de cobre. Pero la radio, a pesar de trasmitir una buena cantidad de música extranjerizante, también comunica la propia. Además, por ser la transmisión posible a pequeñas empresas, se asienta con facilidad en comunidades locales. Así, como medio, ofrece alternativas y en lugar de dominar la idoneidad local, la comunica. También recordemos que el audio, aun el extranjerizante, no llega a cambiar la realidad visual del paisaje, como lo hace el invento que Armando desempaqueta ufano en la choza.

Es una choza de quincha embarrada hacia el interior de una quebrada entre Cabildo y Petorca, y forma parte de un pequeño caserío donde al centro, en un intento de plaza, están frente a frente la capilla y la escuelita pública, es decir, las versiones locales del cimiento moral y de la estructuración cultural de Occidente.

Como el bus corre por el valle Longotoma -por ‘la huella”, como le dicen al camino-, a la hora de pasar baja del caserío un niño arriando una mula, por si vienen pasajeros con quintales de harina o fardos pesados. La mula se llama “radiotaxi” y arriba de ella junto a un saco de cervezas ya una maleta de cartón, llegó el televisor.

Son familias campesinas que desde antes de la memoria trabajan en comunidad esas serranías áridas pastoreando rebaños por las quebradas, sembrando huequitos donde brota agua e hilando lana para chalecas y chamantos de la Ligua.





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