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Anorexia parte 2 - Monografía



 
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7- Gloría Pérez

, ingeniera industrial de 35 años, padeció de anorexia cuando tenía 18 años, en 1983. Hoy en día está casada y tiene dos hijas. Venció la anorexia después de un largo año de sufrimiento, y tardó varios más en recuperarse del todo de sus secuelas y dejar de vivir por lo que su mente le decía sobre el peso, la talla y la forma de su cuerpo:
En un principio yo pensé que la perdida de peso se debía a mi crisis emocional; al hecho de que mi novio me había abandonado, yo creí que era por ser gorda. Yo era rechonchita y la gente me decía gorda. Veía “Oro Sólido”, a las mujeres en las revistas, me comparaba, me sentía mal con mi cuerpo. Comencé a comprar revistas que mostraban dietas y ejercicios. Me propuse seguir todas las dietas, de cualquier forma quería ser delgada y recuperar un amor propio del cual no había rastro. Empecé a dejar de comer grasa, me desayunaba un jugo y un banano, me tomaba el café amargo. En el almuerzo, tomaba gaseosa dietética y ensalada y en la noche no comía.
A las dos semanas todos me decían: “¡estás flaca!”, Yo decía que por envidia fingían estar preocupados porque querían ser como yo pero no tenían el valor de hacerlo, me decía: “¡No comeré para ser gorda como ellas!”. Al mes estaba aún más delgada y mi estómago “crujía”, amanecía cada día con ganas de comer pan, soñaba y alucinaba con el pan, pero todos lo comían y yo no era capaz.
Durante el primer año no comía literalmente nada y menos en público, yo me escondía a comer porque quería demostrar que era una mujer controlada, una mujer fuerte. Veía a los demás como marranos cuando comían. A veces la voluntad se me quebraba y comía escondida, me embutía todo lo que podía hasta que me daba indigestión. Entonces me entraba un pánico, un susto indescriptible. En medio de la angustia a veces llegué a tomarme hasta 8 sal de frutas. Yo le tenía miedo al vómito, aunque había escuchado que era efectivo para no engordar aunque se comiera, no era capaz, me daba asco, así que las sal de frutas actuaban como laxante. Yo me tranquilizaba cuando me comenzaba la diarrea y me enfermaba.
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Me acostaba con una correa estrecha en el estómago. Todos los días me medía con un metro, todos los días disminuía por lo menos un centímetro, era mi meta rebajar cada día y no aspiraba a alcanzar un cierto límite sino seguir rebajando hasta desaparecer, quería que se vieran claritos los huesos de las clavículas y los de las caderas. Montaba en bicicleta, hacía aeróbicos de forma compulsiva. Estaba en la Universidad en segundo semestre y a veces en el campus, con la aguantada de hambre y el esfuerzo constante, me caía mareada, perdía la memoria, me costaba retener las clases, la piel se me puso verde, la menstruación se me paró por un año eso era lo mejor para mí. Cada día era más grave, no paraban los mareos y mi mamá me rogaba para que comiera. Llorando hablaba con mis amigas para que me convencieran de dejar esa vida tan absurda. Yo las veía y pensaba: “Ya vienen las envidiosas, quieren que sea gorda como ellas”.
Mi mamá me consiguió una cita con un médico amigo de la familia, se llamaba Edgar (hoy fallecido). Ella le contó el caso, le preguntó: “¿Cómo hago, no puedo meterle la comida a la brava?”
Me llevaron donde Edgar porque tenía un fuerte dolor de cabeza, pensaron que era un cáncer en el cerebro, me tomaron una escanografía. Él luego se citaba con mi madre para averiguar cómo me comportaba. Ese doctor en las citas me mostraba imágenes con mujeres gordas, deformes, obesas y luego las comparaba con retratos de gente muriéndose de hambre en Etiopía. Me cuestionaba: “¿Usted está así?, ¿Usted tiene hambruna?. Me hacía compararme con ambos cuadros y me convenció. Recuerdo que me dijo: “Esta gente se muere de lo que usted está haciendo!, Usted está en una ‘hambruna’ como ellos”.
Me fui recuperando a medida que hablaba con él, luego me ayudó a comenzar a comer. El proceso de convencerme duró como dos meses, me decía que tenía que comer despacio, me explicó que no podía empezar a comer en demasía porque mi estómago se había disminuido de tamaño, que era como el de un bebé y que no succionaba lo suficiente.
Habló seriamente conmigo, hicimos un compromiso y él me prometió que yo cuando terminara el tratamiento iba a ser delgada y que no me iba a engordar. Llegamos a un acuerdo sobre el peso saludable que debía mantener: 55 kilos. Me enseñó a comer poco a poco, mi mamá me daba papilla como si fuera un bebé; frijoles machacados, coladas, purés, etc.
La menstruación me llegó a los 3 meses después de haber empezado a comer. Al comienzo me daban mareos cuando comía. Yo comía con mi mamá al pie, ella me daba. Al principio sufría o de diarrea o estreñimiento, luego todo se normalizó. Seis meses duró el tratamiento para poder comer normalmente; al principio sólo desayunaba y almorzaba, no comía. Seguía teniendo algo de miedo, el miedo a engordar me duró muchos años.
El cuidado de la comida siguió permanentemente. Durante cinco años no fui capaz de comer en ninguna fiesta. No comía nada de dulces y tenía problemas cuando me invitaban a comer. Sólo hasta hoy, más de 15 años después, he podido lograr relajarme para comer pues durante años siempre sentía culpa. A veces pienso que me estoy engordando pero recuerdo lo que me pasó y dejo de alimentar la mentalidad negativa.
Yo sufrí de anorexia porque el aguantar hambre suplía mis carencias en contra de todo y al proponerme seguir una disciplina fuerte, demostraba, a mí y a los demás, todo mi potencial. Cuando tenía anorexia y sentía que me engordaba, sufría de una ansiedad que no le deseo a nadie, eso me originaba desordenes digestivos, estreñimiento, abuso de laxantes y lavados. Recuerdo que era extremadamente disciplinada con el deporte y tenía una voluntad de hierro, era una esclava del ejercicio. Hoy en día por fin he dejado de pesarme.
Cuando estaba enferma llegué a odiarme a mi misma, me rechazaba, pensaba que mi cuerpo era el enemigo. Recuerdo que en el colegio los hombres nos rechazaban si no teníamos cola y senos bien destacados, eso sí, siendo flacas. Yo era perfeccionista, siempre estuve entre las primeras del colegio y la universidad, no tenía derecho a fallar. Competía con mi hermano y siempre fui buena estudiante porque mi mamá me pedía que tenía que ser la mejor, si era segunda no valía, debía ser la primera o nada. Creo que mi papá y mi mamá me criaron en un ambiente negativo.
Cuando empecé a adelgazar todo se me había juntado; nos abandonó mi papá y estaba aferrada a un novio que ya no me quería. Yo creo que lo mío se debió a la falta del afecto paterno y eso lo empeoró el ambiente hostil que él nos creó en casa, mi niñez no fue feliz, tenía baja autoestima, sentía que estorbaba en la casa. Cuando mi padre se fue nos tocó muy duro; siendo la mayor cargué con muchas responsabilidades y con la frustración de mi mamá; siempre hacía todo en función de los demás, para que ellos estuvieran bien, en esa época de enfermedad pensaba: “me muero!, ¿Para qué vivo? ¿Qué importo yo?”.
Durante años siguió el miedo; ahora ya no siento esa mente poderosa que me decía: “Te vas a engordar!”. Estoy segura de que es lo correcto y adecuado para mí, tampoco me descuido comiendo cosas malas, mantengo una dieta saludable pero cuando como mucho me da remordimiento.
Me casé cuando tenía 25 años. El embarazo fue horrible porque representaba engordar. Cuando nació el bebé comencé una dieta sana; yo me volví una experta contando calorías, en esa época todo lo analizaba, hacía cuentas mentales, calculaba restaba, sumaba; si comía hoy mucho mañana bajaba un poco de otro plato, etc.
Antes yo contaba todo, era esclava de los números, las cifras y las calorías, hoy por fin disfruto la comida sin pensar cuanto pesa y que tanto me va a  engordar. Yo peso 55 kilos, antes pesaba menos de 45 kilos y eso que soy alta, sólo podía usar talla 6 de niña. Después de 16 años pude subir a la talla 10 sin temor, sostuve 16 años una talla con el miedo.
Mi reto es que mi hija que es gorda pierda un poco de peso porque me da miedo que se vuelva obesa, pero no me atrevo a decirle nada, trato de que coma saludable. El miedo a sentirse gordo es horrible, pánico permanente, un infierno en vida, es tan bajo lo que uno cae y lo mal que uno llega a sentirse.
Aunque seguí un poco afectada emocionalmente me recuperé con lecturas y sesiones de psicoterapia. Primero leí sobre psiquiatría y psicología buscando el por qué yo y otras personas nos queríamos matar de hambre, había algo detrás de todo eso. Visité una psicóloga buena, durante 6 meses. Con ella logré abrirme y empezar a sanar un gran vacío emocional.
Hoy -diciembre de 2000- tengo 36 años. En diciembre del 82 empezó el infierno y comenzó a declinar un año después. Han pasado 17 años de los cuales un año aguanté hambre, pasé dos años críticos con miedo a recaer y durante siete años tuve secuelas de la enfermedad. La lucha ha sido dura pero creo que valió la pena. Una cuando es anoréxica no está en la capacidad de decidir por si misma, a una tienen que ayudarle a recuperar la cordura y a enfrentar su problema, gracias a Dios mi madre no se rindió y encontró un medico, que en paz descanse, que no se dejó amedrentar por un mal desconocido. Ahora no entiendo como muchos médicos dicen que la anorexia no es curable.”
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Gloria, 35 años. Profesional.

8- Si vos me queréis ver enojada no me digas puta o perra o alguna de esas pendejadas, dime gorda y te ganarás una enemiga de por vida.
Cuando era niña yo era toda gordota y cachetona como una marrana, nunca me sentí bonita y por eso me la pasaba estudiando o en la casa. En décimo conocí a un hombre y él cambió mi vida. Era un tipo poco recomendable pero yo lo adoraba y él me tenía como la chica buena y linda que era la única cosa decente en su vida. Por supuesto ese fue mi despertar sexual y desde entonces me acuesto con el hombre que quiera. Sin embargo mi tendencia a la gordura me aterra pues me hace sentir poco deseable, me hace sentir vulgar.
Desde hace seis meses estoy adelgazando lento pero constante por culpa de varias cosas que se han unido para hacerme la vida difícil. Primero, estoy haciendo una dura práctica profesional que me ha embolatado las comidas y hay días en que solo me cateo y hasta llegar a casa cómo algo sólido. Segundo, estoy en tratamiento psiquiátrico y los antidepresivos me han recrudecido una gastritis horrible que desde hace meses tengo.
Cualquier cosa que como me molesta y vomito al menos una comida al día porque no la resisto en el estómago y el vómito es incontrolable. He cambiado de droga pero todas me hacen daño y no puedo suspenderlas porque mentalmente sí he estado más centrada y menos depresiva. No sé hasta cuando pueda aguantar este tren de vida… lo irónico es que un amigo vino hace poco a mi casa y para molestarme me dijo que estaba gorda, casi me empeloto para mostrarle lo contrario, aunque él no lo decía porque fuera cierto!!!. Toda la ropa me queda holgada y todos mis amigos me miran diferente ahora que he perdido peso…eso es bueno.”
Fernanda, 24 años. Estudiante Universitaria.

9- Tener una madre joven y afectuosa que se refiere a su única hija como “mi gorda” deja de tener gracia cuando uno está inconforme con su propio cuerpo. Mi mamá tiene 36 años y es muy bonita, siempre ha tenido un gran cuerpo y los hombres en la calle la piropean. Yo, en cambio, era gorda aunque buena estudiante y me alejaba de los hombres para no sufrir por ser despreciada.
Durante años me miraba al espejo varias horas a la semana revisando mis senos grandes, mi escasa cola, mi cara redonda, mi estómago flácido. Frente a las angustias comía como vaca y en diciembre me atosigaba de todo para luego en enero llorar y recriminarme por el peso ganado. Descubrir a los 17 que a pesar de no ser una sílfide atraía sexualmente a varios hombres rompió con mi inseguridad por mi cuerpo.
Ahora sé que puedo seducir a cualquiera que quiera, ningún hombre resiste la posibilidad de acostarse a una vieja. Aunque mi cuerpo todavía no me satisface lo acepto como es y además, como estudio dos carreras, por el trajín tan hijo de puta he bajado una talla!!!. Ahora me coloco pantalones que antes no me entraban y todos se han dado cuenta y me felicitan y piropean!!!, Alguna ventaja debía tener el comer mal y a deshoras y el aguantar hambre para no gastar tanto dinero en la U. Este semestre no pienso desayunar, vamos a ver si bajo otra talla!!!.”
Lucía, 19 años. Estudiante universitaria.

10- Ese día planeé la ida a la finca, le dije a mí mamá que me iba dizque porque necesitaba estudiar y saqué todo el dinero que tenía en la cuenta de un trabajo que había hecho en vacaciones. Ya llevaba varios días aguantando hambre así que me fui a Carulla y me compré las cosas más dulces, grasosas e hipercalóricas que pude: chocolatinas jet, varios paquetes de masmelos, papitas margarita, compré pan de bonos, un litro de Yoghurt, arequipe, quesos, pasteles de bocadillo… tantas cosas, me gasté un platal!!!, La ansiedad me podía.
Aunque me había prometido una y mil veces no hacerlo más, no podía evitarlo, las ganas eran más fuertes que yo. En cuanto llegué le dije a la cuidadora que no se preocupara por mí que yo había traído mi mecato, me encerré en la cabaña y no salí. Ese largo fin de semana me la pasé hartando y vomitando… al final me salía sangre de la garganta, me había cortado el dedo. Cuando vi la sangre me angustié, lloré desconsoladamente, me quedé dormida en medio de la sensación de borrachera. ”
Marcela, 20 años. Estudiante universitaria.
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11- “Yo estaba recién entrado en la Universidad y me sentía fofo, empecé a mirar a los otros compañeros y me decía: “John así de flaco y musculoso debes estar”. Me empezó a dar ansiedad, como me sentía como un cerdo no podía comer nada. Aguantaba hambre, luego iba a la cocina y me comía un pan, entonces pensaba si me como un pan entonces me como dos, y tres, y un yoghurt, y queso, y arroz que había en la olla, y galletas con mantequilla, arepas… comí como loco, luego me dio un rebote horrible. Recordé que una amiga me había contado que cuando ella quería rebajar, comía pero vomitaba. Empecé a hacerlo pero me sentía muy mal, me daba asco así que fui al gimnasio, hice ejercicio. Me sentía mal por comer, entonces como no podía dejar de comer y lo hacía por cantidades enormes, cuando terminaba y me sentía culpable me iba para el gimnasio todo el día y hacía aeróbicos, pesas, nadaba, me metía al turco, a la sauna…”
John, 19 años. Estudiante universitario.

12- Claudia es chica muy nerviosa; su hablar ahogado, la forma en que mueve sus manos sudorosas cuando habla, sus ojos perdidos que insisten en mirar al suelo, lo afirman. Desde hace 4 años es presa de las “pepas”, el gimnasio, la droga, la mentira y el dolor de vivir encerrada en una prisión llamada Bulimia.
Cuando yo tenía 18 años me fui a estudiar actuación a Bogotá, yo estaba feliz, pero en una audición me rechazaron. Yo tenía todas mis ilusiones puestas en ese papel que me daría la oportunidad de salir en televisión, así podía demostrarle a mis padres lo buena que era en esto, además de retribuirles todo el gasto que tenían conmigo por mantenerme en esta ciudad. Me dolió, me sentí diminuta en mi interior, y me sentí gigante en mi exterior cuando me comparé con la niña que habían elegido, una rubia con cinturita de avispa con una particular apariencia entre ingenuidad infantil y mujer fatal.
Pensé que todo era culpa de mi gordura, siempre he sido un poco más pesada que las otras niñas de mi edad. Empecé a aguantar hambre, como en Bogotá nadie me vigilaba no tenía problema con eso, pero no era capaz de soportar el ardor en el estómago y me abalanzaba sobre lo primero que encontrara; podía poner a calentar una arepa y si comía un pedazo pensaba que me engordaría hasta reventar, y si un pedazo me engordaba pues mejor preparaba todo el paquete, con mantequilla, chocolate, si podía comer pan, queso y tomar yoghurt mejor. Comía de todo, las mezclas más extrañas de forma compulsiva. Cuando finalizaba me daba asco de mi misma y me metía ‘toda’ la mano hasta la garganta para vomitarlo todo, el olor era insoportable, el dolor en la garganta y la irritación terrible. Supuse que no podía con eso, tomé laxantes a lo loco y todos los productos que vendían contra el estreñimiento.
Leí en un vademécum que el Hidrosicot podía reprimir el hambre y me compré un frasco, hoy dos años después no puedo dejar de consumirlas. Para esa época mi papá estaba preocupado pues me gastaba el dinero rápido y pedía más; cómo me podía durar con el gimnasio, los laxantes, las pepas, la cantidad de comida. Mi papá viajó desde Cali, yo le dije que estaba enferma pero que ya me estaba recuperando y en uno de sus descuidos le robé dos cheques de su chequera. Cuando se devolvió falsifiqué su firma, hice los cheques por varios millones de pesos. La obsesión no me dejaba tranquila, así que con mis mejores galas fui a una clínica y me hice una Liposucción. Recuerdo el dolor de la recuperación, sin poderme mover de la cama, sin nadie que me cuidara, la tensión. Todo se me vino encima cuando a mi papá lo llamaron para decirle que los cheques no tenían fondos. Así que él se enteró y le tocó pagarlos, casi me mata, me obligó a volver a Cali. Luego entré a la Universidad a estudiar diseño publicitario.
La Bulimia me ha generado tanta presión que a veces no soy consciente de lo que hago, actúo por impulso. Una vez me robé el forro protector del carro para comprar Dualit, otra vez la bicicleta de mi novio para pagar otras pepas, también he llegado a probar cocaína y no me atrevo a dejarla pues creo que si lo hago engordaré. Lo que me duele es que mis padres parece que ignoran lo que sufro; ahora ellos creen que estoy estudiando pero me retiré pues la verdad me gasté la plata del semestre en una mesoterapia, pagué el gimnasio, sesiones de gimnasia pasiva, libros sobre dietas. Me la paso haciendo ejercicio, para que piensen que estoy en clases. No sé cuanto voy a aguantar esto, he leído que esta enfermedad le jode a uno todo. Yo sueño con amanecer un día y dejar de pensar que me voy a convertir en la mujer ballena, mientras tanto pienso o creo que ya lo soy, que este mundo es mi circo y que todos gozan con mi espectáculo. Yo lo único que quiero es sentirme satisfecha sin tener que atiborrarme de comida.”
Claudia, 22 años, Estudiante universitaria.
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ARTICULOS



DIARIO DEL VERANO DEL 96


Bien, quería decir que hoy no he comido hasta la cena. Genial, porque no tenía hambre, pero en la cena he comido demasiado y no ha servido de nada. Tengo la tripa hinchada y me siento gorda.
18 del 7: Son las nueve y media en Madrid. Aquí las tres de la madrugada. Llevo 24 horas sin dormir, pero no tengo sueño. Estoy en Estados Unidos chapurreando cautelosamente un idioma que desconozco.
24 del 7: A las siete teníamos que cenar… Pizza. Estoy intentando controlarme, pero mira lo que he comido hoy. Cereales, sándwich de queso, un poco de fruta podrida, pan con queso, lechuga. ¿Ves mis intentos? Pero no hay mucho donde elegir.
28 del 7: La cabeza me va a estallar. Llevo una hora dando vueltas en la cama, despierta por no sé qué extraña pesadilla, pensando en lo que quiero hacer con mi vida. Ayer quería venir aquí. Hoy sólo quiero dejar de tener cerebro. He pensado en papá. He pensado en la universidad. Aquí he amontonado preguntas.
6 del 8: El lunes estuvimos todo el día de compras. Me sentía cansada y obsesionada por la comida. Cené demasiado y quise vomitar, pero no pude, lo que fue realmente frustrante. No brillo en nada, no me distingo en nada. Y yo lo sé. Pero decírselo a A. es como reconocer que este año no he querido a nadie y nadie me ha querido. Sí, soy una mierda. Mírame, me quito la ropa, me descubro, sí soy una mierda. Decir: nada me sale bien, ningún chico de los que quiero me quiere. Es como decirle a A. soy fea, no me tengas alto en tu escala de valores, porque no valgo para nada, y desde luego no me creas capaz de nada porque soy fea. No, no puedo dejar que ella crea eso. Simplemente, no puedo.
15 del 8: Me sorprende cómo antes podía comer patatas fritas y eso. Ya no puedo. ¿Por qué quiero seguir adelgazando? No, yo sólo quiero no engordar. ¿Y un helado? ¿Cuándo te permitirás un helado?. Sólo si me salto unas comidas. Sí quiero seguir saltando comidas, quitando el hambre con fruta para no engordar pero, si mamá cocina cosas deliciosas, no puedo… Es mejor saltar la comida, comer el helado y vomitar. Entonces sí sirve, porque no engorda.
18 del 8: Estamos en un cámping y aún no he conocido a nadie. No me he sentido simpática, ni graciosa, ni abierta. Lo que quiero decir es que nadie va a querer conocerme por ser simpática, porque tengo miedo. Ni tampoco por ser mona, hay demasiadas rubias delgadas aquí.
31 del 8: Sólo quiero contarte la pesadilla que he tenido estas últimas noches. En la primera yo acababa de comer. Estaba increíblemente llena. Entonces llegaba mamá que me había comprado un helado de vainilla con cookies. “Te lo tienes que comer todo”, decía, porque es muy caro. Era horrible porque no podía más.
2 del 9: Bueno, esto fue lo que X. me dijo: “Sí, estás flaca, pero estás bien. Sólo te hace falta músculo en los brazos. Haz flexiones”. No he vomitado desde que volví de Estados Unidos y no quiero hacerlo. Ahora bien, estoy comiendo casi siempre más por costumbre que por hambre y eso me molesta.
9 del 9: Acabo de pensar una cosa. TERMINO EL VERANO 96 ¿Qué ha quedado de él? Más problemas, 46 kilos y no sé si amigos al otro lado.
22 del 9: Siento mucho frío. Aunque me envuelva en lana, mis pies y mis manos siempre están frías. La piel eternamente erizada. Tengo mucho frío. Pero lo soporto, porque no hay causa. A veces, sin haber hecho ningún esfuerzo, me siento cansada. Como si no tuviera fuerzas para seguir, como si simplemente no pudiera. Pero puedo y por eso lo olvido. No tengo regla. No sé muy bien lo que es ir al baño. Hay una idea que me atormenta. Una idea que puebla mis noches de pesadillas. Al despertar, me siento aliviada. Pero es sólo un tiempo, puedo vivir con ello, así que también lo ignoro. Quizá he aprendido algo. He aprendido a controlar mis sensaciones, frío, calor, hambre, sed. Mentía al decir que quería tener hambre. Porque lo que yo sé es que no quiero comer ni quiero pensar en ello. No sé por qué es así, pero lo es.
14 del 10: He ido dos veces al psicólogo pero no me ha dicho nada nuevo. Mamá habla de ingresarme. Confío en que no me estropeará la vida de esa forma. Realmente camino sobre una cuerda floja con un cerebro muy vacío y abierto sólo a una cosa, ¿Tienes algún sueño? Oh sí… Suelo soñar con comida.
17 del 10: Papá me ha hecho decirle que sé que hay anorexia de por medio y que voy a intentarlo. Pero yo no quiero comer, ni tengo hambre, ni quiero intentarlo. Todo depende de mí y sólo de mí. Estoy bien, estoy bien. He perdido peso y estoy bien. Así que no sé por qué no me dejan en paz. Si es por el físico, que les jodan. No estaba más guapa antes y si lo estaba, qué divertido que se den cuenta ahora. Acabo de pensar. Ese chico rubio nunca saldría conmigo y seguro que me despreciaría si supiera todo esto. He leído mucho sobre anorexia y tengo muchos rasgos, pero si estoy enferma, no quiero curarme. A lo mejor estoy cansada de ser hipócrita.
20 del 10: Mi vida ha cambiado. Empieza la recuperación. En el autobús X. me dijo que me estoy suicidando y que el cole y toda mi vida se destruían, que tenía que cambiar de aires. Me dijo que me fuera con él el fin de semana que viene. Yo le contesté que pensaba que él no quería estar conmigo. Se echó a llorar y eso me devolvió la vida.
21 del 10: No lo he entendido del todo. 42 kilos. Hoy no he ido al cole porque he visto a dos psiquiatras. El doctor Morandé, o como se llame hablaba de hospitalización… Mierda, ahora que me curaba. Y luego comí. Comí y voy a cenar. Aún así, 42.
23 del 10: Me equivoqué. Me equivoqué como en tantas cosas. No ha empezado una nueva etapa. Bueno, se me ha caído el mundo encima, he querido llorar pero no lo he hecho. Soy agria y malcriada con quien me ha traicionado. Por mi bien, no lo dudo, pero no me importa, y me siento lo suficientemente confusa como para justificar mi egoísmo y no pensar más que en mí y en que estoy enfadada. En fin, ya no siento nada. Yo no quiero ir a un hospital. No quiero, no quiero. No quiero. No es por miedo, es que me dan ganas de llorar. Y me molesta. Mi gatito ya no me quiere.
25 del 10: Tengo, un pequeño problema. ¡Nos vamos! ¡Sí! Sabes que tengo problemas con la comida, lo sabes. Hay cosas que quiero comer antes de ir al hospital.
29 del 10: En el hospital. Llegué ayer y había camas, claro que había camas. Me da rabia llorar, pero también lloro de rabia y eso no lo puedo evitar. Me desesperé y todas las veces que he llorado ha sido por eso. Ese día había comido. Mucho, mucho queso, pero me obligó la vieja de la voz amable y tranquila a tomarme un zumo que bebí llorando. No me he lavado los dientes desde hace dos días, ni me he duchado, ni me he enjuagado la boca, no puedo andar y sólo como, como y como. He tenido que merendar un bocata de jamón york con queso. Yo mentía a mi madre al decirle lo que había comido a mediodía. (Vaya, esta es la primera vez que lo digo y suena… suena mal). Acabo de cenar. 2.000 Kcal y luego reposo, reposo, como una gorda. Comer y descansar, comer y descansar. Quiero hacerlo todo bien, porque no me gusta estar aquí. No sé si eso es bueno o malo, pero es la verdad. No puedo querer curarme porque primero quiero asumirlo todo bien. Sé que no puedo dar el segundo paso sin haber dado el primero antes.
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30 del 10: En la merienda he descubierto que mi plátano era doble. Increíble. No sé de dónde sacan fruta tan enorme. Mi plátano tenía dos plátanos. Saben cómo hacer que todo esto sea odioso. Estoy furiosa, estoy harta. No quiero que me den nada más. Ya vale, ya vale, ¡basta! Sé cuanto peso: 42, 400 gramos. He recuperado dos kilos… Cuando ingresé pesaba 40, 08. Hoy al ver a A. me he agobiado increíblemente ¿Cómo? ¿Cómo ha podido llegar a eso? Es que no puede vivir, es que no es nada. Se va a morir. No puede ser. Dan ganas de gritarle: ¡”Reacciona” ¡Qué te mueres! No es que estés muy delgada, es que estás enferma, te mueres. ¡Entra en razón! Pero A. lleva cinco años enferma. Tiene diecisiete años y pesa 34 kilos.
2 del 11: ¿Sabes? No espero oír el carrito de la comida. No. No tengo ansiedad. Y hoy he tenido hambre y estaba muy feliz después de comer.
3 del 11: Hoy me he relajado demasiado. No he pensado nada. Salvo ahora que me vuelvo a agobiar con lo de que hacerlo bien me está convirtiendo en una sin importancia y sin valor… Puedo curarme de la anorexia. Te juro que parece mucho más sencillo que curarme de lo otro. La anorexia es cuestión de voluntad, lo demás me tortura el cerebro. Lo que yo quiero es que no se olviden de mí. Tienes el defecto de ser egoísta y de necesitar atención. ¿Cómo se lucha contra los defectos? Un egoísta ejercerá la generosidad.
7 del 11: Es mucho más fácil caer que salir. Y yo no estoy saliendo. Mírame. No quiero. Ahora que lo estaba haciendo bien. Me estoy volviendo depresiva, así que soy estúpida. Esperar a que me calme… calma…

Adolescencia y Obesidad



Para hablar del tema, consultamos a la Lic. Miriam Bustamante, psicoanalista, Especializada en clínica de adolescentes, actualmente Profesora de Psicología en la Escuela Normal de Quilmes.
- ¿Qué es la obesidad para la psicología?
- La obesidad es un síntoma, que se da en el área corporal pero sus causas no están ubicadas solamente por cuestiones sociales, culturales; es un síntoma que tiene siempre un correlato psicológico. Es por esto que sea tan difícil tratarla solo desde el ámbito medico, por esto sostengo que para que un tratamiento sea eficaz, debe existir el apoyo psicológico junto con el control medico.
- ¿Qué sucede en el caso de los adolescentes?
- En general lo que sucede es que ellos están cambiando su estructura corporal y mental, los cambios sufridos en el cuerpo, en la etapa de la pubertad, necesitan un nivel de elaboración psicológica importante. Si esto no sucede, si este no tiene cierta integración y ciertos parámetros en su organización psicológica; puede producir enfermedades mentales muy graves. La relación más importante que podemos encontrar entre obesidad y adolescencia sería que en ésta es donde se producen los cambios corporales más importantes.
- ¿Cómo afecta su vida social? ¿Y la vida escolar?
- Siempre la obesidad es un síntoma que afecta ampliamente la vida social, no sólo de los adolescentes. La vida social de un adolescente puede estar restringida o puede tener dificultades para efectuar lasos o puede ocurrir aleves y convertirse en una persona excesivamente sociable, pero los lazos que puede establecer son muy superficiales. Siempre que haya un problema se notara en la escuela, pero en ambos casos. Por ejemplo en la persona hay una voracidad, como síntoma, puede ser que esta sea puesta en los libros y el rendimiento escolar puede ser bueno. Nunca los síntomas van a actuar de la misma manera en todas las personas, por esto alguien puede tener un mal rendimiento y otro uno bueno.
- ¿Qué relevancia puede tener en el desarrollo?
- Si el problema que pueda llegar a tener durante su crecimiento, y en el que no haya cierto nivel acompañamiento para la elaboración de la etapa, va a tener una consecuencia en el futuro.
¿Cuáles son los principales signos para reconocer a un adolescente con problemas?
Los signos principales para reconocerlo son el aislamiento, una posición de encierro o introversión. Si hablamos de sexo, ¿cuál se ve más afectado? El nivel de afección para unos es el mismo que para otros, la cuestión pasa por la atracción. Pero la cuestión con femenina es mas exacerbada porque justamente la posición femenina implica que haya algo donde la atracción hacia el otro tiene que tener mayor preponderancia física.
¿Qué tratamiento es el indicado para los trastornos psicológicos provocados por la obesidad?
Considero que el tratamiento adecuado para combatir los trastornos psicológicos es hacer una psicoterapia y tener un control médico adecuado. Estos se deben unir para la efectivización de dicho tratamiento.

La obesidad en la secundaria



La obesidad parece ser un tema muy relacionado con los jóvenes, ya que son los que más sufren por el tema, se les impone una moda, se los obliga a tener un cuerpo perfecto, no pueden elegir libremente como ser o a quien querer. Debido a esto nuestro equipo de investigación reunió a un grupo de chicas de entre 15 y 17 años de los colegios Normal y San José, del distrito de Quilmes para que discutieran, opinaran y concluyeran sobre el tema.
La reunión las tomó por sorpresa. Marina de dieciséis años, rubia con una sonrisa de oreja a oreja, enseguida afirmó que la “obesidad es una enfermedad social que azota a los jóvenes y los obsesiona”, se desprendió del tema y no opinó más. Parecía ofendida por nuestras preguntas. En su mayoría todas opinaron igual.
Resaltaron que la ropa es el peor factor, Luciana de diecisiete años nos señalo que “cuando salgo de compras me pongo mal porque los negocios tiene talles únicamente para mi hermanita de ocho años, pero en realidad son negocios para chicas de mi edad”, Luciana baja la cabeza como recordando ese mal momento pasado.
Con respecto a los chicos todas coincidieron en afirmar en que son los que más discriminan, en la escuela y en los boliches, a esto nos contó muy enojada Romina que “los chicos son re-superficiales, no les importa como soy”, y su compañera Fernanda aseveró al instante “les podes gustar siendo gorda como yo, pero los amigos los cargan y por eso no te dan bola”, y todas en tono muy alto de vos señalaron “si soy gorda estas condenada a no enamorarte”. Rápidamente cambiaron el tema y discutieron un poco entre ellas. Pero antes se preguntaron si todo esto no era culpa de los adultos, y coincidieron en afirmarlo, Lucila de dieciséis años nos contaba “yo tengo una amiga con anorexia y la madre le vive diciendo que esta gorda por lo que come”.
A la hora de hablar del tema en la escuela, las alumnas de los años inferiores coincidieron en que ésta se ocupa pero que a ellas no les importa, en cambio las que cursan los años superiores creen que el problema viene del colegio primario, Camila de diecisiete años nos contó que “los chicos chiquitos son más malos y generalmente discriminan a los compañeritos obesos”, Florencia recordaba que cuando ella era pequeña le importaba mucho su físico ya que era gordita pero que después de mucho tiempo de realizar dietas esta bien y no desea hacerlas mas”.
Después de discutirlo entre ellas Mariana, la más efusiva, con mucha personalidad y autocrítica dijo “igualmente nosotras no hacemos nada, no podemos exigir que no se discrimine, tendríamos primero que pensar en cambiar nosotras mismas y después pedirle a los demás que lo hagan”.
Esto nos demuestra que los jóvenes saben lo que pasa pero no se quedan tranquilos ellos creen que se puede cambiar “si todos luchamos podemos mejorar” decía Camila
Por esto consideramos que los adolescentes son los más conscientes y también los más afectados por esta sociedad hiper-diet.
Pablo Entin
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CONCLUSIONES.



En la anorexia se entremezclan diversos factores, como rasgos de personalidad, características familiares, presión social y estereotipos culturales. Estos factores resultan difíciles de separar, por lo que se considera que un enfoque de terapia que considere el gran espectro de aspectos involucrados, resulta más efectivo. El enfoque sistémico, centrado en las pautas de interacción de sistemas familiares, busca cambiar los patrones de comportamiento que facilitan el comportamiento anoréxico. Probablemente, una ventaja de este enfoque es el descentramiento del fenómeno en un sólo sujeto y, también tentativamente, sus desventajas refieren a la poca generalización de sus resultados y a la necesidad de trabajar con varios miembros de la familia. La responsabilidad de curación de la anorexia, según el enfoque sistémico, recae en toda la familia, bajo el compromiso que sella el amor.


OPINIÓN PERSONAL



Bueno la verdad es que este trabajo me ha abierto mucho los ojos, ahora me doy cuenta de lo imbécil que fui al caer en todo esto, al hacer caso a la gente. Ahora sé que todo era envidia, pura envidia.
Ha sido bastante duro volver a ver esto y recordar mi experiencia, pero a valido la pena. Ahora estoy muy segura que saldré adelante, que no volveré a caer nunca mas y que ayudare a todo aquel o aquella que quiera hacer una tontería así, pues esto solo es eso, una simple tontería. Cada uno debe conformarse con lo que le ha tocado, no merece la pena amargarse por una simple imagen.
Gracias a esto sé que aunque no sea guapa ni tenga buen cuerpo, la gente me quiere por mi forma de ser y el físico no importa nada.
Espero que esto le sirva a mucha gente más.

Asociación de Lucha contra Bulimia y Anorexia
Combate de los Pozos 2193 - (1245) Buenos Aires - Argentina
Tel/Fax: (54-11) 4306-0033

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 Autor:

Pke





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