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Budismo parte 1 - Monografía



 
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Religiones monoteístas. Oriente. Buda. Vida y obra. Religiones occidentales. Ley del Karma. Tendencias. Cuatro nobles verdades. Samma. Cronología. Símbolos



 Quién fue el Buda histórico


Vivió en el norte de la India, en el siglo VI a.C. Su nombre personal era Sidarta (Siddartha, en sánscrito) y su apellido, o nombre de familia, era Gotama (Gautama, en sánscrito).
Su padre fue Sudodana, gobernante del reino de los Sakyas (situado en el actual Nepal), y su madre la reina Maya. Según la costumbre de la época contrajo matrimonio a los 16 años con la princesa Yasodara, con quien tuvo un hijo.
El joven príncipe debía tener tendencias religiosas que su padre adivinó, ya que Sidarta fue aislado en palacio y rodeado de todos los lujos posibles para evitar que le llegaran los problemas y sufrimientos normales de la humanidad. Sin embargo diversas “casualidades” permitieron que Sidarta contemplase directamente la pobreza, la enfermedad, la extrema vejez y la muerte. Profundamente afectado por la visión de estos males (quizá su lujoso aislamiento hizo aún más fuerte la impresión), decidió hallar la causa y la solución a estos males aparentemente irremediables, por lo que pensó en buscar las enseñanzas adecuadas. Así fue como decidió abandonar su futuro reino, su mujer y su hijo en busca de un antídoto para el mal.

Durante 6 años el príncipe Sidarta practicó un furioso ascetismo; tal como se lo indicaron los distintos maestros que a su paso fue encontrando. Tan débil y esquelético llegó a estar que, según lo cuentan crónicas posteriores, apenas podía sostenerse en pie con todas sus costillas cubiertas por un ligero manto de carne. Sin embargo el antídoto al sufrimiento se le hacía esquivo y no hallaba nada concluyente en su búsqueda infatigable.
En cierto momento una aldeana se apiadó del esquelético y maloliente asceta y le ofreció unas gotas de leche. Sidarta, que ya había reflexionado sobre las consecuencias inútiles de tan extrema privación, aceptó esas pocas gotas; y con energía renovada se sentó a los pies de un árbol con la firme decisión de encontrar, de una vez por todas, la pieza que faltaba en el rompecabezas cósmico.
Así fue como se sentó a meditar Sidarta al pie del árbol (desde entonces conocido como el árbol Bodhi, o de la “Sabiduría”), a orillas del río Neranjara, en Buda Gaya (en el actual Bihar), cuando contaba ya 35 años. Luego de muchos días y noches, donde fue sometido a toda clase de tentaciones y depresiones, alcanzó la iluminación y con ella la transformación. Se había sentado a meditar Sidarta; al levantarse era el Buda.

Buda viene de la raíz “Bud” que significa “despierto” o “iluminado”, así como Cristo significa “ungido”. No debe usarse como nombre propio, ya que significa un título y un reconocimiento por haber alcanzado un estado de desarrollo espiritual.
Posteriormente a esa experiencia crucial dudó sobre que hacer y, según la leyenda, los dioses del cielo le pidieron que no se quedara para sí esa experiencia sino que la compartiera con los demás hombres. Así fue como en el Parque de las Gacelas, en Isipatana (la actual Sarnath), el Buda se encontró nuevamente con los 5 ascetas que habían compartido con él parte de su búsqueda.
Al principio éstos se negaron a escucharles, convencidos que aceptar alimento (aquellas gotas de leche) había sido una claudicación. No obstante la serenidad y confianza del Buda se impuso y escucharon el primer sermón. De esta manera, cuenta la leyenda, empezó a girar la rueda de la ley: las cuatro nobles verdades que caracterizan al budismo con una identidad propia. Así fue como nació la Sangha.
La Sangha, la comunidad budista, es la consecuencia de la prédica del Buda. No resisto la tentación de transcribir las apasionadas palabras de Edward Conze, un reconocido estudioso del budismo:

“La comunidad budista es la institución más antigua de la humanidad. Ha sobrevivido más tiempo que ninguna otra institución, con excepción de la secta afín de los jainos. Allí están los grandes y orgullosos imperios de la historia, guardados por legiones de soldados, naves y magistrados. Apenas alguno de ellos duró más de unos tres siglos. Y allí tenemos un movimiento de mendigos voluntarios, que siempre apreciaron más la pobreza que la riqueza; que habían jurado no hacer daño ni matar a otros seres; que pasaban el tiempo soñando maravillosos sueños, inventando hermosas tierras de nunca jamás; que despreciaban todo lo que el mundo valorara; que valoraban todo lo que el mundo despreciara; la mansedumbre, la generosidad, la contemplación ociosa. Y sin embargo, mientras que esos poderosos imperios, construidos sobre la codicia, el odio y el engaño, duraron sólo unos cuantos siglos, el impulso de autonegación llevó a la comunidad budista a través de 2.500 años.”

Durante 45 años Buda predicó a toda clase de personas: de ambos sexos, ricos, pobres, santos y ladrones. No hacía ninguna distinción de clase, de cultura, o de sexos. Tampoco de castas (con lo que se enfrentó directamente con el hinduismo, la religión dominante en la zona). También aceptó la admisión de mujeres al nuevo culto; siendo la primera gran religión que creó la categoría de monjas; algo que en su época causó verdadero horror porque las mujeres no podían entender ni aspirar al conocimiento religioso. Un detalle curioso es que las campanas, y su uso dentro del culto, también son de origen budista.
La personalidad del Buda histórico, Sidarta Gotama, tal como aparece en todos los relatos de la época, es avasallante. Su personalidad se proyecta a través de los tiempos en cada anécdota que leemos de él. El Buda murió en Kusinara (el actual Uttar Pradesh), a los 80 años, rodeado de una multitud de discípulos. Según los escritos budistas sus últimas palabra fueron: “todas las cosas son perecederas. Esforzaos por vuestra salvación”.

Los occidentales, siempre interesados en el rigor histórico (a diferencia de los hindúes) también se han preocupado por la realidad de los hechos anteriormente mencionados. Como dice Borges “lo legendario envuelve toda la vida del Buddha, pero es más profuso en la etapa que antecede a la proclamación de su ley. El itinerario de sus viajes debe de ser auténtico, dada su precisa topografía. Nos queda pues a crónica minuciosa de cuarenta y cinco años de magisterio, de la que basta extirpar algunos milagros”.
Luego agrega Borges un comentario muy interesante: “Acaso no sea inútil señalar que el siglo VI a.C., en que floreció el Buddha, fue un siglo de filósofos: Confucio, Lao Tse, Pitágoras y Heráclito fueron contemporáneos suyos”.
Posteriormente el budismo se escindió en diversas ramas con sus propias variaciones; extendiéndose desde la India del Norte por todo el subcontinente, Ceilán, Birmania, Tailandia, Camboya, Laos, Vietnam, Pakistán, Tíbet, China, Japón, Mongolia, Corea, Formosa, y partes de lo que hasta hace poco fue la Unión Soviética.

¿Cómo llegó a Europa? Escribe el ya citado E. Conze que “en los siglos XVII y XVIII, los misioneros jesuitas habían adquirido un conocimiento bastante exacto del budismo chino y japonés, pero el primero que dio a conocer el budismo en Europa como una religión viva fue un filósofo alemán, Arturo Schopenhauer.
Sin embargo este filósofo no tuvo oportunidad de leer ninguna traducción directa de las escrituras budistas por lo que resulta difícil encontrar una figura claramente introductoria. Por ejemplo, se dice que Richard Wagner fue también profundamente impresionado por las enseñanzas búdicas. En cualquier caso, la lenta infiltración de estas ideas fueron consecuencia, en el siglo pasado, de la propia acción imperialista europea. Muchos estudiosos se aplicaron a conocer a fondo estos antiguos pueblos que empezaba a formar parte del floreciente mercado inglés, y así se aplicaron a estudiar el budismo “como se observa a un enemigo, empeñados en probar la superioridad del cristianismo”
Pero el conocimiento trajo la comprensión y algunos descubrieron una doctrina con bondades desconocidas. Este proceso, derivado de la expansión europea, fue, como era de suponer, particularmente notable en el Reino Unido, Alemania y Francia; y de muy baja intensidad en los países periféricos.
Posteriormente se fueron instalando en las metrópolis de los países mencionados pequeños grupos mixtos, formados por estudiosos locales e inmigrantes del imperio colonial. Así crecieron nuevas sociedades, como la Sociedad Teosófica, fundada en 1875 por Madame Blavatsky y el coronel Olcott, que dieron un fuerte impulso a los estudios orientalistas en general y a los budistas en particular.
Se produjo un fenómeno muy curioso que fue, y es, totalmente desconocido en España. Con palabras de E. Conze: “En esa época [se refiere a la segunda mitad del siglo XIX], la civilización europea, una mezcla de ciencia y comercio, de cristianismo y militarismo, parecía enormemente fuerte. La dinamita latente de la guerra nacional y de la guerra de clases era percibida por muy pocos. Una creciente cantidad de hombres educados en la India y en Ceilán, sentía, al igual que los japoneses por la misma época, que no tenía más alternativa que adoptar el sistema occidental con todo lo que ello implicaba. Los misioneros cristianos esperaban rápidas conversiones masivas. Pero entonces cambió la corriente, en forma bastante súbita e inesperada. Unos cuantos miembros de la raza dominante, hombres y mujeres blancos de Rusia, América e Inglaterra, teósofos, aparecieron entre los hindúes y los singaleses para proclamar su admiración hacia la antigua sabiduría del oriente. Madame Blavatsky habló del budismo en términos de la más alta consideración, el coronel Olcott escribió un “catecismo budista” y A. P. Sinnett publicó un libro de gran éxito en el cual toda clase de ideas misteriosas, pero fascinantes, eran presentadas como “budismo esotérico”.

De esta manera, y gracias indirectamente, a la expansión europea, entró el budismo en las grandes metrópolis coloniales. En este siglo volvió a darse un fenómeno también imprevisto: la invasión y posterior anexión del Tíbet por parte de la China comunista (agresión que se hizo y se consolidó con la absoluta indiferencia del mundo occidental) hizo volar por el aire el antiguo régimen tibetano, donde la religión estaba indisolublemente unida a todas las demás actividades sociales. Pronto se crearon movimientos guerrilleros para combatir al invasor chino; más fueron desautorizados por el Dala Lama, (hasta entonces gobernante del Tíbet) que, como budista, rechazaba cualquier forma de violencia para hacer valer sus derechos.
Se produjo la gran diáspora del pueblo tibetano, en parte presionado por una política deliberadamente terrorista del gobierno chino (con destrucción de monasterios y santuarios históricos), y sustitución de los habitantes nativos por chinos traídos de otras partes del imperio comunista. Política que está debidamente documentada en organismos internacionales y que cuenta con la indiferencia de las mismas potencias que se soliviantan cuando se amenazan las posesiones petrolíferas de cualquier jeque árabe. Sin embargo, este atentado a un pueblo pacífico y a la comunidad internacional trajo, como decíamos, un resultado inesperado: una nueva ola de difusión budista hacia occidente. Ahora localizada sobre todo en USA, y que, en menor medida ha alcanzado a Europa (sobre todo en el Reino Unido y Francia) donde se han fundado nuevos monasterios y consolidados los anteriores.

En 1951 escribía Edward Conze: “El impulso creador del pensamiento budista hizo un alto unos 1.500 años después del Nirvana de Buda. Durante los últimos 1.000 años no ha surgido ninguna nueva escuela importante, y los budistas simplemente han conservado, como mejor han podido, la gran herencia del pasado”.. A juzgar por lo que se ve en la segunda mitad de este siglo, diera la impresión que la “Sangha” ha comenzado un nuevo ciclo de expansión.
En España existen pequeñas comunidades de difusión muy restringida. Nuestro país ha pasado de un integrismo tipo “restauración” a un laicismo tan extremo como superficial. Y escribo “superficial” porque tampoco ha sido el resultado de una adopción sedimentada de una filosofía pragmática (lo cual necesita, entre otras cosas, bastante tiempo). Simplemente la sociedad de consumo ha impuesto sus valores; que son aceptados con la misma ingenuidad y acriticismo con que, en otra época, se alababa a la virgen y a todos los santos. Ahora se lleva “el racionalismo” de salón. ¡Vamos! Es el mismo perro, con diferente collar.
Reconozco que las palabras anteriores son demasiado ambiguas; en el sentido que pueden ser aceptadas por personas con ideas absolutamente contrapuestas. Quizá conocer algo sobre el budismo no cambie nada. En una situación de relativo bienestar material, y ausencia total de intereses trascendentes, no existe ese fermento colectivo que genera importantes modificaciones culturales. De todos modos nadie puede profetizar los cambios futuros; así que cada cual debe hacer lo que crea de la mejor manera posible. Nunca se sabe donde germinarán las ideas y las experiencias… lo cual nos hace optimistas en el largo plazo, aunque no veamos nada claro en el corto.

Para terminar una pequeño fragmento de un budista que se acerca bastante al tipo de doctrina que nos gustaría compartir:

“Buda afirmó que aquí, en esta vida, se podía conseguir plenamente un estado de paz, no por sacrificio a los dioses, ni por oraciones, sino por un esfuerzo incesante y por la abnegación lentamente perfeccionada.
El Budismo no es una religión que se acepta ciegamente de una vez por todas; tiene que ser comprendida y constantemente investigada. Buda dijo ‘Aceptad mis palabras sólo y después de haberlas comprobado vosotros mismos; no las aceptéis simplemente por la veneración que me profesáis (Tattvasangraha). Aunque en el transcurso del tiempo el budismo ha sido a veces afectado por la tradición, ritos, etc., su fundador no pretendió que fuera otra cosa que un método que había que comprobar. la confianza en sí mismo y la tolerancia son las claves del pensamiento budista. Buda dijo muchas veces: ‘Vosotros mismos sois los que tenéis que hacer el esfuerzo, los Budas sólo indican el camino’ (Dhammapada). Por consiguiente, el budismo nunca podría ser una fe proselitista. Ciertamente, el seguidor de la enseñanza de Buda es exhortado a usar dicha enseñanza únicamente “como balsa para cruzar la corriente”. Una vez conseguido el objetivo, Nibbána, la balsa, debe ser abandonada.
Las últimas palabras de Buda fueron éstas: “Perseverad atentamente”. Perseverar en la atención es ver el mundo claramente y ver a nuestros prójimos claramente, sin juicio, sin envidia, sin odio. Para lograr esto es necesario que nos conozcamos íntimamente y que conozcamos la fuente de felicidad e infelicidad que yace en nuestro interior”

Diferencias entre el Budismo y las religiones occidentales



Nosotros, los españoles, a menudo confundimos ideas al creer que todas las religiones buscan explicar cómo se creó el universo y quién lo hizo.
En cierta forma el error se justifica porque lo anterior es aplicable a algunas importantes religiones mundiales, tales como el cristianismo y el islamismo; pero cometemos el pecado de “etnocentrismo” al suponer que lo que pensamos y creemos es un supuesto generalmente admitido por todos los humanos. No es así.
“Cuando corresponde definir la actitud de una religión con respecto a otra en un sentido más específico, es observable una diferencia entre las surgidas del gran tronco semita, incluido el Cristianismo, y la mayoría de las demás, puesto que las primeras tendieron a excluir de su punto de vista la posibilidad de que la espiritualidad, para diversos sectores de la humanidad, pudiese asumir formas diferentes; mientras en el segundo caso, para el cual las tradiciones indúes proporcionan el modelo, se acepta y no se teme que una pluralidad de senderos espirituales, en el nivel formal, pueda, al seguírselos, implicar de por sí perjuicio para la propia tradición”

Un ejemplo de esta amplia tolerancia para concepciones religiosas radicalmente diferentes es el Budismo. Esta religión que fue fundada por Sidarta Gotama, en el siglo V antes de Cristo, y que se ha mantenido durante estos 2500 años merece ser investigada. Su conocimiento no puede traer ningún perjuicio, y quizá (dependiendo de la actitud del buscador) puede allegar algunas concepciones interesantes para interpretar lo que observamos.
En un mundo donde, para un occidental, comunicarse con Japón no resulta extravagante; donde Internet teje una tela cada vez más tupida, no deja de ser un anacronismo sostener generalizaciones “etnocéntricos”. Esto no quita que cada cual prefiera sus creencias. El conocimiento de otras religiones no tiene porque modificar nuestros supuestos básicos; sin embargo una visión más amplia no sólo hace justicia con otras perspectivas, también enriquece nuestra visión. Recuerdo el caso de un brillante epistemólogo argentino (con el cual tuve la oportunidad de conversar sobre “religiones…”) que me las criticaba “todas” basándose únicamente en su erudición del tronco común judeo-cristiano-islámico.
Esto sucedió hace unos años… pero es probable que, si la conversación volviera a darse, se mantuviera en los mismos términos. Se trata, en todo caso, de incluir todo el mundo en nuestro análisis, cuando emitimos opiniones que abarcan todo el mundo. No es mucho pedir, me parece.

La palabra “ateo” ha tenido muchos avatares en su significado. Muchos desconocen que los cristianos primitivos fueron así clasificados en la Roma imperial: “porque no creían en los dioses del Estado “. Al negar el carácter de divinidad, por ejemplo, a Cesar Augusto, eran considerados no-creyentes. Una manera sencilla de cortar la tarta: los buenos aquí, y los malos allá.
La palabra evolucionó para significar a los que niegan la existencia de un Dios creador (del cielo y de la tierra). Es en este sentido que Von Glassenap habla del Budismo como “una religión sin Dios” ya que si bien esta religión admite la existencia de dioses, no acepta la concepción de un creador del universo.
“El budismo considera insoluble la pregunta por un primer comienzo del mundo y rechaza todas las especulaciones referentes a ello. La pregunta acerca del gobierno del mundo se resuelve para el budismo, por medio de la teoría de la ley del Karma, inmanente al mundo, que es efectiva en forma mecánica y automática, y no requiere de ningún dios que la mantenga en marcha. (…) Como no cree [el budismo] en un proceso histórico que conduzca a una futura terminación del mundo, falta en él la creencia en una conducción providencial.
En este respecto el budismo se apartó de la concepción propia de la antigua India: “Para las Unapishadas, el proceso cósmico es el sueño de un dios; para el Budismo, hay un sueño sin soñador. Detrás del sueño y bajo el sueño no hay nada.”
Algunos autores se han extrañado de la aparente similitud entre la mentalidad budista y la científica contemporánea. Llevar esta coincidencia más allá de un paralelismo sería demasiado atrevido. No se pueden comparar ballenas y elefantes, excepto en algunos aspectos que pueden tener en común como organismos vivos (por ejemplo, la necesidad de respirar). Cada especie tiene sus propias reglas de juego y hay una esencial diferencia, creemos, entre ciencia y religión. Sin embargo no deja de ser impresionante el hecho de que, para una mente entrenada en cualquier disciplina científica, resulte más “creíble” algunas de las posturas esenciales del budismo que las equivalentes en nuestras religiones occidentales.

“La creencia en un orden moral universal que se manifiesta en la retribución kármica, releva al budismo de la aceptación de un creador de los preceptos morales y de un juez riguroso que vele por el mantenimiento de las prescripciones morales dejadas por él y se haga cargo de la recompensa y del castigo en el más allá.”
No hay juicio final, ni contabilización de los pecados. De la misma manera que la “ley de gravedad” funciona sin tribunales ni organismos ocupados de su mantenimiento, la ley del “karma” funciona según la cadena de consecuencias que provoca cada hecho. Si haces el mal, recibirás, en algún momento de la cadena, las consecuencias de tus propios actos. No hay ninguna posibilidad de remediar este hecho; como no existe ninguna posibilidad de frenar la marea cuando empieza a crecer.
La diferencia esencial con la ciencia moderna, está en que para el budismo existe un orden moral inmanente al universo. No es una creación humana o divina. La retribución kármica es una ley de la naturaleza. Según la mentalidad budista el universo es “ético” de la misma manera que es “físico”. No hay necesidad de montar tribunales para hacer respetar que el sol salga cada mañana por el Este. Dios, (el dios de la concepción judaica-cristiana-islámica), no tiene necesidad de existir.

Por otro lado, si insistiéramos en mantenerlo (por aquello de que le hemos tomado cariño) podría tener diversas funciones asignadas; sólo que no debería ser reconocido como “creador del universo”, ya que, aparte de la indemostrabibilidad de esta hipótesis, originaría un nuevo problema ¿quién creó a Dios?. Y de admitir que la propia naturaleza divina hace que se haya generado así misma, se podría argumentar que, entonces, no es necesario pensar en Dios. La misma hipótesis podría aplicarse al universo, concluyendo que éste se generó a si mismo.
Esta clase de discusiones Sidarta Gotama las condenó expresamente por no conducir a nada útil: no solucionan los problemas del dolor, la enfermedad y la muerte. Sólo sirven para mentes ociosas que evitan enfrentarse con los más graves problemas de la existencia.
Personalmente pienso que es muy discutible que las religiones influyan decisivamente en la conducta humana. Y si influyen … no parece que tengan grandes consecuencias para predecir el comportamiento diario, ya que en todas partes, (no importa sus creencias religiosas), la gente suele comportarse razonablemente bien y, en algunos momentos, desagradablemente mal.

De todas formas cabe la posibilidad que algunas dificultades sean favorecidas por cierto tipo de creencias. Opinan algunos psiquiatras que una formación demasiado puritana puede perjudicar el desarrollo de una sexualidad equilibrada (no dejan en claro lo que significa “equilibrada”, aunque puede entenderse que implica practicar el sexo sin pensar que tu vida post-mortem cambie a causa de ello). En este caso el budismo no incentiva ninguna clase de “culpa”. Dado que la ley kármica opera sobre la base de que “se recibe lo que se entrega”, la clave ética de una relación sexual (o de cualquier otra conducta social) estará dada por la situación específica en la que se sitúa.
En el caso del sexo, según algunas autoridades budistas que he tenido oportunidad de consultar, si es practicado sin causar dolor a nadie no origina consecuencias kármicas negativas. Otra cosa sería, por ejemplo, el adulterio; ya que aquí se está causando dolor (o pesar) al cónyuge extraño a la relación. En cambio, (y esta es una deducción personal, porque no se me ocurrió preguntar en su momento) una relación que lo incluya (un “menage à trois” que dicen los franceses) no sería negativa, ya que nadie es perjudicado. Insólitas consecuencias de la ley kármica.
Quizá es por esta concepción de la vida que el budismo constituye la única religión que ha recorrido muchos pueblos de lenguas y costumbres diferentes sin ocasionar ninguna guerra religiosa. No existe ningún testimonio conocido de que monjes budistas hayan participado como tal en una guerra por su Fe. El budismo, luego de muchos siglos de esplendor, fue batiéndose en retirada en su propia tierra de origen, hasta llegar a ser una religión puramente testimonial en la India. El golpe de gracia se lo dio el islamismo persiguiéndolo cruelmente (sus monjes eran eliminados sin más trámite). A pesar de ello no hubo reacción violenta. Simplemente se limitaron a extenderse por otros lugares, abandonando la tierra ancestral que les había dado vuelta la espalda. De esta manera fueron llegando a otros países donde predicaron su particular visión del mundo. Poco a poco, siglo tras siglo, fueron extendiéndose lentamente por el centro, el sur y el este de Asia hasta llegar al Japón.
No hay mejor prueba, dicen, que la de “los hechos”… y en los hechos históricos el budismo obtendría “matrícula de honor” en su rechazo permanente e inviolable de la violencia física por causa de creencias religiosas o políticas. “Si se insultara al Buda, un budista vería muy poca razón para torturar o matar a la persona que lo “insultara”. ¿Para qué indignarse cuando se insulta a los Budas? A los Budas no los alcanzan las blasfemias”

Una de las consecuencias de esta “tolerancia” histórica que siempre, (insisto), ha practicado el budismo lleva a no negar a los dioses del lugar, siempre que no representen ideas contrarias a los principios básicos, se los integra. Al fin de cuentas todos los hombres santos lo han sido en virtud de sus obras, no por decreto divino; algo que ninguna creencia debería rechazar.
“En las religiones occidentales (Parsismo, Judaísmo, Cristianismo, Islamismo) se halla, en el punto central de las creencias, un creador y gobernador del mundo, personal y superior a todo, junto al cual no se piensa ningún otro ser divino efectivo en la naturaleza. El budismo ha conservado la idea de los dioses naturales de la India y de los otros países a los que llegó, ya que considera también a los devas como arraigados al Samsára”.
Si Italia se convirtiera al budismo (es un decir) San Genaro seguiría siendo un excelente santo o “deva” para los napolitanos.
Podría seguir haciendo sus milagros dentro del nuevo orden. Los devas ayudan a los seres humanos, a cambio de devoción y ofrendas, en sus negocios particulares “pero el poder de las divinidades se limita a la satisfacción de esa clase de deseos mundanos; crear el mundo, alterar su orden u otorgar al que se vuelve hacia ellas la salvación o una reencarnación favorable, no está en su poder.
Y de todas maneras como ningún devoto suele pedirle a su santo que cambie la ley de gravedad, o equivalente, casi nadie se daría cuenta del cambio.

La necesidad de santos o devas parece ser generalizada en todas las tribus humanas. Quizá venga a cuento la reflexión que sobre este asunto hace Conze: “Debemos darnos cuenta de que la gente religiosa de todas partes también espera obtener beneficios inmediatos de su religión. Vi recientemente, en la vidriera de una tienda anglicana en Oxford, que en la actualidad San Cristóbal parece ser el único santo que tiene atractivo para esos círculos. Sus medallas protegen de los accidentes automovilísticos. En forma semejante, el budista esperaba de su religión que lo protegiera de las enfermedades y del fuego, que les diera hijos y otros beneficios”.
Eso sí, y esto es algo que en principio no afectaría a la feligresía, pero cambiaría radicalmente la situación de nuestros queridos protectores: los santos budistas… son mortales.
“Los dioses budistas se diferencian de los de otras religiones por el hecho de que han nacido y morirán.”
Los santos, según el budismo, duran más y están en mejor condición que los humanos. Son una especie de aristocracia de los seres vivientes; más también les llega su hora.
“Los dioses están libres de enfermedad hasta que expiran. El fin inminente de su existencia se anuncia por los cinco signos siguientes: sus ropas se ensucian, las flores que llevan se marchitan, bajos sus axilas aparece transpiración, su cuerpo pierde sus colores brillantes, y se mueven inquietos en sus asientos. La causa de su muerte es la extinción de su plazo de vida, sus méritos trascendentes o su alimentación, su olvido de tomar alimentos o la indignación que nace en ellos porque otro dios posee mayor esplendor (Malasakera I, p. 1119)”

Como se ve los santos, o mejor dicho “devas”, han logrado su situación gracias a sus excelentes virtudes practicadas en otras vidas anteriores; esto los coloca en un nivel de existencia privilegiada. Con podéres especiales que pueden hacer servir para el bien; pero todo lo compuesto está destinado a deshacerse, y en algún momento, por diversas razones, terminan como todos: en el hoyo.
Dejo constancia que la concepción budista es mucho más compleja que lo descrito más arriba; un superficial resumen de divulgación. No obstante hago notar que esta “mortalidad” de los “seres superiores” (que están en otro plano de la existencia) junto con el reconocimiento de su “importancia” para los hombres, es un hecho fundamental para definir al budismo como una religión y no sólo como una filosofía y una práctica de vida. Algo que algunos intelectuales occidentales, que se han visto deslumbrados por la filosofía budista, les cuesta aceptar, ya que, básicamente, tienen una mentalidad no-religiosa.
A esta altura debe estar suficientemente claro que el budismo no arrasa las tradiciones locales; simplemente las va subsumiendo en una estructura mayor, con la mínima violencia para que encajen en su visión del universo. Una explicación de por qué se fueron desarrollando tantas variedades de budismo. Cada una ligada a una zona concreta donde se instaló y creció.

No existe nada parecido en el mundo occidental. No existe una rama del cristianismo que reconozca la existencia histórica y crucial de Jesús, mientras otra cree que si bien existió no fue el único ni el más importante; que “Cristos” hubo muchos en la historia, antes y después de Jesús (en el budismo, el Buda que vendrá recibe el nombre de “Maitreya”). La variedad del budismo es tal que desconcierta y abruma a quien se ha metido en su estudio con el modelo inconsciente del cristianismo. Por supuesto que todos los budismos aceptan la existencia y la importancia del Buda histórico (Sidarta Gotama); pero existen radicales diferencias cuando llega la hora de considerarlo el “primer” hombre que alcanzó “el despertar” en vida. Y pongo el “primero” porque para el budismo cualquiera, si sigue el camino adecuado, puede convertirse en Buda a partir de su naturaleza humana. Algo que curiosamente no pueden hacer los santos o devas. Si quisieran alcanzar la naturaleza de Buda, no tendrían más remedio que morir y reencarnarse en un humano: el único tipo de ser consciente que por sus virtudes y debilidades puede luchar y llegar a ser iluminado, convertirse en un Buda, si tiene la suficiente voluntad y constancia para ello.
Esta última afirmación, que yo sepa, es única del Budismo: todos los seres sintientes (incluyendo los santos y las lagartijas) son dignos de respeto y protección… pero únicamente los humanos, en tanto sienten, sufren y tienen conciencia de si, pueden alcanzar la iluminación. Los demás organismos tendrán que esperar una reencarnación favorable que los haga humanos para tener esta magnifica posibilidad. De aquí se pueden deducir muchas cosas, yo prefiero deducir una sola: los humanos tenemos el deber de protección de todos los seres del universo; si los dañamos o los destruimos… ese mal se volverá contra nosotros irremediablemente. No se si la ley kármica existe, pero, si algo de esta intuición religiosa fuera cierta… tal como tratamos a la naturaleza e incluso a nuestros semejantes, tendremos problemas para rato.

Diversas tendencias en el budismo  



Luego de la muerte del Buda su doctrina se fue diseminando por diversas naciones. ” Bajo el reino de Asoka se reunió un primer concilio budista -alrededor del 240 a.C.- con el objeto de zanjar disputas sectarias. Está claro que ya habían surgido herejías, pues algunos de los edictos de Asoka tratan de la expulsión de los cismáticos; y en verdad sabemos que se proclamaron herejías aun durante la vida del mismo Buddha. Con el transcurso del tiempo aparecieron muchísimas sectas  y todas por igual se proclamaban a sí mismas las seguidoras de la verdadera doctrina, tal como ha sucedido con el cristianismo y toda otra gran fe. las sectas budistas se dividen en dos grupos principales: las del Hinayana y el Mahayana. Las primeras cuyas escrituras se preservan en Pali, sostienen que representan las puras y originales enseñanzas de Gautama, y en general conservan en alto grado sus características racionalistas, monásticas y puritanas; las segundas, cuyas escrituras están en sánscrito, interpretan la doctrina de otra manera, con un desarrollo místico, teológico y devocional. El Hinayana ha mantenido su supremacía principalmente en el sur, en particular en Ceylán y Birmania; el Mahayana en el norte, en Nepal y China. Pero es un error ubicar a las dos escuelas como definidamente del sur y del norte”.
Los términos de Hinayana y Mahayana (Pequeño y Gran Vehículo) son -según cuenta Borges- “metáforas [que] se refieren al caso de un incendio hipotético, del cual una persona se salva sola, en un carrito tirado por una cabra [El Hinayana], mientras otra salva a una multitud en un carromato conducido por bueyes [El Mahayana]” Se comprende que los budistas del sur no vean con buenos ojos la denominación de “Hinayana” y prefieran la de “Theravada”.

“Ambos Vehículos tienen en común: las tres características de ser (impermanencia o fugacidad, sufrimiento e irrealidad del Yo), las cuatro nobles verdades, la transmigración, el karma y la via media”
Sin embargo las diferencias se fueron haciendo cada vez más notables. Desde un punto de vista occidental (es decir, poco habituado a diferencias doctrinales tan grandes dentro de una misma creencia), se podría decir que constituyen dos religiones diferentes atendiendo a sus escritos canónicos. Pero quizá esta afirmación sea algo exagerada, porque comparten algunas ideas fundamentales: que el humano es el único camino para alcanzar la budeidad, que ningún dios puede eliminar las consecuencias kármicas (lo que significa que las consecuencias de nuestras acciones son irredimibles), y que no existe ningún creador de cielo y tierra, supremo legislador y juez del universo.
La escuela Theravada se desarrolla por el sur de la India, la isla de Ceilán y toda la península Indochina. Es la más antigua y actualmente se mantiene con todo vigor en los países que surgieron luego de la descomposición del imperio colonial inglés y francés.
Como dice Coomaraswamy sus adeptos consideran que mantienen los principios del más temprano budismo. En este sentido consideran a el Buda Sidarta “como un hombre igual a otros y que sólo se lo distinguía de los demás por su penetración intuitiva de los secretos de la vida y del dolor, en su percepción de las cosas tal como verdaderamente son, como una eterna Transformación; con este conocimiento alcanzó el Nibbana [Nirvana en sánscrito] y para él se extinguieron las causas del nacimiento” .
En esta escuela no se admite especulación de si Buda y los demás Arahats (persona que ha alcanzado la budeidad) subsisten después de la muerte física. Es, en cierto sentido, una religión estrictamente racionalista aunque, naturalmente, tiene su culto y rituales para todas las principales situaciones de la vida humana.

“El Mahayana, o “Gran Barca”  es así llamado por sus adherentes como réplica al Hinayana o “Pequeña Barca” del budismo primitivo, pues ofrece a todos los seres de todos los mundos la salvación por medio de la fe y el amor, así como por el conocimiento, mientras que el segundo sólo puede llevar, a través del proceloso mar de las Transformación a la lejana orilla del Nibbana, a aquellas pocas almas fuertes que o requieren ninguna ayuda espiritual exterior ni el consuelo del culto”
La escuela Mahayana se extendió por el Tíbet, donde tomó el nombre de Vrajayana (El camino del Diamante), China y Japón. En occidente es muy conocido el Zen, que es una rama del Mahayana nacido en China (con el nombre de “Chan”), para luego japonizarse. Posteriormente alcanzó en la isla del sol naciente su máximo esplendor.
Sin embargo esta localización geográfica es errónea si se entiende que ambas tendencias nacieron de un desplazamiento geográfico. Según diversos autores el Theravada también alcanzó el Tíbet, simplemente que no arraigó en él, probablemente porque no conciliaba con la mentalidad de sus habitantes.

Dibujando un esquema de trazos gruesos, sin detalle, podríamos decir que para un intelectual occidental, ateo (en el sentido de no creer en ninguna clase de dioses grandes o pequeños, creadores o protectores), la rama Theravada seduce por su mensaje empírico, basándose en la experiencia y en el análisis personal antes de dar el siguiente paso. En cambio el Mahayana resulta, para esta mentalidad, más similar al cristianismo u otras grandes religiones universales. De todos modos, incluso en el Mahayana, como ya dijimos más arriba, se excluye la visión de un Dios modelo judeo-cristiano-islámico: creador, legislador, juez y perdonador de los pecados, si llega el caso.
Ya en nuestra época además de estas dos corrientes fundamentales han aparecido intentos de acomodar, o de síntesis, protagonizados por budistas occidentales. La primera experiencia en este sentido fue la sociedad Teosófica, de origen inglés, allá por 1875; y una de las últimas (que tenga noticia) es la protagonizada por otro inglés: Dennis Lingwood, (Londres, 1925) que luego de vivir 20 años en oriente volvió a su tierra en 1967 para fundar los “Amigos de la Orden Budista Occidental”. D.Lingwood, más conocido por Sangharakshita, ha creado centros en diferentes partes del mundo. En nuestro país se encuentra uno de ellos en la provincia de Alicante (”Gujialoka”).  La síntesis que ha hecho resulta bastante atractiva, a juzgar por la cantidad de centros que se han abierto siguiendo esta visión del budismo. De todas formas es evidente que todas las variedades del budismo se encuentran en expansión y cambio.

La Ley del Karma 



H. Saddhatissa, nació en Ceilán y fue ordenado monje budista en 1926. Posteriormente se desempeñó como profesor de budismo en la Universidad de Benarés (India) y en Toronto (Canadá). Es un representante calificado de la escuela Theravada del cual existen algunos libros en español del cual recomendamos, por su claridad y concisión el que figura en la nota 1.
Kamma o Karma, según lo escribamos en Pali o en Sánscrito, está producido -para Saddhatissa- por todas las acciones que cada individuo efectúa. Karma es la manera como
“el pasado influye sobre el presente, pues ‘Kamma’ es pasado al igual que presente. El pasado y el presente influyen sobre el futuro -en esta vida o en la venidera-. Buda ha dicho: ‘Es al acto mental de la voluntad, oh monjes, al que llamo Kamma. Después del deseo viene la acción mediante el cuerpo, la palabra o el pensamiento’ (Anguttaranikaya)”

Habitualmente, y no sólo en el budismo, se usa “Karma” como nombre genérico para denotar la conducta y sus resultados. Dichas consecuencias forman una intrincada madeja, interactuando entre si hasta el punto de no poder seguir la cadena causal. Cadena que puede llegar a ser muy compleja dado que nuevos efectos reaccionan con los anteriores, generando consecuencias de toda clase.
Es de hacer notar que, según el budismo (Theravada), no son todas las acciones humanas son provocadoras de Karma: “la voz Pali “Kamma” (…) significa literalmente “acción”, “actuar”. Pero en la teoría buddhista del karma tiene un sentido específico: expresa únicamente la “acción volitiva”, y no todas las acciones. Además, esta palabra no significa, como muchos suelen emplearla errónea y libremente, el resultado del karma, pues en la terminología buddhista, el karma no significa nunca su propio efecto, sino que éste es conocido con el nombre de “fruto” o “resultado” del karma (Kamma-phala o Kamma-vipaka).
Tampoco debe confundirse la acción de la ley kármica con “recompensa” o “castigo” por la conducta llevada a cabo. No es la acción de la justicia humana o divina, es el resultado de una ley natural. Una clase de acción volitiva genera unos efectos, otra clase genera distintos. “La idea de justicia moral o de recompensa y castigo, proviene de la concepción de un ser supremo o de un Dios que juzga, dicta sentencia y decide qué es lo bueno y qué es lo malo”

El budismo considera que no se pueden eliminar las consecuencias kármicas que operan hasta su extinción; como las ondas provocadas por lanzar una piedra en un lago se extienden hasta llegar a la orilla o perderse en la distancia. La consecuencias (vipaka) de la conducta volitiva se extienden hasta que sus efectos quedan cumplidos. Esta acción puede abarcar más de una vida. De ahí la dificultad para establecer la cadena causal en la determinación del estado presente; deberíamos incluir también vidas anteriores, con los inconvenientes de no saber que hechos son los que provocaron los actuales efectos.
Siendo una cuestión básica para la comprensión no sólo del budismo sino de las tradiciones orientales este concepto ha sido bastante mal entendido, al asimilarlo incorrectamente al destino; a una especie de predestinación que está más allá de la voluntad humana.
No es el “destino”, porque éste se nos impone. En cambio la ley kármica es el resultado de acciones que pueden ser cambiadas por la acción de la libertad humana. “Nuestra vida -dice Saddhatisa- es, a la vez, vipaka [resultado] del pasado y Kamma [productora de consecuencias] del futuro. La ley del “Kamma/vipaka” explica la razón por la que el Budismo es frecuentemente considerado como la doctrina del aquí y del ahora. Pues el aquí y el ahora es el único campo de acción en el que el hombre puede influir sobre la cadena del Kamma/vipaka y, finalmente interrumpirla”





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