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Antología de Poesía española y universal parte 4 - Monografía



 
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JUAN RUIZ DE ALARCÓN



Dramaturgo mexicano. Relator del Consejo de Indias. Nació en la Nueva España, algunos biógrafos que en Taxco, Gro. por el año de 1851 y murió en Madrid en 1634.
Durante su permanencia en España sufrió burlas de sus adversarios por su condición física, pues era jorobado.
Su personalidad literaria fulgura al igual que las de Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca.
Es considerado uno de los cuatro principales autores dramáticos del siglo de oro.
Su obra se caracteriza por su buen gusto, expresión natural, elegante y castizo, tendencia moralizadora, y definición precisa de caracteres.
Sus obras teatrales más conocidas, son: Las paredes oyen, La verdad sospechosa, La cueva de Salamanca, Los pechos privilegiados, No hay mal que por bien no venga, El examen de maridos, El tejedor de Segovia, Ganar amigos, etc.

LOS PECHOS PRIVILEGIADOS



Personas que hablan en ella:

- El REY don Alfonso de León, galán
- Don RODRIGO de Villagómez, galán
- El rey don SANCHO, galán
- Don RAMIRO, galán
- El CONDE Melendo, viejo grave
- Don BERMUDO, su hijo
- NUÑO, criado del Conde
- CUARESMA, gracioso
- Doña LEONOR, dama
- Doña ELVIRA, dama
- JIMENA, villana
- Un PAJE
- Don MENDO, cortesano
- Otro CORTESANO
- FORTÚN, criado del rey don Sancho
- Dos VILLANOS

ACTO PRIMERO



Salen el

CONDE y RODRIGO



RODRIGO:     


Famoso Melendo, conde
de Galicia, no penséis
que la pretensión que veis
sólo al amor corresponde
de mi adorada Leonor;
que vuestra firme amistad
tiene más autoridad
en mi pecho que su amor.
Por esto me resolví
a lo que el alma desea,
porque parentesco sea
lo que amistad hasta aquí.

CONDE: 


Bien pienso, noble Rodrigo
de Villagómez, que estáis
seguro de que gozáis
el primer lugar conmigo
de amistad; bien lo he mostrado
con una y otra fineza,
pues yo he sido de su alteza
ayo, tutor y privado;
y aunque el amor he entendido
que os tiene su majestad,
estimo vuestra amistad
tanto, que no me han movido
a que de él quiera apartaros
los celos de su privanza;
que ésta es la mayor probanza
que de mi fe puedo daros;
que es alta razón de estado,
si bien no conforme a ley,
no subir cerca del rey
competidor el privado;
porque la ambición inquieta
es de tan vil calidad,
que ni atiende a la amistad,
ni el parentesco respeta.
Mas aunque es tan verdadera
mi amistad, no por amigo
me obligáis; que por Rodrigo
de Villagómez os diera
también de Leonor la mano,
alegre y desvanecido
de lo que con tal marido
gana mi hija, y yo gano.

RODRIGO:


Las plantas, Melendo, os beso
por la merced que me hacéis.


CONDE:


Alzad, alzad; que ofendéis
vuestra estimación con eso,
pues ni el reino de León
ni España toda averigua
o calidad más antigua,
o más ilustre blasón
que vuestra prosapia ostenta;
a quien, para eternizallos,
dan fuerza tantos vasallos,
y tantos lugares rentardiana

JOSE HERNANDEZ



El poeta argentino José Hernández (1834-1886) fue un autodidacta que luchó por la autonomía de los gauchos. Curiosamente lo que no consiguió en su actividad política lo obtuvo por medio de la literatura. Su poema épico conocido como Martín Fierro, formado por dos partes El gaucho Martín Fierro y La vuelta de Martín Fierro, se convirtió en la obra capital de la literatura argentina y reflejo de la paz, sencillez e independencia de la gente de la Pampa: los gauchos.

Los primeros versos de este poema es lo que aquí recita un actor.
No se tienen muchos datos sobre la infancia de Hernández, aunque parece ser que una enfermedad de la adolescencia le obligó a vivir en las pampas. Allí fue donde entró en contacto con el estilo de vida, la lengua y el código del honor de los gauchos.

Autodidacta, adquirió una sólida ideología política a través de sus numerosas lecturas. Su postura federal y reformista le llevó a enfrentarse con Sarmiento. Entre 1852 y 1872, durante una época de gran agitación política, defendió la idea de que las provincias no debían permanecer ligadas a las autoridades centrales, establecidas en Buenos Aires. Participó en la última rebelión gaucha, la del general Ricardo López Jordán, un desdichado movimiento que finalizó en 1871 con la derrota de los gauchos y el exilio de Hernández a Brasil.

Con la victoria de Nicolás Avellaneda, pudo regresar a Argentina en 1874. Vivió en Buenos Aires y continuó su lucha por otros medios: fundó el periódico Revista del Río de la Plata, en el que defendió posturas federalistas, y desempeñó los cargos de diputado y senador de la provincia de Buenos Aires.

Fragmento de Martín Fierro.
De José Hernández.
“La vuelta de Martín Fierro”, I.

Aquí me pongo a cantar
Al compás de la vigüela,
Que el hombre que lo desvela
Una pena extraordinaria,
Como la ave solitaria
Con el cantar se consuela.

Pido a los santos del Cielo
Que ayuden mi pensamiento,
Les pido en este momento
Que voy a cantar mi historia
Me refresquen la memoria
Y aclaren mi entendimiento.

Vengan santos milagrosos,
Vengan todos en mi ayuda,
Que la lengua se me añuda,
Y se me traba la vista;
Pido a mi Dios que me asista
En esta ocasión tan ruda.

Yo he visto muchos cantores,
Con famas bien obtenidas,
Y que después de adquiridas
No las quieren sustentar:-
Parece que sin largar
Se cansaron en partidas.

Más ande otro criollo pasa
Martín Fierro ha de pasar,
Nada lo hace recular
Ni los fantasmas lo espantan;
Y dende que todos cantan
Yo también quiero cantar.

Cantando me he de morir,
Cantando me han de enterrar
Y cantando he de llegar
Al pie del Eterno Padre-
Dende el vientre de mi madre
Vine a este mundo a cantar.

Que no se trabe mi lengua
Ni me falte la palabra-
El cantar mi gloria labra
Y poniéndome a cantar,
Cantando me han de encontrar
Aunque la tierra se abra.

Me siento en el plan de un bajo
A cantar un argumento-
Como si soplara el viento
Hago tiritar los pastos-
Con oros, copas y bastos
Juega allí mi pensamiento.

Yo no soy cantor letrao,
Mas si me pongo a cantar
No tengo cuándo acabar
Y me envejezco, cantando
Las coplas me van brotando
Como agua de manantial.

Con la guitarra en la mano
Ni las moscas se me arriman,
Naide me pone el pie encima,
Y cuando el pecho se entona,
Hago gemir a la prima
Y llorar a la bordona.

Yo soy toro en mi rodeo
Y toraso en rodeo ajeno,
Siempre me tuve por güeno
Y si me quieren probar,
Salgan otros a cantar
Y veremos quién es menos.

No me hago al lao de la güeya
Aunque vengan degollando,
Con los blandos yo soy blando
Y soy duro con los duros,
Y ninguno, en un apuro
Me ha visto andar titubeando.

En el peligro ¡qué Cristos!
El corazón se me ensancha,
Pues toda la tierra es cancha
Y de esto naide se asombre,
El que se tiene por hombre,
Ande quiera hace pata ancha.

Soy gaucho, y entiendaló
Como mi lengua lo explica,
para mí la tierra es chica
Y pudiera ser mayor,
Ni la víbora me pica
Ni quema mi frente el sol.

Nací eomo nace el peje
En el fondo de la mar,
Naides me puede quitar
Aquello que Dios me dió,
Lo que al mundo truje yo
Del mundo lo he de llevar.

Mi gloria es vivir tan libre
Como el pájaro del cielo,
No hago nido en este suelo
Ande hay tanto que sufrir
Y naides me ha de seguir
Cuando yo remonto el vuelo.

ESTEBAN ECHEVERRIA



Esteban Echeverría (1805-1851), escritor argentino, perteneciente a la generación del 37, que introdujo el romanticismo en Argentina. De familia acomodada, vivió en París de 1825 a 1829, estudiando la filosofía y la literatura románticas. En 1838 contribuyó a la fundación de la Joven Argentina, sociedad secreta de pensamiento avanzado y contraria al dictador Juan Manuel de Rosas. Debió exiliarse en Montevideo, en 1840, y allí murió años más tarde.

Su obra poética comprende poesías líricas como Los consuelos (1834) y Rimas (1837), narraciones en verso como Elvira o la novia del Plata (1832) y La cautiva (incluida en el segundo título), con evocaciones de la vida de los indios nómadas y la dilatada llanura pampeana (véase Pampa). Se conoció póstumo un largo poema épico, El ángel caído, que registra influencias del escritor inglés lord Byron y del español José de Espronceda.

Sólo dejó un relato, El matadero (hacia 1838), que se considera el fundamento del realismo sudamericano. En el plano doctrinario redactó el texto guía de su generación, que tiene propuestas políticas y una breve historia de la cultura rioplatense: Dogma socialista de la Asociación de Mayo (1846), en el que acusa las lecturas de Saint-Simon.


JOSE MARMOL



Nació en Santo Domingo, Republica Dominicana, en 1960. Estudio filosofía y lingüística aplicada. Profesor y coordinador de la cátedra de filosofía en prestigiosas universidades dominicanas. Fundador y director de la Colección Egro de Poesía Dominicana Contemporánea.

Ha publicado los siguientes poemarios: El ojo del arúspice  (1984), La invención del día (Premio nacional de Poesía 1987) , Encuentro con las mismas otredades II (1989).

En prosa ha publicado Monografía sobre Rufino de Mingo ( en colaboración con José  David Miranda, Madrid 1991), Etica del poeta, escritos sobre literatura y arte (1997) yPremisas para morir, aformismos y fragmentos (1999).

José Mármol fue un vehemente poeta romántico argentino. Luchó contra Juan Manuel de Rosas y le costó la cárcel. Su visión de la futura sociedad argentina no hundía sus raíces en la propia patria, sino que su modelo era Europa. Por eso su poesía, como este fragmento de “Crepúsculo”, es equiparable en formas y contenidos a cualquier otro poema romántico europeo.

GERTRUDIS GOMEZ DE AVELLANEDA



Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), escritora nacida en Cuba y que vivió en España desde los 22 años, considerada como una de las voces más auténticas del romanticismo hispano.

Su vida fue un cúmulo de desgracias comparables a las de sus personajes. La muerte de su padre y un casamiento apresurado de su madre la hicieron salir de Cuba hacia Europa, donde entró en contacto con la literatura romántica del momento, Victor Hugo, Chateaubriand y Lord Byron. La muerte de sus dos maridos y el abandono de su amante cuando ella se encontraba embarazada de una niña que nació muerta inclinaron su temperamento depresivo y apasionado hacia el espiritismo y periodos de retiro religioso, aunque siempre contó con el apoyo de escritores como José Zorrilla, Fernán Caballero, José de Espronceda, o Alberto Lista; sin embargo, su espíritu independiente y sus escándalos amorosos también le valieron las críticas de personajes como Marcelino Menéndez Pelayo, que impidió que entrara en la Real Academia Española.

Escribió poesía, novela y teatro y destacó en los tres géneros, al incorporar a las letras españolas el ambiente caribeño, sentido en Europa como exótico, en un tono melancólico y nostálgico. Son ejemplo de ello sus novelas Guatimozín, último emperador de México (1846) o El cacique de Turmequé (1860). Su compromiso social se hace patente en Sab, la primera novela antiesclavista de las letras españolas.

Su poesía se centra en el tema del amor desdichado y pesimista como puede verse en algunos de sus sonetos más conocidos: A partir, A él, A la poesía, publicados antes de 1841 y recogidos en un libro de poemas en 1851.

En el teatro, intentó fundir la tragedia clásica con el drama romántico pero sin caer en los excesos de éste, como en los dramas operísticos Saúl (1849) o Baltasar (1858), considerada la mejor de sus obras por el retrato psicológico de sus personajes.

Gertrudis Gómez de Avellaneda, a pesar de haber sido una autora muy valorada en su época, pasó después por un periodo de olvido pero la crítica actual la considera una precursora del feminismo moderno tanto por su actitud vital como por la fuerza que imprime a sus personajes femeninos literarios.

JORGE ISAACS



Jorge Isaacs (1837-1895), escritor colombiano cuya fama se debe a un pequeño volumen de poemas, Poesías (1864), y a una sola novela, María (1867), que obtuvo un éxito inmediato y se convirtió en la novela más popular, imitada y leída de Latinoamérica sólo superada, según la crítica, por Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Isaacs descendía de una rica familia judía británica que se mudó desde Jamaica a una propiedad en el Valle del Cauca, cerca de Cali donde nació. Estudió en Bogotá y, en lugar de seguir la carrera de medicina, como había planeado, se enroló en el Ejército para combatir en la guerra del Cauca (1860-1863), un enfrentamiento civil que destruyó las propiedades de su familia y le privó de sus riquezas.

Reducido a la pobreza, Isaacs se trasladó a Bogotá con el fin de dedicarse a la literatura. Su primera colección de poemas obtuvo un gran éxito, al igual que María, novela lírico sentimental y su mejor obra, que cosechó un éxito espectacular. Antes de finalizar el siglo XIX, llevaba 50 ediciones. La novela, un romance elegíaco, describe una idílica existencia en el valle del Cauca, y contiene pasajes ambientados en África en los que el autor idealiza el noble salvajismo y condena la esclavitud. La historia de los amores de María y su primo Efraín, a la que añade las de otras parejas de jóvenes, que pertenecen a clases sociales y etnias diferentes, se complementan entre sí. Al desarrollo amoroso de los protagonistas corre paralelo un ahondamiento progresivo de la realidad social. Se la puede considerar como novela realista romántica americana por antonomasia, aunque algunos la sitúan dentro del folletín. Además es la obra precursora de la novela regionalista de las décadas de 1920 y 1930.

Isaacs fue incapaz de repetir el éxito de esta su primera novela, a pesar de que continuó intentándolo. Alternó la escritura con varios cargos dentro del funcionariado, y fue cónsul de su país en Chile. Sin embargo, se le denegó repetidamente la posibilidad de recuperar su fortuna familiar y en 1895 murió, en Ibagué, Tolima, en la pobreza.

Fragmento de María.
De Jorge Isaacs.
Capítulo LXII.

En la mañana que siguió a la tarde en que María me escribió su última carta, Emma después de haberla buscado inútilmente en su alcoba, la halló sentada en el banco de piedra del jardín: dejábase ver lo que había llorado: sus ojos fijos en la corriente y agrandados por la sombra que los circundaba, humedecían aún con algunas lágrimas despaciosas aquellas mejillas pálidas y enflaquecidas, antes tan llenas de gracia y lozanía: exhalaba sollozos ya débiles, ecos de otros en que su dolor se había desahogado.

-¿Por qué has venido sola hoy? -le preguntó Emma abrazándola-: yo quería acompañarté como ayer.

-Sí -le respondió-; lo sabía; pero deseaba venir sola: creí que tendría fuerzas. Ayúdame a andar.

Se apoyó en el brazo de Emma y se dirigió al rosal de enfrente a mi ventana. Luego que estuvieron cerca de él, María lo contempló casi sonriente, y quitándole las dos rosas más frescas, dijo:

-Tal vez serán las últimas. Mira cuántos botones tiene: tú le pondrás a la Virgen los más hermosos que vayan abriendo.

Acercando a su mejilla la rama más florecida, añadió:

-¡Adiós, rosal mío, emblema querido de su constancia! Tú le dirás que lo cuidé mientras pude -dijo volviéndose a Emma, que lloraba con ella.

Mi hermana quiso sacarla del jardín diciéndole:

-¿Por qué te entristeces así? ¿No ha convenido papá en demorar nuestro viaje? Volveremos todos los días. ¿No es verdad que te sientes mejor?

-Estémonos todavía aquí -le respondió acercándose lentamente a la ventana de mi cuarto-: la estuvo mirando olvidada de Emma, y se inclinó después a desprender todas las azucenas de su mata predilecta, diciendo a mi hermana-: Dile que nunca dejó de florecer.

Ahora sí vámonos.
Volvió a detenerse en la orilla del arroyo, y mirando en torno suyo apoyó la frente en el seno de Emma murmurando:

-¡Yo no quiero morirme sin volver a verlo aquí!
Durante el día se la vio más triste y silenciosa que de costumbre. Por la tarde estuvo en mi cuarto y dejó en el florero, unidas con algunas hebras de sus cabellos, las azucenas que había cogido por la mañana; y allí fue Emma a buscarla cuando ya había oscurecido. Estaba de codos en la ventana, y los bucles desordenados de la cabellera casi le ocultaban el rostro.

-María -le dijo Emma después de haberla mirado en silencio unos momentos-, ¿no te hará mal este viento de la noche?

Ella, sorprendida al principio, le respondió tomándole una mano, atrayéndola a sí y haciendo que se sentase a su lado en el sofá:
-Ya nada puede hacerme mal.

-¿No quieres que vayamos al oratorio?

-Ahora no: deseo estarme aquí todavía; tengo que decirte tantas cosas…

-¿No hay tiempo para que me las digas en otra parte? Tú, tan obediente a las prescripciones del doctor, vas así a hacer infructuosos todos sus cuidados y los nuestros: hace dos días que no eres ya dócil como antes.

-Es que no saben que voy a morirme -respondió abrazando a Emma y sollozando contra su pecho.

-¿Morirte? ¿morirte cuando Efraín va a llegar?…

-Sin verlo otra vez, sin decirle… moriré sin poderlo esperar. Esto es espantoso -agregó estremeciéndose después de una pausa-; pero es cierto: nunca los síntomas del acceso han sido como los que hoy estoy sintiendo. Yo necesito que lo sepas todo antes que me sea imposible decírtelo. Oye: quiero dejarle cuanto yo poseo y le ha sido amable. Pondrás en el cofrecito en que tengo sus cartas y las flores secas, este guardapelo donde están sus cabellos y los de mi madre; esta sortija que me puso en vísperas de su viaje; y en mi delantal azul envolverás mis trenzas… No te aflijas así -continuó acercando su mejilla fría a la de mi hermana-: yo no podría ya ser su esposa… Dios quiere librarlo del dolor de hallarme como estoy, del trance de verme espirar. ¡Ay! yo podría morirme conforme dándole mi último adiós. Estréchalo por mí en tus brazos y dile que en vano luché por no abandonarlo… que me espantaba más su soledad que la muerte misma, y… María dejó de hablar y temblaba en los brazos de Emma; cubrióla ésta de besos y sus labios la hallaron yerta; llamóla y no respondió; dio voces y ocurrieron en su auxilio.

Todos los esfuerzos del médico fueron infructuosos para volverla del acceso, y en la mañana del siguiente día se declaró impotente para salvarla.

El anciano cura de la parroquia ocurrió a las doce al llamamiento que se le hizo.

Frente al lecho de María se colocó en una mesa adornada con las más bellas flores del jardín, el crucifijo del oratorio, y lo alumbraban dos cirios benditos. De rodillas ante aquel altar humilde y perfumado oró el sacerdote durante una hora, y al levantarse, le entregó uno de los cirios a mi padre y otro a Mayn para acercarse con ellos al lecho de la moribunda. Mi madre y mis hermanas, Luisa, sus hijas y algunas esclavas se arrodillaron para presenciar la ceremonia. El ministro pronunció estas palabras al oído de María:
-Hija mía, Dios viene a visitarte: ¿quieres recibirlo?

Ella continuó muda e inmóvil como si durmiese profundamente. El sacerdote miró a Mayn, quien, comprendiendo al instante esa mirada, tomó el pulso a María, diciendo en seguida en voz baja:
-Cuatro horas lo menos.

El sacerdote la bendijo y la ungió. Los sollozos de mi madre, mis hermanas y las hijas del montañés acompañaron la oración.

Una hora después de la ceremonia, Juan se había acercado al lecho y se empinaba para alcanzar a ver a María, llorando porque no lo subían. Tomólo mi madre en sus brazos y lo sentó en el lecho.

-¿Está dormida, no? -preguntó el inocente reclinando la cabeza en el mismo almohadón en que descansaba la de María y tomándole en sus manitas una de las trenzas como lo acostumbraba para dormirse.

Mí padre interrumpió esa escena que agotaba las fuerzas de mi madre y los asistentes presenciaban contristados.

A las cinco de la tarde, Mayn, que permanecía a la cabecera pulsando constantemente a María, se puso en pie, y sus ojos humedecidos dejaron comprender a mi padre que había terminado la agonía. Sus sollozos hicieron que Emma y mi madre se precipitasen sobre el lecho. Estaba como dormida; pero dormida para siempre… ¡muerta! ¡sin que mis labios hubiesen aspirado su postrer aliento, sin que mis oídos hubiesen escuchado su último adiós, sin que algunas de tantas lágrimas vertidas por mí después sobre su sepulcro, hubiesen caído sobre su frente!

Cuando mi madre se convenció de que Maria había muerto, ante su cadáver, bañado de la luz de los arreboles de la tarde que penetraba en la estancia por una ventana que acababan de abrir, exclamó con voz enronquecida por el llanto besando una de esas manos ya fría e insensible:

-¡María!… ¡hija de mi corazón!… ¿por qué nos dejas así?… ¡Ay! ya nunca más podrás oírme… ¿Qué responderé a mi hijo cuando me pregunte por ti? ¿Qué hará, Dios mío?… ¡Muerta! ¡muerta sin haber exhalado una queja!

Ya en el oratorio, sobre una mesa enlutada, vestida de gro blanco y recostada en el ataúd, mostraba en su rostro algo de sublime resignación. La luz de los cirios brillando en su frente tersa y sobre sus anchos párpados, proyectaba la sombra de las pestañas sobre las mejillas: aquellos labios pálidos parecían haberse helado cuando intentaban sonreír; podía creerse que alentaba aún. Sombreábanle la garganta las trenzas medio envueltas en una toca de gasa blanca, y entre las manos, descansándole sobre el pecho, sostenía un crucifijo.

RICARDO PALMA



Nacido en Lima, se inició muy temprano en la vida periodística y literaria, con poemas, piezas teatrales y sátiras políticas. Fue uno de los jóvenes “bohemios” (así los bautizó él mismo) que introdujeron el romanticismo en el Perú, pero hacia 1860 empezó a notarse que su talento lo llevaba en otra dirección -al mismo tiempo más liviana y menos artificiosa-, guiado por su innata ironía, su aguda observación de la realidad social y el gusto por una prosa pintoresca y con sabor popular.

Sus dos años de destierro en Chile (1861-1863) contribuyeron a su maduración literaria; a su vuelta al Perú llevó como fruto los Anales de la Inquisición de Lima (1863), su primer trabajo histórico importante. A lo largo de su larga y fecunda vida, Palma publicó una variedad de obras (libros de recuerdos y de viaje, estudios lexicográficos y literarios), pero nada supera el significado de sus Tradiciones, cuya primera serie aparece en 1872, iniciando así un ciclo que sólo se cierra en 1910; nuevas tradiciones siguieron apareciendo hasta pocos años antes de su muerte.

Ricardo Palma (1833-1918), escritor peruano que fue la mayor figura del tardío romanticismo (véase Romanticismo hispanoamericano) y que entroncó con el naciente realismo, el viejo costumbrismo español y la sátira criolla, para producir la exitosa fórmula de sus Tradiciones peruanas. A través de numerosas series, que se extienden hasta el siglo XX, se convirtió en uno de los prosistas clásicos más amenos de América.

Leyenda “UN TESORO Y UNA SUPERSTICIÓN”, en Tradiciones peruanas.



De Ricardo Palma.

Cura de Locumba, a principios del siglo actual, era el venerable doctor Galdo, quien fue llamado un día para confesar a un moribundo. Era éste un indio cargado de años, más que centenario, y conocido con el nombre de Mariano Choquemamani.

Después de recibir los últimos sacramentos, le dijo al cura:

-Taita, voy a confiarte un secreto, ya que no tengo hijo a quien transmitirlo. Yo desciendo de Titu-Atauchi, cacique de Moquegua en los tiempos de Atahualpa. Cuando los españoles se apoderaron del Inca, éste envió un emisario a Titu-Atauchi con la orden de que juntase oro para pagar su rescate. El noble cacique reunió gran cantidad de tejos de oro, y en los momentos en que se alistaba para conducir este tesoro a Cajamarca recibió la noticia del suplicio de Atahualpa. Titu-Atauchi escondió el oro en la gruta que existía en lo alto de Locumba,  costase sobre el codiciado metal y se suicidó. Su sepulcro está cubierto de arena fina hasta cierta altura: encima hay una palizada de pacays, y sobre éstos gran cantidad de esteras de caña, piedras, tierra y cascajo. Entre las cañas se encontrará una canasta de mimbre y el esqueleto de un loro. Este secreto me fue transmitido por mi padre, quien lo había recibido de mi abuelo. Yo, taita cura, te lo confío para que, si llegase a destruirse la iglesia de Locumba, saques el oro y lo gastes en edificar un nuevo templo.

Corriendo los años, Galdo comunicó el secreto a su sucesor.

El 18 de septiembre de 1833 un terremoto echó por tierra la iglesia de Locumba. El cura Cueto, que era el nuevo cura, creyó llegada la oportunidad de extraer el tesoro; pero tuvo que luchar con la resistencia de los indios, que veían en tal acto una odiosa profanación. No obstante, asociáronse algunos vecinos notables y acometieron la empresa, logrando descubrir los palos de pacays, esteras de cañas y el loro.

Al encontrarse con el esqueleto de esta ave los indios se amotinaron, protestando que asesinarían a los blancos que tuviesen la audacia de continuar profanando la tumba del cacique. No hubo forma de apaciguarlos, y los vecinos tuvieron que desistir del empeño.

En 1868 era ya una nueva generación la que había en Locumba; mas no por eso se había extinguido la superstición entre los indios.

El coronel don Mariano Pío Cornejo, que después de haber sido en Lima ministro de Guerra y Marina, se acababa de establecer en una de sus haciendas del valle de Locumba, encabezó nueva sociedad para desenterrar el tesoro. Trabajóse con tesón, sacáronse piedras, palos, esteras, y por fin llegó a descubrirse la canasta de mimbre. Dos o tres días más de trabajo, y todos creían seguro encontrar, junto con el cadáver del cacique, el ambicionado tesoro.

Extraída la canasta, vióse que contenía el cadáver de una vicuña.

Los indios lanzaron un espantoso grito, arrojaron hachas, picos y azadones y echaron a correr aterrorizados.

Existía entre ellos la tradición de que no quedaría piedra sobre piedra en sus hogares si con mano sacrílega tocaba algún mortal el cadáver del cacique.

Los ruegos, las amenazas y las dádivas fueron durante muchos días impotentes para vencer la resistencia de los indios.

Al cabo ocurrióle a uno de los socios emplear un recurso al que con dificultad resisten los indios: el aguardiente. Sólo emborrachándolos pudo conseguirse que tomaran las herramientas.

Removidos los últimos obstáculos apareció el cadáver del cacique de Locumba.

¡Victoria!, exclamaron los interesados. Quizá no había más que profundizar la excavación algunas pulgadas más para verse dueños de los anhelados tejos de oro.

Un mayordomo se lanzó sobre el esqueleto y quiso separarlo.

En ese mismo momento un siniestro ruido subterráneo obligó a todos a huir despavoridos. Se desplomaron las casas de Locumba, se abrieron grietas en la superficie de la tierra, brotando de ella borbollones de agua fétida; los hombres no podían sostenerse de pie, los animales corrían espantados y se desbarrancaban, y un derrumbamiento volvía a cubrir la tumba del cacique.

Se había realizado el supersticioso augurio de los indios: al tocar el cadáver, sobrevino la ruina y el espanto.

IGNACIO MANUEL ALTAMIRANO



Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), escritor mexicano de ascendencia indígena, es la figura literaria más relevante de su tiempo. Autor de Clemencia, considerada la primera novela moderna de México, Altamirano buscó la afirmación de los valores más mexicanos.

Nacido en Tixtla (Guerrero), recibió una beca instituida por Ignacio Ramírez, su discípulo y heredero, en el Instituto Literario de Toluca. Vivió en Morelos, escenario de su novela costumbrista El Zarco (episodios de la vida mexicana en 1861-1863), y más tarde, ya en la ciudad de México, estudió leyes en el Colegio de San Juan de Letrán, donde continuó perfeccionando su vasta cultura. Fue poeta, crítico, novelista, historiador y político. Se adhirió al movimiento liberal y, a su triunfo, fue nombrado diputado al Congreso de la Unión. Como coronel, luchó contra el imperio de Maximiliano, experiencia que aprovecharía en su novela Clemencia (1869), la primera novela moderna mexicana escrita con propósitos estéticos.

En 1869, después del triunfo de la república, fundó y dirigió la revista literaria de mayor trascendencia en aquél momento, El Renacimiento, donde puso en marcha su credo: alcanzar un arte nacional que, sin desdecirse de su origen europeo, lograra una unidad formal y temática. Ocupó diversos cargos públicos, además de ser nombrado cónsul general de México en España y representar a su país en varias reuniones internacionales.


FERNANDO CALDERON



Fernando Calderón (1809-1845), escritor mexicano, cultivó el drama y la poesía romántica, estilo que ayudó a difundir en su país.

Nació en Guadalajara, Jalisco. Estudió Derecho y Humanidades en la universidad de esa ciudad. Sus inquietudes políticas lo llevaron a combatir al dictador Antonio López de Santa Anna y a sufrir persecuciones. Ocupó numerosos cargos públicos.

Se le considera, junto con Ignacio Rodríguez Galván, el iniciador del romanticismo en México. Su obra gira en torno al amor, a la patria y a episodios de la historia ajenos a su país, reflejo del deseo de evasión propio de un poeta romántico.

Escribió: Reinaldo y Elina (1827), El torneo (1839), Herman o la vuelta del cruzado y Ana Bolena (1839). En Muerte de Virginia por la libertad de Roma, El soldado de la libertad y El sueño del tirano criticó la dictadura santanista, mientras que en A ninguna de las tres, satirizó la pobre educación de las mujeres y el afrancesamiento de las costumbres, en una réplica a la obra Marcela ¿o a cuál de las tres? (1831) del español Bretón de los Herreros. Murió en Ojocaliente, Zacatecas.

MANUEL M. FLORES



Manuel M. Flores (1840-1885), poeta romántico mexicano. Dentro del romanticismo mexicano es el poeta que mejor logra expresar una sensualidad no alejada de lo real en una poesía apegada a la vida. Si Manuel Acuña se suicida por Rosario de la Peña, Flores establece una relación con ella.

Nació en San Andrés Chalchicomula (Puebla) y estudió Filosofía en el Colegio de San Juan de Letrán hasta 1859, año en que abandonó la carrera.

Como la mayoría de los poetas mexicanos románticos, su trabajo poético estuvo compaginado con su actividad política. Perteneció al Partido Liberal, luchó contra los franceses, estuvo preso en el castillo de Perote y fue diputado al reinstaurarse la República.

Formó parte del Liceo Hidalgo y del grupo de escritores ligado a Ignacio Manuel Altamirano, quien le prologó su primer libro, Pasionarias, publicado en 1874. Póstumamente aparecieron Páginas locas (1903) y Poesías inéditas (1910), y en 1953, más de cien años después de su nacimiento, Rosas caídas, su diario. Murió ciego y en la pobreza en la ciudad de México.





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