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Institucionalización de estudios de Comunicación parte 2 - Monografía



 
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¿UN GIRO ETNOGRÁFICO?



En la historia de los Cultural studies se asocian los años ochenta con la imagen de un giro etnográfico. Es una manera cómoda de designar un desplazamiento de las problemáticas y, más aún, de los protocolos de encuesta hacia un estudio de las modalidades diferenciales de recepción de los medios de comunicación social, especialmente en lo que respecta a los programas televisados.

¿Giro o reescritura de la historia?



Aunque aparezca, como si se tratase de una evidencia, en la mayor parte de los informes sobre la evolución de la corriente, nos parece que hay que tratar esta metáfora con un poco de circunspección. ¿Habrían descubierto los Cultural studies, con la entrada en la década de los ochenta, las virtudes del trabajo etnográfico? Basta con remitirse al anterior conjunto de trabajos de la corriente para darse cuenta de hasta qué punto semejante reivindicación tiene más que ver con un abuso de autoridad que con una descripción creíble de las evoluciones. Los estudios de Hoggart sobre las culturas populares ¿no implicaban, ya en 1957, una clara opción etnográfica? Los trabajos de Hebdige o Willis ¿habrían sido ajenos a este enfoque? Si hubo que esperar un giro en el umbral de la década de los ochenta ¿cómo se explica el que la mayoría de los textos producidos durante la segunda mitad de los años setenta y recogidos en un reader del CCCS (Hall, Hobson, Lowe, Willis, 1980) estén agrupados en una sección titulada, con propiedad, ethnography? Reconocemos que nuestras reticencias ante esta historia oficial e imaginaria de la corriente son tanto mayores cuando una de las obras (junto con Nationwide) ascendidas, retrospectivamente, al nivel de punto de referencia de la mutación no es sino Watching Dallas de Ien Ang, publicada por primera vez en Holanda en 1982. Aunque esta investigación resulta muy interesante, por los interrogantes planteados acerca del placer de los telespectadores de Dallas y la noción de “realismo emocional” que elabora, hay que señalar que está basada en 42 cartas de lectores y lectoras del semanario holandés Viva, que consiguió el autor a través de un anuncio, en el que proponía a los lectores que le comunicasen por escrito sus reacciones ante el folletín. Esto tiene poco que ver con la etnografía descrita en el manual de Marcel Mauss …

¿Significa esto que hay que pretender que no hubo nada, ni giro ni etnografía? De hecho, no. En los años ochenta se produjeron realmente mutaciones importantes, lo suficiente como para pasar por alto las narraciones mágicas o interesadas. Aun a riesgo de ofrecer una descripción reductora, puede sugerirse que uno de los factores clave en la nueva orientación de los trabajos se refiere a una redefinición en las modalidades de análisis de los medios de comunicación social. Como ya se ha visto, los investigadores de Birmingham, a través de los problemas de cultura y hegemonía, habían otorgado poco a poco una importancia creciente al análisis de los medios de comunicación y sus programas. Pero sus enfoques adolecían de lagunas patentes. Si resultaban a menudo fecundos los análisis internos de segmentos de la programación, que se inspiraban en los métodos semiológicos o lingüísticos, el estudio de las modalidades concretas de recepción no superaba, en los casos de Hall y Morley, el nivel de la producción de esquemas de análisis fundamentalmente programáticos. Si hubo un “giro” al principio de la década de los ochenta, consistió en prestar una atención creciente a la recepción de los medios de comunicación social, tratando de operativizar modelos como el de la codificación-descodificación. Para ello, los investigadores van a desplegar una gran inventiva en la búsqueda de métodos de observación y comprensión de los públicos reales, entre otros mediante técnicas etnográficas. No se trata de una evolución menor. No se corresponde precisamente con el coro “Hagamos tabla rasa de lo hecho en el pasado”.
Charlotte Brunsdon y David Morley son los que van a aplicar, de un modo crítico, el modelo de Hall, con un estudio sobre la recepción del magazine informativo Nationwide (1980). Lo que pretendían Brunsdon y Morley era, a la vez, escapar a la fascinación semiológica, según la cual el programa de percepción y lectura presente en el texto resulta tan poderoso que se impone a todos los receptores, y testar, de forma empírica, el modelo de Hall.

Para ello, van a ser los primeros en introducir la técnica de los Focus groups, con lo que van a observar en 29 grupos, que representan a ámbitos sumamente distintos, las reacciones a la trasmisión de episodios de este programa. Nationwide supone un doble avance científico. La investigación hace posible la verificación empírica de la legitimidad del planteamiento analítico de Hall, sin dejar de señalar sus insuficiencias y lagunas, ya que mezcla cuestiones de comprensión, reconocimiento, interpretación y reacción. El modelo de Hall, centrado en la importancia del estatuto de clase, no dejaba entender la importancia del entorno hogareño de percepción, ni la de las relaciones dentro de la familia. El trabajo sobre los focus groups está en el origen de preguntas innovadoras sobre el papel de los medios de comunicación social en los distintos registros creadores de identidad. En la línea de Morley, y luego la de Ang, el recurso a las condiciones en las cuales se debían desarrollar las encuestas, que intentaban ser cada vez más acertadas y más próximas a las reacciones de los telespectadores, va a tener bastante adeptos en el extranjero. En Suecia, Dahlgren (1988) utiliza las conversaciones sobre la televisión como soporte de sus investigaciones. James Lull (1983) entra en los hogares para observar in situ a los telespectadores. Con lo que el desplazamiento de las problemáticas, iniciado por Morley, se acentúa y se dirige hacia la dimensión gendered de las recepciones y la relación con los instrumentos técnicos de comunicación. También tiene como consecuencia una cada vez mayor integración de una parte importante de los Cultural studies y sus trabajos más visibles en el campo más antiguo y tradicional de las investigaciones en el terreno de la comunicación.

Giro espistemológico, giro político



Plantear como motivo de las evoluciones de los Cultural studies un cambio en los métodos de encuesta que, por su propia dinámica, provocase una serie de redefiniciones de las problemáticas y acercamientos con otras corrientes de estudios, valorizaría también una lectura demasiado académica de su movimiento, amputándolo de su parte política, y se olvidaría también que la investigación no se desarrolla en el mundo único de las ideas y los métodos.
El “giro etnográfico” es indisociable de otros virajes que se dan en Gran Bretaña y en el mundo de la década de los ochenta. Un viraje político con la asunción del mando del gobierno por Margaret Thatcher, al frente del cual permanecerá durante más de diez años; viraje conservador generalizado con las políticas puestas en marcha por ella en materia de privatizaciones y los enfrentamientos directos con las organizaciones sindicales (mineros); viraje económico con las consecuencias de la globalización creciente de las economías sobre el paro y la evolución de la parte “social”. Stuart Hall, el más “político” de los investigadores de la corriente, intuye con mucha antelación dichos cambios. Resulta significativo el que haya abandonado la dirección del centro de Birmingham al final de los años setenta para reinvertir, casi inmediatamente, parte de sus capacidades como empresario en Marxism Today, convirtiéndose en uno de sus más importantes redactores e incluso, como afirman algunos, en su líder intelectual. Existe una constante en todos sus escritos y crónicas, especialmente en los de la segunda mitad de los años ochenta, hasta la desaparición de la revista, en 1991: la nueva era (New times) del postfordismo acarrea el debilitamiento de las “solidaridades tradicionales” y da origen a un nuevo tipo de “individualidad”, el cual “se aparta de las líneas de continuidad que antes estabilizaban nuestras identidades sociales”.

“Una frontera removida por los New times”, escribe en Marxism Today, en octubre de 1988, “es la que existe entre las dimensiones objetivas y subjetivas del cambio. Se acrecentó la importancia del sujeto individual y cambiaron nuestros modelos de “sujeto”. Desde ahora, no es posible concebir al individuo como un Ego completo y monolítico o como un yo autónomo. La experiencia del yo queda más fragmentada, marcada por una carencia y compuesta por múltiples “yo”, múltiples identidades vinculadas con los distintos mundos sociales con los que uno se relaciona. Algo que ha sido lastrado por una historia, un producto, un proceso. Estas vicisitudes del sujeto tienen su propia historia, la que remite a los episodios clave del tránsito hacia los nuevos tiempos. Incluyen la revolución cultural de los años sesenta, en especial de un 1968 con un sentido agudo de la política como teatro, el lema feminista The personal is political, el psicoanálisis con su redescubrimiento de las raíces inconscientes de la subjetividad, las revoluciones teóricas de las décadas de los sesenta y setenta -la semiología, el estructuralismo y el postestructuralismo- con la atención que prestaron al lenguaje y la representación. Este componente de vuelta de la dimensión subjetiva sugiere que, por lo que respecta al lenguaje, para dar cuenta de los nuevos tiempos, no podemos contentarnos con un discurso que acata las antiguas distinciones entre dimensiones objetiva y subjetiva del cambio. Pero la renovación conceptual crea dificultades a la izquierda. Su cultura convencional, que recalca las ‘contradicciones objetivas’, las ‘estructuras impersonales’ y los procesos que actúan ‘a espaldas de los hombres’(sic), hizo que fuéramos incapaces de enfrentarnos de un modo coherente a la dimensión subjetiva en la política”. Bajo el pretexto de la necesidad de adaptarse a los Nuevos Tiempos, Marxism Today incluso modificó gradualmente su estilo, tratando de incorporar la “nueva pluralidad de los modos de vida”, ¡con lo que adoptaba los esquemas de los estilos sociales propios de la industria publicitaria! Muchos críticos no dejaron de ver en estas renovaciones la manifestación de una reorientación de los editores y un indicio de la “Retreat of the Intellectuals” .

La paradoja a la que lleva Hall aquí consiste en señalar en qué dichos nuevos tiempos, con sus traslados de problemáticas, constituyen también resultados y continuidades con respecto a los temas centrales de los Cultural studies. Estos no pueden interpretarse, por lo menos del todo, como la crónica paralela de una dislocación (la de la identidad obrera, cuya erosión es observada por primera vez por Hoggart) y la búsqueda de nuevas cristalizaciones de identidad, especialmente a través de la cartografía de las subculturas. Los nuevos tiempos del thatcherismo y la globalización también tienen como consecuencia la aceleración de dicha dislocación de identidades sociales vinculadas con el mundo obrero de antes. También están marcados, en Gran Bretaña, por una suerte de hundimiento de los grandes referentes políticos, que manifiesta la impotencia de un Labour Party que, en 1996, va a cumplir sus 18 años sucesivos como partido de oposición. En este contexto, en el que modalidades que, hasta entonces, contribuían poderosamente a la estructuración de identidades políticas, sociales y nacionales, dejan de heredarse, la cuestión de las recomposiciones de identidades se convierte en un desafío político sumamente importante, así como, de rebote, la del papel de los medios de comunicación social y el funcionamiento del espacio público. Este último no constituye nunca, como lo demuestra Calhoun en un texto importante, un mero foro de la Razón, en el que se intercambian argumentos y puntos de vista, sino un auténtico mercado de identidades en el que se ofrecen, a través de los flujos de bienes culturales, propuestas de identidad y principios de elaboración del “nosotros”. Se entiende entonces la posibilidad de considerar el “giro etnográfico” como continuidad, como identificación de los medios más eficaces para el análisis, en el terreno, de los enigmas relacionados con los procesos de descomposición y recomposición de identidad, para llegar a entender determinados consumos culturales, opciones por identidades e ideologías y por “placeres” mediáticos, los cuales no pueden dejar de ser considerados como escandalosos por intelectuales marcados por el marxismo.
Sobre la base de sus diagnósticos referidos a las nuevas condiciones de formación de las identidades sociales, Hall no dejó de afirmar que la cultura había llegado a ocupar una posición central en la gestión de las sociedades y del planeta y, en consecuencia, en la forma de considerar la acción política. Por lo que respecta a las investigaciones académicas, Hall explicaba, en 1991, el “nuevo posicionamiento” de los Cultural studies mediante la insistencia en determinados factores mayores que obligaban a “superar las fronteras”.
Figuraban entre ellos:

1. La “globalización” de origen económico, este “proceso parcial de desmantelamiento de las fronteras que han forjado tanto las culturas nacionales como las identidades individuales, especialmente en Europa”.
2. La fractura de los “paisajes sociales” (social landscapes) en las “sociedades industriales avanzadas”, con la consecuencia de que el “yo” (self) forma parte, de ahora en adelante, de un “proceso de elaboración de identidades sociales, en el que el individuo se define con respecto a distintas coordenadas, sin que pueda quedar reducido a una o varias de dichas coordenadas (ya se trate de la clase, la nación, ya de la raza, la etnia o el género).
3. La fuerza de las migraciones que “transforman calladamente nuestro mundo”.
4. El proceso de homogeneización y diferenciación que socava, desde arriba y desde abajo, la fuerza organizadora de las representaciones del Estado-nación, la cultura nacional y la política nacional (Hall, 1991).

Como puede notarse, lo que se calificó de viraje etnográfico en los Cultural studies es también la repercusión de una crisis en la izquierda y participa de un diagnóstico político para los que, como Hall y Morley, fueron adeptos del movimiento social, y esto desde su entrada en el campo de los Cultural studies. Si muchos están al tanto del compromiso de Hall, el trabajo militante de Morley, aunque considerable, es más desconocido. Él fue uno de los responsables clave de la editorial Comedia, la cual estaba vinculada con numerosos movimientos sociales (feministas, antinucleares, antiracistas, comunitarios y cooperativos) y con la búsqueda de medios de comunicación alternativos, en los años setenta y los primeros de la década de los ochenta, hasta que se marchó a la Universidad de Brunel. La adhesión a un cierto empirismo básico que supone el enfoque etnográfico resulta indisociable, no sólo de la vuelta a la dimensión subjetiva y al problema de la “mutiplicación de identidades”, sino también de una noción de sociedad civil como el lugar de la diversidad y la diferencia. Esta concepción suscitó, en el seno de la izquierda británica, un debate sobre el “culto a la sociedad civil”, sobre los usos y abusos de dicho concepto de una “sociedad civil” convertida en el terreno idealizado de todas las emancipaciones.

Relevos generacionales



Finalmente, no es sólo a través del prisma de los debates espistemológicos, ni siquiera de un contexto político-social, que pueden leerse los nuevos tiempos y el viraje etnográfico, que se explican también por procesos generacionales. Se trata, primero, de la llegada de la que podría denominarse tercera generación de investigadores, que está precedida por la de los padres fundadores y por la de Birmingham. Se trata también de la llegada a la edad adulta y adolescente de generaciones que fueron socializadas, desde su más tierna juventud, por los medios audiovisuales y todos los recursos de las industrias culturales (videojuegos…), y cuyas jerarquías culturales ya no son las de la generación de los baby-boomers europeos, a la que aún pertenecían los investigadores de la segunda oleada de los Cultural studies. Las sensibilidades culturales y las relaciones con los medios de comunicación social cambian, por lo que se hacen también necesarios métodos de investigación más aptos para captar lo “corriente del sujeto”.
El norteamericano Larry Grossberg, quien se convertirá luego en uno de los mayores exponentes de los Cultural studies en su versión americana, daba bien cuenta, en 1983, de esta nueva manera de considerar la cultura masiva, cuando reconocía la dificultad a la que podía enfrentarse un investigador que quisiese penetrar, con las categorías consagradas por la mayor parte de las teorías críticas existentes, en un terreno en el que “más que de entendimiento, se trata de placer”, lo que se había convertido en una evidencia luminosa para él, merced al trato cotidiano con sus estudiantes.

Llegará poco a poco, a través de los temas investigados, a poner en tela de juicio la noción de identidad basada en una diferencia negativa, que, en su opinión, impregnó los Cultural studies y su noción de resistencia. La identidad cultural debe concebirse como una “producción positiva”. Lo que explica su intento de “inyectar algún movimiento y movilidad en la formación de la identidad”, con el fin de superar lo que califica de “concepciones polares de la identidad”, en virtud de las cuales los individuos quedan divididos entre dominantes y marginales, metropolitanos y periféricos, etc. Interpreta a su propia manera los análisis de Deleuze y Guattari en Mille Plateaux, por lo que habla -su formulación resulta a veces algo confusa- de “territorialización de la vida cotidiana” y “lógica espacial en la vida cotidiana” como “de la forma según la cual la gente vive la libertad, siempre parcial, de establecerse en y trasladarse a través de las láminas de la realidad, dentro de las cuales se constituyen mutuamente sus identidades e identificaciones, su inversión” (…) “Es posible visualizar sus resultados bajo la forma de un diagrama, una configuración o una circulación móvil de ‘lugares’ o puntos en el espacio social, donde se articulan prioridades según densidades específicas, para la cristalización de la formación (de la identidad) y las alianzas” (Grossberg, 1996, 106-107). Por lo tanto, la subjetividad es espacial, en la medida en que se vive el mundo desde una posición específica en el espacio-tiempo, y está también relacionada con el movimiento y la trayectoria de los demás. Estamos lejos de las reflexiones de su competidor, James W. Carey, quien, en su intento de anclar la versión norteamericana de la historia de los Cultural studies, ¡invocaba aún, en 1983, a Charles Wright Mills, David Riesman, Kenneth Burke y Harold Innis!.

Las intervenciones de jóvenes estudiantes que participaban en el seminario Crossing Boundaries, organizado en 1991, en Amsterdam, por el European Network for Cultural and Media Studies, son más concretas, y no por ello menos sugerentes, por lo que respecta al cambio de sensibilidad en relación con el tema de la constitución de la identidad. Citaremos a dos de ellas. En relación con el modo de estudio de las subculturas: “La escuela de Birmingham, con Hebdige y Hall, dedicó muchos estudios a las subculturas, pero se observa, en los últimos años, una disminución de aquel tipo de estudios. Y esto por dos motivos. Primero, durante el gran período del centro, se ha estudiado las subculturas como si fueran identidades realmente establecidas, conceptos estables de formas auténticas y originales de resistencia, en un momento histórico dado y en un lugar geográfico determinado. En segundo lugar, se suponía que cada subcultura causaba su propia muerte cuando estaba admitida en el seno de la mainstream culture: los punks británicos eran originales, por la extravagancia de su estilo y sus formas de expresión, pero cuando sus chaquetas de cuero se pusieron de moda, no quedó ningún auténtico punk. En este preciso momento, la industria de la mercancía incorpora a la subcultura punk… Creo que, ahora, este tipo de enfoque ya no es válido… Pude comprobarlo en mi investigación sobre lo que se llama, en Holanda, el Hip Hop. Esta subcultura no tiene una identidad fija… (el estudiante explicó que, entre el inicio y la conclusión de su investigación, las normas internas de los miembros de esta subcultura habían cambiado). Y todo esto por ser el Hip Hop una cultura muy internacional. Oriunda de los guetos negros de Harlem y el Bronx, se difundió en unos pocos meses, especialmente en Holanda e Inglaterra. Para considerarla de un modo adecuado, hay que hablar hoy de la dicotomía global/local. Cada subcultura hip hop local, regional o nacional ha añadido sus propios centros de preocupación y los ha conjugado (y los sigue conjugando) con normas y valores subculturales más amplios, conocidos en la subcultura en su conjunto”. Otro estudiante señala: “Pues, en mi opinión, los estudiantes de los Cultural studies no difieren mucho del resto de los humanos. Quizás somos un poquitín más conscientes. La mayor parte de nosotros prefiere Madonna a Mozart, Kundera a Konsalik, sabemos que, políticamente, la izquierda vale más que la derecha y que, por lo que respecta a los medios de comunicación social, preferimos las redes privadas a las cadenas públicas. En resumen, somos los hijos de nuestro tiempo, y nuestro tiempo es la década de los ochenta” (European Network for Cultural and Media Studies, 1996, 73).

Resulta revelador este desliz gradual hacia la naturalización de la televisión -que puede comprobarse en la última opinión-, en su forma institucional y comercial. Se inició en la primera mitad de los años ochenta. Un indicio importante lo dio la primera conferencia internacional sobre los Television studies, organizada en julio de 1984 por el British Film Institute y el Instituto de Educación de la Universidad de Londres. Ien Ang, joven investigadora holandesa, “constituyó uno de los focos de atracción del evento, por haber tomado la noción de diversión, o placer, que proporciona la televisión comercial al auditorio, como punto de partida de una comparación entre la herencia del servicio público y los paradigmas de la televisión privada. Dicha comparación acabó en acusación contra el servicio público y en celebración unívoca de la comercial, considerada mucho más liberadora y emancipadora, por estar atenta a las expectativas populares de diversión” (Mattelart & Mattelart, 1986, 150). Medida con este rasero, la idea de un servicio público ajeno a los “deseos y preferencias populares” no era sino una “coartada para colocar a los telespectadores en un marco paternalista”. La vuelta a la diversión corriente se producía explícitamente en nombre de la necesaria ruptura con la pesada tradición de las escuelas negativas, influidas por la escuela de Frankfurt y la corriente estructuralista. Con la confusión de la diversión ordinaria con lo corriente en la televisión comercial se perfilaba la conformidad, o por lo menos, la neutralidad, de la investigación ante el proceso de privatización y desregulación de los panoramas audiovisuales, y esto justo cuando los países de la Comunidad Europea emprendían un largo debate sobre la televisión sin fronteras y se inquietaban por las consecuencias negativas de unas estrategias comerciales salvajes a la italiana. El estudio de Ang sobre la recepción de Dallas, que se centra en esta idea específica de placer, anuncia tanto una oleada “etnográfica” como un nuevo interés, liberado de los tabús ideológicos, por el aspecto del placer en la recepción.

EL BIG BANG DE LOS CULTURAL STUDIES


Iniciado en la segunda mitad de la década de los ochenta, el proceso de expansión planetario de los Cultural studies va a acelerarse en los años noventa. Esta prodigiosa dilatación de este “algo” cuya clasificación empieza a ser arriesgada (¿es todavía una “escuela”, una “corriente” coherente, una problemática, o se trata más bien de una institución académica o un “hecho” social?) adopta una doble forma. Se trata primero de una migración geográfica, no sólo hacia América del Norte, sino también hacia América Latina y el continente australiano. Lo que es más, los Cultural studies se colocan en el centro de una espiral expansionista y no dejan de reivindicar, como elementos constitutivos de su identidad, a nuevos autores, nuevos objetos, nuevas materias, de acuerdo con un proceso identificado de un modo bastante clásico con la invención de una tradición. Al mismo tiempo, esta buena racha social y académica viene acompañada por procesos contradictorios, vinculados con la erosión implacable de un conjunto de bases y soportes que estaban en el origen del despegue de esta corriente en el Reino Unido, así como con su fragmentación creciente por culpa de las problemáticas, las revistas, las camarillas y la dispersión de los proyectos intelectuales.

Las tijeras de la institucionalización


La metáfora clásica del tijeretazo da bastante bien cuenta de la tensión que se produce entre el proceso de expansión de los Cultural studies y el de debilitamiento del conjunto de factores que estuvieron en el origen de su despegue.
Hay que empezar por insistir en el proceso de despolitización -no existe otro término para designar el fenómeno- de este movimiento de investigación. Se recordará que toda la génesis de la corriente estaba estrechamente vinculada con el clima político que, al final de los años cincuenta, había quedado reflejado en la aparición de la nueva izquierda. Resulta que parte importante de la red que federaba de un modo soterrado a los intelectuales de izquierdas británicos, proporcionándoles los contactos con los movimientos sociales y los medios populares, se desmoronó al cabo de veinte años. La crisis en el movimiento sindical, los ataques de los gobiernos conservadores contra las instituciones culturales y las de formación continua, así como las dificultades para estructurar los componentes de la izquierda laborista, se aunaron para reducir hasta casi nada las articulaciones entre investigadores y movimientos sociales. La desaparición de Marxism Today, en 1991, puede ser considerada como un síntoma de desmoronamiento de estos lugares de interfaz. La confusión en las oposiciones políticas, simbolizada por la llegada de Tony Blair a la cabeza del New Labour, y la desaparición o la retirada de los padres fundadores, con la excepción de Hall, contribuyen también a convertir a los herederos de los Cultural studies en huérfanos de la militancia.

Se estaría tentado de parodiar el título, ya de por sí paródico, de uno de los primeros libros de Ien Ang (1991), con el apunte “Busca causa, desesperadamente”, cuando, en un texto reciente (1996, capítulo 2), plantea preguntas, no sin razones, acerca del fenómeno del abandono del compromiso por parte de los investigadores e interpela a Morley sobre los riesgos de una actitud demasiado académica, aunque no logre superar las vagas fórmulas respecto de la necesidad para los investigadores de considerar que su trabajo científico debe ser una contribución al servicio de “los públicos”. Existe en los Cultural studies toda una línea que puede identificarse con el seguimiento, nostálgico en el caso de Hoggart, atento a las reconstituciones de identidad en el de Hebdige, no sólo del proceso de disolución del mundo obrero y su cultura, sino también de las fuerzas políticas relacionadas con él. Los “progresos” irreversibles de tal proceso en Occidente también tienen repercusiones en los investigadores. Tienen su lado positivo, ya que hacen reflexionar sobre los procesos de constitución y los principios de estructuración de las nuevas identidades. Pero también un lado más discutible, por impulsar un tipo de búsqueda de unos elementos “populares” que se hubiesen mantenido intactos, un mundo perdido, El Dorado, en los cuales las problemáticas de hegemonía, resistencia y conflictos de clase hubiesen mantenido su vigencia. La importancia conferida al Tercer Mundo, y más precisamente a América Latina, sirve para ilustrar este peligro, el de la ambigüedad de un tipo de reconocimiento de teóricos latinoamericanos, entronizados en el club de los Cultural studies como portavoces de los “buenos salvajes” de la resistencia cultural y defensores titulares de la atalaya en la cual siguen teniendo sentido las viejas problemáticas y los viejos combates. ¡No hay casi nada nuevo bajo el Sol! Desde la conquista de aquella parte del Nuevo Mundo, la Europa etnocéntrica siempre consideró que había “más alma” en ese territorio de utopía. Pero dicha postulación simplista del mundo latinoamericano resulta tanto más paradójica cuando se olvida de la crisis que, allá también, afecta al pensamiento crítico y provoca intensos debates entre los investigadores.

El proceso generalizado de deslegitimación de los intelectuales y su papel crítico, en provecho de nuevas figuras de referencia, héroes de la competición económica u oráculos mediáticos, contribuye también a la marginalización de un grupo, que nunca tuvo en Gran Bretaña el magisterio que pudo reivindicar antes en Francia. Si se añade a estos datos el de la auténtica sangría que contribuyó, bajo la forma del reclutamiento en el exterior (especialmente en Australia y América del Norte), a la marcha del Reino Unido de muchas figuras destacadas de los años Birmingham, se empezará a entender el debilitamiento del movimiento en el territorio en el que nació.

Sin embargo, esta situación resulta paradójica, ya que, al mismo tiempo, se produce un notable auge de los departamentos de Cultural studies, como lo evidencian la inflación editorial y el aumento de revistas. De un modo más fundamental, se esboza una nueva geografía académica planetaria que, con la única excepción del África negra y árabe y la Europa continental, cubre el planeta con una densa red de departamentos de estudios culturales, desde Formosa hasta Sidney, pasando por Ciudad del Cabo, Toronto y Bloomington. Por lo demás, Gran Bretaña no está apartada de este proceso, ya que los fenómenos de desvitalización que se acaban de mencionar van acompañados, simultáneamente, por el aumento de los departamentos de Cultural studies, sobre todo en los nuevos centros superiores, los “Polytechnics” ascendidos al nivel universitario. La lógica conquistadora de los nuevos Cultural studies se observa, a través de la lectura de los readers sucesivos, también en el proceso de anexión de nuevos autores y terrenos, cada vez más visible y a menudo excesivo. Aunque no se dé a tales referencias el estatuto de un análisis definitivo de contenido, la comparación de algunas obras introductorias destinadas a los estudiantes resulta bastante esclarecedora al respecto. La lista de autores de referencia bastante indiscutibles, por pertenecer a una suerte de herencia reivindicada por todos, resulta finalmente bastante corta (Barthes, Hall, Hebdige, Williams), ya que la inclusión en la tradición del legado de la economía política de las comunicaciones no es, ni de lejos, compartida por todos. Al mismo tiempo, se observa muy claramente, en especial en During, un doble proceso de adjunción. Se trata, por una parte, de incorporar a una supuesta tradición de los Cultural studies, a autores que, en la práctica, tienen poco que ver con ella (Bourdieu, Foucault, los postmodernos), y en una dirección distinta, el proceso acumulativo incorpora a la corriente un porcentaje, en una progresión exponencial, de investigadores que se dedican a los medios de comunicación social, los gender studies, la geografía humana, la etnicidad, los ocios y el consumo. Se puede leer en filigrana, en tal dispersión de temas, el papel importante que desempeñó la identidad en el desplazamiento de las problemáticas. Cuando las identidades sociales “clasistas” se disuelven o están consideradas por los investigadores como menos pertinentes, se está obligado a buscar otros principios de construcción de identidad, de matrices subculturales, en la raza, el género (gender), la relación con los medios de comunicación social y con el consumo.

El estallido



Es posible apreciar inmediatamente los resultados de esta tensión entre pérdidas de anclajes sociales e institucionalización académica en la propia naturaleza de los productos científicos que reivindican la marca de fábrica Cultural studies. Como observó, con razón Morley, una parte de los trabajos británicos resulta realmente “inexportable”, ya que para su comprensión hay que estar familiarizado con la sociedad británica. ¿Cómo entender el análisis de Nationwide cuando no se ha visto nunca este programa en la televisión? Por lo que son los textos más teóricos y, a veces, más teoricistas, los que soportan mejor el viaje e impulsan una producción de metateoría, a la que no estorba la falta de apoyo en algún terreno. Uno de los rasgos menos seductores del rumbo actual de los Cultural studies consiste sin duda, con la excepción de los estudios de la recepción, en esta propensión hacia el teoricisimo, en la tendencia a la glosa, ya no de las obras de Marx, sino las de Baudrillard o Habermas. El fenómeno ha adquirido tanta amplitud que el lector de las revistas y las innumerables obras que, como consecuencia del flujo editorial, llegan hasta su biblioteca, puede preguntarse, y con razón, como lo hizo Blundell (1993), si el consumo, más grato, de las novelas de Kureishi (1990, 1995) o los filmes de Frears ne le serían de mayor provecho respecto de los temas de “multiculturalismo”, “identidades”, “estilos de vida”, etc.
Asimismo, cabe sospechar, como hacen Murdock (1995) y Chaney (1994, 25), que la fascinación creciente por los signos, los simulacros o las representaciones, que se refleja en una parte importante de la producción (Lash & Urry, 1994), está de algún modo relacionada con la situación social de una comunidad universitaria que no tiene acceso a los mecanismos de toma de decisión y está condenada, por un mecanismo de cámara oscura, a una sombría fascinación por lo simbólico, además de estar más interesada por la extensión de su curriculum académico que por la observación, dudosa y lenta, de la recomposición de las fuerzas sociales.

Estas evoluciones en su conjunto han provocado, en la década de los noventa, la fragmentación de los Cultural studies, un proceso multiforme de disolución centrado en nuevos temas y en paradigmas reciclados, lo que convierte cualquier intento de cartografía en una empresa muy arriesgada, como si, al estar en todas partes, los Cultural studies corriesen el riesgo de no estar en ninguna. No obstante, sugerimos, a modo de referencias provisionales, una triple polaridad, que, sin excluir la posibilidad de superposiciones, puede ayudar a circunscribir la disolución-recomposición del ámbito.
Para una parte de los investigadores, la dinámica de los Cultural studies volvió a centrarse en una sociología de los medios de comunicación social, pero concebida de un modo más amplio, sin que resulte siempre fácil entender cuál era la que absorbía y cuál quedaba absorbida. Media, Culture and Society constituye una ilustración de esta opción, que tiene también como objetivo la articulación de la dimensión económica con los terrenos de la recepción y los medios de comunicación social. Una segunda dinámica, que reivindica de un modo más ruidoso una vocación teórica, trata de vincular muchos legados de los Cultural studies de los años setenta con los requerimientos de destacados modelos teóricos que tienen un origen tanto sociológico (Elias, Bourdieu) como filosófico (Habermas, Gadamer). Creada en 1983, la revista Theory, Culture and Society es la abanderada de esta orientación, en la que se codean, aunque no siempre mezclándose, la voluntad de producir una metateoría cultural (su lema podría ser: “¡Si eres más postmoderno que yo, mueres!) e intentos por reorientar problemáticas más antiguas hacia objetos inéditos: consumo, turismo, vídeo.

Una tercera opción, identificable en los recientes estudios de David Chaney y también, pese a las diferencias, en los de Hall, se enfrenta, de una forma especialmente explícita, con la interrogación relativa al agotamiento de los Cultural studies. La hipótesis subyacente es la de un cambio de estatuto del terreno cultural en el capitalismo contemporáneo. Hall subraya que la cultura dejó de ser el equivalente del glaseado o la guinda en un pastel y que está incorporada ahora, a través de la publicidad, el marketing y las exigencias del estilo de vida, en el tejido social y mercantil. En cuanto a Chaney, resalta que la cultura no puede ser considerada por mucho más tiempo como lo que confiere sentido a la experiencia, sino como el propio contenido de la experiencia social, como un ingrediente de la propia sustancia social, de la que el diseño, con su opción por el embellecimiento de la cotidianeidad, constituye una metáfora oportuna. Estos análisis estimulantes pueden designar una línea de cresta sobre la cual podrían caminar unos Cultural studies que tomasen nota de una forma de “inmersión” de todas las prácticas sociales en la cultura, lo que vuelve a poner en tela de juicio la gran división entre los terrenos económico y cultural … y exige, de modo correlativo, la invención de nuevas modalidades de estudios interdisciplinarios y la nueva integración de la dimensión económica en la manera de pensar la cultura.

Una apuesta clave: la globalización



En el juego de la paradojas que marcan la evolución reciente de los Cultural studies, la cuestion de la globalización adquiere una dimensión estratégica. A través del planteamiento de la internacionalización de los medios de comunicación social y las formas de cultura masiva, la corriente extendió su imperio hasta los confines del mundo, con lo que perdió sus raíces y, en opinión de muchos, su alma. ¿Una paradoja? Sí, ya que en los momentos más álgidos de los debates políticos ocurridos en las décadas anteriores, no se escuchó lo que decía al respecto.
En este cruce de fronteras surgió un nuevo lugar de reunión, el de la “globalización”, una noción que se encuentra hasta la saciedad en los más diversos autores y cuyos usos y difusión se hacen tan laxos que se convierte en un nuevo “puente de los asnos”. Por lo demás, la literatura británica ironiza a veces al respecto, utilizando el término globaloney -un posible equivalente sería “globalerías”- para referirse a la degeneración de este debate fundamental en un tópico presente en cualquier discurso vanguardista. Global y globalización se han convertido en palabras fetiches, cuya semántica se aceptó sin beneficio de inventario previo y que desempeña el papel de lugar donde no se encuentra sino lo que uno mismo ha aportado. Lo que resulta sospechoso es la ausencia de cuestionamiento acerca del origen de aquellos términos anglosajones (ya que fueron traspuestos, sin más, a las lenguas latinas). Habría que preguntarse, por ejemplo, cómo, cuando antes eran el feudo de los estrategas militares, pasaron, en el transcurso de los años ochenta, al lenguaje de la geo-finanza y el geo-marketing, en donde designaban una concepción cibernética del proyecto de nuevo orden mundial, y cómo, y sobre todo por qué, al final de su trayecto, encallaron en las ciencias de la cultura. Lo que es el colmo en un enfoque que se dice firmemente contrario a los partidarios de visiones economicistas (Mattelart, 1992, 1996). La inconsciencia llegó hasta tal extremo que los Cultural studies se apoderaron simultáneamente, sin tomar mayores precauciones epistemológicas, de otro término, que provenía directamente de las teorías japonesas de la gestión de empresa postfordista, el de glocalisation, para referirse a la necesaria articulación de lo local con lo global, término constantemente repetido, como si fuera un estribillo, en los análisis de los productos de la “cultura global”. ¿Cómo no estremecerse ante el empleo reiterado de tal noción de “glocalisation”, utilizada a tontas y a locas, para referirse al proceso que viene a complementar el de la globalización, el de la “fragmentación” cultural, cuando se sabe que, en su origen, fue utilizada por los especialistas del marketing para denominar la “segmentación” de los objetivos o la repartición, en grandes segmentos transfronterizos, de los consumidores que compartían los mismos estilos sociales. Existen transferencias que resultan muy elocuentes respecto de los nuevos tipos de connivencia conceptual entre las lógicas mercantiles y el mundo académico.

Se nos suelta que la “globalización” es un hecho, una fatalidad. No hay ningún distanciamiento respecto de esta pesada tendencia de las economías. Las descripciones del nuevo panorama global bien pueden valerse de un léxico foucaldiano, con el que hoy se describe el poder como “disperso, difuso, volátil, complejo, interactivo”. Siguen siendo vagas e imprecisas, ni verdaderas ni tampoco falsas. Esta indefinición también debe achacarse al carácter muy selectivo de los conocimientos y las problemáticas que movilizan a los Cultural studies en su expansión. Se diga lo que se diga, la integración en ellos de la dimensión económica sigue siendo muy superficial. Tampoco destacan por su incorporación de la historia. Se llega, como máximo, a afirmar que existe una diferencia entre globalización e internacionalización. Pocas veces se llega a una mayor matización. En esta tendencia actual, la relación con el terreno real, en los casos en que ha sobrevivido, se encoje demasiado a menudo hasta la dimensión del espacio familiar o la galería comercial, lugares de recepción de programas o de consumo de mercancías. Ante el reto de un mundo cuya complejidad no se reduce a un lema cómodo, los Cultural studies han jugado, y abusado, con una inflación de metadiscursos, a expensas de la búsqueda de una teoría capaz de explicar dicha complejidad. Se recordará, como antes lo hizo Elias, que sólo merecen la etiqueta de teoría las construcciones conceptuales gracias a las cuales se pueden resolver problemas y renovar la inteligibilidad de los objetos. Por otro lado, la sofisticación conceptual oculta un pensamiento impregnado por los conformismos y que se siente incómodo ante la complejidad de las nuevas relaciones de fuerza interculturales, en una situación de generalización de los sistemas técnico y productivo. De ahí a pensar que su tratamiento resulta imposible sólo hay un paso, el que dieron, explícita o implícitamente, muchas investigaciones etnográficas centradas en la recepción de productos globales. Resulta significativo el que Dallas, o algún otro estandarte de la cultura global, haya sido utilizado como caballo de Troya para convencernos de la caducidad de la idea de hegemonía en el análisis de las relaciones entre culturas.

La matización de esta crítica resulta necesaria. Las nuevas reflexiones sobre los públicos que, por supuesto, no se limitan a las que criticamos aquí y que quedan insertadas dentro de un movimiento espistemológico más general de “vuelta al sujeto”, constituyen un hecho muy positivo. Van en contra de las teorías deterministas que, durante las décadas de los sesenta y los setenta, insistieron demasiado en la influencia de las estructuras en las conductas de los usuarios de los medios de comunicación social y en su efecto alienante sobre un consumidor demasiado a menudo considerado como un mero receptáculo. Pero esta vuelta a un “individuo activo” tampoco está exenta de ambigüedad y se presta a desviaciones cuando, al centrarse de un modo unilateral en la libertad del individuo-consumidor de descodificar los programas u otros productos culturales, permite librarse fácilmente de las preguntas planteadas por la profunda desigualdad que sigue caracterizando las condiciones del intercambio en el mercado de flujos. Esto tiene como resultado una infravaloración de las determinaciones sociales y económicas, del peso de las grandes estrategias industriales y financieras, así como de las apuestas geopolíticas de la producción industrial en el terreno cultural y en el de la comunicación. Se está tan obsesionado por las “lecturas negociadas” y la libertad individual en materia de determinación del sentido de los mensajes que se olvida totalmente el tipo de sociedad en la que vive el receptor, el margen de maniobra dejado efectivamente a los usuarios, entre la autonomía individual y la coerción, por el orden social y productivo. Se legitima así la representación de una sociedad cuya transparencia es el resultado de la comunicación técnica, y simultáneamente, se deslegitima cualquier posición que continúe considerando necesario que, a la autoregulación mediante las lógicas del mercado, le hagan contrapeso políticas públicas, que toman en cuenta tanto la acción de la socieda civil organizada como el papel que desempeñan los poderes públicos como representantes del interés común. En este contexto surgió la ideología neopopulista de la “global democratic marketplace”, clave de la legimitación del libre comercio y cuya argumentación no necesita recurrir a malabarismos vagamente teóricos para ser aceptada por las grandes instancias internacionales, en las que se acuerda la forma del futuro dispositivo de la comunicación: “Dejen actuar a la libre competencia en el libre mercado entre individuos con libertad para escoger; al igual que, en la soledad de la cabina, los electores tienen la libertad de votar a favor de uno de los candidatos, los espectadores deben disfrutar de semejante libertad cuando se trata de seleccionar el programa individual o familiar.”

¿Puede quedar reducida la libertad del telespectador a la de descifrar los productos de una industria que ocupa una posición hegemónica en el mercado? ¿No habría que concebirla también como la libertad de ver y entender los productos de culturas no hegemónicas, empezando por la propia? Esto hace que la rehabilitación teórica unilateral del “receptor” desemboque directamente en una naturalizacion de la subordinación cultural de determinados pueblos y culturas, lo que, hasta los años setenta, en los que políticamente se cobró conciencia de las grandes desigualdades sociales en el planeta, se denominaba “imperialismo cultural”.
La figura del individuo-público libre, que corre parejas con la vuelta vigorosa de las distintas formas de empirismo, equivale a una confesión de impotencia, una racionalización de la derrota y el abandono de cualquier reflexión sobre el socius. Cuando se reduce la “actividad” de los espectadores a la del mero consumo de productos en cuya elaboración no tuvieron nada que ver, se renuncia a plantear una pregunta central para la definición de la relación entre, por una parte, la ciudadanía y la democracia, y por otra, los medios de comunicación social, o, de un modo más amplio, todos los dispositivos de comunicación e información, pregunta que, desde la teoría de la radio de Bertolt Brecht, preocupó a numerosas generaciones de críticos: ¿cómo puede efectuarse la apropriación colectiva de las redes y medios de producción de la cultura y la comunicación?
Todo esto resulta muy coherente con la “cultura de la retirada” del consumidor, tan apreciada por el ideólogo del neoliberalismo, Milton Friedman, para quien ésta constituye la única modalidad posible de resistencia metabólica a las leyes naturales de un mercado competitivo. Dicha “cultura de la retirada” expulsa del campo de las posibilidades a otra forma de resistencia, que consiste en tomar la palabra.

Los más de diez años de evolución posibilitan también la comprensión de una de las paradojas, a largo plazo, del “giro etnográfico”. Concebido para que ciertos modelos teóricos puedan resultar operativos y para dar los apoyos empíricos que faltaban a los Cultural studies, este “giro” parece a veces provocar sorprendentes vueltas completas de dirección, las cuales desembocan en un acercamiento entre los partidarios del nuevo cauce de los Cultural studies y los investigadores más próximos al mainstream, y parecen una reinvención de los buenos y viejos estudios de “usos y gratificaciones”. Determinados intercambios de posición, que se pueden observar en las citas y las reseñas de obras, ofrecen el espectáculo de una sorprendente contradanza, en la que investigadores “empiristas”, a menudo considerados, por los partidarios de los Cultural studies, como las grises encarnaciones de un academicismo conservador, rinden homenaje a investigadores críticos, por fin atentos a los hechos, mientras los hijos emancipados de la vanguardia descubren las virtudes desconocidas de los antiguos clásicos. Todo esto guarda a veces algún parecido con los equivalentes funcionales del vodevil, en el small world de las ciencias de la comunicación.

La espiral de las incertidumbres



En efecto, lo que caracteriza el inicio de los años ochenta, tanto en el caso de firmes “militantes” de los Cultural studies, como Morley, como en el de los jóvenes “principiantes”, como Ang, es una suerte de vértigo de la revisión crítica y el tambaleo de las ortodoxias, lo que lleva a investigadores con abundantes referencias críticas o con un bagaje marxista a descubrir las virtudes del sector privado de producción de programas y las ventajas de las redes comerciales. Morley (1992) hará un análisis retrospectivo, en el que la lucidez autocrítica se mezcla con el alegato pro domo suo, de los extraños reencuentros que, a veces, parecen propiciar estas evoluciones y de los patinazos que se produjeron en el momento del “giro”. Su alegato crítico se centra fundamentalmente en la reivindicación de una doble superación. Más transparente con el paso del tiempo, el desafío del giro que se dio en la década de los ochenta habría consistido en una ruptura con las aporías de los Cultural studies anteriores: mediante el recurso a herramientas sociológicas más rigurosas, mediante la opción estratégica por la verificación empírica de los modelos teóricos de análisis de la recepción, y también, mediante el cuestionamiento de una visión a veces mitificada de las “resistencias”, que pudo ser provocada por una lectura demasiado optimista de Michel de Certeau. De un modo paralelo, este momento de superación supuso una rehabilitación crítica de parte del legado empirista, al resaltar, por ejemplo, en qué los trabajos de Katz, Klapper, Lazarsfeld o Merton permitieron oponerse a las visiones más simplistas del poder de los medios de comunicación social, que estaban vinculadas con el modelo de la “inyección hipodérmica”, al restituir a las investigaciones del tipo “usos y gratificaciones” su componente innovador, que consistió en desviar la atención hacia un receptor activo.

Morley subrayará también hasta qué punto este empirismo revisitado no puede ser totalmente rehabilitado cuando rehúsa establecer una distinción entre el consumo cuasi obligado del ocio televisivo por agentes dominados y la selección de un programa; cuando la atención prestada a la autonomía de los receptores deriva hacia una apología ingenua, en la que la capacidad de los telespectadores a recodificar o a pescar furtivamente en el flujo audiovisual invalida cualquier interrogación sobre los contenidos o la apreciación de los programas; y cuando la renovación en los estudios de recepción versa sobre los “códigos culturales”, sin que se trate de explicar su génesis ni su modus operandi.
Incluso, en sus titubeos y contradicciones constituye esta mirada retrospectiva de Morley un testimonio importante. Da cuenta de una investigación “en movimiento”, la cual pocas veces tiene la coherencia de las exposiciones destinadas a los manuales. ¿Significa esto que hay que aceptarla sin reserva de inventario? ¿Cómo no rechistar cuando se observa la extraña asimetría de una doble superación en la que, por una parte, se rehabilita con mucha generosidad lo mejor del empirismo, por su capacidad para renovar las problemáticas de los Cultural studies, pero por otra, se muestra poco celo en la explicitación y utilización de lo que constituiría la parte positiva de la herencia crítica? Aunque la reflexión retrospectiva sobre los legados de los “usos y gratificaciones” no constituye, en sí, una empresa censurable o inútil, tampoco hay que ocultar los presupuestos epistemológicos de aquellos trabajos, que fueron puestos de relieve antes por Beaud: psicologismo; atribución a los agentes sociales de una capacidad a dar cuenta de sus prácticas, que convierte a cada uno de ellos en sociólogos en tiempo real; insistencia a menudo excesiva en los “poderes” de los receptores.

Finalmente, existen bastantes sólidos motivos para sospechar que algunos acercamientos hacia la antigua vulgata empirista no se explican únicamente por el abandono de los sectarismos o por la efervescencia creadora del “giro” de la década de los ochenta. Katz, mascarón de proa del funcionalismo y autor de un conocido trabajo sobre la recepción de Dallas, escribe en 1990, a propósito de la “vuelta de los públicos”: “La noción de participación, o el papel desempeñado por el espectador, en la medida misma en que abunda en la idea de una selección por parte del público, se convierte en un importante punto de convergencia entre neomarxistas, funcionalistas y teóricos del texto. Los neomarxistas aceptan contrastar sus propias lecturas de textos (análisis cualitativos de contenido) con el estudio empírico de las lecturas efectuadas por los espectadores. La idea de la posibilidad de que un texto sea recibido por sus destinatarios bajo una modalidad de la oposición, con lo que se rompe con sus pretensiones hegemónicas, significa una apertura de la teoría crítica a la posibilidad de que el statu quo sea vulnerable no se quedará deudor en este cruce de reconocimientos. Al reseñar The Export of Meaning (Katz & Liebes, 1990), emite un juicio benévolo sobre la obra -cuya importancia es indiscutible-. Lo que resulta más sorprendente es que no sólo justifica esta apreciación por las aportaciones en el terreno de la recepción, sino también por las supuestas contribuciones de Katz y Liebes a la desmitificación de las teorías sobre el imperialismo cultural, y esto cuando la noción que ellos dan de esta visión es discutible, ya que la caricaturizan bajo la forma simplista de “un mensaje hegemónico (que) el analista percibe en el texto y que se transmite a las mentes indefensas de los telespectadores en todo el mundo” (p. 4). En un artículo posterior, aunque se desmarque de los enfoques “populistas”, Morley (1993, p. 14) vuelve a fundamentar su argumentación en sus trabajos, los de Ang, Radway, Katz y Liebes, unidos en una discutible coherencia contra una “tesis simplona de la ideología dominante”. No parece discutible el que, en la década de los setenta, pudieron darse visiones simplonas del imperialismo cultural y la ideología dominante. Pero, ¿puede darse por zanjado el debate por haber triunfado sin peligro sobre las interpelaciones más pobres? ¿Por haberse valido de una retórica de medias tintas, equidistante del populismo de Fiske y los planteamientos apocalípticos de la “dominación”?

Si el interés por la recepción llegó realmente a constituir un importante punto de ruptura con el dogmatismo del período estructuralista, condujo también al ocultamiento de preguntas importantes y suscitó un tipo de confusión, que adquirió los rasgos de la recepcionitis, con la que se acható todas las problemáticas interesantes relacionadas con los medios de comunicación social renovando los lazos con el viejo mediacentrismo. No se devalúa la fuerza renovadora de los trabajos de Morley o Ang (aunque también de Katz y Liebes) cuando se señala que sus contribuciones no descalificaron ni agotaron las problemáticas acerca de las relaciones de fuerza internacionales en materia de productos culturales, como tampoco las relacionadas con la génesis de los instrumentos de “descodificación”. Cabe también preguntarse si una forma de repetición, o a veces de relajación, en los estudios sobre la recepción no significa lo que, en el léxico de Kuhn, se correspondería con un agotamiento precoz del “paradigma” y con la necesidad de volver a invertir en interrogantes que se abandonaron demasiado rápido. Por culpa de esta falta de rigor teorías, como las que algunos francotiradores, entre los que se cuenta Michel de Certeau, elaboraron sobre los usos subversivos de los medios de comunicación social o la cultura masiva, llegaron a ser desviadas, sin que nadie se indigne, por el “marketing de la apropiación” (sic) que empezaron a formular las grandes redes globales de la publicidad , que se interesa por el consumidor ahora “inasequible”. Y esto sin mencionar los usos aberrantes que se llega a hacer del mismo autor en las propias universidades.

A veces los Cultural studies y el neofuncionalismo están obligados simplemente a aliarse, para enfrentarse al enemigo común: aquellos que, pese a todo, siguen planteando la interpenetración de las culturas, las economías y las sociedades, desde el reconocimiento del intercambio desigual entre dichas culturas y las lógicas de exclusión inherentes al proceso de integración geo-tecno-económico mundial. Por lo demás, no es posible que la polémica deseada se produzca. Ya que para evitarla, conviene recordarlo, tanto los unos como los otros se amparan en simplificaciones extremas. Se remacha la idea, evidentemente falsa, de que los que siguen concibiendo la “globalización” de acuerdo con dichas lógicas de exclusión se adhieren a las antiguas teorías apocalípticas y a las concepciones monolíticas del poder y la potencia que les estaban asociadas. Por desgracia, pululan las tipos de estudios que caricaturizan la historia de las investigaciones sobre los procesos de integración mundial, valiéndose para ello del nuevo contexto global, y consideran que la aportación de la economía política de los medios de comunicación social y la cultura se detuvo en los años setenta, con lo que pueden congelarla y, por lo tanto, desvalorizarla. ¿Cómo puede creerse, por ejemplo, en la seriedad epistemológica de autores que, como los británicos John B. Thompson o John Tomlinson, para mejor asentar su visión de una globalización que coincide con una postmodernidad disolvente, escogen, como defensores de la opinión contraria, estudios de Herbert Schiller sobre el “imperialismo cultural”, publicados respectivamente … en 1969 y 1976! ¿Pasan sencillamente por alto las importantes revisiones, los desarrollos en el análisis de las estrategias comerciales referidas a la cultura, elaborados posteriormente, en una media docena de obras publicadas después de esta fecha, por el docente de la Universidad de California (Thompson, 1995; Tomlinson, 1991; Schiller, 1996)! ¡Existen prácticas que rozan la deshonestidad intelectual y que están más en conformidad con las normas de la competencia salvaje en el mercado libre que con las del trabajo de confrontación intelectual!

Semejante black-out resulta tanto más inaceptable cuando, a partir del final de la década de los setenta, se multiplicaron los balances teóricos acerca de las formas de abordar las articulaciones local/nacional/transnacional y cuando están disponibles en lengua inglesa muchos análisis críticos, respecto tanto de los con-ceptos forjados en los años setenta, como de las evoluciones en los paradigmas de la economía política y la geografía que analizan el “capitalismo mundial integrado” (Mosco, 1996; Roach, 1997). ¿Hay que recordar que los primeros interrogantes acerca de la noción de imperialismo cultural (y la famosa teoría de la dependencia que salió de ella) no fueron formulados por los Cultural studies, sino que resultaron de una dinámica autocrítica por parte de los que la utilizaban para entender las dinámicas de tipo mundial, en los tiempos de las movilizaciones contra la guerra de Vietnam, los golpes de Estado y las dictaduras militares? Hay un análisis como éste que se remonta al año 1983: “La noción de imperialismo cultural y su corolario, la “dependencia”, ya no bastan hoy. Desde un punto de vista histórico, ambas nociones constituyeron una etapa fundamental en la toma de conciencia de los fenómenos y procesos de dominación cultural. Gracias a dicha conciencia se construyó, poco a poco, un campo político y científico, en el que se mezclaban estrechamente la subjetividad unida a los combates cotidianos y los intentos de formalización de un campo de observación. Sin el peso de la experiencia realmente vivida resulta imposible entender, no sólo las vacilaciones y los enfoques aproximados, sino también las certidumbres conceptuales que tienen su origen en diversos sectores geográficos y sociales. Por lo demás, algún día habría que estudiar con más detenimiento la génesis de los sistemas de comunicación y la historia de los conceptos que los constituyeron en un terreno privilegiado de investigación. Esta inscripción en la historia es la única que hace posible tanto el descubrimiento de las continuidades como también de las rupturas que dieron origen a nuevos planteamientos y herramientas, articulados sobre los movimientos de la realidad”.
Este trabajo de revisión crítica es el que llevará a la economía política a superar los límites de su reclusión disciplinaria y a incorporar tanto el enfoque antropológico como la profundidad histórica, para conferir un mayor rigor epistemológico al término trampa de “globalización”. Las nociones de usos sociales y mediaciones simbólicas van a impregnar, poco a poco, el campo de los análisis referidos a las modalidades de implantación de las técnicas de comunicación e información, que se tendían a examinar, como consecuencia de los enfrentamientos entre bloques, con la lupa del dualismo. La toma en cuenta de las subjetividades, de una intersubjetividad restituida en las mediaciones sociales que la estructuran también han penetrado en muchos estudios, en los que se manifiesta el deseo de reconciliar las viejas dicotomías individual/colectivo y micro/macro. La economía política, tal como la concibió Garnham en su artículo-programa de 1979, perdió sin duda parte de su especificidad, pero el análisis de los procesos ha mejorado, ya que son más finos e inteligibles políticamente.

ANEXO



Stuart Hall (1932-)



De origen jamaicano, Stuart Hall proviene de una familia que definió como middle-class. Se marcha de Jamaica en 1951 para proseguir sus estudios en Inglaterra. En Oxford, se relaciona tanto con los militantes nacionalistas de las naciones colonizadas como con la gente de la izquierda marxista, aunque no se afilia al Partido Comunista.
A partir de 1957, Hall desempeñará, junto con Charles Taylor, un papel protagonista en los inicios de la Universities and Left Review. En la misma época, acepta un empleo de docente en una escuela secundaria de Brixton, en la que los alumnos provienen de medios populares. Desarrolla un proyecto pedagógico con el que intenta tomar en cuenta la realidad de sus costumbres culturales. Se establece entonces definitivamente en Gran Bretaña. Hasta 1961, Hall dedica la mayor parte de sus fuerzas a la revista y a estructuras de la “nueva izquierda”. Empieza luego a dar clases de comunicación social y cine en el Chelsea College de la Universidad de Londres. Publica en 1964, con Paddy, su primer libro, The Popular Arts, el cual versa, entre otras cosas, sobre el jazz. En el mismo año, Hoggart le pide que funde con él el centro de Birmingham, cuya dirección asumirá cuatro años más tarde. Además de una ingente actividad como empresario científico e intelectual en Birmingham y en las revistas político-intelectuales -la más reciente es Sounding, a cuyo lanzamiento contribuye en 1995-, la obra de Hall se presenta primero bajo la forma de una muy abundante producción de artículos. Una parte significativa de la producción científica de Hall se presenta bajo la forma de un estudio sobre los conceptos, en especial, aunque no exclusivamente, una reflexión sobre la posible productividad de las herencias conceptuales del marxismo. No resulta fácil el disociar los textos más directamente políticos de Hall de un supuesto componente meramente científico en su trabajo.
Stuart Hall forma parte, desde 1979, de la Open University, la estructura de formación permanente en el sistema universitario británico, la cual utiliza en una gran medida los medios audiovisuales para la enseñanza. Desempeñó, en la década de los ochenta, un papel muy importante en la revista Marxism Today.

Richard Hoggart (1918-)



Cualquier esbozo biográfico de Hoggart no puede sino remitir a La culture du pauvre, por ser una descripción del mundo obrero en el cual transcurrió su infancia. Al final de la II Guerra Mundial, en la cual, tras haber sido movilizado, participa en la campaña de Italia, Hoggart entra en el mundo de la docencia. Primero es profesor en un departamento periférico de la Universidad de Hull y trabaja durante cinco años en las estructuras de formación para adultos del medio obrero (WEA). Muy influido por Leavis y la revista Scrutiny, acaba sin embargo por distanciarse de ellos, en especial bajo la influencia intelectual de Orwell, y por dedicarse de un modo más comprensivo y sin condescendencia a las culturas populares. Hoggart se convirtió en el autor de Cultural studies más conocido en Francia. Sin embargo, su producción científica se extiende más allá de estas obras, ya que escribió muchos artículos sobre las culturas populares y sus evoluciones, así como sobre la educación en Gran Bretaña (Speaking to Each Other, dos tomos, 1970; Life and Time, dos tomos, Chatto, 1988, 1990).
Entre los Founding fathers, Hoggart es el único que no tuvo un trato intelectual privilegiado con el marxismo histórico o político. Sus compromisos políticos son más discretos, más “liberales”, que los de las demás figuras de los Cultural studies.
Hoggart fundó, en 1964, el Centre for Contemporary Cultural Studies de Birmingham, en el cual no tardó a hacer entrar Stuart Hall. Se marchó del centro a principios de los años setenta, para desempeñar, durante cinco años, el cargo de adjunto del director general de la UNESCO en París. A la vuelta, ocupa un cargo en el Goldsmith College de Londres y da la sensación de estar algo apartado y desvinculado de las evoluciones político-intelectuales de los Cultural studies de los años noventa.

Raymond Williams (1921-1988)



Nació en el País de Gales y su padre era ferroviario. Estudia en el Abergavenny Grammar School y en el Trinity College de Cambridge. Participa en la II Guerra Mundial como capitán en las fuerzas anticarros blindados. Se le nombra luego tutor en la Oxford University Delegacy for Extra-Mural Studies. Publica, en 1958, Culture and Society, 1780-1950. En 1961, se le elige Fellow en el Jesus College de Cambridge, y luego lector de inglés. En 1974, se le nombra Profesor of Drama (había publicado, en 1966, Modern Tragedy. Drama from Ibsen to Brecht, y en 1970, The English Novel from Dickens to Lawrence, en el mismo centro de educación superior). Entre sus obras menos relacionadas con los estudios literarios figuran: The Long Revolution (1965), The Country and the City (1973), Television: Technology and Cultural Forms (1974), Marxism and Literature (1977), The Sociology of Culture (1981).
En Culture and Society, que sale un año después de la obra de Hoggart, traza la genealogía del concepto de cultura en la sociedad industrial, desde los románticos hasta Orwell. Al explorar el inconsciente cultural vehiculado por los términos “cultura”, “masas”, “muchedumbre” y “arte”, Williams asienta los principios de una historia de las ideas que se confunde con una historia del trabajo social de producción ideológica. La problemática esbozada en esta primera obra será desarrollada luego en The Long Revolution. Su posición teórica es la que sintetizará en Marxism and Literature, reivindicando su proyecto de construcción de un “materialismo cultural”.
Dicha idea maestra se reflejó tanto en su trabajo como cronista en el Guardian, como en su interés creciente por los medios de comunicación social en su arraige histórico, como consta en su obra Television: Technology and Cultural Form. Ya en la década de los sesenta, en Communications (1962), tomó partido en el debate político, al proponer un control democrático sobre los medios de comunicación social dentro de un programa socialista.

Edward P. Thompson (1924-1993)



Como muchos universitarios heréticos de su generación, Thompson perteneció a una familia marcada tanto por la religión como por el cosmopolitismo. La vida profesional de Thompson empieza en el Yorkshire, como docente en un centro de educación permanente para adultos (Workers Education Association). Saca de este aprendizaje en contacto con un público obrero una sólida desconfianza hacia la historia oficial y la gran importancia que otorga tanto a la tradición oral como al reconocimiento de la dignidad de las culturas populares. Militante del Partido Comunista, Thompson reside después de la guerra en Yugoslavia y Bulgaria. Rompe con el Partido Comunista en 1956 y se convierte en uno de los fundadores de la New Left Review.
Cabe describir el trabajo como historiador de Thompson, que arrancó con un estudio sobre William Morris, el fundador de la Socialist League. Su obra más famosa es La formation de la classe ouvrière britannique, un clásico en la historia social y en la reflexión sobre la socio-historia de un grupo social. Sus últimos trabajos son un recopilación de estudios sobre tipos populares de acciones de protesta, como el Charivari.

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