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Institucionalización de estudios de Comunicación parte 1 - Monografía



 
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Teoría comunicativa. Antecedentes. Red intelectual: autores. Red Birmingham. Establishment. Import Company. Giro etnográfico. Globalización


Trabajo explicativo sobre los denominados Cultural studies



La institucionalización de los estudios de la comunicación



LOS CULTURAL STUDIES ANTES DE LOS CULTURAL STUDIES



La gran tradición de la literatura inglesa



Surge a lo largo de la última tercera parte del siglo XIX una problemática, conocida bajo la denominación de “Culture and Society”, por la que se interesaban autores tan distintos como Matthew Arnold, John Ruskin o William Morris. Más allá de sus diferencias políticas -al contrario de los dos primeros, Morris, tras un largo desvío por la poesía romántica, empieza a militar en la izquierda política y es uno de los cofundadores de la Socialist League-, los tres comparten una misma actitud crítica, de tipo culturalista, hacia la “civilización moderna”. Estigmatizan al siglo XIX como el “siglo de los perjuicios ambientales”, en el que triunfan el “mal gusto” de la “sociedad de masa” y la “pobreza de su cultura”. Trabajo mecanizado, urbanismo inorgánico, uniformización en el vestir, proliferación de paneles publicitarios, omnipresencia de productos alterados, todo esto desfiguró la vida cotidiana y destruyó el “deseo de producir cosas hermosas”. Centrada en las nociones de beneficio y producción, la mentalidad utilitarista de la nueva clase media en el poder redujo el arte al papel de ornamento no rentable. Si se la compara con los países del continente, la sociedad victoriana está, en aquel entonces, en la vanguardia, por lo que respecta al nacimiento de formas culturales vinculadas con el sistema industrial. A esta precocidad se debe sin duda, por lo menos en una gran medida, el que algunos de sus intelectuales se hayan adelantado en las críticas contra las “consecuencias culturales del advenimiento de la civilización moderna”. Raymond Williams dio buena muestra de dicha precocidad cuando describió la génesis del sistema publicitario británico como “sistema organizado de información y persuasión comerciales”, piedra de toque del sistema de los medios de comunicación social. Por ejemplo, es en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX donde se libran las primeras escaramuzas jurídicas acerca de la regulación de este tipo de actividad. Fue de ahí de donde surgieron las primeras críticas activas a este tipo de cultura industrializada, inherente a un “capitalismo a gran escala”, y también fue este país el que alumbró los primeros códigos deontológicos y las primeras organizaciones corporativas de defensa de la profesión, tanto a nivel nacional como al de las alianzas internacionales (Williams, 1991). Gran Bretaña adelanta al resto del continente en cada generación técnica (por ejemplo, en 1962 el 82 por ciento de sus hogares está dotado de televisores, porcentaje que se reduce a un 27 por ciento en Francia, un 29 por ciento en Italia y un 41 por ciento en la RFA).

Figura central en la tradición “Culture and Society”, Matthew Arnold, autor de Culture and Anarchy (1869), preconiza la enseñanza de la literatura inglesa en las escuelas del Estado, como medio para salir de la crisis ideológica en la cual está hundida la sociedad desde que la religión dejó de cohesionarla. Sin embargo, el papel emancipador que, supuestamente, debían desempeñar las grandes obras literarias, no tarda en revelar su ambigüedad social. Si bien esta empresa de transmisión de los valores morales a través del libro heleniza a la clase media beocia, la nueva clase dominante, también se le encomienda la misión cívica de pacificar e integrar a la clase obrera. Resulta significativo el que haya sido primero en las escuelas técnicas, en los colegios de formación profesional y en los cursos de educación permanente donde empezó a institucionalizarse la enseñanza de la literatura humanística.

No es sino durante el período entre las dos guerras que se introducen realmente los “estudios ingleses” entre las asignaturas de las universidades de Oxford y Cambridge, por iniciativa de docentes oriundos de la pequeña burguesía, quienes, por vez primera, llegan hasta estas altas esferas de la aristocracia. Su artífice es Frank Raymond Leavis (1895-1978), hijo de un comerciante en instrumentos musicales. Fundada en 1932 como órgano de expresión del movimiento leavisiano, la revista Scrutiny se convierte en el centro de una cruzada moral y cultural contra el embrutecimiento practicado por los medios de comunicación social y la publicidad. Se aprovecha cualquier oportunidad para reafirmar la capacidad liberadora del aprendizaje, bajo la tutela de la elite culta, de la Gran Tradición de la ficción inglesa. Eagleton enjuicia con severidad el balance de la publicación leavisiana y su fe incondicional en la capacidad de los nuevos educadores para atajar la “degeneración de la cultura”: “La revista opta por esta solución idealista por no querer considerar una solución política. No cabe duda de que la utilización de las clases de literatura inglesa para advertir a los alumnos contra la fuerza manipuladora de la publicidad o la pobreza lingüística de la prensa popular es una tarea importante, mucho más que la que consiste en obligarles a memorizar la carga de la brigada ligera. Scrutiny crea efectivamente estos estudios culturales en Inglaterra, lo que constituye una de sus realizaciones más duraderas. Pero también cabe la posibilidad de explicar a los niños que, si la publicidad y la prensa popular existen bajo su forma actual, no es sino por motivos de ganancias. La cultura de masa no es la consecuencia inevitable de la sociedad industrial, sino el fruto de una forma especial de industrialismo, cuya organización de la producción se orienta más hacia los beneficios que hacia el uso y que se interesa más por lo que resultará factible vender que por lo que posee un auténtico valor” (Eagleton, 1994, 34).

Las posturas adoptadas por los leavisianos hacia el entorno industrial de la cultura no resultan en absoluto asombrosas. Reflejan la mentalidad de la época. En Francia, casi al mismo tiempo, Paul Valéry denuncia la publicidad, a la que considera como “uno de los grandes males de este tiempo, que ofende nuestras miradas, falsifica cualquier epíteto, estropea los paisajes, corrompe cualquier cualidad y crítica”. Por su parte, Georges Duhamel se refiere a una “empresa coercitiva y embrutecedora, un parásito, un factor de frustración permanente”. En Italia, el premio Nobel Luigi Pirandello no encuentra palabras bastante duras para fustigar el “americanismo” y sus productos cinematográficos que consagran el culto al dinero. Todavía durante mucho tiempo se formularán semejantes anatemas en el discurso imprecatorio que muchos representantes de las clases intelectuales europeas dirigen contra las consecuencias alienantes de los medios de comunicación masivos. En los años 60, Umberto Eco considerará incluso que se trata de un rasgo constitutivo de la posición “apocalíptica”. Por lo tanto, en ello no radica la originalidad del movimiento leavisiano. Lo que lo caracteriza es la terapia que propone aplicar sistemáticamente, con el fin de enlazar con la “sociedad orgánica” anterior a la era industrial. De hecho, cuando militan a favor de la lectura metódica de la Gran Tradición de la ficción inglesa, los leavisianos no hacen sino impulsar una concepción nostálgica, próxima al chovinismo, de la anglicidad. Dicha característica no tardará en manifestarse a través de la selección de los autores que, supuestamente, encarnan la Gran Tradición. Se escoge, por ejemplo, a D. H. Lawrence por su crítica a la falta de humanidad en el capitalismo inglés, pero se olvidan sus opciones de extrema derecha por lo que respecta a las ideas acerca de la organización democrática. Scrutiny dejó de publicarse en 1953, es decir, un cuarto de siglo antes de la desaparición de Leavis. El humanismo liberal de estos defensores de la gran literatura, supuestamente fuente de “salud moral”, evolucionó, en la práctica, hacia el rechazo obsesivo de la sociedad técnica, a la que se condena como “cretina y productora de cretinos”, y llegó a coincidir con las posiciones de la reacción política: “fuerte hostilidad hacia la educación popular, oposición implacable a la radio transistor y una profunda desconfianza hacia la apertura de la enseñanza superior a estudiantes embrutecidos por la televisión” (Eagleton, 1994, 42-43).

Construcción de una red intelectual



La verdadera institucionalización de los Cultural studies propiamente dichos resultará de la creación, en 1964, del Centro de Investigaciones de Birmingham (CCCS), que tendrá por objeto “las formas, las prácticas y las instituciones culturales, así como sus relaciones con la sociedad y el cambio social”. Sin embargo, la etapa de cristalización que supone su instalación resultaría incomprensible si no se tomase en cuenta el proceso de maduración, iniciado casi diez años antes, que quizás viene simbolizado por las figuras de los tres padres fundadores que, al igual que los mosqueteros de Dumas, sumaban en realidad cuatro.

Si los primeros representantes de los Cultural studies comparten con sus antecesores leavisianos el que muchos provenían del mundo de los docentes de literatura inglesa, se diferencian del todo de ellos en que establecen lazos con la cultura de las clases populares, de las que, por lo demás, muchos habían salido. Se publica, en 1957, un libro de Richard Hoggart, cuyo papel como fundador de su campo de estudios será reconocido por los miembros del centro de Birmingham: The Uses of Literacy: Aspects of Working-Class Life with Special References to Publications and Entertainments. El autor estudia la influencia de la cultura difundida en la clase obrera por los modernos medios de comunicación. Tras una descripción del entorno cotidiano de la vida popular, en la que hace gala de mucha sensibilidad etnográfica, este profesor de literatura inglesa analiza cómo las publicaciones destinadas a este público se integran en tal entorno. Según la idea central que desarrolla, existe una tendencia a sobrevalorar la influencia en las clases populares de los productos de la industria cultural. “No hay que olvidar nunca -escribe al final del trabajo de investigación- que la actuación de las influencias culturales sobre el cambio de actitudes es muy lenta y que, a menudo, queda neutralizado por fuerzas más antiguas. La vida del pueblo no es tan pobre como podría deducirse de una lectura, incluso muy atenta, de su literatura. La demostración rigurosa de dicha afirmación no resulta fácil, pero un contacto continuo con la vida de las clases populares basta para darse cuenta de su veracidad. Incluso si las formas modernas de ocio alientan a la gente del pueblo a adoptar actitudes que, con razón, se consideran nefastas, no resulta menos cierto que sectores enteros de la vida cotidiana permanecen fuera del alcance de los cambios” (Hoggart, 1970, 378). Cabe señalar, de paso, el malestar del traductor francés de la obra, quien, en el texto, traduce Working-Class por “clases populares” y modifica el título original, convirtiéndolo en La cultura del pobre, desenfoque que remite a las imprecisiones del estatuto teórico de la noción de “popular” y “cultura popular”.

Los usos sociales de los medios de comunicación no responden forzosamente a la lógica de una capacidad devastadora que formase parte integrante de los rasgos estructurales de los mensajes. Al observar esto, Hoggart rompía con lo que, en aquel entonces, era el discurso crítico dominante acerca de la cultura de masa, que estaba marcado por el “funcionalismo de lo peor”, como iban a denominarlo Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron en un artículo titulado “Sociologues des mythologies et mythologies des sociologues” (Sociólogos de las mitologías y mitologías de los sociológos) y publicado, en 1963, en Les Temps Modernes. En Francia, fuera de las reflexiones sobre la recepción activa de la producción cultural, marginales en la obra de Lucien Goldman, sociólogo de la literatura, y Robert Escarpit, sociólogo del libro, no es sino al final de los años setenta, con las investigaciones de Michel de Certeau acerca de los “Arts de faire” (”Artes de hacer”), cuando quedará legitimada esta problemática referida a los usos furtivos de los consumidores.
Pero, pese a la precocidad con la que los análisis de Hoggart se centran en los receptores, sus hipótesis permanecen muy marcadas por los recelos hacia la industrialización en la cultura. La propia noción de resistencia de las clases populares, en la que se apoya el estudio de sus costumbres, queda anclada en esta creencia. Los juicios de valor, contra los cuales Hoggart advierte a sus lectores, navegan en un campo semántico configurado por el empleo de términos antinómicos como, por una parte, “sano”, “decente”, “serio” y “positivo”, y por otra, “hueco”, “debilitante”, “trivial” y “negativo”.

La resistencia al orden cultural industrial es una idea consubstancial a la multiplicidad de objetos de investigación que caracterizará los campos de investigación de los Cultural studies durante más de dos décadas. Remite, por supuesto, a la convicción de que resulta imposible abstraer la “cultura” de las relaciones de poder y las estrategias de “cambio social”. Por lo demás, este axioma compartido es el que explica la gran influencia que ejercieron sobre el movimiento los trabajos, inspirados en Marx, de otros dos Founding fathers británicos que rompieron con las teorías mecanicistas, ambos estrechamente vinculados con el trabajo pedagógico en los sectores populares: Raymond Williams y Edward P. Thompson. Los dos autores tienen en común una misma experiencia en la educación de adultos y mantienen un contacto estrecho con la New Left, cuya aparición en los años sesenta supone un renacimiento de los análisis marxianos. Thompson, que fue miembro del Partido Comunista hasta 1956, es uno de los fundadores de la New Left Review, una de las pocas revistas de izquierdas en Europa que haya abordado, ya en aquellos años, la cuestión política de los medios de comunicación social (como lo atestigua, por ejemplo, la publicación en 1970 del famoso texto de Hans Magnus Enzensberger acerca de la “industria de la conciencia”, el cual, por otra parte, no ha sido nunca traducido en Francia, por lo que los lectores de este país sólo pudieron conocerlo a través de la crítica de Baudrillard). Williams y Thompson comparten, sobre todo, un mismo deseo de superar los análisis que convirtieron a la cultura en una variable sometida a la económica y que, sin dejar de legitimar el estalinismo, esterilizaron el pensamiento sobre las formas culturales. Como afirmaba Thompson en 1976, en una entrevista sobre su libro dedicado a la constitución de la clase obrera inglesa: “Mi preocupación principal a lo largo de mi obra ha sido la de abordar lo que considero en Marx como un auténtico silencio. Un silencio en el terreno de lo que los antropólogos denominan ‘el sistema de valores’… Un silencio respecto de las mediaciones de tipo cultural y moral”. Se encuentra, tanto en Williams como en Thompson, la visión de una historia forjada por las luchas sociales y la interacción entre cultura y economía, en la que desempeña un papel central la noción de resistencia a un orden que lleva la huella del “capitalismo como sistema”. Dicha actitud de ruptura respecto de la vulgata propalada por la metáfora genérica de “base/superestructura” es lo que explica el que se haya vuelto a descubrir las formas específicas que adoptaron el movimiento social y el pensamiento socialista en Gran Bretaña. Por ello vuelve a leer Thompson los escritos de William Morris, un artista y utopista que, en su opinión, es uno de los “primeros marxistas en lengua inglesa” y, sobre todo, uno de los primeros que criticó un materialismo limitado que tuvo como consecuencia “el empobrecimiento de la sensibilidad, la primacía de categorías que niegan las existencia efectiva (en la historia y el presente) de una conciencia moral, así como la exclusión de toda una zona de pasión imaginaria”.

El trío de padres fundadores lo completa un cuarto hombre: Stuart Hall. Aunque tiene sólo ocho años menos que Thompson, pertenece a otra generación, que no participó directamente en la Segunda Guerra Mundial. Hall, clavija maestra de las revistas de la nueva izquierda intelectual, se diferencia también de aquella generación porque su producción científica sólo alcanza la madurez en el umbral de los años setenta. Eso no quita que sea un personaje clave para el éxito de los Cultural studies, ya que contribuyó de un modo decisivo al mantenimiento del centro de Birmingham, merced a sus dotes de empresario científico y a su curiosidad intelectual insaciable, que le convertirá en uno de los grandes importadores de modelos conceptuales. En muchos aspectos encarna Hall la situación liminar, la condición de interfaz de los Cultural studies: jamaiquino radicado en Inglaterra, sabio y político, marxista abierto a un amplio abanico de contribuciones teóricas, universitario de formación literaria que se abre a las ciencias sociales. El más famoso artículo de Hall, sobre la “codificación” y la “descodificación” de programas televisivos, traduce cabalmente tanto su doble fuente de inspiración, la semiología y las teorías marxistas sobre la ideología, como la fuerza de las propuestas programáticas que formula, insistiendo especialmente en la pluralidad, determinada socialmente, de las modalidades de recepción de los programas.

La reducción de los Cultural studies a la obra prometéica de un cuarteto excepcional equivaldría, en el ámbito de las ideas, a un acomodo a las mitologías que explican las innovaciones técnicas por la actuación de inventores geniales. Los Founding Fathers también deben ser considerados, más allá de su contribución teórica, como los constructores de redes que posibilitan la consolidación de nuevas problemáticas y como las encarnaciones de dinámicas sociales que afectan a amplias fracciones de las generaciones nacidas entre finales de los años treinta y mediados de los años cincuenta.
Merece la pena recordar la situación política en los años cincuenta. El año 1956 es a la vez el de Budapest y el de Suez, el de una desilusión mayúscula respecto del modelo comunista -Thompson abandona entonces el PC- y el de una agresión que vuelve a movilizar a los intelectuales ingleses contra el imperialismo. Como recuerda Ioan Davies (1995), el vocabulario político británico crea, en aquel entonces, la noción de Butstkellism, una contracción de los nombres de Butler, el Tory de izquierdas y de Gaitskell, el socialista centrista. La pérdida de atractivo del laborismo y el comunismo, el potencial movilizador de las luchas anticoloniales y la desconfianza ante las promesas de un consenso social, que se hubiese producido como por milagro gracias a la abundancia, van a desencadenar una serie de movimientos de reacción en los ámbitos intelectuales, dentro de un contexto de movilidad social ascendente, en el cual el sistema escolar hace las veces de trampolín para los jóvenes de clases medias o populares, cuando, hasta entonces, había resultado poco asequible. Lo demuestra la aparición, en el ámbito político, de una nueva izquierda, y en el de la literatura, de los angry young men. Una de las causas del impacto de los Cultural studies es homóloga a dichos mecanismos. La elevación -bajo la forma de certificación de dignidad- de las culturas populares, o de los estilos de vida y los fetiches culturales de las nuevas clases medias, al rango de objetos merecedores de una inversión sabia también puede interpretarse en su dimensión de acompañamiento de la movilidad social -siempre incómoda- de las nuevas generaciones intelectuales o como una cuestion de honor, que hace proseguir la lucha política en el terreno académico.

Las figuras fundadoras de los Cultural studies destacan, en el terreno académico, por dos formas de marginalidad. Una, en los casos de Williams y Hoggart -aunque también de Hall- es el origen popular, que los convierte en personajes que chocan en el ámbito universitario británico. En los casos de Hall y Thompson está presente una dimensión cosmopolita, una experiencia de la variedad de culturas (que también tienen Benedict y Perry Anderson), la cual, aunque menos excepcional en los tiempos del Imperio británico, no deja de conferirles un perfil intelectual específico, con lo que desarrollan una sensibilidad productiva hacia las diferencias culturales. Estas trayectorias sociales atípicas o improbables chocan con la dimensión socialmente muy cerrada del sistema universitario británico, con lo que los intrusos se ven condenados a la opción por inserciones externas (la formación destinada a los adultos pertenecientes al medio obrero) a dicho sistema o situadas en su periferia, como se puede deducir de la frecuencia con la que los fundadores están destinados a pequeños o recientes centros (Warwick), a instituciones establecidas al margen de las universidades (Birmingham) o a los componentes extraterritoriales del ámbito universitario (Extra-mural departements, Open University). Esta dinámica centrífuga hubiese debido impedir cualquier posibilidad de consolidación de un polo Cultural studies. Otra característica atípica de los Founding Fathers, la de su compromiso mayoritario con una orientación situada más allá de la de la izquierda laborista, contrarrestó dicho riesgo. Lo que la inaccesibilidad de Oxbridge imposibilita, las revistas lo hacen factible. Hall y Charles Taylor son los animadores de la University y Left Review, que se creó en 1956. La pareja Thompson desempeña un papel clave en la New Reasoner, revista fundada en el mismo año y que sirve de órgano de expresión a la sensibilidad humanista de izquierdas de antiguos miembros o disidentes del Partido Comunista británico. Como resultado de la fusión de ambos títulos verá la luz, en 1960, la New Left Review . La propia revista queda articulada en unos cuarenta New Left Clubs, en los que Hall y Davies desempeñan un papel importante. Contribuye a estructurar una red de conexiones entre militantes de la nueva izquierda e instituciones de educación popular. Asimismo, dentro del propio ámbito universitario, los investigadores muy interesados por temas ilegítimos y escogidos de acuerdo con su militancia política logran montar redes de intercambio intelectuales. Desempeñará este papel la revista Past and Present y el History Workshop, en el caso de los historiadores sociales. Estos últimos valorizan especialmente, en la labor del historiador, la dimensión oral, el legado de culturas sin escritura, con lo que coinciden con parte de las orientaciones de los Cultural studies respecto de las culturas populares.

Valiéndonos de los modelos de la sociología de la traducción, podemos observar que los heréticos y los marginales del final de los años cincuenta supieron apoyarse en el terreno político para dotarse de medios de coordinación y, a la vez, proveerse de sólidas redes de aliados, utilizando para ello su posición bisagra entre el campo político y el académico, y dotándose de una revista que contribuyera a difundir un nuevo conjunto de autores y temas de estudio. Hasta la ocupación de las periferias universitarias resultará algo rentable, cuando, a lo largo de la década de los setenta, el sistema se desarrollará a través de sus suburbios, ya que la preservación de los santuarios académicos contra la democratización pasa por la creación de Politécnicos y por la fundación, en 1970, de la Open University. Esta doble red, política y universitaria, se manifestará también, durante los años setenta, a través de la aparición de editores científicos de izquierdas (Harvester, Pluto, Merlin, Comedia) o feministas (Virago).

AÑOS BIRMINGHAM



Incluso si, como afirmó Charlotte Brunsdon, “la oficina de turismo británica es la única que pretende que Birmingham está en el corazón de Inglaterra”, lo cierto es que la corriente de los Cultural studies va a cristalizar en esta ciudad de los Midlands. Es ahí que se crea, en 1964, el Centre of Contemporary Cultural Studies (CCCS), con Hoggart como primer director. A lo largo de quince años, el centro va a contribuir a la producción de una ingente cantidad de obras valiosas y constituir el lugar de formación de una generación de investigadores, los cuales aún animan de un modo significativo la cantera de las ciencias sociales británicas (S. Frith, D. Hebdige, D. Morley).
Haría falta un libro sólo para describir detalladamente los períodos, debates, enfrentamientos y desplazamientos continuos de método y objeto que jalonaron la vida del centro (ver Grossberg, en Blundel, 1993). Cabe subrayar, sin embargo, dos datos que figuran en la mayor parte de los balances. Birmingham fue primero un extraordinario foco de animación científica, que actuaba como plataforma giratoria para una labor multiforme de importación y adaptación de teorías. La observación es válida en los casos de los autores marxistas continentales, las diversas vicisitudes de la semiología y el estructuralismo, determinados aspectos de la escuela de Frankfurt. Se aplica también a la introducción en Gran Bretaña de parte de la herencia de la escuela de Chicago, que trataba de las desviaciones y las subculturas. En segundo lugar, el CCCS contribuyó al desbroce de un conjunto de terrenos de investigación, relacionados con las culturas populares y los medios de comunicación social, y luego, con temas vinculados con las identidades sexuales y étnicas. Por otra parte, la combinación de la diversidad en las referencias teóricas con la fluidez de los centros de interés lleva a una tercera observación, la del carácter sumamente heterogéneo de los estudios y procedimientos agrupados bajo la marca de fábrica del centro, merced a las capacidades como empresarios científicos de sus sucesivos directores (Stuart Hall sustituye a Hoggart en 1968). Si se toma en cuenta este dato, absteniéndose de caer en una representación mítica de un centro encorsetado en una ideología marxista o semiológica, se entenderá mucho más fácilmente la posterior dispersión de las trayectorias de los protagonistas, de lo que merece el título de aventura.

La mancha de aceite cultura

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La puesta en marcha de un equipo de investigación centrado en los Cultural studies costará trabajo y no resultará fácil. El CCCS dispone al inicio de pocos medios, hasta el punto de que Richard Hoggart se vio obligado a solicitar el mecenazgo de las ediciones Penguin, para dotar el centro de algunos medios e incorporar a Stuart Hall. El establishment universitario observa con no pocos recelos la intrusión de un grupo con un estatuto académico marginal. Los sociólogos desconfían de aquellos recién llegados, que, sin pertenecer a su tribu, trabajan en los límites de su territorio, y la gente especializada en estudios literarios no se queda a la zaga. Hoggart describe los pacientes pasos que dio para legitimar su centro y amansar a sus colegas. Una de sus tácticas consistió en integrar a los colegas de literatura conocidos por ser malintencionados en los jurados de examen sobre asignaturas de los Cultural studies, con el propósito de que la seriedad de la formación quedara patente a los ojos de la comunidad académica.
De hecho, habrá que esperar hasta el umbral de los años setenta para que el centro acceda a una gran visibilidad científica, que tendrá como soporte la publicación periódica, a partir de 1972, de los Working papers, parte de los cuales serán editados luego bajo la forma de libros. Estos servirán de tarjeta de presentación al centro.

En una conferencia inaugural, en 1964, Hoggart planteó la óptica inicial del centro. Se trataba fundamentalmente de movilizar las herramientas y técnicas de la crítica literaria -la referencia a Leavis resulta explícita- para deplazarlos hacia temas que, hasta entonces, eran considerados ilegítimos por la comunidad universitaria: el universo de las culturas y prácticas populares en oposición con las culturas doctas, la toma en cuenta de la diversidad de bienes culturales, que englobarán los productos de la cultura de los medios de comunicación social y, luego los estilos de vida, y ya no sólo las obras literarias. Con la metáfora de una extensión parecida a la de una mancha de aceite se daría cuenta con bastante acierto del despliegue de los Cultural studies hasta mediados de la década de los setenta.
Se va a dar un primer proceso de expansión alrededor del estudio de las culturas populares, del que Hoggart había echado los cimientos a través de una forma original de autoetnografía de todas las dimensiones vividas en la existencia cotidiana de la respectable working-class. Pero una de las características de la labor de Hoggart, que le confiere un perfume nostálgico, consiste en que su objeto de estudio se oculta y se disgrega en el preciso momento en el que el autor empieza a describirlo y a teorizarlo. En un texto del año 1961, es decir, cinco años posterior a la publicación de La cultura del pobre, Hoggart no puede sino darse cuenta de hasta qué punto sus descripciones llegan a quedar anticuadas, por culpa del incremento de la movilidad espacial, el aumento relativo del desahogo material con el que se vive y el papel creciente de la televisión y el coche en las modalidades de sociabilidad obrera. La estimación de dichos cambios sociales en su conjunto provocará importantes desarrollos en las investigaciones del centro. El análisis de la fragmentación de los estilos de vida y subculturas en el mundo obrero es el primero en estar al origen, ya al inicio de los años setenta, de un conjunto de trabajos, como los de Phil Cohen, Paul Willis y Dick Hebdige, y del más importante éxito de venta en librería de esta corriente (Hebdige, 1979). Las contribuciones desarrolladas a medida de la entrega de los Working Papers van a balizar el espectro completo de las subculturas, no sólo las de los jóvenes de las clases populares, sino también las de las colonias de inmigrantes y la pequeña burguesía: skins, mods, rockers y bikers, teds, rastacueros, hippies (ver especialmente Hall & Jefferson (Eds) 1993). Este interés por los universos sociales de los jóvenes y por las manifestaciones del conflicto generacional va a contribuir a nuevas expansiones de los terrenos de análisis de los Cultural studies. Por lo que la evolución en las sociabilidades familiares y el tema de la desviación se incorporan al programa de trabajo del centro. Pero la extensión continua de los temas también se produce en las músicas pop y rock, en pleno apogeo. El terreno de la sociología de la educación es otra vez el penetrado por la corriente de los estudios de Paul Willis, los cuales tienen el sugerente título de Learning to Labour: How Working Class Kids Get Working Class Jobs (1977).

Si se desarrolla el componente historiador de los Cultural studies, a través del trabajo de Thompson, en un marco institucional y en un centro distinto al de Birmingham, esto no significa que su contribución quede desvinculada de los trabajos del CCCS. Los lazos personales y las redes científicas y políticas que interrelacionan las figuras de la primera generación garantizan, por sí solos, la circulación y la fecundación recíproca de los trabajos. Por lo demás, ¿cómo no darse cuenta de la estrecha correspondencia entre las problemáticas de una historia social elaborada “desde abajo”, a las que se dedica Thompson, y el desplazamiento desde una visión legitimista de la cultura hacia una concepción más antropológica, como la que desarrollan las investigaciones realizadas en Birmingham? “La formación de la clase obrera británica” desarrolla una auténtica arqueología de la formación del mundo obrero, que comulga con los análisis de Hoggart en que elabora los rasgos del grupo obrero a través de una dimensión cotidiana y trivial, y no sólo a través del prisma de las figuras militantes o working-class heroes. Mediante la exploración de las redes de sociabilidad y los vectores de cristalización de una identidad obrera, Thompson saca del olvido todo un continente cultural, una parte del “espacio público popular” que desconoció Habermas, pero por el que se interesaron investigadores críticos en la década de los setenta. Pone en marcha problemáticas que se corresponden exactamente con los trabajos sobre las culturas populares contemporáneas: ¿Cómo se dotan las clases populares de sistemas de valores y un universo de sentido? ¿Qué autonomía tienen dichos sistemas? ¿En qué contribuyen a la constitución de una identidad colectiva? ¿Cómo se articulan con las identidades colectivas de los grupos dominados las dimensiones de resistencia y las de una aceptación resignada o dolorida de la subordinación?

Dominaciones y resistencias



El común denominador de los trabajos históricos y de los que versan sobre la cultura contemporánea radica en que en ambos se procede a una suerte de, según la terminología empleada por Grignon et Passeron, “culturología externa”. La descripción de los modos de actuar y de los universos de significación ligados a ellos resulta a menudo sutil, comprensiva y propia de un buen conocimiento etnográfico, como muestra, entre otros muchos textos, el de Paul Corrigan, Doing Nothing (in Hall & Jefferson, 1993), sobre la gestión de la ociosidad por jóvenes que pertenecen a ambientes populares. Pero este registro, capaz de sacar, a la vez, lo mejor de la etnografía y la literatura realista, no constituye nunca un fin en sí mismo, ni una apuesta por la descripción exhaustiva o por la mera puesta en evidencia de las coherencias en las vivencias, sino que intenta desarrollar un interrogante sobre las relaciones de poder, los mecanismos de resistencia y la capacidad de producir otras representaciones del orden social legítimo. Whigs and Hunters (1975) constituye otra magistral muestra de este modo de proceder. Al tomar como punto de partida un tema que, a priori, resultaba menor, el de la caza furtiva y los robos en los bosques -asunto que ya había servido de fuente de inspiración a un tal Karl Marx-, Thompson recrea todo el universo de la Inglaterra rural de principios del siglo XVIII. Restablece la dimensión de guerra social y resistencia, presente en los ataques de las bandas de cazadores furtivos contra las reservas de venado de la aristocracia whig, así como lo que significaba el libre acceso a los bosques en el sistema de economía moral de las comunidades rurales. Con lo que hace inteligible la represión de dichos delitos, a menudo aparentemente benignos, que desencadena una clase dominante que capta intuitivamente su sentido y lo que está en juego.
Por lo tanto, la cultura queda erigida en el centro de una tensión entre mecanismos de dominación y resistencia. Por lo que se entiende la importancia conferida a la noción de ideología en la cantera de los Cultural studies. La aprehensión de los contenidos ideológicos en una cultura no consiste sino en captar, en un contexto determinado, qué hay en los sistemas de valores, en las representaciones que entrañan, que actúa como impulso de los procesos de resistencia o aceptación del mundo social tal como es. La problemática de la función política de las culturas, presente tanto en las obras sobre las culturas de hoy como en su exploración histórica (Thompson, 1995, 83-87), se constituyó a través de las categorías ideológicas, y después de la hegemonía gramsciana.

El interés por la dialéctica entre resistencias y dominaciones explica también la importancia que cobró poco a poco, dentro de los Cultural studies, el estudio de los medios de comunicación social. Sólo una ilusión retrospectiva, la que consiste en transplantar a los años sesenta y setenta la estructura contemporánea del flujo editorial, es capaz de hacer creer que los productos de los medios de comunicación social ocupan un lugar central en los textos salidos de Birmingham hasta mediados de la década de los setenta. En la relación de los temas más frecuentes se encontrarían las subculturas, la desviación, las sociabilidades obreras, la escuela, la música, el lenguaje y hasta los campamentos de los exploradores. Es a través de la conversión más explícita en problemática de los desafíos vinculados con la ideología y con los vectores de un trabajo hegemónico que los medios de comunicación social, especialmente los medios audiovisuales, a los que se había dedicado hasta entonces un interés accesorio, llegan a ocupar paulatinamente un lugar destacado, como demuestra parte de los textos recogidos en Culture, Media, Language. En ellos, Ian Connell se esfuerza especialmente por mostrar cómo el tratamiento del debate sobre la política salarial, a través de las rutinas del periodismo televisivo, desemboca en una presentación tergiversada ideológicamente, que contribuye a colocar el punto de vista patronal en una posición de hegemonía política (en Hall, Lowe & Willis, 1980).

Pero en la segunda mitad de la década de los sesenta, cuando la investigación francesa sólo se interesa por el estructuralismo y se encierra en los análisis de textos, en los que se olvida tanto al emisor como al receptor, los investigadores de Birmingham elaboran un acercamiento distinto al tema, con lo que intentan una triple superación: la de un estructuralismo que queda circunscrito a herméticos ejercicios de desciframiento de textos; la de las versiones mecanicistas, vía Gramsci, de la ideología en el marxismo; y la de la sociología funcionalista norteamericana de los medios de comunicación social. Se valen de las aportaciones de la escuela de Chicago para abrir la caja negra de la recepción y considerar la densidad de las interacciones en los consumos mediáticos. La recepción de los programas empieza entonces a constituir un tema de reflexión para algunos investigadores, como se puede apreciar en el ya clásico Encoding-decoding de Hall (1977) o en Texts, Readers, Subjects, redactado por Morley (en Hall, Lowe & Willis, 1980) en la misma época. De hecho, Hall reivindicará luego para su centro -y contra el Glasgow Media Group o las contribuciones de Philip Schlesinger- el honor de haber sido el pionero en la ruptura con el modelo estímulo-respuesta, que quedó sustituido por el interés dedicado a los efectos ideológicos de los medios de comunicación social y a las respuestas dinámicas de las audiencias. Pero si el interés por el tema de la recepción de los programas televisivos o radiofónicos empieza a constituirse en un rasgo característico de determinados investigadores, tampoco habría que apresurarse en concluir que es únicamente por este cauce que prosigue la ampliación del campo de estudios del centro. La preocupación por el momento de la recepción sigue siendo ancilar en relación con dos problemáticas más amplias. Una de ellas abarca el asunto de la vuelta al sujeto, la subjetividad y la intersubjetividad, mientras la otra se interesa por la integración de las nuevas modalidades de relaciones de poder en la problemática de la dominación. Así se produce, durante los años setenta, el encuentro con los estudios feministas, cuya fecundidad ya había sido demostrada, y con creces, en el sector de los Film studies. “El feminismo modificó radicalmente el terreno de los Cultural studies. Por supuesto, hizo figurar en el programa una serie de nuevos tipos concretos de interrogantes y nuevos temas de investigación, a la vez que remodelaba otros que ya existían antes. Pero donde tuvo el mayor impacto fue al nivel de la teoría y la organización, con lo que estuvo en el origen de una nueva práctica intelectual” (Hall, 1980, 39). Limitada al inicio al Women’s studies Group (CCCS, 1978), la cuestión del género (gender) impregna poco a poco las investigaciones en su conjunto. A partir del gender role se inicia una serie de traslados en las problemáticas: es el primer paso hacia la rehabilitación del sujeto, un nuevo planteamiento de los interrogantes respecto de la identidad, puesto que se introducen nuevas variables, con lo que se deja de leer los procesos de construcción de la identidad únicamente a través de la cultura de clase y su trasmisión generacional.

Pronto se añade al planteamiento del género el de la raza y la etnia. El principal mérito de los estudios de Hebdige sobre las subculturas fue el de otorgar a los modelos explicativos iniciales, que estaban basados en los parámetros clase-generación, una nueva dimensión, la de la gestión, en las clases populares, de las relaciones entre juventud inglesa y juventudes inmigradas, especialmente jamaicanas. Como muestra de un modo convincente Hebdige, las separaciones binarias entre subculturas también se estructuran entre escenarios de crispación racista en una identidad a la vez obrera y británica, elaborados desde una visión de supremacía sobre los ex colonizados, y otras situaciones simbólicas, en las que desempeña un mayor papel la fascinación o la connivencia por el universo negro y antillano. La sensibilidad de los investigadores del centro por los desafíos sociales y políticos no puede sino contribuir a la concesión, al final de los años setenta, de un lugar destacado a la raza y a las cuestiones étnicas en los Cultural studies. La multiplicación de las tensiones raciales, el auge de los grupos racistas, así como las movilizaciones originadas por dichos fenómenos (ver el compromiso de los “Clash” en Rock against racism), están presentes en la producción del centro. Un suceso sangriento ocurrido en Birmingham, en el que están implicados inmigrados, y las reacciones de pánico moral frente a la delincuencia de color que provoca, estarán en el origen de Policing the Crisis, de Stuart Hall. La obra reanuda con temas cuasi clásicos en los Cultural studies, como la delincuencia y su tratamiento mediático. Constituye también un tipo de trabajo límite, por lo que sirve de punto de referencia, ya que conduce los Cultural studies hasta el umbral del taller de análisis de las políticas públicas ligadas con las evoluciones del Estado providencia y de las políticas de refuerzo de la ley y el orden. Constituye uno de los puntos de partida de una reflexión sostenida sobre las relaciones entre comunidades en las ciudades británicas y sobre la elaboración social del tema étnico. Implica también una sensibilidad creciente por el fenómeno de la crisis, el vuelco que supone el thatcherismo y la llegada de lo que Hall no tardará en definir como “New Times”.

Resulta difícil disociar el trabajo de los Cultural studies de los compromisos políticos de los padres fundadores, del talento antiinstitucional o del radicalismo político de muchos investigadores de la joven generación. Durante los años Birmingham, la contribución específicamente científica no se realiza a pesar de los compromisos ideológicos de sus promotores. No ilustra una maravillosa virtud de la lógica universitaria, que los protegiera contra sus compromisos, cuando actúan como científicos. El legado de los Cultural studies, en lo que contiene de más innovador y duradero, también tiene como explicación el que dos generaciones de investigadores invirtieron en un trabajo científico distintas formas de pasión, ira y militancia contra un orden social que consideraban injusto y que querían cambiar. Por supuesto, esto no significa que el compromiso sea condición necesaria y suficiente para unas buenas ciencias sociales. Las opciones ideológicas que dinamizaron los Cultural studies también están en el origen de las debilidades que caracterizan gran parte de esta producción, que, a veces, resultan del todo ilegibles ahora. La magia del CCCS -del todo explicable sociológicamente- radica en que el centro supo encarnar uno de los raros períodos en la vida intelectual en que el compromiso de los investigadores no queda esterilizado por la ortodoxia o la ceguera, sino que se apoya en una gran sensibilidad por los desafíos sociales, lo que contrarresta el efecto “torre de marfil” producido por el mundo académico. También es el dividendo de la posición marginal del centro o de su lucha contra la influencia nefasta del cuerpo docente en las universidades británicas. Al dedicarse la mayor parte de la segunda generación de investigadores británicos a un tema central, el auge del centro tuvo como resultado una producción masiva de estudios críticos. Las lógicas de competencia inherentes al mundo intelectual acarrean entonces consecuencias benéficas, que obligan a los investigadores, para manejar sus relaciones de socios rivales, a buscar armas teóricas, fórmulas innovadoras de investigación, es decir, a lanzarse en una carrera de armamentos científicos, incluso para solucionar parte de los desacuerdos, de raíces políticas, en la evaluación de un sistema social o en las modalidades de cambio del mismo.

CCCS, Import Company



Las dinámicas paralelas de confrontación en una paleta de temas cada vez más amplia, y de competencia intelectual, convertirán el Centro en un foco de efervescencia intelectual, que se refleja sobre todo en una intensa y variada actividad de importación teórica. Los primeros Working papers sirven, al respecto, tanto como soportes de divulgación y oportunidad de conocer a autores continentales cuyas obras no habían sido traducidas hasta entonces en el Reino Unido, como revista científica que entrega productos totalmente acabados. Cabría incluso la posibilidad de ironizar o conmoverse ante la dimensión casi escolar y la buena voluntad teórica que reflejan algunos estudios, por aplicar a un material made in U.K. un esquema de análisis recién importado, como en el muy barthesiano estudio de las fotografías de prensa realizado por Hall.
Aunque titubeantes, a veces torpes, las múltiples imitaciones intelectuales realizadas por el centro constituyen también, y antes que nada, la señal de una fecunda curiosidad intelectual y un rechazo al provincianismo. Más de una vez manifiestan la vitalidad de un proceder científico que, según las materias estudiadas, se esfuerza por identificar las herramientas teóricas que mejor le convienen.
La observación es válida, en primer lugar, en el campo de la sociología. No es ésta la disciplina en la que se inspira principalmente -como se verá luego- el equipo de Birmingham. Pero la cantera de las subculturas, el interés por las desviaciones y delincuencia, la preocupación por observar, desde lo más cerca posible, la propia trivialidad en las cotidianas interacciones sociales, van a despertar en el grupo un interés precoz y sostenido por la aportación del interaccionismo simbólico, la opción etnográfica de la escuela de Chicago. Becker, con su Outsiders (1963), pronto va a constituir un tipo de referencia culta. La opción por la observación-participación y el capital en conocimientos prácticos y técnicas de trabajo influidas por la etnología son los que, de un modo más general, incitan a inspirarse en la escuela de Chicago y la sociología interaccionista. Asimismo, se recurre a Street Corner Society de White. Estas incursiones en los procedimientos sociológicos más aptos para captar la trama de las experiencias vividas se asemejan también al interés momentáneo -meramente teórico- que suscitaron procedimientos como los relatos de vida (caso Critcher, en Hall & Jefferson, 1993).

La voluntad de permanecer atento a las significaciones vividas por los agentes sociales, de no reducirlas al papel de engranajes pasivos en la mecánica de estructuras sociales, claramente visible en los textos basados en un componente de encuesta, constituye, por lo demás, en los debates de la corriente, uno de los desafíos clave en las relaciones conflictivas y desiguales ente marxismo y sociología. En efecto, aunque Hall subraya el esfuerzo colectivo de lectura de Weber en el centro, la línea dominante sigue siendo la de la desconfianza hacia la sociología. No le faltan a ésta los argumentos científicos y prácticos. La tendencia predominante en la sociología de aquel entonces es el insípido funcionalismo que, además de poco productivo, refleja una ideología con rasgos muy nítidos; la asociación británica de sociología demuestra un desinterés inconmovible por la cultura. Pero otra vertiente en las importaciones teóricas de Birmingham sugiere que, y esto es más fundamental, para muchos miembros del equipo un marxismo “sociologizado” constituye una caja de herramientas teórica que supera a cualquiera de las sociologías académicas. En el recurso a autores extranjeros, una parte central de la labor va a consistir en la búsqueda de autores que, aunque apelando a la herencia marxista, ayudan a superar las interpretaciones mecanicistas y economicistas y a identificar las mediaciones cuya importancia subrayaba Thompson. Lo que explica el interés por las obras de Gramsci. A las teorías esencialistas del Estado y la clase, al reduccionismo económico, al reduccionismo de un concepto de clase que hace volver cualquiera de las formas de lucha social al regazo del conflicto de clase, el enfoque gramsciano opone una reflexión acerca del vínculo que el Estado mantiene con la sociedad civil y un interrogante sobre las culturas populares, sobre la noción de lo “nacional-popular” y sobre la función que cumplen los intelectuales en la edificación de la hegemonía de un grupo social. Este enfoque coloca en el corazón de sus problemáticas el papel desempeñado por las ideologías, así como por sus vectores de difusión, como instrumentos estratégicos de una dominación-hegemonía, es decir, de la capacidad de un grupo social para desempeñar un papel de dirección intelectual y moral y para construir una relación de poder que no se agota ni limita en la mera fuerza o en la consecuencia mecánica de las relaciones económicas de producción. De un modo más discreto, aunque también más fragmentario, estas importaciones de marxismo no dogmático son deudoras de la escuela de Frankfurt (de Benjamin sobre todo), Lukacs y, luego, Bakhtine. Sugieren, pese a su diversidad, un tipo de itinerario común, consistente en sociologizar, marxismo mediante, un tipo de estudio propio de la crítica literaria.

Otra referencia marxista va a desempeñar, a mediados de la década de los setenta, un papel estratégico. Se trata de Althussser, un Althusser a menudo flanqueado por una extraña escolta, ya que parece constituir con Lacan y Levi-Strauss una trinidad cuya coherencia, considerada desde París, parece más aleatoria. Existen múltiples motivos para tal adopción, que pronto llegará a ser entusiasta, por una parte de la corriente. Algunos de estos motivos son absolutamente equiparables con los del éxito de Gramsci. Por su teoría de los aparatos ideológicos, se ve a Althusser como a un marxista atento a la ideología, a las intenciones en los discursos y a la parte de dominación simbólica existente en las mediaciones de los manejos de poder. Su voluntad de búsqueda de una articulación entre marxismo y psicoanálisis, entre marxismo y enfoque estructuralista, explica también su gran poder de atracción. Puede dejarse a intelectuales franceses que hayan vivido los años setenta la posibilidad de sospechar que, tanto en Birmingham como en París, el uso social de las teorías de Althusser también pudo estar vinculado con formas de libido dominandi propias del mundo intelectual. La asunción del papel de intérprete y guardián de un pensamiento difícil, el envío de los colegas no miembros del club a los limbos del pensamiento precientífico, el hallazgo en el concepto de “práctica teórica” de una maravillosa transfiguración del trabajo académico o el hecho de ver en el teoricismo un militantismo vanguardista… todos estos son usos sociales de las teorías de Althusser, de los que cabe sospechar que podrían resultar imposibles de encontrar empíricamente. Aunque la cristalización de la intensa admiración por Althusser se produce más visiblemente alrededor de la revista de análisis fílmicos Screen que en el centro de Birmingham, resulta suficientemente poderosa como para que Hall empiece a interrogarse sobre la aparición de un “secundo paradigma” estructuralista en los Cultural studies  y como para llevar a Thompson a desencadenar un auténtico tiro de artillería antialthusseriano contra The Poverty of Theory (1978).

El interés por el estructuralismo, junto con la importancia creciente de los medios de comunicación social y sus mensajes en relación con los demás objetos de estudio de los Cultural studies, acaba por explicar el desarrollo considerable que adquiere la importación de lo que se convino en llamar la French Theory, hasta tal punto que Thompson fulminará contra lo que denominó “la elecrificación de la línea París-Londres”. Barthes será el principal y más precoz centro de interés, que se prestará también pronto a otros autores que participan en la “aventura semiológica”, nucleados alrededor de la revista Communication, o incluso Tel Quel: Metz, Kristeva. No es sino bastante más tarde cuando se incluirá entre las aportaciones francesas el nombre de De Certeau. Este período “vanguardista” en la importación no debe hacer olvidar la existencia de otras, más previsibles por parte de una comunidad cuyo campo inicial fue el de la crítica literaria. Entre las referencias iniciales del movimiento destacan dos nombres, los de Sartre y Goldman.

Límites de una empresa colectiva



Cuando se resalta la vitalidad intelectual y la abundante cosecha de trabajos, producidos alrededor o desde el centro de Birmingham, en la década de los setenta, esto no significa que no haya que señalar también las debilidades que hacen que dichas contribuciones sean más frágiles. Este examen crítico es incluso el único capaz de evitar que se presenten evoluciones posteriores como si se tratasen de adhesiones imprevisibles o traiciones, cuando, por lo menos en el caso de parte de ellas, constituyen también derivaciones o desenlaces indisociables de algunos presupuestos o zonas ciegas de los Cultural studies.

Ya se subrayó la modestia del intercambio entre los investigadores de Birmingham y los resultados de la sociología. Para explicarlos Hall recordó las opciones ideológicas y el pesado funcionalismo de la sociología mainstream de los años sesenta. Sin embargo, merece la pena insistir un poco en el vínculo escaso con las problemáticas sociológicas. El uso productivo de la sociología interaccionista de la desviación, por parte de algunos autores (Hebdige, Cohen), no llega a ocultar la indudable pobreza del bagaje sociológico de la mayor parte de los miembros del CCCS, situación bastante lógica en el caso de investigadores que provenían a menudo del campo de los estudios literarios. Este hecho puede implicar algunos inconvenientes, por tratarse de una empresa que, en fin de cuentas, no está desprovista de vínculos con … una sociología de la cultura. David Chaney, un hombre poco sospechoso de ser crítico habitual de los Cultural studies, subrayaba, en una reseña agridulce de Culture de Williams, las consecuencias enojosas de la opción por la disolución de cualquier frontera entre marxismo y sociología. Agregaba: “Se nos ofrece la estructura de una sociología que, en la práctica, parece no tener una idea muy clara de los imperativos metodológicos propios de su campo de estudio. “Si los análisis del equipo de Birmingham, especialmente los de Hoggart, supieron prestar una atención inédita a las culturas dominadas, tratarlas con respeto pero sin complacencia, no lograron siempre sortear los peligros gemelos del populismo y el miserabilismo. Convendría interrogarse, en particular, sobre la posibilidad de que las derivas “populistas”, identificadas al final de la década de los ochenta , tengan algunos antecedentes en una generosa distribución de la cualidad de “resistencia” a una serie de prácticas y rasgos culturales populares, en los que también se podría ver, detrás de una fachada de irrisión o insolencia, una aceptación resignada de la dominación, una confesión de impotencia.

Cabría también poner de relieve la cuasi inexistencia en los Cultural studies de una problemática que conciba la creación cultural como un espacio, o un terreno, de competición e interdependencia entre productores, con lo que, se diga lo que se diga, se sobrevalora el planteamiento de una producción cultural que constituyese una respuesta explícita a las expectativas, supuestamente claras, de clases o grupos de consumidores. Puede relacionarse esta laguna concreta con el hecho de que, entre la importación intensiva de French Theory, sólo quedaban incluidas las contribuciones de Bourdieu en dosis homoepáticas. Lo que explica lo que escribieron, en 1980, Nicholas Garnham y Raymond Williams: “La influencia de Pierre Bourdieu en el pensamiento y la investigación anglosajonas ha sido, hasta la fecha, sumamente fragmentaria y limitada a la disciplina antropológica y la subdisciplina de la sociología de la educación. (…) La falta de interés (por su trabajo y el de sus colegas sobre la historia y la sociología de la cultura) no sólo perjudica a los Cultural studies, ya que la absorción parcial y fragmentaria de lo que constituye un rico y unificado cuerpo teórico, que está vinculado con un trabajo empírico que abarca terrenos que van desde la etnografía argelina hasta el arte, la ciencia, la religión, el lenguaje, la ciencia política y la educación, sin olvidar la epistemología y la metodología de las ciencias sociales en su conjunto, puede entrañar el riesgo de un grave descarriamiento en la interpretación de la teoría” (1980, 209). Dicho texto se publicó en un número dedicado a Bourdieu de Media, Culture and Society, en el que una serie de traducciones también hacía posible el desarrollo de una crítica explícita a los Cultural studies de aquella época: “El valor potencial del trabajo de Bourdieu, en este momento específico por el que atraviesan los medios de comunicación social y los estudios culturales británicos, radica en que, dentro de un movimiento de crítica, en el sentido marxista tradicional, enfrenta y supera de un modo dialéctico posiciones parciales y opuestas. Desarrolla una teoría de la ideología -o más bien, del poder simbólico, ya que suele reservar el término de ideología para cuerpos de pensamiento más explícitos y coherentes- fundamentada, a la vez, sobre una investigación histórica concreta y sobre el uso de las técnicas tradicionales de la sociología empírica, como el análisis estadístico de los datos de una encuesta. Desarrolla simultáneamente la crítica al teoricismo, especialmente al estructuralismo marxista y a las tendencias al formalismo vinculadas con él” (1980, 210).

La relación con el marxismo plantea otros problemas. Si los trabajos de Thompson constituyen una brillante demostración, contraria a la ortodoxia contemporánea, de que la conjunción de una problemática marxista con una cultura en ciencias sociales y con un profundo trabajo de encuesta no sólo engendra monstruosidades, el flujo de los Cultural studies no brinda semejantes tesoros. Incluso el lector mejor dispuesto encontrará entre ellos un montón de artículos que, hoy, se le caen de las manos (a menos que el cambio consista sencillamente en que hoy puede confesarlo), por ser una muestra de la exégesis marxológica más soporífica o el teoricismo pastoso. Por su condición de concepto importante y fecundo, el de hegemonía hubiese merecido sin duda menos glosas amontonadas y más esfuerzos de encuesta para hacerlo operativo. En ello radica una de las mayores debilidades de la corriente. El recuerdo de sus más interesantes contribuciones, que, casi sin excepciones, son las que están basadas en una dimensión de encuesta etnográfica o en un tratamiento de un conjunto bien delimitado de documentos referidos a un tema, no llega a ocultar los múltiples textos poco imaginativos y las muchas variaciones sobre un tema de Marx, Gramsci o Althusser, género en el cual Hall llega a destacar -aunque abusa-, sin que otros alcancen su altura.
Pero a un nivel aún más fundamental, el pecado original de los Cultural studies consiste en su olvido frecuente de la historia y la economía. Semejante objeción no se podría poner a Thompson, y ni siquiera a Williams. Pero, pese a estas referencias, son pocos los investigadores de Birmingham que escogieron esta vía para llegar a un conocimiento de la sociedad británica. Pasa lo mismo en lo que se refiere a la economía que, por no figurar en el horizonte del centro, quita posibilidades al proyecto de reconciliación entre los dos términos de la antigua separación entre cultura y economía. De hecho, de entre los que provenían del campo de los estudios de literatura inglesa, Raymond Williams (asistió a las clases de Leavis) fue uno de los pocos que actuó realmente de acuerdo con la lógica de su proyecto de nueva fundación del “materialismo cultural” como medio de estudio de los dispositivos mediáticos. En consecuencia, figura entre los pocos que sacaron provecho de las investigaciones y estudios realizados por los representantes de la economía política de la comunicación, como lo demuestran algunas de las referencias que salpican su obra Television: Technology and Cultural Form (1974). Por consiguiente, puede decirse que si, en algunos aspectos, los Cultural studies se apartan de los estudios influidos por la ola estructuralista francesa, en otros, en particular el de la obsesión por la ideología, y sobre todo la ideología como texto, se asemejan a ellos, por olvidarse de la historia y la economía política.

La no consideración de la economía se convertirá, al final de la década de los setenta, en uno de los temas cruciales de la polémica que emprendió Nicholas Garnham contra los Cultural studies, a los que tachaba de idealismo. En esta época, la economía política de los medios de comunicación social, sólidamente arraigada en Gran Bretaña, había establecido ya muchos vínculos internacionales y la actuación de sus investigadores destacaba tanto en la movilización contra los conflictos en el sureste asiático -en uno de los trabajos más significativos (J. D. Halloran, P. Elliot, G. Murdock, 1970) se analizan las manifestaciones relacionadas con la guerra de Vietnam-, o en los debates sobre el nuevo orden mundial en la información y la comunicación, como en las discusiones entabladas en la época, dentro de los órganos de la Comunidad Europea, sobre las industrias culturales. Por lo demás, en el transcurso de la segunda mitad de los años setenta, se sientan las bases, en Francia e Italia, de una economía política de la comunicación centrada en el tema de las industrias culturales (Cesareo, Flichy, Mattelart, Miège, Richeri). Algún tipo de convergencia empieza a manifestarse entre los investigadores británicos y los del continente que se dedican a este tema, mientras, por lo general, los Cultural studies permanecen limitados a las islas. A la Universidad de Leicester, donde trabajan investigadores como James Halloran, Peter Golding, Philip Elliott y Graham Murdock, vino a añadirse el centro de la School of Communication del Polytechnic of Central London, del que forma parte, entre otros, Nicholas Garnham, quien antes trabajaba para la BBC-Television. Este centro es el que toma la iniciativa de lanzar, en enero de 1979, la revista trimestral Media, Culture and Society. En el segundo número, dedicado a la Political Economy, figura, a modo de introducción, un largo artículo programático firmado por Garnham y titulado Contribution to a Political Economy of Mass-Communication.

Dicho artículo empieza con una extensa cita de Raymond Williams, sacada de Marxism and Literature (1977). En este extracto toma nota Williams, sin perífrasis, del proceso de concentración en las industrias culturales, el entrelazamiento entre lo público y lo privado en materia de radiodifusión y el “contexto de moderno imperialismo y neocolonialismo”, en el que se están operando, en todo el mundo, estos cambios. Aboga por una revisión de arriba abajo de la “teoría cultural”, advirtiendo a las fuerzas “radicales y anticapitalistas” contra el peligro de ineficacia en caso de que no realizasen la reestructuración crítica de sus esquemas de pensamiento. De entrada, Garnham se interroga sobre las pocas repercusiones en el ámbito crítico de este llamamiento, lanzado por Williams dos años antes, y acepta el reto, el cual identifica del siguiente modo: “evitar la doble trampa del reduccionismo económico y la autonomización idealista del nivel ideológico” y “considerar que lo material, lo económico y lo ideológico constituyen tres niveles, distintos en una perspectiva analítica, aunque entrelazados en las prácticas sociales concretas y el análisis concreto”. Garnham apuntaba directamente hacia los partidarios del “postalthusserianismo”, los Cultural studies y los Film studies. Lo que reprochaba a Hall era precisamente su concepción platonista, ontológica, de la ideología y el hecho de que “lo que ofrecía era la descripción de un proceso ideológico, pero no una explicación de lo que lo impulsaba, ni de su forma de desarrollo, limitándose al empleo de términos tautológicos”. Se amparaba en la búsqueda de “sentido” para limitarse a adentrarse en el “texto” y se negaba a ir a ver de cerca la forma histórica de funcionamiento del dispositivo. Al reducir el “efecto ideológico” de los medios de comunicación social a un asunto propio de comunicadores o “codificadores” preexistentes y predeterminados, que escogen entre una diversidad de códigos preexistentes y predeterminados, y que, a su vez, reproducen una estructura de dominación, no hacía sino remitir, en términos genéricos, al dispositivo de comunicación masiva en el “capitalismo monopolista”.

En 1983, en el número balance del Journal of Communication, dedicado a las distintas corrientes de investigación en el mundo, titulado “Ferment in the Field” y coordinado por George Gerbner, Garnham volvía a insistir en la deriva de lo que no dudaba en calificar de teoría asocial y ahistórica de la ideología. Volvía a establecer una diferencia muy nítida entre los Cultural studies y el enfoque propuesto por Williams y evidenciaba que los Cultural studies no habían abordado ninguno de los grandes desafíos planteados por el desarrollo de los medios de comunicación social, y finalmente, por la “sociedad de la información”, respecto de la redefinición del ámbito público. “Como subrayó Raymond Williams en Television: Technology and Cultural Form y como lo demuestran las investigaciones muy precisas de mis colegas Paddy Scannel y David Cardiff, surgió la teledifusión como una tecnología con la que nadie sabía qué hacer y se tuvo que desarrollar sus formas institucionales -especialmente sus modalidades de financiación, sus públicos específicos y los tipos de relaciones establecidas con dichos públicos dentro de tales formas institucionales- según modalidades que es posible analizar de un modo muy concreto y que variaron mucho según los países, aunque fueran claramente capitalistas (por ejemplo, Estados Unidos y Gran Bretaña). Por lo que, con respecto a los medios de comunicación social, no se puede hablar de un único modelo capitalista. Un sistema de medios de comunicación social adopta rasgos específicos que varían según el Estado-nación. Sus rasgos quedan determinados, entre otros, por la estructura y la situación de desarrollo de la economía, por el tipo de Estado, por las características de las relaciones de clase y por la relación con el Estado dominante y/o con los Estados subordinados” (Garnham, 1983, 323). Lo menos que puede decirse es que, diez años después de su formulación, los Cultural studies todavía no se habían hecho cargo de este programa, dato que pone de relieve, no sólo la poca importancia concedida a los datos económicos, sino también la manifestación de una forma específica de provincianismo británico en los trabajos, los cuales conjugan la internacionalización de las herramientas teóricas con una indiferencia hacia cualquier vía de comparación y con la falta de interés por los desafíos de los flujos culturales transnacionales.





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