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Enseñanza de Lingüística General Ferdinand Saussure Parte 3 - Monografía



 
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Capítulo II



Punto 1º



Lo signos, reales, y sus relaciones son estudiados por la lingüística, y pueden ser llamados entidades concretas.

Estas entidades existen sólo por la unión de significante y significado; si uno de éstos falta, ya no hay entidad. La posibilidad de creer que se capta todo el signo teniendo sólo una de éstas partes está siempre presente, pero una no es nada sin la otra. Significado y significante pertenecen a la lengua sólo bajo su asociación; cada cual es “cualidad” del otro. Una comparación adecuada es la del compuesto químico, cada uno de los elementos del cual no puede conformarlo sin el otro.

Una entidad “sólo está completamente determinada cuando está delimitada”, separada de los demás elementos de la cadena fónica. Entonces, son unidades, las cuales se oponen entre sí.

Los signos lingüísticos, a diferencia de los visuales, no pueden distinguirse a simple vista. En la línea sonora que es la cadena fónica, no hay división alguna entre los distintos significantes, por lo que “hay que apelar a las significaciones”. Considerando tan sólo el aspecto fónico de las palabras es imposible hacer la delimitación (como sucedería con una lengua desconocida), y es por esto por lo que hay que aplicar el sentido, la significación, el papel que cada palabra tiene en la cadena, y será entonces cuando empiecen a separarse.

Así, las palabras no se presentan delimitadas en la cadena, y es la aplicación del significado, que sólo se puede hacer si se conoce la legua, la que hace que las podamos distinguir de los demás sonidos.

Punto 2º



Aquel que conoce una lengua la delimita, desde el habla, en dos “cadenas paralelas”, la de los conceptos y la de las imágenes. Los elementos de ambas divisiones deben corresponderse.

Estas divisiones se ven condicionadas por la aplicación del sentido a las palabras; así , para saber si hemos realizado una delimitación correcta y si, en consecuencia, hemos hallado una unidad, debemos probar la hipotética unidad encontrada en diferentes frases, para saber si el sentido nos permite hacer la misma delimitación en todos los casos (correspondencia concepto-imagen). Si en algún caso el sonido se corresponde con otro significado, habremos hallado otra unidad.

Punto 3º



La delimitación no es un objeto de fácil realización.

El concepto de palabra no es compatible con lo que entendemos por “unidad concreta”. De este modo, se dice que, por ejemplo, en francés cheval y chevaux son formas de la misma palabra, si bien sus sonidos y sentidos son totalmente distintos. Lo mismo sucede con palabras que se pronuncian igual pero no significan lo mismo (resto, en el tenis o como cosas que quedan), o con palabras que implicando distintos sentidos, adoptan sonoridades diferentes (mois, en francés puede tener el valor de mes y otros).

Así, la unidad concreta debe buscarse fuera de la palabra, puesto que no tienen por qué ser unidades concretas, y además pueden ser complejas (con prefijos, sufijos, etc.). O bien puede hallarse la unidad en elementos mayores que las palabras (compuesto, locuciones, etc.).

El hablante ignora estas dificultades y distingue sin dudar los elementos significativos, vengan dados como palabras o como sea; lo siente, pero no lo analiza.

Una teoría sitúa a la frase como unidad concreta. Sin embargo, la frase depende de la palabra y nosotros no hablamos por frases. Además, las frases tienden a ser distintas siempre, debido a la enorme diversidad que las caracteriza y que domina sobre ellas, y se recae de nuevo en las palabras, como los elementos comunes que destacan en ellas, volviendo a las “mismas dificultades”.

Como conclusión cabe decir que la lengua se distingue de las otras ciencias porque se basa en la oposición de sus unidades, las cuales no se perciben si no se conoce la lengua, como no sucede en las demás ciencias, en las que vienen dadas desde el principio (ej: astronomía) o en las que carecen de interés (ej: historia). Las unidades son su base, si bien su distinción es complicada, pero posible, pues es seguro que existen.

Capítulo III



Como hemos visto, la base de la lingüística sincrónica es la unidad, lo que se pretende mostrar analizando los conceptos de identidad, realidad y valor sincrónicos:

- Identidad supone que un mismo trozo de sonoridad se corresponda con una misma significación en diferentes situaciones. Este hecho supone la presencia de la identidad, si es cierto que no sucede igualmente al contrario: identidad no implica correspondencia entre sonido y significación. Del mismo modo, las diferencias que se producen en la elocución de las palabras con fines par crear una expresividad concreta en cada momento no atañen a la identidad de las palabras dadas, sino que se basan en otros elementos.

La lengua se mueve en torno a las identidades y las diferencias, que son sus “contrapartidas”. Así la idea de identidad está siempre presente en la lengua, y su problema puede confundirse con el de entidades y unidades, del cual es una “complicación”.

Entendemos por identidad lo que se produce cuando dos elementos que cumplen unas mismas características que les asemejan y a su vez les diferencian de otros son entendidos como uno solo, por ejemplo como pasa con los trenes: el tren de las ocho nos parecerá siempre el mismo, a pesar de que las entidades materiales que los componen varíen de un día para otro; hay algo de inmaterial en esta idea. En cambio, un objeto que sea mío seguirá siempre siendo distinto de los demás, aunque sean exactamente iguales a él; no se da ahí identidad.
La variación de la expresividad de una palabra no tiene que ver con la identidad.

- Ser realidad sincrónica se atribuye por ejemplo a la clasificación de palabras en sustantivos, adjetivos, etc. Pero surgen excepciones, como frases hechas o grupos de palabras que cumplen con funciones concebidas para una palabra sola, que evidencian la falta de validez o el carácter “defectuoso e incompleto” de ésta.

De ello se extrae que la lengua trabaja con sistemas no válidos. Para evitarlos, debe asumirse que “las entidades concretas no se presentan por sí mismas a nuestra observación, pero si se las persigue, se entablará contacto con “lo real”, y entonces podrán realizarse esas clasificaciones tan necesarias, que podrán ser fundadas sobre otra cosa que sobre las entidades concretas.

- El concepto de valor explica cómo un elemento de un sistema pierde todo su peso y relevancia fuera de él. En el caso de la lengua, una palabra quedará sin valor fuera del sistema lingüístico, y será un “elemento real y concreto” dentro de él. Sin embargo, el valor que se relaciona a una palabra no es exclusivo de ella, es decir, que cualquier palabra puede ser “idéntica” a una primera a condición de que se le otorgue su mismo valor.

Es aquí donde pueden confundirse las ideas de identidad y valor. Y es aquí también donde valor comprende las ideas de unidad, entidad concreta y realidad. Sin embargo, si se pretende determinar cada uno de estos últimos elementos, se derivará siempre al problema de la lingüística estática: determinar la unidad.
Lo más apropiado para llevar a cabo la determinación de todos los elementos de la lengua, sería comenzar por distinguir y clasificar las unidades, luego las palabras, y seguir así sucesivamente, cumpliendo así su tarea como ciencia. En cambio, este intento nunca se ha producido, valiéndose de este modo la lengua de bases “mal definidas”.


Capítulo IV



Punto 1º


Saussure argumenta para demostrar que la lengua es una sistema de valores que basta con fijarse en sus dos elementos: ideas y sonidos. El pensamiento es una masa “amorfa” que no delimita sus ideas, por lo que sin la ayuda del signo (signos e ideas conforman la lengua) no sería posible distinguirlas; la aparición de la lengua es lo que permite hacer esa separación.

Del mismo modo, los sonidos no encierran una entidad por sí mismos, sino que son simplemente el instrumento de que se vale el pensamiento para expresar sus ideas.

Así, como ya hemos dicho, la lengua se conforma por las ideas del pensamiento ( “ideas confusas”) y por los sonidos (campo de que califica como “no menos indeterminado”). Es el “intermediario” entre el pensamiento y el sonido, conllevando la delimitación de ambos campos amorfos de modo “recíproco”para la creación de las unidades. Las entidades que se formen supondrán en último término un articulus de reciprocidad idea-sonido, significante-significado; separar uno de estos dos elementos del otro supondría volver a la abstracción.

Por todo esto, se dice que la lengua “trabaja” en el punto en que estos elementos se combinan, combinación de la cual se obtiene “una forma, no una substancia”.

La unión de una idea a un sonido es algo totalmente arbitrario; si no lo fuera, el valor del signo perdería cualidades, resultando algo impuesto; el valor es siempre relativo, a causa de la arbitrariedad en la elección del significante sonoro. Además, los valores de los signos, deben ser impuestos por la sociedad en su conjunto, que es la que puede crear una lengua, puesto que ella va a ser quien los utilice, bajo un consenso; por ello, un individuo es incapaz de establecer o modificar los valores.

En consecuencia de esto último, un término no puede ser definido sólo como la unión entre un concepto y un significante, sin tener en cuenta el valor, que implica la solidaridad y la oposición de la totalidad de los signos dentro del todo del sistema lingüístico.


Punto 2º



El valor, como representante de una idea (una de sus cualidades), se diferencia de la significación en que la significación es la contrapartida del significante, dentro del signo, como el significante lo es de ella, mientras que el valor tiene que ver con la relación entre los signos (la suma de significante y significado) dentro del sistema, surge de la presencia de los diferentes signos que se dan en la lengua, que lo determinan. El valor es un elemento de la significación.

Según Saussure, los valores se rigen por el principio de estar “constituidos por:

- una cosa desemejante susceptible de ser cambiada por otra cuyo valor está por determinar.
- cosas similares que se pueden comparar con aquella cuyo valor está en cuestión.”

Como ejemplo, dice que una palabra puede ser cambiada por algo desemejante, como una idea, o por algo similar, por otra palabra. El valor de una palabra se determina por la oposición que se hace con los de las otras.

Así, podemos determinar que el valor de fish, en inglés no es el mismo que el de pez o pescado, en castellano, porque ya estamos haciendo una diferenciación que no se da en la lengua anglosajona. En tanto, las correspondencias entre idiomas no son totalmente exactas, pues los sentidos no son idénticos; ni en el uso de entidades gramaticales, como declinaciones, cuyas correspondencias son igualmente inexactas.

Lo mismo ocurre dentro de una misma lengua. En el mismo castellano, cuando utilizamos palabras como ver, mirar, observar, apreciamos que no tienen el mismo valor.

En lo referido a la flexión, sus elementos, como los tiempos verbales, son “dados de antemano” no son valores, y por ello, las no correspondencias que puedan darse entre idiomas no se deben a un problema de diferenciación en el sentido, sino a algo sistemático.


Punto 3º



El concepto de valor también tiene una aplicación material, en lo que tiene que ver con los sonidos, con las “diferencias fónicas”, más concretamente. Son éstas las que distinguen a unas palabras de otras. Así, una imagen sonora sólo se establece bajo el principio (diferencial)de la “no-coincidencia” con las demás.
Por ello, lo que aquí entra en juego es la diferencia entre significantes y no la forma de de éstos como tal; es la diferencia lo que nos llega y lo que aporta y determina un valor y no otro.

Por otro lado, decir que el sonido es algo “secundario” en la lengua, por lo que no se ha de confundir el valor, intangible y determinado por las diferencias, con el material que lo sostiene y en el que se dan las diferencias. Esto se aplica a los fonemas, cuyo número es distinto en cada lengua y que, por sus cualidades “opositiva, relativa y negativa”, crean las diferenciaciones. De esta manera, un fonema puede alterarse mientras siga diferenciándose del resto según la pronunciación.

Los mismos principios se dan si usamos la escritura como comparación: es un elemento arbitrario, el valor de sus letras es “negativo y diferencial”, estos valores se dan por oposición recíproca entre ellos, y el medio en éstos se produzcan (color, superficie…) es indiferente.

Punto 4º


“En la lengua no hay más que diferencias”, pero sin términos positivos. Lo importante no es la idea o el sonido que tenemos, sino los que lo rodean, y puede que sin cambiar lo que tenemos, simplemente cambiando los elementos que lo rodean, cambie el valor de nuestra idea o sonido.

El hecho negativo se da si tomamos significante o significado por separado. Unidos, por la oposición de sus respectivas partes dentro del sistema, componiendo un signo, suponen un hecho positivo.

En algunos hechos diacrónicos se aprecia claramente la unión de las partes del signo, pues una alteración del significante suele ser seguida por la del significado. Cuando dos sonidos se confunden por “alteración fónica”, las ideas tenderán también a confundirse.

Los cambios en las ideas o en los sonidos tienden a plasmarse en sus correspondientes sonidos o ideas.
En cuanto a los signos, entre ellos no son diferentes, sino distintos; se da la oposición.

Si nos referimos a la unidad, ésta implica la correspondencia de un fragmento sonoro con una idea. La unidad, como el valor, es de “naturaleza diferencial”.

“Los caracteres de la unidad se confunden con la unidad misma”; la diferencia es la que crea a un signo, y es también la que crea el valor y la unidad.

Extrae Saussure de esto que unidad y hecho de gramática vienen a ser la misma cosa, pues ambas suponen una oposición entre términos, si bien destaca que la oposición que se da para crear una unidad es más “significativa”. La diferencia entre ellos es el grado de significación de la oposición, pero en última instancia, resumen por igual el “juego de oposiciones” o diferencias que es la lengua. “La lengua es una forma y no una substancia”.

Capítulo V



Punto 1º



Un estado concreto de lengua tiene su base en las relaciones, que pueden ser de semejanza o de diferenciación, creando órdenes opuestos entre sí, pero indispensables.

Las relaciones de la lengua son de tipo sintagmático o asociativo:

- Las relaciones sintagmáticas se dan en el discurso, en virtud de su extensión, según el “encadenamiento” que se establezca entre unas palabras y otras en la línea sonora. Los grupos que forman se llaman sintagmas, y éstos están compuestos por varias unidades que se siguen en el discurso. Así, es su situación en el mismo la que les aporta su valor.

Estas relaciones se basan en términos “presentes” en una cadena hablada real, existente. Un ejemplo sería el sintagma sujeto “El vecino del cuarto va a pintar la casa.”

- Las relaciones asociativas se dan entre palabras que nos ofrecen algo común a la razón, asentándose en nuestra memoria, y acercándose unas a otras por relaciones de tipo muy variado.

Estas relaciones son inmateriales, surgen sólo en nuestra cabeza. Así, pueden darse por similitudes en cuanto a prefijos, sufijos, raíces, sonoridad, sentido, etc.


Punto 2º



El término sintagma puede aplicarse tanto a palabras como a grupos de ellas. Además, se debe tener en cuenta no sólo la relación de cada una con cada otra, sino con el conjunto entero que forma el sintagma (en el sintagma “la cinta que no debes ver”, no tiene sentido observar la relación en la y cinta, pues es el conjunto de palabras al completo el que aporta el significado correcto al sintagma).

El propio Saussure establece una posible objeción: recuerda que la frase, que es el elemento principal del sintagma, es también un fenómeno del habla. Sin embargo, el habla se caracteriza por una cierta libertad, la que podría crear confusión, que en los sintagmas desaparece.

Así, frases hechas, expresiones, palabras que han sido sacadas de su contexto pero que mantiene un sentido reconocible, y demás partículas pertenecen a la lengua, pues estas peculiaridades “no pueden improvisarse”. Igualmente pertenecen a la lengua y no al habla los sintagmas que se crean sobre una base regular, los cuales crean tipos si conforman un número suficiente de ellos (ej: por terminaciones, frases con estructuras habituales, etc.).
Sin embargo, no puede establecerse una delimitación desde el sintagma que separe hechos de la lengua y del habla.


Punto 3º



Las relaciones asociativas, que se asientan en la mente, no se limitan a los elementos comunes de los términos, sino a todas las posibles relaciones existentes que se den y que como tales -asociativas- se verán reflejadas. Así pueden crearse relaciones por el sentido, por la imagen, o por ambos al mismo tiempo.
Cada palabra puede relacionarse con todo aquello que sea “susceptible” de ello.

Las familias que se forman por estas relaciones no responden a un número limitado de miembros ni a una ordenación entre ellos. El orden es siempre indefinido, pero el número puede no serlo, como sucede en los paradigmas de flexión, por ejemplo los del latín (tanto vale rosa-rosa-rosam-rosae-rosae-rosa como cualquier otro orden), o en la enunciación de cualquier verbo castellano, el valor no variará.


Capítulo VI



Punto 1º



Las diferencias “fónicas y conceptuales” que componen una lengua vienen dadas por los acercamientos asociativos y por los sintagmáticos, que constituyen y determinan el funcionamiento de ésta.

En la lengua, las solidaridades sintagmáticas representan la dependencia de cada palabra respecto de las que la rodean y respecto de las partes de que ellas mismas están formadas.

Esto se ve claramente si descomponemos una palabra: en ese caso, veremos que las partes no tienen valor por sí solas, necesitan formar parte del todo que es la palabra para obtener un valor (”la totalidad vale por sus partes, las partes valen también en virtud de su lugar en la totalidad”); y al mismo tiempo observaremos que en grupos mayores (en sintagmas, en el discurso), las partes recibirán su valor concreto según el lugar que ocupen.
Como excepción a la regla cabe resaltar la presencia en la lengua de “unidades independientes” que no presentan esta relación de solidaridad (ej: sí, no, gracias…).

Dice Saussure que en la lengua todo se reduce a diferencias y a agrupaciones.


Punto 2º



Los agrupamientos sintagmáticos se condicionan entre ellos, lo que contribuye a la creación de las asociaciones, que son “necesarias para el análisis de las partes del sintagma”.

Por lo tanto, los dos tipos de agrupaciones se relacionan, como podemos apreciar al presentar un palabra (ej: reinvertir), en la que se dan relaciones sintagmáticas (re-invert-ir), y de la que nos surgen asociaciones de diversos tipos (reconducir, rehabilitar, reconstruir…; partir, mártir…; recapitalizar, refinanciar…). En tanto, las palabras son sintagmas, pues, si no existieran todas las demás que contienen esas mismas partes que componen y las asocian, pero que también las diferencian, no podría darse la oposición y serían “inanalizables”.

En nuestra memoria se almacenan todos los tipos de sintagmas, y cuando elegimos el que vamos a utilizar estamos llevando a cabo un proceso de oposición entre la idea que queremos expresar y todo el sistema al que ésta “apela”. En cada momento se conoce qué es lo que se ha de variar para conseguir un valor determinado.
El proceso de oposición atañe a todos los sintagmas y frases, mínimas unidades y sonidos, todo lo que posea valor sin importar su tamaño. Aquí, entran en juego los dos tipos de relaciones o agrupamientos, eliminando lo que “no conduce a la diferenciación”.


Punto 3º



Lo arbitrario puede serlo en distintos grados: absoluto o relativo. El grado absoluto se da sólo en algunos signos; el relativo se da en todos los demás con distinta intensidad, pero sin llegar nunca a desaparecer.

Lo arbitrario aparece de un modo relativo, por ejemplo, en las palabras que se forman por composición (ej: caradura) o en las que se crean por la adicción de fijos (ej: enmarcar, panadero). Otras son totalmente inmotivadas (ej: cara, marco, pan…); son absolutamente arbitrarias. En todas las lenguas se dan los dos tipos de palabras: no existen las lenguas totalmente arbitrarias o totalmente motivadas.

La motivación de las palabras no es calculable, pero se sabe que es mayor cuanto más fácilmente se analizan sintagmáticamente y cuanto más claramente se aprecian sus partes.

Si analizamos las partes de las palabras, veremos que unas son “transparentes” (ej: panad-ero) y otras “confusas” (enmarc-ar; todos los verbos acaban en -ar, -er, -ir, pero el valor de estas partículas no es concreto). Además, por otro lado, “la motivación nunca es absoluta”, pues si analizamos un signo motivado, veremos que la suma de sus partes no es igual al término en su conjunto (ej: panadero ? panad + ero).

Así, lo relativamente motivado se aprecia tras el análisis del término elegido (que comprende una relación sintagmática) y la apelación a otros términos, según sus relaciones asociativas. Las solidaridades que unen a las palabras “limitan lo arbitrario”.

Saussure reclama que los lingüistas se preocupen por delimitar lo arbitrario, en lo cual toda lengua se apoya, y si no fuese sometido al orden al que lo lleva el espíritu, supondría el desconcierto absoluto. El sistema de la lengua se basa en lo caótico de lo arbitrario, y por ello debe estudiarse bajo la limitación de éste; en busca de lo racional que en dicho sistema haya.

Las lenguas que, dentro de los límites de la arbitrariedad o la motivación absoluta, más arbitrarias son, son las lexicológicas, y las que menos, las gramaticales. Las proporciones en que una lengua es más arbitraria o lexicológica pueden ser muy distintas, y además pueden variar según su evolución.

Capítulo VII



Punto 1º



La lingüística estática puede llamarse gramática exclusivamente cuando es un “objeto complejo y sistemático”, un juego de valores “coexistentes”. La gramática estudia la lengua como sistema de medios de expresión en un momento dado en el tiempo; no existe la gramática histórica, que simplemente es lo que conocemos como lingüística diacrónica.

En la definición habitual de gramática, que no concuerda con la que Saussure ofrece, quedan incluidas morfología y sintaxis, mientras que la lexicología (o ciencia de las palabras) se excluye.

La morfología se ocupa de las categorías de las palabras y de las formas de flexión (conjugaciones, declinaciones). Lo que la diferencia de la sintaxis es que ésta se ocupa de las funciones de las unidades, mientras que la morfología lo hace de la forma. Pero esta distinción no es satisfactoria, pues un paradigma de flexión sólo se obtiene por la asociación de una función a unas formas determinadas, y las funciones de las palabras sólo tienen que ver con morfología si se las relaciona a un sonido en concreto; ambas, sintaxis y morfología, están interrelacionadas, pues la morfología no tendría objeto lingüístico separada de la sintaxis.

En cuanto a la lexicología, cabe decir que algunas de las relaciones que se dan entre palabras pueden ser analizadas desde este punto de vista. Mientras en algunas oposiciones es la forma lo significativo (morfológicas), en otras es el significado lo que establece la distinción (ej: oír y escuchar, ver y observar) y es ahí donde entra en juego la lexicología; o en los casos en que se sustituyen palabras simples por compuestos (ej: considerar y tener en consideración), cuyas partes obedecen a los mismos principios que las palabras en la formación de los grupos de palabras.
Como resumen, la definición clásica de gramática necesita una base lógica y “superior”, que incluya estas tres disciplinas.


Punto 2º



Morfología, sintaxis y lexicología no pueden delimitarse más que por la evidencia. El único límite aplicable a la gramática es el de las relaciones asociativas y las sintagmáticas.

Los componentes de una lengua estática deben poder incluirse en una de estas dos subdivisiones. Así, la flexión pertenece a la asociación, la sintaxis a la sintagmática, etc..

En el caso de la palabra, ésta puede incluirse en lo sintagmático, con una dualidad de forma (masculino y femenino), y en lo asociativo, con la misma dualidad en el sentido.

Aplicando este criterio, se englobarían todos los hechos de la lengua a su “eje” correspondiente, lo que mostraría lo que queda por cambiar en la lingüística sincrónica.


Capítulo VIII



La entidades abstractas revelan la necesidad de observar cada cuestión de la gramática bajo su aspecto asociativo y bajo el sintagmático.
Desde el asociativo, debemos descubrir qué tipo de relaciones son las que unen a los grupos de palabras (por forma, familia, similitud, etc.). Entonces es cuando conocemos la “naturaleza” de éstas, cuando entramos en contacto con la gramática, pues la suma de las clasificaciones que hace el estudioso de la gramática, en un estado de lengua, debería ser coincidente con las que se dan en el habla.

Las asociaciones no se basan sólo en lo material de los significantes. Hay asociaciones que surgen exclusivamente del sentido; es decir, algunas palabras se relacionan con otras porque cumplen una misma función, por ejemplo, sin necesidad de coincidir en prefijos, terminaciones, etc.. De un modo más genérico, pueden crearse asociaciones tan amplias como las de todos los nombres o las preposiciones, uniendo las distintas partes del discurso.

Las asociaciones se encuentran en la lengua como entidades abstractas, y siempre parten de la base de lo material. Es un hecho determinante: “las entidades abstractas descansan siempre, en última instancia, sobre las entidades concretas”.

Si las analizamos sintagmáticamente, veremos que el valor del conjunto del discurso depende del orden en que se encuentren las partes que lo forman. El orden de sucesión de los factores puede hacer que éstos pierdan todo valor (ej: vende-dor > dor-vende), o bien que cambie ( la compra > cómprala). Además, el orden de las palabras puede hacerse exclusivo para determinados usos (ej: adjetivo delante de nombre en inglés) o puede aportar valores (ej: the house I built, en inglés, implica valor de relativo, a pesar de que no hay ningún elemento material que lo determine).

El orden de las palabras, a pesar de ser una entidad abstracta, debe igualmente su existencia a las “unidades materiales distribuidas en el espacio”. Y al mismo tiempo, la unidad material debe la suya al sentido que la reviste, a su función y no a su parte material (sonidos); como el sentido, decíamos, la debe a la unidad material. Estas dos afirmaciones, que se complementan, sirven para delimitar las unidades.

Autor:

Yurena Ortega Robredo





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