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Familia - Monografía



 
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Ciencias sociales. La gens. Pater familias. Matrona. Hijos. Ceremonias. Rutos. Dioses



LA FAMILIA



LA GENS


La importancia de la gens alcanzó su momento culminante durante la monarquía y los primeros años de la República. La gens estaba formada por lo que luego serían varias familias que se consideraban descendientes de un antepasado común, se caracterizaba por la posesión de diferentes elementos que la identificaban como el ritual funerario o el culto a los antepasados comunes. El jefe de la gens es el más anciano y se ve apoyado por un Consejo de cabezas de familia. En la gens todos tienen un nombre común (gentilicio).

La gens comenzó a debilitarse en el siglo IV a. de C., deja de ser un grupo unido y se disgrega en familias que desde entonces comenzaran a cobrar importancia en la sociedad.

LA FAMILIA



En Roma la familia era una importante institución, incluso se puede considerar uno de los pilares de la sociedad romana. La familia de entonces no se limitaba a padres e hijos, como sucede ahora, sino que abarcaba mucho más. Todo el poder estaba concentrado en el Pater Familias, que era el juez y el sacerdote familiar.

La familia incluía a la mujer, que pese a estar sometida a su marido compartía autoridad; y a todos los descendientes del Pater Familias por vía masculina, las esposas de estos, sus hijos; los miembros por vía femenina que aun no se habían casado y que pasarían a pertenecer a la familia de su esposo cuando lo hicieran; los libertos que antes habían sido esclavos de la familia, e incluso los propios esclavos, aunque al no ser estos considerados ciudadanos, legalmente, tampoco podían pertenecer a una familia.

Pertenecer a una familia significaba poseer derechos de ciudadanía por lo que los que perdían los derechos ciudadanos se veían excluidos de la posibilidad de formar una familia.

Pater Familias



Es la figura principal de la familia romana. A su alrededor gira toda ella, ya que es el dueño de las personas y de los bienes que la componen. Es el único que no se halla subordinado a ninguna otra persona dentro de su familia. El pater familias es aquel que no tiene otro ascendiente vivo por línea masculina sobre sí, aquél que no se encuentra sometido a la potestad de nadie. Es entonces, el padre, abuelo o bisabuelo paternos vivos, de los miembros nacidos en la familia. El Pater Familias no ha de ser, necesariamente, descendiente biológico de los antepasados familiares.

En Roma se llamaba patria potestas al conjunto de poderes de los que gozaba el pater familias y que éste ejercía sobre las personas libres que constituían su grupo familiar, es decir: sus hijos legítimos de ambos sexos, los hijos de los varones de la familia, aquellos hijos que han sido adoptados, su esposa y los libertos. La familia está constituida solo por el hecho de encontrarse sometida al poder del pater, sin importar de que sus miembros sean o no sus descendientes por vínculo de sangre.

La autoridad del Pater se ejercía igual en cualquier persona de la familia, solo varía el nombre: patria potestas para los hijos, manus maritalis para la mujer y dominica potestas para los esclavos. El pater tenía derecho de vida y de muerte (ius vitae et necis) sobre su hijo (filius), podía venderle como esclavo e incluso entregarle como autor de un crimen que no ha cometido para sufragar el daño, aunque todas estas decisiones debía consultarlas con la familia antes de tomarlas. De todas formas este régimen tan severo no fue llevado a la práctica con asiduidad, sino sólo en casos excepcionales. Este sistema absoluto fue preocupación para muchos emperadores. Así tenemos una decisión de Trajano, obligando a un pater a emancipar a un filius al que maltrataba; otra de
Adriano, ordenando la deportación de un pater que mató a su hijo sin tener en cuenta la opinión de la asamblea familiar compuesta por los miembros más antiguos de la misma.

Matrona



La mujer estaba sometida a la patria potestas como toda la familia, sin embargo tenía autoridad en la casa y gozaba de cierta libertad, por ejemplo, acompañaba a su marido en actos públicos y banquetes. Su principal tarea es educar a los hijos, llevar las cuentas y controlar las tareas de la casa, además de hilar.

Las mujeres, por norma general solo se dedicaban a la casa, pero algunas tenían otras ocupaciones, si pertenecían a una clase social alta podían ser sacerdotisas. Aunque muy pocas tenían un negocio propio, las había, por ejemplo, se sabe de una mujer que tenía una tienda de lámparas. Otras eran comadronas, peluqueras e, incluso, doctoras.

Hijos


Un matrimonio solía tener dos o tres hijos. Hasta el Imperio los niños se educaban en casa por los padres. A partir de entonces algunos les ponían tutores que les dieran clases, otros les mandaban a la escuela (existían escuelas públicas)  desde los siete años. Las niñas solo recibían enseñanza elemental, luego aprendían las tareas del hogar con sus madres.

Bajo la toga praetexta, la que vestían los menores de diecisiete años, los niños llevaban una túnica corta de lana o lino atada con un cinturón.

Al igual que en la actualidad los niños jugaban imitando a los adultos, por ello, era muy común jugar a los magistrados, a los soldados o a las carreras de carros. Horacio contaba que los primeros juegos de la infancia eran “construir casita, uncir ratones a un carrito, jugar a pares y nones y cabalgar en una larga caña”, al igual que estos juegos había otros a los que aun se juega en nuestra época, como a las canicas, la peonza, al aro y a la pelota. Las niñas jugaban con sus muñecas, a las tablas, se balanceaban en los columpios… El juego de las nueces también era muy popular, se intentaba derribar un montoncito de cuatro nueces, el que lo lograra se quedaba con ellas.

Si el pater familias no tenía ningún hijo varón podía adoptarlo, lo cual era muy frecuente en Roma. Había dos formas de llevar a cabo la adopción:

Adoptio



Es la adopción de una persona que depende de un pater familias. Mediante ella el adoptado entra totalmente en del adoptante, llegando a tomar su nombre. La ceremonia se celebraba en privado delante de un magistrado en el que se separaba al adoptado de la patria potestas de su padre natural y se procedía a su integración en la familia del padre adoptivo

Adrogatio



Es la adopción del que ya no está bajo la potestad paterna, es decir la adopción de un pater familias por otro. El adrogado, con todos los miembros que dependían de él, pasaba a depender del adrogante.

Otros Miembros de la Familia



Los esclavos podían verse como una parte más de la familia, sin embargo, al no ser estos ciudadanos, la ley no permitía que formaran parte de familia alguna. Un liberto era aquel esclavo que había conseguido su libertad, bien por la compra de ella o por deseo de su amo, cuando un esclavo pasaba a ser liberto se le consideraba parte de la familia legalmente. Se conoce el caso de Lucio Antistio Sárculo y de Antistia, ella había sido su esclava y cuando Antistio le concedió la libertad se caso con ella.

Una familia romana solía poseer algunos animales útiles, perros de guardia, de caza, gatos para mantener alejados a los ratones… también a veces se tenían animales domésticos, sobre todo para los niños.

CEREMONIAS


Dies Lustricus



El Dies Lustricus es el equivalente a lo que nosotros llamaríamos bautizo. En un primer momento el padre debe reconocer a su hijo nada más nacer, se dejaba al niño en el suelo y el padre lo levantaba (tollere filium), esto era signo de que era legítimo, si el padre no lo reconocía el niño era abandonado en unos depósitos existentes para tal fin, donde moriría o acabaría siendo un esclavo, con el tiempo se abolió esa práctica tan cruel.

A los ocho días, si el bebe era niña, a los nueve si era niño, se celebraba el Dies Lustricus, el niño era purificado (lustratus) en el altar familiar tras lo cual se le colgaban al cuello  unos amuletos de oro o de cuero (bulla) y se le daba nombre. Los nombres romanos constaban de tres partes, el praenomen, que es el nombre personal, se elegía entre una corta lista y solía aparecer abreviado; el nomen, o el nombre familiar, lo que equipararíamos al apellido; y el cognomen, que no era más que un apodo heredado de sus antepasados o puesto por alguna curiosidad de esa persona (en la época del Imperio se ponía más de un cognomen). Las niñas solo recibían el nomen, si había más de una, se las llamaba “la mayor”, “la primera”…

Abandono de la Infancia



Cuando un hombre romano cumplía diecisiete años dejaba de ser considerado un niño, ofrecía su bulla a los Lares, dioses que cuidaban del hogar, también ofrecía su túnica infantil, la llamada toga praetexta, que era blanca con una franja púrpura, y la cambiaba por la toga virilis, que era la que vestían los ciudadanos romanos, a partir de entonces, era un hombre adulto.

Si por el contrario era mujer, no abandonaría su infancia hasta el día de su boda, hay que tener en cuenta que en Roma las mujeres se casaban muy jóvenes.

Bodas



Para casarse era necesario poseer el ius connubii, es decir, el derecho al matrimonio legal, este derecho lo tenían los ciudadanos completos. La edad mínima para contraer matrimonio eran los doce años para las mujeres y los catorce para los hombres, pero en realidad se casaban más tarde. La pareja no podía ser familia próxima y se necesitaba el consentimiento del pater familias.

Existe el matrimonio con manus y sin manus. En el primero la esposa pasa a la autoridad absoluta (manus) del marido. No puede poseer bienes, ni comprar, vender, legar… Hay tres formas de realizar este matrimonio.

Confarreatio



Es el más solemne. Un sacerdote de Júpiter ofrece un sacrificio y los esposos comparten una especie de torta de trigo (panis farreus). Esta ceremonia es la más antigua, era la que realizaban los patricios durante la época monárquica, las otras ceremonias aparecieron a partir de que los plebeyos consiguieran el ius connubii

Coemptio



Compra simbólica de la novia con intervención de testigos y de un funcionario con una balanza para pesar el precio.

Usus



Quedaba automáticamente casada la pareja que vivía un año junta sin interrupción, la pareja se disolvía cuando uno de los cónyuges dormía tres noches fuera de casa.

El matrimonio sin manus es aquel en el que la esposa sigue dependiendo de su padre, sin pasar a la autoridad del marido. Es más independiente y puede disponer de sus propios bienes. Esta forma de matrimonio se establece al final de la República y durante el Imperio.

Antes del día de la boda se celebraban los esponsales, lo que se podría llamar “petición de mano”. Los novios intercambiaban regalos, el novio solía regalar a la novia un anillo con dos manos estrechándose grabadas, que era el símbolo del matrimonio. Entre ellos se creaba una unión, pero podía romperse.

La víspera de la boda la novia ofrecía a los dioses lares sus muñecas y juguetes, símbolos de su infancia perdida. Dejaba la toga praetexta y vestía el traje nupcial, que era una túnica blanca y recta, un manto, un velo amarillo (flammeum), una corona y sandalias de color anaranjado. El cabello debía estar peinado en seis mechones (sex crines).

Para la boda se elegía un buen día, Mayo era funesto y fausto el final de Junio. El día de la boda en casa de la novia se tomaban los auspicios sacrificando a un animal y mirando sus entrañas. Luego se firmaba el contrato antes diez testigos. Entonces, la pronuba, que era una matrona casada una sola vez, juntaba las diestras de los novios como muestra de fidelidad..

Por fin el banquete, al término del cual el esposo fingía raptar a la joven, arrancándola de los brazos de su madre. Luego el cortejo conducía a la recién casada a casa de su marido. Ella llevaba la rueca y el huso, símbolos de su nueva condición, y era acompañada por tres jóvenes. Los demás seguían, a la luz de las antorchas, cantando o haciendo chistes atrevidos.

Al llegar a su nuevo hogar la novia adornaba el umbral con cintas de lana y lo ungía con manteca y aceite. El marido le ofrecía agua y fuego, q son los símbolos del hogar, en ese momento su marido le preguntaba cómo se llamaba y ella debía responder: Ubi tu Gaius, ego Gaia (Si tú te llamas Gayo, yo me llamo Gaya). Entonces él la cogía en brazos y la metía en la casa, para que no tocase el umbral con el pie o tropezase, que era símbolo de mal augurio. Una vez dentro la joven ofrecía un sacrificio a sus nuevos dioses lares.

Conseguir el divorcio en Roma era muy sencillo, a pesar de la importancia que se le daba a la institución familiar, ni siquiera era necesario el acuerdo mutuo, bastaba  con que uno de los cónyuges informara al otro de que había decidido repudiarle. Tras divorciarse podían volverse a casar, y como los hijos quedaban bajo la tutela del padre, en una misma familia había hijos de varios matrimonios distintos. Séneca decía que las matronas contaban los años por la cantidad de maridos que habían tenido y que se casaban para divorciarse y se divorciaban para casarse. Durante el Imperio el número de divorcios comenzó a ser preocupante, Augusto puso trabas legales para evitar esto, pero los matrimonios seguían disolviéndose aun así.

Ritos Funerarios



Tanto en Roma como en Grecia, el entierro de los muertos era un deber sagrado. Negar sepultura a un cadáver era condenar al alma muerta a errar sin descanso, y, en consecuencia, crear un peligro real para los vivos, pues esas “almas en pena” eran maléficas. Los romanos practicaron simultáneamente los dos grandes ritos funerarios, la cremación y la inhumación. Desde los orígenes, la cremación fue el rito más frecuente, pero había algunas familias que por tradición enterraban a sus muertos sin quemarlos.

Una vez que se comprobaba la muerte, el hijo mayor cerraba los ojos de su padre y lo llamaba por su nombre por última vez. Luego se lavaba el cadáver, se lo adornaba, se lo revestía con la toga y se lo exponía en el atrium sobre un lecho mortuorio, en medio de flores y guirnaldas. Durante varios días, mujeres flautistas y plañideras a sueldo tocaban una música fúnebre. Luego, llegado el momento, se formaba un cortejo para acompañar el cadáver fuera del recinto de la ciudad, en donde se erigía la pira. Es probable que primitivamente la ceremonia se celebrara de noche. Pero muy pronto se consagraron las horas de la mañana a estos deberes. Detrás de los músicos y de las plañideras caminaban hombres que llevaban representaciones de lo que había sido la vida del difunto. Si se trataba de un jefe militar, se recordaban sus victorias y campañas. En el cortejo fúnebre de los nobles figuraban clientes o actores que llevaban el rostro cubierto por una máscara que imitaba los ancestros del muerto, de manera que todo el linaje parecía haber venido a recibir a su descendiente. Este “derecho de imágenes” (jus imaginum) estaba reservado a los patricios. Luego venía el cadáver, transportado sobre una camilla con el rostro descubierto. Lo seguían parientes y amigos, los hombres con toga de color oscuro, las mujeres con los cabellos sueltos y en desorden. En los funerales de los nobles, la oración fúnebre para el muerto, su laudatio, la rezaba en el Foro su pariente más cercano.

Finalmente se llegaba hasta la pira en la que se depositaba el cadáver entre perfumes y presentes. Mientras duraba la cremación, los parientes no debían alejarse. Luego, se recogían los huesos calcinados en medio de las cenizas calientes, se los lavaba con vino y se los ponía dentro de una urna, depositada a su vez en una tumba.

La forma de las tumbas era extremadamente variable. En los tiempos primitivos eran pozos o piezas subterráneas. Poco a poco se introdujeron otros usos. El sitio en donde reposaba la urna fue coronado por un monumento: el tumulus cónico o piramidal, capilla que guardaba el busto del muerto. La gente modesta, enterrada al principio en fosas comunes, terminó por tener, aún en vida, un sitio asegurado en las grandes tumbas colectivas, en donde había un nicho para cada urna. Como la ley prohibía los entierros dentro de la ciudad, las tumbas se edificaban fuera del recinto, por lo que las rutas, a la salida de la ciudad, estaban atestadas de tumbas.


DIOSES



Cada familia tenía sus propios rituales, en los que actuaba como sacerdote el pater. La religión nacería en el seno de la familia, giraría en torno a dos ejes básicos estrechamente vinculados entre sí: el fuego del hogar y los difuntos familiares  a los que se rinde un culto peculiar. Esa religión y ese culto eran privados y domestico de la familia, era independiente de cualquier otro culto de una familia distinta.

Básicamente, cada familia rinde culto a sus propios dioses. En situaciones extraordinarias se recurría a rituales especiales. Por lo general, la mayoría de los romanos sentían devoción por algún dios en concreto al que apelaban en caso de hallarse en dificultades (por ejemplo Augusto sentía devoción por Marte) y consultaban a los dioses antes de tomar cualquier decisión importante. Pero además de esos dioses “particulares”, la familia romana adoraba a Manes, Penates y Lares.

Los Lares



En el atrio o en la habitación principal de las viviendas, se solía colocar una capilla u hornacina a la que se llamaba “Lararium”, en ella eran venerados los Lares, los dioses tutelares del hogar y del fuego, a los que se les rendía culto diariamente,  se cree que por la mañana se realizaba una pequeña oración y se les hacía una ofrenda de una parte de la comida familiar. Recibían además un culto especial en los grandes acontecimientos familiares. Una vez al mes, como mínimo, de quemaba incienso y se realizaba una libación de vino en su honor. Originalmente se cree que eran divinidades protectoras de los campos cultivados, venerados en los cruces de las fincas. Se les suele representar como jóvenes, vestidos con una túnica corta, que sujetan en la mano un cuerno lleno de bebida y en la otra una copa.

Los Penates



Eran los dioses protectores de la despensa y de la casa. Velaban por el bienestar de los miembros de la familia: dioses de la intimidad de la casa. Suelen estar asociados a otras divinidades, como con Vesta por su relación con el fuego del hogar. A diferencia de los Lares, frecuentemente representados, el perfil de los Penates familiares es bastante borroso. Son divinidades sin número e identidad precisos incluso para los antiguos. Cada casa tenía su propio altar y eran venerados en cada comida familiar y en las ocasiones especiales. Se les ofrecía parte de los alimentos, vino, miel incienso y, en circunstancias muy especiales, sangre de los sacrificios familiares.

Los Manes



Eran los espíritus de los antepasados muertos (parentes), a los que invocaban para captar su benevolencia: el olvido y abandono de su culto podía llevar a que estos espíritus se convirtiesen en influencias nocivas (de hecho su nombre, Manes, significa “los buenos”), podía provocar en los vivos pesadillas, e incluso locura. Al menos una vez al año se ofrecían en las tumbas alimentos, bebidas, flores y otros regalos, además de dedicarles la familia una oración diaria. El recuerdo permanente se aseguraba gracias a las mascarillas de los difuntos, generalmente de cera, que colgaban de las paredes de la casa. Su sentido y naturaleza no son fáciles de determinar. Recibían ofrendas de vino, miel, leche y flores. En su honor se celebraran los Parentales. Los Manes revelan la creencia de que no todos los espíritus de los difuntos influyen positivamente sobre los miembros de la familia.

Los Lemures y Larvaes



Los lemures eran espectros malévolos que podían dañar y atormentar a los vivos, por lo que requerían un ritual para mantenerlos alejados de la casa y de la familia. Las larvaes, son los espíritus de los criminales y de aquellos que murieron de una muerte trágica. Producían trastornos mentales a los vivos, que se intentaban contrarrestar con exorcismos dentro del ámbito de la familia, o si era necesario, con intervención externa.

Autor: 

Morningstar





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