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Estudio del español actual en América Parte 1 - Monografía



 
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Lengua Castellana. Influencia índigena. Mario Vargas Llosa. Gabriel García Márquez. José Donoso. Julio Cortázar



INTRODUCCIÓN:



EL ESPAÑOL EN AMÉRICA:



Cuando empezamos a realizar este trabajo todos partimos de dos equivocaciones: que el español en América era homogéneo en todos los países y que su riqueza provenía exclusivamente del legado del español peninsular. Sin embargo una vez que hemos finalizado este nos hemos dado cuenta de nuestro error y hemos comprobado la complejidad de un idioma que siendo común a tantos países en todo el mundo posee rasgos característicos fruto de su evolución local.

Hemos comprobado que una lengua es como un ser vivo, siempre está cambiando y enriqueciéndose, siempre evolucionando acorde con la sociedad que la acoge, es una rica fuente de intercambio entre naciones y pueblos y una forma de transmisión de una cultura común que abarca a dos continentes a ambos lados del Atlántico.
El castellano llega a América en el siglo XV pero sigue cambiando hasta hoy,sigue creciendo, renaciendo , y lo seguirá haciendo en un nuevo orden mundial que apuesta por la globalización no sólo económica sino también de la cultura y la lengua.

Con este trabajo hemos intentado analizar al Español de América desde sus orígenes hasta hoy, para lo que podríamos estructurar su contenido en tres grandes bloques.

En primer lugar y a modo introductorio hemos querido elaborar un breve recorrido histórico desde el nacimiento del Español hasta su llegada a América y su evolución hasta nuestros días. Creemos que es importante conocer los orígenes de un idioma para poder entender después muchos de sus rasgos actuales, bien a modo general, bien particularizando estos en sus diferentes países

En segundo lugar nos hemos querido centrar en el español americano hoy.Esta sección ha querido recoger los principales rasgos de una lengua que pese a compartir características comunes posee una gran riqueza regional. Así, también han sido analizados a modo particular los rasgos propios de los diferentes países con los que compartimos idioma.

En tercer lugar y en conexión con lo anterior hemos intentado encontrar algunos de estos rasgos en textos escogidos, así como en algunos documentos de audio. Esta labor ha sido sin duda la más difícil pues muchas veces las características analizadas enlazan con nuestro uso común de la lengua y no son fácilmente distinguibles.

Por últimos hemos querido realizar un recopilatorio de textos y documentos que pueden completar este breve estudio sobre el Español en América.

Aquí podremos encontrar varias entrevistas y artículos de autores como Gabriel García Márquez, Jose Donoso, Mario Vargas Llosa o Julio Cortázar

Documentos:



A lo largo de estas páginas hemos recopilado numerosos documentos, entrevistas y textos de distintos autores latinoamericanos que creemos pueden tener interés en el estudio del Español actual en América, algunos , incluidos anteriormente han sido analizados más profundamente, otros, los que aparecen a continuación han sido recopilados a modo de anexo para completar la información disponible en este trabajo.

Los textos aquí recogidos han sido transcritos de algunas publicaciones, mientras que otros han sido sacados de las transcripciones ya realizadas y disponibles en varias páginas en Internet.

Igualmente han sido elaborados dos CD´s que recogen documentos de audio y canciones de autores latinoamericanos con el mismo fin.


Consejos sobre el arte de escribir cuentos



Roberto Bolaño


Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.

1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila- Matas.
12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.


Entrevista a Jose Donoso



Fragmentos de una entrevista realizada en Uruguay por Alicia Torres y publicada por Brecha, periódico uruguayo.

(Alicia Torres) Tenuemente desencantado, irónico y melancólico, José Donoso se reconoce parte de una raza en extinción: los escritores. Mientras relee infinitamente a Tolstoi persiste en la costumbre de crear historias, no porque pretenda redimir la cultura sino simplemente porque apuesta a su propia salvación.

(José Donoso) Mi vocación literaria ha sido bastante constante. Nace de un amor muy grande por los libros, por la novela especialmente. Recorrer la novela, siempre leerla, estar muy ahí, con ella. Creo que al principio era una apuesta de ambición. Mejor dicho, al principio, principio, era curiosidad. Era preguntarme a mí mismo hasta qué punto llegaba, qué era capaz de hacer. Después aparece la ambición, que después a su vez se acaba y quedan otras cosas como el deseo franco de hacer una obra importante. El virus de la literatura, si es verdadero, es como las enfermedades, tú no las eliges, pero siempre pueden más que tu voluntad. Sabes, nunca fui muy conceptual en esto. Creo que la literatura es algo muy indefinible, un cuerpo muy ambiguo, con miedo a la racionalidad. Algo fuertemente irracional, que tiene que ver con la imaginación, con la sensibilidad, con el afecto, con la memoria, pero poco con la razón.

Sin embargo, usted afirmaba en la presentación de Donde van a morir los elefantes, que no creía que la literatura durara mucho tiempo más. Textualmente dijo: “Tengo pavor de que se desvanezca la cultura, la memoria, la literatura…”. Cuáles son las amenazas?

Bueno, hay una crisis del humanismo en todo el mundo. Estamos en la era posindustrial, de la ciencia y la tecnología. No hay ninguna seguridad de que vaya a desaparecer la literatura, como tampoco de que permanezca, y ahí caben mis conjeturas. El mundo está dejando de ser personal. Lo que podía ser una “voz parcial”, fruto de la experiencia personal, está en extinción, a pesar o justamente porque la historia se lee a través de lo individual, se subsume en lo subjetivo. Así todo es relativo. Vivimos a la intemperie, todos los esquemas han caído en desuso, a pesar de que muchos creen que ahora todas son certezas que se proponen conquistar otras certezas, para demoler opiniones. Claro que hay algo positivo en esta crisis. Estamos una vez más sumergidos en un mar de interrogantes sin respuestas y eso viabiliza el camino de la imaginación. Por eso son válidas las conjeturas.

Yo entonces podría conjeturar que para que desaparezca la literatura, deben desaparecer primero los escritores, y antes aun, el “virus” al que usted hacía referencia.

Creo que sí, que la de los escritores es una raza, una estirpe que se termina, o quizás que ya no existe como tal.

Es apocalíptica su percepción?



Es una visión un poco negra, siempre he sido una persona pesimista. Pero falta tiempo aún, y mientras tanto es una incertidumbre más. En los períodos de crisis como éste, la tradición es la gran tela de araña que sostiene al creador sobre el vacío existencial. Todos nos apoyamos en las obras ya escritas para escribir nuestros textos, especialmente cuando otras certidumbres se tambalean. Cuando el presente se tambalea. Recordando a T. S. Eliot: “la tradición se perpetúa mediante las rupturas con ella”.

Le importa mucho permanecer?



Bueno, nunca he creído en la posteridad literaria, pero me gustaría que me siguieran leyendo durante bastante tiempo después de mi muerte. También sé que no va a ser así. El público es muy voluble, va olvidándolo todo. La moda, el gusto, todo va cambiando. Son otros los personajes, los protagonistas de la cultura. Además estamos en una época en la cual en gran parte lo económico (la edición de masas, por ejemplo) define lo cultural.

Qué queda de esa empresa que fue el boom?



El boom pertenece a una época en la cual la novela latinoamericana era como un niño frente al espejo, tocándose para conocerse. Fue un proyecto unitario, “bolivariano”, que sólo pudo ser en otra América, casi en otro universo. Esa unidad de que estaba hecho el boom, esa constelación que muchos se explican de diferentes maneras, o no se explican, se transformó en otra cosa y se acabó. En un momento pareció que estábamos todos alrededor de lo mismo, pero finalmente eso no fue verdad. De ese esfuerzo no quedó nada, o sí rescato cuatro o cinco novelas magistrales. Pero ahí quedó todo.


Cuáles son esas novelas?



Rayuela, de Cortázar; La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes; La casa verde, de Vargas Llosa; Cien años de soledad, de García Márquez… alguna novela de Onetti. Sabes? Yo aprendí tanto de los clásicos como de mis contemporáneos, de los otros del boom. Aprendí por ejemplo de la novela que retrata espacios extensos: la ciudad como espacio vasto, al modo de Fuentes. Aprendí el sentido de lo mágico, de la maravilla, con García Márquez. De Cortázar aprendí que podía existir una gran hermandad entre los hombres. El estaba como yo, lejos de su tierra, tan extranjeros y exiliados ambos. Añorábamos a dúo. Siempre sentí a Julio en paralelo. Y así fui aprendiendo de todos los del grupo, aunque en ese tiempo no teníamos conciencia de pertenecer a un grupo como el público lo percibía. Éramos gente que se encontraba con frecuencia. Nuestras mujeres eran amigas, nuestros hijos jugaban juntos, veraneábamos y pasábamos mucho tiempo reunidos.

Se siguen viendo?


Sí, con casi todos. Pero hablamos menos de literatura, y aprendemos menos unos de los otros. Con García Márquez siempre fue difícil hablar de literatura, no le gusta nada. Con Fuentes nos encanta hacerlo.

Cómo ve la nueva narrativa latinoamericana?



Totalmente diferente, claro. No hay un proyecto, nadie conoce a nadie (o casi), es fragmentaria, está totalmente desarticulada. Una de las características de la gente del boom, fue el traspaso de fronteras. Esa unida d que la gente veía, sentía, hacía que se interesaran, leyeran, conocieran lo que se escribía en otros países.

Una mirada global sobre su obra, nos permitiría brevemente contar como se inició y en qué está?

Podríamos empezar hablando de una etapa realista, que revelaba un poco lo que era la novela de esos tiempos en Chile, que reflejaba esa sociedad chilena. Después vino la época del boom, que era un período experimental, en el cual la “forma novela” era cuestionada, retorcida, puesta a prueba, y así se escribieron grandes novelas enciclopédicas, pero siempre montadas sobre una experimentación formal. Finalmente un período de conformidad, como una vuelta a las fuentes clásicas, pero llevando en sí todo lo que se aprendió en el camino y con todas las formas por las cuales uno ha pasado


La soledad de América Latina



[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982]



Gabriel García Márquez



Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos.

En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino.

Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia.

El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles.

El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda.

No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo.

En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo.

Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado.

Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes?

No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte.

Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos.

Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

Fragmento del reportaje sobre Fernando Vallejo Publicado en Babelia, El País, a fecha 5- 1- 2002



PREGUNTA. En El desbarrancadero habla de Internet como una epidemia equivalente al sida. Supongo que tiene ciertas prevenciones para responder por correo electrónico.

RESPUESTA. Ni la más mínima: es la única forma de que los periodistas no me cambien lo que digo, y ni aun así: me cambian sus preguntas, me cambian mis respuestas, sacan una frase mía de contexto y la ponen de título y quedo como Dios Padre tronando desde el Sinaí, e indefectiblemente, cuando veo mis entrevistas publicadas se me cae la cara de vergüenza. Les tengo más miedo a los entrevistadores que llegan a mi casa con papel y lápiz que a los sicarios de Medellín.

P. El desbarrancadero explora la elocuencia de la enfermedad. ‘En cuanto se tiene un padecimiento se tiene una opinión propia’, decía Lichtenberg. El hermano del protagonista adquiere una perturbadora lucidez en agonía tras derrochar su vida. ¿Podría comentar algo sobre la expresividad de los enfermos?

R. La vida para mí es una desgracia; en cambio para mi hermano Darío era una fiesta, y en consecuencia se entregó en cuerpo y alma a derrocharla y a quebrar todos los platos y los muebles de la casa. ¡Qué bueno que ya no siga aquí en este horror, qué bueno que se murió!

P. La novela también celebra la juventud y la belleza, no sólo de los muchachos de Medellín, sino de un pasado, si no idílico, al menos muy superior a la realidad actual. Toda su literatura parece venir de esa pérdida. Pero su memoria es vengadora: no busca la evocación nostálgica sin motivos para denostar con brillantez el presente.

R. Ya lo dijo Manrique: todo tiempo pasado fue mejor. En cuanto al mío, lo fue no tanto porque yo fuera entonces un niño o un muchacho siendo que ahora soy un viejo (o casi), sino porque entonces había menos gente; y mientras más gente, peor: el infierno son los demás, dijo Sartre. Sartre el bienaventurado, que se murió cuando éramos tan sólo tres mil millones. Hoy ya pasamos de los seis mil y me siguen contaminando el agua, empuercando el mar y respirando el aire.

P. Se describe como un novelista de primera persona. La voz narrativa suele ser la de alguien muy parecido a Fernando Vallejo. Esto refuerza la impresión de que se trata de un relato autobiográfico, ‘verdadero’. ¿Podría comentar algo sobre la novela de tercera persona y la novela de primera persona?

R. Sí, aunque por ahí no va a faltar quien diga que me repito. Durante los últimos doscientos años, la novela (entendiendo por novela la ficción en tercera persona) ha sido el gran género de la literatura. Ya no puede serlo más, ése es un camino recorrido, trillado, y no lleva a ninguna parte. ¿Qué originalidad hay en tomar, por ejemplo, una persona de la vida (o varias armando un híbrido) y cambiarle el nombre dizque para crear un personaje? Yo resolví hablar en nombre propio porque no me puedo meter en las mentes ajenas, al no haberse inventado todavía el lector de pensamientos; ni ando con una grabadora por los cafés y las calles y los cuartos grabando lo que dice el prójimo y metiéndome en las camas y en las conciencias ajenas para contarlo de chismoso en un libro. Balzac y Flaubert eran comadres. Todo lo que escribieron me suena a chisme. A chisme en prosa cocinera.

P. Desde Voltaire, casi nadie había sostenido un mano a mano tan intenso contra el Papa como usted. Christopher Domínguez Michael le compara, a mi modo de ver con razón, con un moralista del XVIII.

R. A Voltaire lo educaron los jesuitas, y a mí los salesianos. Y los jesuitas comparados con los salesianos son unas mansas palomas. Yo conozco lo peor de lo peor. Pero mi polémica no es con este Papa, que al fin de cuentas no es más que un pobre diablo que ya por fortuna se va a morir; mi polémica es con Cristo, uno al que tampoco le dio el alma para entender lo que tenía que entender: que los animales también son nuestro prójimo, y no sólo el hombre, que es el más malo de los animales. Y después de Cristo con Mahoma, esa bestia reproductora y lujuriosa.

P. Como en Buñuel, en su ateísmo hay algo muy religioso. En La Virgen de los sicarios escribó un furibundo contraevangelio.

R. Los muertos de ese libro hace mucho que están podridos y enterrados y ya los olvidé.

P. Su narrador es un misántropo capaz de ofender con corrosiva ironía a todas las causas de la corrección política. Pero en su trato con los animales es de una piedad franciscana. Lo mismo puede decirse de los recuerdos sobre el padre y de la naturaleza colombiana anterior a los años de la violencia. Se diría que sus preocupaciones más profundas tienen que ver con la ecología.

R. No, los ecologistas son especialmente infames y mentirosos: quieren preservar las especies de esta tierra para el hombre, para que el hombre las disfrute y se las coma. Yo no. Yo pienso muy distinto de ellos: especie que se extingue, especie que deja de sufrir. Que se mueran los perros, que se mueran las vacas, que se mueran las ratas, mis hermanas las ratas, eso es lo que quiero yo.

P. Me parece que ha escrito una refutación de Darwin.

R. Darwin era un impostor. Otro, ya que venimos hablando de papas. Y El origen de las especies, un libro estúpido, feo y mal escrito y por momentos lo único que no podía ser: ¡lamarckiano! Lo publicó ese impostor en 1859, 12 años antes de que Oscar Hertwig descubriera la fecundación del óvulo por el espermatozoide. ¿Cómo uno que no sabe que proviene de un óvulo fecundado por un espermatozoide se puede meter a explicar dizque ‘el origen de las especies’? El mecanismo que él propuso, el de la selección natural, es una tautología, una perogrullada, la vuelta del bobo, una explicación que no explica nada. Como la de Dios, que explica todo, ¿pero a Él quién lo entiende? Por supuesto que la evolución es una realidad, para mí tan clara como un día despejado con sol. Pero ésa no la descubrió él, la descubrieron otros: Maupertius, Lamarck, y sin ir más lejos de la familia del santo en cuestión, su abuelo Erasmus Darwin.

P. Recuerdo su conferencia en Cali, hace un par de años. Se iba al día siguiente y dejó la impresión de que esa noche sería peligrosísima para usted. Se lanzó contra todos: la guerrilla de las FARC, los paramilitares, la Iglesia, los narcos, los políticos. ¿Hay remedio para la violencia en Colombia?

R. Colombia es un desastre sin remedio. Máteme a todos los de las FARC, a los paramilitares, los curas, los narcos y los políticos, y el mal sigue: quedan los colombianos.

P. Thomas Bernhard se sirvió de su odio por Austria como de un combustible creativo. Desde hace muchos años vive en México, la capital de la mentira, como la llama, y va con arriesgada frecuencia a Colombia. ¿Se imagina escribiendo desde un entorno plácido o necesita, como Bernhard, el roce con lo que detesta?

R. No he leído a Bernhard pero sé que él insultaba a Austria, su patria, porque la odiaba; yo en cambio insulto a Colombia, la mía, porque la quiero. Y porque la quiero, quiero que se acabe: para que no sufra más.

P. A lo largo de El desbarrancadero dice que nada es tan suicida como pedirle a un taxista que baje el volumen de su radio. Pero cuando su narrador lo hace, sobrevive. Me parece una clave para entender que es un artista de la exageración. También involucra su sentido del humor, como cuando describe a un dandi que va por los barrios miserables dejando caer cubitos de consomé Maggi desde su coche deportivo. Sus efectos cómico- dramáticos le deben mucho a la desmesura. ¿O exagero?

R. Cubitos de consomé y naranjas envenenadas. Y de lo único que me considero artista es de la supervivencia: en un mundo de locos rabiosos llegué a la vejez.

P. Ha escrito dos espléndidas biografías de poetas, una sobre José Asunción Silva y otra sobre Porfirio Barba Jacob. ¿Qué tan importante ha sido la poesía para escribir en prosa?

R. La poesía hay que hacerla en prosa. El verso no tiene razón de ser desde que se inventó la escritura, o sea un poquito después de Homero. Yo escribí las biografías de esos dos poetas colombianos que dices por desocupación. Y respetando la convención literaria que pide que el biógrafo crea en su biografiado, sostuve que eran dos de los más grandes poetas del idioma, pero no. Los versos son sonsonete. Quiero decir los de antes, los que tenían ritmo y rima; en cuanto a los de hoy, son pedacería de frases.

P. Es un pianista más que solvente, ¿con qué compositores encuentra afinidades narrativas?

R. Lo que yo hubiera querido ser en la vida es músico, compositor. Pero como no tenía música en el alma, no me quedó más remedio que dedicarme a esas dos artes menores del cine y la literatura. Gluck y Mozart son lo máximo. Después sigue El Quijote.

P. Desde La isla del tesoro nadie mataba a tantos personajes de forma tan necesaria. También dice que el contacto con la muerte le ha convertido en un autor póstumo. Su ironía parece fundarse en este principio tragicómico: las bromas del que ya está en el más allá. ¿Me comenta algo o estoy loco?

R. Me encanta eso que dice ‘de forma tan necesaria’. Es que si no abrimos campo ya no caben más. Hay que ir sacando por un lado para meter por el otro.

P. El final de El desbarrancadero me recuerda mucho al de Almas muertas, de Chéjov, los personajes parten, uno en un taxi letal, otro en una carreta, después de haber levantado inventario de las muertes. Me parece una coincidencia feliz. No sé si la tenía en mente.

R. Lo único que recuerdo de Las almas muertas, de Gógol, es que el protagonista (¿Chichikov?) vendía esclavos muertos sobre el papel, en las escrituras, como si estuvieran vivos; y que la leí en una edición de la editorial Porrúa de México.

P. Le prometió a la Virgen de Guadalupe que ya no haría entrevistas a no ser que ella le ordenara lo contrario. ¿Inscribimos este diálogo en los milagros guadalupanos?

R. Sí, porque dentro de seis días es su fiesta.





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