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Estudio del español actual en América Parte 2 - Monografía



 
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Discurso sobre la paz y el desarme



Un gran novelista de nuestro tiempo se preguntó alguna vez si la tierra no será el infierno de otros planetas. Tal vez sea mucho menos: un aldea sin memoria, dejada de la mano de sus dioses en el último suburbio de la gran patria universal, pero la sospecha creciente de que sea el único sitio del sistema solar donde se ha dado la prodigiosa aventura de la vida nos arrastra sin piedad a esta conclusión descorazonadora: la carrera de las armas va en sentido contrario de la inteligencia.

Y no sólo de la inteligencia humana, sino de la inteligencia misma de la naturaleza, cuya finalidad escapa inclusive a la clarividencia de la poesía. Desde la aparición de la vida visible en la Tierra debieron transcurrir 380 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos sean capaces de cantar mejor que los pájaros y de morirse de amor. No es nada honroso para el talento humano, en la edad de oro de la ciencia, haber concebido el modo de que un proceso multimilenario tan dispendioso y colosal pueda regresar a la nada de donde vino por el arte simple de oprimir un botón.

Para tratar de impedir que eso ocurra estamos aquí, sumando nuestras voces a las innumerables que claman por un mundo sin armas y una paz con justicia, pero aun si ocurre - y más aun si no ocurre - no será del todo inútil que estemos aquí. Dentro de millones de milenios después de la explosión, una salamandra triunfal que habrá vuelto a recorrer la escala completa de las especies será quizá coronada como la mujer más hermosa de la nueva creación. De nosotros depende, hombres y mujeres de ciencia, hombres y mujeres de las artes y las letras, hombres y mujeres de la inteligencia y la paz, de todos nosotros depende que los invitados a esa coronación quimérica no vayan a su fiesta con nuestros mismos terrores de hoy.

Con toda modestia, pero también con toda la determinación del espíritu, propongo que hagamos ahora y aquí el compromiso de concebir y fabricar un arca de la memoria, capaz de sobrevivir al diluvio atómico; una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarles las cucarachas: que aquí existió la vida, que en elle prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad, y que sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables de nuestro desastre, y cuán sordos se hicieron a nuestros clamores de paz para que ésta fuera la mejor de las vidas posibles, y con qué inventos tan bárbaros y porqué intereses tan mezquinos la borraron del universo.

Noticia de un secuestro



(Entrevista concedida por García Márquez con motivo de la publicación de su último libro a la revista CAMBIO 16 . Colombia Mayo 6- 13 1996]



EL 21 DE MAYO DE 1948 apareció en El Universal de Cartagena de Indias la columna “Punto y aparte”, el primer escrito periodístico de un estudiante de Derecho e incipiente cuentista llamado Gabriel Garcia Márquez. Hoy, casi medio siglo después, tan lejos de ese mundo que “era tan reciente que para nombrar a las cosas había que señalarlas con el dedo”, el desconocido periodista se ha convertido no sólo en uno de los más grandes escritores del siglo XX, sino en la noticia. Hace tan sólo dos semanas ocupó los principales titulares del mundo cuando los secuestradores de Juan Carlos Gaviria le pidieron que fuese él el presidente de Colombia. “Nadie con un gramo de sensatez tomará cualquier decisión bajo la presión de un secuestro”, respondió el Nobel.

Sabe del tema. Su nunca olvidado oficio lo llevó a investigar durante tres años el secuestro de cinco mujeres y cinco hombres colombianos a manos de los Extraditables. Noticia de un secuestro, que será publicado esta semana, es, no sólo la culminación de la técnica periodística y literaria del autor - los capítulos nones tratan del mundo exterior, los pares llevan al encierro, a lo interno- ,sino también un ejemplo de la noticia humanizada, con protagonistas de carne y hueso, donde Garcia Márquez abre - como en aquel Relato de un naufrago- ese espacio fascinante que la frialdad periodística les niega cotidianamente a las víctimas: el de los recuerdos.

CAMBIO 16 “Noticia de un secuestro” es un libro cuyos protagonistas tienen nombre y apellido conocidos y hablan por teléfono con su autor. ¿Que tan difícil le resultó escribirlo?



GABRIEL GARCÍA MARQUEZ.



Todo libro es difícil. Cien años desoledad lo fue por la enorme carga mítica que llevaba dentro. El otoño del patriarca lo fue también por su enorme carga de ficción histórica, y Noticia de un secuestro lo es por su enorme carga de realidad periodística.

P. Nadie cree que a estas alturas le resulte difícil conseguir reportajes como al resto de los mortales. No es lo mismo el periodista feliz e indocumentado de hace 40 años que un Nobel al que nadie le niega ahora una entrevista.

R. Yo no me gané ese privilegio por influencias ni por plata, sino subiendo escalón por escalón en el oficio de periodista. Cuando tenía tu edad me tocaba luchar contra las mismas dificultades que tú has encontrado ahora para que yo te concediera esta entrevista. Y no se olvide que para hacer un trabajo como éste se necesita más humildad siendo premio Nobel que reportero raso.

P. Y usted que ha inventado un chocolate que hace levitar, no podría inventar los detalles a su antojo?

R. De poder, se podía. Pero el reto era jugar limpio. Lo que yo quería era escribir un reportaje con todas sus leyes, y en ellas no cabe la invención. Hoy me alegro: el libro no tiene una línea imaginaria ni un dato que no esté comprobado hasta donde es humanamente posible. Sin embargo, estoy seguro de que costará trabajo creerlo, porque parece más novela que cualquiera de mis novelas. Creo que ese es su mayor mérito.

P. Los victimarios tenían la misma disposición? Por qué no habló usted con Pablo Escobar?

R. Con los victimarios habría sido distinto, porque quizás hubieran querido aprovechar el relato para justificarse. Pablo Escobar estaba todavía vivo en la cárcel cuando empecé la investigación y sé que él tuvo noticias del libro que yo estaba escribiendo. Había resuelto discutirlo con él en persona sólo cuando ya tuviera el primer borrador, pero murió antes. Estoy seguro de que yo me hubiera puesto en su lugar para ser justo con él. En un buen reportaje puede no haber buenos ni malos, sino hechos concretos para que el lector saque sus conclusiones.

P. ¿Por qué Escobar no y los Ochoas sí?

R. Con los hermanos Ochoa fue distinto. Están presos los tres, y a punto de cumplir su condena. Pero lo que no se sabe y va a saberse en el libro es que dentro de la cárcel ellos se constituyeron en un canal de comunicación ante Pablo Escobar y Alberto Villamizar, gracias al cual salieron con vida los dos últimos secuestrados - Maruja Pachón y Pachito Santos- y Escobar se entregó. Los Ochoas, que están condenados por narcotráfico y enriquecimiento ilícito, pero no por homicidios ni terrorismo, hicieron un trabajo que debió haberse tenido en cuenta para descontarles la pena, de acuerdo con la ley, pero no sólo no se hizo, sino que tampoco ellos lo reclamaron.

P. ¿Cómo hizo para hablar con ellos, cómo fue el encuentro?

R. Para ver a los Ochoas no había problema. Ellos reciben visitas, reciben la comida de su casa… Pero si yo me aparecía por allí hubiera sido una noticia escandalosa que me habría obligado a revelar el secreto del libro que estaba escribiendo. Así que me tocó esperar una buena oportunidad, y me la dio un grupo de periodistas norteamericanos de alto nivel que el presidente Samper invitó el año pasado para que estudiaran la situación del narcotráfico en Colombia. Mientras ellos conversaban con los Ochoas yo aprovechaba para hablar con cada uno de estos por separado sobre las dudas que aún me quedaban. Las mandé en primer borrador cuando lo tuve listo y ellos no solo me hicieron anotaciones muy pertinentes, sino que me corrigieron datos equivocados y me dieron otros nuevos.

P ¿Qué piensan hacer los colombianos para no llegar al siglo XXI en la misma situación en la que están hoy?

R. ¿Y cómo piensas tú que podemos pensar en el siglo XXI si todavía estamos tratando de llegar al siglo XX? Piensa que me he pasado tres años tratando de que no haya un solo dato falso en un libro, para un país en el cual ya no se sabe donde está la verdad y donde está la mentira. Qué porvenir puede quedarle a la literatura de ficción si un candidato presidencial no se da cuenta de que sus asesores sagrados reciben millones de dólares sucios para su campaña. Donde los acusadores no se toman en cuenta porque en medio de las muchas verdades que dijeron, colocaron también muchas mentiras.

Donde el Presidente se constituye a su vez en acusador de sus acusadores con el argumento de que estos sí recibieron la plata, pero no la ingresaron en la campana porque se la robaron. Donde - según eso- tres de sus ministros están a las puertas de la cárcel por haber manejado un dinero que no existió y encubierto un delito que no se cometió. Donde varios de los 15 jueces que juzgan al Presidente están acusados del mismo delito que deben juzgar. Donde hay seis parlamentarios en la cárcel y más de 20 investigados, y el Procurador está preso y el Contralor General acusado de enriquecimiento ilícito.

Donde el Gobierno no tiene tiempo para gobernar y el Estado está cayéndose a pedazos, y la sociedad está dividida entre los que lo creen todo y los que no creen nada, sin mucho fundamento para lo uno ni lo otro. Y donde al final los capos presos y acusados de haber dado el dinero sucio dejan sin piso al Presidente, a sus asesores, al país y a todo el mundo, porque aseguran que no dieron ni un centavo.

En un país asi - qué carajo!- a los novelistas no nos queda más remedio que cambiar de oficio

Las circunstancias del corazón



Entrevista con Juan Gelman



Enrique Portilla F.



Se le ha catalogado generacional y estilísticamente como perteneciente al neovanguardismo argentino de los años sesenta. ¿Usted está de acuerdo con ese juicio?
­Mire, en realidad el tema de los juicios y las etiquetas es algo a lo que no le encuentro mucha validez. Pareciera ser una voluntad de clasificación para comodidad de los críticos, pero si se individualizan los elementos y los poetas de eso que se da en llamar la generación de los sesenta, se encontrarán voces muy diferentes, registros muy dispares.

En el caso de Argentina, lo que se denominó neovanguardismo había empezado ya en la década de los cuarenta, después de la llamada Generación del ‘40.
­¿Con Raúl González Tuñón y los “martinfierristas”?

­No precisamente, más bien con gente que perteneció al grupo Madi o Nueva Invención, que también abarcó movimientos en la pintura, la escultura; o los que se embarcaron en la asunción del surrealismo pero con elementos muy nacionales. Hubo también otro movimiento, empujado por Poesía de Buenos Aires, una revista que dio a conocer voces de poetas extranjeros como Francisco Urondo. Lo que ha dejado todo eso son voces diversas, poetas que sólo de manera artificiosa pueden ser puestos en un mismo saco.

Toda esa gente convivió y escribió en los sesenta, pero cómo llamar a estas diversas voces. Supongo que todos estos poetas estarían vinculados a un tema político, a la llamada “poesía de compromiso” que también se mal llamó “poesía conversacional”.
Yo creo que en torno a esto hay una gran cantidad de equivocos; los poetas que le mencioné rara vez escribieron poemas de tema político. Hay clasificaciones que crean confusión.

­¿Y cuál es la relación de la poesíacon el boom de la narrativa en los años sesenta?
­En América Latina fue precedido por el boom de la poesía; antes aparecen grandes voces como las de Neruda y Vallejo, y antes de ambos la de Rubén Darío y el modernismo. Y estoy hablando de dos cumbres, pero como siempre ocurre en todo arte, alrededor de esas cumbres hay otras menos visibles que también existen. Esto es así, la poesía me parece un tejido continuo, pero desde el fondo de los siglos y en ese tejido que ha sido tan fuerte en Latinoamérica a partir de fines del siglo pasado, y sobre todo en el siglo XX, están inscritos muchos nombres.

El tema no es buscar complejidad, la poesía no es una cuestión de voluntad y aunque habrá quien lo hace, en lo general no es cosa de buscar una expresión compleja o simple, sería un error. Lo que hay que buscar es lo que uno necesita expresar, la obsesión.

­Muchos críticos han tratado de interpretar la filigrana de su poesía. Si usted debiera hacerlo, ¿qué diría?
­Creo que se escribe porque hay una especie de obsesión, y esto en mí se manifiesta incluso físicamente. Algo se mueve en el interior y uno no sabe qué es. Uno trata de saber qué es, escribiendo.

Ese proceso lo describió muy bien Pavese, cuando dijo que ante cada página el poeta debe estar virgen, como si nunca hubiera escrito; y a eso, supongo, Mallarmé le llamaba “el horror de la página en blanco”. A medida que sucede la escritura, se va encontrando la voz más cercana a la obsesión, que nunca se funde completamente con ella; la obsesión se va agotando y la expresión poética va ganando en cercanía a esa obsesión. Hay un momento en que se cruzan las dos líneas y, a partir de ese momento, como dice Pavese, se escriben los poemas más felices.

Cuando la obsesión se agota o está a punto de agotarse, es mejor no escribir más, porque ahí empieza lo que se llama “la maquinita”, en la que, por ejemplo, un gran poeta que admiro mucho, Neruda, incurrió muchas veces: se adquiere una especie de costumbre de expresión, en la que se escribe con la expresión misma y no con la vivencia que le dio origen; así se explica la cantidad de “odas elementales”, que son como la recreación de una técnica conquistada por una vivencia inicial, pero ya separada de ella.

­Usted escribe sin eludir lo complejo, sin miedo a enredarse en la complejidad, ese gran fantasma de los poetas.
­La realidad es compleja, y creo que uno también lo es. El tema no es buscar complejidad, la poesía no es una cuestión de voluntad y aunque habrá quien lo hace, en lo general no es cosa de buscar una expresión compleja o simple, sería un error. Lo que hay que buscar es lo que uno necesita expresar, la obsesión. Lo complejo es la poesía misma, en el sentido de que es inaferrable, y la búsqueda de un milagro es lo que empuja a escribir.
­¿Cómo resuelve Juan Gelman la integración de la técnica a su poesía para expresar su realidad?
­Cada obsesión busca su expresión, y la lucha es tratar de acercarse lo más posible. Hay un punto en el que ya no se puede avanzar ­hablo de lo que me ocurre.

La obsesión y lo que ella exige expresar, siempre está mucho más allá de lo que se logra expresar, por lo cual uno llega a odiar su propia obra, como decía Nietzsche. El lenguaje es siempre insuficiente para la poesía, por eso se produce esa persecución.

Hay poetas cuya imaginación poética nace de su vivencia, está estrechamente relacionada con ella y hay otros a los que no les ocurre eso; lo señaló muy bien Eduardo Milán al decir que los segundos más bien “fantasean”.

­Entonces el trazo poético “genuino” parte de “lo real”…
­Creo que es la única poesía posible, y prefiero la imaginación a la fantasía, son territorios distintos. La imaginación requiere precisión y mucho más trabajo ­me refiero al trabajo interior­, escucharse a sí mismo en un mundo en donde hay tanto ruido.
­¿Las figuras semiocultas, las constantes elipsis en sus metáforas son un intento de hacer del lector un cómplice del acto poético?
­Mire, la verdad es que no intento nada, y a veces pienso incluso que le estoy inflingiendo cosas al lector. Cada poema, de quien fuere, tiene la lectura que el lector le da; ya el encuentro entre la lectura y el texto es un enigma que pertenece a cada lector.

En cuanto a lo que usted señala como elipsis: el poema no sólo debería decir lo que dice, sino también decir lo que calla (¡y con suerte, de ese modo callar lo que dice!)

Para mí, el poeta más alto de la lengua castellana es San Juan de la Cruz, pues justamente su poesía conlleva ese milagro. ­¿A qué se debe su popularidad en Sudamérica y Europa y su escasa difusión en México?

­No pienso que sea un fenómeno que atañe a mi obra solamente. En América Latina vivimos una lamentable balcanización; en Buenos Aires no se conocen poetas espléndidos del interior del país y mucho menos del Uruguay, Chile, Perú, México. Y esto ocurre en todos nuestros países. La globalización se realiza en determinados andariveles, dejando al margen inmensos espacios de creación, no sólo poéticos o de las artes, sino también educativos, de creación popular, etcétera…
­Pero usted vive en México desde hace siete años, y mientras en Sudamérica sus libros tienen tirajes de diez mil ejemplares aquí apenas lo conocen…
­Aquí en México se editó, en 1982, Hacia el Sur, y en 1993 la editorial Siglo XXI publicó mi primera antología personal, En abierta oscuridad, que ya va en su segunda edición. La difusión de los libros de poesía es diferente, pues no están sujetos a una temporalidad política o de otra naturaleza; son como botellas al mar…
­En cuanto a las influencias iniciales, ¿jugaron un rol importante autores como Mayakovsky y Pasternak?
­Mis influencias iniciales fueron más bien Raúl González Tuñón y César Vallejo. A Mayakovsky lo leí y lo admiré como poeta; Pasternak, por razones políticas ­era la época de la Guerra Fría­, tenía todo tipo de dificultades en la propia Unión Soviética y no era mucho lo que se difundía afuera, no era muy amplio el acceso a sus textos en castellano.

Yo creo dos cosas sobre las influencias. La primera es que son reales cuando no son superficiales, es decir, lo que Goethe llamaba “las afinidades selectivas”.

Hay grandes poetas que a uno lo dejan absolutamente frío ­por lo menos en mi caso­ y hay otros que tal vez no son tan buenos pero te tocan.

Por otro lado, creo que esto de las influencias se produce a veces de manera totalmente inadvertida, por germinación, por contaminación, y por esa razón ­como dice Borges­ en ocasiones un escritor o un poeta actual iluminan a uno anterior, como si el escritor actual hubiese influido al otro.

Pero la gran influencia que he tenido, en la creación de obsesiones, en empollarlas y hacerlas romper el huevo, es la realidad misma, con todas las caras que tiene.

­¿Podría describir los cambios estilísticos que se han dado en su poesía?
­Mire, yo supongo que ha habido cambios estilísticos en la medida en que cada obsesión exige su expresión. No creo tener mucha lucidez al respecto. Yo admiro a poetas como Eliot, que han tenido una capacidad de crítica notable. No es mi caso. No quiero con esto fingir una inocencia sobre lo que sé de lo que escribo, pero hay muchas cosas que no sé. Lo que sí conozco, es la gran insatisfacción que hay entre lo que uno quiso decir y lo que no alcanzó a decir; lo que sí conozco, es la felicidad de cierto momento de la escritura, cuando parece que por fin… pero muy poco más.
­Varios autores europeos sostienen que hoy es casi imposible escribir poesía en el Viejo Continente, que ya no hay interés, que escribirían para 20 o 30 lectores. Y muchos culpan a la producción latinoamericana.
­Me produce mucha gracia… En realidad uno piensa que si llega a tener dos o tres lectores es suficiente. Pero creo que lo que dice sobre Europa es cierto. Le voy a comparar dos festivales de poesía: uno en París, en el que estuve recientemente,donde el público era bastante reducido; en el otro, realizado en Medellín, Colombia, pasaban miles de personas; el festival se cerraba con un acto poético en el que leían todos los poetas invitados, que podían ser 30 o 40, empezaba a las dos de la tarde, en un estadio, y terminaba a las ocho de la noche de un domingo.

La poesía latinoamericana no tiene la culpa de lo que pasa en Europa. Yo creo que los europeos tendrían que revisar un poco críticamente lo que les pasa a ellos, qué fenómenos sociales, de deshumanización, inciden en eso.

­¿Se puede reivindicar aún la poesía por la poesía? O, como parafrasea el poeta Mario del Valle, “la poesía es un arma cargada de pan duro”…
­El tema central de los poemas es la poesía, por eso la poesía puede hablar de cualquier cosa, desde la Antigüedad ha hablado de todo y lo va a seguir haciendo, pero aquello de lo que va a hablar es del dominio de cada poeta. Puede haber poetas con sensibilidad política, pero esa sensibilidad no nace del deseo de hacer política, sino de un “espacio” humanista, aunque se equivoquen. Ese espacio está directamente relacionado con su ser poeta.

A Apoles Ledar, que era miembro del Partido Comunista argentino, sus compañeros le reprocharon, en 1952, que con la Guerra de Corea él no escribiera ningún poema en apoyo al pueblo coreano. Él contestó algo muy sencillo: “Yo escribo poesía cuando la circunstancia exterior coincide con la circunstancia del corazón.”

­En este fin de siglo, ¿han variado los enigmas de poesía y realidad?
­Creo que son los mismos, desde hace muchos siglos.
­Pero en las obsesiones que acosan hoy al poeta, ¿predominan las colectivas? Fito Paez habla del “inconsciente colectivo”, como Jung.
­Yo en el inconsciente colectivo no tengo depositada mucha confianza. Esas obsesiones dependen de cada quien, no se pueden generalizar. No conozco, en todo caso, a ningún poeta que viva triunfalmente este fin de siglo, que le parezca bello, hermoso, ni mucho menos. Hablo de los sentimientos y las obsesiones que este fin de siglo produce y veo escepticismo, oscuridad, dolor. En algunos casos hay como una especie de recuperación de la basura en los poemas, como símbolo de lo que el mundo está ofreciendo.

Huellas de Gauguin



MARIO VARGAS LLOSA



El País, Domingo, 20 de enero de 2002



Las Marquesas son las islas más isleñas del mundo, es decir, las más alejadas de un continente entre todas las que flotan por los mares del mundo. Para llegar a Hiva Oa hay que volar primero a Tahití (24 horas desde Europa y 12 desde América), y luego, en Papeete, subirse a un avioncito que zangolotea cerca de cuatro horas entre nubes tormentosas y por fin, luego de una escala en Niku Hiva, aterriza en Atuona.

El espectáculo es soberbio: laderas y picos enhiestos cargados de verdura que se mojan los pies en un mar bravío, de grandes olas espumosas, que, se diría, arremete contra Hiva Oa con toda la intención de deshacerla.

Atuona, la capital de la isla, es todavía más pequeñita que entiempos de Gauguin. Ahora tiene menos de un millar de habitantes y, en 1901, cuando él desembarcó, tenía doscientos más. Sigue siendo una sola callecita que arranca de la Bahía de los Traidores y va a morir, mil metros después, en las faldas del orgulloso Monte Temétiu. Si, para seguir la peripecia de Gauguin en sus años de Tahití hay que ayudarse mucho con la imaginación - Papeete y Punaauia son hoy modernas, prósperas y están atiborradas de turistas- , en Atuona, en cambio, las huellas de los dos últimos años de su vida que pasó aquí, aparecen por todas partes. El paisaje, desde luego, apenas ha cambiado.

El pueblo, aunque luce algunas casas flamantes y han desaparecido muchas de las viejas construcciones, sigue siendo el pequeño asentamiento humano medio devorado por la naturaleza que parece haberse desgajado del tiempo y los trajines del mundo moderno. En Atuona, no los relojes sino los cantos de los gallos despiertan a los seres humanos y la vida transcurre aún en cámara lenta, en un letargo tibio y feliz.
El señor Mataiki, que dio pensión a Gauguin en sus primeras semanas marquesinas, está enterrado en el cementerio de Make Make, no lejos de su tumba, y sus descendientes se dedican todavía al comercio, como aquél. Un bisnieto de monsieur Frébault, testigo de su defunción, es el presidente de la Sociedad Amigos de Gauguin, y me sirve de cicerone. Es un marquesino atlético, con el cuerpo empastelado de esos finos tatuajes que son desde tiempos inmemoriales el orgullo de la isla, y que fueron uno de los incentivos que trajeron aquí a Gauguin.

Pero, ay, él casi no pudo ver esos delicados tatuajes, por el estado calamitoso de sus ojos - la sífilis, además de llagarle las piernas, dañarle el corazón y el cerebro, empobreció atrozmente su vista en sus años finales- y porque el implacable obispo Martin, su enemigo mortal, empeñado en occidentalizar a kanakas y maoríes, los había prohibido. Ahora, los huesos de monseñor Martin y los de Koke (así lo bautizaron los indígenas) reposan a pocos metros de distancia, en las alturas de Atuona, frente al ancho mar de los barcos balleneros, que venían a secuestrar indígenas para incorporarlos a la tripulación, y los temibles tsunamis que varias veces destruyeron Atuona en el siglo diecinueve.

No quedan rastros de Ben Varney, el almacenero de entonces, íntimo amigo de Gauguin, que tal vez regresó a morir en su tierra, los Estados Unidos, pero sí se conserva, casi intacto, el almacén, una construcción de dos pisos, con baranda de madera y techo de calamina, donde Koke venía a comprar lo poco que comía y lo mucho que bebía, ajenjo para él y sus amigos, y ron para los indígenas, a quienes monseñor Martin había prohibido el alcohol. Gauguin luchó contra esa prohibición, manteniendo en la puerta de su casa - La Maison de Jouir- un pequeño tonel de ron del que podían venir a beber, libremente, todos los nativos de la isla.

Su entrañable amigo y vecino Tioka, con quien hizo intercambio de nombres - ceremonia marquesina de hermanazgo y reciprocidad- murió aquí y aunque no se conserva su casa, sí la de su familia, idéntica a las que construían entonces en Atuona los vecinos acomodados. Está en la otra orilla del riachuelo en el que Gauguin acostumbraba bañarse desnudo, para escándalo de los misioneros y monjas vecinos, y para las rabietas del gendarme Claverie, que hubiera conseguido meterlo a la cárcel - su sueño- si Koke no se muere antes. La casa de Gauguin no existe - se ha reconstruido La Casa del Placer en otro lugar- pero sí se ha identificado al sitio donde estuvo, gracias al pozo que el pintor ayudó a excavar con sus propias manos.

A esa casa venían a escondidas, aprovechando un descuido de las Madres de Cluny, las chiquillas del Colegio de Santa Ana, muy próximo. Ha crecido desde entonces, pero todavía tiene un bello jardín con buganvilias, mangos y cocoteros, y una miríada de chiquillas risueñas y locuaces, a las que la irrupción de un forastero en el colegio no intimida lo más mínimo. Cuando menciono a Gauguin la amable superiora enrojece y cambia de tema. Quiere decir que sabe todo. Aquellas chiquillas traviesas violaban las prohibiciones e iban a curiosear la casa de ese diablo corruptor, para ver las postales pornográficas que colgaban de sus tabiques: 45, exactamente, con todas las poses imaginables, y compradas en Port Saíd, en una escala del barco que traía a Gauguin a la Polinesia.

Sus proezas sexuales, sobre las que tanto han fantaseado sus biógrafos, eran ya cosa del pasado cuando Gauguin llegó a Atuona. Su precaria salud no le permitía muchos excesos. Es verdad que se compró a una muchacha, su vahiné, Vaeoho, en un caserío indígena del valle de Hekeani. La familia le cobró por ella una buena provisión de mercancías que debió adquirir a crédito al almacenero Ben Varney. Vaeoho le dio una hija, cuyos descendientes, dispersos por Hiva Oa, huyen ahora de los periodistas y de los críticos como de la peste (sin duda, tienen razón). Sin embargo, ese matrimonio no duró mucho, pues, apenas se sintió embarazada, Vaeoho, asqueada de sus piernas, lo abandonó. Aparte de unos escarceos más o menos benignos con las niñas de la misión que lo visitaban y de una aventura con la pelirroja Tohotaua, que le sirvió de modelo para sus últimos cuadros, es inconcebible que, dado su estado físico y mental, pudiera cometer en las Marquesas los desafueros que se permitió en Tahití o en Francia.

En Atuona los únicos excesos autorizados a esa ruina humana en la que estaba convertido eran los de la imaginación. Y no vaciló en servirse de ella para seguir intentando proyectos imposibles: delirantes ensayos religiosos con una supuesta interpretación revolucionaria de un cristianismo anti- católico ycampañas político- jurídicas para exonerar a las familias indígenas que vivían lejos de Atuona, de la obligación de enviar a sus hijos al colegio, de la prohibición de comprar alcohol, o de pagar el impuesto para la construcción de carreteras, esto último con el impecable argumento de que el Estado jamás había construido en la isla de Hiva Oa ni un solo metro de carretera (algo que, un siglo después, sigue siendo cierto).

Fueron estas manifestaciones de rebeldía contra la sociedad colonial las que permitieron a sus enemigos - la iglesia y el gendarme- enredarlo en un proceso judicial que Gauguin perdió y que, además de privarlo de su casa y de sus escasas pertenencias, lo hubiera llevado a la cárcel si su oportuno corazón no se hubiera parado a tiempo.

En Tahití, aunque hay un culto oficial a su memoria y a su obra, muchos tahitianos hacen salvedades cuando se habla de él. Su conducta con las nativas fue, quién podría contradecirlos, abusiva y por momentos brutal, y algunos repiten todavía que, además de pedófilo - le gustaban las muchachas- niñas, de trece o catorce años- contagió la sífilis a muchas amantes.

Y, por otra parte, ¿se puede hablar de él como de un pintor tahitiano? Yo me apresuro a darles la razón: el Tahití de sus cuadros es mucho más producto de su fantasía y sus sueños que del modelo real. Pero, eso ¿no es más bien un mérito, su mejor credencial de creador? Aquí en las Marquesas, en cambio, no he encontrado en una sola conversación la menor reticencia en los pobladores nativos en el aprecio y la admiración hacia Koke. Por el contrario. Todo el mundo sabe quién fue, qué hizo, dónde está enterrado, y cuentan anécdotas sobre él que delatan una cariñosa simpatía, una solidaridad de coterráneos.

Tal vez no sea porque se trata de Gauguin, sino porque esa es la manera marquesana de entender y tratar al próximo: abriéndole los brazos y el corazón. ¿No fue precisamente eso lo que Gauguin vino a buscar aquí, en el último viaje de su incesante vida? El hablaba de civilizaciones primitivas e intensas, aún no corrompidas por el abuso de la razón y los reglamentarismos eclesiásticos, donde la belleza no sería monopolio de los artistas, los críticos y los coleccionistas, sino la manifestación natural de la vida humana, un estado de ánimo compartido, una religión universal.

Pero, probablemente, detrás de esas grandes palabras y esquematizaciones, se agazapaba algo mucho más simple y escurridizo: una sociedad donde fuera posible la felicidad. Donde se pudiera vivir en paz y no el sobresalto permanente, sin la lucha feroz por el alimento, por el dinero y por el éxito, entregado a su propia vocación y no a quehaceres que lo apartaran de ella. El paraíso no es de este mundo y quienes dedican sus empeños a buscarlo o fabricarlo aquí están irremediablemente condenados a fracasar.

Pero, es probable, que, entre los muchos rincones de la tierra donde fue a buscarlo, nunca hubiera estado Gauguin tan cerca de alcanzar ese azogado espejismo tras el que correteó toda su vida, como en este paraje al que llegó cuando ya estaba medio muerto en vida, donde, en verdad, no vino a vivir sino a morir. Basta llegar a la suave tibieza que baña a Hiva Oa y contemplar sus cordilleras o su recio mar, y escuchar la melodía con la que cantan sus palabras los nativos o verlos andar como danzando, sin prisa y con una gracia sobrenatural, para sentir que, después de todo, Koke, el pobre soñador, no estaba del todo descaminado cuando vino hasta aquí en pos de su sueño inalcanzable.





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