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Antología de Poesía española y universal parte 5 - Monografía



 
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MANUEL ACUÑA



Manuel Acuña (1849-1873), poeta mexicano, el más representativo del romanticismo de su país.

Nacido en Saltillo (Coahuila), formó parte del Liceo Hidalgo y colaboró en diversos periódicos liberales de la época. El romanticismo de Acuña, como el de la mayoría de sus contemporáneos, incluía la acción política y el periodismo, y bajo la influencia de Ignacio Manuel Altamirano, mentor y aglutinador de esa generación, amalgamaba también el liberalismo y el positivismo.

Su poema más reconocido, “Ante un cadáver”, logra articular estos elementos. Acuña se suicidó en la ciudad de México, dejando una carta para su amigo, el poeta Juan de Dios Peza, y un poema a su musa, “Nocturno a Rosario”, que se volvió uno de los emblemas literarios del amor trágico. Escribió también poemas satíricos y amorosos, y dos obras de teatro: El pasado, ensayo en forma de drama, y Donde las dan las toman, que se perdió después de su muerte. Su obra se recogió póstumamente.

JUAN DE DIOS PEZA



Juan de Dios Peza (1852-1910), poeta y dramaturgo mexicano.

Nació en la ciudad de México y estudió en la Escuela Nacional Preparatoria. Tuvo amistad con Ignacio Ramírez (El Nigromante), Vicente Riva Palacio y Manuel Acuña, entre otros.

Llegó a ser un poeta muy popular, dentro del último grupo de románticos mexicanos. Su obra teatral La ciencia del hogar, en tres actos y en verso, se estrenó en 1874. Fue secretario de la embajada mexicana en Madrid desde 1878 y allí publicó la antología Lira mexicana. Se dio a conocer en otros países en particular por las traducciones de sus Cantos del Hogar (1890), obra a la que pertenece el poema Fusiles y muñecas.

A su regreso a México, alternó distintos nombramientos políticos con la enseñanza y la fundación de la Sociedad de Autores Mexicanos. Perteneció a la Academia Mexicana de la Lengua. Otras obras suyas son: Canto a la Patria, Flores del alma, Hojas de margarita y Últimos instantes de Colón. Murió en la ciudad de México.

REALISMO



Realismo (arte y literatura), en arte y en literatura, supone el intento por describir el comportamiento humano y su entorno, o por representar figuras y objetos tal y como actúan o aparecen en la vida cotidiana.

Esta tendencia ha existido periódicamente a través de la historia en todas las artes; sin embargo, el término se restringe habitualmente al movimiento que comenzó a mediados del siglo XIX, después de las revoluciones de 1848.

El término fue propuesto por el poeta francés Baudelaire para definir una serie de obras polémicas que reaccionaban frente a los fáciles y amables cuadros de la lánguida pintura tardorromántica.

La diferencia entre el realismo y el naturalismo es más difícil de definir, a pesar de que los dos términos son a menudo usados indistintamente.

La diferencia estriba en el hecho de que el realismo se ocupa directamente de aquellas cosas que son aprehendidas por los sentidos mientras que el naturalismo, un término más bien aplicado a la literatura, intenta aplicar teorías científicas al arte.

La literatura realista se define particularmente como la ficción producida en Europa y en Estados Unidos desde 1840 hasta la década de 1890, cuando el realismo fue desbancado por el naturalismo. Esta modalidad de realismo comenzó en Francia con las novelas de Gustave Flaubert (Madame Bovary, 1857) así como con los relatos cortos de Guy de Maupassant, en los que reaccionan contra el lirismo y la idealización románticas.

Es importante también la figura de Honoré de Balzac y su amplia visión social en sus novelas de La comedia humana. En Rusia, estuvo representado en las obras de teatro y en los relatos cortos de Antón Chéjov. La novelista George Eliot introdujo en la ficción inglesa el realismo; como declaró en Adam Bede (1859), su propósito era “dar una fiel representación de las cosas vulgares”.

NATURALISMO


Naturalismo (literatura), teoría según la cual la composición literaria debe basarse en una representación objetiva y empírica del ser humano. Se diferencia del realismo en que incorpora una actitud amoral en la representación objetiva de la vida. Los escritores naturalistas consideran que el instinto, la emoción o las condiciones sociales y económicas rigen la conducta humana, rechazando el libre albedrío y adoptando en gran medida el determinismo biológico de Charles Darwin y el económico de Karl Marx.

El naturalismo surgió por primera vez en las obras de los escritores franceses Edmond Huot de Goncourt, su hermano Jules Huot de Goncourt y Émile Zola, en cuyo ensayo ‘La novela experimental’ (1880) expuso su teoría del naturalismo literario. El naturalismo en España, más que una corriente literaria, se plasmó en obras y periodos concretos de escritores como Benito Pérez Galdós, con La desheredada (1881); Leopoldo Alas Clarín en La regenta (1884); Armando Palacio Valdés, El señorito Octavio (1881) y Vicente Blasco Ibáñez en su llamado ‘ciclo valenciano’. Emilia Pardo Bazán fue probablemente la única escritora que defendió abiertamente el naturalismo en su ensayo La cuestión palpitante (1883). Sus novelas Los pazos de Ulloa (1886) y El cisne de Vilamorta (1885), entre otras, se consideran naturalistas. En Sudamérica, el naturalismo aparece en la novela hacia 1880 en una corriente que busca sobre todo analizar los problemas étnicos y sociales a través de la conducta de los personajes. En Argentina fue el escritor Eugenio Cambaceres el máximo representante de esta escuela, con obras como Sin rumbo (1885) o En la sangre (1887), a la que se adscribieron también Juan Antonio Argerich, Manuel T. Podestá y Francisco Sicardi.

El mexicano Federico Gamboa publicó en 1903 Santa, que le dio renombre y le hizo conocido del gran público. El uruguayo Eduardo Acevedo Díaz escribió una trilogía sobre la independencia titulada Ismael (1888) y la peruana Clorinda Matto de Turner inició el naturalismo peruano con Aves sin nido (1889). En Chile, Baldomero Lillo publicó Sub-Terra (1904) y Sub-Sole (1907), y Augusto D’Halmar Juana Lucero (1902), ambos muy influidos por el naturalismo ruso y francés.

HONORATO DE BALZAC



Honoré de Balzac (1799-1850), escritor francés de novelas clásicas que figura entre las grandes figuras de la literatura universal, y cuyo nombre original era Honoré Balssa.

Balzac nació en Tours, el 20 de mayo de 1799. Hijo de un campesino convertido en funcionario público, tuvo una infancia infeliz. Obligado por su padre, estudió leyes en París de 1818 a 1821. Sin embargo, decidió dedicarse a la escritura, pese a la oposición paterna. Entre 1822 y 1829 vivió en la más absoluta pobreza, escribiendo teatro trágico y novelas melodramáticas que apenas tuvieron éxito. En 1825 probó fortuna como editor e impresor, pero se vio obligado a abandonar el negocio en 1828 al borde de la bancarrota y endeudado para el resto de su vida.

En 1829 escribió la novela Los chuanes, la primera que lleva su nombre, basada en la vida de los campesinos bretones y su papel en la insurrección monárquica de 1799, durante la Revolución Francesa (véase Chuanes). Aunque en ella se aprecian algunas de las imperfecciones de sus primeros escritos, es su primera novela importante y marca el comienzo de su imparable evolución como escritor. Trabajador infatigable, Balzac produciría cerca de 95 novelas y numerosos relatos cortos, obras de teatro y artículos periodísticos en los veinte años siguientes.

En 1832 comenzó su correspondencia con una condesa polaca, Eveline Hanska, quien prometió casarse con Balzac tras la muerte de su marido. Éste murió en 1841, pero Eveline y Balzac no se casaron hasta marzo de 1850. Balzac murió el 18 de agosto de ese mismo año.

EMILE ZOLA



Émile Zola (1840-1902), escritor francés y creador del naturalismo.

Zola nació en París, el 2 de abril de 1840, hijo de un ingeniero civil italiano. Tras la muerte de su padre, la familia vivió en la pobreza. Su primer trabajo fue el de empleado en una editorial. A partir de 1865 se ganó la vida escribiendo poemas, relatos y crítica de arte y literatura.

Su primera novela importante, Thérèse Raquin (1867), es un detallado estudio psicológico del asesinato y la pasión. Más tarde, inspirado por los experimentos científicos sobre la herencia y el entorno social, Zola decidió escribir un novela que ahondara en todos los aspectos de la vida humana, que documentara los males sociales, al margen de cualquier sensibilidad política. Asignó a esta nueva escuela de ficción literaria el nombre de naturalismo con el que pretendía hacer un análisis tan científico como los que habían hecho Darwin y Marx, y escribió una serie de veinte novelas entre 1871 y 1893, bajo el título genérico de Les Rougon-Macquart, con el fin de ilustrar sus teorías a través de una saga familiar. Tras una ardua investigación produjo un sorprendente y completo retrato de la vida francesa, especialmente la parisina, de finales del siglo XIX. Sin embargo, fue calificado de obsceno y criticado por exagerar la criminalidad y el comportamiento a menudo patológico de las clases más desfavorecidas.

Algunos de los libros que se ocupan de las cinco generaciones de la familia Rougon-Macquart, alcanzaron una gran popularidad. Entre las novelas de esta serie destacan La taberna (1877), un estudio sobre el alcoholismo; Nana, basada en la prostitución; Pot-bouille (1882), un análisis sobre las pretensiones de la clase media; Germinal (1885), un relato sobre las condiciones de vida de los mineros; La bestia humana (1890), una novela que analiza las tendencias homicidas; y El desastre (1892), un relato sobre la caída del Segundo Imperio. Estos libros, que el propio Zola consideraba documentos sociales, influyeron enormemente en el desarrollo de la novela naturalista. Sus obras posteriores, escritas a partir de 1893, son menos objetivas, más evangelizantes y, en consecuencia, menos logradas como novelas. Entre éstas figura la serie Las tres ciudades (3 volúmenes, 1894-1898), que incluye Lourdes (1894), Roma (1896) y París (1898). Zola escribió también varios libros de crítica literaria en los que ataca a sus enemigos, los escritores románticos. El mejor de sus escritos críticos es el ensayo La novela experimental (1880) y la colección de ensayos Los novelistas naturalistas (1881).

En enero de 1898 Zola se vio envuelto en el caso Dreyfus, cuando escribió una carta abierta que se publicó en el diario parisino L’Aurore. Es la famosa carta conocida como J’accuse (’Yo acuso’), en la que Zola arremete contra las autoridades francesas por perseguir al oficial de artillería judío Alfred Dreyfus, acusado de traición. Tras la publicación de esta carta, Zola fue desterrado a Inglaterra durante un año. Murió en París, el 29 de septiembre de 1902, intoxicado por el monóxido de carbono que producía una chimenea en mal estado.


GUSTAVE FLAUBERT


Gustave Flaubert (1821-1880), novelista francés encuadrado dentro de la escuela realista, alabado por su objetividad y la esmerada perfección de su estilo, cualidades ambas que se pueden encontrar en Madame Bovary, su trabajo más representativo.

Flaubert, hijo de un médico, nació en Ruán (Normandía) el 12 de diciembre de 1821. Estudió derecho en París durante un corto periodo de tiempo, pero su frágil salud le obligó a abandonarlo. Fue entonces cuando decidió dedicarse a escribir. Entre 1849 y 1851 viajó, en compañía de un amigo, por Grecia y Oriente Próximo, una experiencia que le inspiró los escenarios exóticos de dos de sus novelas.

Afectado por un desorden de tipo nervioso, transcurrió la mayor parte de su vida de forma tranquila, junto a su familia, en Croisset, una casa de campo cerca de Ruán, donde recibía frecuentes visitas de otros notables escritores. Allí murió el 8 de mayo de 1880.

El escritor francés del siglo XIX Gustave Flaubert destaca por su continua búsqueda de la perfección literaria. Sus novelas, cercanas a un estilo literario llamado realismo, caracterizado por una meticulosa observación y descripción de los detalles de la vida, tienen como contrapunto una forma y un lenguaje románticos. Su novela Madame Bovary (1857), es una de las mejores de la literatura francesa.

FIODOR MIJAILOVICH DOSTOIEVSKI



Fiódor Mijáilovich Dostoievski (1821-1881), novelista realista ruso, uno de los más importantes de la literatura universal, que escudriñó hasta el fondo de la mente y el corazón humanos, y cuya obra narrativa ejerció una profunda influencia en todos los ámbitos de la cultura moderna.

Considerado como uno de los escritores más sobresalientes de toda la literatura universal, el ruso Fiódor Dostoievski escribió novelas de gran intensidad psicológica que ponían al descubierto las motivaciones ocultas de los personajes. En sus obras trató temas como la lucha entre el bien y el mal en el fondo del alma humana, y la salvación por el sufrimiento. Los hermanos Karamazov (1879-1880), la mejor de sus obras según la crítica, entremezcla las exploraciones religiosas y las disputas de una familia en torno a una herencia.

Nació en Moscú el 11 de noviembre de 1821. Su infancia fue bastante triste y, cuando contaba sólo diecisiete años, su padre, que era un médico retirado del Ejército, le envió a la Academia Militar de San Petersburgo. Pero los estudios técnicos le aburrían y, tras graduarse, decidió dedicarse a la literatura.

Su primera novela, Pobres gentes (1846), la desgraciada historia de amor de un humilde funcionario estatal, recibió buenas críticas por considerar a los pobres víctimas de sus terribles circunstancias. El libro era bastante novedoso, pues añadía la dimensión psicológica a la puramente narrativa en su análisis de los conflictos del protagonista, observándolos desde su interior.

En 1849, su carrera literaria quedó fatalmente interrumpida. Se había unido a un grupo de jóvenes intelectuales que leían y debatían las teorías de escritores socialistas franceses, por aquel entonces prohibidos en la Rusia zarista de Nicolás I. En sus reuniones secretas se infiltró un informador de la policía, y todo el grupo fue detenido y enviado a prisión. En diciembre de 1849 se les condujo a un lugar en que debían ser fusilados, pero, en el último momento, se les conmutó la pena máxima por otra de exilio. Dostoievski fue sentenciado a cuatro años de trabajos forzados en Siberia y a servir a su país, posteriormente, como soldado raso. Las tensiones de ese periodo desembocaron en una epilepsia, que sufriría durante el resto de su vida.

CHARLES DICKENS



Charles Dickens (1812-1870), novelista inglés y uno de los escritores más conocidos de la literatura universal. En su extensa obra, combinó con maestría narración, humor, sentimiento trágico e ironía con una ácida crítica social y una aguda descripción de gentes y lugares, tanto reales como imaginarios.

Nació el 7 de febrero de 1812, en Portsmouth, y pasó la mayor parte de su infancia en Londres y Kent, lugares que aparecieron con frecuencia en sus obras. Comenzó a asistir a la escuela a los nueve años de edad, pero sus estudios quedaron interrumpidos cuando su padre, un pequeño funcionario afable pero despreocupado, fue encarcelado, en 1824, por no pagar sus deudas. El joven Charles se vio obligado, pues, a mantenerse por sí mismo, y entró a trabajar en una fábrica de tintes. Esta desagradable experiencia, que más tarde describiría, sólo levemente alterada, en su novela David Copperfield (1849-50), le produjo una sensación de humillación y abandono que le acompañó durante el resto de su vida. Entre 1824 y 1826 asistió de nuevo a la escuela, aunque la mayor parte de su educación fue autodidacta. Entre sus libros favoritos se encontraban los de algunos de los grandes novelistas del siglo XVIII, como Henry Fielding y Tobias Smollet, cuya influencia se puede percibir con claridad en sus propios escritos. En 1827 consiguió un trabajo como secretario legal y, tras estudiar durante un breve periodo de tiempo el oficio, se convirtió en periodista en el Parlamento, lo cual le habituó a realizar precisas descripciones de hechos, cualidad que aplicaría posteriormente a su obra narrativa. En esa época conoció a María Beadnell, y se enamoró de ella, pero su familia lo rechazó como pretendiente de la joven, por lo que, tras cuatro años de relaciones, se separaron. Para entonces, él ya estaba trabajando como reportero en una publicación de su tío, The Mirror of Parliament, y para el periódico liberal The Morning Chronicle.

En diciembre de 1833, Dickens publicó, bajo el seudónimo de Boz, la primera de una serie de breves y originales descripciones de la vida cotidiana de Londres en The Monthly Magazine, una revista que editaba su amigo George Hogarth.

A la vez que maduraba artísticamente, sus novelas se habían ido transformando de cuentos humorísticos, en la línea de Los papeles del club Pickwick -esta obra fue traducida al español del francés por Benito Pérez Galdós (1868) ya que el autor español no sólo admiraba a Dickens sino que le consideraba como uno de sus maestros- y Nicholas Nickleby (1837-1838), en obras de gran relevancia social, análisis psicológico y enorme complejidad narrativa. Entre sus obras más representativas se encuentran Casa desolada (1852-1853), La pequeña Dorritt (1855-1857), Grandes esperanzas (1860-1861) y Nuestro amigo común (1864-1865). Los lectores del siglo XIX y de comienzos del XX apreciaban más las primeras obras del autor, por su sentido del humor y su trasfondo trágico. Pero, aún reconociendo las cualidades de esta narrativa temprana, los críticos literarios de hoy en día sitúan por encima de ella a las obras de madurez, por su coherencia formal y su aguda percepción de la condición humana. Otras obras destacadas son Oliver Twist (1837-1839), La tienda de antigüedades (1840-1841), Barnaby Rudge (1841), Martin Chuzzlewit (1843-1844), Dombey e hijo (1846-1848), Tiempos difíciles (1854), Historia de dos ciudades (1859) y El misterio de Edwin Drood, que quedó incompleta.

CECILIA BÖHL de FABER



Cecilia Böhl de Faber (1796-1877), novelista española, precursora de la renovación de la novela del siglo XIX, más conocida por el seudónimo con el que firmaba sus libros: Fernán Caballero.

Nació en Morges, Suiza, y se educó en Alemania. Era hija del hispanista Juan Nicolás Böhl de Faber al que los negocios familiares le llevaron a vivir a Cádiz y en está ciudad fijó su residencia. Cecilia recibió una educación clásica y llegó a España alrededor de 1813; pasó el resto de su vida en Andalucía, donde están ambientadas todas sus obras.

En La gaviota (1849), obra sentimental considerada como la precursora de la novela realista, introdujo el costumbrismo, que es un movimiento estilístico sin los extremos del romanticismo y que carece del análisis crítico social del realismo, muy propio del siglo XIX, en el que se destacan los aspectos y tipos de la vida diaria local de una manera complaciente, exaltando los rasgos típicos regionales. Es propio de zonas deprimidas y de autores burgueses que se sienten orgullosos de su tierra y no quieren entrar en conflicto con ninguna cuestión social.

Sin embargo, la gran aportación de Fernán Caballero a las letras españolas fue el haber renovado la narrativa que había ido languideciendo durante el siglo XVIII a fuerza de repetir y anquilosar los géneros creados durante el siglo de Oro.

También escribió la novela autobiográfica Lágrimas (1850), así como Lucas García (1852), El Alcázar de Sevilla (1862) y La corruptora (1868), entre otras. Son deudores y admiradores de la obra de Cecilia Bóhl de Faber escritores como Luis Coloma o Benito Pérez Galdós.

Fragmento de “Una en otra”

De Fernán Caballero.

CASTA.



“No soy”, prosiguió el peruano, “hombre que hace discursos; me gusta venir cuanto antes al grano. Así, sin más preámbulos, señora, sepa Ud. que a lo que vengo es a pedirla su hija para mi muchacho. Ud., esto lo extrañará, pero ¿qué quiere Ud.? el hombre propone y Dios dispone. Tenía otra boda para él a la vista; eran otras mis miras. Pero el señorito dice que no: se ha puesto triste y malo. ¡Qué demonios! Es mi hijo único, y, cuando le veo triste o enfermo, no sé decirle que no.”

Mientras el viejo Miranda pedía de esta manera humillante la mano de Casta, ésta se había puesto alternativamente encendida como el sol, y pálida como la luna.

Doña Mónica, fuera de sí de alegría, respondió algunas palabras corteses, mirando a su hija con inquietud. Estaba ésta impasible y sin levantar los ojos de su costura.

No se hallará, quizás, entre las jóvenes españolas criadas en el mundo, esa ciega inocencia, esa temblorosa timidez, esa exagerada circunspección de las jóvenes del norte. Tiene la española el entendimiento demasiado penetrante, el carácter demasiado enérgico, la imaginación demasiado vasta para poder quedar en ese capullo de seda. La idea de afectar una sencillez infantil, cuyo atractivo no concibe, la haría encogerse de hombros y se reiría de usarle, como una princesa de ponerse el traje de una pastora de Arcadia.

En lugar de aquel suave velo rosado con que se cubren las vírgenes del norte, tiene ella su orgullo. Con su orgullo la española no se encoge, sino que se alza. Por su orgullo no es coqueta, porque desdeña los homenajes que no halagan su corazón: a su orgullo confía su virtud. Y esto hace que ninguna mujer comprenda como ella la dignidad de la mujer. Así, ella hace de los españoles los hombres más apasionados, más galantes, más delicados, más respetuosos del mundo.

“Hijo mío”, dijo el viejo Miranda, después de haber mirado a Casta, “por lo que toca a la persona, no hay pero que ponerle: esto está a la vista. Doña Mónica, me parece que, sin que nos ciegue la parcialidad, los nietos nuestros serán bonitos. -¿Qué está Ud. ahí cosiendo, Castita?”

“Un vestido de guinda”, contestó Casta. “Vamos, vamos, suelte Ud. la costura”, dijo el suegro futuro; “de aquí en adelante no coserá Ud.; no gastará más vestidos de guingán.”

“¡Ay! sí, señor; los gastaré; es la tela que prefiero.”

“Y si su marido de Ud. no quisiera? ¿Si no quiere sino que gaste Ud. vestidos de seda?”

“No llegará ese caso”, dijo Casta con voz firme; “pues no pienso casarme.”

Al oir esta brusca y terminante declaración, el señor Miranda quedó estupefacto; su hijo miró a Casta con angustia, cruzando las manos; la pobre madre palideció, gritanto: “¡Casta, Casta! no partas de ligero y piensa antes de decidirte.”

Casta seguía cosiendo tranquilamente y sin levantar la cabeza.

“¿Qué es esto?” exclamó al fin el señor Miranda. “¡Mi hijo es rehusado! ¡Mi hijo, mi hijo! el mejor mozo, el más distinguido de los muchachos de Cádiz, criado en Londres y París, que debe heredar mi caudal; gentilhombre de Su Majestad…”

“Que, por consiguiente”, dijo Casta con sonrisita burlona, “gasta una llave de oro con que abre todas las puertas. ¿No es verdad?

“¡Señorita!” interrumpió el viejo Miranda encendido en cólera, “¿cuáles son vuestras miras? ¿A qué aspira Ud.? ¿Al infante Don Francisco o al infante Don Enrique?”

“No aspiro a cosa tan alta”, respondió Casta con calma. “No aspiro sino a ser feliz.”

Al oir esta respuesta, el joven Miranda se levantó y dijo con dignidad: “Basta, padre; vámonos.”

LEOPOLDO ALAS “CLARIN”



Leopoldo Alas y Ureña (1852-1901), escritor español que usó el seudónimo de Clarín y que debe su fama a La regenta considerada como la mejor novela española del siglo XIX.

Leopoldo Alas Clarín (1852-1901) es un gran analista y perfeccionista que persigue el detalle y entiende la literatura como un trabajo constante y minucioso de gran contenido ético; su método es la prospección positivista propia del realismo y del naturalismo. Su novela La regenta está considerada la mejor novela española del siglo XIX.

Nació en Zamora y pasó su infancia en León y Guadalajara debido al cargo de gobernador civil que por entonces desempeñaba su padre. El bachillerato lo estudió en Oviedo (Asturias) y después marchó a Madrid a estudiar Derecho, y allí entró en contacto con la vida literaria y artística. Se sintió inclinado por el krausismo que conoció por Francisco Giner de los Ríos y empezó a escribir para diversas revistas. Una vez doctorado obtuvo la cátedra de Derecho Canónigo en Oviedo en 1883 adonde regresó de nuevo y ya permaneció allí hasta su muerte.

Clarín es un intelectual preocupado por conjugar el idealismo con la filosofía positivista y la búsqueda del sentido metafísico o religioso de la vida. Es un gran analista, un perfeccionista que persigue el detalle y entiende la literatura como un trabajo constante y minucioso de gran contenido ético; su método es la prospección positivista propia del realismo y del naturalismo.

Chocó con su época por su mordacidad, por sus críticas literarias despiadadas, producto de su misión docente: pretendía elevar el nivel cultural de su país y por lo tanto censuraba el mal gusto y la vulgaridad. Entre sus grandes obras críticas figuran los Solos de Clarín (1881) y Galdós (1912), la obra sobre el otro gran novelista del siglo XIX y que todavía se considera un libro fundamental sobre la obra galdosiana. Escribió también cuentos y dos grandes novelas, La regenta y Su único hijo (1890), en las que plantea el tema del adulterio.

BENITO PÉREZ GÁLDOS



Nació en Las Palmas (Islas Canarias) en 1843, el décimo hijo de un coronel del Ejército. Fue un niño reservado, interesado por la pintura, la música y los libros. La llegada a Las Palmas de una prima le trastornó emocionalmente y sus padres decidieron que fuera a Madrid a estudiar Derecho, en 1862. En esta ciudad entra en contacto con el krausismo por medio de Francisco Giner de los Ríos, el cual le anima a escribir y le presenta en la redacción de algunas revistas. Se transforma en un madrileño que frecuenta tertulias literarias en los cafés, que asiste puntualmente al Ateneo madrileño, que recorre incesantemente la ciudad y se interesa por los problemas políticos y sociales del momento: se define a sí mismo como progresista y anticlerical.

En 1867 viaja a París y descubre a los grandes novelistas franceses. A su regreso traduce a Dickens, escribe teatro y, por fin, en 1870 se decide a publicar su primera novela, La Fontana de oro, con el dinero que le da una tía, ya que en esa época las novelas o se publicaban por entregas en publicaciones periódicas, revistas y periódicos, o corrían a costa del autor; la obra era todavía romántica pero en ella ya empezaban a verse sus ideas radicales que aflorarán en el decenio siguiente. En estos años comienza a escribir los Episodios nacionales, en la década de 1880, su época de máxima creación. También en estos años se compromete activamente en política, ya que de 1886 a 1890 es diputado por el partido de Sagasta, aunque nunca pronunció un discurso. A pesar de la oposición ultracatólica que no le perdonó haber escrito Doña Perfecta (1876), un panfleto anticlerical, fue elegido miembro de la Real Academia Española. El paso de los años le daban brío y en 1892 se entregó a la reforma del teatro nacional.

El estreno de Electra (1901) supuso un acontecimiento nacional: al acabar la representación los jóvenes modernistas (véase modernismo) acompañaron al autor hasta su casa en loor de multitud. En 1907 volvió al Congreso, como republicano, y en 1909 con Pablo Iglesias, fue jefe titular de la “conjunción republicano-socialista”. Su izquierdismo fue el causante de que no se le otorgara el Premio Nobel. En 1920 murió ciego y pobre en Madrid, su ciudad de adopción.

Benito Pérez Galdós (1843-1920), novelista y dramaturgo español, uno de los escritores más representativos del siglo XIX, junto con Clarín y Emilia Pardo Bazán.

Fragmento de Marianela.



De Benito Pérez Galdós.



Capítulo III



-Aguarda, hija, no vayas tan aprisa -dijo Golfín, deteniéndose-; déjame encender un cigarro.

Estaba tan serena la noche, que no necesitó emplear las precauciones que generalmente adoptan contra el viento los fumadores. Encendido el cigarro, acercó la cerilla al rostro de la Nela, diciendo con bondad:

-A ver, enséñame tu cara.

Mirábale asombrada la muchacha, y sus negros ojuelos brillaron con un punto rojizo, como chispa, en el breve instante que duró la luz del fósforo. Era como una niña, pues su estatura debía contarse entre las más pequeñas, correspondiendo a su talle delgadísimo y a su busto mezquinamente constituido. Era como una jovenzuela, pues sus ojos no tenían el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez de un organismo que ha entrado o debido entrar en el juicio. A pesar de esta desconformidad, era admirablemente proporcionada, y su cabeza chica remataba con cierta gallardía el miserable cuerpecillo. Alguien la definía mujer mirada con vidrio de disminución; alguno como una niña con ojos y expresión de adolescente. No conociéndola, se dudaba si asombroso progreso o un deplorable atraso.

-¿Qué edad tienes tú? -preguntóle Golfín, sacudiendo los dedos para arrojar el fósforo, que empezaba a quemarle.

-Dicen que tengo dieciséis años -replicó la Nela, examinando a su vez al doctor.

-¡Dieciséis años! Atrasadilla estás, hija. Tu cuerpo es de doce, a lo sumo.

-¡Madre de Dios! Si dicen que yo soy como un fenómeno… -manifestó ella en todo de lástima a sí misma.

-¡Un fenómeno! -replicó Golfín, poniendo su mano sobre los cabellos de la chica-. Podrá ser. Vamos, guíame.

Comenzó a andar la Nela, resueltamente, sin adelantarse mucho, antes bien, cuidando de ir siempre al lado del viajero, como si apreciara en todo su valor la honra de tan noble compañía. Iba descalza: sus pies ágiles y pequeños denotaban familiaridad consuetudinaria con el suelo, con las piedras, con los charcos, con los abrojos. Vestía una falda sencilla y no muy larga, denotando en su rudimentario atavío, así como en la libertad de sus cabellos sueltos y cortos, rizados con nativa elegancia, cierta independencia más propia del salvaje que del mendigo. Sus palabras, al contrario, sorprendieron a Golfín por lo recatadas y humildes, dando indicios de un carácter formal y reflexivo. Resonaba su voz con simpático acento de cortesía, que no podía ser hijo de la educación; sus miradas eran fugaces y momentáneas, como no fueran dirigidas al suelo o al cielo.

-Dime -le preguntó Golfín-, ¿vives tú en las minas? ¿Eres hija de algún empleado de esta posesión?

-Dicen que no tengo madre ni padre.

-¡Pobrecita! Tú trabajarás en las minas…

-No, señor. Yo no sirvo para nada -replicó sin alzar del suelo los ojos.

-Pues a fe que tienes modestia.

Teodoro se inclinó para mirarle el rostro. Éste era delgado, muy pecoso, todo salpicado de manchitas parduzcas. Tenía pequeña la frente, picudilla y no falta de gracia la nariz, negros y vividores los ojos; pero comúnmente brillaba en ellos una luz de tristeza. Su cabello, dorado obscuro, había perdido el hermoso color nativo a causa de la incuria y de su continua exposición al aire, al sol y al polvo. Sus labios apenas se veían de puro chicos, y siempre estaban sonriendo; mas aquella sonrisa era semejante a la imperceptible de algunos muertos cuando han dejado de vivir pensando en el cielo. La boca de la Nela, estéticamente hablando, era desabrida, fea; pero quizás podía merecer elogios, aplicándole el verso de Polo de Medina: “Es tan linda su boca que no pide”. En efecto; ni hablando, ni mirando, ni sonriendo, revelaba aquella miserable el hábito degradante de la mendicidad.

Golfín le acarició el rostro con su mano, tomándolo por la barba y abarcándolo casi todo entre sus gruesos dedos.


EMILIA PARDO BAZAN



Emilia Pardo Bazán (1852-1921), novelista española que también escribió poemas y crítica, introductora del naturalismo en España.

Nació en La Coruña. Era hija de los condes de Pardo Bazán, título que heredaría en 1890. Recibió los estudios elementales propios de una mujer de su condición social, pero su avidez por saber y una autodisciplina autodidacta y sistemática hicieron que se convirtiera en una mujer culta y experta en diferentes disciplinas humanistas.

En 1868 se casó con José Quiroga y el matrimonio se trasladó a vivir a Madrid desde donde hacían frecuentes viajes a Francia, Italia, Suiza, Austria e Inglaterra; sus impresiones las dejó reflejadas en libros como Al pie de la torre Eiffel (1889), Por Francia y por Alemania (1889) o Por la Europa católica (1905). En 1876 doña Emilia publicó su primer libro, Estudio crítico de Feijoo, y una colección de poemas, Jaime, con motivo del nacimiento de su primer hijo.

Su primera novela, Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, la publica el año del nacimiento de su hija Blanca, en 1879. La publicación de la novela Viaje de novios (1881), según la crítica, la primera novela naturalista española -aunque la autora lo negara- fue el año en que nació su tercera y última hija, Carmen.

Una hepatitis la lleva al balneario de Vichy, en 1880, donde coincide con el escritor francés Victor Hugo y mantienen largas conversaciones sobre literatura que le hicieron variar el rumbo de su escritura. Era una mujer muy culta y de vigoroso talento y de 1831 a 1893 publicó la revista Nuevo Teatro Crítico, redactada por ella en su totalidad.

En 1896 viaja a París y allí conoce a Émile Zola, Alphonse Daudet y los hermanos Goncourt; fue también por esa época cuando leyó a los novelistas rusos que tanto influirían en su obra. Pero, además de escritora también tuvo una actividad social y política importante pues fue consejera de Instrucción Pública y activista feminista, actitud que en la actualidad se está revalorizando. Desde 1916 hasta su muerte fue profesora de Literaturas románicas en la Universidad de Madrid, cátedra que se creó para ella.

PEDRO ANTONIO DE ALARCON



Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), escritor y político español nacido en Guadix, Granada.

Fue diputado de las Cortes españolas y se alistó como voluntario en la campaña de Marruecos, experiencia que le proporcionó material para su Diario de un testigo de la guerra de África (1859), considerada hoy una obra maestra por su descripción de la vida militar. Alarcón sobresalió en su época por sus novelas religiosas, entre las que destaca El escándalo (1875), una defensa de los jesuitas que levantó una viva polémica.

Hoy es recordado principalmente por sus relatos de la vida rústica en España, algunos de los cuales se han recopilado en El sombrero de tres picos, (1874), que inspiró a Manuel de Falla la composición de su ballet homónimo.

Fragmento de Diario de un testigo de la guerra de África.



De Pedro Antonio de Alarcón.



Primera misa en Tetuán.



Quiero que el sublime cuadro que hoy ha ofrecido la plaza de Tetuán se refleje y perpetúe en esta humilde crónica con todos sus pormenores: quiero que se fije y conserve sobre las hojas de mi libro la luz que presidió á aquel augusto y misterioso instante: quiero que las pasajeras emociones que agitaron esta mañana al ejército cristiano, cuando se celebraba por primera vez el sacrificio de la Misa, pública y victoriosamente, dentro de los muros de la ciudad agarena, se graben en la historia de mi patria, duren y permanezcan más que nuestros corazones, conmuevan en lo futuro á los hijos de nuestros hijos y eternicen la alegría del más señalado triunfo que hemos alcanzado en Africa; cual ha sido proclamar en alta voz los nombres de Jesús y María sobre las piedras regadas tantas veces con sangre de nuestros mártires y en presencia de los bárbaros verdugos.

Era domingo… Desde por la mañana echóse de ver en los campamentos de uno y otro lado de la ciudad y en las casas de la misma, donde había alojados, que se preparaba alguna gran función de aquellas que constituyen la vida de la milicia en tiempos de paz y que tanto escasean en campaña. Todos los soldados arreglaban de la mejor manera posible su uniforme roto y descolorido por los rigores de la guerra; sacaban lustre á sus zapatos; lavábanse cuidadosamente; limpiaban sus armas, no ya por dentro para que funcionasen bien, sino por fuera, á fin de que brillasen al sol; peinaban sus crecidos cabellos, y hasta algunos se afeitaban la luenga barba que habían pensado llevar á su país, como un testimonio de las ásperas costumbres del campamento.

A eso de las diez, ya formaban en la plaza de España diez ó doce batallones, alguna caballería y mucha parte de la oficialidad del resto del ejército.

Entre tanto acababa de disponerse un altar á la puerta de una pequeña mezquita, habilitada para templo católico, y que debía bendecirse é inaugurarse hoy.

Aquel altar se veía adornado con algunas macetas de flores; dos velas moriscas (puntiagudas y pintadas de colores), un crucifijo de cobre y una estampa que representaba á la Virgen María.

Nada más poseíamos con que glorificar á nuestro Dios; pero aquellos tiernos y sencillos homenajes debían de serle tan gratos como las magnificencias del templo de Jerusalén.

Habíase colocado este altar á la puerta de la nueva iglesia, á fin de que el sacrificio pudiese ser visto desde toda la plaza.

El interior del templo poco más ofrecía de notable. Una alfombra turca; otras cuantas macetas; una fuente con agua que había de ser bendita, y algunos chales y pañuelos morunos, formando pueriles adornos en torno al Sagrario, habían sido afanosamente buscados por todo Tetuán y encontrados al fin en la judería.

Cuando yo era niño, divertíame, especialmente las primaveras, en hacer altares en las torres de mi casa y simular procesiones, Te-Deum, letanías y otras funciones religiosas. Esta práctica, y mis estudios teológicos, de que siempre estaré ufano, me han servido hoy para ayudarle al Padre Sabatel á construir el altar…

El Padre Sabatel,-justo es que de él hablemos al llegar á este punto,-es un modelo de sacerdotes cristianos. Fué fraile Francisco de la orden de Descalzos y hoy pertenece á esas beneméritas misiones de Filipinas, que tantos servicios prestan al cristianismo y á la civilización. Nació en Cataluña; aun no tendrá cuarenta años. Es alto, fuerte y hermoso. Su acrisolada virtud, su modestia, su tolerancia, la pureza y sencillez de sus ascéticas costumbres, y su ardiente caridad con los pobres y afligidos, le constituyen, á mis ojos, uno de los hombres más buenos que he encontrado en el mundo. Ha recorrido todo el litoral de Africa y mucha parte del interior del imperio de Marruecos, predicando la doctrina de Jesús; ha estado también en América, en Asia y en la Oceanía. Ha sufrido todas las penalidades que los hombres y los elementos, los climas rigurosos y las necesidades humanas pueden acumular sobre una criatura. ¡Y sin embargo, es tan feliz! Su rostro ostenta continuamente la más pura y hasta infantil alegría; es afable, decidor, cariñoso, y no comprende las felicidades que se dice van unidas al poder y al dinero. Todos sus bienes materiales consisten en un hábito de lana, un Cristo de cobre y un breviario. Con ellos acudió á Ceuta no bien supo que sus compatriotas estaban en guerra contra infieles; y allí, en los hospitales de apestados, á la cabecera de los moribundos, ha pasado los dos meses y medio de la campaña, dando tales muestras de fe en Dios y de amor al hombre, que son muchos, innumerables los hermanos nuestros que le han debido una muerte suave, dulce, tranquila, regocijada por la espectación de las alegrías eternas. -Tal es el hombre que estaba destinado á consagrar la nueva iglesia.





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