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Cultura huachaca Parte 4 - Monografía



 
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Entre la implacable expansión de las haciendas circundantes, el precio ínfimo del queso de cabra, las sequías cada año peores y el abandono oficial, esas gentes quedaron arrinconadas por una miseria de niños descalzos sobre la piedra filuda y de noches heladas bajo una misma frazada, compartiendo hasta el calorcito del perro echado a los pies.

La escuela se fue quedando atrás, pero las estaciones repetidoras avanzaron por las cumbres hasta ofrecer una señal radiante. Entonces al prender el televisor había de producirse el mismo milagro tantas veces repetido en faldeos de la cordillera de los Andes, desde la Patagonia hasta la Sierra Madre en México. Hilos de esta palpitante montaña, hermanos de su turbulento destino, veían extasiados aparecer la modernidad entre el humo del fogón.

Ahí estaba el excitante Schweppes, el demoledor Buck Rogers en su nave espacial, los astutos Angeles de Charlie, el feroz Hombre de la Atlántida, el espumante Festival de la Canción, el terrorífico dibujo animado japonés, el tierno Rex Humbard y las noticias del mundo en un mundo de noticias.

Todo a la vista, ahí mismo y en colores.

El agua se trae en balde del pozo y la leña, al hombro del cerro. No hay electricidad, por lo cual fue necesario conseguir una batería de camión, que ahora cada dos semanas se lleva al pueblo a cargar.

Tampoco hay baño ni letrina cerca. Para esos menesteres están los corrales adyacentes a la casa, donde pasan la noche los chivos.

Hay dos colchones de lana bruta para los cinco niños y tres perros que duermen a los pies. No hay refrigerador para guardar alimentos frescos, ni cocina, ni sábanas, ni camas individuales, ni privacidad, ni idea de como curarle la diarrea al recién nacido.

Para comprar el Sony, Armando Escárate estuvo una temporada trabajando de cocinero en una goleta pesquera de Iquique, de donde lo trajo. Antes de partir había vendido “la Perla”, su vaca lechera con cría, y seis de sus mejores cabras. Costó trabajo criar esa vaca (eran dos terneras, le robaron la otra) y linda venia la cría, pero es que así aprendimos, dice.

Lo más principal -explica- es que estos chicos míos no sean tan embrutecidos como lo criaron a uno, la pobrería deja corto al niño, usted sabe, sin estudio


Resultados



1. A la mula “radiotaxi” le hicieron un arnés especial para acomodarle baterías de 12 voltios sobre el lomo.

2. En la mesa de entrada donde dejan los baldes con agua hay una caluga de champú Head & Shoulders. Es para “cabello graso” y está a medio vaciar, apoyada para evitar que se derrame el champú restante. La presencia de este producto, junto a cabelleras notablemente limpias, indica cómo un breve aviso comercial puede crear un hábito, en este caso, sano. En el mismo sentido, se observa la presencia de jabón de tocador (Lux) -producto antes rara vez visto en el campo- y de Baygón en polvo, gracias al cual recibimos de los perros gratos meneos de cola sin las correspondientes pulgas.

3. Ha mejorado el nivel del fútbol local. Las pichangas de antes eran la pelota convertida en un cometa seguido por una estela de 22 jugadores. Ahora cuando juegan en Petorca, se observan partidos con planteo táctico bien organizado. Esto se debe en gran medida al efecto demostrativo de los partidos internacionales trasmitidos por televisión y a las enseñanzas de los comentaristas, por lo que el área deportiva sería quizás la de mayores logros educativos. Ha logrado efectivamente crear una conciencia deportiva y mejorar el nivel del juego.

4. La familia de Armando Escárate comienza sentirse integrada a una cierta modernidad. Antes se le oía la voz a la señora para puro retar a los niños o corretear los pollos. La conversación en las tardes alrededor del brasero, por llamarles así a unos intercambios esporádicos de palabras, era sobre las ocurrencias de los animales domésticos (el perro que se comió la lavaza, la oveja que se les desbarrancó a los Mayorga, etc.) o sobre hechos estrictamente locales, como el tiempo o los vecinos. Cuando llegaba alguien de afuera al caserío, los niños se escondían de vergüenza. En cambio ahora se entiende lo que hablan -la pronunciación se ha hecho más universal- y se intercambian comentarios sobre el show ante sus ojos. Se les amplió el horizonte.

5. Junto a lo anterior, los jóvenes campesinos empiezan a sentirse desubicados en su ambiente. Ya no es sólo un problema de “pobrería” estructural que los empuja hacia la ciudad; ese magnífico horizonte musical y a color que se abre al apretar el botón “power” es eminentemente urbano. No se divisan ahí formas de crecer en la vida rural. La televisión menosprecia la vida de campo. Lo natural, lo convivencial, la paz interior, la relación armónica con los elementos, el trabajo en familia, abastecerse así mismo, nada de eso es comercial.

Tampoco es negocio satisfacer las necesidades educacionales del país interior ni reforzar sus culturas locales para darle identidad a quien desee progresar viviendo en el campo. Programas que eleven la condición del campesino enseñando desde cuidado materno- infantil hasta técnicas para trabajar bien la tierra, no. Cursos de alfabetización, de historia o de aritmética, tampoco.

Otros más específicos de regadío en secano, de ganadería, de meteorología, de horticultura y demás conocimientos requeridos para mejorar la productividad agrícola, menos. Charlas para fomentar el desarrollo de industrias caseras ¿Y la sintonía? (La excepción a esta regla sería el espacio educativo de un canal universitario los sábados por la mañana. No está específicamente orientado al campo y es justo cuando el agricultor está más ocupado en su faena).

Programas que enseñen bailes anglosajones, sí. Festivales que promuevan expresiones culturales yanquis, también. Shows donde se estimule la competencia y el consumismo, por supuesto. Viendo el “Disco Break”, un programa irradiado en inglés por todo el país, Nora (la hija mayor, de dieciocho años) aprendió con sus amigas el nuevo baile que hace furor en Broadway, mientras el propio de Andacollo, nada. Manháttan es la meta, está diciendo la tele. Lo demás, que muera. Si a la pasada un champú enseña a lavarse el pelo, tanto mejor, y si los avisos de electrodomésticos Sanyo difunden recetas nutritivas, ahí está.

Nora no quiere casarse con alguien de aquí, porque “no se halla en el campo”. Ha visto algo tanto más glamoroso y fácil que lechar cabras y cardar lana. Todo progreso parece estar radicado en la capital. “Dale en tu corazón un lugar a Santiago”, canta la tele, mientras muestra vista tan lindas.

Nora se lo dio. En vez del chaleco de lana natural, prefiere su suéter de banlón fucsia (Los comerciantes ahora llevan a esa zona -la capital del tejido- banlón y lo cambian por lana merino o vicuña de verdad.)

Muy linda la capital, Nora. Cuando hayas terminado de fregar los platos del almuerzo ajeno y la patrona se acueste a dormir siesta, podrás, además, mirar las seriales del trece. Domingo por medio te dejarán salir en la tarde.


Capítulo IX:



La alta cultura en la tele



A pesar de ser el instrumento difusor de la cultura huachaca, algunas expresiones de la alta cultura suelen asomarse a la pantalla. Están los llamados programas “culturales”, las entrevistas a destacados científicos, los espacios de televisión educativa y demás excepciones que confirman la regla.

Lo paradoja es que dicho invento sea obra de la alta cultura. Es la culminación de minuciosas investigaciones científicas en física, química y electrónica que vistas globalmente están enmarcadas en la racionalidad técnica de Occidente. Otra cultura no podría haber llegado a crearla. Pero siendo producto de la alta inteligencia, ¿por qué pasa a ser instrumento de la mediocridad?

Primero debe tenerse presente que esto ocurre en Latinoamérica y no es el caso de la televisión francesa, británica ni de la danesa que funciona sólo cuatro horas diarias a un alto nivel de excelencia Hay, por cierto en Europa y Estados Unidos, programas banales que no van a ningún lado, pero están al menos enmarcados en lj contexto cultural de lo propio y junto a ellos está la alternativa de programas enaltecedores:

Pero la misma alta cultura también tiene algo de culpa. En Latinoamérica el mundo académico tiende a cerrarse sobre sí mismo ya constituir una isla de europeicidad separada de su realidad. El intelectual (en su sentido amplio, el buscador de nuevo conocimiento) no ha aprendido en Latinoamérica a usar este reciente medio de comunicación. Científicos, artistas, escritores, profesionales y demás activistas de la campaña civilizadora, se han quedado engomados en el enclave, usando medios tradicionales de comunicación, en especial la palabra impresa.

(La alta intelectualidad ni siquiera sale a provincia, tal como en su oportunidad la burguesía ilustrada que inicia la campaña dio por perdido el país interior y concentra su energía civilizadora en la capital.)

La reacción ante este nuevo medio recuerda la provocada en similares ambientes por el cine. Inicialmente se le considera un medio de diversión populachera, indigno de consideración seria. El mérito de Charles Chaplin fue, curiosamente, haber sido tomado en serio. Sus películas son las primeras sobre las cuales se escribe en los países del norte.

Al ver el intelectual latinoamericano que allá se le daba crédito, se le presta atención, se aprende su lenguaje y se le otorga su lugar en el mundo académico.

A primera vista la situación de la televisión es similar a la del cine pre chaplinesco: desprecio mutuo entre intelectuales y el medio; unos dicen que la TV es chata, los otros que lo cultural es aburrido. Los intelectuales no miran televisión y los que manejan el medio no se interesan en los creadores ajenos al circuito íntimo.

Sin embargo, hay diferencias fundamentales que hacen pensar que no basta un Chaplin para elevar el nivel del medio.

En primer lugar, en otras partes del mundo la televisión ya “despegó” hace mucho tiempo y hay constantemente programas -reportajes, dramas o comedia- de muy alto nivel. (Para apreciar esto no hace falta viajar; basta recordar, por ejemplo, la serie de la BBC “Mundos lndividuales”, o “Yo Claudio”.)

El argumento de que en todas parte la televisión es mala debe, consecuentemente, descartarse junto al de que en Bolivia es peor. Uno lo eliminamos por inexacto, el otro por tonto.

También debe descartarse el argumento de que en países más ricos hay mayor “capacidad” de hacer cosas buenas. Ya este continente ha demostrado su prodigiosa capacidad para producir artistas, científicos y escritores de relieve mundial. Habiendo tanta inteligencia, ¿por qué no la iba a haber en televisión?

La segunda diferencia con el inicio del cine es que la televisión en algunos casos nace liberada de imperativos comerciales y con fines manifiestos de elevación cultural. Por ejemplo, en Chile la ley 17.377 señala:

“La televisión como medio de difusión ha de servir para comunicar e integrar al país, difundir el conocimiento de los problemas nacionales básicos y procurar la participación de todos los chilenos en las grandes iniciativas encaminadas a resolverlos; afirmar los valores nacionales, los valores culturales y morales, la dignidad y el respeto a los derechos de la persona y de la familia; fomentar a educación y el desarrollo dé la cultura, en todas sus formas; informar objetivamente sobre el acontecer nacional, y entretener sanamente, velando por la formación espiritual e intelectual de la niñez y la juventud”.

Para evitar que lo anterior quedara como otra de las leyes que se acatan pero no se cumplen, se le entrega la televisión a una corporación estatal de servicio público como es Televisión Nacional ya instituciones solventes de elevación cultural como las universidades. Estas últimas habían demostrado -por medio de excelentes orquestas sinfónicas, ballets y compañías de teatro- su capacidad de extender cultura a la comunidad nacional.

Una buena cantidad del presupuesto de las universidades debe destinarse a la capitalización y posterior financiamiento de las respectivas corporaciones de televisión (O sea, en aras de este medio de comunicación se sacrifican recursos para investigación científica y formación profesional).

Una tercera diferencia con el cine es que en sus comienzos éste se debatía abrumado por problemas técnicos que no lo hacían muy atractivo ni para cineastas ni espectadores. La televisión, en cambio, rápidamente alcanza un alto nivel técnico y conquista gran cantidad de adeptos prestos a mirarla ya financiarla.

Así todo la alta cultura pierde el control del invento. Como aquí nos ocupa la responsabilidad que en ello pudiera caberle a la propia inteligencia civilizadora, se discuten a continuación tres situaciones en las cuales aparece en las producciones locales de televisión, a saber, la entrevista al científico, el programa “cultural” y el académico visto por la gente de televisión.


La entrevista al científico



La invitación a participar la hace en forma imperativa la productora del programa el día antes a lo sumo, seguramente para no dar tiempo a pensar lo que se va a decir. Pero el conminado a ir al programa porque acaba de ganarse un premio, de hacer un descubrimiento científico o de publicar un libro, igual se encuentra de improviso maquillado entero son riéndole a un lente.

No es la televisión que ha venido al “hábitat” del científico, es éste quien ha ido ala televisión. Esto del “hábitat” no es sólo una cuestión de laboratorio donde se desenvuelve el quehacer intelectual, cuestión que podría resolverse con un equipo móvil; es también el ritmo de presentación, las preguntas, el estilo, los demás invitados y el ambiente general que no siempre son los que quisiera el académico para comunicar su obra.

Y cuando uno se somete a tan divertida experiencia como es aparecer tras una cortina al son de una fanfarria de banda, entiende de inmediato cuanto más importante es ahí la forma que el contenido. Cuatro minutos para hablar de un libro que tardó dos años en escribirse, preguntas insólitas cuyas respuestas a nadie interesan.

Lo decisivo no son las ideas, sino las apariencias: el timbre de voz, la calma y la habilidad de la maquilladora para disimular adecuadamente las ojeras y -fundamental- que no se transpire la cara. Una gota de sudor en la nariz puede de arruinar una presentación, tanto como un estornudo fuera de libreto. Ningún libro o producto de la inteligencia suele arruinarse portales detalles. No cuenta, entonces, el contenido de la obra; es el “ángel” lo importante, esa efímera combinación de rasgos faciales exagerados, de seguridad ante las cámaras, de que no transpire la nariz y de absoluta incapacidad de decir algo profundo

En esta inmensa bodega que es un estudio de televisión, el techo son puros fierros de donde cuelgan focos sumamente potentes. Cámaras filmadoras montadas sobre ruedas se alejan y acercan probando enfoques; tras ellas los inefables camarógrafos con la vista apernada al lente y la cabeza unida a la máquina por enormes audífonos. (En una oportunidad, mientras disertaba sobre el libro “Chile 2010″, uno tiró lejos los audífonos y ahí mismo empezó a vomitar vino tinto) Una voz de ultratumba estalla por altoparlantes ocultos: ¡Talo conecta al entrevistado dos! Llega Lalo y sin mediar explicación alguna le amarra a uno un alambre alrededor del cuello y esconde bajo la corbata un aparato que presumiblemente es un microfono -No lo toque porque está muy eléctrico el audio- advierte.


¿Muy eléctrico el audio?



Disimuladamente uno sigue con la vista el alambre en torno al cuello. Llega a un enchufe de una máquina extraña. Capaz que lo electrocuten a uno si dice alguna verdad. Nuevamente la voz de ultratumba: ¡Entrevistado dos, hable! ¡ Sí!, hable para probar el audio. EI animador está ocupado con el libreto, los utileros corren de un lado para otro trayendo ceniceros y moviendo focos, la productora da otras instrucciones así que uno debe ponerse a hablar solo hasta que la voz perentoria dice basta!

Alguien anuncia que ya vamos. Encienden todos los focos. Un, dos, tres, ¡ahora! Es como si hubiesen conectado la palanca de la silla eléctrica, con la diferencia de que en dicha ejecución uno podrá tiritar a gusto, en cambio aquí la tensión, súbitamente se convirtió en amables sonrisas.

Buenas noches amables televidentes



(son recién las 10 de la mañana, pero se está grabando).

Sentado entre las “Doliy Sisters” de Buenos Aiies, un Notario y un humorista brasilero, se tiene la inquietante sensación de que puede pasar cualquier cosa. Capaz que las “Dolly Sisters” analicen la situación social, que el sociólogo cante o el Notario baile samba. Hay que estar siempre listo para ser interrumpido por el más burdo comentario concebible. Además, cuando menos se espera, uno queda hablando en banda porque llegó el momento de cecinas Winter, “una deliciosa costumbre alemana”.

Así, para alivio del torpe, uno descubre que en la pantalla no caben sutilezas, explicaciones completas ni verificaciones científicas. Una demostración puede refutarse con un chascarro y una razón, con una sonrisa sardónica.

Ya en tiempos de los programas de discusión abierta se vio que en el ruedo del estudio triunfan no las razones, sino que las actuaciones; Una afirmación se valida con un tono adecuado de voz y una mentira pasa a ser verdad con una expresión facial convincente.

Entonces uno se mantiene al nivel del sentido común -ejercicio siempre útil para el intelectual- y hablar como quien conversa con el vecino, y de los mismos tópicos cotidianos se considera “muy bien” en un medio que suele incluso mantenerse bajo ese nivel.

Basta elevarse un poco más arriba de las superficialidades corrientes para arriesgar una caída brusca por “sesudo”, adjetivo claramente despectivo en tal ambiente. En cuanto se emprende vuelo, el animador -cuyo dominio de la situación es total- o la siempre risueña entrevistadora interrumpe con una pregunta bruta que provoca el efecto del piedrazo en el zorzal: lo trae a tierra.

Preguntarle al profesor Joaquín Luco, Premio Nacional de Ciencias, en medio de su clarísima explicación de cómo el cuerpo se regenera a sí mismo, por qué sólo usa corbatas humitas, se llama “aterrizar” al entrevistado, maniobra que un buen animador sabe realizar.

De este modo, pronto este portento de la inteligencia se encuentra hablando de corbatas. Ha sido “actorizado”, puesto a tono con el show y como Luco es, por añadidura, un actor natural de gran expresividad, hace muy bien su número.

Número del “show” por supuesto, pero aquella oportunidad de comunicar masivamente algo de las verdaderas inquietudes de un científico, se ahogan en la trivialidad. Y el televidente que se interesó por conocer esa inteligencia se quedó con la imagen de su “ángel”, que poco nada tiene que ver con el sabio entusiasta explorando la vida que podemos conocer en el Laboratorio de Neurofisiología.

Si el televidente siente esa frustración, fácil es imaginar la del académico. Quiso comunicar una idea y gracias a su conocimiento verdadero y a su experiencia con alumnos novatos, sabe hacerlo claramente. Pero en un medio ajeno, quedó expuesto a las veleidades de su ángel de la guarda. No alcanzó a explicar bien de qué se trata ni a comunicar la vibración de su investigación. El detalle fascinante, el misterio insondable, el descubrimiento insólito que lo enorgullece, nada de eso pudo dar. Siente haber sido usado.

Lo peor es la impresión íntima de no haber estado a la altura. En relación a su nivel, sabe muy bien que anduvo volando bajo. Ante cientos de miles de espectadores explicó su obra en términos de cocktail, así medio casualmente, entre una y otra trivialidad. Se siente frustrado porque al no estar compenetrado de las leyes secretas del medio, desconoce que se trataba -precisamente- de volar bajo.

Su señora, la mamá y los niños lo felicitarán, aun cuando -claro está- no se veía como César Antonio. Sus colegas tampoco le confieren mayor valor a tan arriesgadas actuaciones en la cuerda floja. Aunque suelen quitar bastante tiempo y son una forma de extensión universitaria (peor es nada), a ningún académico se le ocurriría contabilizarlas en su currículum vitae.

En síntesis, en un “hábitat” ajeno se ha desenvuelto pobremente. Seguramente un animador de televisión experimentaría similar frustración al actuar en el “hábitat” del académico, debiendo enfrentar aulas de estudiantes críticos o debiendo realizar algún paso de una investigación científica. El investigador en un estudio de televisión se encuentra tan perdido como el animador en un Laboratorio de Neurofisiología.

Lo mismo otras expresiones de inteligencia no- escénica como pueden ser los profesionales, escritores o pintores. Se hayan fuera de contexto en el peculiar ambiente de la televisión. Han sido invitados a darle un barniz de cultura a un medio usualmente en poder de otra cultura. Sin otro pago que verse en pantalla, el entrevistado contribuye a encubrir esa banalidad. Su nombre y algunas frases dan una apariencia de buen nivel, pero él no ha podido expresarse plenamente. Lo vieron, ahí estaba, pero nadie vio cuán amordazado estuvo por los imperativos del medio. (No es sólo cuestión de censura política; sus ideas sobre su especialidad tampoco pudo comunicarlas.)

El entrevistado acude cuando la televisión quiere para lo que la televisión quiere. Nada más. El medio lo usa él, no es él quien utiliza el medio como puede ser en el caso de la palabra escrita.

El académico reacciona, entonces, considerándola un medio populachero, en el cual es imposible expresar algo de cierto nivel. En lugar de aprender el lenguaje de la televisión, se cierra ante ella, tal como el zorro en la fábula de Esopo rechaza las uvas fuera de su alcance por considerarlas verdes.


Los programas “culturales”


Además de entrevista al intelectual otra expresión de la alta cultura en televisión serían los así llamados programas ‘’culturales”.

No pretendemos aquí juzgarlos, porque respecto al de mayor éxito televisivo, esa función ahora le compete al Cuarto juzgado del Crimen de Santiago y su principal figura -eI “profesor”- presentado como tal, fue declarado reo. Aparte de que el programa debió ser abruptamente suspendido debido a una querella por estafa, en la prensa también se ventiló un verdadero juicio público y en los diarios opinaron diversos abogados acaso el fraude en dicho programa “cultural” afecta a la Universidad, a la opinión pública, al auspiciador o a la corporación de televisión.

El desenlace de “Un millón para el mejor” no fue sólo un accidente fortuito debido a la venalidad de un animador que vendía de antemano las preguntas del millón; fue el resultado de la contaminación provocada por el manejo comercial de un medio educacional. La mala conciencia ante tan visible distorsión llevó, en el país de los arreglos con alambritos, a establecer los jueves en la noche una “Franja Cultural” en la cual todos los canales habían de ofrecer programas de buen nivel. Es como silos liceos en aras del financiamiento, estuvieran convertidos en cabarets y ante tal deformación se discurriera una “franja educacional” en la cual se interrumpe el show un día a la semana para hacer clases.

Pero debían hacerlo al unísono porque si uno enseñaba el otro aumentaba la fiesta, con lo cual por cieno atraía a la clientela. Se instauró, pues, como mandato superior del Consejo Nacional de Televisión para evitar que mientras uno trasmitiera algo digno de la alta cultura, otro le quitara sintonía con peleas de box y otro más, con nalgas de corista. (Dicho Consejo está integrado por los propios directores de los canales, con lo cual es más un club para ponerse de acuerdo que una autoridad para fiscalizar. Por eso el raciocinio parece haber sido: si debía soportarse la alta cultura, mejor hacerlo juntos.)

De todos, el medio de lo huachaca no iba a ceder terreno tan fácilmente y así pudimos ver creaciones como la serie “Los Amores de Napoleón”, (amores que, como se sabe, culminan con la espantosa gonorrea del emperador). O sea, se logró siempre torcer el alambrito para sacarle otra vuelta y ganar sintonía con la emotividad truculenta.

Pero en el ámbito de los programas “vivos” producidos aquí, que nos interesan, la más exitosa fórmula para el medio en su actual coyuntura fue la competencia por el millón antes mencionada.

Ingredientes: medio pelo de barniz cultural, posibilidad de integrar al programa mismo a varios auspiciadores, público expectante para la necesaria bullanga y variedad de contraplanos, concursantes azotados por jurado cruel, premio en metal y adoración ritual al Dios Huachaca. Revuélvase con animadores sonrientes, agréguele un jurado solemne (pero no serio), corte dos rebanadas de concursantes de sorprendente memoria, sazónelo con la gradual acumulación monetaria -plata, harta plata- hiérvalo de una semana a la otra con un desarrollo teatral que culmina en grandes finales, y sírvalo al público en un canal universitario con abundante publicidad de un ávido avisador.

El conocimiento, no como un valor en si mismo, sino como un medio de ganar dinero, la memoria como instrumento atlético de la carrera al millón (por lo demás el millón, contrario a lo que se le dio a entender al público, se pagaba en productos de los auspiciadores al valor fijado por éstos) y la sabiduría convertida en fechas y detalles insignificantes. Así vimos a autoridades en sociología cultural caer mudas en el concurso sobre historia del cine ante una pregunta sobre el revelado a color y los primeros pasos del cristianismo en la antigüedad reducidos a una ráfaga de nombres de herejías del siglo II que un concursante debía hacer calzar en 45 segundos.

Interesante oír mencionar a Teodosio, Ariano, Atanasio, obispo de Aléjandría y a Sabelino. Pero esos nombres así enumerados por un señor que los va mascullando contra el reloj y estos completamente desconectados del contexto de las pugnas teológicas en torno al Credo Nicense, tienen tanto sentido como contar hasta cien en sánscrito.


¿Es sabiduría eso?



EI germen de la malformación estuvo en ir dando prioridad a tos imperativos televisivos sobre los culturales. En esa línea interesa más un “profesor” con sentido escénico que uno con y proyección académica, más una ambientación de show que una de conocimiento, más ja realización de un programa “entretenido” que la de uno profundo. Al supeditar el contenido a la forma, sólo cuenta la imagen, no el fondo. Entonces basta que tenga cara de profesor, aun cuando carezca de antecedentes académicos y basta que todo se vea limpio, aun cuando no lo sea de verdad.


El académico visto por la gente de televisión


En el ambiente de los estudios de televisión -en las nuevas aulas de la sociedad modern- una de las creencias más sólidamente arraigadas es que la alta cultura no interesa al público. Avisadores, ejecutivos, directores de programas y animadores -los profesores de estas nuevas aulas- parecen compartir con la firmeza de dogma de fe la creencia de que si el nivel cultural sube, la sintonía baja.

Debido al alumnado que tienen ya lo que en Latinoamérica tratan de hacer con él, es probable que así sea. Si el objetivo del show es similar al de cabaret -estimular el consumo- ciertamente una disertación sobre biología celular será mal recibida. ¡Que siga el show! aullará la garuma en las mesas.

Por su parte la televisión tiene su propio lenguaje y su especial técnica. Así como la palabra impresa requiere de aprendizajes que van desde estilo de redacción a técnicas de impresión, el medio audiovisual requiere su aprendizaje y organización productiva. Pero, como antes mencionado, no por eso sólo los tipógrafos escriben libros. Lo que ha ocurrido con este medio es que sus condicionantes tecnológicos son tan fuertes y desconocidos que los especialistas del medio se han hecho cargo del contenido. Entretanto los contingentes de la campaña civilizadora se han demorado en aprender a emplear este instrumento educador y quienes lo manejan tienden a considerar a las eminencias del saber como esencialmente aburridas.

Esto es paradojal si se piensa que la ciencia es una de las actividades más fascinantes. Durante milenios ha suscitado la curiosidad humana y el programa “Cosmos” del astrofísico Carl Sagan de la Universidad de Cornell, trasmitido por el Public Broadcasting System de Estados Unidos, desplaza de las primeras sintonías a los canturreos y balaceras, demostrando el interés latente que tiene el conocimiento en si’ mismo.

-No hay nada en ciencia que no pueda explicarse al hombre medio- afirma el astrofísico Sagan, y su programa que explica de Leibnitz a Einstein, lo demuestra.

Varios factores estarían obrando para llegar a conformar esta actitud hacia la alta cultura entre los cuales cabe destacar.

1. Actitud de “Comunicar es rebajarse”. La posibilidad de ser comprendidos parece apanícar a profesores universitarios porque a menudo se aprecian conmovedores esfuerzos por alcanzar un alto nivel de oscuridad expositiva.

En los claustros universitarios es frecuente asociarla idea de nivel académico a la de oscuridad mental, al punto de que alto nivel ha llegado a ser casi sinónimo de embrollo y la claridad se considera casi equivalente abajo nivel.

Basta que un trabajo esté presentado en lenguaje diáfano para que sea considerado “poco académico” y si por añadidura la presentación de ideas resulta amena, corre él peligro de ser considerada superficial. Al contrario, “decir lo que todos saben en palabras que nadie entiende” es un ejercicio prestigiado.

Se conforma, entonces, la actitud de que comunicar es rebajarse, como si hubiera temor a perder la magia oculta. Al ser requeridos por la televisión en primer lugar reaccionan contra su ritmo, luego contra la idea de salir del enclave para hablarle a los de afuera y después -en la eventualidad de ir- sienten una presión implícita por mantener un aire de superioridad. Esa misma actitud de querer permanecer en el pedestal, sin siquiera intentar llegar a la gran masa es el primer impedimento a una adecuada comunicación. Si no se intenta algo, difícil es lograrlo.

2. Carencia de sentido de imagen (imaginación). Otro factor mencionado es que los académicos universitarios y demás próceres del intelecto a menudo carecen de sentido de imagen y que muchas de sus proposiciones a los canales son para hacer en televisión lo que hacen en clase: sentarse a hablar.

En el mejor de los casos podría ser un foro, fórmula visualmente agotada y políticamente inconveniente en los tiempos que corren.

Hablar en imágenes está generalmente fuera del campo de la experiencia docente. Los métodos expositivos a que está acostumbrado el profesor universitario -tiza y saliva- son los mismos de hace siglos y son muy pocos los profesores que, como los médicos, han aprendido a valerse de elementos visuales para enseñar.

De ahí entonces que haya un desconocimiento del lenguaje televisivo y se pretenda usar ese medio como una simple transmisión de sonido, sin estar a la altura de la dinámica visual inherente al medio.

3. Sentido de tiempo. Para quienes están habituados a latear a los alumnos en tandas de hora y media, cuesta entender que un minuto puede ser larguísimo en televisión. Una de las características de ese medio es su capacidad de alterar el tiempo al punto de que un mismo minuto es inmensamente más largo en pantalla que en clase. Esto impone una especial capacidad de síntesis.

4. Falta de humor. Otra de las quejas frecuentes es la falta de humor del mundo intelectual. Esto parece una banalidad intrascendente, pero en realidad apunta al problema de fondo que es la capacidad de comunicar. El humor es uno de los elementos útiles para romper la tensión y establecer una comunicación en el auditorio. El tono siempre grave o retórico interpone una barrera que es infranqueable en el caso de la televisión porque ésta requiere un tono mucho más familiar debido al contexto en que está siendo vista. Lo mismo, la tendencia depresiva de mucha literatura local la aleja del proceso vital de buscar luz.

5. La impersonalidad. La comunicación es esencialmente un proceso de contado personal que los medios pueden multiplicar para difundirlos más personas, pero donde es imposible sustituir el factor humano, único e individual.

(De ahí que las burocracias especializadas en comunicar en el mejor de los casos sirven para facilitar la comunicación de personas, pero en los intentos anónimos de comunicación fracasan.)

Por algo también se hacen clases.

Ahora bien, existe una tendencia en las grandes organizaciones a impersonalizar. Es “el departamento que habla”, el “instituto que estudia” o el “proyecto que descubre” en circunstancias que hablar, estudiar o descubrir son actos propios del ser humano, no de organizaciones administrativas.

Esta tendencia tiene sus raíces en una tradición burocrática europea que tuvo también su repercusión en el periodismo de comienzos de siglo donde primó la crónica impersonal. Sin embargo, el llamado “nuevo periodismo”; impone el comentario personal, la crónica firmada y la nota humana porque el interés del lector hoy día, como lo ratificara la última encuesta de la Asociación Norteamericana de Editores de Diarios, es saber en primer lugar, de sí mismos y luego de quienes hacen o comunican noticias.

Esto que ocurre en los medios impresos es mucho más agudo en televisión, debido a factores ya señalados. Es un medio tremendamente personal, donde los gestos, las miradas, las facciones faciales, los tonos de voz, la actitud vital y el “aura” general de una persona pasan a ser fundamentales en la comunicación.

La tendencia a la impersonalidad, si bien es funcional tratándose de trabajos científicos escritos para una revista especializada, en televisión se convierte en incomunicación.

Se hace imperiosa, entonces, la necesidad de que la inteligencia civilizadora aprenda el lenguaje audiovisual, sobre todo en vista al rol que debiera desempeñar la televisión luego de efectuar su desinfección.

Capítulo X:



Plan para desinfectar la televisión



Lo señalado sobre la televisión misma y lo observado sobre la dinámica cultural en que opera -en especial la insuficiencia de la campaña civilizadora- nos lleva a concluir que en Latinoamérica su sunción es esencialmente educacional.

Debido al abandono o virtual inexistencia de la escuela pública en la comunidad local y a la doble (triple en Colombia) jornada de los liceos, los niños en edad escolar están recibiendo un promedio de apenas dos a tres horas diarias de educación formal. No es el momento de analizar la calidad de tales horas, ni la situación del profesorado, ni la pobreza de los textos, ni el efecto hacinar cincuenta o más alumnos por curso, ni la falta de bibliotecas y librerías, ni el estado físico de los locales. Basta recordar que países, como Francia, han llegado a ser civilizados gracias a su sistema educacional.

Mirada con nuestro criterio de considerar la educación “un sector”, la sociedad francesa entera es un sistema educacional. Es así como la mejor educación es la pública (van a colegios particulares los incapaces de seguir en el “Lycée”), el profesorado está en condiciones dignas y trabaja motivado, hay menos de treinta alumnos por curso, el liceo funciona mañana y tarde por un solo grupo de estudiantes, cada local tiene su biblioteca con préstamo domiciliario, los museos y monumentos son por si solos experiencias formativas a las cuales constantemente acuden cursos con sus profesores, las grandes empresas se esmeran en mostrar sus instalaciones a colegiales para colaborar así a su aprendizaje en terreno, y -en lo que nos concierne- la radio y la televisión transmite en horas de clase módulos del currículum oficial de determinadas asignaturas.

Durante el horario escolar la televisión en Francia transmite programas destinados a apoyar la labor docente del profesor con elementos usualmente fuera de su alcance, como reportajes sobre el Amazonas para complementar la clase de geografía o películas sobre un acelerador de partículas para complementar la de física.

Son producidos por un organismo especializado en educación audiovisual (Centre National de la Documentation Pédagoguique) dependiente del Ministerio de Educación y se transmiten por la red estatal de acuerdo a un calendario distribuido a cada escuela. Así, por ejemplo, en la programación del Canal 1 de Televisión Francesa correspondiente al viernes 13 de noviembre:

“14h04 - 14h25 Ciencias Sociales (c.m.). El hospital de hoy (2a. parte): El enfermo en el hospital”.

“14h25 - 14h 30 Seguridad en el tránsito: El camino a la escuela”, etc.

Si países con sistemas educacionales clásicos tan avanzados como el de Francia, además ponen su televisión al servicio de la educación, con mayor razón nosotros debiéramos emplearla para elevar a las nuevas generaciones.

Pero en nuestra sociedad, vimos, la televisión propaga una cultura irracional e inconsistente que inmoviliza al ignorante donde está, en circunstancias de que aún a pleno día hay más alumnos frente ala pantalla que en clase.

Es la principal institución formativa de nuestra sociedad.

Por eso es comprensible que luego de estudiar su impacto sociológico, de observar la inconsciencia con que se maneja y de imaginario que podría contribuir a elevar la condición humana, hallamos llegado a considerarla un instrumento educativo intestado de personas e imperativos dañinos a la función que le compete.

Todo lo anterior nos lleva a estimar necesario:



1. Integrar la televisión a la campaña civilizadora. Este invento de la racionalidad técnica debe ser empleado por la alta cultura que lo originé. La inteligencia civilizadora ha de tomar control absoluto de la televisión para transformarla en instrumento del sistema educacional.

Como a los que más saben les corresponde educar, deberán dirigirla y animar sus programas únicamente las eminencias de mayor jerarquía en el saber, aun cuando no tengan tanto ángel. Estas, igual que en otras cátedras, serán seleccionadas por concurso de antecedentes. Así se asegura la colaboración de los más destacados exponentes de la alta cultura.

La adecuada selección de quienes han de enseñar en la gran cátedra abierta en cada hogar es el primer requisito. Pero esto debe venir acompañado de otras precauciones que permitan la ardua tarea de organizar televisión educativa y a la vez atractiva todo el día hasta llegar a atender las necesidades de quienes no caben en las escuelas y de tantos otros que necesitan progresar.

2. Operar este instrumento educativo con los ideales propios de las instituciones educacionales en Occidente. Por sobré todo interés debe respetar se el conocimiento -la calidad del contenid- como un valor en sí mismo. En consecuencia debe eliminarse de la pantalla todo interés subalterno de índole comercial o político. No debiera aparecer aviso alguno. Si una empresa desea colaborar al desarrollo cultural donando una escuela o auspiciando un programa, magnífico. Su nombre será recordado en letras fijas a la entrada y salida de la escuela o comienzo y final del programa, según el caso. Pero sólo letras fijas, nada de adoraciones rituales a su producto y menos supeditar a los animadores (profesores) a alabar su nombre. (Es, por lo demás, el caso de la IBM cuando auspicié el último programa de ballet. Dicha firma exigió que se transmita sin interrupciones comerciales y que se le mencione sólo al abrirse y cerrarse las cortinas.)

3. Financiarla televisión por vías que eviten su contaminación comercial. Siendo la comunidad nacional quien la financia siempre -el consumidor viene la plata- se trata de que el dinero que aporta el ciudadano vía publicidad lo aporte por vías más eficientes en relación a su beneficio. Una posibilidad es un impuesto tilo mensual de tres dólares por televisor, con lo cual se llega a una suma parecida a la que pagan los avisadores comerciales.

4. Convertirla en medio para acrecentar la identidad nacional. En lugar de ser instrumento de penetración cultural de la industria cinematográfica norteamericana, la televisión debe ser el medio para proyectar la manera de ser propia. En los últimos años aproximadamente el 30% de lo transmitido por la televisión chilena es producción nacional, en circunstancias de que en Gran Bretaña se exige que el 86% sea nacional; en Francia, el 50% y en España, el 70%. Lo mínimo aquí sería que el 50% sea obra propia.

5. Instaurar una franja huachaca de algunas horas sábados y domingos después de las seis. Ahí, y sólo entonces, irían los bailongos, fiestocas, seriales baratas, canturreos y demás números de mera diversión que ahora repletan la pantalla y que en pequeña medida también forman parte de la vida. De todos modos, tal como se exige evaluación previa del Ministerio de Educación a todo conjunto musical que se presente en un establecimiento de enseñanza, estos programas de la franja huachaca deberán ser previamente evaluados por profesionales universitarios de probada trayectoria en la alta cultura y no darán lugar a imperativos comerciales.

¿Privada o estatal? no es la pregunta acertada, sino, ¿comercial o educacional? Pueden darse canales estatales con fines de Iucro y pueden darse canales de fundaciones privadas, como el PBS norteamericano, confines culturales. Lo estatal en su estructura no siempre coincide con lo social en su objetivo.

Mientras más alternativas haya, mejor porque hay más posibilidades de innovación. Lo importante, entonces, es tener claro su función eminentemente educativa. Siempre dentro de esa función pueden pensarse distintas alternativas institucionales tal como se da en el resto del sistema educacional. Que compita un liceo con otrosí, pero que compita con un cabaret, nunca.

Al leer esto un ratón diría estupendo ¿y quién le pone el cascabel al gato? Pero aunque cueste creerlo, no somos ratones, sino humanos y para el hombre querer es poder. Como lo primero para avanzar es saber hacia dónde, esperamos que este libro haya contribuido a aclarar ese querer anterior al ser.

Epílogo para intelectuales



El final de un libro puede ser el comienzo de otro, y quizás esta reflexión corresponda a otro trabajo. Pero al releer estas páginas iniciadas sobre algo tan cotidiano como es un aparatito de 12″ que hay en mi cocina, temo haber entrado a un problema mucho más profundo del devenir cultural.

¿Qué destino tiene el intelectual en América Latina? Si vivimos entre una alta cultura europea y una cultura popular derrotada, ¿hay un camino propio aparte de lo huachaca?

¿No será mejor irse, como lo hicieron tantos, a los países civilizados e integrarse de frentón a la racionalidad occidental? Luego del ataque contra el racionalismo efectuado desde tantos frentes durante las dos últimas décadas ¿estará la humanidad entera entrando en una era huachaca?

Para el investigador que trabaja en ciencias básicas (O sea con objetos inanimados) o en ciencias naturales (O sea con la vida universal) no hay otro camino que imponer la razón. Al menos en su territorio, su laboratorio, las cosas deben funcionar de acuerdo a la racionalidad técnica. Sin ella no hay ciencia.

La situación empieza a variar para el cientista sociaI, porque si bien la ley de la gravedad universal es una, las pautas de comportamiento humano varían en cada cultura y coyuntura histórica. Para un pintor, escritor, actor o músico es radicalmente diferente porque él adquiere sentido si expresa el sentir de un pueblo en un momento. ¿Y cuál es su sentir?

Entre la macumba selvática y la lógica aristotélica, ¿hay posibilidades de encontrarlo?

Una, por cierto, es la cultura huachaca y ahí la tenemos como una de las expresiones más distintivas de nuestro ser.

La otra posibilidad es la de la arquitectura: renunciar completamente a considerar la realidad sociológica latinoamericana y ponerse a construir ciudades y edificios modernos a la usanza de Philadelfia o Milán, llegando a constituir así la expresión intelectual más fracasada del continente. Es difícil concebir un continente cuyas edificaciones reflejen menos el sentir estético de su gente y cuyos habitantes se sientan más incómodos en los espacios diseñados por sus arquitectos.

Es el camino seguido por Vicente Huidobro y Julio Cortázar. Ambos pasan por alto el “ethos” cultural latinoamericano y se integran plenamente a Europa. A lo sumo emplean algunos materiales de su tierra natal, tal como el arquitecto emplea cemento nacional, pero alcanzan expresiones de fondo completamente europeo, patéticamente europeo, diríamos mejor, pero en todo caso allá ellos, que París los recuerde.

En el otro extremo tenemos al interior de la cordillera de Los Andes la poesía popular, la payadura y la leyenda oral que va muriendo por ser sólo oral y también por no interpretar más a una sociedad que ya salió del interior, aun cuando siga con la cordillera en el alma.

Nuestro “ethos” cultural, el espíritu esencial de nuestra identidad sociológica, es precisamente ser occidentales de forma y andinos de fondo.

Por eso los intelectuales más realizados, los que mejor han interpretado el sentir de sus pueblos (y con ello han alcanzado mayor proyección universal) son los que intuyeron ese “ethos” y emplearon formas occidentales para crear contenidos autóctonos.

Guayasamín, por ejemplo, utiliza pinceles ingleses y Oleos alemanes para una representación estética ecuatoriana. Neruda se nutre largamente de la vida cultural europea antes de cantarle a Machu Pichu. García Márquez emplea una técnica netamente occidental -la novela clásica- para retratar Macondo. Y los jaivas usan sintetizadores electrónicos, piano de cola y altoparlantes descomunales para tocar ritmos andinos;

Eso es sincretismo: fusionar elementos de una cultura con valores de otra.

Esto, en lugar de paralizar al intelectual latinoamericano, lo enriquece con dos culturas y si sabe usar ambos pies para avanzar, llega a un horizonte universal que espera al Nuevo Mundo descubierto por Colón.

No es sólo cuestión de tocar “el Cóndor pasa” con guitarra eléctrica. Es buscar raíces en el país interior, adquirir pleno dominio de la técnica occidental (lo que aporta occidente es técnica) y volver a descubrir lo propio para proyectarlo más allá de donde está. Al viejo contenido darle nueva forma y al dársela, crear nuevos contenidos.

Es re- crear la vida.



Autor:

Ignacio Javier





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