Monografías
Publicar | Monografías por Categorías | Directorio de Sitios | Software Educativo | Juegos Educativos | Cursos On-Line Gratis

 

Antología de Poesía española y universal parte 2 - Monografía



 
DESCARGA ESTA MONOGRAFÍA EN TU PC
Esta monografía en formato html para que puedas guardarla en tu pc e imprimirla.



Vínculo Patrocinado




Aquí te dejamos la descarga gratuita
Nota: para poder abrir archivos html solo necesitas tener instalado internet explorer u otro navegador web.




NEZAHUALCOYOTL


Nezahualcóyotl (1402-1472), soberano chichimeca (1418-1472) de Texcoco (Tezcoco). Era hijo del señor de Texcoco, Ixtlilxóchitl, y de Matlalcihuatzin, hija del señor de Tenochtitlán, Huitzilíhuitl. Su padre fue muerto por orden de Tezozómoc, señor de Azcapotzalco, escena presenciada por el joven Nezahualcóyotl. Declaró la guerra a Maxtla, descendiente de Tezozómoc. Tras varios combates, los tezcocanos y los aztecas lograron vencer al ejército tecpaneca. Maxtla fue muerto por el mismo Nezahualcóyotl. Consumado el dominio del valle de México, Texcoco, Tenochtitlán y Tacuba formaron la Triple Alianza, en 1431.

Reorganizó el gobierno y dictó leyes que fortalecieron al Estado. Se encargó de la construcción del acueducto de agua potable para México. Compuso numerosos cantos y poemas, de los que se conservan unos 30, donde planteaba profundos problemas filosóficos. En su honor, un municipio y una ciudad en el estado de México llevan su nombre.

Formación de la Triple Alianza Itzcóatl unió a los mexica de Tenochtitlán en una coalición junto con su sobrino, Nezahualcóyotl de Texcoco, y la ciudad-estado de Tlacopan. Tenochtitlán llegó a ser en el principal centro de poder, dirigiendo un imperio de unos seis millones de habitantes que se extendía en su mayor parte por el oeste de Mesoamérica.

Durante la primera mitad del siglo XV surgió en el valle de Anáhuac (valle de México) una confederación entre las ciudades de Tenochtitlán y Tlacopan y el reino de Acolhuacan, que se constituyó con el objeto de derrotar a los tepanecas y, tras ser absorbida por el esplendor azteca, desapareció a la llegada de los conquistadores españoles a principios del siglo siguiente.

RENACIMIETNO



Renacimiento, periodo de la historia europea caracterizado por un renovado interés por el pasado grecorromano clásico y especialmente por su arte. El renacimiento comenzó en Italia en el siglo XIV y se difundió por el resto de Europa durante los siglos XV y XVI. En este periodo, la fragmentaria sociedad feudal de la edad media, caracterizada por una economía básicamente agrícola y una vida cultural e intelectual dominada por la Iglesia, se transformó en una sociedad dominada progresivamente por instituciones políticas centralizadas, con una economía urbana y mercantil, en la que se desarrolló el mecenazgo de la educación, de las artes y de la música.

El término ‘renacimiento’ lo utilizó por vez primera en 1855 el historiador francés Jules Michelet para referirse al “descubrimiento del mundo y del hombre” en el siglo XVI. El historiador suizo Jakob Burckhardt amplió este concepto en su obra La civilización del renacimiento italiano (1860), en la que delimitó el renacimiento al situarlo en el periodo comprendido entre el respectivo desarrollo artístico de los pintores Giotto y Miguel Ángel, y definió a esta época como el nacimiento de la humanidad y de la conciencia modernas tras un largo periodo de decadencia.

La más reciente investigación ha puesto fin al concepto de la edad media como época oscura e inactiva y ha mostrado cómo el siglo previo al renacimiento estuvo lleno de logros. Gracias a los scriptoria (aulas dedicadas al estudio) de los monasterios medievales se conservaron copias de obras de autores latinos como Virgilio, Ovidio, Cicerón y Séneca. El sistema legal de la Europa moderna tuvo su origen en el desarrollo del Derecho civil y del Derecho canónico durante los siglos XII y XIII, y los pensadores renacentistas continuaron la tradición medieval de los estudios de gramática y retórica. En el campo de la teología, durante el renacimiento se continuaron las tradiciones medievales del escolasticismo y las establecidas por las obras de santo Tomás de Aquino, Juan Escoto y Guillermo de Ockham. El platonismo y el aristotelismo fueron cruciales para el pensamiento filosófico renacentista. Los avances en las disciplinas matemáticas (también en la astronomía) estaban en deuda con los precedentes medievales. Las escuelas de Salerno y Montpellier fueron destacados centros de estudios de medicina durante la edad media.

El renacimiento italiano fue sobre todo un fenómeno urbano, un producto de las ciudades que florecieron en el centro y norte de Italia, como Florencia, Ferrara, Milán y Venecia, cuya riqueza financió los logros culturales renacentistas. Estas mismas ciudades no eran producto del renacimiento, sino del periodo de gran expansión económica y demográfica de los siglos XII y XIII. Los comerciantes medievales italianos desarrollaron técnicas mercantiles y financieras como la contabilidad o las letras de cambio. La creación de la deuda pública (concepto desconocido en épocas pasadas) permitió a esas ciudades financiar su expansión territorial mediante la conquista militar. Sus mercaderes controlaron el comercio y las finanzas europeas; esta fluida sociedad mercantil contrastaba claramente con la sociedad rural de la Europa medieval. Era una sociedad menos jerárquica y más preocupada por sus objetivos seculares.

HUMANISMO



Humanismo, en filosofía, actitud que hace hincapié en la dignidad y el valor de la persona. Uno de sus principios básicos es que las personas son seres racionales que poseen en sí mismas capacidad para hallar la verdad y practicar el bien. El término humanismo se usa con gran frecuencia para describir el movimiento literario y cultural que se extendió por Europa durante los siglos XIV y XV. Este renacimiento de los estudios griegos y romanos subrayaba el valor que tiene lo clásico por sí mismo, más que por su importancia en el marco del cristianismo.

El movimiento humanista comenzó en Italia, donde los escritores de finales de la edad media Dante, Giovanni Boccaccio y Francesco de Petrarca contribuyeron en gran medida al descubrimiento y a la conservación de las obras clásicas. Los ideales humanistas fueron expresados con fuerza por otro estudioso italiano, Giovanni Pico della Mirandola, en su Oración, obra que trata sobre la dignidad del ser humano. El movimiento avanzó aún más por la influencia de los estudiosos bizantinos llegados a Roma después de la caída de Constantinopla a manos de los turcos en 1453, y por la creación de la Academia platónica en Florencia. La Academia, cuyo principal pensador fue Marsilio Ficino, fue fundada por el hombre de Estado y mecenas florentino Cosme I de Medici. Deseaba revivir el platonismo y tuvo gran influencia en la literatura, la pintura y la arquitectura de la época.

La recopilación y traducción de manuscritos clásicos se generalizó, de modo muy significativo entre el alto clero y la nobleza. La invención de la imprenta de tipos móviles, a mediados del siglo XV, otorgó un nuevo impulso al humanismo mediante la difusión de ediciones de los clásicos. Aunque en Italia el humanismo se desarrolló sobre todo en campos como la literatura y el arte, en Europa central, donde fue introducido por los estudiosos alemanes Johannes Reuchlin y Philip Melanchthon, el movimiento penetró en ámbitos como la teología y la educación, con lo que se convirtió en una de las principales causas subyacentes de la Reforma.

Uno de los estudiosos más importantes en la introducción del humanismo en Francia fue Erasmo de Rotterdam, que también desempeñó un papel principal en su difusión por Inglaterra. Allí, el humanismo fue divulgado en la Universidad de Oxford por los estudiosos William Grocyn y Thomas Linacre, y en la Universidad de Cambridge por Erasmo y san Juan Fisher. Desde las universidades se extendió por toda la sociedad inglesa y allanó el camino para la edad de oro de la literatura y la cultura que llegaría con el periodo isabelino.

SIGLO DE ORO ESPAÑOL


Esta época es comúnmente conocida como Siglo de Oro. Aunque no hay coincidencia unánime de opciones acerca de su principio y de su término, la ubicaremos, respetando el criterio más generalizado, en los siglos XVI- casi completo- y buena parte del siglo XVII.

En las manos de los reyes se fue concentrando el poder hasta que devino el absolutismo.

La literatura acompaña a la nación española en sus momentos de ascensión, de plenitud y de decadencia.

Se afirmo definitivamente la conciencia renacentista y se agregó a ella la reacción de rasgos feudales de valor duradero.

Se formó, así, una amalgama de caracteres que recibe el nombre de barroco.

Sus signos distintivos son el adorno profuso, que llegaba a veces hasta el retorcimiento, y la hondura humana, que busca siempre hacer suyos todos los caminos, agotar todos los recursos, aprovechar todas las posibilidades.

Viven su momento las odas que exaltan lo heroico y lo grandioso, las empresas colosales; los cantos grandilocuentes, sonoros y extensos; las elegías profundas y dolientes; las descripciones lijas.

La verdad se esconde tras el velo del soslayo.

Se usa el retruécano, la paradoja, la contradicción, el doble sentido; se remarca lo grotesco; se emplea la sátira como filo cortante; se elevan a asunto central los hechos inmediatos, comunes y corrientes, de la vida diaria; el pueblo aparece como personaje principal en obras y representaciones; se plantea, como objetivo vital, el derecho de todos los hombres a la justicia natural.

LAS ESCUELAS SALMANTINA Y SEVILLANA



El apego a una u otra manera fue produciendo  paulatinamente una diferenciación en la poesía. Por un lado se usaba un lenguaje sencillo y llano, mientras por el otro, se cultivaba en extremo el adorno de la forma.

Surgieron entonces las escuelas salmantina y sevillana. Sus principales sostentadores fueron Fray Luis de León y Fernando de Herrera.


CULTERANISMO Y CONCEPTISMO



Llevadas a su máxima expresión tales tendencias desembocan en el culteranismo y en el conceptismo. Estos movimientos fueron representados por Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. Con ellos, la poética arriba a su esplendor óptimo y se inicia la decadencia.

LA NOVELA PICARESCA


Alrededor de la riqueza  pulula siempre gante que busca aprovecharse de ella, poniendo en juego el menor esfuerzo posible y recurriendo a todos los ardides, lícitos o no. Nace así el  pícaro. No es un ladrón declarado, mas tampoco una persona netamente honesta. El pícaro huye, más bien, del trabajo físico, del esfuerzo sostenido, de la obligación sistemática. Por lo general, se trata de individuos del pueblo que buscan compensar los desniveles que la desigualdad social les impone, empleando, para ello, una incipiente desvergüenza y una buena dosis de astucia.

La sociedad hispana del siglo de oro produjo pícaros al por mayor, inclusive entre las clases encumbradas. La literatura los retrató mediante la novela picaresca. Es ésta una variedad novelística típicamente española. Se manifiesta con caracteres populares, realistas de lenguaje y directo, satíricos.

Aparecieron novelas picarescas en profusión. La iniciadora del ímpetu, que se conserva como la fundamental, es El Lazarillo de Torres de autor anónimo. Le siguen El Buscón, de Francisco de Quevedo; Guzmán de Alfarache, escrita por Mateo Alemán; Marcos de Obregón, salida de la pluma de Vicente Espinel; el Diablo Cojuelo, de Luis Velez de Guevara; Estebanillo Gonz{alez, cuya historia cuenta él mismo; La pícara Justina, de Francisco López de Ubeda, y otras muchas.

CELESTINA



ACTO SEGUNDO


Partida Celestina de Calixto para su casa, queda Calixto hablando con Sempronio, criado suyo; al cual, como quien en alguna esperanza puesto está, todo aguijar le parece tardanza. Envía de sí, a Sempronio, a solicitar a Celestina  para el consabido negocio. Quedan entre tanto Calixto y Pármeno juntos rezongando.


(SEMPRONIO, CALIXTO Y PARMENO)



CALIXTO.


Hermanos míos: cien monedas di a la madre. ¿Hice bien?

SEMPRONIO.


¡Ay si hiciste bien! Allende de remediar tu vida, ganaste muy gran honra. ¿Y para qué es la fortuna favorable y próspera sino para servir la honra, que es el mayor de los mundanos bienes? Que ésta es premio y galardón de la virtud. Y por eso la damos a Dios, porque no tenemos mayor cosa que le dar; la mayor parte de la cual consiste en la libertad y franqueza. A ésta los duros tesoros comunicables la oscurecen y pierden, y la magnificencia y liberalidad la ganan y subliman. ¿Qué aprovecha tener lo que se niega aprovechar? Sin duda te digo que mejor es el uso de las riquezas que la posesión de ellas. ¡Oh qué glorioso es el dar! ¡Oh qué miserable es el recebir! Cuanto es mejor el acto que la posesión, tanto es más ser más activo, es más noble, y en las esferas, puesto en más noble lugar. Y dicen algunos que la nobleza es una alabanza que proviene de los merecimientos y antigüedad de los padres; yo digo que la ajena luz nunca te hará claro si la propia no tienes. Y por tanto, no te estimes en la claridad de tu padre, que tan magnífico fue, sino en la tuya. Y así se gana la honra, que es el mayor bien de los que son fuera de hombre. De lo cual, no el malo, mas el bueno, como tú es digno que tenga perfecta virtud. Y aun te digo que la virtud perfecta no pone que sea hecha con digno honor. Por ende, goza de haber sido así magnífico y liberal. Y de mi consejo, tórnale a la cámara y reposa, pues que tu negocio en tales manos está depositado. De donde ten por cierto, pues el comienzo lleva bueno, el fin será muy mejor. Y vamos luego, porque sobre negocio quiero hablar contigo más largo.

CALIXTO.



Sempronio: no me parece buen consejo quedar yo acompañado y que vaya sola aquella que busca el remedio de mi mal; mejor será que vayas con ella y la aquejes, pues sabes que de su diligencia pende mi salud; de su tardanza, mni pena; de su olvido, mi desesperanza. Sabido eres, fiel te siento, por buen criado te tengo. Haz de manera que en sólo verte ella a ti, juzgue la pena que a mi queda
Y fuego que me atormenta. Cuyo ardor me causó no poder mostrarle la tercia parte desta mi secreta enfermedad, según tiene mi lengua y sentido ocupados y consumidos. Tú, como hombre libre de tal pasión, hablarla has a rienda suelta.


SEMPRONIO.



Señor: querría ir por cumplir tu mandado, querría cuidar por aliviar tu cuidado. Tu temor me aqueja, tu soledad me detiene. Quiero tomar consejo con la obediencia, que es ir y dar a la vieja. ¿Mas cómo iré? Que en viéndote solo dices desvaríos de hombre sin seso, suspirando, gimiendo, mal trovando, holgando con lo oscuro, deseando soledad, buscando nuevos modos de pensativo tormento. Donde, si perseveras, o de muerto o loco mo podrás escapar, si siempre no te acompaña quien te allegue placeres, diga donaires, tenga canciones alegres, cante romances, cuente historias, que sepa buscar todo género de dulce pasatiempo para no dejar trasponer tu pensamiento en aquellos crueles desvíos que recebiste de aquella señora en el primer trance de tus amores.

CALIXTO.



¿Cómo, simple? ¿No sabes que alivia la pena llorar la causa? ¿Cuánto es dulce a los tristes quejar su pasión? ¿Cuánto relievan y disminuyan los lacrimosos gemidos el dolor?Cuantos escribieron consuelos no dicen otra cosa.

SEMPRONIO.



Lee más adelante, vuelve la hoja: hallarás que dicen que fiar en lo temporal y buscar materia de tristeza que es igual género de locura. Y aquel Macías ídolo de los amantes, del olvido porque le olvidaba, se quejaba. En el contemplar está la pena de amor, en el olvidar el descanso. Huye de tirar coces al aguijón. Finge alegría y consuelo, y serlo ha. Que muchas veces la opinión trae las cosas donde quiere, no para que mude la verdad, pero para moderar nuestro sentido y regir nuestro juicio.

CALIXTO



Sempronio amigo, pues tanto sientes mi soledad, llama a Parmeno y quedará conmigo, y de aquí adelante sé, como sueles, leal, que en el servicio del criado está el galardón del señor. Pármeno.

PARMENO.



Aquí estoy, señor.

CALIXTO.


Tú, Pármeno, ¿qué te parece de lo que hoy ha pasado? Mi pena es grande, Melibea alta, Celestina sabia y buena maestra destos negocios. No podemos errar. Tú me la has aprobado, con toda tu enemistad. Yo te creo. Que tanta es la fuerza de la verdad, que la lenguas de los enemigos trae a su mandar. Así que, pues ella es tal, más quiero dar a ésta cien monedas que a otra cinco.

PARMENO.



¿Ya lloras? (¡Duelos tenemos! ¡En casa se habrán de ayunar estas franquezas!)

CALIXTO.



Pues pido tu parecer, seme agradable, Pármeno. No abajes la cabeza al responder. Más, como la envidia es triste, la tristeza sin lengua, puede más contigo su voluntad que mi temor. ¿Qué dijiste, enojoso?

PARMENO.



Digo, señor, que irán mejor empleadas tus franquezas en presentes y servicios a Melibea, que no dar dineros aquella que yo me conozco, y lo que peor es, hacerte su cautivo.

CALIXTO.



Porque a quien dices al secreto das tu libertad.

JUAN BOSCAN


Poeta español. Se asegura que nació por el año de 1493 y que murió{o en 1542 en Barcelona.

Fue ayo del Duque de Alba; viajó varias veces a Italia, contrajo matrimonio con doña Ana Girón de Rebolledo, dama culta, quien, después de muerto Boscán, se dio a la tarea de publicar su producción poética.

Gracilazo de la Vega fue amigo entrañable de este poeta y tiene el mérito de haber perfeccionado los metros italianos que Boscán ensayo por primera vez en España.

Tradujo en prosa  El cortesano, de Castiglione. A Boscán lo inmortaliza el hecho de haber contribuido a la renovación literaria, con la implantación de las formas italianas que Gracilazo perfecciona.

SONETO



Dulce soñar y dulce congojarme,
Cuando estaba soñando que soñaba;
Dulce gozar con lo que me engañaba,
Si un poco más durara el engañarme.
Dulce no estar en mí, que figurarme
Podía cuanto bien yo deseaba;
Dulce placer, aunque me importunaba,
Que alguna vez llegara a despertarme.
¡oh, sueño, cuanto  mas leve y sabroso
me fueras, si vinieras tan pesado,
que asentaras en mí con más reposo!
Durmiendo en fín, fui bienaventurado:
Y es justo en la mentira ser dichoso,
Quien siempre en la verdad fue desdichado.

SONETO



Si en mitad del dolor tener memoria
Del pasado placer es gran tormento,
Así también en el contentamiento
Acordarse del mal pasado es gloria.
Por do, según el curso desta historia,
No hay cosa que me venga al pensamiento
Que toda no se vuelva en un momento
En lustre y a favor de mi victoria.
Como en la mar, GRACILA de la tiniebla,
Pone alborozo, el asomar el día,
Y entonces fue placer la noche escura.
Así en mi GRACILA (ida la niebla)
Levanta en mayor punto la alegría
El pasado dolor de la tristura.

GRACILASO DE LA VEGA.


Escritor e historia peruano. Nació en Cuzco en 1540 y murió en Córdoba, España, en 1615.

Tenía parentesco con el poeta español Gracilazo de la Vega y por la línea materna, con el rey de los incas, Atahualpa.

Vivió muchos años en España; su obra literaria le señala como un buen prosista.

Tradujo los  Diálogos de amor,  de León Hebreo. Inspirado en la tradición peruana, narra muchos episodios históricos de su pueblo, en los  Comentarios reales, Historia general del Perú y la  Florida del Inca.

SONETO.



Escrito está en mi alma vuestro gesto,
Y cuando yo escribir de vos deseo;
Vos sola lo escribistes, yo lo leo
Tan sólo, que aun de vos me guardo en esto.
En esto estoy y estaré siempre puesto;
Que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
De tanto bien lo que no entiendo creo,
Tomando ya la fe por propuesto.
Yo no nací sino para quereros;
Mi alma os ha cortado a su medida;
Por hábito del alma misma os quiero.
Cuanto tengo confieso yo deberos;
Por vos nací, por vos tengo la vida,
Por vos he de morir y pos vos muero.

SONETO.



En tanto que de rosa y azucena
Se muestra la color en vuestro gesto,
Y que vuestro mirar ardiente, honesto,
Enciende el corazón y lo refrena,
Y en tanto que el cabello, que en la vena
Del oro se escogió, con vuelo presto,
Por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
El viento mueve, esparce y desordena;
Coged de vuestra alegre primavera
El dulce fruto, antes que el viento airado
Cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado,
Todo lo mudará la edad ligera,
Por no hacer mudanza en su costumbre.

SONETO



¡Oh, dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!
Juntas estáis en la memoria mía,
Y con ella en mi muerte conjuradas.
¿Quién me dijera, cuando en las pasadas
horas en que tanto bien por vos me vía,
que me habíades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?
Pues en una hora junto me llevastes
Todo el bien que por término me distes,
llevadme junto al mal que me dejastes.
Si no, sospecharé que me pusistes
En tantos bienes, porque deseastes
Verme morir entre memorias tristes.

GUTIERRE DE CETINA



Poeta y soldado español, nacido en Sevilla, uno de los primeros petrarquistas castellanos; sirvió a Carlos V en Italia y Alemania.
Marcho a México, donde murió en circunstancias un tanto confusas. Adopto como nombre poético  Vandalio .
Sus madrigales alcanzaron una extraordinaria difusión.
Escribió también muchos sonetos, canciones, estancias y epístolas, y en prosa, Paradoja en defensa de los cuernos y Dialogo entre la cabeza y la gorra.
Escribió también ciento cuarenta y cuatro sonetos; once canciones, nueve estancias y diecisiete epístolas. Canto al amor en exquisitos madrigales.

MADRIGAL.



Ojos claros, serenos,
Si de dulce mirar sois alabados,
¿Por qué, si me miráis, miráis airados?
Sí cuando más piadosos,
Más bellos parecéis a aquel que os mira,
No me miréis con ira,
Porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos  claros serenos,
Ya que así me miráis, miradme al menos.

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA



El más ilustre de los escritores españoles. Nace en Alcalá de Henares el 29 de septiembre de 1547.

La condición económica de sus padres, precaria e insuficiente para sostener una numerosa familia, los obliga a trasladarse a Sevilla, posteriormente van a Madrid, lugar en que Cervantes continúa sus estudios con el maestro Juan López de Hoyos.

Posteriormente presta servicios  como camarero del cardenal Julio Acquaviva y le acompaña a Roma.

Se alista en la milicia y participa en la gloriosa batalla de Lepanto en la que recibe dos arcabuzazos que le inutilizan el brazo izquierdo para el resto de su vida.

Estuvo cinco años prisionero en Argel; rescatado gracias a la intervención de los padres trinitarios y por colectas publicas que se hicieron, vuelve a Sevilla y su mala suerte le complica en líos judiciales, por lo que se le encarcela.

Entre esas dificultades y privaciones escribe su obra maestra, con la cual se inmortaliza:  El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, monumento de la literatura española.

Además de esa obra genial, Cervantes escribe obras teatrales:  El cerco de Numancia y El trato de Argel.  En sus  Novelas ejemplares  se manifiesta también como el mejor, prosista de su tiempo,  La ilustre fregona, Rinconete y Cortadillo, La española inglesa, Las dos doncellas, El casamiento engañoso, El coloquio de los perros, El Licenciado Vidriera,  son algunas de ellas.

En verso escribió:  El viaje al Parnaso,  poema escrito en tercetos y un buen número de poemas líricos breves.

Este genio de la literatura, conocido también como el Príncipe de las Letras Españolas, El príncipe de los Ingenios y El Manco de Lepanto, murió en Madrid, el 23 de abril de 1616.

EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA



En un lugar de la Manche de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza de astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, y algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflas de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años: era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada  (que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben),  aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.

Es, pues de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta aflicción y gusto, que olvidó casi todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intrincadas razones suyas le parecían de perlas y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura”. Y también cuando leía: “los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza”.

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y  desvelabase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo. Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís deba y recibía. Porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales.
Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y darle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.

Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto, graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas ámese Micolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de valentía no le iba en zaga.

En resolución, el se enfrasco tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio. Llénasele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero duque no tenía que ver con el caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con  Bernardo del Carpio, porque en Roncestria de Hércules cuando ahogó a Ateneo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, el solo era afable y bien criado, pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldo de Montalbán, y más cuando lo veía salir de su ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coses al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura.

En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el ,más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginabas el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio prisa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que tomadas de orín y llenas de moho. Luengos siglos había que estaban puestas  y olvidadas  en un rincón. Limpiólas y aderézalas lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacía una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada sacó su espada y le dio dos golpes y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y por asegurarse de este peligro, la tornó a hacer de nuevo poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza y sin querer hacer una nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.

Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fiut, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid, con el se igualaban.

Cuatro días se le pasaron en imaginar que nombre le pondría porque (según se decía él a sí mismo) no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido antes de que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que mundano su señor estado, mudase él también el nombre, y lo cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos lo rocines del mundo.

Puesto nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérselo a si mismo y en este pensamiento duró otros ocho días y al cabo se vino a llamar Don Quijote, de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan verdadera historia, que sin duda se debía llamar Quijada y no  Quesada, como otros quisieron decir.

Pero acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse don Quijote de la Mancha con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre de ella.

Limpias pues sus armas echo del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma.

Decíase él: “Si yo por males de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y lo derribo de un encuentro,  o lo parto por mitad del cuerpo, o finalmente lo venzo y lo rindo, ¿no será bien tener a quién enviarlo presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: “Yo señora, soy el gigante Caraculiambro señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mando que me presentase ante la vuestra merced para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante?” ¡Oh, como se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que de muy buen parecer, de quién él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cata de ello.

Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le aprecio bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso: nombre a su parecer músico y peregrino, y significativo como todos los demás que a él y sus cosas había puesto.

En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo; y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
-La aventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todas las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que está es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
-¿Qué gigantes?-dijo Sancho Panza
-Aquellos que allí ves- respondió su amo-, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
-Mire vuestra merced-respondió Sancho-, que aquellos que allí se parecen, no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacer andar la piedra del molino.
-Bien parece.- respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento y no gigantes aquellos que iba a acometer.

Pero él iba tan puesto en que eran gigantes que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo eran, antes iba diciendo en voces altas:
-No huyáis cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantose en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
-pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y e diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance lo socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante, y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo.

Acudió  su escudero Sancho Panza a socorrerlo a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.

-¡válgame Dios!- dijo Sancho,- ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

-Calla, amigo Sancho.-respondió don Quijote que las cosas de la guerra, más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más que yo pienso, y así es verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; más al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espalda.





Creative Commons License
Estos contenidos son Copyleft bajo una Licencia de Creative Commons.
Pueden ser distribuidos o reproducidos, mencionando su autor.
Siempre que no sea para un uso económico o comercial.
No se pueden alterar o transformar, para generar unos nuevos.

 
TodoMonografías.com © 2006 - Términos y Condiciones - Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. Creative Commons License