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Mitos de la región de Magallanes Parte 2 - Monografía



 
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LAS DOS ESTRELLAS



Costelen, era sentimental, melancólico, suave de palabras y deseos; con el rostro siempre dibujado con trazos blancos, pescaba de sol a sol a la orilla del lago, y de noche cuando los muertos se aparecen en forma de estrellas solía salir al descampado para mejor conversar con ellos y contarles sus anhelos. Al tiempo de al iniciación, eligió por esposa a la dulce Olengue, cuya bondad y cariño llenaban su vida de tierna felicidad y con quien formaba la pareja más querida de la comarca.

Anequen era violento, despótico; solitario siempre, pasaba su vida cazando en la más tupida espesura de los bosques, y, como los guerreros, untaba su cuerpo con pintura roja. No sabía lo que era un afecto, ni un amor; cuando los camaradas conseguían hablarles y les preguntaba por qué no se preocupaba de buscar compañera, respondía:- ¿Para qué? Yo me vasto sólo.

Pero en al tribu del río Sheke, de donde provenía Anequen había tenido una mujer una bella muchacha que un día, cansada de los malos tratos y a las palabras y hirientes, intentó huir de su lado. Anequen temblando de furor, había disparado la flecha con que tenía derecho a inmovilizar sus piernas, pero dio en la espalda de la mujer y la mató. Nadie en la toldería creyó que esa tragedia se debiera a un accidente, aún cuando Anequen juraba que la diosa Tano, la que viene de las entrañas de la tierra, había torcido la dirección de la saeta. Por eso Anequen no tenía mujer ni quería tenerla. Cuando sentía el deseo, la tomaba sin importarle la venganza de los otros, pues para eso estaban sus fuertes brazos y su Habilidad en la pelea solitario en su Kaowe, pasaba tardes enteras preparando sus armas, repletando la aljaba con fechas de aguda punta que todos conocían por sus vistosas plumas de avutarda y por la increíble distancia que alcanzaban.

Costelen procuraba no cruzarse en el camino de Anequen, desde una vez que este quiso pelear y aquel rehuyo afablemente la disputa. Pero un día se encontraron en la estrecha senda que bordeaba el ventisquero.

Uno venía de pescar y otro de la cacería; aquel con el shorren vacío, yeste con el pecho y al espalda cargada de presas que le pintaban hasta la rodilla oscuros manchones de sangre. Anequen se río escandalosamente al ver el morral vacío que pendía del hombro de Costelen. - No sirves para nada- lo increpó- . Eres tan inútil como los caranchos. Me das lastima. Toma llévale de comer a tu mujer. Y le arrojo las piezas a un caliente de su cacería.

Costelen las recibió en pleno rostro como una bofetada. Ciego de furor se abalanzo contra Anequen. Y este fuerte como un colgué, ágil como un felino, impetuoso como la sudestada, lo derribó, golpeándolo furiosamente hasta quitarle la vida.

Cuando llegó a la toldería la noticia de la lucha y el desastroso fin de Costelen, un clamor de llantos se escapo de todos los pechos. La tribu entera proclamaba agritos su dolor. Las mujeres se arrastraban desmelenadas por el pedregal batiendo la frente contra los guijarros y los hombres se dolían con lamentos semejantes a los aullidos del vendaval. Olengue, la viuda se arañaba las carnes con esquirlas de huesos. Hombres y mujeres, viejos y niños, se cortaron los cabellos, dejando apenas un cerco que les daba un aspecto siniestro, y se ennegrecieron la cara para expresar mejor el duelo, pintura que mantendrían durante seis lunas para cumplir el rito fúnebre.

Trajeron el cadáver sobre unas angarillas, lo envolvieron en su propia capa y lo entablillaron para mantenerlo rígido; lo fajaron después en lonjas de cueros delineándoles cuidadosamente la cabeza, y a su alrededor profirieron enloquecidos clamoreos, cuyo rumor se extendía hasta muy lejos. Luego de quemar las vestiduras del muerto, a la mañana siguiente fueron a enterrarlo al pie de una barranquilla, cubriendo la sepultura de modo que nadie pudiese reconocerla y profanar el cadáver, oculto bajo una gruesa capa de piedra para que los zorros- los zorros malditos- no huronease jamás en los restos queridos. El Mehn, el espíritu la sombra del muerto, ya estaba muy lejos presenciando

Impasible a la ceremonia; pero los huesos allí quedaban, lejos de las sendas, en el lugar por donde nadie transitaba.

Los parientes se ocuparon del sostenimiento de Olengue la viuda, pero Aneque haciendo valer de acuerdo a la ley de Oneisin, sus derechos de homicida que mata en franca lucha, pero en realidad deseoso de lograr una última victoria sobre el desdichado enemigo, la reclamó como naa, es decir por esposa.

Ante lo inexorable de los preceptos ancestrales, Olengue tuvo que casarse. Poco a poco en el cazador montañés e fueron notando muchos cambios se elevaba de su dura condición a una más tranquila y cordial convivencia, encontrándose mas sensible a medida que se tornaba más humano. Ya ansiaba el deleite de una compañía respetuosa; ya apreciaba los agrados conyugales y gustaba de ellos con dulce complacencia; ya gozaba del encanto de la conversación prolongada hasta los primeros parpadeos del sueño.

Sabia que Olengue no lo amaba, pero una esperanza recóndita le anunciaba que alguna vez podría conseguir su cariño. Para atraer su admiración, emprendió arriesgadas y difíciles que nadie en la toldería hubiese intentado; desafiando a las tribus enemigas, mató pumas feroces que asolaban la comarca, hizo increíble cacerías de lobos marinos; pero Olenque, que no dejaba de reconocer su coraje y su destreza, continuaba sin amarlo.

Acariciaba a los niños, respetaba a los ancianos, protegía a los débiles, regalaba a las mozas, cedía siempre su lugar a cualquier vecino que se lo disputase, y de este modo consiguió primero el perdón, después el respeto y más tarde el afecto de cuantos lo rodeaban. Pero Olengue seguía sin poder amarlo, a pesar de ser dócil y obediente.

Nunca pudo Aequen reprocharle una negligencia, una palabra áspera, un gesto impropio; hasta tal punto que todos los miembros de la tribu estaban convencidos de que eran el she y la naa más felices de Oneisín, y los ponían como un ejemplo para satisfacción de los viejos y esperanza de los jóvenes. Sólo entre Aneken y Olengue estaba clara la verdad. Y él se preguntaba angustiado.

“¿Qué más puede querer?. . . Suyo es el she más valiente de al toldería, el cazador afortunado, el caminante incansable, el amante generoso; suyos son los collares más lindos, las pieles más raras, las diademas más valiosas, las presas más apetecibles”.

Mas he aquí que el despertar una noche, percibió que Olengue soñaba en voz alta diciendo palabras dulces y tiernas, mezcladas con un nombre que brotaba de sus labios suavemente: ¡Costelen!

No se desesperó, a pesar de todo, y aun llegó a experimentar el placer de perdonarle aquel recuerdo en el que revivían, en un instante del sueño, los primeros amores.

Pero otra noche la escena se repitió, con caracteres más sombríos; al nombre de Costelen, dicho otra vez con igual ternura, siguió el suyo- Aneken- , pronunciado con dureza y rencor. Y otra noche más en el sopor de la pesadilla, Olengue mezcló los dos nombres; y en la crispación de sus manos, en el temblor de su piel, en la mueca de sus labios, notó que en el nombre evocado seguía palpitando la pasión y que el suyo era dicho con odio: la bella Olengue, en la inconsciencia del sueño, repetía: - “Yi she. . . , yi she Costelen”.

No pudo más, se levantó, empuño el arco y salió del kaowe dispuesto a no volver.

Nevaba copiosamente. La pampa aparecía inmensa y el silencio se extendía sobre el paisaje. Sus pasos marcaban en la nieve huellas que el viento iba borrando. Caminaba cada vez con más prisa; era preciso alejarse cuanto antes de aquel lugar siniestro. Obsesionado con sus preocupaciones, atravesó como un fantasma el sudario de la noche.

La claridad del alba se difundió por el cielo. Ya no nevaba. Las de densos nubarrones empujados por el viento naciente corrían por el suelo como un funesto escalofrío. Helaba, pero él se sentía envuelto en un halito febril. Entrado el día, se encontró frente al bosque que marcaba la primera estribación de la cordillera.

Una idea la perseguía: “¿de qué me ha valido ser bueno? ¿De qué me sirvió humillarme si no he conseguido el cariño de una mujer? La vida es lucha; nada se consigue con buenos sentimientos; ¡sólo por la fuerza se puede dominar el corazón humano! Sin embargo. . . ”
Y la imagen de Costelen volvía a surgir en su conciencia con un gesto del dulzura que negaba las duras razones del cazador, porque Costelen, tan suave y cordial, había conseguido el amor de aquella Olengue que le llamaba en sus sueños “yi she”, esposo mío.

Tuvo horror y vergüenza de sí mismo. La sombra del rival asesinado continuaba implacable su venganza; lo había castigado en el trama de los sueños de Olengue y lo volvía a castigar ahora en esta persecución de su conciencia.

Continuó penetrando en la espesura sin saber hacia donde iba, perdiéndose en la inmensidad boscosa que lo apretaba cada vez más en un cerco de sombras. Varias veces se detuvo, creyendo que lo seguían.

De pronto oyó unos gritos que parecían decir cujucuju; era el trágico castañetear que llenaba de pavor hasta a los guerreros más valientes: era Hasché, el espíritu del árbol seco, que se acercaba queriendo estrangularlo; oyó las pisadas ágiles de Quemanta, el espíritu del árbol vivo, que horroriza cuando se aparece en la alborada coronado de musgo y con un gran manto de verdor; vio el palo justiciero de Short, el espíritu de las piedras blancas, que alcanzaban en su castigo a los que eran más seguros, el cual pasó ante sus ojos arrastrando de la mano a Jalpen, la veleidosa dueña de las tormentas; rozó la túnica llameante de Tano, la diosa ruin que viene de las entrañas de la tierra; notó las mancha de Oleming, el espíritu del cielo, benéfico para todos, menos par él; oyó a Yose quebrando ramas para su hoguera maldita que no puede encenderse nunca.

Poseído de espanto, quiso gritar y no pudo, quiso correr y se le doblaron las piernas, quiso disparar el arco y los brazos se le agarrotaron. Entonces se le apareció Keternen, insinuante y sedoso, y sintió que los ánimos le renacían, y esperanzado en su ayuda, se lanzó tras él en carrera vertiginosa. Era un dios joven, bello, que sonreía como un niño.

¡Ah, si él hubiese tenido un laal así! Lo habría querido con toda el alma y habría hallado en él la salvación. Lo llamó a gritos, pero sus ecos se perdieron en la espesura; keternen, el hijo de la imaginación, el hijo soñado, el laal imposible, le huía veloz como una flecha. Aneken corrió siguiéndolo hasta el final del bosque; siguió tras él por las montañas; y en plena carrera, cuando bordeaba un precipicio que caía sobre un abismo, oyó un clamor que venía desde el fondo, y vio a Jachai, el de los cuernos tiznados, el espíritu de las piedras negras, que lo llamaban con la suave voz de Costelen, ofreciéndole en el vaho enajenante de aquella hondura la paz definitiva para su atormentada conciencia.

El silencio del aire cristalino se estremeció con los sordos golpes del cuerpo de Anaken que, batiendo de roca en roca, fue a ensangrentar el hilo de agua pura que corría en la profundidad del abismo.

En las noches sin luna se ven dos estrellas juntas en el firmamento de Oneisin. Son los espíritus del suave Costelen y del rudo Aneken. Una brilla con un puro y blanco resplandor. La otra aparece rojiza, como teñida de sangre.

LA BALLENA ENVENENADA



Habiendo varado una ballena en el lugar denominado Springhill, en Tierra del Fuego, los cazadores de indios deciden economizar algunos tiros. Saben que esta ballena será un festín para los famélicos onas, siempre golosos de grasa. Era cosa de envenenar la carne simplemente. Así lo hacen y el resultado es “excelente”. Hubo caza mayor aquel día: quinientos indígenas muertos.

LOS ONAS Y LA LUNA



Los onas suponen que en las variadas fases de la Luna hay seres ocultos, enemigos de los hombres a los que le causan el mayor pavor. El engrosamiento gradual de la luna les inspira gran miedo o temor, porque creen que para engrosarse se alimenta de criaturas humanas, a las cuales les chupa la sangre, lo que les causa la muerte. De ahí que cuando ha llegado al estado de mayor grosura (plenilunio), háganle, de contentos, fiestas, y alrededor de grandes fogatas, bailen y griten en algaraza infernal durante toda la noche, celebrando el haber librado del peligro de muerte a sus hijos, que aman con mucha ternura.

LOS PATAGONES



Habitaban en la región comprendida al norte del Estrecho de Magallanes o sea la Patagonia propiamente dicha. Ellos se subdividían en Patagones Tehuelches y Patagones Pamperos. Patagones, por corrupción de Pentagones que significa cinco codos, o sea siete y medio pies de altura.

Otros creen que por el tamaño de sus pies, que alcanzaban dos veces el de un robusto hombre normal, se les nombró patagones, patagón con el que se quedaron los aborígenes del Estrecho de Magallanes.

EL COLOR DE LA NIEVE



Existe una leyenda que justifica, el por qué, todos los años caen copos de nieve blancos y no de otro color. Está basada en una historia de amor que es la siguiente:

Años atrás, cuando recién llegaba el hombre blanco a colonizar o “civilizar”, habitaban estos territorios australes, tribus indígenas, entre las cuales, había una que se destacaba por tener entre sus integrantes a una joven, hija de un jefe, que era la más linda de la Patagonia.

Una vez, llegó un aventurero blanco que investigaba la forma de vida de los aborígenes, herido por la nieve, el hielo y el frío, tuvo que ser atendido y en especial por la joven, quien curó todas sus heridas.

Entre ambos jóvenes, empezó a darse una comunicación por medio de los sentimientos; que más tarde se transformo en amor. Nadie sospechaba que existía una relación entre ellos, ya que fue siempre fue amistosa con todos. Hasta que un día, la joven le propuso que se escaparan; pues sabía que si su padre se enteraba no lo aceptaría y lo mataría, porque era una deshonra para la tribu que ella se uniera con un blanco. Pero él no quiso, prefirió pedir su mano como corresponde.

Cuando estuvieron frente al padre y comunicaron sus sentimientos, éste reaccionó duramente, rechazando la propuesta. El joven decidió despedirse y esperar hasta el otro día, para que hubiera más calma. Cuando amaneció, se dirigió donde la joven y vio que los indios lloraban, encontrando a su amada en el suelo, vestida de blanco, con un velo, confeccionado por la nieve que cayó durante la noche. El se arrodilló, muy emocionado lloró y una de sus lágrimas derritió un poco de nieve, formando un ramo de flores sobre su pecho.

Por eso se dice que todos los años caen copos de nieve blanca para visitar a la joven novia. Si se pregunta qué pasó con el joven, según la leyenda, lloró tanto que se convirtió en un copo de nieve más grande, cayendo en forma de granizo para estar al lado de su amada.

LA LEYENDA DEL CALAFATE



Antes de que aparecieran los blancos en esta tierra de pampas, montañas, glaciares, canales y bosques, vivían aquí dos grupos de vigorosos indígenas: los aonikenk y los selknam.

El jefe aonikenk tenía una hermosa hija llamada calafate de la cual estaba muy orgulloso. Era poseedora de unos grandes y bellos ojos color dorado.

Un día paso por el lugar un varonil y apuesto joven selknam, al verse, los dos jóvenes se enamoraron perdidamente, aun sabiendo que sus respectivas tribus no aceptarían es unión. El amor pudo más que la razón, como suele suceder en estos casos, y decidieron fugarse para vivir juntos.

Alguien descubrió sus planes y fueron denunciados al jefe aonikenk. Este supuso que el espíritu maligno de Gualicho se había apoderado de su hija instándola a huir con un enemigo de su tribu. Furioso, recurrió a la Shaman de la tribu para frustrar la huida de Calafate. Aquella la hechizó convirtiéndola en arbusto, pero permitiéndole al mismo tiempo que sus hermosos ojos contemplaran el lugar que la vio nacer.

Así, el calafate cada primavera se cubre de flores amarillo oro, que son los ojos de la niña aonikenk. El joven selknam jamás pudo encontrar a su amada, después de buscarla por mucho tiempo murió de pena.

La Shaman, arrepentida del mal que había causado, hizo que las flores del Calafate al caer, se convirtieran en un delicioso fruto de color púrpura que es el corazón de la bella joven aonikenk.

Todos los que comen del fruto caen bajo el hechizo del Calafate, lo mismo que el joven selknam, y aunque vivan lejos son atraídos a la región.

EL DEDO DEL INDIO PATAGÓN



La leyenda dice que a un impulsivo marino español, estando sentado frente al monumento de Magallanes, le llamo la atención un fornido indio patagón que adornaba a la s estatuas y decidió tatuar en su pecho esta figura. La obra resulta perfecta, a cada movimiento del marino los ojos y las mejillas cobraban vida. Lo más impactante era el dedo gordo que se movía en forma casi real.

Cada vez que se le preguntaba si las empresas tendrían éxito, el dedo gordo del indio se movía afirmativamente. Muy feliz, el marino se fue a embarcar y al pasar frente a la estatua se golpeo el pecho diciendo: “Aquí te llevo amigo, quiero ser tan fuerte como tú y que no me entren balas”. Finalmente se despidió besándole el dedo gordo del indio pidiéndole su protección y buena suerte.

De la anterior leyenda se desprende la creencia de que besándole el dedo gordo del pie del indio patagón queda sellado el pacto de regreso a Magallanes.

EL ORO DEL DIABLO



Se dice que en los cerros de Porvenir existe una fabulosa mina de oro, cuyo dueño es el diablo. . .

Esta mina está oculta, pero en la noche de San Juan se abre la entrada, para esperar al valiente que se atreva a buscarla. Años atrás, dos hombres caminaban en la oscuridad, por los cerros de Porvenir en las proximidades del Cordón Baquedano, y conversaban sin saber lo que les esperaba. Caminaron por horas, cuando de pronto se encontraron con la boca de la mina. Llenos de alegría bajaron a ella encontrando mucho oro. Gritaban de felicidad creyéndose ricos, llenaron sus sacos con el precioso metal. De pronto sintieron un extraño ruido que los acobardó y se encontraron de frente con el diablo. Trataron de arrancar pero no pudieron y se les desapareció la salida de la mina. El diablo les dijo que no tenían escapatoria, y que nunca podrían salir de ahí al menos que le entregaran sus almas.

A los hombres no les quedó más que aceptar la proposición del diablo y firmaron un contrato de un año a contar de la fecha en que encontraron el oro para entregarles sus almas, y ese trato fue firmado con sangre. Apenas terminaron de firmar, se encontraron en la superficie, junto a dos sacos llenos de oro. A pesar de lograr una gran riqueza, los dos hombres se alejaron desolados, mientras se escuchaba una demoníaca risotada. Por eso, si alguna vez sale a buscar oro. . . jamás lo haga en la noche de San Juan.

Dicen que el diablo está esperando por su alma.

LA SILLA DEL DIABLO



Cuentan, que en la provincia de Última Esperanza, en un lugar rocoso, semejante a una gigantesca silla, se posaba un enorme animal, con grandes colmillos y feroces garras. Aterrorizaba a todos los habitantes, que en ese momento eran aborígenes y a cada grito de la abominable bestia, maldecían al demonio, que salía de las profundidades de la tierra y se sentaba en su trono terreno.

Este lugar, comúnmente llamado “La Silla del Diablo”, aún existe y por lo que se cuenta hoy, en las noches de luna llena, todavía se oyen aullidos del espíritu de Satanás, ahuyentando a todos los que se atrevan a invocar el nombre del diablo, que para muchos, es muy parecido a lo que hoy conocemos como el Milodón.

JINETE



Este hombre montado en un caballo negro atrae a las personas que tienen pacto con el diablo. Se aparece en las noches oscuras y en lugares desolados.

La leyenda cuenta que un hombre vio a un jinete a caballo y que se le apareció sin darse cuenta. Que a este jinete no se le ve la cara y que es un espíritu de la noche.

LA HISTORIA DE UNA BOTELLA DE ORO



Esta historia tiene contornos de drama. Un buscador de oro, de nacionalidad yugoslava, llenó en una temporada hasta el gollete una botella de un litro con el codiciado metal amarillo. De regreso a Porvenir, desconfiado por naturaleza, no quiso llegar con la botella a la casa de uno de sus paisanos donde se hospedaba y la enterró en un sitio baldío, dejando una señal en la tierra; pero, en la noche se descolgó una nevazón y al día siguiente todos los sitios eran iguales y parejos con seis pulgadas de nieve, de manera que no pudo orientarse ni saber en ese día ni en los próximos donde enterró su tesoro.

Otro yugoslavo que tenía unos cerdos en un sitio baldío descubrió una mañana de primavera, en un hoyo que habían cavado los animales con el hocico, la botella que contenía una pequeña fortuna. Él sabía la historia y conocía al “paisano”, pero no se dio por enterado. Más tarde vendió el oro, obteniendo por el contenido de la botella $ 40. 000 de ese tiempo. Vendió asimismo los pocos intereses que tenía y partió para su país en el primer barco. Pero el destino quiso que no aprovechara ese dinero tan fácilmente obtenido, pues al desembarcar en un puerto de Norte América, en que tocó el buque, se quebró una pierna debiendo ser hospitalizado. La pierna se le gangrenó y finalmente hubo que amputársela. En la enfermedad gastó todo el dinero que llevaba y, finalmente, tuvo que regresar de nuevo a Porvenir, lisiado y en la miseria.

LA LEYENDA DE LOS ENTIERROS



Se cuenta que antiguamente la gente tenía oro y joyas para que no se los robaran enterraban sus tesoros. Cuando estas personas fallecían no se sabía donde los había enterrado. Se dice que donde está enterrado un tesoro se ve arder una mata y para desenterrarlo se necesitan tres personas y excavar a media noche, y que también se ven visiones hasta encontrar el entierro.

ORO POR VER LAS PIERNAS



En los tiempos excepcionales, un apuesto marinero entró en una que estaba atendida por un matrimonio y sus dos bellísimas hijas. La mayor y más traviesa de las niñas, que tenía veinte años, atendía a los clientes. En esos tiempos las mujeres escaseaban y eran un poderoso y atrayente incentivo de los pobladores de Punta Arenas. Las faldas, según la moda de la época, alcanzaban a los talones. El joven marinero entró en galanteos con la niña y le ofreció medio kilo de oro si dejaba ver sus piernas hasta las rodillas.

Concertado y cumplido el pacto con autorización materna, el hidalgo caballero le obsequió a la simpática doncella el premio apetecido, extraído de la Madre Tierra magallánica.

LA APARICIÓN DE LOS ESPÍRITUS



Una vez, mi abuelo y yo viajábamos hacia el “Lago Blanco”. Camino a él alojamos donde un arriero y al lado de la fogata éste nos contó cosas misteriosas, fantasmales, sobre almas en pena y las extrañas luces que se veían antes de que se aparecieran los fantasmas. Comimos un buen asado, pero eso de los fantasmas nos provocó un apequeña inquietud. Seguimos nuestro camino y en plena pampa el auto no pudo seguir avanzando. Parecía que una mano misteriosa impedía la marcha. Precisamente en ese momento vimos unas luces incandescentes. Muertos de miedo no supimos qué hacer. Mi abuelo tomó la escopeta y bajó del auto. Quiso disparar y lo hizo al aire. Entonces cerré los ojos, tomé mi cruz de comunión y apretándola fuertemente empecé a rezar. Después de aproximadamente diez minutos mi abuelo subió al auto. No me quiso contar lo que pasó, pero yo sé que en esto tuvieron que ver los espíritus malignos.

Continuando nuestro camino aparecieron un sin fin de almas en pena. Traté de no tomarlos en cuenta. Pensé que sólo era un sueño, pero se veían demasiado reales las marcas dejadas en el techo y carrocería del auto…

Ximena Gallardo Ovalles.


LA CARROZA BLANCA



Un día mi esposo se levantó y se fue a laborar más o menos a las cinco de la madrugada. Cada vez que él salía de la estancia veía una carroza blanca con dos hermosos caballos blancos. Era sorprendente la carroza, toda luminosa, estaba llena de luces, hasta que un día mi marido se dispuso a seguirla. Pero le fue imposible, los caballos corrían demasiado rápido, así que se detuvo a observarla. Otro día, cuando iba entrando a la ciudad, vio de nuevo la carroza blanca, pero al rato desapareció.

Mi esposo estaba desesperado, no sabía que hacer. Si encontraba a alguna persona en al calle le preguntaba si había visto la carroza blanca, pero le respondían que no, que no habían visto ninguna. Siempre me llegaba a contar lo que le ocurría con tal carroza blanca, y una mañana lo acompañe para verla con propios ojos. Era cierto, una carroza luminosa, tan linda que uno quedaba paralizado.

Irma Iglesias.

EL FANTASMA



De esto ya hace mucho, de cuando Punta Arenas era un pueblo pequeño.

Los puntarenenses, hicieron correr la noticia que por las noches se aparecía un espectro fantasmal que asaltaba a las personas que circulaban por la ciudad. Según los testigos, este espectro vestía todo blanco, con un sombrero del mismo color, un collar de flores y una vela en cada mano.

Una noche, una personalidad de la época, de la cual no recuerdo su nombre, salió a hacer una diligencia montado en su caballo blanco, pero tal como temía, apareció el fantasma, el caballo se asustó, pero su jinete lo atacó cuchillo en mano. El fantasma, aterrorizado, le rogó: “¡No me mate!”, después de esto se identificó. Resultó ser un condiscípulo de este personaje. Muy impresionado, éste lo subió a su caballo y lo llevó a la policía, donde recibió un castigo por asaltante de caminos, y le cortaron una oreja.

Después de cumplida su condena, partió avergonzado del pueblo, cruzó la frontera y se estableció en un pueblo de Argentina.

Se supone que debe haber muerto por aquel territorio. Pero si alguna vez se le aparece un fantasma, fíjese si le falta una oreja, porque puede ser él.

EL FANTASMA DEL LEONORA



El Leonora había sido un hermoso velero de cuatro palos. Su tripulación estaba compuesta de un patrón y cuatro marineros.

En este deslumbrante barco, desaparecía misteriosamente, cada cierto tiempo, un hombre. Nadie sabía cómo morían, a veces, encontraban el cadáver en al playa y otra veces nunca más lo volvían a ver.
Escobedo, sargento y carpintero, buscaba desesperadamente trabajo hasta que encontró un empleo en el Leonora, el barco embrujado. Varias personas le advertían lo que sucedía en aquel barco, pero él no creía en patrañas.

Escobedo se sentía feliz al haber encontrado un trabajo y recorrió el barco para así admirar su gran belleza. Los tallados, las sillas y mesas de caoba y cedro, las escaleras con figuras de serpientes en las barandas, en fin, todas las riquezas de un hermoso barco. Pero lo que más le llamó la atención fue cuando vio el mascarón de proa. El mascarón representaba una sirena, la cara y el cuerpo tan bonitos como una virgen, sus brazos abiertos como queriendo atrapar al mar.

Un anoche de julio, Escobedo, dio un paseo por la cubierta y luego se fue a su camarote. Estaba durmiendo cuando siente que abren su puerta cuidadosamente y una figura blanca entra a su cuarto. Se le acercó con cautela; vestía una túnica, su cara era hermosa y sus manos le hicieron señas para que lo acompañara. Lo tomó del brazo y lo llevó sobre la cubierta, hasta la escotilla de una bodega de proa.

Estaban sobre el bauprés, cuando Escobedo escucha que alguien lo llama. Sobresaltado cae y como puede se aferra fuertemente al mascarón de proa, con mucho miedo. Allí estaba, con las manos en los ojos, con la misma cara, era la misma figura que lo había conducido hasta ese lugar. Escobedo, contaba lo que había sucedido, pero nadie le creía una sola palabra. Al anochecer, bajó al bodega junto a su jefe, vieron la misteriosa puerta que había recorrido con el fantasma, llena de telarañas y un enorme candado. Entraron muy asustados y en el suelo había un pequeño bulto, se acercaron y vieron un cadáver de mujer, cuyo esqueleto estaba envuelto en ropas. Divisaron un papel cerca del cadáver, lo recogieron y leyeron en vos alta.

Aquel papel contenía todo lo que hasta ahora había sido inexplicable:

“Leonora había caído en manos de un hombre cruel y vengativo, que lo único que quería, era sacarle el secreto sobre unas perlas que sólo ella sabía donde se encontraban, ofreciéndole dinero y todo lo que tenía, incluso este barco; en cuya proa hizo esculpir el mascarón representado a Leonora.

Asesinó a su padre y a ella la encerró en ese calabozo. Y por todo esto hizo caer una maldición sobre el barco Leonora, sobre su tripulación y sobre todo al que habite en el barco”. Se llevaron a tierra los pocos huesos y el polvo del cadáver y el mascarón de proa se botó al mar.

Hoy, en el cementerio de nuestra ciudad, en un rincón apartado, hay una cruz y en ella una inscripción que dice: “Leonora Bruce”. Y desde aquel día, hace muchos años, no ha desaparecido ningún tripulante.

EL PUESTO EMBRUJADO



Esta historia sucedió cerca de la comuna de San Gregorio, en una estancia cuyo nombre no recuerdo.

Un día a un señor le dijeron que en el puesto donde él pensaba ir a trabajar, se sentían cosas raras en la noche. El señor no hizo caso de estos sabios consejos de los hombres del campo y fue al puesto. La primera noche durmió bien. Al otro día, desde su cama, al amanecer, sintió unas manos invisibles que ponían a calentar el agua para el desayuno. Y se dijo ¡es sólo mi imaginación!

Muchas mañanas, al clarear el alba, se escuchaban pasos de caballos con ese galopar seguro y tranquilo del que inicia sus labores, luego el jinete desmontaba y amarraba su corcel al palenque. En medio del temor y la angustia, el señor se levantaba a mirara por la ventana. El sol nacía a las orillas del cielo y no había nada, ni nadie. Aquello sucedía tantas veces, que daba la sensación de que el puesto y el trabajo eran compartidos. Un día el señor, tomó sus aperos y perros y se marchó.

Pasaron veranos e inviernos y los perros trabajaban de paso en el puesto y luego de un tiempo, también se marchaban. Una primavera, cuando las flores se abren tibiamente al sol, el dueño del poderoso imperio ganadero mandó a desarmar el puesto y cual no sería la sorpresa a todos cuando encontraron debajo de la vieja casa el cuerpo sin vida de un hombre, que tal vez lo único que pedía era cristiana sepultura o bien que lo dejasen vivir tranquilamente en esas soledades, en su casa, en el puesto.

REFUGIO DE LOS BRUJOS



En el sector de Barranco Amarillo, aproximadamente a trece kilómetros. De Punta Arenas, se dice que existió un refugio de brujos.
Los primeros habitantes del sector mantuvieron por mucho tiempo a la gente engañada, al decir que ellos tenían pacto con el demonio.

LA CASA DE LOS BRUJOS



En Avenida República esquina de Señoret, existió una casa que, según comentarios albergaba practicantes de hechicería.

El mismo caso se comentaba de un inmueble ubicado en el camino sur de Punta Arenas, en la Subida de la Paila, sector Río de los Ciervos (al comenzar el sector rural).

EL PUENTE DE LOS MISTERIOS



En la Isla Ambarino, existe un camino que une Puerto Williams con el sector de Róbalo. No lejos del poblado hay un puente, que según la creencia, las personas que pasan en avanzadas horas de la noche por el lugar se les aparece un indio yagán.





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