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Estudio del español actual en América Parte 3 - Monografía



 
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Los invisibles



EDUARDO GALEANO



E sto empezó con una explosión de violencia. Pocos días antes de la Navidad, muchos hambrientos se lanzaron al asalto de los supermercados.Entre los desesperados, como suele ocurrir, se colaron unos cuantos delincuentes. Y en esas horas del caos, mientras corría la sangre, el presidente argentino habló por televisión. Palabra más, palabra menos, dijo: la realidad no existe, la gente no existe.

Y entonces nació la música. Empezó de a poquito, sonando en las cocinas de algunas casas, cucharones que golpeaban cacerolas, y salió a las ventanas y a los balcones. Y se fue multiplicando, de casa en casa, y ganó las calles de Buenos Aires. Cada sonido se juntó con otros sonidos, la gente se juntó con la gente, y en la noche estalló el concierto de la bronca colectiva. Al son de los tachos de cocina, y sin más armas que ésas, se alzó el clamor de la indignación. Convocada por nadie, la multitud invadió los barrios, la ciudad, el país. La policía respondió a balazos.Pero la gente, inesperadamente poderosa, derribó al Gobierno.

Los invisibles habían ocupado, cosa rara, el centro de la escena. No sólo en la Argentina, no sólo en América Latina, el sistema está ciego. ¿Qué son las personas de carne y hueso? Para los economistas más notorios, números. Para los banqueros más poderosos, deudores. Para los tecnócratas más eficientes, molestias. Y para los políticos más exitosos, votos.

La pueblada que volteó al presidente De la Rúa fue una prueba de energía democrática. La democracia somos nosotros, dijo la gente, y nosotros estamos hartos. ¿O acaso la democracia consiste solamente en el derecho de votar cada cuatro años? ¿Derecho de elección o derecho de traición? En la Argentina, como en tantos otros países, la gente vota, pero no elige. Vota por uno, gobierna otro: gobierna el clon.

El clon hace, desde el Gobierno, todo lo contrario de lo que el candidato había prometido durante la campaña electoral. Según la célebre definición de Oscar Wilde, cínico es el que conoce el precio de todo y el valor de nada. El cinismo se disfraza de realismo; y así se desprestigia la democracia.

Las encuestas indican que América Latina es, hoy por hoy, la región del mundo que menos cree en el sistema democrático de gobierno. Una de esas encuestas, publicada por la revista The Economist, reveló la caída vertical de la fe de la opinión pública en la democracia, en casi todos los países latinoamericanos: según los datos recogidos hace medio año, sólo creían en ella seis de cada diez argentinos, bolivianos, venezolanos, peruanos y hondureños, menos de la mitad de los mexicanos, los nicaragüenses y los chilenos, no más que un tercio de los colombianos, los guatemaltecos, los panameños y los paraguayos, menos de un tercio de los brasileños y apenas uno de cada cuatro salvadoreños. Triste panorama, caldo gordo para los demagogos y los mesías de uniforme: mucha gente, y sobre todo mucha gente joven, siente que el verdadero domicilio de los políticos está en la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones.

Un recuerdo de infancia del escritor argentino Héctor Tizón: en la avenida de Mayo, en Buenos Aires, su papá le señaló a un señor que en la vereda, ante una mesita, vendía pomadas y cepillos para lustrar zapatos:

Ese señor se llama Elpidio González. Miralo bien. Él fue vicepresidente de la república.

Eran otros tiempos. Sesenta años después, en las elecciones legislativas del 2001, hubo un aluvión de votos en blanco o anulados, algo jamás visto, un récord mundial. Entre los votos anulados, el candidato triunfante era el pato Clemente, un famoso personaje de historieta: como no tenía manos, no podía robar.
Quizá nunca América Latina había sufrido un saqueo político comparable al de la década pasada. Con la complicidad y el amparo del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, siempre exigentes de austeridad y transparencia, varios gobernantes robaron hasta las herraduras de los caballos al galope. En los años de las privatizaciones, rifaron todo, hasta las baldosas de las veredas y los leones de los zoológicos, y todo lo evaporaron.

Los países fueron entregados para pagar la deuda externa, según mandaban los que de veras mandan, pero la deuda, misteriosamente, se multiplicó, en las manos ágiles de Carlos Menem y muchos de sus colegas. Y los ciudadanos, los invisibles, se han quedado sin países, con una inmensa deuda que pagar, platos rotos de esa fiesta ajena, y con gobiernos que no gobiernan, porque están gobernados desde afuera.

Los gobiernos piden permiso, hacen sus deberes y rinden examen: no ante los ciudadanos que los votan, sino ante los banqueros que los vetan.

Ahora que estamos todos en plena guerra contra el terrorismo internacional, esta duda no está demás: ¿Qué hacemos con el terrorismo del mercado, que está castigando a la inmensa mayoría de la humanidad? ¿O no son terroristas los métodos de los altos organismos internacionales, que en escala planetaria dirigen las finanzas, el comercio y todo lo demás? ¿Acaso no practican la extorsión y el crimen, aunque maten por asfixia y hambre y no por bomba? ¿No están haciendo saltar en pedazos los derechos de los trabajadores? ¿No están asesinando la soberanía nacional, la industria nacional, la cultura nacional?

La Argentina era la alumna más cumplida del Fondo Monetario, del Banco Mundial y de la Organización Mundial del Comercio.Así le fue.

Damas y caballeros: primeros son los banqueros. Y donde manda capitán, no manda marinero. Palabras más, palabras menos, éste ha sido el primer mensaje que el presidente George W. Bush ha enviado a la Argentina. Desde la ciudad de Washington, capital de los Estados Unidos y del mundo, Bush declaró que el nuevo Gobierno argentino debe “proteger” a sus acreedores y al Fondo Monetario Internacional y llevar adelante una política de “más austeridad”.

Mientras tanto, el nuevo presidente provisional argentino, que sustituye a De la Rúa hasta las próximas elecciones, metió la pata en su primera respuesta a la prensa. Un periodista le preguntó qué iba a priorizar, la deuda o la gente, y él contestó: “La deuda”. Sigmund Freud sonrió desde su tumba, pero Rodríguez Saá corrigió de inmediato su respuesta. Y poco después, anunció que suspenderá los pagos de la deuda y destinará ese dinero a crear trabajo para las legiones de desocupados.

La deuda o la gente, ésa es la cuestión. Y ahora la gente, la invisible, exige y vigila.

Hace cosa de un siglo, don José Batlle y Ordóñez, presidente del Uruguay, estaba presenciando un partido de fútbol. Y comentó:

- ¡Qué lindo sería si hubiera 22 espectadores y 10.000 jugadores!

Quizá se refería a la educación física, que él promovió. O estaba hablando, más bien, de la democracia que quería.

Un siglo después, en la Argentina, el país vecino, muchos de los manifestantes llevaban la camiseta de su selección nacional de fútbol, su entrañable señal de identidad, su alegre certeza de patria: con la camiseta puesta, invadieron las calles. La gente, harta de ser espectadora de su humillación, invadió la cancha. No va a ser fácil desalojarla.


Magias



Eduardo Galeano



La edad del arte



En 1968 la dictadura militar del Brasil mandó quemar los libros del poeta bahiano Gregorio de Matos, que habían sido escritos tres siglos antes.
Mientras tanto, en Paraguay, el jefe de la Dirección de Investigaciones aconsejaba al dictador Stroessner que prohibiera un estreno del teatro Arlequín, en Asunción: “Toda la obra es un panfleto contra el orden, la disciplina, el soldado y la ley”, decía su informe. La obra, Las troyanas, había sido escrita veinticuatro siglos antes por un tal Eurípides.

Carlos Gardel murió hace más de medio siglo. Según mi amigo Juceca, los discos de Gardel ensayan de noche.

La prohibición


En el último recodo de la calle Mouffetard, en París, encontré la iglesia de San Medardo.

Abrí la puerta, entré. Era domingo, pasado el mediodía. La iglesia estaba vacía, ya se habían apagado los rumores de las últimas plegarias. Había una limpiadora, barriendo la misa, desempolvando santos, y nadie más.
Recorrí la iglesia, de cabo a rabo. A la luz de los cirios, busqué la ordenanza real del año 1732: “Por orden del Rey, se prohíbe a Dios que haga milagros en este lugar”.

Carlos Machado me había dicho que la prohibición estaba grabada en una piedra, a la entrada de esta iglesia consagrada a un santo demasiado milagrero. La busqué, no la encontré.

Coronada de ruleros, armada de plumero y escoba, la limpiadora me contestó sin dedicarme ni una mirada:
- ¡Ah no señor! ¡No! ¡Pero no!
Con voz culpable, insistí:
- Pero esa orden del reyÉ ¿nunca estuvo?
La mujer me encaró:
- Estar, estuvo.
En el cabo de la escoba apoyó las manos y sobre las manos, el mentón:
- Pero ya no está.
Y dando por concluido el asunto, continuó su ajetreo.
Inmóvil, esperé. Al rato, ella detuvo sus trajines y explicó:
- Una cosa así no era de buen tono para los creyentes. Usted comprenderá.
Yo comprendí.


El coplero



En los tiempos en que una grabadora ocupaba todo un caballo, Lauro Ayestarán andaba a campo traviesa, recogiendo la memoria de la música.
En busca de coplas perdidas, Lauro llegó una vez a un rancho escondido en las lejanías de Tacuarembó. Allí vivía un criollo que había sido mozo bailarín y guitarrero, diestro en los duelos de versos y las tonadas de la patria vieja.

Estaba aviejado el hombre. Ya no iba y venía de pueblo en pueblo y de fiesta en fiesta. Andaba agachadito, caminaba poco, se caía mucho, y para levantarse se apoyaba en el lomo de alguno de sus perros. Ya no cantaba, más bien soplaba palabras, pero tenía fama de memorioso:
- De lo que hay, no falta nada - susurraba, con un dedo en la cabeza, y se reía.

Guitarra en mano, nomás rozándola, el viejo verseó, canturreó, tarareó. En la atardecida, sonaron ronquitas las melodías que celebraban la memoria de las vacas sueltas y los hombres libres, mientras giraban y giraban los carretes de la grabadora.

El coplero miraba la grabadora de reojo. Más que mirarla, la sospechaba:

- Y eso, ¿qué es?
- Eso es una máquina - dijo Lauro.
El viejo picó tabaco a cuchillo, en la palma de la mano.
- ¿Y para qué sirve?
- Guarda las voces.
Se ensimismó el musiquero. Echó unas cuantas pitadas, entretenido con el humo, y al rato confesó:
- No entiendo.
Entonces Lauro toqueteó la grabadora y de pronto volvieron a sonar los versos que él había cantado.
El viejo nunca había escuchado su propia voz. Mientras escuchaba su voz guardada, apuntó a la máquina con el pucho y sentenció:
- EsoÉ es Dios.


Mediodía



Jesucristo, negro, de lentes, maneja una camioneta. Las destartaladas camionetas, brotadas de gente hasta los techos, se abren paso en la multitud. Todas lucen mil arabescos de colores y todas tienen nombre, se llaman Paciencia, Humillación, Tribulación, Locura. A paso de reina camina una mujer. Lleva un balde lleno de agua sobre la cabeza y bajo el brazo una gallina, que apostará a la lotería. Un hombre trae, atada del pescuezo, una cabra que ofrendará a los dioses venidos del Africa. Los dioses deambulan, mezclados con el gentío que va y viene y sube y baja en un trajín incesante. Aquí nadie tiene trabajo, pero todos están muy ocupados. No hay agua, pero las ropas blanquísimas fulguran al sol. No hay comida, pero muere más gente de risa que de hambre.

Es mediodía, y los gallos anuncian el amanecer. Hay dos soles en el cielo y tres ojos en las caras. La luz grita, el aire baila. Tantos colores tiene el aire, que el arco iris jamás sale, por no pasar vergüenza. Casas sin paredes, autos sin puertas, niños sin zapatos, tumulto sin calles. De cara al mar, en las laderas de las montañas que las uñas del Diablo han desollado a lo largo de cinco siglos, está Port- au- Prince. Esta ciudad, esta basura, esta hermosura, es una estridencia donde la vida se aturde y olvida lo poco que dura y lo mucho que duele.

La acrobata



Yolanda Barnes empezaba el día saludando a sus dos pescaditos, el triste y el entusiasta, en su casa de Los Angeles.

Cuando murió el entusiasta, el triste creció, brilló, y pasó del color gris al rojo fuego. A los saltos saludaba y exigía su comida. Así Yolanda descubrió que el pescadito era pescadita, porque esas son cosas que a veces ocurren a las viudas.

La pescadita saltaba cada vez más alto, y daba vueltas en el aire. Una mañana, Yolanda encontró la pecera vacía. En vano buscó a la acróbata por toda la cocina, hasta que por fin la descubrió hundida en un plato de ajos a medio pelar. La devolvió al agua, la pescadita quedó aplastada contra el fondo de la pecera.
Así pasaron los días. La pescadita continuaba su quieta agonía, echando una burbuja que otra. Yolanda, que se sentía mirada por esos ojos rodeados de orillas de sangre, discó el primer número que le vino a la cabeza, pero era el teléfono de un amigo que entendía de autos y de vacas y que sólo había visto peces en el plato, fritos o a la plancha.

La pescadita no tenía nombre. Yolanda pensó que era muy triste morirse sin nombre, pero no se le ocurrió ninguno. Pegada al vidrio, le dijo que ella era lo más interesante que había conocido en su vida en materia de peces, y le dijo adiós. Y se marchó a comprar leche y huevos y también un pescadito nuevo. Pero sólo trajo la leche y los huevos. Una semana después, la pescadita daba saltos de circo y se llamaba Milagro.


Lord Chichester



Una noche, en una playa de estacionamiento de las muchas que hay en Buenos Aires, Raquel Villagra lo escuchó llorar. Alguien lo había arrojado entre los autos, dentro de una bolsa. Lord Chichester tenía poco tiempo de nacido y ya era desteñido, cabezón y feo.

Otra noche, muchas noches después, Raquel vio, desde la ventana, una silueta de cuatro orejas que se recortaban contra la luna llena. A la orilla del tejado, lord Chichester y Milonga, que era del vecindario, estaban esperando, bien pegaditos, el eclipse de luna. Antes que el eclipse, llegó el enemigo. Aquella noche, en duelo de amores, lord Chichester perdió un ojo de un zarpazo. Y desde entonces fue tuerto, además de desteñido, cabezón y feo.

Y otra noche, cuando Raquel y Juan Amaral estaban sumergidos en la más profunda de las dormidumbres, lord Chichester los despertó a los chillidos. Los dos saltaron de la cama. Chillaba lord Chichester como si lo estuvieran desollando.

- Algo le duele - dijo Juan.
Lord Chichester se los llevó al fondo del corredor.
Raquel aguzó el oído:
- Hay una gotera - escuchó.
Deambulando por la antigua casona, ubicaron el plip- plop de la gotera en el baño.
- Ese caño siempre perdió - opinó Juan.
- Se va a inundar - temió Raquel.
Y discutieron, que sí, que no, hasta que Juan miró el reloj. Eran las cinco de la mañana. Bostezando, suplicó: - Vamos a dormir. - Y dirigiéndose al escandaloso, agregó- : Gato de mierda.
Raquel, piadosa, movió la cabeza:
- Lord Chichester está loco de remate.
Y se volvieron, perseguidos por el griterío del gato, que chillaba con desesperación.
Ya estaban por entrar al dormitorio, cuando el techo, viejo y agrietado, se desplomó sobre la cama.

Soñares


Helena bailaba dentro de una caja de música, donde las damas de miriñaque y los caballeros de peluca giraban y hacían reverencias y seguían girando. Aquellos trompos de porcelana eran un poco ridículos pero simpáticos, y daba placer deslizarse con ellos en la espiral de la música, hasta que en una voltereta Helena tropezó, cayó y se rompió.

El golpe la despertó. El pie izquierdo le dolía mucho. Quiso levantarse, no podía caminar. Tenía el tobillo muy inflamado.
- Me caí en otro país - me confesó- y en otro tiempo.
Pero no se lo dijo al médico.

Los afanes de Segismundo y la resurrección del bondi


Por Fernando Sorrentino



EL CASO DE “AFANAR”



A los dieciséis o dieciocho años, los estudiantes argentinos que cursan hoy el último tramo de la enseñanza media poseen una comprensión de la lengua y manejan un vocabulario sin duda inferiores a los que teníamos, hace más de diez lustros, los niñitos que comenzábamos la escuela elemental. Y estoy seguro de no incurrir en hipérbole.

El hado adverso de dichos jóvenes - somorgujados habitualmente en ciénagas de ignorancia troglodítica- puede arrastrarlos a que sus vidas se crucen con la del rousseauniano pedagogo que firma este trujamán. De ser así, sufren una despótica coacción que los obliga, velis nolis, a leerse La vida es sueño desde el hipogrifo inicial hasta el perdonarlas postrero. Así, transpirando sangre y sudando tinta, cumplen su via crucis por las intrincadas razones de don Pedro Calderón. La mayor parte de ellos logra sobrevivir, de manera que la experiencia es positiva: lo que no te mata, te fortalece.

Cuando Segismundo, en el célebre monólogo con que se cierra la jornada segunda, llega a aquello de “sueña el que afana y pretende”, tales estudiantes entienden el verbo afanar en la única acepción en que - en su minúsculo universo- lo han visto empleado: no con el llano sentido - habitualmente pronominal- de “hacer diligencias con vehemente anhelo para conseguir alguna cosa” (DRAE), sino con el vulgar - en la Argentina: a veces pronominal, a veces no- de ‘hurtar o robar’.
Ése es el significado más difundido por estas tierras del Plata.

EL CASO DE “BONDI”



Cuando yo era chico, el tranvía (que desapareció de Buenos Aires en febrero de 1963) sólo se llamaba tranvía. Personas de la edad de mis abuelos solían llamarlo tránguay (inglés tramway). Hubo, en épocas anteriores, un término de uso familiar: bondi (palabra extravagante que los de mi generación jamás hemos empleado). Exactamente en 1982 la oí en boca de una alumna de quince años, que llamaba bondi, no al difunto tranvía, sino al muy rozagante colectivo (’autobús’). No dejó de causarme perplejidad la resurrección - y el traslado de significado- de un término que yo creía extinto para siempre: en efecto, bondi, como sinónimo amable de colectivo, goza hoy de excelente salud.

También don José Gobello, en 1963, pensó que bondi pronto se convertiría en arcaísmo. Vale la pena transcribir un pasaje del apartado “Brasileñismos” [que han ingresado en el habla argentina] de su libro Vieja y nueva lunfardía:

La historia de bondi me parece más divertida. La cuenta el doctor [Francisco] Da Silveira Bueno: “Cuando se fundó en Río de Janeiro la Compañía de Transportes Colectivos, la empresa, que era inglesa, lanzó bonds, esto es, acciones, bonos, cauciones, para formar el capital destinado a la adquisición de los carros eléctricos, y el pueblo, que no sabía inglés, identificó la palabra bond con el propio vehículo”. Bondi es palabra que se pierde irremediablemente. Los tangos se olvidaron de fijarla. Otra cosa ocurriría si, en lugar de “Talán, talán, talán… / Pasa el tranvía por Tucumán…” [Talán, talán, 1924], hubiera escrito Vacarezza: “el bondi pasa por Tucumán”.
(…).
Pero bondi ha desaparecido de Buenos Aires mucho antes que los tranvías.

Muy bien: ya tenemos algunas informaciones sobre el empleo y el sabor que, en Buenos Aires, tienen el verbo afanar y el sustantivo bondi. Ellas nos ayudarán a comprender el trujamán que trata “De la graciosa manera que tuvo don Juan Domingo de restaurar el lunfardo”. Episodio que tiene al mencionado Alberto Vacarezza como deuteragonista.

¿Por qué? ¿Cómo?



MARIO VARGAS LLOSA



Cinco presidentes en sólo dos semanas es todo un récord, incluso para el mundo subdesarrollado. Argentina acaba de patentarlo, en medio del estruendo y la furia de una movilización popular contra la clase política que recuerda, peligrosamente, la que precedió la meteórica carrera política del Comandante Hugo Chávez en Venezuela y comenzó la erosión de su sistema democrático.

¿Conseguirá Eduardo Duhalde, que ha asumido la presidencia de Argentina gracias a un acuerdo entre radicales y peronistas, terminar el mandato de Fernando de la Rúa, que dura hasta 2003, y en este período estabilizar la vida política, restablecer el orden y dar un comienzo de solución a la gravísima crisis económica e institucional que ha llevado al país a las puertas de la anarquía y la desintegración? Hay que desearlo, desde luego, pero las credenciales doctrinarias y las primeras declaraciones del flamante mandatario no justifican el optimismo, sino, más bien, lo contrario.

Cuando uno ha leído los análisis y explicaciones de los técnicos y economistas - han proliferado en estos días- sobre la pavorosa situación de Argentina, un país aplastado bajo la vertiginosa deuda externa de 130 mil millones de dólares, cuyos intereses consumen un tercio de la renta nacional, y víctima de la más pavorosa crisis fiscal de América Latina, queda siempre frustrado, insatisfecho. Y con las mismas preguntas martillándole en el cerebro: ¿Por qué? ¿Cómo?
¿Por qué parece haber llegado a esta crisis terminal uno de los países más privilegiados de la tierra?

¿Cómo se explica que Argentina, que tuvo hace unas cuantas décadas uno de los niveles de vida más altos del mundo y que parecía destinado, en unas cuantas generaciones más, a competir con Suiza o Suecia en desarrollo y modernidad, venga retrocediendo de este modo hasta parangonarse en empobrecimiento, desorden, inoperancia en materia política y económica, con ciertos países africanos?

Esta no es una pregunta retórica sino una perplejidad justificada, ante lo que parece un desperdicio irresponsable, criminal, de unas condiciones únicas para alcanzar el desarrollo y bienestar. Si Argentina no es el país más afortunado del mundo en recursos naturales, debe figurar entre los tres o cuatro más favorecidos. Tiene de todo, desde petróleo, minerales y riquezas marítimas hasta un suelo feraz y abundantísimo que se bastaría para ser, a la vez, el granero y el proveedor de todas las carnicerías del mundo.

Para su enorme territorio, su población es pequeña, y culturalmente homogénea. Aunque, sin duda, con las crisis repetidas, sus escuelas y universidades deben haber decaído, su sistema educativo fue, en el pasado, la envidia de todo América Latina, y con razón, pues era uno de los más eficientes y elevados de todo el Occidente. Cuando yo era niño, todavía el sueño de miles de jóvenes sudamericanos era ir a estudiar ingeniería, medicina o cualquier otra profesión liberal a ese gran país de donde nos venían las películas que veíamos, los buenos libros que leíamos y las revistas que nos divertían (en mi casa yo leía el Billiken, mi abuelita y mi madre, Para ti, y mi abuelo, Leoplán).

¿Qué cataclismo, plaga o maldición divina cayó sobre Argentina que, en apenas medio siglo, trocó ese destino sobresaliente y promisorio en el embrollo actual? Ningún economista o politólogo está en condiciones de dar una respuesta cabal a este interrogante, porque, acaso, la explicación no sea estadísticamente cuantificable ni reducible a avatares o fórmulas políticas. La verdadera razón está detrás de todo eso, es una motivación recóndita, difusa, y tiene que ver más con una cierta predisposición anímica y psicológica que con doctrinas económicas o la lucha de los individuos y los partidos por el poder.

Ruego a mis lectores que no crean que me burlo de ellos, o hago un desplante de escritor- bufón, si les digo que, para entender el galimatías argentino, mucho más instructivo que cualquier elucubración de economistas y científicos sociales, es el libro de una filóloga, Ana María Barrenechea, que, en 1957, publicó el ensayo que, para mí, sigue siendo el más sólido y lúcido sobre Borges: La expresión de la irrealidad en la obra de Jorge Luis Borges. Es una investigación muy rigurosa y muy sutil sobre las técnicas de que el autor de El Aleph se valió para construir su deslumbrante universo ficticio, ese mundo de situaciones, personajes y asuntos que delatan una vastísima cultura literaria, una imaginación singular e insólita y una riqueza y originalidad expresiva sólo comparables a la de los más grandes prosistas que en el mundo han sido.

El universo borgiano tiene muchos rasgos inconfundibles, pero el principal y supremo es el ser irreal, estar fuera de este mundo concreto en que nacemos, vivimos y morimos sus hechizados lectores, en existir sólo como un milagroso espejismo gracias a la brujería literaria de su autor, quien con mucha razón dijo de sí mismo: ‘Muchas cosas he leído y pocas he vivido’. El mundo creado por Borges sólo existe en el sueño, en la palabra, aunque su belleza, elegancia y perfección disimulen su esencial irrealidad.

No es casual que el más notable de los creadores evadidos del mundo real de la literatura moderna haya nacido y escrito en Argentina, país que, desde hace ya muchos lustros, no sólo en su vida literaria (cultora eximia del género fantástico), sino también social, económica y política manifiesta, como Borges, una notoria preferencia por la irrealidad y un rechazo despectivo por las sordideces y mezquindades del mundo real, por la vida posible.

Esa vocación a fugar de lo concreto hacia lo onírico o lo ideal gracias a la fantasía, puede dar, en el dominio de la literatura, productos tan espléndidos como los que salieron de la pluma de un Borges o de un Bioy Casares. Pero, llevarla a la vida social, al terreno pedestre de lo práctico, sucumbir a la tentación de la irrealidad - de la utopía, del voluntarismo o del populismo- tiene las trágicas consecuencias que hoy padece uno de los países más ricos de la tierra, que, por empeñarse su clase dirigente en vivir en la burbuja de un ensueño en vez de aceptar la pobre realidad, un día se despertó ‘quebrado y fundido’, como acaba de reconocer el flamante presidente Duhalde.

Dejarse acumular una deuda externa de 130 mil millones de dólares es vivir una ficción suicida. Lo es, también, prolongar y agravar una crisis fiscal indefinidamente, como si, enterrando la cabeza en el suelo tal cual hacen las avestruces, quedara uno protegido contra el huracán. Mantener, por cobardía o demagogia política, una paridad entre el dólar y el peso que ya no correspondía en absoluto al estado real de la moneda y que sólo servía para asfixiar las exportaciones, y demorar la catástrofe financiera que traería la inevitable devaluación del peso, es asimismo apostar por la ilusión y la fantasmagoría en contra del mediocre pragmatismo de los realistas.

Pero todo esto viene de muy atrás, y empezó, sin duda, con la locura nacionalista de los cuarenta y los cincuenta que llevó a Perón y al peronismo a estatizar las principales y hasta entonces florecientes industrias argentinas y a hacer crecer el Estado burocrático e intervencionista hasta convertirlo en un verdadero Moloch, un monstruo inmanejable, asfixiante, obstáculo tenaz para el sistema de creación de riqueza y fuente de una infinita corrupción. Así empezó el desmoronamiento sistemático de ese país cuyos habitantes, privilegiados ciudadanos de una sociedad moderna, próspera y culta, llegaron en una época a creerse europeros, exonerados de los embrollos y miserias sudamericanos, más cerca de París y de Londres que de Asunción o La Paz.

¿Abrirán, por fin los ojos, y, sacudidos por esta crisis terrible que ha llenado de muertos y heridos las calles y remecido hasta las raíces sus instituciones, redescubrirán el camino de la realidad? En sus primeras declaraciones, el presidente Duhalde no da síntomas de ello, pero, quizás, a la hora de actuar sea más realista que cuando habla desde una tribuna.

La realidad, para Argentina, en estos momentos, es que debe llegar a algún acuerdo con sus acreedores para reestructurar, de una manera sensata, el pago de esa enloquecida deuda, sin que ello implique, claro está, la inmolación del pueblo argentino en aras de una teórica salud financiera. Porque ese acuerdo es lo único que puede traerle las inversiones que necesita y evitar la fuga desesperada de capitales que esta crisis ya ha iniciado y que aceleraría el ser puesto Argentina en cuarentena financiera en el ámbito internacional. Y tomar medidas enérgicas para reducir drásticamente la crisis fiscal, mediante un ajuste severo, porque ni Argentina ni país alguno puede vivir ad aeternum gastando (despilfarrando) más de lo que produce.

Esto implica un alto coste, desde luego, pero es preferible admitir que no hay alternativa y pagarlo cuanto antes, pues más tarde será todavía más oneroso, sobre todo para los pobres. La sociedad resistirá mejor el sacrificio si se le dice la verdad que si se le sigue mintiendo, y pretendiendo que con analgésicos se puede combatir eficazmente un tumor cerebral. A éste hay que extirparlo cuanto antes o se corre el riesgo de que el enfermo muera.

La primera vez que fui a Buenos Aires, a mediados de los años sesenta, descubrí que en esa bellísima ciudad había más teatros que en París, y que sus librerías eran las más codiciables y estimulantes que yo había visto nunca. Desde entonces tengo por Buenos Aires, por Argentina, un cariño especial. Leer, en estos días, lo que allí ocurre, me ha resucitado las imágenes de aquel primer contacto con ese desperdiciado país. Deseo ardientemente que salga pronto del abismo y llegue algún día a ‘merecer’ (el verbo y la imagen son de Borges, por supuesto) la democracia que todavía no ha perdido.





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