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Enseñanza de Lingüística General Ferdinand Saussure Parte 2 - Monografía



 
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Capítulo II



Punto1º



La investigación del principio fonológico se centra en el estudio de la unidad, lo cual nos aporta ciertos datos útiles, si bien se desvía de lo realmente interesante. La sílaba muestra la extensión de los sonidos en el tiempo y al ser un conjunto de ellos comprende inevitablemente una regla que los rije.

Tal es la importancia de la sílaba que las primeras escrituras se basaban en ésta en lugar de en los fonemas. Si se creara una ciencia que estudiara estos grupos de fonemas, mostraría la dificultad para la pronunciación que entrañan, que requiere coordinación, y las limitaciones a la hora de ligarlos por parte de la articulación (”elementos mecánicos y acústicos que se condicionan recíprocamente). Esta “mecánica regulada” es universal. Los grupos silábicos, por otro lado, sufren evoluciones distintas según sus características de naturaleza y orden.


Punto 2º


Los sonidos que se caracterizan por una articulación cerrante son conocidos como implosivos ( >) y los abrientes como explosivos ( < ). Habitualmente entre la realización de un movimiento y otro se producen momentos de reposo (ap-to), pero si la forma segunda es de mayor abertura que la primera, se mantiene una salida de sonido aunque los órganos no se mantengan en movimiento (tenue o articulación sistante) (ej: gorra).

Los movimientos necesarios de implosión y explosión deben distinguirse del grado de apertura; cualquier fonema puede ser implosivo o explosivo, si bien estas cualidades se distinguen de peor manera a mayor grado de apertura. En las vocales i y u se llega a hacer distinción, escribiéndose j y w las abrientes (más breves) e i y u las cerrantes; con la e y la o la distinción es ya más difícil y en la a ya ni se da.

Éstos elementos son formas concretas e irreductibles que tienen lugar en el espacio y en el tiempo. Por ejemplo, la familia P es una abstracción, no es real, y no se corresponde concretamente con p o con p (que sí son concretas), al igual que dos fonemas no tienen valor si no se los caracteriza con la explosión o la implosión.


Punto 3º



Las combinaciones de estos dos elementos se clasifican en cuatro grupos:

El primer grupo es el grupo explosivo-implosivo ( < > ). Su pronunciación es siempre posible sin necesidad de romper la cadena hablada, pues viniendo de una articulación abriente son posibles todos los movimientos.

El segundo grupo es el grupo implosivo-explosivo ( > < ). También es siempre posible, pero la implosión deja los órganos en una postura en que se hace necesario un "movimiento de acomodación" que permita la explosión; este movimiento no es siquiera apreciable.

El grupo número tres es el del eslabón explosivo ( < < ). Se rompe la sensación de continuidad si el segundo fonema es de un grado de apertura menor o igual (ej: pt). Si el grado de apertura es cada vez mayor, el eslabón puede estar formado por más de dos elementos (ej: bla).

El último grupo es el del eslabón implosivo ( > > ). Éste mantiene su unidad o continuidad si el segundo o demás fonemas son de grado menor (ej: art); si no, se pierde (ej: Conrad). En algunos casos concretos: rt hace que la r no necesite explotar al ser la t de menor apertura, y en rm la m cubre la explosión.
La cadena hablada normal es una “sucesión de eslabones explosivos e implosivos”.

Punto 4º



Si en la cadena hablada se produce un paso de implosión a explosión, se establece una frontera de sílaba. En ella se produce una coincidencia mecánica y acústica, y es posible de realizarse con todos los fonemas.

Por otra parte, cuando se pasa de un silencio a una primera implosión o de una explosión a una implosión se produce un efecto conocido como punto vocálico. Igualmente, esta unidad ha sido nombrada como sonante, quedando como consonantes el resto de los sonidos que la precedan y/o sigan. Esta clasificación es realizada según las funciones de los sonidos; es importante no confundirla con la que se efectúa según las especies: vocales y consonantes. Así los fonemas de mayor apertura suelen ser sonantes, y los de menor, consonantes.

Punto 5º


En la cadena hablada el oído percibe sílabas, a cada cual corresponde una sonante.

Una de las explicaciones que se ha dado es que la sílaba se relaciona con la “sonoridad de los fonemas”. Las incongruencias que se han interpuesto a esta teoría es que, por ejemplo, i y u no siempre forman sílaba, que s sí lo hace, y que en algunas ocasiones el elemento menos sonoro es capaza de formarla (wlkos).
Otros, como Sievers, certifican el doble valor de i y u, condicionado a que reciban o no el acento silábico, al que da la cualidad de formador de sílaba. Sin embargo no explica si éste se establece libremente o según unas leyes, las de la sílaba, que no nos son dadas.

En cambio, según el método de Saussure, utilizando unidades irreductibles podemos definir el límite de sílaba y el punto vocálico. Al conocer las condiciones fisiológicas comprendemos que las sílabas se establecen según la forma más natural de articulación. Al mismo tiempo, no desaparecen los problemas que suponen la ruptura de eslabones implosivos (hiatos) y explosivos voluntaria o involuntariamente, que conllevan la aparición de nuevas sílabas o cambios en su pronunciación.

Así pues, la silabación depende exclusivamente de la sucesión de implosiones y explosiones.

Punto 6º



Las duraciones de explosión e implosión son diferentes: la explosión es muy rápida y no da sensación de vocal, mientras que la implosión, que sí es apreciable, da la sensación de mantenerse más tiempo en la vocal por la que se empieza.

En el caso concreto de los grupos formados por oclusiva o fricativa seguida de líquida, la vocal puede ser larga o breve según la articulación, como en el caso de los de tr. Para éstos pueden darse eslabones implosivos (a-t-r-á-s), explosivos (t-r-e-s) o grupos implosivo-explosivos (at-rás), por ejemplo.


Punto 7º


Como ya hemos dicho, los fonemas i y u tienen un doble uso según se utilicen con impresión de vocales (i y u, cerrantes) o consonantes (j y w, abrientes). Ejemplos de esta diferenciación son el uso de la i en cita o en columpiarse. De aquí surge el caso del diptongo, que es un “caso especial del eslabón implosivo”. En el diptongo, el segundo de los fonemas que lo forma tiene una cierta abertura, y en tanto recae sobre él el efecto vocálico (es sonante), mientras que la i o la u serán consonantes (ej: colump-ia-rse).

Lo que los fonólogos llaman diptongos ascendentes, no lo son realmente, sino que se corresponden con conjuntos explosivo-implosivos en los que el primer elemento está “relativamente abierto” (tya). Igualmente, los grupos uo e ia en los que el acento recae sobre el primer elemento no dan sensación de unidad, ya que dichos sonidos recogen el efecto vocálico y actúan como vocales (ej: comisar-í-a). Además, los grupos de aspecto ou y ai no pueden ser pronunciados como un eslabón de dos implosiones, pues resultaría rota la sensación de continuidad.

Lo que es más conveniente en el diptongo es determinar el comienzo de la sonante.

Por último, es conveniente resaltar lo erróneo de la postura de algunos estudiosos de la lengua, como el ya mencionado Sievers. Para ellos no hay necesidad de utilizar diferentes signos en casos como el de i-j (cerrante o abriente, que además deben diferenciarse de la especie I ). De esta manera, desaparecería la distinción, la cual según Saussure debería extenderse a todo el sistema de escritura, pues denotaría los puntos vocálicos y los límites de sílaba.

Primera parte. Principios generales: Capítulo I

Punto 1º



Para algunas personas, la lengua no es más que una nomenclatura (los términos se corresponden con las cosas). Éste es un enfoque “simplista”, que sin embargo, muestra que la lengua es una cosa doble y que hay “ideas formadas que preexisten a las palabras”.

Los sonidos de la lengua se unen en nuestro cerebro a un concepto determinado mediante el proceso de asociación; lo físico del signo, la imagen acústica que nos llega a través de los sentidos, queda unida al concepto de la realidad. Este carácter físico se muestra cuando hablamos con nosotros mismos.

Al analizar las imágenes acústicas que antes hemos citado, es mejor hablar de sílabas o sonidos que de fonemas, que hacen pensar en procesos articulatorios.
Volviendo al signo, recordemos que tiene dos mitades: la del concepto (ej: un árbol que podamos hallar en la naturaleza) y la de su imagen (la palabra árbol). De la combinación de ambas surge el signo. En cambio, habitualmente se trata como signo sólamente a la palabra de la lengua, y para aclarar esa incorrección, Saussure llama signo a “la totalidad”, al conjunto de concepto e imagen, significado al concepto (el ser vivo real que es un árbol) y significante a la imagen acústica ( la palabra árbol).

Punto 2º



El signo lingüístico comprende la unión de significante y significado, que es arbitraria. No se da una relación entre el sonido y el concepto con el que se corresponde; prueba de ello son los diferentes nombres de las distintas lenguas para designar la misma cosa. La arbitrariedad no se regula por ninguna ley, pero está bien presente en la lengua. La arbitrariedad implica que no se da ningún tipo de relación natural entre significante y significado.

Cuando se cree la semiología, deberá ésta determinar si los “modos de expresión se apoyan en signos completamente naturales”. Es palpable que todo medio de expresión se basa en la costumbre o la convención, que vienen a actuar como meras reglas. Por tanto, son los signos arbitrarios de la lengua los que mejor realizan el “ideal de procedimiento semiológico”.

En ocasiones se utiliza la palabra símbolo para designar al significante, lo que lleva a error, ya que el símbolo, por definición, no es enteramente arbitrario; tiene una cierta unión natural con el concepto, pero no es definitiva.

Algunas objeciones que se presentan a estas afirmaciones tienen que ver con las onomatopeyas y con las exclamaciones. De las primeras se dice que su significante no es arbitrario; empero, sufren evoluciones fonéticas, son una especie de aproximaciones de la lengua hacia los sonidos de la naturaleza, y son diferentes en cada idioma. Las segundas igualmente son distintas en cada lengua, sufren evolución y no mantienen necesariamente ningún lazo entre significante y significado.

Punto 3º


El significante, al ser material sonoro, se extiende sólo en el tiempo. Así pues, “representa una extensión” y, al desarrollarse sólo en la dimensión del tiempo y no en la del espacio, “es una línea” (sus elementos van uno tras otro, no son simultáneos). Es éste un principio fundamental del que depende todo el sistema de la lengua.

Por otro lado, cuando la línea sonora se representa mediante la escritura, ésta comprende también la otra dimensión: la del espacio. En la escritura, a pesar de que pueda aparecer más de un elemento en un espacio (tildes, diéresis…) tampoco se da simultaneidad.


Capítulo II



Punto 1º



En la relación entre idea y significante, se da una contradicción: se considera ésta una relación libre en tanto el signo se establece arbitrariamente, al tiempo que resulta impuesta a causa de su peso en la sociedad. Ni el individuo ni el colectivo están en posibilidad de modificar cualquiera de estas relaciones.

Se cree que en cierta ocasión se tomó la decisión de identificar un concepto con una imagen, libremente claro, de modo arbitrario, pero no puede demostrarse ya que la lengua nos vienen siempre como algo heredado. Por eso, la lingüística debe centrarse en el idioma “ya constituido” por ciertos factores históricos, en los que radica la causa de la inmutabilidad del signo; su origen carece de interés.

Los factores que condicionan la lengua son igualables a los que lo hacen con el resto de las instituciones, libertad y tradición. El peso de la tradición en la lengua es dominante sobre el resto, y evita así que la sociedad pueda llevar a cabo un “cambio general y súbito en ella”. Este hecho se apoya en circunstancias tales como la convivencia de distintas generaciones de personas durante el mismo periodo de la lengua, lo ya de por sí costoso de su aprendizaje, el que los hablantes de la lengua no conozcan las leyes por que se rige o el que normalmente la gente esté a gusto con la lengua que habla.

A estas argumentaciones, Saussure añade otras que considera más acertadas:

-El carácter arbitrario del signo: Este hecho hace que la relación del signo pueda quererse modificar; sin embargo, tan buena es una como otra, pues no tienen una relación racional.

-La multitud de signos necesarios para constituir cualquier lengua: Al ser infinita la cantidad de signos no tiene sentido una cambio (que se concibe para mejor). Lo tendría de ser ésta limitada.

-Carácter demasiado complejo del sistema: Éste es el lado no arbitrario. Requeriría la intervención de especialistas, pues los hablantes raramente conocen el funcionamiento del sistema. Nunca han tenido éxito intervenciones de este tipo.

-La resistencia de la inercia colectiva a toda innovación lingüística: Todos los individuos usan la lengua constantemente, y en tanto la influyen, por lo que sería “imposible una revolución”.

Así que La lengua no es libre, porque nos viene como herencia del pasado y por su fijeza en el tiempo. Lo arbitrario de sus relaciones, su libertad, es anulada por su posición en el tiempo.

Punto 2º


El tiempo cubre a la vez la función de asegurar la continuidad de la lengua (su inmutabilidad), y la de alterar sus signos (su mutabilidad). En esta aparente contradicción, domina la continuación de la “materia antigua” de la lengua de una época a otra, lo que hace que no notemos cambios sustanciales en nuestros idiomas.

“El principio de alteración -que es un desplazamiento en la relación del signo: significante y significado- se funda en el principio de continuidad” (principio de semiología general).

La lengua no puede hacer nada contra los factores del desplazamiento, que es una consecuencia de la arbitrariedad (la arbitrariedad permite el que el significante pueda ser cualquiera para cualquier concepto), en la que hizo hincapié Whitney, si bien no recaló en que este hecho la diferencia de las demás instituciones, las cuales ponen medios para llegar a un fin; en cambio, en la lengua, los medios -significantes o imágenes- son ilimitados.
La evolución en la lengua es el hecho más complejo. La masa social en que la lengua se establece hace que no pueda ser variada, pero el tiempo, en el que también se sitúa, la altera inevitablemente.

El ejemplo que reafirma esta sentencia es el de las lenguas artificiales: pueden ser controladas mientras no se expongan a la sociedad; cuando lo hacen, irremediablemente sufren desplazamientos, a causa de los agentes de la evolución, que alcanzan a sonidos y sentidos. Estos factores de la alteración son imposibles de descubrir para el investigador, pero sí puede remitirse a los factores de continuidad, que le permiten observar el desplazamiento general.

En conclusión, el principio de continuidad anula la libertad de la lengua, e implica la alteración de ésta.

Capítulo III



Punto 1º



El elemento tiempo hace a la lengua separarse en dos ramas opuestas. La mayoría de las ciencias no hacen distinción en este aspecto, pero la lingüística, que es un sistema de equivalencias, responde a una “necesidad interior” que la lleva a ello.

Para las ciencias sería positivo señalar sus ejes, representados por una cruz (distinguiendo el extremo izquierdo como A, el derecho como B, el superior como C y el inferior como D). El eje de las simultaneidades sería el AB, y en él se incluiría el estudio de las “cosas coexistentes”; el tiempo queda fuera de él. El segundo eje sería el CD, señalando con una flecha la dirección de C a D, en el que se estudiaría una sola cosa al mismo tiempo, pero que las incluiría todas con sus variaciones en el tiempo.

Según Saussure, “para las ciencias que trabajan con valores”, ésta es una “necesidad práctica”, a veces “absoluta”. Este hecho, dice, se impone con más fuerza al lingüista.

La legua, pues, puede seguirse en el tiempo o como un sistema de valores en un momento concreto. Cuanto más complejo es un sistema más fuertemente se le impone la necesidad de ser estudiado en sus ejes, y es la lengua aquel en que esto sucede de un modo más acentuado, ya que sus cualidades (infinidad de signos, valores, interdependencias, etc.) no son igualables por ninguno otro de ellos. Esto impide que se puedan estudiar a la vez las relaciones en el tiempo y en el sistema en un momento, lo que impone el surgimiento de dos lingüísticas: la evolutiva, que se centra en los factores que hacen variar la lengua, que llamaremos diacrónica, y la estática, que se refiere a los estados de la lengua fuera del tiempo, que llamaremos sincrónica.

Punto 2º


El hablante de una lengua se sitúa sólo en un estado de ésta, no hace caso de la sucesión en el tiempo. El lingüista, si quiere entender esa lengua, deberá olvidarse del tiempo; la lengua puede sólo describirse y regularse sólo en un estado concreto.

La lingüística moderna está muy influida por la diacronía, lo la desvía del camino correcto. Los clásicos, en cambio, pretendían basar su estudio en la sincronía, en los estados de la lengua, lo cual es lo acertado, si bien su actuación no era del todo correcta, omitiendo, por ejemplo, el diferenciar la palabra escrita de la hablada. A pesar de criticársele el ser poco científica, la gramática clásica está mejor orientada que la moderna, fundada por Bopp, la que se encuentra a medio camino entre los dos ejes.

Así, la lingüística volverá a una posición de análisis de lo estático, incluyendo nuevos métodos y salvando los errores de los clásicos.

Punto 3º


La oposición entre lo sincrónico y lo diacrónico es total, “absoluta”. Por ejemplo, el cambio de significado de una palabra por su similitud (ej: en francés décrépir (revocado) y décrépit (decrépito), usándose la forma décrépit para las dos ideas) es un hecho que se da en un estado de la lengua determinado, es un hecho sincrónico. A pesar de que esto se deba a causas provenientes del pasado, éstas no tienen que ver con una situación estática semejante.

Otro ejemplo es de de las variaciones de las formas del singular y del plural en una palabra, que deben estudiarse independientemente. En una primera época la relación del singular (ej: fot, del inglés pié) y el plural (foti) sería una concreta, y en la segunda (fot (”foot”) y fet (”feet”))otra.; éstas son relaciones estáticas. Igualmente, podrían estudiarse las relaciones diacrónicas (fot-fot y foti-fet), pero cada una independientemente de la otra y de la sincronía.

De estas consideraciones diacrónicas, el autor remarca que cada una de ellas es relativa a sí misma y que de ellas no se pueden hacer reglas generales para el resto del sistema. Añade que ni siquiera tienden a modificarlo, que los cambios recaen únicamente en las palabras que han variado, pues el sistema como tal es inmutable. También dice que el paso de un estado a otro es “fortuito” y no pretende una mejora en las relaciones de los signos, pues, debido a la arbitrariedad, lo mismo da uno que otro. Por último, recuerda la oposición entre sincronía, que toca términos simultáneos, y diacronía, la evolución en el tiempo de una palabra, o de una convención como pueda ser la acentuación de las palabras en un sílaba en concreto en una lengua (última en francés) provenida de otra (penúltima en latín).

Resumiendo, la lengua debe estudiarse sincrónicamente, y sus variaciones diacrónicamente, ya que se producen fuera del sistema, no atañen directamente a éste.

Punto 4



Para mostrar nuevamente la separación entre lo sincrónico y lo diacrónico, Saussure compara la sincronía a una proyección de la diacronía, pues se trata del estudio de la segunda en un momento dado, si bien, el estudio de la diacronía, como sabemos, no aporta los saberes de la sincronía, no la incluye.
Contrasta también la lengua con el juego del ajedrez. Comienza señalando que ambos son sistemas de valores (cuyos signos varían según su posición), que sufren modificaciones, y que parten de una inmutabilidad previa a su puesta en marcha.

Las variaciones que se producen en ambos son “aisladas”, no se refieren a todo el sistema, pero sí le afectan, creando nuevas sincronías. El cambio de una pieza o signo no pertenece a ningún estado, pero son éstos lo único importante; los cambios no tienen cabida dentro de los estados, que son iguales para el que conoce los factores diacrónicos que produjeron dichos cambios y para el que los ignora.

La única diferencia entre la lengua y el ajedrez es que éste tiene continuamente “la intención” de introducir variaciones en el sistema, mientras que en la lengua se producen de modo fortuito.

Punto 5º



De la oposición entre lo sincrónico y lo diacrónico obtenemos que es lo primero más importante entre ambos, pues es lo que conocen los hablantes. Para el lingüista es igual, porque al estudiar lo diacrónico no es una lengua lo que le llega, sino sus modificaciones.

Sus métodos igualmente difieren: la sincronía se basa en el testimonio de los hablantes de un momento concreto en el tiempo; la diacronía responde a dos visiones, una que sigue el paso del tiempo, y otro que vuelve hacia atrás sobre éste. También lo hacen sus límites: lo sincrónico trata sólo aquello que está relacionado con la lengua, por lo que debería llamársele idiosincrónico; la diacronía utiliza términos que no tienen que estar necesariamente ligados a la lengua, si tienen un vínculo histórico.

Su total alejamiento hace que los hechos pertenecientes a cada parte sean “irreductibles entre sí”. Sincronía es la “relación de elementos simultáneos”, diacronía la “sustitución” de uno por otro en el tiempo.


Punto 6º



Los hechos de la lengua no se rigen por leyes.

Las leyes sociales son imperativas y generales, dentro de unos límites de espacio y tiempo. Las “leyes” de la lengua deben ser estudiadas según la separación en sus ejes: las hay sincrónicas (como las que regulan la acentuación de las palabras) y diacrónicas (como las que muestran evoluciones en aspectos concretos de la escritura o de la pronunciación), pudiendo ser unas resultado de las otras, por ejemplo, si a partir de una evolución en la escritura se puede establecer un número de letras por las que inevitablemente acabarán todas las palabras.

Las leyes sincrónicas son generales, pero no imperativas; se imponen por el uso colectivo, pero no conforman una “obligación” para el hablante; reflejan un “estado de cosas” y denotan una regularidad.

Las leyes diacrónicas recogen factores para los cambios. Este elemento imperativo no le otorga el verdadero valor de ley, ya que sus efectos se remiten sólo a casos aislados y no a la generalidad.

Hechos semánticos (cambios de significado) y alteraciones gramaticales o fonéticas son sucesos históricos aislados que no representan un modificación general del sistema, sino pequeñas variaciones. Si bien pueden generalizarse, no hacen más que tomar la apariencia de las leyes que no llegan a ser.
Por otro lado, decir que las transformaciones en la materia sonora no tienen necesariamente repercusión en las palabras, compuestas por caracteres de otra naturaleza. Todo esto a pesar de que las palabras dependen de los fonemas, cuyas variaciones pueden repercutir en otros campos.

Punto 7º



Hemos visto que leyes de tipo jurídico no caben en la lengua, pero sí las naturales, que trascienden el tiempo, y son de tipo pancrónico. Por ejemplo, el hecho de que siempre vayan a producirse cambios fonéticos supone una ley pancrónica, un “aspecto constante del lenguaje”.
Lo pancrónico se refiere a lo general y no hace caso de hechos “concretos, particulares, tangibles”. De este modo podemos diferenciar lo que es lengua de lo que no lo es, pues un hecho concreto “susceptible” de explicarse mediante la pancronía no puede pertenecer a la lengua.


Punto 8º



Pueden darse dos casos:



-Se estima la “verdad sincrónica” como la negación de la “verdad diacrónica”. A pesar de ser cosas totalmente contrapuestas, no se anulan; son distintas. No se debe anteponer ninguna a la otra porque por sí solas no constituyen la lengua ninguna de las dos, y además muestran tan sólo una parte de la realidad, que queda incompleta a falta de la otra.

-Ambas verdades pueden “concordar” llegando a un punto en que no se diferencien y lleven a la confusión, o lleven a creer innecesario separarlas. Volviendo al ejemplo de los singulares y plurales en distintas épocas, no se pueden mezclar los aspectos sincrónicos con los diacrónicos, a pesar de que compartan elementos iguales; debe hacerse una clasificación completa y separada que distinga las relaciones en un estado o en el tiempo.


Punto 9º



Hemos reconocido así la segunda distinción dentro de la lingüística: primero fue entre lengua y habla, y ahora entre sincronía y diacronía.

Puede establecerse el principio que dice que “todo lo que es diacrónico en la lengua lo es solamente por el habla”; es el habla el que fomenta modificaciones o innovaciones a partir, en principio, de unos pocos individuos. Sólo las modificaciones que acepte la comunidad deben ser tenidas en cuenta, y se convertirán en “hechos de la lengua”. En la lengua, las exigencias de la práctica se imponen más fuertemente que en las demás ciencias.

Por último, no interesa estudiar el pasado para conocer un estado de lengua actual, por ejemplo; hay que saber distinguir entre las dos partes y sus métodos, y comprender que la unidad máxima de conocimiento para el mejor estudio de las lenguas sería el conocimiento de todos los idiomas, por lo que la sincronía (que estudia “relaciones lógicas y psicológicas que unen términos coexistentes y que forman un sistema”, según la “conciencia colectiva”) y la diacronía (que estudia “relaciones que unen términos sucesivos no percibidos por una conciencia colectiva” y no forman sistema) no lo solucionan todo.

Segunda parte. Lingüística sincrónica: Capítulo I



El fin de la lingüística sincrónica es “establecer los principios fundamentales de todo el sistema idiosincrónico”, de los estados de lengua. A ella le corresponde la gramática, pues las relaciones que estudia sólo pueden darse en éstos estados.

Es más complejo el estudio sincrónico que el diacrónico, pues éste se remite a hechos más concretos, que saltan a la vista y evocan a la imaginación. “Los valores y las relaciones coexistentes” son más complicadas de analizar.

Los estados no son un punto en el tiempo, sino un período en que los cambios que se producen son “mínimos”. En el mismo tiempo, una lengua puede sufrir una gran evolución en un espacio geográfico determinado (hecho diacrónico), mientras que otra puede variar apenas nada (hecho sincrónico). Un estado de lengua absoluto implica que no se produce cambio alguno, y como esto es imposible, al estudiar un estado de lengua, se desprecian los cambios que no tienen importancia.

Acercando la lengua a la historia, se puede comparar un estado con lo que esta última denomina época (que implica unas características que perduraron en un espacio de tiempo); en cambio, se prefiere estado, pues las épocas comienzan y acaban con una revolución, lo que no se da en la lengua en el paso de un estado a otro. Además, época hace pensar en los aspectos colindantes del momento (lingüística externa), si bien sabemos que la lingüística se ciñe a sus propios hechos.

Los inconvenientes que se dan para establecer una delimitación en el espacio también se dan para hacerla en el tiempo. Así, se opta por simplificar los datos de un modo “convencional”, para facilitar el estudio.





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