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Globalización neoliberal parte 2 - Monografía



 
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LA ECONOMÍA MUNDIAL



CARÍZ ESPECULATIVO Y FINANCIERO



La era de la globalización neoliberal es también la era de lo especulativo y lo financiero, dotado de una creciente autonomía, frente al tipo de desarrollo capitalista imperante en las etapas anteriores. El escenario central ya no son las fábricas sino las bolsas de valores. Las transacciones financieras de cariz especulativo realizadas en virtud de operaciones de cambio de divisas han experimentado un formidable auge, que han hecho que alcancen dimensiones sesenta veces superiores al volumen de los intercambios comerciales. Este fenómeno tiene que ver con la saturación que, en lo que al capital productivo respecta, se ha registrado en los mercados internacionales: ello remite directamente al enorme crecimiento de las desigualdades en el planeta, donde hay un segmento, el desarrollado, en el que, como dice Navarro “los estados subvencionan el mundo de la producción para que no produzca más, mientras que en el otro mundo, el del subdesarrollo, un niño muere de hambre cada dos segundos”. Otros autores como George Brockway, señalan que en la era de la globalización los procesos económicos dependen de la sustracción: el valor (la ganancia) se consigue empleando menos elementos, especialmente en mano de obra, que los que usan los competidores, al tiempo que la citada mano de obra es suplida de manera ventajosa por capital e información.

Estas transacciones han logrado movilizar enormes recursos. En 1995, en Estados Unidos, los fondos de inversión, los fondos de pensiones y los propios inversores institucionales pusieron en funcionamiento recursos por valor de veinte billones de dólares, una cifra diez veces superior a la de tres lustros antes y mayor que la del producto interior bruto norteamericano. En 1997 las economías domesticas estadounidenses tenían por primera vez más activos en valores que en propiedades inmobiliarias. Por detrás, lo que destacaba era el crecimiento asumido por el volumen de dinero en efectivo en manos de fondos de pensiones, compañías de seguros y entidades financieras, que alcanzó en 1998 la cifra de 21 billones de dólares, una cantidad superior al producto interior bruto de todos lo países desarrollados y equivalente a 3500 dólares por habitante del planeta. Estas sumas suelen moverse en cantidad y en grupo, en busca de mercados ventajosos como los que aportaron en su momento economías, en presunta expansión, del oriente asiático o los niveles de precios muy bajos, en América Latina o en Rusia. Lo habitual es que los fondos y las compañías que nos ocupan pidiesen prestado, con fines especulativos, sumas muchas veces superiores al su capital real.
El proceso se veía beneficiado por la acción homologadora de instancias como el FMI, que se encarga de que los capitales se muevan sin mayores restricciones. La pesadilla de la humanidad, ver que nuestras máquinas se apoderan de nuestro mundo, parece estar a punto de volverse realidad, en forma de un sistema electrónico de transacciones financieras. El sistema puede con los controles y regulaciones instaurados por los gobiernos, las instituciones internacionales y las firmas financieras privadas.

Las precarias posibilidades de control de los flujos financieros obligan a extraer la conclusión de que para sus beneficiarios el planeta se ha convertido en un gigantesco paraíso financiero en el que no tienen que dar cuenta de sus actividades.
El formidable desarrollo de las transacciones financieras, beneficiadas por una no menos formidable liberalización, no alcanza a las transacciones comerciales ordinarias, en las cuales sigue primando, aunque mitigada con respecto al pasado, la lógica de los estados. El auge de la dimensión financiera no ha dejado de provocar una reacción hasta hoy liviana, en los sectores de la economía que se hallan lejos de aquella.
En este momento sería interesante hablar de la tasa Tobin por su relevancia en la dimensión económica de la globalización.
James Tobin, premio Nobel de economía en el año 1981, propuso e4n el decenio de los 70′ que se gravasen con un impuesto internacional de un 0,1% las transacciones en divisas. En la visión de Tobin semejante impuesto, al que le correspondería una eventual función disuasoria, sólo tendría sentido si fuese aceptado por los países más ricos del planeta y por aquellos en los cuales esas transacciones hubiesen adquirido singular relieve.
Según cálculos realizados por el PNUD en el año 1995, las sumas recaudadas de resultas de aplicación de una tasa del 0,1% a las transacciones financieras alcanzarían un volumen de recursos superior al necesario para desarrollar un programa planetario de erradicación de la pobreza. Con el 10% de la suma recaudada sería posible proporcionar atención sanitaria a todos los habitantes del planeta, suprimir las formas graves de malnutrición y proporcionar agua potable a todo el mundo. Con un 5% se podría establecer una red de planificación familiar a escala planetaria, de tal forma que la población mundial quedaría estabilizada en 2015. Con un 3% se conseguiría reducir a la mitad la tasa de analfabetismo presente en la población adulta, universalizando a la vez la enseñanza primaria. La Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (CNUCED) concluyó que la aplicación de la tasa Tobin permitiría recaudar 720.000 millones de dólares anuales, distribuibles a parte iguales entre los gobiernos recaudadores u los países más pobres.

Aún así, la tasa Tobin, que se ha convertido en uno de los lemas centrales del movimiento ATTAC, y ello pese a que su creador parece mostrarse muy distante de cualquier movimiento contestatario de la globalización neoliberal, no ha dejado de suscitar críticas. Se han propuesto por lo demás otras fórmulas de naturaleza semejante a la Tasa Tobin, como la que podría afectar a los datos enviados por Internet o a las patentes. Y se ha señalado también que lo suyo es que la tasa en cuestión se viese acompañada de otras medidas encaminadas a controlar los movimientos de capitales.
La Globalización a la que asistimos está claramente controlada y vinculada a la triada formada por Estados Unidos, la Unión Europea y Japón. Estos tres grandes núcleos, con un14% de la población mundial, corrían a cargo en la primera mitad de la década de los 90′, del 60% de las inversiones realizadas en el planeta, protagonizaban en 1996 el 66% del comercio y generaban en el mismo año el 75% de la producción. Según otra estimación, en 1998 los países más pobres protagonizaban un 1% de las importaciones del planeta, en un escenario en el que la quinta parte más rica de éste asumía el 82% de las exportaciones y a la quinta parte más pobre le correspondía un escueto1%.
Otro indicador de la condición de preeminencia de los países más ricos es el hecho de que, contabilizándose en el planeta a mediados del decenio de los 90′ unas 45000 empresas transnacionales, nada menos que 37000 de entre ellas se hallaban instaladas en los 14 países más desarrollados. Parece fuera de duda que las empresas transnacionales no están en modo alguno interesadas en alentar la integración de los sistemas estatales de innovación y de comercio, y la propia integración de las economías. Ello justifica la conclusión de que, aunque la globalización neoliberal es el producto de los movimientos de empresas como estas, paradójicamente sus objetivos e intereses no siempre responden de forma puntillosa a ese proceso.


EL PAPEL DE LA OMC Y DEL BM FRENTE A LA SITUACIÓN DE POBREZA TERCERMUNDISTA



En 1995 como resultado de determinados desarrollos que afectaron al GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio), se creó la Organización Mundial del comercio (OMC). Mientras el GATT se interesaba en exclusiva por el comercio de bienes, la OMC, en la que se dan cita 140 estados, ha ampliado su radio de acción hasta abarcar ámbitos como los de las inversiones, los servicios y la propiedad intelectual.
El propósito central de la OMC es “ayudar al comercio a moverse lo más libremente posible” eliminando los obstáculos que puedan hacerse valer al  respecto y con el teórico designio de homologar los niveles de desarrollo en todo el planeta. La apuesta central de la OMC en los hechos es la de liberalizar por completo el comercio en claro provecho de la globalización neoliberal, ignorando sus efectos sociales y medioambientales. Las disposiciones de la organización impiden, por ejemplo, que se prohiba la importación de productos fabricados por niños. De forma más general, la OMC puede acabar con medidas de interés público que, según su interpretación, equivalen a barreras comerciales. Significativo es que Estados Unidos, se haya permitido desoír las livianas presiones de la OMC para que anulase los efectos de la enmienda Helms-Burton, que establece un régimen de franco bloqueo sobre Cuba; en la interpretación del gobierno norteamericano, la seguridad nacional no pudo quedar supeditada al libre despliegue de las actividades económicas.

Sobran los datos para afirmar que en los hechos la OMC se haya manifiestamente controlada por las grandes empresas transnacionales, y ello pese a que estas no puedan personarse ante la organización y deban ejercer sus presiones mediante los estados correspondientes. Y es que la OMC a través de su secretismo y su opacidad, otorga a los estados que suponen grandes potencias comerciales, claros privilegios y se asienta en la marginación de los países más pobres, que carecen de los recursos necesarios para participar en los encuentros oficiales y apenas disponen de medios para hacer valer sus intereses.
Por lo que respecta al acuerdo multilateral de inversiones (AMI), fue un intento, por el momento frustrado, acometido por unos cuantos países más ricos y encaminado a garantizar los derechos de los inversores frente a los estados, gestando al respecto un mercado planetario en el que estos no desempeñarían papel alguno. El proyecto del AMI, que probablemente termine reapareciendo, concede una plena libertad de maniobra a los inversores, y ello tanto a lo que respecta a los movimientos de cariz financiero como a los estrictamente materiales.
A estas alturas ya sabemos que en el proceso de globalización desempeñan un papel decisivo varios organismos internacionales que lo anteceden en el tiempo. Uno de estos ha sido el Fondo Monetario Internacional (FMI), cuyo nombre se asocia en muchos países con sus planes de ajuste. Estos planes han apostado por políticas de estabilización vinculadas con devaluaciones de las monedas nacionales, con medidas de reducción del gasto público que siempre lo eran de reducción de los gastos sociales y de los salarios, con reformas fiscales que primaban los impuestos indirectos y con fórmulas de liberación de los precios y de la supresión de las subvenciones a bienes básicos. Los planes han preconizado la desaparición de las barreras arancelarias y la privatización de un sinfín de empresas  del sector público de la economía por lo que acaban en manos foráneas.

En el trasfondo de los planes de ajuste es fácil apreciar el designio de preparar las economías para la irrupción de los capitales foráneos y, en paralelo, el de garantizar a estos un beneficio saneado. Porque quién ha sacado provecho de la situación privada ha sido la iniciativa privada, cuya condición se ha visto claramente promocionada a través de un incremento de los activos y de políticas fiscales muy generosas, mientras remitían de forma progresiva el sector público y el gasto correspondiente, particularmente el relacionado con la sanidad y la educación.
Pero los planes de ajuste han incrementado también la dependencia de los países más pobres: los han hecho más dependientes de los capitales foráneos, los han convertido en víctimas de las fluctuaciones operadas en los precios internacionales, han trasladado ha sus economías los efectos de las barreras aduaneras reservadas por los estados más ricos y han generado escenarios en los cuales se imponía la necesidad del monocultivo y de un sinfín de prácticas exclusivamente vinculadas con la exportación en mercados en los que primaban relaciones de desigualdad.
En 1991 un Estado africano, Zimbabwe,  consiguió créditos por valor de 484 millones de dólares. A cambio se vio obligado a desmantelar todo su sector manufacturero. Por ello el salario medio de Zimbabwe descendió un 30% al tiempo que se recortaba de manera dramática el gasto sanitario y el SIDA se extendía con enorme rapidez. En virtud de la deuda contraida con los países más pobres los que están financiando las economías de los más ricos, fenómeno que se une al intercambio desigual, el saqueo de las materias primas o la repatriación de beneficios camino de los núcleos tradicionales de poder.
El FMI y el Banco Mundial han operado como eficaces grupos de presión encargados de reclamar el pago de la deuda. El efecto de sus acciones ha dado lugar al acrecentamiento permanente de la deuda: los países afectados se han visto obligados a solicitar más créditos para atender al pago de los anteriores, y a satisfacer al mismo tiempo tipos de interés cada vez más altos. Entre 1970 y 1997 la deuda externa se multiplicó por 16, es así que en el último año mencionado ascendía a 1,95 billones de dólares. En África subsajariana la deuda se llevaba cuatro veces más recursos que los que se destinaban a salud y educación. Y es que el pago de la deuda impide en casi todos los casos las inversiones en capital productivo y en infraestructuras.
Los acreedores son de tres tipos: el FMI y el BM por un lado y el sector privado por el otro y finalmente los estados. Aunque buena parte de la deuda ha sido librada por el FMI y el BM, y por los acreedores privados, rara vez se habla de condonar ese segmento, de tal forma que las medidas en ese sentido acostumbran a afectar en exclusiva a los estados, que aun así suelen cancelar un porcentaje sensiblemente mejor de lo que su propaganda anuncia. Los beneficiarios de las decisiones correspondientes son casi siempre los países más pobres, que representan una parte ínfima del montón total.
No parece que las medidas correctoras introducidas hayan tenido por lo demás, mayores efectos.
La abolición de la deuda externa se antoja tanto más necesaria en cuanto a que sus efectos serían irrelevantes para los grandes del Norte.

EL PAPEL DE LOS ESTADOS DENTRO DE LA ALDEA GLOBAL



EL DEBILITAMIENTO DEL ESTADO NACIÓN



En el marco político occidental, el estado ha sido desde siglos atrás el núcleo del sistema de organización de las sociedades, y ello aunque la institución correspondiente ha exhibido modulaciones muy diferentes. En el Norte desarrollado los estados siguen siendo instancias económicas principales, aportan el ámbito en el que se desenvuelven muchos movimientos sociales, configuran el espacio en el que se reclutan las elites y asumen tareas notables en el ámbito internacional.
Parece fuera de dudas que al calor de la globalización neoliberal se está verificando una quiebra en el esquema tradicional en virtud del cual los estados eran agentes fundamentales en las relaciones económicas. En el primer paso en este camino de reducción de protestades se habría hecho valer un abandono de la situación estratégica que los estados desempeñaban en la economía en provecho de una humilde tarea de pilotaje; no puede descartarse que, conforme a algunos pronósticos, los estados acaben convirtiéndose en valedores de los intereses de las fracciones del capital mundial con origen en el propio país antes que en defensores de los propios capitales que carecen de intereses exteriores.

Hay que agregar que la globalización neoliberal ha llevado aparejada también una visible remisión de los estados, ya no en lo que respecta al despliegue de políticas propias en su ámbito interno, sino en lo que atañe  a la regulación de las relaciones económicas internacionales.
La globalización en curso ha venido a ahondar los numerosos ataques que padecía ya la soberanía de los estados. Esta soberanía se hallaba en el origen de un montón de rasgos que parecían inertes en la práctica: el ejercicio de un monopolio de la violencia legítima, la delimitación de unas fronteras que delimitan, a su vez, un principio de territorialidad, el despliegue de una administración pública y de un ejército permanentes, y la reivindicación de una legitimidad propia. En los últimos tiempos esta sólida estructura y su idea de soberanía han ido perdiendo fuerza. Uno de los factores que provocan este debilitamiento es el que provoca los procesos de descentralización internos, que han roto con el armazón de muchos estados unitarios y han configurado poderes distintos, muchas veces como consecuencia del auge de los movimientos nacionalistas. Otro factor es el de creación de instancias como la UE que agrupan varios estados y que acaban por tener efectos decisivos en el panorama interno de estos últimos. Un tercer factor es el de la creciente influencia de redes transnacionales que afectan tanto a los estados como a la sociedad civil. En cuarto término se encuentra el ascenso de normas legales de carácter transnacional, como las que están en el origen del intervencionismo humanitario o de la gestación de una legislación legal con pretensiones planetarias, lo que pone al descubierto la pretensión de ciertos estados por injerirse en los asuntos internos de otros. Hay que mencionar en quinto lugar, la acción desarrollada por muchas empresas transnacionales, que al calor de la globalización neoliberal campan por sus respetos, a personas que se someten a las legislaciones estatales y se benefician de las posibilidades que ofrece un “ciberespacio que desborda toda jurisdicción territorial existente”. Un sexto proceso de interés se articula en torno a organismos internacionales de carácter económico que exigen el cumplimiento estricto de determinadas normas, como es el caso de las vinculadas con los planes de ajuste monetario del FMI (reducción del déficit público, privatizaciones, impuesto fiscales indirectos, reducción de los gastos sociales, etc.) El último acoso a la soberanía es el que se deriva del auge de las redes del crimen organizado, acostumbradas a sortear con eficacia muchos de los controles impuestos por los estados.
La acción combinada de procesos tan distintos como estos ha acabado por imponer la imperiosa necesidad de revisar los perfiles propios de los estados y su naturaleza ontológica por que, en este momento, los estados se encuentran insertos en una vorágine que conduce a muna remisión de muchas de sus atribuciones.

Al margen de las consideraciones hechas, pueden invocarse datos que hacen concluir que los estados aún conservan funciones propias e importantes. Al fin y al cabo, las empresas transnacionales todavía son representadas por sus gobiernos padrinos, que se encargan de nombrar delegados para que tomen asiento en instancias directoras como el FMI, el BM o la OMC. También son representantes de los estados que asumen la dirección de la OTAN. Desde determinada lectura de los hechos, incluso en el tercer mundo puede afirmarse que los estados conservan papeles importantes, son los que se encargan, por ejemplo, de pagar la deuda externa o de aplicar los ajustes del FMI. Nada sería más equivocado que concebir a la institución que nos ocupa como víctima indefensa de la globalización: en la medida de su poder es, muy al contrario, un agente impulsor de esta.
Es frecuente que se señale la necesidad de preservar los estados para hacer frente a determinadas demandas, y entre ellas la de imponer disciplina, generar confianza y corregir desequilibrios, la de encarar los problemas medioambientales y la de apuntalar instancias a las que pueda reclamarse, llegado el caso, responsabilidades. No puede sorprender que, al respecto, se levanten voces críticas que disienten de esta visión por considerarla ingenua y que se preguntan, por ejemplo, en que medida los representantes de los estados son independientes de los intereses de las grandes compañías transnacionales.

Llegados a este punto no se nos puede olvidar aclarar el concepto de “Estado del bienestar”, del que tantas disertaciones se hacen en torno a él y a su relación con la globalización.
El Estado del Bienestar no puede desligarse del capitalismo. La Revolución Francesa significó un punto de inflexión por suponer la llegada al poder de la incipiente burguesía.
El capitalismo de finales del siglo XVIII y principios del XIX comenzó por enfrentarse con sus propias contradicciones. El éxodo rural y la aparición de grandes concentraciones industriales fueron el marco y el promotor que pusieron en evidencia las terribles desigualdades sociales. Esta paradoja, la de que el Estado del Bienestar haya llegado a su punto más alto, dentro de las sociedades capitalistas desarrolladas necesita de una mayor profundización.

Hasta la mitad del siglo XIX toda oposición a la forma de producción dominante y a las desigualdades sociales se basaba en criterios éticos como en el caso del socialismo utópico que expuso Tomás Moro en su obra “Utopía”. Pero va a ser con la aparición del socialismo científico cuando la oposición al capitalismo va adoptar una de sus formas más perfeccionadas. El bienestar de la mayoría ya no depende de la bondad o no de los poderosos, sino del modelo de producción predominante. El materialismo histórico marcaba el destino final del capitalismo y el camino hacia la abolición de la propiedad privada y la toma de responsabilidad de lo que se ha de producir, en que cantidad, como y para quién, pasaría a ser la responsabilidad. Los episodios revolucionarios de la Comuna de París y los espartaquistas de Alemania pusieron de manifiesto que el proletariado industrial podía ser capaz de sublevarse contra la miseria física y moral en la que se encontraba inmerso. Esto se hacía aún más dramático cuando la opulencia crecía a su lado mientras la alienación se plasmaba en la sumisión al patrón y en el analfabetismo.

La Alemania de Bismarck utilizó los argumentos de la clase obrera para poner en marcha el embrión del estado del bienestar. Las prestaciones de entonces tenían un carácter meramente testimonial, pero es interesante analizar las motivaciones que van a conducir a adoptar medidas de este tipo: por primera vez la clase dominante aceptaba repartirse el pastel a cambio de garantizar la acumulación capitalista. Naturalmente, no se creía en las tesis marxistas, pero la amenaza de revueltas cada vez más violentas fue motivo suficiente para plantearse su estrategia. Fue también en la segunda mitad del siglo XIX cuando el derecho laboral vio la luz como forma especializada de derecho.
A pesar de todo, la situación en España era peor. La creación de un mercado interior, las constituciones liberales y las primeras fases de industrialización eran el único semblante para la implantación de un sistema capitalista en la península Ibérica. La historia económica de aquella época se remite más a la persistencia de las antiguas formas de producir que a la aparición de la burguesía y el proletariado. Se tendrá que esperar a la segunda república para que comiencen a promulgarse decretos en pro del establecimiento del Estado del Bienestar. Naturalmente la dictadura militar de Franco, entre otros aspectos, supuso el retorno a las tinieblas de la autarquía económica hasta finales de los años 60′.
La doctrina económica dominante hasta el segundo tercio del siglo XX era la del “laissez faire” o, en otras palabras, la del liberalismo. El gobierno tendría que garantizar el orden social, el cumplimiento de la ley y la defensa de la competencia, pero las decisiones sobre el qué, para quién y cómo producir, habrían de estar dentro de la iniciativa privada. Con mayor o menor fuerza, esta doctrina va a guiar a los gobiernos occidentales de aquella época.

Otra gran paradoja instalada en los discursos de la globalización es la que conjuga la interdependencia de un mundo cada vez más interrelacionado, donde los actores estatales ceden paso a estructuras supranacionales, con la propia fortaleza del Estado. Lo cierto es que la globalización desde un punto de vista económico, produjo el afianzamiento de estancias supranacionales que tuvieron como consecuencia una restricción de poder de los estados, ya que estas superan la autoridad nacional tomando decisiones que afectan la ciudadanía de cada país. Pero si bien se produce la restricción de los márgenes de maniobra política y económica de los entes nacionales, es conveniente volver a recordar que la propia fortaleza del estado, desde el término de la II Guerra Mundial, permitió que la globalización se fortaleciese.
Para teorizar sobre el estado en el mundo de hoy, debemos plantear algunas cuestiones a cerca de los nuevos roles que desempeña. El estado puede ser entendido como una relación política entre seres humanos que expresa situaciones de hegemonía, asume los intereses de las clases dominantes y refleja las posibilidades que ellas poseen para imponerse al resto de la sociedad. Su legitimación formal suele estar vacía de contenido en el ámbito real, ya que, a pesar de simular la voluntad general y vincular a los sujetos en su carácter de miembros de una totalidad pública, les deja marginados a la hora de participar en su configuración y toma de decisiones. Así el ciudadano se visualiza como un simple receptor y ve al estado como mero aparato, es decir, como la expresión de control y organización ubicado por encima de la sociedad civil.
El estado, constituido como entidad burocrática y reguladora, y organización económica y productiva, garantiza las condiciones generales para la reproducción de capital en su conjunto. Pero, así mismo, es una dimensión en la que los conflictos, las luchas y las demandas sociales se escenifican, se condensan, se institucionalizan y se resuelven.

Recordemos que tanto el fordismo como el postfordismo o toyotismo, entendido como la etapa en la que sucede cada uno, son épocas y configuraciones históricas perfectamente diferenciadas dentro del desarrollo del capitalismo. El estado fordista entró en crisis cuando parecía reconciliarse el incremento de capital con el reparto entre las masas. Una de las metas de la estrategia de la globalización consiste en romper el consenso entre las clases sociales, considerado un impedimento para la acumulación de capital.
La revolución neoliberal, como afirman Bourdieu y Wacquant, “escudándose en la modernización, piensa rehacer el mundo haciendo tabla rasa de conquistas sociales y económicas, producto de cien años de luchas sociales”. Algunas de estas pérdidas se reflejan en la retirada económica del estado, el refuerzo de sus componentes político-penales, la desregulación de los flujos financieros, la flexibilización del mercado laboral y la reducción de las protecciones sociales. Pero convendría discernir en qué aspectos está condicionado el estado por la política y economía mundial y en cuales no. El estado se escuda en el discurso de la “mundialización para esquivar su responsabilidad tanto en el aumento de desigualdades como en el desmantelamiento de las políticas sociales, aunque hoy todavía sigue siendo el principal actor de políticas de desarrollo. Si todo quedase en manos de los condicionamientos externos del mundo globalizado no tendría sentido el debate sobre el desarrollo y las políticas para alcanzarlo, porque tanto la economía como la soberanía nacional se habrían perdido, siendo los agentes transnacionales, y no el estado, los que estarían a cargo de la toma de decisiones.

El desengaño sobre lo público, autoriza el abandono de toda responsabilidad que no sea en la esfera de lo privado, llevando aparejada a la vez, una conformidad pasiva y silenciosa con la realidad circundante. El ya mencionado, “laissez faire”, instalado en una lógica que ubica al individuo en el centro del mundo, convierte en invisible el vínculo que lo une a la colectividad a la que pertenece. El mercado (lugar de ejercicio de intereses), aprovechando la desacreditación del estado, gana terreno mientras se desmantelan las instituciones, los agentes del antiguo orden, los trabajadores sociales, las solidaridades y las ilusiones de creer que el mercado puede jugar el papel del estado. Por otra parte al mismo tiempo que se reduce su dimensión social, se observa un crecimiento del estado penal que se constata en el aumento casi generalizado de gasto para seguridad frente a la reducción o mantenimiento del gasto en educación, salud investigación. La cárcel en su sentido real pero también metafórico, conduce al aislamiento y a la exclusión. A la par se da una transferencia de la fuerza y de la coerción hacia sectores privados. Ya ni siquiera vale la idea de Max Weber según la cual el rasgo específico del estado es el monopolio de la violencia física legítima.


LA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN



GLOBALIZACIÓN MEDIÁTICA Y LA SOCIEDAD DE REDES



Las tres últimas décadas han sufrido una profunda transformación en el ámbito de las telecomunicaciones a partir de la aplicación en el sector de la comunicación de los nuevos avances tecnológicos, constantes en esta materia. Se ha producido lo que se ha venido a denominar una “convergencia” tecnológica  entre los sectores de las telecomunicaciones, del ámbito audiovisual y la informática, generándose el concepto de la “sociedad de la información”. Este término se refiere a la creciente importancia de las nuevas tecnologías, así como al uso de los servicios avanzados que estas permiten, que están transformando todos los ámbitos de las sociedades modernas.
Este cambio es considerado por muchos autores como la cuarta revolución, después de la agricultura, la industria y los servicios; se genera de hacho, un sector cuaternario, el de las telecomunicaciones. Ha surgido una nueva sociedad, la sociedad de la información, donde esta información no sólo es una mercancía nueva, si no la principal, de forma que toda la economía y las relaciones sociales se estructuran alrededor de ella.
Dos han sido los fenómenos considerados como los factores detonantes de esta revolución silenciosa e imparable:

1.    La digitalización de las redes y servicios, lo que permite un tratamiento homogéneo de las señales, pudiéndose combinar los diferentes soportes disponibles (telefonía, cable, satélites, televisión, comunicaciones móviles…) para dar acceso a todo tipo de aplicaciones. Además, las señales digitales permiten transmitir la información de forma más eficiente, implantándose técnicas cada vez más avanzadas de compresión de señal y mejorando de forma progresiva su calidad. Eso permite una mayor productividad en el uso de las redes, con costes menores y precios más bajos para los consumidores. El sector audiovisual también se ha incorporado a este proceso y esto está permitiendo una mejora y una expansión en la oferta de los servicios existentes (servicios interactivos y acceso a internet a través de soportes tradicionales como la radio y la televisión).

2.    Por otro lado, se viene dando una normalización y estandarización a las nuevas aplicaciones, lo que permite una facilidad de manejo añadida para los usuarios, con independencia del medio empleado.

No hay ninguna duda sobre la enorme importancia y efectos que el desarrollo de esta nueva sociedad de la información tendrá sobre el progreso social y económico de los estados más avanzados (y también sobre el tercer mundo) durante las próximas décadas y en el horizonte de un futuro inmediato. El papel de los poderes públicos y de las autoridades en este fenómeno es fundamental, en dos sentidos:

1.    Fomentar el desarrollo y la extensión de los nuevos servicios y de los medios modernos, garantizar que la liberalización o introducción de competencia mejore efectivamente en el mercado y no excluya ninguno. La competencia ha de ser un factor positivo para el desarrollo del sector (se ha de terminar con los monopolios, sobre todo los privados generados por anteriores gobiernos), pero se ha de garantizar que se establezcan ciertas obligaciones de servicio público (universalidad y servicios mínimos), para que ningún colectivo ni ningún territorio permanezcan aislados del proceso sobre la base de criterios puramente económicos.

2.    Precisamente, para evitar las nuevas desigualdades generadas por el avance tecnológico, el papel de las sociedades desde el gobierno ha de ser imprescindible. Las personas no preparadas para el acceso a Internet, ni para el uso de las nuevas tecnologías se quedarían aisladas y serían los “nuevos analfabetos”. Este es un riesgo evidente, real e inminente, contra el cual hay que combatir. Las nuevas generaciones, evidentemente, podrán ser formadas en los centros educativos, pero para la gente adulta, se tendrá que poner en marcha una intensa actividad de reciclaje, ligada con la preocupación genérica de formación continua y variada que se ha de exigir para garantizar la igualdad de oportunidades.

Al amparo de la globalización ha ido perfilándose una cultura que, aparentemente internacional, responde, sin embargo a una clara matriz occidental y se manifiesta a través de un hecho claramente perceptible: en casi todos los rincones del planeta se manejan las mismas informaciones, se ven las mismas películas, se conducen los mismos automóviles y se anuncian los mismos productos. El desarrollo de esa cultura internacional se halla estrechamente relacionado con el de nuevas tecnologías de información cuyo control recae sobre los centros tradicionales de poder.
Los procesos de globalización de la cultura no son nuevos, la expansión de las grandes religiones y el asentamiento de los imperios coloniales llevaron aparejados otras tantas oleadas de globalización de matrices culturales. En más de un sentido, la gestación de los estados nacionales supuso un freno en los esfuerzos de globalización cultural, contrarrestado, eso sí, por la fusión operada entre alguno de esos estados y las lógicas coloniales de las que hablamos. El resultado fue un nuevo impulso de globalización cultural que tuvo como núcleo el mundo occidental y que hizo que las ideologías, casi siempre diversas, que habían cobrado cuerpo en aquel se extendieran por todo el planeta.
La globalización multiplica, las posibilidades de manifestación y expansión de las culturas y obliga a estas a adaptarse a escenarios dispares. En un sentido distinto, la globalización provoca una reacción desde las culturas locales que no deja de tener una dimensión saludable. En último término, y destacando algunos de los efectos más benefactores de la globalización mediática,  puede producir fórmulas de hibridación entre culturas.
Pero, pese a lo anterior, son muchos y graves los problemas para la mayoría de los legados culturales de los estados tradicionales. Aunque no faltan elementos de genuino mestizaje, son marginales en comparación con un flujo general en que se imponen las formas culturales propias de los que ostentan el poder.

El hecho de que algunos autores hayan subrayado que no existen cimientos en los que asentar una cultura  que merezca el adjetivo de global ha venido a justificar que el papel correspondiente sea asumido por una cultura “nacional” como, al fin y al cabo, es la estadounidense, y ello en virtud de un proceso que no se asienta sobre la unión y el mestizaje, si no sobre la imposición. Los procesos en curso, han acabado con lo que hasta hace bien poco se antojaba una regla universal: la cultura había precedido siempre al mercado.
Al respecto del papel que corresponde a los media en la articulación de la globalización neoliberal, hemos de señalar una de las estimaciones más significativas: en los países industrializados, sólo el trabajo exige de la población más tiempo que el que reclama el consumo mediático. Bastará con recordar al respecto otra estimación, en Japón, cada ciudadano dedica a ver la televisión algo más de ocho horas al día, y que, en Estados Unidos, el tiempo asignado a ese mismo menester supera las siete horas diarias. En el conjunto del planeta existían a mediados del decenio de 1990, más de mil millones de televisores.

Los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo en la articulación ideológica de la globalización neoliberal. El modelo correspondiente, se impone no tanto por la coherencia de su lógica interna o por la brillantez de sus resultados si no por las presiones de grupos interesados que podemos agrupar bajo la conveniente etiqueta de “capital financiero internacional.” Los medios desarrollan al respecto una misión vital en la promoción de las virtudes del mercado y en la venta de sus productos. Su relieve queda bien atestiguado por el resultado de algunas encuestas como la que, en 1997, concluyó que 13 de los 50 hombres más influyentes del planeta pertenecían al mundo de los medios de comunicación. En Estados Unidos por otra parte, el sector del cine, la televisión y la información -incluidos ordenadores y telecomunicaciones- aportaba en el año 2000 nada menos que una sexta parte del producto interior bruto.

La expansión de los medios de comunicación es un proceso claramente controlado desde Estados Unidos, que muy inteligentemente ha pujado por una desregulación llamada a controlar esta situación de preeminencia, en espera de que el “mayor número de países posible abra sus fronteras al “libre flujo de información” o, lo que es lo mismo, a los gigantes de la industria estadounidense del ocio y de los medios de comunicación”.
No deja de ser paradójico que el desarrollo de nuevas tecnologías en el terreno de la comunicación haya llevado aparejado un formidable recorte en la pluralidad de los mensajes transmitidos por los medios. A ello no es ajena la creación de auténticos emporios que, como los configurados en torno a AOL-Time Warner, Berstelman, Disney, News Corporation y Viacom-CBS, en buena ley deciden las recomendaciones incluidas en el canon neoliberal. Los efectos de ese proceso de concentración se aprecian de forma sencilla en el hecho de que en poco tiempo se han reducido a trescientos los periódicos independientes existentes en EEUU, que antes contaba con 1500 publicaciones que presuntamente, satisfacían ese requisito. Aparte, los magnates de la prensa o de la televisión ya no son personas que han crecido en el ámbito del periodismo o de los medios de comunicación: son, más bien, hombres de negocios cuya voluntad de servicio público es la mayoría de las veces nula.
El principal resultado de todo lo anterior adopta la forma de graves distensiones en la descripción de lo que realmente ocurre en el planeta, inevitable consecuencia de la realidad afirmada por Madeleine Albright cuando era embajadora de Estados Unidos en la Naciones Unidas: “La CNN es el sexto miembro permanente del consejo de seguridad”. Aunque la manipulación de tantas informaciones no es el único efecto negativo: también destaca la progresiva marginación que estas van experimentando. La audiencia de los informativos de las principales cadenas y el número de lectores de los diarios más importantes parecen haber experimentado un retroceso en el decenio de 1990, mientras el espacio destinado a la información internacional padecía sucesivos recortes.

En los centros de poder no despunta ningún proyecto de control democrático y de descentralización de los medios de comunicación, y en particular de la televisión, que es por el momento, y con mucho, el principal instrumento de despliegue de las estrategias informativas, en la medida en que configura la única fuente de “información” de buena parte de la población del planeta. El entrelazamiento entre los intereses de determinadas opciones políticas y los grandes grupos mediáticos es evidente, como lo ilustra el constante respaldo dispensado por el grupo Murdoch a las sucesivas candidaturas electorales encabezadas por la que fuera primera ministra británica  Margaret Thatcher. Por otra parte la lógica de la privatización se ha impuesto con radical fortaleza, de tal forma que los monopolios privados han reemplazado a los públicos de antaño y ha desaparecido toda huella de lo  que de interés público y de servicio pudiese existir en la etapa precedente.
Los medios de comunicación desempeñan funciones decisivas en el ocultamiento del caos general y de la desorganización que, pese al optimismo que impregna la tesis de Fukuyama sobre el presunto fin de la historia, impregnan al orden liberal. También tienen mucho que ver los medios de comunicación con la aniquilación de los sueños colectivos en provecho de una invitación al consumo y de la repetición de mensajes instalados en el juego del “pensamiento único”

REFLEXIÓN FINAL



Caben varias actitudes ante la utopía. Una muy extendida hoy es declararla muerta y bien muerta, y no hacer nada por su recuperación, ya que se mueve en el horizonte de los grandes mitos a los que debe renunciarse. Yo creo, sin embargo, que, a pesar de las críticas la utopía no está tan muerta como se nos quiere hacer ver. Ésta es precisamente la estrategia del pensamiento antiutópico: alegar que ya no es necesaria la utopía porque se ha hecho realidad y ya no cabe esperar más. Pero la utopía está suficientemente enraizada en la realidad y en el ser humano como para que pueda morir, y menos aun por decreto del neoliberalismo, su principal adversario hoy.
Otra actitud sería la de apostar por un pensamiento de intención utópica, pero en clave negativa, sin hacer propuestas, sin ofrecer alternativas. La oscuridad del presente no deja otro camino que el de la crítica de lo existente. Dicha actitud debe ser tenida en cuenta para no caer en los fáciles discursos afirmativos, pero puede ser paralizante y desembocar en pesimismo.

Una tercera postura es la de la rehabilitación crítica de la utopía. Ahora bien, se trata de una utopía no mitificada, guiada por un interés emancipatorio y animada por una intención ética. Dicha utopía ha de ser rehabilitada no apologéticamente, si no de forma crítica, es decir, cuestionando la “ingenuidad utópica”, tan presente en las diferentes teorías y prácticas sociales.
La utopía debe responder a una visión de dialéctica y abierta, no determinista, de la realidad. Ha de responder y mantenerse fiel a la intención ética que la anima, consciente de la distancia entre como es el mundo y como debe de ser, pero con el propósito de aproximar el deber ser el ser. Debe compaginar adecuadamente la doble dimensión que la define desde su nacimiento: la crítica y la propuesta. Debe responder a un interés emancipatorio no excluyente.

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- www.glocalrevista.com
- www.po.org.ar
- www.spglobal.org
- www.elmilitante.org

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