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Mitos de la región de Magallanes Parte 1 - Monografía



 
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Mitología argentina. Criaturas mitológicas. Pato Quetru. Mwono. Familia Yoaloj. Karunkinká. Umoara. Chincol y Lloica



LEYENDAS Y MITOS DE LA REGIÓN DE MAGALLANES



INTRODUCCIÓN



Es muy importante destacar la diferencia que existe entre Leyenda y Mito, entendemos por Leyenda toda historia fantástica o imaginada que las personas cuentan como si hubiera ocurrido de verdad y por Mito aquellas historias que relatan aventuras y hazañas realizadas por algún personaje antiguo.

En el presente trabajo presentaremos diversas leyendas y mitos acontecidos en la región de Magallanes y Antártica Chilena, no sólo abocándonos a las leyendas populares que se escuchan cotidianamente en la ciudad, sino también aquellas historias indígenas que representan el pasado histórico de nuestra región, recalcando que todas ellas afectan en la cultura y en la idiosincrasia de las personas que hoy aquí residen.

CUANDO MANDABAN LAS MUJERES



Antiguamente, las mujeres habían inventado una ceremonia secreta que utilizaban para sojuzgar a los hombres.

La poderosa Luna inventó este secreto juego. Las mujeres se pintaban el cuerpo y se ponían capuchones en la cabeza representando espíritus que bajaban desde el cielo o salían de la tierra para aterrorizar a los hombres. No obstante, un día, el Sol, que era esposo de la Luna, descubrió el secreto: vio que dos mujeres que se bañaban riéndose y escucho sus comentarios acerca de las falsedades mediante las cuales sometían a los cándidos varones. El Sol que era eximio cazador y muy inteligente, se dio cuenta del engaño y comunicó a los demás hombres su descubrimiento. Entonces, premunidos de grandes palos asaltaron la gran cabaña donde se reunían las mujeres, dieron muerte a todas perdonando solo a las niñas pequeñas que eran inocentes a tales representaciones.
También la Luna fue golpeada y lanzada sobre el fuego, pero logro escapar y subió al cielo. El Sol salió en su persecución para castigarla y hoy aún se la ve huyendo en el espacio.

Luego, los hombres decidieron celebrar sus propias ceremonias y someter perpetuamente a las mujeres.

EL PATO QUETRU



Una mujer anciana, en compañía de sus hijas, también logro huir de aquella atroz matanza. Protegió con su capa a sus hijas llegando con ellas a orillas del mar convertidas en patos quetrus.

EL PATO ZAMBULLIDOR



Escapando a la gran matanza de las mujeres cuando fueron sorprendidas por los hombres, Okholh saltó a una gran cascada, convirtiéndose de inmediato en un pato zambullidor.

Desde entonces, este animal muestra su brillante plumaje y su rápida zambullida en ríos y cascadas.

LA BANDURRIA



Un joven selknam, que participaba en la matanza de las mujeres, abuso de algunos cadáveres. Luego de tan deplorable acto, se transformo en una bandurria; por eso esta ave lleva una marca en el cuello para recordar el deshonor cometido.

LA LECHUZA



La lechuza era una mujer llamada K´uumits, provenía del sur al igual que la Luna. Su marido era el gorrión CHEIP y venía del oeste como el Sol.

Cheip cazaba guanacos, carne que desagradaba a su mujer. Una vez que este salió de cacería, K´uumits aprovechó la oportunidad para matar con un arpón a su cuñado. Trozo y asó su cuerpo. Cuando estaba próxima a disfrutar de la comida llego Cheip preguntando ¿Donde está mi hermano? A lo cual su mujer respondió “no lo sé”.

Cheip, buscando a su hermano, descubrió debajo de una manta una cadera. Al ser descubierta, Kúumits se transformó en una lechuza alejándose en la noche y desde entonces se ríe mofándose por haber podido comer a su cuñado.

EL CONDOR Y EL CORMORAN



A Kwaweishen, curandero robusto y de malos sentimientos que provenía del sur, donde el agua se congela, al no tener nada par beber se le secó la médula.

Una vez participó en una lucha selknam, enfrentándose con Kiayeshk. Como esté acostumbraba a jugar sucio, trató de romperle la espalda a su contendor. Kiayeshk reaccionó de inmediato tomándolo con tal fuerza de la cabellera, que esta se levanto formándose un copete, con la otra mano apretó el cuello del malévolo curandero, dejándole una marca blanca que ostenta hasta hoy día transformándolo en cóndor ( karkaai, llamado así por su graznido. A su vez Kiayeshk se convirtió en cormorán con el espinazo rígido como hasta ahora se le ve.

EL ARCO IRIS, HERMANO DEL SOL



La belleza del arco iris, que siempre ostentaba luminosos colores, proviene de las pinturas que usaba como hombre, pues aventajaba a todos en el adorno de su cuerpo.

LA LUNA, HANUJA, ESPOSA DEL ARCO IRIS



Del matrimonio con Acainij provenía su hermosísimo hijo que falleció a tierna edad. La madre, muy desconsolada con esta pérdida, se hirió con un cuchillo la cara para exteriorizar su tristeza, saliendo de las llagas mucha sangre. Es fácil reconocer esas sajaduras en la faz de la Luna y a veces también se le ve enrojecida debido a la sangre que derramó.

LA CREACIÓN DEL MUNDO



El mundo es creación de Watauinewa, el ancianísimo. En el origen de todas las cosas existía únicamente Él, y cuando todo haya terminado, solo Él sobrevivirá.

Mucho tiempo después que Él formara la Tierra, llegaron al archipiélago los miembros de la familia Yoaloj que emigró desde el norte hacia las tierras de los Yámanas. Mas tarde, llegó la familia del Sol (Lem), a la que pertenecía la cuñada, la Luna (Hanuja), y su hermano, el Arco Iris (Acainij).

Luego llegaron muchas otras familias.

Época de héroes, sus componentes no eran, sin embargo, iguales a los actuales seres humanos, ni llevaban una vida similar a la nuestra.

En el cielo los astros y las estrellas, la tierra era una planicie sin vientos, lluvias o nevazones y tampoco existía la muerte. Además, había pocos animales, pues la mayor parte de las especies sólo se generaron en una transformación cósmica posterior, en que muchos de aquellos lejanos progenitores se convirtieron en variedades conocidas.

EL SOL YAMANA



Antiguamente, cuando gobernaban las mujeres, bajo el mando de la Luna, fueron debidamente castigadas por Sol, al ser descubiertas.

El Sol se dirigió al firmamento donde lo vemos ahora. Frente a éste, siempre en un lugar opuesto a él, se ve la Tierra del Fuego con mucha frecuencia a su hermano, el Arco Iris.

Todavía podemos reconocer fácilmente el buen carácter y el solícito genio del Sol, pues abandona de noche la Tierra del Fuego para ofrecer su luz también a otros pueblos que viven lejos de ella; sin embargo, en la madrugada, siempre reaparece. Cuando vivía en la tierra como hombre, todas las mujeres estaban enamoradas de él.

MWONO



Este es el espíritu de la cima de las montañas, de los glaciares y del ruido. Es menos dañino que ayayema y Kawtcho, pues su dominio y acción recae sobre los que osan trepar la montaña o aventurarse por los glaciares. Mwono manda las avalanchas, arrastrando grandes peñascos tierra y árboles sembrando la destrucción a su paso.

EL DILUVIO



Cuando la Luna se vio vencida por los hombres, recurrió a un ardid para conservar su dominio; desencadenó un terrible nevazón, en la que todos, los hombres y las mujeres, debían perecer.

Reinaba un frío tan espantoso que toda la tierra fue cubierta con una gruesa capa de hielo. Fue esto la causa, al parecer, por la cual Lem ascendió al cielo. Sus vivificantes rayos hicieron derretirse esos hielos, pero sus masas eran tan enormes que se produjo un diluvio. Se presentó éste con tanta rapidez que muchos no alcanzaron a llegar a sus canoas para salvarse. Las aguas crecieron de tal manera que cubrieron toda la tierra. Afortunadamente, hubo cinco cumbres que sobresalieron a esta catástrofe. Es fácil reconocer en esos cerros la playa que formaron las aguas y los troncos en que amarraron las canoas y que ahora están petrificados.

AYAYEMA



Ayayema, espíritu del mal, es muy temido por los qawashkar, dispone de las fuerzas naturales y en especial del viento del noroeste, que vuelca las canoas. El alarga las llamas de la fogata hasta quemar la cabaña; lo mismo, al crepitar, sus brasas queman la piel desnuda. Ayayema mora en los pantanos y cuando el campamento ésta dormido toma posesión de los indígenas. En su avance subterráneo penetra en las cabañas e impone su presencia maléfica en los sueños, causando las enfermedades y las muertes.

Tiene olor a pobredumbre. Cuando del suelo de al cabaña empiezan a emanar olores, es signo de al presencia de Ayayema, entonces es preciso mudarse de campamento.

KAWTCHO



Kawtcho, al igual que Ayayema, es espíritu rondador de la noche. Durante el día camina bajo la tierra; en la noche emerge par caminar sobre la playa. Su presencia es percibida por los perros, que arman gran algarabía al sentir su olor a pobredumbre. Los indígenas permanecen en guardia en sus cabañas. Si algún hombre fuera sorprendido caminando por la playa de noche, sentiría la mano ganchuda de este gigante estrechándole la cara y vaciándole los ojos hasta darle muerte.

Ataca por detrás, su fuerza es tan grande que nadie puede escapársele; es invulnerable. En su cabeza ostenta una especie de clavos duros a la manera de cabellos, con un bonete sobre ella; En el pecho, sólido como el fierro lleva dos luces que lo guían en sus correrías por las playas.

En algunas noches de tempestad, los qawashkar, jóvenes o viejos pretenden ver las luces de Kawtcho.

LA FAMILIA YOÁLOJ



Esta familia había recorrido gran parte de la tierra antes de llegar al canal Beagle. Los hermanos de esta familia enseñaron a los hombres cuanto necesitaban saber para vivir.

El mayor de ellos juntó numerosas piedrecillas y se divertía golpeándolas unas contra otras. Entre ella se encontraba la obsidiana que daba chispas.

Recogió una vez un montón de finas plumas y logró hacerlas arder. Luego agregó astillas y leña y de este modo inventó el arte de hacer fuego. Desde entonces se puede asar la carne. Feliz con su invento, el joven manifestó que procuraría que el fuego nunca se apagara. Sin embargo, su hermano se opuso, pues expresó que los hombres debían trabajar y convenía que ellos mismos se esforzaran por producirlo.

La hermana mayor se destacaba por sus sabios consejos. Inventó la punta de la flecha y un magnífico instrumento, pero el menor se opuso alegando que convenía que ellos mismos se empeñasen creando sus propias herramientas.

QUIJINTECA BURLADO POR SU MUJER



Quinjinteca, el vari común (ave de rapiña), vivía con su mujer y su hermano menor soltero.

Pasado algún tiempo estos últimos se enamoraron. Quinjinteca, dándose cuenta del engaño, no dijo nada a su hermano, pero amenazó a su mujer con convertirse en ave de rapiña con grandes garras si continuaba siendo infiel.

Como la amenaza no surtió efecto, Quinjinteca decidió irse al bosque a realizar sus propósitos. Construyó una cabaña en la copa de un árbol y decidió observar todos los movimientos de las aves.

Al cabo de un tiempo volvió a su cabaña. Lo recibió su hermano mofándose de él, pues aún seguía en amores con su mujer. La situación lo enfureció de tal manera que poco a poco perdió el habla, comenzando a graznar, también sus extremidades se transformaron y quedó convertido en vari.

Esto regocijó a los amantes, pues pensaron que ya no los molestaría más; se dirigieron al árbol donde Quinjinteca tenía su nido y se burlaron de él.

Al escuchar sus palabras, el vari emprendió el vuelo lanzándose en picada sobre la pareja, a ella la tomó con sus fuertes garras y la subió a su guarida; en seguida, numerosos pajarillos la despedazaron y se la comieron.

Al conocerse la noticia, todos pensaron que la venganza de Quinjinteca era justa, pues se había transgredido el mandamiento de Watauineva que prohíbe a la esposa ser infiel.

EL CANTO DEL VIEJO GUANACO



Cuando aun era hombre, el viejo guanaco llamo a sus hijas y les comunico que estaba por morir: “Cuando muera, enterradme en la tierra blanca, no muy profundamente, dejadme la cabeza y los hombros afuera. Realizareis los ritos del duelo alejándose y lamentando mi muerte con vuestros cantos, entonces se les acercara un hombre muy parecido a mí que les pedirá un favor, concédanselo”.

Cuando murió, las hijas hicieron lo que su viejo padre les solicitara. Mientras se alejaban entonando tristes cánticos, él salió de la fosa, olfateando y orinando al mismo tiempo que las perseguía. Al darles alcance les dijo: yo soy el hombre del que vuestro padre les habló, “hagamos el amor”. Una de ellas logro escapar, pero al hacer el viejo el amor con su otra hija, los dos quedaron convertidos en guanacos. Así comenzaron a existieron los guanacos.

KWONYIPE Y LOS GUANACO



Kwonyipe es el culpable que los guanacos se volvieran salvajes: Él poseía grandes rebaños de guanacos mansos, como era la costumbre de aquella época. Un animal ataca a su hijo y lo hirió gravemente. Kwonyipe, muy enojado, tomo un leño encendido y castigo severamente al guanaco culpable. Este se retira a la espesura del bosque para reponerse de sus heridas, ahí se encontró con el zorro que le increpo lo tonto que era por creer en los hombres, pues ellos solo los criaban con el objeto de comerlos una vez crecidos. Además, si ellos podían correr más rápido que el hombre, por qué no retirarse a vivir libremente en el bosque, como los otros animales. El guanaco quedo pensativo y luego fue hablar con el rebaño. Volvieron al bosque y, desde ese día, los selknam tuvieron que salir a cazar para obtener así la carne.

EL POBLAMIENTO DE KARUKINKA



Los antepasados de los selknam desde las tierras lejanas situadas al norte del estrecho de Magallanes. Tras mucho caminar, sorteando grandes extensiones de tierra rodeadas de agua, ingresaban al territorio llamado Karukinká. En esta nueva tierra permanecían el tiempo necesario para cazar antes de regresar a su lugar de origen.

Sucedió en una oportunidad que encontrándose un grupo de cazadores en Karukinká sobrevino un gran cataclismo con temblores de tierra, grandes relámpagos y torrenciales lluvias. Cuando amaino el temporal, los cazadores quisieron regresar a sus hogares, pero no encontraron los pasos de tierra que unían ambas partes del territorio: estaban invadidos por las aguas.

Desde entonces, dichos indígenas quedaron confinados a esta tierra separad del continente. Las familias aisladas lograron aclimatarse en esta tierra llamada Karukinká y formaron un nuevo pueblo.

LUCHA ENTRE GIGANTES



Cuentan que un día Kwanyip sorprendió al malvado gigante Chaskel, que era antropófago y tenía preferencia por los niños, con un gran saco a sus espaldas. Kwanyip, adivinado su cargamento, le preguntó por su contenido, Chaskel respondió violentamente trabándose ambos en una feroz lucha.

Dicen que la contienda se llevó a cabo en un lago de poca profundidad y cercano a las orillas del lago Kami (hoy lago Fagnano. Kwanyip, estando encima de Chaskel, logró hundir la cabeza de aquél en el agua ahogándolo.

De esta forma se puso fin a tan perverso personaje y a la matanza de inocentes niños.

Se señala que el hacer referencia a diferentes acciones de antropofagia en la mitología selknam no significa que fuese practicada por ellos, sino por el contrario, ésta era profundamente aborrecida por todos los grupos aborígenes.

EL DUENDE HABSHI



Habshi, el duendecillo selknam, es de color castaño oscuro como los de los árboles muertos de donde proviene. Se le encuentra siempre rondando cerca de los bosques quemados. Es grueso, glotón, ruidoso, invulnerable a las fechas e increíblemente fuerte. Este solitario duende vaga de noche por el bosque gritando cooh- cooh, cooh- cooh y causando destrozos en los campamentos. Al sentir sus gritos, todos se ponen en guardia temeroso, ya que si Habshi descubre un campamento desocupado revuelve todo mezclando los enseres de un toldo en otro, vaciando las bolsas de agua sobre el fuego, volcando las chozas y si encuentra cabezas de guanaco, las parte para comerse los sesos que le gustan mucho.

YA VUELAN LOS IBIS



Antiguamente, cuando una vez más se acercaba la primavera, un ibis sobrevoló la cabaña de un yámana; éste, gritando de alegría, se lo comunicó a los otros miembros del campamento, todos contentos decían: “llego la primavera, ya vuelan los ibis”. Pero el ibis es un ave muy delicada y especial, es por eso que se molestó con el alboroto de aquellos hombres, mujeres y niños y desencadenó una copiosa nevada. Desde entonces, cayó nieve durante meses, cubriendo la tierra con una gruesa capa de hielo. Murieron muchos hombres, pues no podían subir a sus canoas para salir a cazar. No pudiendo abandonar sus cabañas para procurarse la leña a causa de la nieve, seguían muriendo muchos otros.

Por fin, después de mucho tiempo, cesó la nevazón. Al despejarse el cielo, apareció el Sol radiante sobre la tierra, derritiéndose el hielo que la cubría, con sus cálidos rayos.

De esta manera corrió mucho agua por los canales y hacia el mar, quedando visibles sólo algunas cumbres.

El Sol, que resplandecía muy fuerte, quemó los árboles de la montaña y, al derretir el agua de los canales, los indígenas pudieron salir en sus canoas en busca de alimento. Sin embargo, aún se ve una capa de hielo en la falda de la montaña que ya era demasiado gruesa y el Sol no pudo derretir.

Como todo este trastorno lo causo el ibis, que es un ave muy delicada y sensible, los Yámanas tienen cuidado cuando la ven acercarse a sus toldos: se quedan quietos y hacen callar a los niños.

UMOARA VENCE AL MOSTRUO



Hace muchos años atrás, vivía en una caverna, en la parte sur de la isla Gabler, un espantoso monstruo con aspecto de un león, toro y foca. Vigilaba el mar que rodeaba la isla, devorando a todos los que osaban acercarse a sus proximidades. Si alguna canoa desprevenida se aproximaba por esas aguas, el monstruo destruía la embarcación devorando a sus tripulantes.

Este monstruo había sembrado el terror por todas las islas. Un día, el joven Umoara decidió salir en su busca para librar a su país de tal amenaza.

Umoara era chico de cuerpo, valiente, resuelto y muy diestro en el manejo de todas las armas de caza. Salió en su canoa en busca del monstruo; éste, viendo que se acercaba tan temerario, creyó que era presa fácil, y se aprestaba a devorarlo cuando Umoara con su honda le lanzó una piedra que le dio en un ojo; otra, disparad con igual destreza, lo dejo ciego. Esto le facilitó la tarea a Umoara quien con su arco le disparó varias fechas y lo remató con el arpón.

Cargando a monstruo, se dirigió a su isla donde todos le agradecieron celebrando con una gran fiesta el haberlos librado de tan sanguinario monstruo.

OTRA HAZAÑA DE UMOARA



En las costas de la isla Hoste, vivía un monstruo que gustaba de violar a las mujeres. Él era producto de los amores de un peñasco y de una mujer.

A las mujeres de la región las hacía presa de su deseo, pues se veían forzadas a ser complacientes con él para librarse de su crueldad. Los hombres no se atrevían a intervenir, asustados por la ferocidad del monstruo, y sus mujeres seguían cautivas.

Umoara alentado por el éxito obtenido con el gigante de la isla Gabler, salió al encuentro de la isla Hoste. Este gigante era de gran fuerza física y tenía un solo lugar vulnerable en su cuerpo: el talón.

Por suerte, Umoara lo encontró enfermo en su guarida y le fue relativamente fácil darle muerte. Así devolvió la tranquilidad a sus compatriotas y la libertad a las mujeres raptadas

LA BALLENA DE LA ENSENADA DEL PÁJARO



En territorio yagán, sobre la ensenada del Pájaro Carpintero, encalló una vez una enorme ballena. Como es sabido entre los indígenas, el primero que se encuentra al animal tiene derecho a faenarlo. Los últimos en llegar al festín siempre se quejaban de no conseguir las porciones apetecidas.

Sucedió que cuando un grupo de yáganse cortaban la carne con cuchillos de piedra como era costumbre en aquella época, apareció en la orilla del bosque un grupo de haush (indígena que poblaron Tierra del Fuego, preferentemente por el lado Argentino) los que dejaron sus arcos y fechas en un lugar visible y se encaminaron a participar de la comilona. Esto contrarió a los yáganse, los que luego de ofrecerles carne cayeron repentinamente sobre ellos matándolos a todos, con excepción del viejo hechicero Kawhayulh al que finalmente decidieron dar muerte también cortándole la cabeza.

La cabeza, al separarse del cuerpo, lanzó una gran carcajada, se dio vuelta riéndose y a gran velocidad se internó en el bosque. Según dicen, se dirigió hasta el Cabo san Diego, luego viajó de oeste a norte por el Atlántico, para luego penetrar en tierra selknam, propagando una epidemia. Una vez cumplida su misión, riéndose, se encaminó a las montañas del sur. El que se encuentran con ella está condenado a morir como castigo por el asesinato del viejo hechicero.

LOS CORMORANES



Existe en la región diversos tipos de cormoranes o cuervos marinos, como el cormorán de las rocas y el cormorán de patas rojas.

Cuentan que en los tiempos de la sequía E´etej, el cormorán de las rocas, era muy egoísta, pues descubrió un pozo y a nadie reveló su secreto.

Dándose cuenta Hwashenim, el cormorán de patas rojas, que Eétej siempre estaba feliz y de buen humor, presumió que este tenía una aguada donde beber.

La familia de hwashenimse dedicó a observar a la de E´etej y pudo ver cuando pasó un grupo precedido por E´etej en dirección al pozo. Los Hwashenim cayeron por sorpresa sobre ellos, empujándolos hacia abajo, y bebieron hasta saciar su espantosa sed.

Hasta el día de hoy, el grito de E´etej es é, é, é y resuena fuerte, pues su garganta aún está húmeda, en cambio el grito de Hwashenim suena eh´eh´eh´, ronco por la sed que padeció. Por el mismo motivo, siempre se encuentran en los barrancos a los Hwashenim sobre lo E´etej. También estos últimos siempre vuelan con al cabeza hacia atrás temiendo que alguien los siga.

EL PÁJARO CARPINTERO NEGRO



Lana, el pájaro carpintero negro, vivía junto con su hermano en casa de sus padres. Lo que ellos no sabían es que en un escondite del aquellos dos hermanos se amaban en secreto. De esta forma transgredían el precepto yagán que prohíbe el incesto.

Al conocerse su comportamiento, fueron amenazados con terribles castigos, pero, a pesar de ello, seguían juntándose.

El padre, indignado, los recriminó, les pinto con tierra roja la cabeza en señal de su mal comportamiento y los echó de la casa. Se retiraron al bosque donde, hasta el día de hoy, el pájaro carpintero negro cohabita con su hermana.

LA NUTRIA MARINA



Ayapuj, la nutria, vivía en una misma cabaña junto a sus cinco cuñados. Estos se burlaban constantemente de él. Aburrido de esta situación, se traslada vivir en un promontorio vecino. Allí decide tomar venganza y con este fin simula haber descubierto una ballena varada; los cuñados ven la señal de humo y mandan al hermano menor a inspeccionar. Al llegar, éste no ve ninguna ballena, y, como el lugar está resbaladizo, cae. Ayapuj aprovecha esta situación para dispararle su arpón. Vuelve a hacer señales de humo y así, sucesivamente, tres hermanos más corren la misma suerte.

El mayor, sospechando que algo les ha ocurrido a sus hermanos, se dirige con sus armas hacia la playa; allá se encuentra con Ayapuj que lo invita a pasar a su cabaña; éste acepta, pero, receloso, entra por la puerta de atrás. Los cadáveres de sus cuatros hermanos yacían en el suelo de la cabaña. Se abalanzo sobre Ayapuj cortándole las manos y pies para enseguida darle muerte.

Lo ocurrido explica por qué este animal vive debajo de la tierra y también por qué sus extremidades le quedaron tan cortas.

EL CHINCOL Y LA LLOICA



Llegaron a Karukinká dos pequeñas piraguas: una venía de donde sopla el viento, serpenteando por los canales australes, y arribo tan cansada, tan fatigada de bracear, los remos tan ateridos, que por poco se hunde antes de llegar; la otra apareció por donde sale el sol, mar afuera de los canales patagónicos, llego alegre y lozana, con su gran vela al viento blanca como las alas del cisne. Cada una hizo su recalada y de cada una de ellas desembarco un hombre: uno era pequeño de brazos muy fuertes, de pelo muy lacio, de piel muy brillosa, de ojos muy vivos de voz muy sonora; el otro ere alto; de pierna muy largas, de pelo muy negro, de color muy tostado, de ojos muy sumisos de voz muy graves.

El uno se llamaba Agusá y el otro se llamaba Ubira. Ambos se pusieron a caminar tierra adentro al fin se encontraron una tarde cuando el sol entumecido se empañaba en las primeras sombras. Se miraron, se hablaron cada cual a su modo, entendiéndose muy bien con los gestos y quedaron amigos cortaron muchas ramas, golpearon sus piedras de fuego y encendieron una gran hoguera junto a la cual se acurrucaron así pasaron los dos indios forasteros su primera noche austral.

A medida que el tiempo transcurría, mayor se fue asiendo la amistad entre estos dos únicos habitantes de Karukinká. No se separaban nunca y en los trabajos se ayudaban y complementaban aportando cada uno sus artes nativas. Juntos paseaban, juntos salían a cazar, juntos exploraban el indiviso feudo, juntos recordaban la remota choza y la ruca lejana y soñaban en lo por venir. Y eran absolutamente felices.

Pero he aquí lo que ocurrió cierta mañana: estaban desollando un guanaco, cuando oyeron un grito inusitado que estremeció el robledal, un grito de alguien que se dolía. Se miraron consternados creyeron al principio que seria el aullido de un zorro, pensaron después que acaso se tratase de ulular del viento en las ramas retorcidas de los coigües, sospecharon al fin que fuera cosa de hechicería; pero el grito se repitió, ahora mas próximo y sin lugar a dudas: era un grito humano.

Alborotaron ellos a su vez, avanzando hacia la espesura y a poco andar vieron salir del matorral a una mujer. Vacilaron entre huir o atacarla; mas la joven los miro con tal dulzura y gracia, que acabaron por acercársele. Era esbelta, rubia, blanca como la nieve con unos ojos tan claros como el cielo pero a veces verdeaban como el agua de las lagunas muertas.

¿De donde venía aquella extraña mujer? ¿A dónde iba? ¿Qué quería? El caso es que se le acercó familiarmente, lo saludó como antiguos conocidos, y, sin que nadie se lo pidiese, avivó las brasas y puso la carne de guanaco al fuego.

Los primeros días compartieron los tres el mismo kaowe en alegre camaradería. Ella se mostraba muy contenta y ellos no recataban su dicha. “Ya somos tres para cazar y pescar - pensaban- , y así nos esforzaremos menos y comeremos mejor”.

La tierra fueguina hubiera sido para ellos un verdadero edén si el más joven de los indios no hubiese caído enfermo, y tan grave se puso, que, una noche después de un largo delirio, quedó como muerto. Su amigo lo miraba sin saber qué hacer ni qué decir; pero ella que todas las mañanas lo obsequiaba con tiernas callampas y sabrosos calafates buscados con afán apenas rompía la aurora, empezó a llorar y a mesase los cabellos; y, cuando lo vio todo perdido , se inclinó sobre el moribundo y lo cubrió de caricias y besos.

- ¡Ubira! ¡Ubira! - sollozaba- . Nunca más mis ojos volverán a verte. Nunca más mis manos volverán a estar entre las tuyas. . . ¿Por qué no me muero yo también para estar siempre contigo? Salvóse el enfermo pero huyeron del toldo, para siempre, la confianza y la alegría. Agusá empezó a odiar a su compañero y terminó deseándole la muerte desde lo más íntimo de su alma.

No tardaron en separase cada cual hizo su albergue y sólo de tarde en tarde se acompañaban, más para discutir y pelear que para conversar y ayudarse. Cuando Hayen los acompañaba (que así llamaron a la aparecida por el grito que lanzó cuando la oyeron por primera vez), se moderaban un poco; pero cuando se quedaban solos: ¡que de injurias y amenazas se decían! El uno pensaba: “No debo matarlo, por que ella odiaría al asesino, y tarde o temprano Ubira volverá a enfermar y acaba por morirse”.

El otro meditaba: “Es mejor esperar; ella me ama y terminara por venirse conmigo para siempre”. Y lo cierto es que ella quería a los dos, por que en ambos encontraba bellezas y virtudes.

Una vez que la joven se atraso mas de lo acostumbrado, Ubira fue intranquilo a preguntarle a su vecino. - ¿A donde abra ido?- Eres tú el que debe seguir sus pasos, y si por acompañarla no vuelves más, tanto mejor. Este principio de dialogo subió pronto a disputa, y acabaron por lanzarse el uno contra el otro en salvaje pelea. Parecían dos animales enfurecidos. Cuando quedaron cubiertos de sangre y medios despellejados, Hayen apareció a lo lejos y les grito: - Sosegaos y haced la paz, por que sino, seréis malditos.

Pero ellos sólo se ocupaban de desahogar aquel encono que les anegaba el corazón. - Abrazaos en mi nombre, sino, por segunda y tercera vez nos digo que serías maldito volvió a clamar Hayen, que el lugar de aproximárseles, se alejaba. Y ellos sordos a las súplicas, continuaban su lucha con furia aún mayor. La maldición cayó en verdad sobre los contendientes. Por sobres sus cabezas paso una ráfaga de viento helado que desbarató los rústicos albergues, apago las fogatas y estremeció los árboles del bosque.

Poco a poco, a medida que avanzaba la lucha, los dos que fueran amigos se iban transformando en los bichos más despreciados y asquerosos: primero en arañas, luego en cangrejos, después en ratones. No se veían pero veían todo lo demás: los peñascales, las raíces, los charcos. . . , y veían a Hayen que los contemplaba desde lo alto del cerro más distante y que también se iba transformando hasta ser una sombra, luego una llama, y finalmente un resplandor que se apago al lucir la primera estrella. En la aurora del nuevo día, Ubira y Agusá eran dos pájaros, dos pobres pajaritos marcados por todas las señales de la pelea: uno tenía las plumas de la cabeza revuelta y los ojos desorbitados y el otro todo el pecho rojo de sangre.

Por estas tierras del sur todos sabemos que las avecillas se llaman Chincol y Lloica, pero sólo los indios conocen su verdadera historia.





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